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China se planta ante Estados Unidos y se afianza como líder en Oriente Próximo

15 de marzo de 2023

En las últimas dos semanas, dos hechos relevantes han sacudido el tablero geopolítico de un modo que no sólo afecta a las relaciones entre China y Estados Unidos, sino que anuncian una catarata de efectos colaterales a nivel global y, singularmente, en Oriente Próximo.

En primer lugar, los aldabonazos de Xi Jinping y de su ministro de Asuntos Exteriores, Qin Gang, frente a las amenazas y agresiones de Estados Unidos dejan patente que China ha puesto pie en pared, y que se dispone a replicar al desafío, a todos los niveles necesarios. En segundo lugar, China ha patrocinado un acuerdo histórico entre Irán y Arabia Saudita que no sólo deja fuera de juego en Oriente Próximo a la Casa Blanca, sino que provocará cambios drásticos en la región, y más allá de ella. Unos cambios que afectarán a Israel, que también se queda descolocado, a Yemen, a Siria, a Pakistán e incluso a Palestina.

Veamos primero en qué han consistido las contundentes advertencias de China, para asomarnos al acuerdo entre los archirrivales de Oriente Próximo, Irán y Arabia Saudita.   

El 6 de marzo, Xi Jinping se manifestaba con este tono ante la Asamblea Nacional China, el máximo órgano legislativo del país: “Los países occidentales, encabezados por los Estados Unidos, han implementado una contención, un cerco y una supresión integrales contra nosotros, lo que ha generado desafíos severos sin precedentes para el desarrollo de nuestro país”. The Wall Street Journal calificaba las palabras del líder chino, quien generalmente se abstiene de criticar directamente a su rival geopolítico, de “reprimenda inusualmente contundente”.

Al día siguiente, el nuevo ministro de Asuntos Exteriores chino, Qin Gang, se mostraba así de tajante: «Si Estados Unidos no pisa los frenos y continúa acelerando por el camino equivocado, ninguna cantidad de guardarraíles podrá evitar el descarrilamiento, que se convertirá en conflicto y confrontación, ¿y quién asumirá las catastróficas consecuencias?». Hacía alusión el ministro a esos “guardarraíles de sentido común” de los que hablaba Joe Biden, justo antes de su entrevista con Xi Jingping, en noviembre pasado. Sin embargo, China ha percibido los citados guardarraíles como una advertencia de Washington para que se abstenga de responder ante sus amenazas, calumnias y ataques. Es decir, para que acepte su liderazgo.

Estas sucesivas declaraciones fueron antecedidas por la publicación de dos documentos por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores de China. Uno de ellos ha tenido amplia repercusión: la Posición de China sobre la Solución Política de la Crisis de Ucrania. Un documento de 12 puntos en el que aboga por el respeto a la soberanía de todos los países, el cese de las hostilidades y la apertura de negociaciones para alcanzar la paz. Como cabía esperar, ha sido rechazado de plano por los belicistas impulsores de la guerra, y partidarios de seguir alimentándola: Estados Unidos; su brazo armado, la OTAN; y la obediente Unión Europea, como reflejé en mi artículo anterior.

El otro documento, sin embargo, ha tenido mucha menos repercusión. De los grandes medios occidentales, sólo lo han citado The Washington Post y Bloomberg. En Asia y África ha gozado de más difusión. Sin embargo, constituye un aviso muy serio del hartazgo de China ante la política de “contención” de Estados Unidos. Se titula “La hegemonía de Estados Unidos y sus peligros” y conviene leerlo con atención. Reproduzco la introducción, que probablemente abra el apetito por conocer el resto del documento:

“Desde que se convirtió en el país más poderoso del mundo después de las dos guerras mundiales y la guerra fría, Estados Unidos ha actuado con más audacia para interferir en los asuntos internos de otros países, perseguir, mantener y abusar de la hegemonía, promover la subversión y la infiltración y librar guerras deliberadamente, perjudicando a la comunidad internacional.

Estados Unidos ha desarrollado un libro hegemónico de tácticas para organizar «revoluciones de colores», instigar disputas regionales e incluso lanzar guerras directamente bajo el pretexto de promover la democracia, la libertad y los derechos humanos. Aferrándose a la mentalidad de la guerra fría, Estados Unidos ha intensificado la política de bloques y avivado el conflicto y la confrontación. Ha exagerado el concepto de seguridad nacional, abusado de los controles de exportación e impuesto sanciones unilaterales a otros. Ha adoptado un enfoque selectivo del derecho y las normas internacionales, utilizándolos o descartándolos según le parezca, y ha tratado de imponer normas que sirvan a sus propios intereses en nombre de la defensa de un «orden internacional basado en normas”.

Este informe, al presentar los hechos relevantes, busca exponer el abuso de hegemonía de los Estados Unidos en los campos político, militar, económico, financiero, tecnológico y cultural, y atraer una mayor atención internacional sobre los peligros de las prácticas de los EE. UU. para la paz y la estabilidad mundiales y el bienestar de todos los pueblos”.

Efectivamente, el informe se limita a exponer “los hechos relevantes”, y en ese enfoque radica su valor: no se trata de opiniones, sino de datos. Y son escalofriantes. Por poner sólo un ejemplo de cómo trata Estados Unidos no ya a sus adversarios, sino a sus supuestos aliados, el documento menciona el Acuerdo del Plaza. Firmado en 1985 por los ministros de finanzas de Alemania, Francia, el Reino Unido, Japón, y Estados Unidos en el hotel Plaza de Nueva York – como si fueran una pandilla de mafiosos – los países europeos y el del sol naciente aceptaron el chantaje del anfitrión: o accedían a una devaluación del dólar respecto a sus monedas, que se había apreciado un 50% entre 1980 y 1985, o el Congreso introduciría aranceles a sus productos, lo que amenazaba con laminar el superávit comercial de Alemania y Japón. Como los chantajeados habían adquirido cantidades cuantiosas de deuda pública estadounidense, financiando así su déficit comercial, al aceptar la devaluación del dólar lo financiaron en mayor medida.

Los signatarios del Acuerdo del Plaza. The New York Times, fotografía de Fred R. Conrad

Japón lo pagó especialmente caro: el yen se apreció un 46%, las exportaciones y el crecimiento del PIB se frenaron en seco, el gobierno implementó un paquete de estímulos financieros excesivo, creando una burbuja de activos que terminó explotando, y la economía de Japón se adentró en las “décadas perdidas”. Y todo esto no lo dice China, sino que es un resumen de un documento del Fondo Monetario Internacional sobre las consecuencias del Acuerdo del Plaza para Japón.

Lo que pone de manifiesto la publicación del Ministerio de Asuntos Exteriores de China es que la narrativa de Estados Unidos va por un lado, y los hechos, por otro. Y lo que también queda claro es que China no está dispuesta a aceptar las presiones y el chantaje que otros no sólo admiten, sino que abrazan entusiasmados, como la Unión Europea, mientras nos dirigen al abismo.

El acoso de Estados Unidos a China se ha intensificado recientemente, pero viene de lejos. En 2013, una revista tan institucional como Foreign Policy titulaba así: “Rodeada: Cómo los Estados Unidos está cercando China con bases militares”.

10 años más tarde, en febrero de 2023, la BBC titulaba así otro artículo: “Estados Unidos asegura un pacto en Filipinas para completar el arco en torno a China”. El secretario de Defensa, Lloyd Austin, viajó personalmente a las islas para sellar el acuerdo. Después de haber servido durante 37 años en el ejército de Estados Unidos, Austin pasó a ocupar puestos en los consejos directivos del gigante del acero Nucor, en Tenet Healthcare y United Technologies. Esta última empresa se fusionó con el fabricante de armas Raytheon en 2020. Austin usó una puerta giratoria para acceder desde el consejo de administración de Raytheon a su actual puesto en el gobierno.

Fuente: BBC

La relación de Washington con Pekín ha cambiado mucho desde que, en 1993, Bill Clinton afirmara que no quería aislar a China y renovara su estatus de “nación más favorecida”, con el apoyo del Congreso. Las grandes empresas estadounidenses presionaron fuertemente en este sentido, deseosas de acceder al mercado chino. Las mismas que influyeron para incorporar a China a la Organización Mundial del Comercio en 2001: Boeing, ATT, General Electric, etc. La globalización transformó a China en la fábrica del mundo: la palabra de moda era “deslocalización”, un eufemismo que ocultaba el proceso de desindustrialización de occidente, en favor de la mano de obra barata china. Ahora, la Casa Blanca habla de revitalizar la producción manufacturera doméstica y acelerar las industrias del futuro. Ahora quieren revertir la deslocalización, volver a poner las fábricas en su territorio, porque el óxido del Rust Belt – la ausencia de empleos industriales – se está extendiendo a todo el país y amenaza con paralizar sus engranajes. De ahí la Inflation Reduction Act, y sus 369.000 millones de dólares en subsidios a las empresas para que se instalen en Estados Unidos. Estos son los adalides del “mercado libre”.

La globalización tuvo un efecto no deseado por parte de sus promotores: convirtió a China en la segunda economía del mundo. Esto chocaba con las constantes aspiraciones hegemónicas de Estados Unidos, que no puede consentir que nadie le haga sombra, ni económica, ni política, ni militar en Eurasia. Así lo planteaba en 1997 Zbigniew Brzezinski en El gran tablero mundial.  Cuando Estados Unidos se dio cuenta de que China había adquirido la potencia suficiente para desafiar su hegemonía, el inquilino de la Casa Blanca de turno desató la guerra comercial contra Pekín. En marzo de 2018, Donald Trump subió los aranceles al acero y aluminio provenientes de China, que respondió incrementando los impuestos a 128 productos estadounidenses. En noviembre de 2019, Trump y Xi Jinping llegaron a un acuerdo para reducir los aranceles.

 

En 2020, Bob Davis y Lingling Wei profetizaban en su libro “Superpower showdown” que la guerra comercial con China sobreviviría a Donald Trump. La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca ha supuesto la agudización del conflicto, lo que confirma que las diferencias entre republicanos y demócratas son de índole cosmética: ambos son meras facciones de un mismo partido. Bajo la presidencia de Biden, Estados Unidos ha escalado el conflicto con China en el terreno político, económico, militar y mediático.

En lo político, el embajador de Estados Unidos en China, Nicholas Burns, acaba de declarar que su país es el líder de la región denominada Indo-Pacífico. Las palabras no son inocentes, y el rebautizo de la región corresponde a la intención de dejar fuera la palabra Asia a la hora de referirse a la zona geográfica tradicionalmente conocida como Asia – Pacífico.

Zona geográfica Asia – Pacífico, donde no aparece Estados Unidos. Ilustración: Abrahamic Faith. https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=37548949

La Estrategia para el Indo-Pacífico de los Estados Unidos es un documento publicado en febrero de 2022 donde podemos leer lo siguiente: Estados Unidos es una potencia del Indo-Pacífico. La región, que se extiende desde nuestra costa del Pacífico hasta el Océano Índico, es el hogar de más de la mitad de la población mundial, casi dos tercios de la economía mundial y siete de los ejércitos más grandes del mundo. Más miembros de las fuerzas armadas de EE. UU. tienen su base en la región que en cualquier otra fuera de los Estados Unidos. El viaje de Nancy Pelosi a Taiwán marcó un hito en los anales de las provocaciones estadounidenses, con gran fanfarria mediática, que llegó a especular con la posibilidad de que China derribara su avión.

En lo económico, Biden ha seguido la estela de intentar ahogar el desarrollo de las empresas tecnológicas chinas, incrementando la presión que ya ejerció Trump. En 2019,  el millonario presidente ya puso a Huawei en una lista negra, restringiendo el suministro desde las empresas estadounidenses, sometiéndolo a la necesidad de solicitar una licencia específica. En enero de este año, Biden acabó con las ya limitadas licencias. La CHIPS Act prohíbe a las empresas de microchips aumentar su capacidad de producción en China durante diez años, si aspiran a recibir un centavo de los 39.000 millones de dólares presupuestados para incentivar la fabricación de chips en el territorio de Estados Unidos. Por su parte, el mayor fabricante de microchips del mundo, TSMC, radicado en Taiwán, ha anunciado una inversión de 40.000 millones de dólares para instalar una planta en Estados Unidos. De momento, 500 ingenieros y sus familias se han mudado a Arizona, lo que ha suscitado la cuestión de la fuga de cerebros desde Taiwán hacia Estados Unidos. Y es que ya lo dijo Kissinger: “Ser enemigo de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser amigo es fatal”.

Algunos países de la Unión Europea han imitado la política de “contención” estadounidense, redoblando el cerco: Holanda ha restringido la exportación de semiconductores a China.  Alemania está considerando prohibir el uso de determinados componentes de Huawei y ZTE en sus redes 5G, donde el 60% de las mismas está equipada por Huawei. Bélgica ha prohibido la instalación de la aplicación Tik Tok en los teléfonos oficiales de los empleados del gobierno federal.

En lo militar, Estados Unidos ha impulsado la creación de AUKUS, junto con Australia y el Reino Unido, tildada por China como la OTAN asiática, y que militariza la relación con Pekín. Australia acaba de anunciar que comprará a Estados Unidos cinco submarinos nucleares en el marco de dicho acuerdo. Para extender su área de influencia hacia el Océano Índico, Estados Unidos está promoviendo el Quad, (Quadrilateral Security Dialogue) un grupo que incluye a Japón, India y Australia, “para defender el orden internacional basado en reglas donde los países son libres de todas las formas de coerción militar, económica y política”. Se les olvidó añadir que exceptuando la coerción que ejerce Estados Unidos. El general estadounidense Mike Minihan, jefe del Comando de Movilidad Aérea, puso por escrito recientemente que creía que Estados Unidos iría a la guerra con China en 2025.

En el terreno mediático, el incidente con el globo chino que sobrevoló Estados Unidos, tuviera éste el propósito de recoger datos meteorológicos o de otro tipo, sirvió a Washington para montar otro circo con el fin de presentar a China como un país agresor. Es la misma estrategia que utilizó el Partido Demócrata contra Moscú, con el montaje del Russiagate, fabricado por exagentes de inteligencia, como ha demostrado el periodista Matt Taibbi, pero que sirvió para presentar a Rusia como otro país agresor, que se entrometía en las elecciones presidenciales para manipular su resultado. Y, de paso, deslegitimar la victoria de Donald Trump, partidario del diálogo con Putin, con quien habló repetidas veces durante su mandato. En ambos casos, se trata de manipular a la opinión pública con el objeto de prepararla para que acepte futuras represalias contra los “agresores”

En lugar de achantarse ante el cúmulo de amenazas, la proliferación de bases militares a su alrededor, los movimientos para encapsularla políticamente, para ahogar su economía y para armar a Taiwán hasta las cejas, una estrategia que comenzó Jimmy Carter en 1979, incumpliendo su promesa a China de no hacerlo, el gobierno de Pekín ha comenzado a ejercer su liderazgo en el mundo multipolar que se está fraguando. Y lo ha hecho usando la diplomacia, en lugar de la fuerza, en una región tradicionalmente controlada por Estados Unidos e Israel: Oriente Próximo.

El acuerdo apadrinado por China entre Irán y Arabia Saudita ha conseguido que ambos países reanuden sus relaciones diplomáticas, cortadas en 2016 por los saudíes; reabran sus respectivas embajadas en un plazo de dos meses; reactiven un acuerdo de cooperación en seguridad firmado en 2001, así como otro pacto de 1998 en materia de comercio, economía e inversiones. Pero lo más importante es que el acuerdo insta a los tres países a realizar todos los esfuerzos para promover la paz y la seguridad regional e internacional.

Wang Yi, el diplomático chino de mayor rango, describió el acuerdo como una victoria del diálogo y la paz, añadiendo que Pekín continuará jugando un papel constructivo al abordar los problemas globales difíciles.

No cabe mayor contraste entre la actitud de Estados Unidos en su utilización de Ucrania como peón para sus intereses geopolíticos, que se apresuró a acusar a China de planear el suministro de armas a Rusia como respuesta a su propuesta de paz, y la del gobierno de Pekín, conduciendo hacia la reconciliación a dos adversarios declarados.

Después de haber patrocinado este histórico acuerdo, China emerge como una potencia que apuesta por la paz y el diálogo. Una potencia a la cual muchos países ya están evaluando con otra mirada, a la luz de sus logros, bien distinta a la habitual etiqueta con la que los medios de propaganda occidentales despachan al gobierno chino.

 

Tras el triunfo diplomático que supone el acercamiento entre Irán y Arabia Saudita, China está planeando celebrar una cumbre con las monarquías del Golfo Pérsico e Irán en Pekín. Estoy seguro de que será un éxito, para la desesperación de Estados Unidos, que ve cómo la agenda de los belicistas que dirigen el Departamento de Estado cosecha fracaso tras fracaso. El declive como potencia hegemónica de Estados Unidos se antoja ya ineluctable, y los centros de poder están basculando hacia Eurasia. Y el detonante ha sido el papel de Estados Unidos en la guerra de Ucrania. El mundo entero está viendo cómo la Casa Blanca está sacrificando un país, con la complicidad de sus élites corruptas, para intentar imponer su hegemonía languideciente. Y una gran parte del planeta ha tomado buena nota: ese no es el camino.

En el próximo artículo analizaré con mayor detenimiento las repercusiones del acuerdo entre Irán y Arabia Saudita en la guerra que libran en Yemen, apoyando a distintas facciones; en la guerra en Siria y, por tanto, en las relaciones de ambos con Turquía; en las conversaciones sobre el desarrollo de la energía nuclear en Irán; en Pakistán y la conflictiva región de Baluchistán; y también en las relaciones de los saudíes con Israel y el estatus de Palestina. Porque en esta ocasión sí es pertinente hablar de un acuerdo histórico.

El acuerdo entre Irán y Arabia Saudita revela el auge de China y la decadencia de Estados Unidos

1 de abril de 2023

El pasado 10 de marzo, los eternos rivales del Golfo Pérsico acordaron el restablecimiento de sus relaciones diplomáticas. No ha sido un camino fácil. En 2021 ya mantuvieron discretas reuniones en Omán. Posteriormente lo hicieron en Irak, que ejerció de mediador. Sin embargo, ha sido con el patrocinio de China, y la participación directa de Xi Jinping en las negociaciones, cuando se alcanzó un acuerdo en Pekín.

Aunque Estados Unidos sostiene que fue informado por Arabia Saudita de las conversaciones, el pacto le deja fuera de juego en la región. Después del desplante de Mohamed bin Salmán a Joe Biden, negándose a aumentar la producción de petróleo tras su visita, ahora el líder de los suníes pacta con Irán, el líder de los chiíes, la bestia negra de Israel, que también queda descolocado.

Dos semanas después de este histórico acuerdo, Arabia Saudita se disponía a restablecer igualmente sus relaciones con Siria, rotas hace más de una década. La anunciada reapertura de las embajadas de ambos países fue celebrada por Mao Ning, la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, quien en la conferencia de prensa del 23 de marzo declaró que “China apoya firmemente el fortalecimiento de la coordinación y la independencia estratégica de los Estados árabes para impulsar conjuntamente la estabilidad y el desarrollo regionales”.

A estos dos acuerdos tenemos que sumar otro acontecimiento igualmente trascendental para las relaciones internacionales: la visita de Xi Jinping a Moscú. El viaje del máximo dirigente chino fue antecedido por la publicación de sendos artículos, por parte de Xi Jinping y de Vladimir Putin, en la prensa oficial de Rusia y China, en los que fijaban el marco de su inminente encuentro.

El artículo de Xi Jinping se titula “Avanzando para abrir un nuevo capítulo de la amistad, la cooperación y el desarrollo común entre China y Rusia” y el firmado por Vladimir Putin, “Rusia y China: una asociación orientada al futuro”. La lectura de ambos revela que ambos países han tejido una alianza estratégica frente a las pretensiones de Estados Unidos de imponer su hegemonía en un mundo unipolar, por medio de las sanciones o la fuerza, según los casos. Una publicación tan institucional como Foreign Policy calificaba así el estrechamiento de las relaciones entre ambos países: “Xi y Putin tienen la alianza no declarada más consecuente del mundo”, subrayando que es más importante que las alianzas oficiales de Washington.

 

Teniendo en cuenta la actitud de neutralidad de India, que se ha convertido en el segundo mayor comprador de petróleo ruso, después de China, y los recientes movimientos en Oriente Próximo, donde Arabia Saudita, hasta ahora aliado de Estados Unidos, acaba de pactar con dos de sus bestias negras, Irán y Siria, se entiende que la Casa Blanca esté poniéndose muy nerviosa con lo que está ocurriendo en Eurasia. Lo acaba de demostrar John Kirby, el coordinador de comunicaciones estratégicas del Consejo de Seguridad Nacional cuando, en una única conferencia de prensa, repitió siete veces la frase “American leadership around the world” (“el liderazgo americano alrededor del mundo”), tratando de conjurar una realidad evanescente. El vídeo a continuación está editado.

 

Vídeo de Caitlin Johnstone.

En 1992, The New York Times titulaba un artículo de tal guisa: “El plan estratégico de Estados Unidos requiere asegurar que no se desarrolle ningún rival”. En él, informaba de la existencia de un documento clasificado de 46 páginas, conocido como “Defense Planning Guidance”. Redactado bajo la supervisión de Paul Wolfowitz, el subsecretario político del Pentágono, en el papel se afirmaba que “la misión política y militar de Estados Unidos en la era posterior a la guerra fría será asegurar que no se permita el surgimiento de ninguna superpotencia rival en Europa occidental, Asia o el territorio de la antigua Unión Soviética”. Para conseguirlo, «debe mantener los mecanismos para disuadir a los competidores potenciales incluso de aspirar a un papel regional o global más grande”. El documento había sido filtrado a The New York Times por una fuente que pensaba que una decisión estratégica de dichas características debería ser sometida a debate público, según recogía el propio artículo.

Siguiendo el planteamiento de la “Doctrina Wolfowitz”, a los Estados Unidos sólo les ha salido bien una cosa: han conseguido meter una cuña entre la Unión Europea y Rusia, probablemente de manera irreversible. Tras haber provocado la involucración directa de Rusia en la guerra civil que comenzó en Ucrania en 2014, tras el golpe de Estado del Maidán, y después de haberse negado, en diciembre de 2021, a negociar las garantías de seguridad que reclamaba Moscú, Estados Unidos ha conseguido que la Unión Europea mostrara una sumisión completa a su fracasada estrategia de aislar a Rusia. El seguidismo de Bruselas, que ya está preparando el undécimo paquete de sanciones, sólo ha conseguido debilitar a la propia Unión Europea, como he documentado ampliamente en este blog.

De este modo, Estados Unidos se ha asegurado la eliminación de un posible rival en el tablero mundial, tal y como propugnaba Wolfowitz. Sin embargo, si analizamos las demás consecuencias en el resto del mundo de las sucesivas ampliaciones de la OTAN, y la utilización de Ucrania como ariete contra Rusia, la anulación de la Unión Europea como actor político podría resultar una victoria pírrica para Washington.

El denominado sur global ha tomado buena nota de hasta dónde puede llegar la conducta de “El padrino”, en expresión del historiador Vijay Prashad, y le está perdiendo el miedo. ¿Por qué? Porque el sur global se ha dado cuenta de que ahora, a diferencia de lo que ocurría en el siglo XX, tiene alternativas a la sumisión a Estados Unidos. Es lo que está ocurriendo en África, por ejemplo. Coincidiendo parcialmente con la visita de Estado de Xi Jinping, se celebró en Moscú la segunda Conferencia Parlamentaria Internacional África – Rusia, con la asistencia de más de 40 países africanos. Y es lo que está pasando en Oriente Próximo, donde la diplomacia china está consiguiendo que los antaño enemigos se sienten en una mesa a dialogar y alcancen acuerdos para resolver, de forma pacífica, sus diferencias. No cabe mayor contraste entre la actitud de Estados Unidos, utilizando a Ucrania como peón para sus intereses geopolíticos, y acusando a China de planear el suministro de armas a Rusia como respuesta a su propuesta de paz, y la del gobierno de Pekín, reconduciendo hacia el diálogo a enemigos declarados.

El sur global ahora tiene alternativas al chantaje que caracteriza la posición de Estados Unidos, porque la situación es muy distinta a la del siglo XX. Su poderío económico se está debilitando y sus propuestas siempre son de suma cero: uno, siempre el mismo, gana en función de lo que pierde el otro. Ahora han surgido otras potencias con las que poder interactuar, que no tratan de imponer su agenda política o su modelo de gobierno, lo cual no quiere decir que no persigan sus intereses económicos: el comercio entre África y China supone ya cuatro veces más que el que mantiene con Estados Unidos. China invierte en la construcción de infraestructuras en África, no en financiar guerras, sostener dictaduras militares, ejecutar magnicidios, o promover golpes de Estado.


46 países de África han firmado acuerdos de colaboración con la Nueva Ruta de la Seda. 22 parques industriales construidos por China. Ilustración: China Global South

Analicemos ahora las repercusiones del pacto entre Irán y Arabia Saudita. Que la reconciliación va en serio lo denota la invitación oficial de Mohammed bin Salman al presidente de Irán, Ebrahim Raisi, para que visite el país, así como el reciente anuncio del encuentro de los ministros de Asuntos Exteriores de ambos gobiernos durante el ramadán. Esto iría en consonancia con lo que informa The Cradle, un medio con buenas fuentes: la quinta cláusula del acuerdo “urge a los tres países (incluye a China) a realizar todos los esfuerzos para promover la paz y la seguridad regional e internacional”. Teniendo en cuenta que el Golfo Pérsico es el primer proveedor de energía de China, es lógico que Xi Jinping se haya involucrado personalmente en pacificar una zona donde le conviene la estabilidad política. Tampoco ha debido ser ajeno al acuerdo el compromiso de China de invertir 50.000 millones de dólares en Arabia Saudita, según informa Bloomberg.

 

Mohamed bin Salman también necesitaba estabilidad para implementar su agenda política, denominada “Visión 2030”, con la que busca salir del monocultivo petrolero, para desarrollar el país en otras vertientes económicas. La posición geográfica de Arabia Saudita puede dar un impulso a dos proyectos en su vecindad. El primero, el Corredor de Transporte Internacional Norte Sur, sobre el que escribí en este artículo. El presidente del Comité de Relaciones Internacionales de la Duma, Leonid Slutsky, alababa el acuerdo entre Irán y Arabia Saudita y consideraba que el Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur se convertiría en el factor clave de retroalimentación positiva para la seguridad, la estabilidad y el desarrollo en la región. La mejora de las relaciones con Irán podría conectar a los países que integran el Consejo de Cooperación del Golfo con este corredor, que va desde la India hasta San Petersburgo, atravesando Irán.  

El segundo proyecto es el Corredor Económico China – Asia Central – Asia Occidental (CCAWAEC), que forma parte de la Nueva Ruta de la Seda y también cruza Irán. La estabilidad en la región podría incentivar a Pekín a efectuar mayores inversiones en la República Islámica como conector con Asia Central y, desde ahí, hasta China, asegurando así sus intereses energéticos. Hablando de inversiones, Mohammed Al-Jadaan, ministro de Finanzas de Arabia Saudita declaraba, cinco días después de haber firmado el acuerdo, que su país podría invertir en Irán “muy pronto”.

Corredor Económico China – Asia Central – Asia Occidental. Ilustración: OneBeltOneRoadEurope.

Además de los aspectos comerciales, según The Cradle, el acuerdo entre Irán y Arabia Saudita contiene cláusulas secretas que atañen a la seguridad: ambos países se abstendrán de cualquier acción que pudiera desestabilizar al otro Estado, tanto en materia de seguridad, como militar, e incluso mediática. En concreto, los saudíes se habrían comprometido a no financiar a los Muyahidines del Pueblo de Irán (que buscan derrocar al gobierno iraní), ni a los grupos kurdos basados en Irak, ni a organizaciones baluchíes operando desde Pakistán, como Jundallah. Por su parte, los iraníes habrían asegurado a los saudíes que sus organizaciones aliadas no violarían su territorio desde Irak.

Wang Yi, el más alto diplomático chino, con Musaad bin Mohammed Al Aiban, asesor de seguridad nacional de Arabia Saudita, y Ali Shamkhani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán. Foto: China Daily/Reuters.

Lo que es más importante: ambos países habrían acordado hacer todos los esfuerzos posibles para resolver el conflicto en Yemen, alcanzando una solución política que asegure una paz duradera en el país y acabe con una guerra proxy de manual, que ha causado una devastación horrible y que, sin embargo, apenas ocupa espacio en los medios de comunicación occidentales. En abril del año pasado, ya se produjeron movimientos políticos que indicaban la voluntad de Arabia Saudita de iniciar conversaciones con los hutíes, apoyados por Irán, para poner fin a la guerra. Bienvenida sea la iniciativa.

Distintas zonas de control en Yemen. Fuente: Yemen’s Trifurcation Is Arguably A Fait Accompli, by Andrew Korybko.

El acuerdo entre la monarquía saudí y la República Islámica también puede tener repercusiones en las conversaciones sobre el uso de la energía nuclear por parte de Irán. Una autoridad iraní de alto rango afirma que el pacto “Animará a Occidente a llegar a un acuerdo nuclear con Irán”. Un acuerdo del que Estados Unidos se retiró en 2018 y que ha sufrido múltiples altibajos en los intentos por resucitarlo. Israel presionó fuertemente a Estados Unidos para reventar cualquier posibilidad de revivirlo, después de que Josep Borrell declarara que el acuerdo “está muy cerca”. Aunque soy muy pesimista sobre las posibilidades de rescatar el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés), parece razonable pensar que el acuerdo entre los rivales de la región debe haber incluido el compromiso de Irán de no dotarse de armamento nuclear.

El anuncio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Arabia Saudita y Siria también tiene implicaciones en la guerra que se libra en este último país, donde Irán apoya a las milicias de Hezbolá, que envió a miles de combatientes para apoyar al gobierno de Hafez al-Asad. Arabia Saudita no está interesada en una partición de Siria, por temor a que su desmembramiento tenga repercusiones en la zona, pero ve con recelo la influencia de Irán. La reapertura de los canales de comunicación tanto con Irán como con Siria es un paso fundamental para intentar resolver la guerra en Siria, donde también intervienen Turquía y Estados Unidos, como analicé en un artículo anterior.

Las consecuencias de los pactos entre Arabia Saudita con Irán y Siria podrían influir en el futuro de Palestina y en las relaciones de Riad con Tel Aviv. Arabia Saudita subrayaba en enero su apoyo a la causa palestina, tras los ataques de Israel a la mezquita de Al Aqsa. Benjamín Netanyahu declaraba el 19 de enero que había hablado con Jake Sullivan, consejero de seguridad nacional de Estados Unidos, acerca de su deseo de restablecer relaciones diplomáticas con Riad. El 19 de febrero, Bloomberg titulaba así un artículo: “Israel intensifica conversaciones con Arabia Saudita sobre lazos para combatir a Irán”. El reciente pacto entre los saudíes y el enemigo común, Irán, echa por tierra esa estrategia y abre muchas incógnitas.

La alianza entre Moscú y Pekín, los pactos entre Arabia Saudita, Irán y Siria… ¿Cuál está siendo la respuesta de Estados Unidos a estos movimientos telúricos en el tablero geopolítico, aparte de declararse el líder del mundo en las conferencias de prensa?

El 20 de marzo, exactamente el mismo día que Xi Jinping llegaba a Moscú, el Departamento de Estado publicaba su informe sobre derechos humanos en el mundo, correspondiente al año anterior. ¡Qué casualidad! En el tercer párrafo del prefacio, el informe achacaba a las autoridades de China la comisión de genocidio y crímenes contra la humanidad, personificándolos en los uigures y otras minorías étnicas y religiosas. Llama la atención que un país se atribuya la potestad de emitir un informe sobre la situación de los derechos humanos en todo el mundo. Sobre todo cuando ese país es el responsable de provocar innumerables guerras ilegales (Yugoslavia, Libia), de la invasión de otros países para apropiarse de sus recursos naturales (Irak), de la muerte de cientos de miles de civiles, bombardeados por su ejército, del mantenimiento de centros secretos de tortura, y de la creación de laboratorios biológicos, bien lejos de su territorio.  Eso sí, las guerras son humanitarias porque se libran para exportar la democracia. Las muertes de civiles se denominan “daños colaterales”. Los laboratorios biológicos se financian para mejorar la seguridad de nuestra salud. Y no se trata de torturas, sino de “interrogatorios mejorados”, con técnicas bautizadas con nombres que parecen de deportes acuáticos, como water boarding (ahogamiento simulado).

Además de las habituales acusaciones, Estados Unidos ha abierto otro frente a China con Tik Tok. Bajo la imputación de que la aplicación podría estar recabando datos de los usuarios (150 millones en Estados Unidos) para compartirlos con el gobierno chino, la administración de Joe Biden ha amenazado con prohibir su uso, a menos que el propietario, Byte Dance, venda la compañía. Donald Trump ya intentó que Wal-Mart y Oracle adquirieran la empresa. El secretario de Estado, Antony Blinken, ha declarado que habría que “ponerle fin de una manera u otra”: las mismas palabras que Ned Price, el portavoz del Departamento de Estado, usó para referirse al gasoducto Nord Stream 2, antes de su voladura.

Aunque hasta la CNN reconoce que no hay ninguna prueba de que Tik Tok esté espiando para el gobierno chino, se trata de montar un circo para sembrar la duda sobre la fiabilidad de China. En este caso, el espectáculo ha incluido la comparecencia del consejero delegado de Tik Tok ante el Congreso de los Estados Unidos, donde fue interrogado durante más de cinco horas.

De manera simultánea a la apuesta de China por la diplomacia, están apareciendo focos de inestabilidad en diversas partes del mundo que afectan a su aliado, Rusia. Por no hablar de Taiwán, claro. Sobre dos de ellos ya he escrito en este blog: Moldavia y Transnistria, un enclave controlado de facto por Moscú, fronterizo con Ucrania. En Moldavia, lejos de apaciguarse la situación, el gobierno de Maia Sandu, partidaria de incumplir la constitución de su país para integrarse en la OTAN, está considerando prohibir a SOR, un partido de la oposición, que intervenga en el parlamento, acusándole de pretender desestabilizar Moldavia con la ayuda de sus “amigos del Kremlin”.

En Siria, donde Estados Unidos ocupa ilegalmente un tercio del territorio, tras el reciente viaje del jefe de la Junta de Estado Mayor, general Mark Milley, se ha producido un incremento de las incursiones de helicópteros estadounidenses. Un ataque con drones a una base del invasor causó represalias contra objetivos iraníes, lo que revela que Estados Unidos va a hacer lo posible por reventar cualquier iniciativa de paz en un país donde los recientes movimientos le han dejado aislado. Si la reunión que, según un periodista bien informado, se celebrará próximamente en Moscú entre Turquía, Siria, Irán y la propia Rusia tiene frutos, y Turquía acepta retirarse de Siria, entonces la posición de Estados Unidos en aquel país será insostenible, política y militarmente.

Siria. En amarillo, la zona controlada por Estados Unidos a través de sus aliados, los kurdos. Ilustración: Al Jazeera.

En Israel, la propuesta de reforma judicial de Benjamín Netanyahu ha sido recibida con masivas protestas ciudadanas. Un alto cargo del gobierno del primer ministro acusó a un agente exterior de la organización de las manifestaciones, y otro aclaró que se refería a Estados Unidos. El promotor de las manifestaciones es el Movimiento por la Calidad del Gobierno, una organización que recibe financiación del Departamento de Estado, aunque supuestamente dichos fondos irían destinados a la enseñanza de la “democracia” en las escuelas. Conviene subrayar que el anterior primer ministro de Israel, Naftali Bennet, intentó mediar para conseguir un acuerdo de paz en Ucrania, y que Netanyahu mantiene buenas relaciones con Rusia, China y Arabia Saudita. Además, Israel se ha negado a suministrar armas a Ucrania y ha rechazado imponer sanciones a Rusia, con quien ha mantenido el diálogo político.

En Georgia, la iniciativa legislativa para promulgar una ley que proponía la identificación como agentes extranjeros de las organizaciones que recibieran más de un 20% de su financiación desde el exterior, similar a la existente en Estados Unidos y a la que está preparando Canadá, se topó con el intento de asaltar el parlamento por parte de manifestantes, con profusión de banderas de la Unión Europea y de Ucrania. El proyecto de ley fue retirado para evitar la “confrontación” en la sociedad.

Ante el fracaso militar de la guerra en Ucrania, donde la totalidad de los miembros del ejército entrenado por la OTAN entre 2014 y 2022 estarían muertos, y la economía colapsando por el reclutamiento forzoso, a Estados Unidos no le quedan más opciones que abrir otros frentes con los que intentar desgastar a Rusia, a China, a Irán, y a todos los que no se plieguen a sus dictados. Porque la alternativa, que sería buscar la paz y compartir el liderazgo en el mundo multipolar que está naciendo, es algo que no considera. El tiempo, sin embargo, acabará por poner a cada uno en su sitio.

Quién gana y quién pierde tras un año de guerra en Ucrania

1 de marzo de 2023

El “interés primordial” de Estados Unidos es evitar una alianza entre Alemania y Rusia

En 2015, George Friedman, el fundador de Stratfor (Strategic Forecasting), una consultora de geopolítica, calificaba así el objetivo principal de la política exterior de Estados Unidos: meter una cuña entre la potencia industrial y tecnológica que representa Alemania, y las reservas energéticas que atesora Rusia, porque juntas representan una amenaza intolerable para la hegemonía estadounidense. El plan para evitarlo es levantar un nuevo telón de acero, que va desde el Báltico hasta el Mar Negro, para separar a la Unión Europea de Rusia.

Años antes, Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional, se expresaba en los mismos términos: la peor pesadilla para los Estados Unidos sería que Alemania y Rusia unieran sus recursos complementarios y alcanzaran la suficiencia económica; que Rusia se occidentalizara, se democratizara y la OTAN perdiera su razón de existir. Para evitar el surgimiento de esa simbiosis tan perjudicial para los intereses de Estados Unidos, Brzezinski apostaba por meter la cuña justo en Ucrania. El profesor de economía Michael Hudson, autor del libro “Super Imperialismo, La estrategia económica del Imperio Americano”, nos lo explica en este vídeo.

En contra de la letanía repetida por los medios de comunicación occidentales, la invasión rusa de Ucrania ha sido cuidadosamente provocada. Como consta en el sitio web de la OTAN, la organización armada ha estado presente en Ucrania desde su independencia de la Unión Soviética, en 1991, cuando Kiev se unió al Consejo de Cooperación del Atlántico Norte. El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, reconocía en una entrevista que la OTAN había estado “apoyando” a Ucrania desde hace muchos años, y especialmente desde 2014, el año del golpe de Estado del Maidán, orquestado por Estados Unidos, singularmente por Victoria Nuland. La actual subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos, junto a su jefe, Antony Blinken, son los dos principales impulsores de la guerra en Ucrania. El bisabuelo y el abuelo de Blinken eran ucranianos. Los abuelos de Nuland, también. Hay algo personal en todo esto.

Una provocación planificada desde hace décadas por la OTAN

Incumpliendo la famosa promesa hecha a Gorbachov de no expandirse ni una pulgada hacia el este, las sucesivas ampliaciones de la OTAN, hasta las mismísimas fronteras de Rusia, han consistido en un ejercicio de creciente provocación, como analicé en un artículo anterior. Una recopilación de advertencias por parte de analistas políticos y altos cargos, tanto rusos como occidentales, acerca de los riesgos que implicaba expandir la OTAN hacia el este puede encontrarse también aquí. Sin embargo, los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca han hecho oídos sordos, cruzando todas las líneas rojas de Rusia, sobre las que advertían políticos y politólogos.

La ampliación de la OTAN en los últimos años.

Los últimos giros de tuerca se dieron después del Maidán, cuando el gobierno de Petro Poroshenko comenzó a bombardear a la población civil de las regiones que no reconocieron el gobierno golpista, y los acuerdos de Minsk fueron usados como trampa con la que ganar tiempo para que la OTAN fortaleciera y armara a Ucrania, de cara al más que previsible enfrentamiento con Rusia, como traté en otro artículo. Algo reconocido por Ángela Merkel en una entrevista, concienzudamente silenciada por los medios de comunicación occidentales.

Úrsula von der Leyen ha admitido que la Unión Europea estaba trabajando con Estados Unidos en el diseño de las sanciones a Rusia meses antes de que se produjera la invasión de Ucrania, y que ese trabajo previo les permitió implementarlas con carácter inmediato en cuanto ésta tuvo lugar. Todo estaba planificado previamente. Sabían que la respuesta se iba a producir porque para eso estaban cruzando todas las líneas rojas de Rusia. La invasión se produjo, no por casualidad, cinco días después de que Zelenski reclamara en Múnich el “derecho” de Ucrania a abandonar el Memorándum de Budapest para proveerse de armas nucleares. 

Por si nos quedara alguna duda del carácter proxy de esta guerra, el ministro de Defensa de Ucrania, Alexey Reznikov, confirmaba en una entrevista que su país está cumpliendo “una misión de la OTAN” y que, ya que los ucranianos ponen la sangre, y los aliados de la OTAN no, lo lógico es que al menos pongan las armas.

La responsabilidad de la invasión recae obviamente en quien ha cruzado las fronteras de otro país con su ejército. En este caso, Rusia. Tal agresión merece ser reprobada, como todas las guerras que acontecen en el mundo. Todas ellas representan la incapacidad, o la falta de voluntad, para resolver las diferencias de manera pacífica. Todas ellas merecen la más firme condena, y ésta también. Pero tal y como afirma Rafael Poch en su blog, en este caso no hay nadie inocente y cabe hablar, al menos, de responsabilidad compartida.

Fracasa la estrategia para hundir la economía de Rusia, y la Unión Europea sufre las consecuencias de las sanciones

La estrategia de las sanciones económicas a Rusia, impulsada por Estados Unidos, y seguida ciegamente por la Unión Europea, ha fracasado en su supuesto propósito de detener la guerra en Ucrania, colapsando la economía rusa y su capacidad para financiarla. Destrozando todas las previsiones, el PIB ruso sólo se contrajo un 2,1% el año pasado y el Banco de Rusia estima que podría crecer hasta el 1% este año. Incluso el Fondo Monetario Internacional pronostica un crecimiento del PIB ruso del 0,3% en 2023 y del 2,1% en 2024. Los mayores ingresos procedentes del incremento del precio del gas y del petróleo, unido al auge de las exportaciones a China y a India, le han dado la vuelta a las negras previsiones para la economía rusa y han confirmado que los cerebros que diseñaron las sanciones o bien tenían en mente otros objetivos, o bien han fracasado rotundamente. Yo me inclino a pensar en lo primero, y explico por qué.

El objetivo primordial de las sanciones no era debilitar a Rusia, por mucho que porfíen sus impulsores allende el Atlántico, sino desgajar a la Unión Europea de sus fuentes energéticas más baratas y próximas. En este sentido, la estrategia ha resultado un éxito para Estados Unidos, que se ha convertido en el primer proveedor de gas natural licuado de la Unión Europea. Como las sanciones a Rusia han provocado un incremento desorbitado de los precios de la energía, Europa ya se está desindustrializando. En Alemania la producción de las factorías intensivas en consumo energético descendió un 6,1% en diciembre pasado, en comparación con el mes anterior. El consumo de gas en la industria se desplomó en diciembre más de un 15% en relación con el promedio de los años 2018 a 2021, síntoma inequívoco no de una mayor eficiencia energética, lograda de la noche a la mañana, sino de un descenso de la actividad.

Las sanciones además están consiguiendo depauperar a la Unión Europea vía inflación. El deterioro del poder adquisitivo de la población es otro de sus efectos. Aun así, como Estados Unidos no termina de fiarse de Alemania, cuyo modelo económico se ha sustentado durante décadas en la energía rusa, próxima, barata y abundante, decidió eliminar de un plumazo la posibilidad de que Alemania se reconectara a Rusia mediante la voladura de los gasoductos Nord Stream. Algo hacia lo que apuntaban todos los indicios, como analicé en una entrada anterior, y que acaba de confirmar el periodista Seymour Hersh en un impactante artículo. El nivel con el que detalla los pormenores de la operación revela que sus fuentes tienen conocimiento de primera mano de la génesis, desarrollo y ejecución de lo que cabe calificar de acto de guerra contra un supuesto aliado.

Cómo América eliminó el gasoducto Nord Stream. The New York Times lo llamó un «misterio», pero los Estados Unidos ejecutaron una operación marina encubierta que fue mantenida en secreto – hasta ahora.

La Unión Europea se está tragando sin rechistar que un presunto socio haya destruido una infraestructura energética vital para el aprovisionamiento de gas por parte de quien lo ha venido haciendo desde hace décadas, para mutuo beneficio de ambas partes. Cabe preguntarse por qué la ministra de Exteriores de Alemania declara que “estamos en guerra con Rusia”, si es otro país quien ha destruido la infraestructura energética que abastecía al suyo. ¿A qué se debe esta obediencia ciega a Estados Unidos por parte de los dirigentes de la Unión Europea, contraria a los intereses que deberían defender, y que está provocando un daño irreparable a la población por cuyo bienestar deberían velar? En lugar de asumir responsabilidades políticas por el fracaso de su estrategia y el perjuicio que ya han causado a la ciudadanía, la élite europea prosigue su huida hacia adelante, redoblando sus apuestas por seguir apoyando (léase armando) a Ucrania todo el tiempo que sea necesario. Una frase acuñada por Biden – as long as it takes – y que los líderes europeos repiten como papagayos.

Estados Unidos consigue crear una brecha entre Rusia y Alemania

Independientemente de las verdaderas razones que subyacen tras el alineamiento suicida de Bruselas con la estrategia dictada por Estados Unidos, más allá de la narrativa maniquea tras la que se parapeta, resulta irrefutable que con su actitud la Unión Europea ha conseguido que Rusia le haya dado la espalda, y que lo haya hecho de manera definitiva.

Las declaraciones de los altos dirigentes rusos no dejan lugar a dudas. En la reunión del Consejo de Seguridad del 18 de febrero, Vasili Nebenzia, el embajador de Rusia ante la ONU declaró: “No tenemos confianza en ustedes y no podemos creer ninguna de sus promesas, ni en lo que respecta a la no expansión de la OTAN hacia el este, ni en su deseo de no interferir en nuestros asuntos internos, ni en su determinación de vivir en paz”.

Para explicar esta reacción, conviene reseñar el artículo publicado el 27 de enero por Anna Fotyga, exministra de Asuntos Exteriores de Polonia. En él, la actual eurodiputada aboga por una “refederalización” de Rusia a manos de la “comunidad internacional”, y propone “discutir las perspectivas para la creación de estados libres e independientes en el espacio posterior a Rusia”. Fotyga afirma que no existe tal cosa como el gas ruso, ni el petróleo, ni el uranio, sino que los recursos naturales de Rusia pertenecen a cada uno de los pueblos que habitan la Federación Rusa. En definitiva, plantea “desmantelar” Rusia, troceándola en estados independientes bajo la influencia occidental. ¿Qué diría la Casa Blanca si un diputado ruso convocara una conferencia internacional para discutir el desmantelamiento de Estados Unidos, como la que convocó y celebró el grupo de eurodiputados conservadores y reformistas (ECR Group), el 31 de enero, con Anna Fotyga de moderadora?

Fracasa la estrategia para aislar a Rusia internacionalmente

La fractura que Washington ha venido persiguiendo desde hace décadas, ese “interés primordial” de meter una cuña entre la Unión Europea y Rusia, puede darse por alcanzado. Sin embargo, esa aparente victoria puede quedarse en pírrica si tenemos en consideración otros factores.

Los alegatos occidentales sobre Ucrania no logran influir en los líderes africanos y sudamericanos. Los líderes de Estados Unidos y Europa luchan para convencer al resto del mundo de que la invasión de Rusia es una amenaza para todos. Fuente: Financial Times.

Estados Unidos ha fracasado en su intento de agrupar a la “comunidad internacional” para aislar a Rusia. En la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich ha quedado patente que el Kremlin dista de estar aislado. Según el Financial Times, las presiones de los estadounidenses chocaron allí con la negativa frontal de los países neutrales del sur global a alinearse con las posiciones occidentales. La tan cacareada “comunidad internacional” se reduce a los Estados Unidos y sus comparsas: la Unión Europea, el Reino Unido, Canadá, Japón, Corea del Sur y Australia. Sin querer despreciar su peso, resulta obvio que distan de representar la mayoría de los países del mundo. Muchos países se han negado a aceptar las presiones de Estados Unidos para aislar a Rusia, como sucede en África, donde abunda la neutralidad y Rusia está estrechando relaciones. En América Latina, los países con mayor peso político y económico también han rechazado sumarse a las sanciones: Brasil, Argentina, México, Colombia, etc. Hasta The New York Times acaba de reconocer que “Occidente trató de aislar a Rusia. No funcionó”.

 

Wang Yi, el diplomático de más alto rango en China, recibido en Moscú por Vladimir Putin, declara que la alianza entre ambos países es “sólida como una roca” y Xi Jinping se apresta a viajar al Kremlin. India ya se negó a que el G20 hablara de sanciones en la reciente cumbre de sus ministros de finanzas en Bangalore, bajo su presidencia rotativa del grupo, añadiendo que han tenido un impacto negativo en el mundo. Rusia se ha convertido en el mayor proveedor de petróleo de la India, que en la última reunión del G20 buscaba que la palabra “guerra” no apareciera en los documentos del grupo, y se empleara en su lugar “conflicto” o “crisis” para referirse a lo que está sucediendo en Ucrania. El cónclave acabó con un documento lejos del consenso, donde constan las discrepancias de sus miembros en torno al asunto. 

La narrativa occidental para justificar la guerra en Ucrania también fracasa

El relato de buenos y malos, de demócratas contra autócratas, elaborado por Estados Unidos y repetido por sus adláteres, adolece de múltiples carencias, comenzando por su falta de veracidad. La historia de los golpes de Estado en el siglo XX para derrocar gobiernos democráticamente elegidos e instalar dictaduras militares, comprensivas con los intereses extractivos o geopolíticos de Estados Unidos, es la historia de la CIA y, posteriormente, del NED (National Endowment for Democracy). Ucrania es cualquier cosa menos una democracia. Un país donde su presidente gobierna a golpe de decreto presidencial para prohibir partidos políticos y clausurar medios de comunicación, como documenté en un artículo anterior. Un país donde la ideología ultranacionalista marca la agenda y se ensalza a personajes tan nazis como Stepan Bandera.

El nivel de cinismo que alcanzan personajes como Antony Blinken explica el fracaso del relato Made in USA para convencer al resto del mundo de seguir sus dictados. En una reciente entrevista, el Secretario de Estado explicaba el supuesto apoyo de la población de Estados Unidos al dispendio efectuado en Ucrania, mientras su situación económica se deteriora, con el siguiente argumento: “Creo que, visceralmente, a la mayoría de los estadounidenses no les gusta ver que un país grande acosa a otro, sienten que está mal y quieren hacer algo al respecto”. Blinken debe de sufrir amnesia selectiva, porque ha olvidado las invasiones estadounidenses de Panamá, Granada, Irak, Afganistán, etc.

En la Conferencia de Seguridad de Munich, hasta Josep Borrell reconoció que el pasado de occidente pesa como una losa en los países del sur global, citando expresamente el colonialismo europeo y los apoyos a las dictaduras latinoamericanas. El 18 de febrero de 2023, en la Cumbre de la Unión Africana en Addis Abeba, Etiopía, el ministro de Relaciones Exteriores de Uganda, Jeje Odongo, declaró: “Fuimos colonizados y perdonamos a quienes nos colonizaron. Ahora los colonizadores nos piden que seamos enemigos de Rusia, que nunca nos colonizó. ¿Es eso justo? No para nosotros. Sus enemigos son sus enemigos. Nuestros amigos son nuestros amigos”.

La congelación de los activos rusos y su posible confiscación socavan la confianza en occidente

La decisión de “congelar” los activos rusos depositados en bancos occidentales por parte de Estados Unidos y sus aliados, y las intenciones declaradas por Josep Borrell de “confiscar” dichos fondos, supuestamente para reconstruir Ucrania tras la guerra, han enviado un mensaje diáfano al sur global: vuestro dinero no está a salvo en occidente, porque si no os comportáis de acuerdo con nuestra agenda, estamos estudiando medidas para legalizar el robo. Eso, si la Unión Europea consigue encontrar esos 300.000 millones de euros que dice haber “congelado”. Porque ahora ha confesado que la única fuente de esa cifra son las estimaciones del Banco Central de la Federación Rusa. Bruselas está teniendo dificultades para localizar dichos activos, que se encuentran en su mayoría en bancos privados, remisos a descubrir dichos depósitos.

Las consecuencias de este vodevil están resultando funestas para el predominio del dólar como moneda de reserva y de intercambio comercial. La amenaza de apropiarse de los activos de otros países ha acelerado lo que iba a terminar cayendo por su propio peso: ¿por qué dos países cuyas monedas no son el dólar deberían usar esta denominación para sus intercambios comerciales? Los movimientos para dejar de lado el billete verde en el comercio internacional se están multiplicando. Irak ha sido el último en anunciar que usará el yuan en sus transacciones comerciales con China. Se suma a una lista cada vez más larga de países que utilizarán sus respectivas divisas, soslayando el dólar: India está pagando el petróleo que compra a Rusia con dirhams de los Emiratos Árabes Unidos, a través de intermediarios en Dubái. Turquía ya paga en rublos parte de sus importaciones a Rusia y ha confirmado que esa proporción irá en aumento en los próximos meses. Egipto, un tradicional aliado de Estados Unidos, también ha anunciado un acuerdo con Rusia para usar el rublo en sus intercambios comerciales.

Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, considera inevitable que China destrone a Estados Unidos como la primera economía del mundo. La decisión de “congelar” los activos de la Federación Rusa, si consiguen encontrarlos, supone acelerar el proceso.

¿Cuáles son las posibilidades de alcanzar un acuerdo de paz en Ucrania?

Antes de que Estados Unidos y el Reino Unido presionaran a Ucrania para poner fin a las conversaciones de paz en Estambul, en abril de 2022, el exprimer ministro de Israel, Naftali Bennett acaba de revelar que sus intentos previos de mediar entre Rusia y Ucrania fueron “bloqueados” por la Casa Blanca y sus aliados. El 5 de marzo, Bennett viajó a Moscú, donde se reunió con Vladimir Putin. El político relata que arrancó importantes concesiones por ambas partes pero que, finalmente, sus esfuerzos fueron en vano. En su opinión, occidente se equivocó al boicotear la posibilidad de un acuerdo de paz.

Un año después de haberse iniciado la participación directa de Rusia en la guerra civil de Ucrania, que comenzó en 2014, los principales líderes occidentales no sólo evitan hablar de negociaciones de paz, sino que desdeñan a quienes las plantean. Es lo que ha ocurrido con la reciente propuesta de China para alcanzar un acuerdo que ponga fin al conflicto en Ucrania, que se ha topado con el rechazo de Úrsula von der Leyen (“China ya ha tomado partido en el conflicto”) y de Jens Stoltenberg, el Secretario General de la OTAN (“China no tiene credibilidad”).

Guerra en Ucrania: El Pentágono da luz verde para los ataques con drones dentro de Rusia.

Estados Unidos es quien maneja la misión de la OTAN en Ucrania y no quiere la paz. A estas alturas del conflicto, Rusia sólo va a aceptar un pacto en sus propios términos. Después de la farsa de los acuerdos de Minsk, el Kremlin no puede arriesgarse a caer en otra trampa. Occidente lo ha apostado todo a Ucrania. El primer ministro del Reino Unido, Rishi Sunak, habla de jugárselo todo a doble o nada, como si la guerra fuera una ruleta.

Para Rusia, la guerra en Ucrania se ha convertido en algo existencial. Es algo que en occidente no terminan de entender, o juzgan como una baladronada del Kremlin: si la guerra convencional no surte efecto, Rusia recurrirá al armamento nuclear para evitar lo que percibe como una amenaza a su supervivencia como Estado. Los planes para desmantelarla de los que alardea occidente confirman que su análisis es correcto.

La implicación de Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea en el suministro de armas, inteligencia, logística y apoyo financiero a Ucrania, contrasta con las aseveraciones de Stoltenberg de que la OTAN no es parte del conflicto. Es Estados Unidos quien autoriza las operaciones militares del ejército ucraniano. Putin acaba de advertir que el suministro de armas por parte de la OTAN a Ucrania sí que convierte a sus miembros en parte del conflicto. De ahí a que constituyan un objetivo militar sólo va un paso. Estados Unidos está jugando con la hipótesis de que Rusia no se va a atrever a darlo. El problema es que las fichas de su apuesta están fabricadas con vidas humanas y si el envite sale mal, los perdedores seremos todos. 

¿Por qué debemos preocuparnos por lo que sucede en Moldavia?

15 de febrero de 2023

Un gobierno que dimite en pleno, una presidenta con pasaporte de otro país, una franja del territorio independiente de facto, acusaciones a Rusia de estar instigando un golpe de Estado y Sergei Lavrov advirtiendo que Moldavia puede convertirse en la próxima Ucrania. ¿Qué está pasando en Moldavia? ¿Cómo puede afectar a la actual guerra entre Rusia y Ucrania, apoyada por la OTAN?

El 10 de febrero, la primera ministra de Moldavia, Natalia Gavrilita, anunciaba su dimisión lo que, según la constitución moldava, acarreaba la de su gobierno en bloque. El día anterior, la primera ministra había estado en Bruselas, donde se había reunido con Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, y Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión. Posteriormente a su renuncia, Gavrilita declaró: «Si el gobierno tuviera tanto apoyo en Moldavia como en la Unión Europea, en Bruselas, habríamos logrado mucho más». Unas declaraciones que dan pie a preguntarse quién marca la agenda en la que estaba trabajando su gobierno.

La caída de la primera ministra se produce en un contexto de fuertes protestas ciudadanas por la carestía de la vida y los problemas de suministros energéticos, procedentes de Rusia. La inflación rebasa oficialmente el 30%. La factura de la luz de los hogares prácticamente se ha triplicado y la del gas, doblado. En septiembre de 2021, el país se mostró incapaz de pagar una deuda de 709 millones de dólares a Gazprom, por lo que la gasista rusa suspendió los suministros temporalmente, lo que provocó la instauración del estado de emergencia. En noviembre, Moldavia pagó parte de la deuda, pero en enero de 2022 anunció que no había conseguido un préstamo para seguir pagando los suministros.

Desde octubre de 2022, Gazprom ha reducido el volumen de gas suministrado a Moldavia en un 30%, aludiendo a las restricciones de tránsito a través de Ucrania. El descenso deja un déficit en el suministro de gas que Moldavia ha sido incapaz de suplir con otros proveedores. ¿Falta de liquidez o falta de alternativas? Con seguridad, una mezcla de ambas. Antes de iniciarse la invasión rusa de Ucrania, Moldavia dependía al 100% de los suministros de gas procedentes de Rusia.

Sin embargo, Maia Sandu, la presidenta del país, educada en Harvard, parece vivir en una realidad aparte, a juzgar por lo que ha escrito en su página de Facebook, tras la dimisión de su gobierno. Según ella, en Moldavia “tenemos estabilidad, paz y desarrollo”.

 

El mes pasado, Maia Sandu mencionó la posibilidad de unirse a una “alianza más grande”. Poco después, se reunió con el secretario general adjunto de la OTAN, Mircea Geoana, un político rumano. Sin embargo, la constitución de Moldavia consagra la neutralidad del país, por lo que las intenciones de la presidenta van claramente en contra de lo establecido en la carta magna. Conviene subrayar que Maia Sandu también tiene pasaporte rumano. No deja de ser chocante que el presidente de un país tenga pasaporte del país vecino, donde se habla el mismo idioma, y la unificación es un tema recurrente a ambos lados de la frontera. Según un sondeo, el 44% de la población de Moldavia estaría dispuesta a la unificación con Rumanía. Hasta el 74% de los habitantes de Rumanía votaría a favor en un referéndum, según otra encuesta. Preguntada por su opinión al respecto, Maia Sandu respondía que un proyecto de ese calibre solo podría acometerse con el respaldo de una mayoría suficiente de la sociedad.

A pesar de que Moldavia no pertenece ni a la Unión Europea ni a la OTAN, representantes de 50 países se reunieron en París en noviembre de 2021 con el fin de recaudar fondos para el país. Era la tercera vez que lo hacían. En el cónclave, Maia Sandu reconoció que los precios de la energía eran “inaccesibles para la población y la economía del país”. Simultáneamente, achacó a “grupos criminales respaldados por Rusia” la organización de las protestas de la población por esos precios “inaccesibles”. Según el analista Alexander Mercouris, Maia Sandu obtuvo una cantidad significativa de sus votos de manos de la diáspora moldava residente en Europa, que se inclina por las tesis europeístas. Se calcula que los moldavos residentes en el extranjero oscilan entre 600.000 y un millón, mientras que en Moldavia viven actualmente 2,5 millones, por lo que el voto de los emigrados es decisivo. En junio de 2022, la Unión Europea concedió a Moldavia el estatus de país candidato a la adhesión.

Cuando el ministro de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov, advierte que Moldavia puede convertirse en “la próxima Ucrania”, conviene intentar averiguar qué le ha movido a realizar semejante afirmación.

En diciembre de 2022, Moldavia suspendió las licencias de transmisión de seis canales de televisión en ruso, alegando una cobertura “insuficientemente correcta” de los acontecimientos en el país y de la guerra en Ucrania. El partido Shor, uno de los promotores de las protestas, junto al Partido Comunista, ha sido tildado de “prorruso” y afronta su ilegalización. El Ministerio de Justicia de Moldavia se está basando en informes del gobierno de Estados Unidos para acometer su prohibición. Los paralelismos con lo que acontece en Ucrania son evidentes.

Teniendo en cuenta la situación geográfica de Moldavia, su historia y su dependencia de las fuentes energéticas rusas, no resulta extraño que exista un sector de la clase política que se incline por un acercamiento a Rusia, antes que a la Unión Europea. La polarización existente en la sociedad respecto hacia qué bloque inclinarse se traduce en inestabilidad política.

El 9 de febrero los servicios de inteligencia de Moldavia confirmaron que habían recibido informes del SBU, su contraparte en Ucrania, que aseguraban que Rusia estaba preparando un golpe de Estado en Moldavia, pero eludieron pronunciarse sobre su contenido. El 13 de febrero, coincidiendo con la visita del viceministro de las Fuerzas Armadas del Reino Unido, y el viaje a Moldavia de José W. Fernández, Subsecretario de Estado para el Crecimiento y la Energía de Estados Unidos, fue cuando la presidenta no sólo dio credibilidad a los informes del SBU ucraniano en una rueda de prensa, sino que desgranó el supuesto contenido de los mismos: Rusia estaría preparando ataques a edificios estatales con toma de rehenes, bajo la apariencia de protestas ciudadanas, con el fin de instaurar “un gobierno ilegítimo”. Maia Sandu aprovechó la ocasión para pedir al Parlamento que apruebe pronto los proyectos de ley para reforzar el papel del SIS, los Servicios de Inteligencia y Seguridad.

Ahora toca situarnos un poco en el mapa. Moldavia está encajonada entre Ucrania y Rumanía. No tiene salida al Mar Negro, aunque desde el sur de la república hay pocos kilómetros hasta Odesa, una ciudad fundada en 1784, bajo el imperio de Catalina la Grande, por un español, José de Ribas, a la sazón almirante de la Armada Rusa. En seguida hablaré de Transnistria, esa franja al oeste del país.

Ilustración: BBC.

Tras pertenecer al Rus de Kiev durante un tiempo, podemos rastrear los ancestros de la actual república hasta la fundación del Principado de Moldavia, por parte del Reino de Hungría, en 1346. Después de estar sometida al dominio del Gran Ducado de Lituania y posteriormente al del Imperio Otomano, la mitad occidental (Besarabia) pasó a manos del Imperio Ruso, tras la firma del Tratado de Bucarest, que puso fin a la guerra turco-rusa en 1812.

Rusia conservó la autoridad sobre el territorio tras la Guerra de Crimea y, tras la revolución rusa, Besarabia fue convertida en una de las repúblicas de la URSS en 1917, aunque al año siguiente pasó a formar parte de Rumanía, excepto la franja de Transnistria, que siguió integrada en la URSS.  En 1940, la Unión Soviética solicitó a Rumanía la devolución de Besarabia y Bucovina del Norte, que se reincorporaron a la URSS bajo el nombre de República Socialista Soviética de Moldavia.

Ilustración: Aoleuvaidenoi

El gobierno de la URSS fomentó la creación del nacionalismo moldavo, con el objetivo de distinguir a la población moldava de la rumana. Entre otras medidas, la República Socialista de Moldavia adoptó el alfabeto cirílico para el moldavo, en contraste con la grafía latina que usaba Rumanía. Debemos recordar que rumano y moldavo son dos idiomas prácticamente idénticos, a salvo de los préstamos de otras lenguas y los cambios provocados por la adopción del alfabeto cirílico. Mientras en la antigua Besarabia predominaba la población moldava, en Transnistria se repartía a partes casi iguales entre rusos, moldavos y ucranianos. Muchos rusos eran inmigrantes venidos para trabajar en la industria pesada, situada en la margen izquierda del río Dniéster.

Durante la época soviética, la franja de Transnistria se mantuvo al margen del nacionalismo moldavo y preponderaba el multiculturalismo entre los tres grupos de población. El ruso era la lengua franca que utilizaban para comunicarse entre ellos.

Sin embargo, a finales de los años 80, el Frente Popular de Moldavia comenzó a abogar por el panrumanismo. En 1990, Moldavia adoptó la bandera tricolor rumana, distinguiéndose únicamente por un escudo en el centro. La perspectiva de una “rumanización” disparó las alarmas en la población multicultural de Transnistria, donde se creó el Consejo Unido de Colectivos Laborales (OSTK por sus siglas en ruso), que convocó huelgas para oponerse a lo que entendían como la imposición de la rumanización, también en el terreno lingüístico. El OSTK terminó constituyéndose en partido político. En 1990, Igor Smirnov ganó en las elecciones al candidato comunista y se puso al frente de la ciudad más importante de Transnistria: Tiráspol.

En el segundo de los dos congresos que reunieron a todos los diputados de Transnistria, se declaró la independencia de la franja el 2 de septiembre de 1990, e Igor Smirnov fue el primer presidente de la República Moldava Pridnestroviana, que es su nombre oficial. Dos meses después, las fuerzas armadas de Moldavia asaltaron el puente de Dubasari para intentar partir en dos la región de Transnistria. El ejército ruso intervino a favor de esta última y, tras dos años de guerra, la superioridad militar rusa forzó en julio de 1992 un alto el fuego, que incluyó la creación de una Comisión Conjunta de Control y una “zona desmilitarizada”. El acuerdo fue firmado por Boris Yeltsin y Mircea Snegur, a la sazón presidente de Moldavia.

Desde entonces, en Transnistria hay estacionado un contingente de unos 1.700 soldados rusos. Parte de esos efectivos están encargados de “mantener la paz”, una tarea de la que también se ocupa la misión de la OSCE allí desplegada. Asimismo, hay un Grupo Operativo del Ejército Ruso que custodia las 20.000 toneladas de munición remanente de la URSS. La franja, encajada entre Moldavia y Ucrania, es un territorio independiente de facto, pero que no es reconocido como tal ni siquiera por Rusia, sino únicamente por Abjasia, Osetia del Sur y Nagorno-Karabaj. Otros territorios en el limbo de la legalidad internacional. En 2006, la población de Transnistria reafirmó en un referéndum su voluntad de independizarse de Moldavia, así como sus deseos de integrarse en la Federación Rusa.

La última respuesta al independentismo por parte del gobierno de Moldavia ha consistido en la aprobación de una ley que contempla penas de prisión de dos a seis años para las “acciones separatistas”. Es decir, “las acciones cometidas con el objetivo de separar una parte del territorio de la República de Moldavia en violación de las disposiciones de la legislación nacional o de los tratados internacionales”.La distribución de objetos, materiales e información que inciten a tales acciones” acarrean penas de prisión de dos a cinco años. La legislación introduce dos nuevos conceptos penales: «sujeto anticonstitucional» y «estructura de información ilegal», el último claramente dirigido a ilegalizar tanto a las personas como a los medios incómodos. Con la nueva ley en la mano, las autoridades moldavas podrían detener y encarcelar a los dirigentes de Transnistria. Teniendo en cuenta que la frontera con Ucrania está cerrada desde el comienzo de la invasión rusa, las posibilidades de moverse fuera de Transnistria se reducen a pasar por Moldavia.

En diciembre pasado, Maia Sandu afirmó que sólo contempla una salida pacífica al conflicto con Transnistria, y simultáneamente anunciaba que ya estaba trabajando en un plan para reunificar el país. Sin embargo, la aprobación de la legislación antiseparatista añade crispación política y dificulta las posibilidades de iniciar una negociación con la calma necesaria.

La posición estratégica de Transnistria en el conflicto bélico de Ucrania

Como vemos en este mapa, una captura de pantalla del canal en You Tube Military Summary, que analiza la evolución de la guerra en Ucrania, la posición de la franja de Transnistria la convierte en un baluarte estratégico dentro del actual conflicto armado. Su emplazamiento podría ser utilizado para realizar una maniobra de pinza sobre la costa de Ucrania en el Mar Negro que Rusia aún no controla.

No hace falta ser un experto analista militar para constatar que Rusia tiene entre sus objetivos ocupar los territorios de Ucrania lindantes con el Mar Negro. El CEPA, Centre for European Policy Analysis es de la misma opinión. Financiado por el gobierno de Estados Unidos, fabricantes de armas estadounidenses y la OTAN, el CEPA advierte que el control del Mar Negro es importante para Rusia, no sólo por sus conexiones históricas y culturales con Ucrania, Georgia y Moldavia, sino porque supone su puerta de salida al Mediterráneo Oriental, el Oriente Próximo y África.

El CEPA recomienda incrementar la presencia de la OTAN en la región, con una presencia naval de la alianza en el Mar Negro los 365 días del año, para lo que propone abrir una base naval en sus costas. A Estados Unidos, su patrocinador, el CEPA le sugiere “incrementar la asociación estratégica con Rumanía, así como incrementar las capacidades militares de este país para apoyar los requerimientos de la OTAN y de Estados Unidos en la zona, así como fomentar el liderazgo de Rumanía dentro de la OTAN en los asuntos regionales, cuando sea apropiado”. Asimismo, el CEPA le recuerda a su patrono que debe restablecer la confianza en sus relaciones con Turquía, ya que Ankara debe ocupar un papel central en los “esfuerzos de seguridad” en la región. Unas relaciones que atraviesan un profundo bache a cuenta de la solicitud de ingreso de Suecia y Finlandia en la OTAN, como traté en el artículo anterior.

Es en este contexto en el que hay que situar los esfuerzos del bloque occidental por incorporar a Moldavia a su esfera de influencia: las conferencias de donantes, su estatus de país candidato al ingreso en la Unión Europea, las declaraciones de su presidenta acerca de la posibilidad de integrarse en una “alianza mayor”, y su reciente reunión con el vicesecretario de la OTAN, otro político con pasaporte rumano, como la propia Maia Sandu. La presidenta ya ha confirmado el nombre del candidato para sustituir a Natalia Gavrilita: se trata de Dorin Recean, el actual consejero de seguridad nacional, firme partidario de la incorporación de Moldavia a la Unión Europea. Teniendo en cuenta que el partido de Sandu goza de mayoría absoluta en el parlamento, la confirmación por la cámara está asegurada.

El pasado mes de julio, el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, advertía que el formato 5+2 para intentar resolver el bloqueo de la situación se había suspendido de facto. Dicha estructura contemplaba a Moldavia y Transnistria como partes del conflicto; a Rusia, Ucrania y la OSCE como mediadores; y a los Estados Unidos y la Unión Europea como observadores. Cuando Sergei Lavrov advierte que Moldavia podría convertirse en “la próxima Ucrania”, se refiere al riesgo de que el bloque occidental instrumentalice la delicada situación de uno de los países más pobres de Europa para usarlo como ariete contra Rusia.

Si Rusia pudiera usar la posición estratégica de Transnistria para realizar una maniobra de pinza sobre el Mar Negro, Ucrania y quienes la apoyan podrían utilizar igualmente a Moldavia como punta de lanza para atacar Transnistria y desbaratar la posibilidad de que Rusia usara dicho enclave para alcanzar sus objetivos militares. Por el momento, el reciente sobrevuelo de dos misiles rusos, disparados desde el Mar Negro, sobre el espacio aéreo de Moldavia, ha provocado que el embajador ruso en Chisinau haya sido convocado para exigirle explicaciones. Ucrania se ha apresurado a añadir que los misiles también habían violado el espacio aéreo de Rumanía, un extremo que ha sido desmentido por el ministro de Defensa rumano.

Por último, un portavoz del Departamento de Estado, Vedant Patel, declaró que «En este momento, no tenemos indicios de una amenaza militar directa de Rusia contra Moldavia o Rumania. En términos más generales, apoyamos la soberanía y la integridad territorial de Moldavia, así como su neutralidad garantizada constitucionalmente».

El tiempo nos dirá si se mantiene esa neutralidad de Moldavia, a la que alude el representante del gobierno de Estados Unidos. O si, por el contrario, esa neutralidad se rompe, de un modo u otro, lo que significaría que la guerra, hasta ahora circunscrita al territorio de Ucrania, podría rebasar sus fronteras y extenderse por el resto de Europa. Las recientes visitas de altos cargos de los gobiernos de Reino Unido y Estados Unidos a Moldavia no hacen presagiar nada bueno.

Siria y Turquía se aproximan en Moscú y Erdogan atasca la OTAN

1 de febrero de 2023

La reunión que mantuvieron en Moscú, el 28 de diciembre, los ministros de Defensa de Siria, Turquía y Rusia, acompañados de sus respectivos jefes de inteligencia, sobre la que informó la agencia de noticias turca Anadolu, ha encendido todas las alarmas en la Casa Blanca. El encuentro era el primero que se producía, a nivel ministerial, entre Siria y Turquía desde 2011. El despacho de la agencia recalcaba que la entrevista se había producido en una “atmósfera constructiva” y las partes habían acordado “continuar con el formato de las reuniones trilaterales para asegurar y mantener la estabilidad en Siria y en la región como un todo”. Este encuentro había sido precedido por una reunión de los jefes de inteligencia de los mismos países, también en Moscú, en enero de 2020.

El ministro de Defensa turco, Hulusi Akar, en el centro, y el jefe de inteligencia, Hakan Fidan, a la izquierda, a su llegada a Moscú para la reunión con sus homólogos del gobierno de Siria. Fotografía: Agencia Anadolu.

La reunión soliviantó inmediatamente al gobierno de Estados Unidos. El exanalista de la CIA y actual portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, declaró que “No apoyamos a los países que mejoran sus relaciones o expresan su apoyo para rehabilitar al brutal dictador Bashar al-Assad. Instamos a los estados a considerar cuidadosamente el atroz historial de derechos humanos del régimen de Assad”. Turquía es miembro de la OTAN y, por lo tanto, un supuesto aliado de Estados Unidos. El exasesor de seguridad nacional John Bolton fue más allá, al señalar que la pertenencia de Turquía a la OTAN debería ser puesta en duda, dada su tibia actitud frente a Rusia en relación con la guerra en Ucrania y su bloqueo de la ampliación de la organización armada. Sobre todo, si Erdogan volvía a ganar las elecciones este año, “probablemente mediante fraude”, aseguraba Bolton, embarrando el terreno.

Lo que enerva a Estados Unidos es que la guerra civil que ha asolado Siria no se ha saldado con un cambio de régimen y que, además, los principales actores políticos en Oriente Próximo están asumiendo que la victoria en el conflicto corresponde a Bashar al-Assad. La reunión del ministro de Asuntos Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos con el presidente sirio en Damasco, el pasado 4 de enero, confirma que Siria está saliendo, poco a poco, del ostracismo al que fue condenada por Occidente desde la represión de unas protestas ciudadanas, en marzo de 2011. Cada uno de los actores regionales aprovechó rápidamente los disturbios para mover sus piezas y apoyar a las distintas facciones que asomaron por las distintas grietas, de índole religioso, étnico y político, que fracturaban la sociedad siria. Por diferentes motivos, todos ellos coincidían en el común propósito de derribar el gobierno de Bashar al-Assad, por lo que las manifestaciones fueron instrumentalizadas hasta desatar una guerra civil abierta.  

Lo que solivianta a Estados Unidos es que Oriente Próximo se le está yendo de las manos. En una entrevista con Bloomberg, el ministro de finanzas de Arabia Saudita acaba de afirmar que su país está dispuesto a comerciar con otros países usando divisas distintas al dólar. Teniendo en cuenta que la parte del león de sus relaciones comerciales la representa el petróleo, el anuncio supone un torpedo en la línea de flotación del petrodólar, surgido tras el pacto de Richard Nixon y la Casa de Saúd en 1974. El hecho de que el ministro saudita lo haya recalcado en una entrevista a Bloomberg añade carga mediática a la afrenta de su contenido.

Si a estas declaraciones añadimos las realizadas en Davos por el ministro de Asuntos Exteriores de Arabia Saudita, donde afirmó que su país se había acercado a Irán y ambos estaban tratando de encontrar un camino para el diálogo, las razones para la alarma en el Departamento de Estado se multiplican. Ambos países han sido adversarios acérrimos, aspirantes a convertirse en la potencia hegemónica en la región, y ahora inician un acercamiento que deja descolocada a la Casa Blanca. Sobre todo, teniendo en cuenta el peso como aliado que representa Arabia Saudita en la zona, y la trascendencia de esa aproximación hacia una de las bestias negras de Estados Unidos y su cabeza de puente en Oriente Próximo: Israel.

En este contexto, la reunión mantenida en Moscú resulta relevante por el cambio de posición de Turquía en relación con el gobierno de Siria, asolada por un conflicto que ha sumido al 90% de la población en la pobreza. Un destrozo causado por la propia guerra y las sanciones que ha sufrido el país. Unas sanciones que sólo han servido para deteriorar las lamentables condiciones en las que vive la ciudadanía siria y que han fracasado, como lo están haciendo las sanciones a Rusia, a la hora de detener la guerra o forzar un cambio de régimen.

Turquía disfruta de una posición geográfica que la convierte en pieza clave del tablero de Oriente Próximo. Histórico puente entre Asia y Europa, controla los estrechos del Bósforo y de Dardanelos, que conectan el Mar Negro y el de Mármara con el Mediterráneo. Su localización en el globo terráqueo dista del Atlántico Norte. Sin embargo, es miembro de la OTAN. Turquía está situada convenientemente al sur de Rusia, separada únicamente por el Mar Negro y el Cáucaso, patio trasero ruso, y es el país de la OTAN localizado más al este. Turquía tiene más de 500 kilómetros de frontera con Irán, en plena región del Kurdistán, otro avispero geopolítico.

Mapa de Oriente Próximo

Siria, por su parte, también goza de una posición estratégica en el mapa. Tiene frontera con Israel, que le arrebató los altos del Golán, considerados territorios ocupados ilegalmente por la resolución 242 de las Naciones Unidas, como todos los expoliados por Israel tras la guerra de los Seis Días, en 1967. Un dictamen al que Israel sigue haciendo caso omiso. Siria tiene frontera con Líbano, país con el que ha mantenido una tortuosa relación, y que durante un periodo se quedó en mero protectorado de Damasco. Por otra parte, los vínculos entre Siria y Rusia se remontan a los años 60 del siglo pasado. La única base naval de que dispone Rusia fuera de sus fronteras se encuentra en Tartus, en la costa mediterránea siria, una franja de casi doscientos kilómetros. Construida en 1971, es el único puerto en aguas calientes con acceso directo al canal de Suez del que dispone la nación eslava. Unas instalaciones que Rusia está ampliando actualmente.

Turquía aprovechó la guerra civil en Siria para apoyar a un grupo de desertores del ejército de Siria, que se agruparon en torno al Ejército Libre de Siria (Free Syrian Army, FSA), desde el inicio de los enfrentamientos. Además Turquía se apresuró a ocupar la zona norte de Siria, con el argumento de luchar contra las fuerzas del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, a los que el gobierno turco califica de “terroristas”. Los objetivos de la ofensiva que finalmente se llevó a cabo sobre el Kurdistán sirio al este del Éufrates se encuentran en el siguiente gráfico, publicado por la prensa turca.

 Infografía: https://www.trt.net.tr/espanol/photogallery/infografia/los-objetivos-de-la-posible-operacion-de-turquia-al-este-del-eufrates

En el siguiente gráfico figura el mapa actualizado del reparto de las zonas de control por parte de los distintos actores políticos, y sus correlatos militares. Como vemos, Turquía ha conseguido ocupar una franja al sur de su frontera con Siria, al este de la que ya había ocupado con la Operación Escudo del Éufrates, en 2016, y la Operación Rama de Olivo, en 2018. Los objetivos alegados por el gobierno turco para justificar la invasión fueron eliminar al Estado Islámico del noroeste de Siria, así como impedir que las Unidades de Protección Popular (YPG por sus siglas en turco) y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) establecieran un corredor a lo largo del norte de Siria. La segunda operación se dirigió igualmente contra las milicias YPG, a quien Turquía considera una rama del PKK, en el norte de Alepo.

Zonas de control en Siria por parte de los distintos grupos participantes en la guerra. Ilustración: Congressional Research Service. Armed Conflict in Syria: Overview and U.S. Response, noviembre 2022.

La guerra civil en Siria, como la de Ucrania, también es una guerra proxy, desgraciadamente para sus respectivas poblaciones. Las grandes potencias, en lugar de enfrentarse directamente, lo hacen en el territorio de un tercer país. En el caso de Siria, se da la paradoja de que dos supuestos aliados, en su calidad de miembros de la OTAN, Estados Unidos y Turquía, están apoyando facciones opuestas en la contienda.

Estados Unidos está sosteniendo a los kurdos de las Unidades de Protección Popular (YPG) con el argumento de que constituyen la fuerza más efectiva para luchar contra el Estado Islámico. Las YPG forman el grueso de las Fuerzas Democráticas de Siria (Syrian Democratic Forces, SDF), mientras que Turquía apoya al Ejército Libre de Siria (Free Syrian Army, FSA), formado por militares desafectos del gobierno de Bashar al-Assad. Ambos grupos supuestamente compartían el objetivo de eliminar al Estado Islámico en Siria, pero ha habido enfrentamientos armados entre ambos, con víctimas mortales.

Irán e Israel también juegan un papel en el dramático escenario de la guerra civil siria. La República Islámica apoya a las milicias de Hezbolá, que enviaron a miles de combatientes a Siria para combatir a favor del gobierno de Bashar al-Assad. El Estado sionista, acérrimo enemigo de Irán, se dedica a bombardear objetivos de Hezbolá en Siria, pero no sólo. También ha bombardeado en varias ocasiones el aeropuerto de Alepo y el de Damasco.  Según el analista geopolítico Sami Hamdi, los ataques son un aviso a Irán, para demostrar que Tel Aviv continuará resistiendo la imposición de una nueva dinámica política, en el caso de que finalmente se llegara a la renovación del acuerdo nuclear con Irán, del que Estados Unidos se retiró en 2018. Una posibilidad que la administración de Joe Biden ha descartado. En cuanto a Siria, los bombardeos a su infraestructura suponen un aviso de que Israel puede golpearle duro si facilita el atrincheramiento de Irán. El reciente ataque a una fábrica de drones en Irán, que funcionarios estadounidenses han atribuido a Israel, demuestra cuál es la fragilidad de la situación en la zona.

Tras este pequeño resumen del quién es quién en la guerra de Siria, volvamos a Moscú. La reunión celebrada allí entre los ministros de Defensa de Turquía y Siria, bajo los auspicios del ministro ruso del ramo, coincide en el tiempo con las resistencias que está mostrando Erdogan a la entrada de Suecia y Finlandia en la OTAN. Ambos movimientos simultáneos del presidente turco suponen una bofetada en el rostro a Joe Biden, que se suma a la que recibió por parte de Mohamed bin Salman en su visita a Arabia Saudita, cuando el jeque no sólo se negó a aumentar la producción de petróleo, como le reclamaba el presidente de Estados Unidos, sino que la redujo, en coordinación con Rusia, en el seno de la OPEP+.  

Aunque tras la reunión en Moscú, el periódico sirio Al-Watan publicó que Turquía había aceptado retirar su ejército del norte de Siria, una información reproducida incluso por la agencia rusa TASS, apenas un par de días después fuentes turcas desmintieron al portal de noticias Middle East Eye que tal acuerdo se alcanzara en la reunión. Sin embargo, la posición de Turquía respecto a Siria ha cambiado. El ministro de Asuntos Exteriores turco declaró que también se reuniría con su homólogo sirio, y el propio Erdogan, que llamó a Bashar al-Assad “asesino”, “terrorista” y “dictador” se ha mostrado dispuesto a reunirse con él. En Turquía hay cuatro millones de refugiados sirios, la inflación está en el 90% (oficialmente), y este año Erdogan se enfrenta a elecciones para renovar su cargo. Siria, por su parte, está recibiendo presiones de Rusia para llegar a algún tipo de acuerdo con Turquía. Un asunto que se trató en Moscú, la reapertura de la autopista M4, que conecta el norte de Siria de Este a Oeste, podría ser uno de los primeros pasos para engrasar un acuerdo de más alcance.

Mapa del norte de Siria. Las zonas punteadas están bajo control de Turquía. Ilustración: Middle East Eye.

El acercamiento de Siria y Turquía viene a sumarse a la negativa de esta última a aprobar la incorporación de Suecia y Finlandia a la OTAN. Este rechazo ha sido subrayado por Erdogan tras la quema de un corán en Suecia, frente a la embajada turca, por parte de Rasmus Paludan, lider del partido ultraderechista danés Stram Kurs. Una acción que fue repetida posteriormente por el mismo individuo en Copenhague, esta vez frente a una mezquita. En ambas ocasiones, los actos no sólo fueron permitidos por las autoridades, sino que el político gozó de la protección de un cordón policial.

El primer ministro de Suecia se excusó en la libertad de expresión, como parte fundamental de la democracia, a la hora de justificar la legalidad del acto. En el mismo tuit, manifestaba su “compasión” por los musulmanes que se hubieran sentido ofendidos por lo ocurrido. Yo me pregunto qué hubiera pasado si esa misma persona, o cualquier otra, hubiera solicitado permiso para quemar la bandera de Israel delante de su embajada en Estocolmo. A causa, por ejemplo, del último ataque de sus fuerzas armadas al campo de refugiados de Jenin, donde mataron a nueve palestinos. O si esa persona, o cualquier otra, hubiera solicitado autorización para quemar una biblia delante de una iglesia. ¿Habrían autorizado esos actos en nombre de la libertad de expresión? ¿Le habrían puesto un cordón policial para protegerle? Yo lo pongo en duda.

 

El doble rasero que muestran las autoridades de las democracias occidentales, y los medios de comunicación a su servicio, es una de las razones por las que su relato acerca de la guerra en Ucrania no ha cuajado en la mayoría del mundo: sólo el 36% de la población vive en países que condenan a Rusia o apoyan la narrativa occidental sobre el conflicto. Eso no quiere decir que la ciudadanía de dichos países esté de acuerdo con la posición que han adoptado sus gobiernos. En Alemania, una reciente encuesta desvela que el 80% de los alemanes considera más importante llegar a una solución rápida y negociada de la guerra en Ucrania, frente al 18% que opina que prefiere que Ucrania prevalezca en el conflicto. 

Dos tercios de la población mundial vive en países que son neutrales o se inclinan hacia Rusia en relación con la guerra en Ucrania. Ilustración: Economist Intelligence Unit.

El Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) es considerado una organización terrorista no sólo por Turquía, sino por la Unión Europea y Estados Unidos. Para aceptar la adhesión de Suecia y Finlandia a la OTAN, Turquía ha exigido la deportación de 130 “terroristas” que obtuvieron asilo político en los países nórdicos. En relación con este asunto, el primer ministro sueco, Ulf Kristersson, declaró el 11 de enero que “Turquía a veces nombra a personas que les gustaría extraditar de Suecia, y es bien sabido que la legislación sueca sobre eso… es muy clara: que los tribunales [toman] esas decisiones, no hay espacio para cambiar eso”. Sin embargo, Suecia ya había extraditado en diciembre a un miembro del PKK, que fue enviado en avión a Estambul, donde ingresó inmediatamente en la cárcel.

Además, el ministro de Asuntos Exteriores de Suecia declaró en noviembre: «Creo que es importante que haya una distancia entre esta organización (el PKK) y el lado sueco. (…) Creemos que hay dudas y problemas con respecto a quienes están dañando nuestra relación con Turquía.(…) Existe un vínculo demasiado estrecho entre estas organizaciones y el PKK, que es una organización terrorista incluida en la lista de la UE». El ministro Tobias Billstrom se refería a la milicias kurdas Unidades de Protección Popular (YPG) y a su rama política, el Partido de Unidad Democrática (PYD), organizaciones ambas emanadas del PKK. Aunque, como hemos visto, las Unidades de Protección Popular gozaron del apoyo de Estados Unidos en Siria, ahora que se ventila la incorporación de los países nórdicos a la OTAN, el criterio  parece estar cambiando. El ministro de Asuntos Exteriores sueco declaraba en la entrevista que “El valor principal es la membresía de Suecia en la OTAN”. Es lo que tienen los valores occidentales, que son reversibles en función de las circunstancias.

Mientras los países nórdicos deshojan la margarita de los principios que les conviene aplicar en esta ocasión (respeto al Estado de Derecho y al asilo político concedido por los tribunales o, por el contrario, se decantan por extraditar a los activistas kurdos), los Estados Unidos siguen aprovechando la presencia de sus fuerzas armadas en Siria para hacer lo que mejor se les da: apropiarse de recursos ajenos. En este caso, del petróleo sirio. Usando el paso fronterizo de Al Walid, al noroeste de Siria, largas filas de camiones cisterna cruzan regularmente la frontera para transportar el petróleo a las bases que Estados Unidos aún conserva en Irak, donde todavía quedan 2.500 militares estadounidenses, en contra de la voluntad del gobierno iraquí. Desde allí, el crudo es trasladado a Estados Unidos o bien exportado a países de Oriente Medio. Según cálculos del gobierno sirio, el expolio de petróleo y cereales por parte de Estados Unidos le ha costado al país 100.000 millones de dólares desde 2011 hasta mediados de 2022.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, comentó el 10 de enero que Suecia y Finlandia se convertirían en miembros de la alianza, a pesar de los obstáculos. Stoltenberg se mostró confiado en que su ingreso sería ratificado por todos los parlamentos de los países de la alianza, “y esto va también por Turquía”, señaló explícitamente. Erdogan le contestó el 29 de enero: “Podemos responder de manera diferente a Finlandia si es necesario. Suecia se sorprendería si respondiéramos de manera diferente a Finlandia”. El presidente de Turquía daba a entender que podría aprobar el ingreso de Finlandia, no así el de Suecia. Veremos qué es lo que nos depara el futuro.