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Las sanciones a Rusia meten a la Unión Europea en un callejón sin salida

Estamos en manos de inútiles. La comparecencia de Christine Lagarde, el 8 de septiembre en Frankfurt, vino a confirmarlo. Por un lado, la presidenta del Banco Central Europeo anunció una subida del tipo de interés de 75 puntos básicos (0,75%), advirtió que se producirían más incrementos en cada una de las próximas reuniones del Consejo de Gobierno del BCE y declaró que el objetivo es reducir la inflación, hasta dejarla en el 2%. Sin embargo, en la eurozona, la inflación depende en un 42% de la oferta, en un 15% de la demanda, y en un 43% de la energía. Las subidas de tipos de interés sólo pueden actuar deprimiendo la demanda y, en menor medida, la oferta. Pero en ningún caso las subidas de los tipos de interés podrán frenar los precios del gas y del petróleo, que dependen de factores fuera del alcance de la política monetaria del BCE.

Por otro lado, la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, anunciaba el 29 de agosto una intervención de emergencia en el mercado eléctrico y una reforma estructural. Se lo está tomando con calma. Esta vez, los Estados van a tener que salir al rescate de la ciudadanía, siquiera parcialmente, para que podamos pagar los recibos de la energía eléctrica, que han subido de forma desorbitada. En Bruselas se está discutiendo la manera de repartir esos costes entre los Estados y las compañías eléctricas y, a juzgar por el discurso de la presidenta de la Comisión del 14 de septiembre, el conejo está todavía dentro de la chistera, bastante mareado: von der Leyen no pasó de anunciar generalidades.

¿Cómo financiarían los Estados las ayudas a la ciudadanía? Pues, además de lo que pueda transferirles la Comisión Europea de lo que obtenga de las compañías eléctricas, moderando sus beneficios o a través de impuestos, que eso está por verse, la otra vía sería emitiendo deuda pública. ¿Y quién la compraría? ¿La banca privada? Difícilmente podría asumir esa cantidad, ni aunque tuviera voluntad de hacerlo, lo que está por ver. Entonces ¿quién queda? Efectivamente: el Banco Central Europeo.

Nos encontramos entonces con la siguiente contradicción: por una parte, el BCE sube los tipos de interés para intentar doblegar la inflación – un fenómeno que hasta hace poco consideraba transitorio – restringiendo la política monetaria. Y por otro lado, tras años inyectando liquidez a los mercados para paliar el parón de la economía motivado por la pandemia – es decir, imprimiendo moneda, lo que ha contribuido al incremento de la inflación – el BCE va a terminar dándole otra vez a la impresora. En definitiva: por un lado, le echo agua al fuego de la inflación, subiendo tipos y, por otro, le echo gasolina, asumiendo deuda pública de los Estados. ¿Qué puede salir mal?

En Estados Unidos el desbarajuste provocado por quienes detentan los puestos de más alta responsabilidad económica no pinta mejor. Desde que comenzó la pandemia, la Reserva Federal ha impreso más dinero que en toda la historia anterior del país. La anterior presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, al igual que su colega Christine Lagarde, se hartó de decir que la inflación era un fenómeno transitorio, por el que no había que preocuparse. Ahora Yellen es la Secretaria del Tesoro de Estados Unidos, reconoce que se equivocó y admite que la Reserva Federal va a necesitar gran habilidad, y mucha suerte, para conseguir un aterrizaje suave de la inflación, sin provocar una recesión por la subida de los tipos de interés. ¿Mucha suerte? Si los máximos responsables de la política monetaria en Estados Unidos están ligando su desempeño a la suerte, estamos apañados. Sobre su habilidad, vistos sus antecedentes, mejor no explayarse.

Las sanciones promovidas por Estados Unidos y acatadas con entusiasmo por los dirigentes europeos, sintetizan la ineptitud de los dirigentes occidentales. Los ejecutores de la Unión Europea nos han metido en un callejón sin salida por una simple razón: no existe en el mundo una alternativa, a corto plazo, a las fuentes energéticas que procedían de Rusia, próximas, abundantes y baratas, sobre las que se asentaba el modelo económico de esta península de Eurasia denominada Europa. Y de donde no hay, no se puede sacar.

Como los burócratas de Bruselas saben perfectamente que no se pueden sustituir los productos energéticos rusos con lo que pudieran aportar otros países, porque su producción no alcanza para hacerlo, nos están sorprendiendo con soluciones imaginativas para salir del atolladero en el que se han metido, en el que nos han metido. Hace tan solo una semana, Úrsula von der Leyen se mostraba entusiasmada con la nueva ocurrencia de Estados Unidos: poner un tope a los precios del petróleo ruso. Y lo estaba tanto que propuso hacer lo mismo con el gas. Una idea que no mencionó en su discurso sobre el estado de la Unión, vista la oposición de países como Alemania, Austria o la República Checa.

Los intentos de poner un tope a los precios del gas o del petróleo rusos tienen las mismas posibilidades de prosperar que las que tenemos nosotros cuando entramos a un bar a tomar un café y pretendemos decirle al camarero cuánto estamos dispuestos a pagar por el cortado, y exigimos que nos lo sirva a ese precio, y deprisita.

Los promotores de este disparate pretenden fijar un rango de precios al petróleo ruso entre 40 y 60 dólares por barril. La banda baja estaría cerca del coste de extracción en Rusia. ¿Cómo pretenden hacerlo? Aprovechando que la mayoría de las compañías aseguradoras son estadounidenses y británicas, plantean denegar el seguro a aquellos tanqueros que transporten crudo ruso por encima del precio tope fijado. Y aquí empiezan los problemas del dislate:

  • Las aseguradoras no tienen capacidad para fiscalizar el origen del crudo.
  • Existen serias dificultades para que los impulsores de la medida consigan averiguar si el petróleo transportado ha sido vendido por encima del tope, por mucho que se requieran atestados de la carga a los tanqueros. Siempre existe la posibilidad de usar un canal B para efectuar pagos complementarios, opacos a las inspecciones.
  • Las presiones y las trabas a la operación normal de aseguradoras y flotas tanqueras conseguirían que el precio del transporte marítimo de petróleo subiera, lo que repercutiría al alza en la cotización del barril.
  • Rusia es el segundo productor de petróleo del mundo y ya ha anunciado que no va a vender ni petróleo, ni gas, ni carbón, ni nada, a nadie que pretenda fijarle el precio al que va a comprar sus productos.
  • Para que el bombillazo funcionara, los topes deberían ser impuestos por una amplia mayoría de países, lo que no parece que vaya a ocurrir. En el caso de que esto sucediera, Rusia dejaría de vender a más Estados, con lo que habría menos petróleo en el mercado, y su precio se dispararía aún más.
  • India y China ya están comprando petróleo ruso y revendiéndolo a Europa, cobrándoles un sobrecoste.

Conclusión: incluso si la ocurrencia de la Casa Blanca, formalmente impulsada por el G7, tuviera éxito, lo cual no parece factible, sus consecuencias no serían la bajada de los precios del petróleo, sino una subida. Janet Yellen ha declarado que el objetivo del plan es aminorar la cantidad que Rusia percibe por las ventas de su petróleo, sin reducir la cantidad de petróleo disponible en el mercado. Los analistas, sin embargo, no creen en los unicornios. JP Morgan estima que, en el caso de que Rusia cortara el suministro de crudo, la subida sería “estratosférica”: alcanzaría los 380 dólares por barril.

Noruega es el segundo proveedor de gas a Europa, después de Rusia, y aporta un 25% del consumo europeo. Su primer ministro, Jonas Gahr Stoere, afirma que “Un precio máximo no resolvería el problema de fondo, que es que hay muy poco gas en Europa” y se ha declarado escéptico acerca de la posibilidad de implementarlo. 

El primer ministro noruego pone el foco acertadamente en la cuestión principal. Las sanciones tenían, supuestamente, el propósito de parar la guerra en Ucrania, cortando las fuentes de financiación a Rusia. Sin embargo, lo que está ocurriendo es que las sanciones han disparado el precio del petróleo y, sobre todo, del gas, por lo que Rusia está ingresando mucho más dinero que antes por este capítulo. Al desconectarse de las fuentes de energía que la venían alimentando desde hace décadas, la Unión Europea está cometiendo un suicidio económico, porque no existen alternativas para rellenar las carencias que sus decisiones políticas han ocasionado.

Como el asunto no tiene solución, o la solución que quizás tendría, poner fin a las sanciones a Rusia, es algo que en Bruselas ni se plantean – “las sanciones están aquí para quedarse”, von der Leyen dixit – los dirigentes europeos van como pollos sin cabeza. Para rematar su incompetencia, las ocurrencias, de llegarse a implantar, lo único que conseguirían sería empeorar, más aún, la situación crítica a la que han abocado a la Unión Europea, a la que van a sacrificar en el altar de los intereses geopolíticos de Estados Unidos, causando la ruina a la ciudadanía a la que, supuestamente, representan y cuyos intereses deberían defender a capa y espada.

El primer ministro de Bélgica, Alexander De Croo, ha advertido que «Unas cuantas semanas así y la economía europea se detendrá por completo”, alertando del riesgo de desindustrialización y de malestar social, a menos que se intervengan los mercados. Estamos asistiendo a un drenaje de la prosperidad en la Unión Europea, concluye De Croo. Espectacular, el resultado de las sanciones. ¿Cómo pretenden cambiar los dirigentes europeos la situación en “unas cuantas semanas”? ¿Van a sacar una varita mágica que hará brotar gas de las canteras?

Al menos, el belga no nos miente, a diferencia de Olaf Scholz, que declaró recientemente que Alemania está preparada para el corte del gas ruso, porque ha logrado alternativas energéticas al mismo. No es de la misma opinión el consejero delegado del Deutsche Bank, que piensa que es imposible evitar una recesión en Alemania, porque “el gas y la electricidad son escasos y extremadamente caros”. Los analistas de ING y Commerzbank coinciden con el diagnóstico: los 65.000 millones prometidos por Scholz no bastarán para evitar la recesión en Alemania

Tampoco es optimista Eurometaux, la asociación de productores de metales no ferrosos, que habla de una “crisis existencial” para el sector, a menos que se reduzcan los costes energéticos urgentemente. El sector del aluminio y el zinc ya ha reducido su capacidad en un 50% en Europa, ya que es una industria intensiva en el uso de electricidad. En el sector del acero, las cosas no están mejor. Este es el mapa de las plantas de acero inactivas actualmente en Europa, debido al incremento de los costes energéticos provocado por las sanciones a Rusia.

 

Por su parte, el consejero delegado de Uniper, la mayor importadora de gas ruso en Alemania, que ha precisado un rescate estatal de 15.000 millones de euros, avisa de que “lo peor está por llegar”

Ante este dantesco panorama, produce auténtico sonrojo tener que escuchar algunas propuestas, más propias de un concurso de disparates en un jardín de infancia que de adultos que ocupan puestos de la más alta responsabilidad. ¿Estos no eran los defensores del “libre mercado”? Ahora resulta que apuestan por “intervenir los mercados” y poner límites a los precios de los productos que otros venden. Úrsula von der Leyen ahora habla de la “subida vertiginosa de los precios de la electricidad que está poniendo al descubierto las limitaciones de nuestro actual diseño de mercado” (que) “estaba diseñado para circunstancias diferentes”. ¿Qué quiere decir que el modelo estaba diseñado “para circunstancias diferentes”?

Conviene recordar que estamos pagando la electricidad al precio más alto de todas las fuentes que intervienen en su producción: el orden de mérito, según el eufemismo de la Comisión Europea, artífice del esquema. Es como si fuéramos al súper, compráramos una berenjena, un litro de leche, un cartón de huevos y una botella de vino de reserva y pagáramos todo al precio del vino. Esta directiva europea es la que ha traído los famosos “beneficios caídos del cielo” a las compañías productoras de electricidad. ¿Que las circunstancias ahora sean diferentes quiere decir que, en ausencia de la guerra en Ucrania, a la Comisión Europea le parecía correcto que las eléctricas nos cobraran la leche a precio de vino del bueno? No es Rusia la que está manipulando nuestro mercado energético, como insiste von der Leyen, sino que fue la propia Comisión la que diseñó este sistema. ¿O acaso el brazo de Putin es tan largo como para redactar las directivas europeas? Rusia se está limitando a responder al castigo de las sanciones y al suministro de armas a Ucrania. ¿O alguien pensaba que se iba a quedar cruzada de brazos?

Según Nadia Calviño, en la Unión Europea hay “unanimidad” para desacoplar el precio del gas del de la electricidad. Y eso lo dijo el 26 de febrero. Si tan grave es la situación ¿a qué espera la Comisión Europea para hacerlo, en lugar de seguir dando largas al tema? Las compañías eléctricas nos siguen robando, amparadas en el “orden de mérito”, con la complicidad de la Comisión, que es quien tiene la potestad de proponer iniciativas legislativas.

Hablando del origen de las sanciones: la guerra en Ucrania. ¿No se supone que iban a servir para detenerla? Porque la guerra continúa y, con los vaivenes propios de toda contienda bélica, por el momento parece que la balanza se inclina hacia el lado ruso. Da la sensación de que las sanciones, en lugar de una herramienta para alcanzar un fin, se han convertido en un objetivo en sí mismas. Después de seis meses de guerra, está bastante claro que las sanciones no van a detener los planes que Rusia pueda tener en mente, pero sí están erosionando gravemente las condiciones de vida de la ciudadanía en la Unión Europea. Y el invierno aún está por llegar. El primer ministro belga declaraba que “Europa tiene cinco o diez inviernos muy duros por delante”. ¿Cinco o diez? No saben ni por dónde se andan. 

A todo esto, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, reconocía que la organización ofensiva lleva armando y entrenando al ejército de Ucrania desde 2014, cuando Estados Unidos promovió el golpe de Estado del Maidán. Para que luego digan que la invasión rusa de Ucrania ha sido “no provocada”.

Y para rematar, el mismo personaje escribía en el Financial Times que Europa tendrá que pagar un precio este invierno por su apoyo a Ucrania, pero matizaba que “lo que pagamos se cuenta en dólares, euros y libras, mientras que los ucranianos lo pagan con sus vidas”. ¿En qué lugar deja eso a Zelensky? La reciente contraofensiva del ejército de Ucrania ha sido planificada juntamente con oficiales estadounidenses, según recoge el New York Times, y el propio Secretario de Estado, Antony Blinken, ha declarado que la operación se ha visto beneficiada por el respaldo militar de Estados Unidos a Kiev.

A estas alturas, ¿a alguien le queda alguna duda de que Estados Unidos está librando una guerra proxy contra Rusia en el territorio de Ucrania, con la connivencia de su presidente? ¿Y qué tiene que ganar la Unión Europea en todo esto? Absolutamente nada. Ucrania está poniendo los muertos, y a la ciudadanía europea nos va a tocar poner la miseria, a mayor gloria de los intereses geopolíticos de Estados Unidos.

La Comisión Europea ya ha anunciado que va a proponer una reducción obligatoria del consumo eléctrico, en una franja entre tres y cuatro horas al día. En otras palabras: llega el racionamiento de la energía. Deberíamos preguntarnos cuál es la verdadera motivación que instiga a los dirigentes que se congregan en Bruselas, que declaran abiertamente que seguirán “apoyando” a Ucrania, digan lo que digan sus votantes, como acaba de hacer Annalena Baerbock, ministra de Asuntos Exteriores de Alemania.

 

 

Guerras culturales: la trampa para ocultar lo esencial

Los domadores de leones usan una silla, en lugar de un bastón, para mantener alejado al animal por un motivo: la silla tiene cuatro patas, y cada una de ellas es percibida como una posible amenaza por el felino. El león duda de cuál de los cuatro bastones es el que podría terminar golpeándole, lo cual, unido al entorno en el que se encuentra confinado, contribuye a desorientar al animal y coloca al domador en una posición de ventaja relativa. De un modo similar, quienes pastorean al rebaño humano no usan un solo bastón, sino múltiples, con el fin de desorientarnos y tenernos entretenidos, para ocultar lo verdaderamente esencial.  

Las guerras culturales son las patas de la silla del domador, que personifica el sistema capitalista. Una silla que no tiene cuatro patas, sino muchas, que contribuyen a polarizar a la población, a dividirla, lo que quiere decir debilitarla. Mientras la ciudadanía se dedica a auto ubicarse en uno de los frentes en los que las guerras culturales la fragmentan, se olvida de lo fundamental: que existe un sistema de dominación, en permanente proceso de perfeccionamiento, con el objetivo de extraer riqueza de las capas amplias de la población, desposeídas de los medios de producción, para transferirla a las élites que controlan el sistema financiero, las corporaciones y los medios de comunicación que, a su vez, construyen la narrativa que conviene a sus intereses, camuflándolos.

Las guerras culturales juegan un papel esencial en la construcción del trampantojo de la “democracia”. Una palabra mil veces esgrimida para hacer pasar por lo que no es al régimen que realmente sufrimos: el expolio de la corporatocracia oligárquica, disfrazada con capas de vistosos ropajes de valores, que supuestamente caracterizan lo que viene a denominarse “el mundo libre”, según la cantinela mil veces repetida por el inquilino de turno de la Casa Blanca.

Las guerras culturales ocultan las diversas facetas del sistema capitalista, y su evolución desde el extractivismo, pasando por el taylorismo y el fordismo, hasta llegar al proceloso mundo de las herramientas del capitalismo puramente especulativo, las que mueven los brokers en los mercados financieros, convenientemente desregulados: ventas a corto, futuros, derivados, credit default swaps y otros arcanos.

El historiador de las ideas Thomas Frank cuenta en su libro “¿Qué pasa con Kansas?” cómo el Partido Republicano utilizó las guerras culturales para convertir a los habitantes de un estado tradicionalmente demócrata, incluso izquierdista, con un fuerte arraigo de los sindicatos, en votantes en masa del partido conservador. Thomas Frank habla del “borrado sistemático de lo económico” en el marco del debate político construido por los republicanos tras el cambio de paradigma que la globalización provoca en el ámbito laboral. La desindustrialización, la automatización y la deslocalización, que transformaron áreas anteriormente prósperas en lo que ahora es el Rust Belt, y acabaron con el fin del trabajo de por vida en una empresa, trajeron consigo un malestar en la clase trabajadora al que los republicanos supieron dar salida con la construcción de una narrativa que culpaba a los “liberales” de la debacle. La rabia y la indignación por la pérdida de la prosperidad fue aprovechada por los conservadores para transformar lo que era un reavivado conflicto de clase, en el que la clase trabajadora pagó las consecuencias de un cambio del modelo económico, en un conflicto cultural.

O más bien, en múltiples conflictos: los republicanos echaron la culpa de la decadencia industrial y de la pérdida de prosperidad del proletariado a las élites liberales (demócratas o izquierdistas, en el lenguaje estadounidense), instaladas en las costas este y oeste, en contraposición a la gente llana del interior. Los republicanos contraponen los valores tradicionales americanos con los gustos sofisticados de los liberales, a quienes atribuyen conducir coches extranjeros y beber café latte como graves pecados. Los liberales quieren destruir los valores familiares tradicionales, están a favor del aborto, nos quieren quitar las armas, y freírnos a impuestos con los que alimentar su “big government”.

Hay que reconocer a los innumerables think tanks que financian los republicanos su maestría a la hora de construir una narrativa que poco tiene que ver con la realidad. Poco importa que los populistas de derechas sean multimillonarios, como Donald Trump, (o como Silvio Berlusconi en Italia, y Andrej Babis en la República Checa), o que en realidad sea el neoliberalismo el que destruya los valores tradicionales. Una ideología, por cierto, abrazada con igual vehemencia por las dos facciones del partido único que rige en Estados Unidos, en lo que toca a lo esencial: el modelo económico. Pero han sido los republicanos quienes supieron canalizar la frustración de la clase trabajadora. Thomas Frank expresa de manera gráfica este éxito en su libro “Pity the billionaire” (Compadécete del multimillonario): el Tea Party ha conseguido que los desposeídos se agolpen junto a los muros que rodean las mansiones de los multimillonarios, para exigir que les bajen los impuestos…¡a los ricos!

Thomas Frank cojea claramente del lado demócrata, conviene advertirlo. De algún modo, considera que el Partido Demócrata sigue representando a la izquierda en Estados Unidos. En mi opinión, lo único que separa al Partido Demócrata del Republicano son sus distintas posiciones en el terreno donde se disputan las guerras culturales: el campo de los valores posmaterialistas. Sin embargo, ambos partidos coinciden en lo fundamental: el modelo económico y el belicismo a escala planetaria, ambos profundamente imbricados.

Ronald Inglehart, en su libro publicado en 1977 The Silent Revolution”, fue quien alertó sobre la brecha generacional entre quienes se preocupaban por lo material y quienes, una vez aseguradas las necesidades básicas, comenzaron a preocuparse por los valores posmaterialistas. El eje izquierda – derecha dejó de configurarse en torno al modelo económico y el papel del Estado como redistribuidor de la renta, para pasar a realinearse alrededor de las guerras culturales, con un fuerte componente identitario, desvinculado de la clase social.

Como resulta obvio, hablamos del hemisferio occidental. En el resto del planeta – levantemos el ombligo, que también existe – existen millones de personas cuya máxima preocupación se centra en llevarse algo al estómago cada día. En esta ilustración podemos ver la distancia que existe entre la Europa protestante y África y el mundo islámico a la hora de primar los valores ligados a la supervivencia y los relacionados con la auto expresión, o posmaterialistas, en torno a los que se construyen las guerras culturales.

Fuente: The New York Times.

La izquierda en general, no sólo en Estados Unidos, comenzó su decadencia cuando aceptó disputar la partida en el terreno de juego delimitado por la derecha. La caída de la Unión Soviética supuso un zarpazo del que la izquierda todavía no ha conseguido recuperarse. Porque una cosa es que unos determinados intentos de implantación de la ideología comunista terminaran fracasando en su aplicación práctica, por una plétora de motivos que se escapan del objeto de este artículo, y otra bien distinta es que ese revés signifique que, necesariamente, hayamos de adoptar el modelo neoliberal como el único posible.

El hundimiento de la socialdemocracia responde a su incapacidad para construir un marco alternativo al neoliberalismo, por falta de ideas, de voluntad política para hacerlo, o de capacidad de maniobra real para salirse del marco que fijan los que nunca se presentan a las elecciones, porque no tienen necesidad de hacerlo: los poderes económicos que realmente gobiernan. Margaret Thatcher, junto a Ronald Reagan una de las principales ideólogas del ultraliberalismo, declaraba, en relación con la drástica bajada de impuestos a los ricos que ambos impulsaron, que «Mi mayor logro es que hemos obligado a nuestros oponentes a cambiar de opinión». En 2003, arrojando la toalla ideológica, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero afirmaba que “Bajar impuestos es de izquierdas”.

En el sur global, en los estados donde la izquierda ha podido alcanzar la hegemonía, sus intentos de construir modelos alternativos al neoliberalismo se enfrentan a sanciones, a bloqueos económicos, al lawfare, a los golpes de estado avalados o promovidos por occidente o, directamente, a las invasiones militares por parte del brazo armado de las grandes corporaciones y las élites globales: Estados Unidos y su herramienta, la OTAN.

Ante su incapacidad para llevar a la práctica un modelo económico alternativo en los países donde ha tenido mayoría parlamentaria suficiente para poder hacerlo, la izquierda más o menos hegemónica se ha limitado a pelear en las guerras culturales. Muchas son las canchas en las que se dirimen estos conflictos: el derecho al aborto, el matrimonio homosexual, los derechos del colectivo LGTBI, de las personas transgénero, el multiculturalismo, el uso del velo islámico, el feminismo, la regulación de la prostitución, el uso recreacional de las drogas, la pena de muerte, la eutanasia, la ecología o, en Estados Unidos, el derecho a la tenencia de armas. Ninguna de estas guerras culturales cuestiona el sistema capitalista neoliberal. Su función no es sólo tener muy entretenido al personal, desviando la atención del modelo económico que está provocando un aumento espectacular de la desigualdad en la distribución de la riqueza en el mundo, sino polarizar a la población, dividirla, debilitarla, evitando que se agrupe frente a su auténtico enemigo: el que la empobrece.

Una población polarizada, dividida, es mucho más fácil de pastorear. Las guerras culturales tienen un fuerte componente ideológico, identitario, se agarran más a la víscera que al cerebro, alientan el sectarismo. Los defensores de cada una de las posiciones respecto a un tema tienden al fanatismo. Las soluciones de compromiso se antojan inalcanzables, se fomenta la visión del mundo en blanco y negro. Entramos en el terreno del odio al que opina distinto y ya sabemos que el odio consume mucha energía: queda poco tiempo para ocuparse de lo demás.

Y lo demás es precisamente lo más importante, lo que la cortina de humo de las guerras culturales quiere ocultar: un modelo económico basado en la desregulación del mercado financiero, en la bajada constante de impuestos a los más ricos y a las empresas, en detrimento de la clase trabajadora. Una transferencia constante de riqueza púbica a manos privadas. La privatización de los servicios públicos esenciales, como la sanidad o la educación, mediante fórmulas más o menos alambicadas. El enriquecimiento fulgurante de quienes ya son los más ricos. El ocultamiento de su riqueza en paraísos fiscales. El porcentaje cada vez menor de la riqueza en forma de salarios en comparación con la riqueza privada. En definitiva, el empobrecimiento paulatino pero inmisericorde de cada vez más amplias capas de población, en favor de los inmensamente adinerados.

Estos son sólo algunos datos que respaldan las afirmaciones anteriores:

En el año 2000, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Ley de Modernización de Futuros, que prohibió la regulación de derivados financieros. Esta desregulación permitió que los bancos vendieran los préstamos hipotecarios a otros bancos de inversión que, a su vez, las unían a otro tipo de préstamos, sobre los que creaban los bonos CDO (Colateral Debt Obligation). Los CDO que incluían estas hipotecas “paquetizadas” eran calificados por las agencias de rating con la triple A, lo que incrementaba los beneficios de la operación. Esta sofisticada estafa piramidal, bajo el eufemismo de “hipotecas subprime”, es la que terminó explotando y causando la crisis financiera de 2008. Una crisis cuyo coste corrió a cargo de los impuestos de la ciudadanía, que sirvieron para “rescatar” al sector financiero, que en algunos países la banca ha devuelto. No así en España, donde el importe del rescate asciende a más de 100.000 millones de euros, y la ciudadanía sigue esperando su devolución.

Fuente: El Economista.

Los impuestos a los ricos han bajado en Estados Unidos más de 50 puntos porcentuales. Quienes ingresaban más de 400.000 dólares anuales en 1963, el 1% de la población, pagaban un 91% de impuestos. Ahora pagan menos del 40%. Sólo durante los mandatos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher los impuestos a los más adinerados bajaron 40 puntos porcentuales.

Fuente: World Inequality Lab, citado en https://www.bbc.com/mundo/noticias-55650204

La teoría del goteo propugna que bajar los impuestos a los ricos provoca un beneficio para el resto de la sociedad, porque ese dinero que antes destinaban a pagar impuestos supuestamente iría a parar a la inversión, lo que impulsaría la economía y crearía puestos de trabajo. Esta teoría se ha demostrado como falsa. Según un estudio de dos economistas de la London School of Economics, los efectos de la bajada de impuestos a los ricos fueron cercanos a cero: los países que bajaron los impuestos a los que más dinero tenían ni habían conseguido un mayor crecimiento económico ni habían creado más puestos de trabajo.

Pero no sólo eso. La bajada de impuestos se ha traducido en un incremento de la desigualdad. Según un estudio de Intermon Oxfam, el 1% de la población posee más riqueza que el 99% restante. El incremento de la desigualdad se debe a múltiples causas, pero los efectos que provocan los sistemas fiscales regresivos son devastadores: la desigualdad mata 21.000 personas al día, según otro estudio de la misma ONG.

Como vemos en el siguiente gráfico, los impuestos a los salarios son superiores en siete puntos porcentuales a los que gravan los beneficios empresariales, y los que gravan al capital sólo son dos puntos superiores a los que aportan los salarios. Estamos hablando de cifras globales, ya que las diferencias entre los sistemas fiscales de los países con altos ingresos y con ingresos medio-bajos son notables, que se pueden apreciar pinchando aquí.

Fuente: https://globaltaxation.world/

La transferencia de riqueza pública a manos privadas sigue aumentando a un ritmo descomunal, lo que significa que los gobiernos son cada vez más pobres, mientras el sector privado cada vez es más rico. Esta tendencia supone una renuncia de los dirigentes políticos a encomendar al estado, que supuestamente controlan, el papel de redistribuidor de los ingresos como mecanismo para reducir la desigualdad.

Fuente: World Inequality Report.

Como vemos en el siguiente gráfico, el desplome de la riqueza pública incluso alcanza cotas negativas en los países considerados como más avanzados, como el Reino Unido, Japón, Francia y Estados Unidos. Las tasas negativas significan que los actores privados controlan el total de la economía a través de los activos que poseen. Dicho de otro modo, si uno de estos países tuviera que vender todos sus activos para pagar su deuda, toda la riqueza existente en el país – financiera y no financiera, como carreteras o colegios – acabaría en manos privadas.

Fuente: World Inequality Report.

El poder adquisitivo de los sueldos tampoco levanta cabeza. En España, los salarios sólo han subido un 1,8% en términos reales desde el año 2000 hasta 2019. En lo que se refiere a la paridad de poder de compra, estamos a años luz de Francia, con quien estábamos igualados al cambiar de siglo, y mejor no hablemos de la distancia que nos separa de Alemania. Como vemos, la Unión Europea sirve para cualquier cosa excepto para reducir las desigualdades económicas en su seno.

Fuente: OCDE, recogido en Nius Diario

En Estados Unidos, la cantidad que se paga por hora de trabajo apenas ha aumentado dos dólares reales desde 1964, y es de hecho inferior a la que se pagaba antes de la crisis del petróleo de los años 70. La clase trabajadora en el país autoproclamado como faro del mundo libre está cada vez peor.

Fuente: Pew Research Center.  

A pesar de que los sistemas fiscales benefician a los ricos y gravan menos los beneficios empresariales que los salarios, a los ricos todo les parece poco. O demasiado, si de lo que hablamos es de pagar impuestos. Según el estudio de Intermon Oxfam citado anteriormente, “la riqueza individual que se encuentra oculta en paraísos fiscales asciende ya a 7,6 billones de dólares, una suma mayor que el PIB del Reino Unido y Alemania juntos”.  Otros estudios, citados por el Fondo Monetario Internacional, sitúan esa cifra entre 8,7 y 36 billones de dólares. El FMI se inclina más por esta última cifra, y advierte que los paraísos fiscales les cuestan colectivamente a los gobiernos entre 500.000 y 600.000 millones de dólares, cada año, en impuestos perdidos de los beneficios empresariales. A esta merma habría que añadir otros 200.000 millones de dólares anuales que los ricos escaquean individualmente en impuestos no pagados, cada año, al depositar su dinero en estos agujeros negros, siempre según el FMI.

Todos estos temas, que deberían ocupar un lugar central en el debate político, son arrinconados a los márgenes del cuadrilátero. Los púgiles no se pelean sobre el modelo económico. Sobre este asunto surge un extraño consenso, como si las estructuras económicas y financieras fueran consecuencia de fenómenos naturales, como los devenires meteorológicos. Sin embargo, dichas estructuras surgen de la voluntad política de construirlas de determinada manera, y no de otra. Y es precisamente este hecho el que las pertinaces guerras culturales contribuyen a enmascarar. ¡Que no te distraigan!

Estados Unidos sigue su estrategia de guerra permanente en China e Irán

“El objetivo es tener una guerra permanente, no una guerra exitosa”. Son las palabras de Julian Assange para describir cuál es la estrategia de Estados Unidos con sus inacabables guerras para extender la “democracia” por el mundo. El hecho de que Assange esté preso por haber denunciado los crímenes de guerra de Washington debería bastar para desmontar este cuento para niños con el que nos están vendiendo la actual guerra en Ucrania, y nos han querido colocar otras. Una narrativa más propia de un guiñol, donde los demócratas buenos atizan con una cachiporra a los autócratas malos, que demuestra el profundo desprecio con el que las élites tratan a la ciudadanía.

Costs of war (Los costes de la guerra) es un proyecto multidisciplinar del Watson Institute, en la Universidad de Brown, que analiza el gasto militar de Estados Unidos en las múltiples guerras que sostiene por el mundo. Las cifras son desorbitantes, sobre todo cuando se comparan con lo que el gobierno de Washington dedica a otras partidas presupuestarias. Desde el comienzo de la guerra en Afganistán, el Pentágono se ha gastado 14 billones, con b, de dólares, un tercio de los cuales ha ido a parar a los bolsillos de los contratistas. Entre ellos, la parte del león se la han llevado cinco fabricantes de armas: Lockheed Martin, Boeing, General Dynamics, Raytheon, y Northrop Grumman. Estas empresas se han gastado 2.500 millones de dólares en hacer lobby en los últimos 20 años, y han empleado a más de 700 lobistas, de media, cada año, en los últimos cinco años. Esto significa que a cada congresista le toca más de un lobista. En 2011, la Comisión de Contratación en Tiempos de Guerra en Irak y Afganistán estimó que el despilfarro, el fraude y el abuso totalizaron entre 31.000 y 60.000 millones de dólares.

Presupuesto del Pentágono desde 1948 a 2020, ajustado a dólares constantes de 2021. Fuente: Costs of War.

Según esta misma fuente, las guerras provocadas por Estados Unidos en Afganistán, Pakistán, Irak, Siria, Yemen y otros países, han causado entre 897.000 y 929.000 muertos, de los cuales entre 364.000 y 387.000 han sido civiles. A los fabricantes de armas contratistas del Pentágono no creo que les importen mucho estas cifras. Viven de ellas.

Nadie se cree que Ucrania sea capaz de derrotar militarmente a Rusia. Sin embargo, Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares en enviar armamento al gobierno de Zelensky, porque el objetivo no es ganar la guerra, sino alimentarla. Varios son los propósitos que persigue Washington en Ucrania, desde que patrocinara el golpe de Estado de 2014 para colocar un gobierno títere, como colofón a la estrategia de ampliación de la OTAN hacia el Este. El primero es desgastar a Rusia y, si fuera posible, derribar a Putin para colocar otra marioneta al estilo de Yeltsin, con el fin último de esquilmar los recursos del país más rico de la tierra. El segundo, debilitar lo más posible a la Unión Europea, que podría ser un competidor geopolítico en el mundo multipolar que está naciendo. El tercero, y no por ello menos importante, es incrementar las plusvalías del complejo militar-industrial que, de facto, impulsa la estrategia de la guerra permanente en su propio beneficio.

La guerra en Ucrania está perdida, lo que no significa que haya terminado, como explica Richard Black, coronel retirado del ejército estadounidense, en este esclarecedor vídeo. Ucrania está sufriendo bajas equivalentes a 60 veces las que sufrió el ejército de Estados Unidos en Vietnam. Es sólo uno de los muchos datos que aporta este militar para argumentar su vaticinio.

El hecho de que Ucrania no tenga ninguna posibilidad de ganar la guerra contra el ocupante no significa que Estados Unidos y la Unión Europea no la vayan a seguir alimentando, probablemente hasta el colapso del ejército ucraniano, porque en ningún momento se trataba de ganar esta guerra proxy de Washington contra Moscú, sino de crear todas las condiciones para provocarla y, una vez conseguida la invasión que se buscaba, alimentarla, con los objetivos antes mencionados.

Siguiendo con su estrategia de guerra permanente, Estados Unidos ha decidido reactivar el frente que abrió con las sanciones a Irán, allá por 1979, cuando Washington “congeló” 11.000 millones de dólares de activos iraníes, entre otros “castigos”, tras la crisis de los rehenes en la embajada estadounidense. El último episodio de esta guerra larvada contra la república islámica comenzó en 2006, cuando Estados Unidos y la Unión Europea adoptaron una nueva batería de sanciones contra Irán con el fin de impedir el enriquecimiento de uranio que este país estaba llevando a cabo. Irán siempre ha defendido que perseguía únicamente fines civiles, relacionados con la energía. En 2015 se alcanzó un acuerdo con Teherán, denominado Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), (Joint Comprehensive Plan of Action, JCPOA), que fue avalado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. A raíz de dicho acuerdo, se levantaron las sanciones relacionadas con el material nuclear, aunque se mantuvieron restricciones a la transferencia de bienes sensibles a la proliferación, los embargos de armas y misiles balísticos y medidas restrictivas contra algunas personas y entidades.

En mayo de 2018, Estados Unidos se salió del acuerdo firmado con Irán para limitar su programa nuclear y restauró las sanciones contra la república islámica. Donald Trump tildó dicho pacto de “decadente y defectuoso”, a la vez que advertía que «cualquier país que ayude a Irán también podría ser sancionado». La Unión Europea se mostró en contra de dicho descuelgue, así como Barack Obama, bajo cuyo mandato se alcanzó el acuerdo. En febrero de 2019, Estados Unidos pidió a la Unión Europea que se retirara del acuerdo, pero esta vez Bruselas no siguió sus dictados. Bien al contrario, en marzo de 2019, los signatarios se reunieron en Viena para reafirmar su compromiso para implementar el pacto. Como respuesta, al mes siguiente Estados Unidos designó al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica como “organización terrorista extranjera”. La réplica de Irán, al día siguiente, fue el anuncio de la instalación de nuevas centrifugadoras de uranio en la planta nuclear de Natanz. El sitio web armscontrol.org tiene un calendario muy detallado de todos los avatares de la negociación con Irán, desde 1970 hasta la actualidad.

Desde 2019 se han mantenido varias rondas de negociación en Viena, con el fin de revitalizar el acuerdo y conseguir que Estados Unidos vuelva a incorporarse al mismo. Sin embargo, la reciente visita de Joe Biden a Israel dejó bien a las claras que no existe voluntad política de llegar a un acuerdo con Irán, sino todo lo contrario. Estados Unidos e Israel firmaron la Declaración de Jerusalén, por la que el primero se comprometió a evitar que Irán obtenga armas nucleares utilizando para ello “todos los elementos de su poder nacional”. Denominar a la declaración “de Jerusalén” ya supone una toma de posición muy clara sobre la política de ocupación de los territorios palestinos que perpetra Israel desde hace décadas. Declarar, como hizo Biden, que “no hace falta ser judío para ser sionista”, no deja ya lugar a dudas. Por su parte, el primer ministro de Israel aseveró que actualmente la actividad de las fuerzas armadas de Israel es prepararse para un ataque contra Irán.

El presidente de Irán, Ebrahim Raisi, considera que es Occidente quien está obstruyendo las conversaciones de Viena para impedir un acuerdo. En este sentido, atribuyó una motivación política al comunicado emitido por la Organización Internacional de la Energía Atómica en junio, que acusaba a Irán de no justificar el origen de unas trazas radioactivas halladas en lugares no declarados como nucleares, un hecho que Irán atribuyó a un sabotaje de Israel. El científico Mohsen Fakhrizadeh, uno de los arquitectos del programa nuclear de Irán, fue asesinado por el Mossad, según el periódico The Jewish Chronicle. Este atentado se suma a otros asesinatos de científicos iraníes, que Irán ha atribuido a Israel. Benny Gantz, ministro de Defensa israelí, declaraba el 26 de julio que “somos capaces de golpear duro y retrasar el programa nuclear”. Según Nuclear Threat Initiative, Israel posee armas nucleares desde la década de 1960, pero mantiene una política de opacidad al respecto, sin confirmar nunca oficialmente la existencia de su programa. En consecuencia, Israel nunca ha firmado el Tratado de No Proliferación.

En noviembre de 2011, Barack Obama anunció el pivot to Asia” en un discurso ante el parlamento de Australia, remarcando que Estados Unidos iba a dirigir su atención “al vasto potencial de la región de Asia Pacífico”. Un mes antes, Hillary Clinton, entonces secretaria de Estado, ya había proclamado en Foreign Policy el nacimiento del “siglo del Pacífico de Estados Unidos”, subrayando que el futuro de la política se decidiría en Asia, no en Irak o Afganistán. Donald Trump reinterpretó ese giro hacia el continente asiático iniciando una guerra comercial con China, cuando en marzo de 2018 subió los aranceles a las importaciones de acero y aluminio, que fue contestada por China con la subida de los impuestos a 128 productos estadounidenses. Aunque en enero de 2021 China y Estados Unidos firmaron un acuerdo para poner fin a la guerra comercial, la Casa Blanca de Biden ha vuelto a la carga contra Pekín, esta vez usando a Taiwán como ariete.

En primer lugar, debería llamar profundamente la atención el hecho de que el Pentágono haya dividido el mundo en regiones, a cada una de las cuales ha asignado una parte de su ejército. Así, nos encontramos que hay generales norteamericanos a cargo de cada una de las áreas geográficas en las que Estados Unidos ha troceado el planeta.  Sin embargo, este hecho se contempla con la naturalidad con que se sufren determinados fenómenos meteorológicos, pero sin aspavientos. Indudablemente los medios de comunicación han contribuido enormemente a la normalización del hecho de que exista un solo país que tenga desplegado a un ejército de ocupación por todo el planeta.

Fuente: Wikipedia.

Como queda claro tras la intervención de la jefa del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos en la conferencia de seguridad de Aspen, la división del mundo se explica en las intenciones declaradas de Estados Unidos de esquilmar los recursos naturales de cada una de estas regiones. Laura Richardson se refiere en el video a América Latina como “nuestro barrio”, tan rico en recursos que se sale de los gráficos (“off the charts”). Le falta salivar. 

Estados Unidos también está poniendo el foco en la región denominada Indo Pacífico y, singularmente, en Taiwán, no por casualidad. La isla es líder en la fabricación de semiconductores del mundo: controla el 48 por ciento del mercado de fundición y el 61 por ciento de la capacidad mundial para construir semiconductores de 16 nanómetros o más. Janet Yellen, la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, estuvo en Corea del Sur para convencer a su gobierno de que debía integrarse en la alianza “Chip 4”, junto a Taiwán y Japón y los propios Estados Unidos. Corea del Sur es reticente, puesto que tanto Samsung como SK Hynix dependen tanto de importaciones procedentes de China como de sus fábricas. China contempla dicho proyecto, acertadamente, como un intento de debilitar a su industria de semiconductores por lo que, a su vez, está presionando a Corea del Sur para que desista de incorporarse a la alianza.

Por otra parte, el principal canal de navegación entre el Océano Pacífico y el Índico es el estrecho de Malaca, por donde transitan una cuarta parte de las mercancías comercializadas en el mundo y una cuarta parte del petróleo transportado por mar. La zona está siendo patrullada por el portaviones de propulsión nuclear Ronald Reagan y su escolta de buques de guerra, como muestra esta imagen proporcionada por South China Sea Strategic Situation Probing Initiative.

La táctica de achacar a tu adversario político las características de tu propio comportamiento es muy vieja y efectiva. Usando esta estratagema, Estados Unidos está incrementando la retórica agresiva contra China. Recientemente, el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto, dijo que el ejército chino se ha vuelto mucho más agresivo y peligroso en la región del Pacífico en los últimos cinco años. Esto lo hizo durante una visita a Indonesia, donde se ubica el estrecho de Malaca, donde pretextó supuestos planes de China para tomar el control de Taiwán en 2027.

En este contexto, el diario Financial Times informó de la intención de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, y tercera autoridad del país, Nancy Pelosi, de visitar Taiwán. El propio Joe Biden comentó que a los militares estadounidenses no les parecía una buena idea. Aun así, el Pentágono está aireando la posibilidad de que aviones de combate escolten la aeronave en la que viajara Pelosi. El anuncio del viaje ha sido considerado por China como una provocación en toda regla. El ministro de Defensa chino se ha apresurado a señalar que el ejército no se quedaría cruzado de brazos ante la visita y que se tomarían “fuertes medidas”. En la conversación mantenida el 28 de julio entre Biden y Xi Jinping, la agencia estatal de noticias china reporta que el presidente chino advirtió al estadounidense que quien juega con fuego acaba quemándose.

Teniendo en cuenta la agresividad que está desplegando la administración de Joe Biden, de manera simultánea, contra Rusia en Europa, inundando de armas Ucrania; contra China en Asia, amenazando con una intervención militar por Taiwán; y contra Irán en Oriente Medio, con Israel clamando por un ataque directo, no es de extrañar que Stephen Lovegrove, consejero de seguridad nacional del Reino Unido, haya advertido del creciente riesgo de una guerra atómica contra Rusia y China. El político también ha avisado de que los canales de comunicación que se mantuvieron durante la guerra fría ya no funcionan, precisamente en una coyuntura en la que el aumento de los riesgos de una confrontación los haría más necesarios que nunca.

El presidente de JUST, International Movement for a Just World, el politólogo Chandra Muzaffar, ya advirtió en 2010 que, históricamente, los imperios son más peligrosos cuando están en decadencia que cuando se hallan en su apogeo.  El imperio americano se niega a aceptar su declive, lo que le vuelve más peligroso aún. Su actual fuga hacia adelante amenaza con abocar al mundo al holocausto nuclear. Todo, por un puñado de dólares.

Estados Unidos desgaja a la Unión Europea de Eurasia, condenándola a la miseria

La OTAN se creó para “mantener a la Unión Soviética afuera, a los estadounidenses adentro y a los alemanes abajo”. Lo dijo el primer secretario general de la organización, el británico Lord Hastings Lionel Ismay, y el dato lo seguimos encontrando en el propio sitio web de la OTAN. A pesar de esta rotunda declaración de intenciones, los dirigentes de la Unión Europea acaban de someterse al último dictado de Washington, plasmado en el nuevo concepto estratégico de la organización militar. Su propósito no es otro que el de desgajar económicamente a la Unión Europea del resto del continente euroasiático, para hacerla depender de la potencia situada al otro lado del Atlántico. Así lo acaba de explicitar Mike Pompeo, exdirector de la CIA y exsecretario de Estado, en un reciente discurso en el Hudson Institute, uno de los muchos think tanks financiados por los fabricantes de armas (en este caso, por Lockheed Martin y Northrop Grumman): Debemos prevenir la formación de un coloso paneuropeo, euroasiático, que incorpore a Rusia pero dirigido por China. Para conseguirlo, debemos reforzar la OTAN, asegurarnos de que nada entorpece la entrada de Suecia y Finlandia”.

El interés de Washington en impedir, a toda costa, la formación de ese “coloso” al que alude Mike Pompeo, es perfectamente comprensible, dada su aspiración a potencia hegemónica en un mundo unipolar. Si se produjera la alianza euroasiática que recomienda la geografía, Estados Unidos se convertiría en un actor secundario en el tablero mundial.  Lo que no se entiende es que los líderes de la Unión Europea hayan abrazado con alborozo las políticas impulsadas desde Washington, desde las sanciones a Rusia hasta el nuevo concepto estratégico de la OTAN: están empuñando con denuedo las palas para cavar nuestra fosa, la de los europeos, al cortar los flujos de energía necesarios para mantenernos con vida.

Alemania es la locomotora de la Unión Europea. Con un PIB que representa más del 25% del total de la UE, (3,75 billones de euros, frente a un PIB total de 14,45 billones en 2021) su modelo de negocio industrial se basa, desde los años 70, como analicé en otro artículo, en el suministro de gas ruso, barato y abundante. Esto nos lo acaba de recordar hasta el Wall Street Journal, poco sospechoso de connivencia con el Kremlin, cuando pone como ejemplo los desafíos que afronta el grupo químico BASF. En concreto, su gigantesco centro en Ludwigshafen, uno de los mayores del mundo, compuesto por 200 plantas de producción. Sus directivos se están planteando su cierre en el caso de que el gas ruso deje de fluir para alimentarlo. Un estudio de la Universidad de Mannheim estima que el PIB de Alemania podría caer hasta un 12% en el peor escenario, el de ausencia total de suministro de gas por parte de Rusia, ya que el 50% del gas que consume Alemania proviene de allí.

El titular del Wall Street Journal nos hace reflexionar sobre la vulnerabilidad de la Unión Europea en materia de energía, y sobre la forma en que los medios enmarcan su “dependencia” del gas y el petróleo procedentes de Rusia. Por un lado, a raíz de la invasión de Ucrania, la Unión Europea ha declarado su objetivo de dejar de comprar gas y petróleo a Rusia, lo antes posible. Esto lo ha hecho por presiones de Estados Unidos, a la vista de todos. El resultado de querer “acabar con la dependencia” de las fuentes de energía procedentes de Rusia (cercanas, baratas y abundantes) lo estamos viendo ya en la economía europea: subida de precios del 700% en el gas, según Bloomberg, anuncios de restricciones en el consumo en Alemania, y de escenarios apocalípticos para toda la Unión Europea, en el caso de que Rusia decida cortar el suministro de gas. Por otro lado, cuando Rusia reacciona con una disminución del suministro de gas a quienes la quieren arruinar, dejándolo de comprar, entonces salta Úrsula von der Leyen con que Rusia está usando la energía como un arma política. Si la situación a la que nos están arrastrando los dirigentes de la Unión Europea no fuera tan dramática, el nivel de la argumentación, a la altura de un guiñol, sería para reírse.

Después de haber cancelado la entrada en funcionamiento del gasoducto Nord Stream 2, una obra de ingeniería de 11.000 millones de euros inutilizada por presiones de Estados Unidos, Alemania se queja ahora de que Rusia disminuya el suministro que envía por el Nord Stream 1, o incluso llegara a bloquearlo, mientras la presidenta de la Comisión Europea hace aspavientos sobre “planes de emergencia” ante un hipotético corte del gas por parte de Rusia. Da la impresión de que la Unión Europea primero sanciona, y sólo después se para a pensar en las consecuencias de sus actos.

A pesar de que Úrsula von der Leyen reconoce que los envíos de gas natural licuado (GNL) desde Estados Unidos, a un precio muy superior al ruso, se han triplicado, el consejero delegado de Shell advierte que: «Creo que será imposible cubrir toda la capacidad de gas del gasoducto que procede de Rusia con GNL”. Más claro, agua. No hay gas en el mundo capaz de rellenar el hueco que dejaría Rusia. Ni con los aportes de Noruega, cuyos trabajadores del sector acaban de comenzar una huelga que va a reducir el suministro, ni con los de Qatar, que ya ha declarado que es imposible sustituir el gas ruso con rapidez; ni con los de Argelia – con quien no está el horno para bollos, después del reconocimiento de Estados Unidos y de España de la soberanía de Marruecos en el Sáhara – ni con los de Azerbaiyán.

En este contexto, hasta los órganos de propaganda del Partido Demócrata en Estados Unidos, el más insigne de ellos el New York Times, no tienen más remedio que reconocer que la estrategia de las sanciones no está funcionando. En un artículo publicado el 24 de junio, el rotativo neoyorkino alertaba de la frustración y el daño que las sanciones están causando a la “alianza dirigida por Estados Unidos”. En un ejercicio de sinceridad, el texto señalaba que “Pocos funcionarios de Biden, si es que alguno, esperaban que las sanciones detuvieran la guerra de inmediato. Pero la administración y sus contrapartes europeas tampoco esperaban la presión económica que ahora están experimentando”.

El artículo repasa además el nulo efecto de otras baterías de sanciones contra Rusia, como las decretadas por Barack Obama en 2015 tras la anexión de Crimea, así como las impuestas a otros países, a la hora de “corregir” sus políticas para adecuarlas a los intereses de Estados Unidos. Esto nos lleva a hacernos dos preguntas:

  1. Si los propios promotores de las sanciones son conscientes de que no consiguen variar las políticas de los gobiernos e, incluso, contribuyen a reforzarlas ¿por qué las imponen?
  2. ¿Quién va a asumir las responsabilidades políticas por la adopción de una estrategia que se ha vuelto como un bumerán contra los países que están imponiendo las sanciones, en forma de carestía de vida y escasez de energía y alimentos, imprescindibles para el bienestar de la ciudadanía y el desenvolvimiento de la economía? ¿Acaso no sabían los dirigentes de la “alianza liderada por Estados Unidos” que las sanciones se podían volver en su contra? ¿Ni siquiera lo sospechaban? ¿De verdad hay alguien al volante en Occidente?

En el caso de Estados Unidos, la adopción de la estrategia de expandir la OTAN hacia el Este, hasta las mismas fronteras de Rusia, tiene la lógica de un imperio que aspira a la hegemonía en su fantasía de mundo unipolar, donde el resto se somete a sus designios. Una lógica neocolonial, despegada de los hechos, porque no tiene en cuenta los profundos cambios que han acaecido en el mundo desde que Washington se declarara vencedor de la guerra fría y decidiera ir a por todas. Las sanciones forman parte de esa manera de ver el mundo que tienen los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca, sean del signo político que sean: quien no se pliega a sus deseos, que son órdenes, ha de atenerse a las consecuencias. Sea en forma de sanciones, o de intervenciones militares directas, o a través de un proxy, como está ocurriendo ahora, para desgracia de los habitantes de Ucrania.

Pero lo que no se entiende es que la Unión Europea esté abrazando con un entusiasmo, que sólo cabe calificar de suicida, la agenda imperial de Estados Unidos. Por varios motivos. En primer lugar, porque para diseñar la estrategia geopolítica de un actor con aspiraciones a serlo de primer orden, lo primero que deberían hacer los dirigentes europeos es mirar el mapa. A juzgar por sus decisiones, parece que hace mucho tiempo que no se molestan en hacerlo.

Para subrayar la posición y el tamaño de la Unión Europea en relación con Rusia, he recortado el mapa de Eurasia para dejar ambas unidades políticas solas, frente a frente.

Lo primero que debería llamar la atención de los dirigentes de la Unión Europea es que lo que llamamos Europa no deja de ser una península de la gran masa euroasiática, y que hacia el Este lo único que tenemos es Rusia. Vamos con el tamaño: la superficie de la Unión Europea es de 4,23 millones de kilómetros cuadrados, frente a 17,1 millones de Rusia. Pero con ser importante, el tamaño no es lo fundamental. La clave radica en que las fuentes de energía que la Unión Europea precisa para subsistir, unas fuentes abundantes, próximas y baratas, con toda la logística en funcionamiento, transportándolas desde hace décadas, están en Rusia, aquí al lado.

A raíz de la invasión rusa de Ucrania, una guerra ilegal y execrable, que contraviene lo dispuesto en la Carta de las Naciones Unidas, y que no ha recibido la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU – al igual que muchas otras, que no generan ni una sombra de las reacciones que está provocando ésta – estamos asistiendo a un intento de desgajar política y económicamente a esa península, ocupada por la Unión Europea, del resto del continente euroasiático, principalmente de Rusia, pero también de China. A la primera, el nuevo concepto estratégico de la OTAN la califica de “la mayor amenaza directa a la seguridad, paz y estabilidad en el área euroatlántica”. Y a la segunda, como “desafío sistémico” que “amenaza a los intereses, la seguridad y los valores”.

Según datos del World Economic Forum, en 2021 dos quintas partes del gas y más de una cuarta parte del petróleo que consume Europa procedieron de Rusia. Este país fue el quinto socio comercial de la Unión Europea, en lo que se refiera a exportaciones de bienes, después de Estados Unidos, Reino Unido, China y Suiza. El año pasado Rusia fue el tercer socio comercial para las importaciones de bienes de la UE, después de China y Estados Unidos. Según datos de Eurostat, China superó al año pasado a Estados Unidos como primer socio comercial de la Unión Europea.

Quien está pretendiendo separar a la península europea del resto de Eurasia es Estados Unidos, porque quiere evitar a toda costa el surgimiento del eje Pekín – Moscú – Berlín. Hace dos años, Asia Times publicaba un artículo titulado “La alianza euroasiática definitiva está más cerca de lo que piensas”. Y subtitulaba: “Beijing-Moscú ya está en marcha; Berlín-Beijing es un trabajo en progreso; el eslabón perdido pero no lejano es Berlín-Moscú”.

La alianza euroasiática que presagiaba el autor del artículo tiene todo el sentido del mundo, desde el punto de vista geográfico y de la complementariedad que presentan sus integrantes: la Unión Europea aporta el know how; Alemania e Italia, la industria de alto valor añadido. China, además de poner las fábricas que la globalización situó en su territorio, también puede hacer ya sus aportaciones en materia de investigación y desarrollo (recordemos los esfuerzos de Estados Unidos para boicotear la tecnología 5G de Huawei). Por su parte, Rusia suministra la energía para que el tren avance, aunque tampoco debemos subestimar sus aportaciones tecnológicas (medicina, armamento, sector aeroespacial, etc.). En el caso de que la alianza cuajara, Estados Unidos no sólo tendría que olvidarse de su sueño de convertirse en la potencia hegemónica de un mundo unipolar, sino que se quedaría poco menos que en enano político, con influencias, a lo sumo, en lo que considera su patio trasero: América Latina. O delantero, en palabras recientes de Joe Biden.

Ante los ataques económicos que está recibiendo desde el Oeste, Rusia está basculando hacia el Este y el Sur. Quienes piensen que Rusia está acabada si pierde como clientes de su energía a los países occidentales, se equivocan. La población de la Unión Europea era de 441 millones de habitantes en 2021. Con una población mundial que se acerca a los 8.000 millones en este momento, el porcentaje que representamos los europeos no llega al 5%. Rusia está desarrollando más proyectos con China para redirigir sus fuentes de energía hacia clientes más amistosos, más poblados y, a diferencia de Europa, en plena pujanza económica.

Desde 2019, Rusia está suministrando gas a China a través del gasoducto “Fuerza de Siberia”. Ahora su flujo de gas acaba de aumentar. Adicionalmente, Rusia, China y Mongolia han llegado a un acuerdo para construir el gasoducto “Fuerza de Siberia 2”, que enviará gas a China desde los yacimientos rusos de Yamal, cerca del Ártico, atravesando Mongolia. El gasoducto ha entrado en su fase práctica, la de diseño, según Alexei Miller, presidente de Gazprom. Con este nuevo proyecto, Rusia podrá suministrar hasta 50.000 millones de metros cúbicos de gas al año a China.

Según afirma la consultora Independent Commodity Intelligence Services, la construcción del gasoducto «Fuerza de Siberia 2» lo conectaría a la red interna de gasoductos de Rusia, lo que significaría que este país tendría la capacidad de desviar hacia China el gas que ahora destina a Europa.

Teniendo en cuenta las palabras del consejero delegado de Shell, de que actualmente no hay gas en el mundo para suplir el que llega a Europa desde Rusia, y que en un futuro cercano ésta se las puede arreglar colocando todos sus productos energéticos en otros mercados, ¿Cuál es el futuro que nos aguarda a los ciudadanos de la Unión Europea? Francia acaba de dar prácticamente por sentado que Rusia va a cortar por completo el suministro de gas a Europa. ¿Vamos a tener que quemar los muebles este invierno para calentarnos? ¿Y aparte de quemar carbón, tienen alguna otra brillante idea nuestros dirigentes para proveer de energía a las empresas que funcionan con gas? Nos llevan directos a la miseria y lo saben. Cuanto más tiempo tarden en rectificar, más nos va a costar conseguirlo. Si es que aún estamos a tiempo, que lo dudo. 

 

Las sanciones contra Rusia levantan un nuevo telón de acero en Europa

Las sanciones impulsadas por Estados Unidos contra Rusia, en represalia por su invasión de Ucrania, están siendo impuestas con ardor por la Unión Europea, en contra de los propios intereses geopolíticos de esta península del continente euroasiático. La estrategia de castigar a Rusia por la vía económica se está demostrando como un fracaso absoluto para lograr su supuesto objetivo: parar la maquinaria de guerra rusa, que continúa devorando territorio en Ucrania. El mejor termómetro para calibrar las consecuencias de este error político lo constituye el cambio de narrativa que comienza a despuntar en algunos medios de comunicación occidentales, poco sospechosos de mostrar veleidades prorrusas. En primer lugar, vemos artículos que llaman a la negociación para poner fin a la guerra, insistiendo en que esa posición no supone ningún tipo de apaciguamiento del Kremlin (las comparaciones históricas son odiosas).  Por otro lado, surgen filtraciones de la Casa Blanca en la que se habla abiertamente de que Zelensky podría tener que renunciar a territorios para firmar un acuerdo que acabe con la contienda. Y por último, el propio Joe Biden ha abierto la veda en la búsqueda de cabezas de turco, y lo ha hecho apuntando a Zelensky, a quien acusa de no haber escuchado las advertencias de Estados Unidos acerca de la inminente invasión rusa.

Si juntamos estas tres piezas, nos sale rápidamente el puzle: la guerra en Ucrania no va bien desde el punto de vista occidental. La reciente visita de Scholz, Macron y Draghi a Zelensky, además de hacerse la foto, tenía el objetivo de mostrar su apoyo a la candidatura de Ucrania a su ingreso en la Unión Europea. Sin embargo, el día anterior de su viaje a Kiev, Macron había declarado que «El presidente ucraniano va a tener que negociar con Rusia, y nosotros, los europeos, estaremos presentes en esa mesa para ofrecer garantías de seguridad». Así que caben pocas dudas de que el mismo mensaje le fue trasladado personalmente a Zelensky quien, a juzgar por su lenguaje no verbal en la comparecencia conjunta, no le gustó ni un pelo.

Fotografía: Ludovic MARIN POOL/AFP

Sin embargo, frente a este giro en la narrativa occidental, se siguen produciendo intervenciones belicistas por parte del mismo bando, lo que indica que debe de estar produciéndose un intenso debate sobre la estrategia para salir del fangal en el que se han metido. Al día siguiente de la visita de los líderes europeos, Boris Johnson se presentó en Kiev por sorpresa. El premier británico, fiel emisario de la colonia devenida en metrópoli, le dijo a Zelensky que ni hablar de negociación, y le ofreció un programa de entrenamiento para las tropas ucranianas. Otro más que sumar al que lleva desarrollando la OTAN durante años. Johnson anunció que Occidente debería prepararse para una larga contienda. En la misma línea, Jens Stoltenberg declaraba, en días previos a la cumbre de la OTAN en Madrid, que la guerra en Ucrania durará años, mientras anuncia mayores aportes de armas pesadas y de largo alcance. Simultáneamente, Stoltenberg reconoce que la prolongación de la guerra tendrá costes no sólo militares, sino en los precios de la energía.

Un titular de cuando parecía que a Ucrania le iba bien en el frente, y la OTAN quería colgarse la medalla.

Independientemente de qué facción del bando occidental haga prevalecer sus postulados, si los partidarios de la negociación, o los belicistas que, como Patrick Sanders, general al mando del ejército británico, pide a sus huestes que se preparen para la tercera guerra mundial, habrá que tener en cuenta cuál es la posición de Moscú.

En mi opinión, el bloque occidental quemó las naves de la negociación cuando rechazó sentarse a discutir las propuestas que Rusia envió a Estados Unidos y a la OTAN en diciembre pasado. La negativa a dialogar fue la espoleta que disparó la invasión de Rusia, que ya estaba peligrosamente caliente tras las sucesivas expansiones de la OTAN hacia el Este, los incumplimientos de los acuerdos de Minsk y los ocho años de bombardeos sobre la población rusa del Donbass.

Desde que comenzó la invasión rusa de Ucrania, la estrategia de Estados Unidos, sus vasallos europeos (así los calificaba Zbigniew Brzezinski) y otros adláteres (Reino Unido, Japón, Australia y Corea del Sur) se ha desplegado en los siguientes vectores:

  1. Intentar hundir la economía de Rusia, mediante la imposición de sanciones nunca vistas, con la finalidad de provocar un levantamiento de la población que acabara derrocando a Putin.
  2. Alimentar la contienda enviando miles de millones de dólares en armamento a Ucrania y proporcionando información de inteligencia con el objetivo declarado de prolongar la guerra e impedir la victoria de Rusia.
  3. Una campaña de rusofobia y de cancelación de la cultura y el deporte rusos a todos los niveles, fomentando el aislamiento internacional de Rusia.
  4. La censura total de los medios de comunicación rusos.
  5. La atribución a Rusia de toda la responsabilidad en la crisis alimentaria que la guerra, pero también las sanciones, están provocando en el mundo, especialmente en los países más pobres.

Los resultados que está consiguiendo esta estrategia son exactamente los opuestos a los que pretendía:

  1. El incremento de precios del gas y del petróleo provocado por la guerra – y por las sanciones – se está traduciendo en mayores ingresos para Rusia por su venta, y en récords de superávit comercial, como señalé en un artículo anterior.
  2. Las sanciones están perjudicando, sobre todo, a la Unión Europea. Por si quedaba alguna duda respecto a quién está pagando el pato, Joe Biden acaba de declarar respecto a la guerra en Ucrania que “en algún momento, esto va a ser un poco como un juego de espera: lo que los rusos pueden sostener y lo que Europa estará dispuesta a sostener. Estados Unidos es un exportador neto de energía, mientras que la UE es un importador neto. Hasta el momento, la UE ha sido incapaz de sustituir las importaciones de energía procedente de Rusia, porque no hay alternativas suficientes para reemplazar dichas fuentes. Ahora la UE está pagando un 40% más caro el gas licuado que compra a Estados Unidos, y acaba de anunciar que va a recurrir a quemar carbón, algo muy coherente con sus políticas supuestamente verdes. Estados Unidos ha endosado las consecuencias de las sanciones en mayor medida a la Unión Europea, y parece mentira que sus líderes hayan abrazado el papel de sufridores del conflicto, en detrimento de los intereses de la Unión, y a pesar del daño que están provocando a la ciudadanía.
  3. La popularidad de Vladimir Putin está en el 83%, muy por encima de la de cualquier líder occidental, comenzando por la del propio Joe Biden, que se ha desplomado hasta el 36%.
  4. Las pretensiones de aislar internacionalmente a Rusia sólo están encontrando eco en el bloque occidental. En una reciente reunión promovida por Zelenski con los países de la Unión Africana, sólo se presentaron cuatro máximos mandatarios, aunque todos los del continente estaban invitados. Las demás representaciones iban del nivel ministerial hacia abajo. A la censura de los medios de comunicación rusos y de la omnipresente propaganda rusófoba en los occidentales hay que sumar la obstaculización que están sufriendo quienes no comparten esa estrategia, con suspensiones de sus cuentas en redes sociales y de sus cuentas en PayPal. A pesar de todo ello, una encuesta realizada por el European Council on Foreign Relations muestra que, en la propia Europa, solo 1 de cada 4 personas cree que el objetivo más apremiante es castigar a Rusia (etiquetadas como Justice Camp), mientras 1 de cada 3 es más partidaria de llegar a un acuerdo que ponga fin a la guerra, lo antes posible (Peace Camp).

En los países árabes, la propaganda de los medios occidentales ha fracasado completamente, lo que no tiene nada de extraño, dadas las intervenciones promovidas por Estados Unidos en Libia, Irak, Siria, Somalia, etc., las sanciones a Irán y el apoyo de Washington a Israel frente a Palestina. Una encuesta realizada por Arab News arrojó los siguientes resultados: casi una cuarta parte de las 7.835 personas encuestadas (24%) echaron la culpa de la guerra en Ucrania a la OTAN, mientras que el 13% achacó la responsabilidad directamente a Joe Biden. Solamente el 16% culpó a Rusia. En general, el dato más llamativo es la falta de posicionamiento frente al conflicto.

Las divisiones que se están produciendo en el bloque occidental son lógicas, dado el fracaso de la estrategia de las sanciones contra Rusia: no sólo no están parando la guerra, sino que están disparando los precios de la energía y la inflación en Occidente, además de provocar una crisis alimentaria, de la que se intenta culpar a Rusia y que, sin embargo, responde a causas diversas.

Pero la pregunta que viene ahora es cuál sería la respuesta del Kremlin en el caso de que Estados Unidos permitiera al gobierno de Ucrania un intento real de negociación, con la finalidad de poner fin a la guerra. Algo que no ha ocurrido hasta ahora.

En mi opinión, Rusia no está interesada actualmente en sentarse a negociar nada, por los siguientes motivos:

  1. Rusia está ganando la guerra en el frente militar. En el canal Military Summary se puede comprobar, a diario, la situación de las tropas rusas y de las ucranianas, y los mapas que muestran no dejan lugar a dudas. Nadie que esté ganando una guerra se sienta a ceder territorios que acaba de conquistar, y menos los que controla de facto desde hace años, como pretende Zelensky, lo que indica su falta de voluntad real de negociar.
  2. Rusia está ganando la guerra en el frente económico: está ampliando los mercados para sus productos en Asia, el superávit de cuenta bate récords y el rublo es la moneda con mejor desempeño en el mercado de divisas. Rusia no necesita al resto de Europa para sobrevivir. Europa a Rusia, sí. Ahora, la Unión Europea acusa a Rusia de usar el gas como arma política al reducir el flujo que llega por los gasoductos. Sin embargo, ha sido la UE la que anunció su intención de prescindir, lo antes posible, del petróleo y del gas rusos. ¿En este caso, no se está usando la energía como arma política? ¿En qué quedamos? ¿En que no queremos nada de los rusos, pero nos quejamos cuando dejan de vendernos lo que necesitamos? El ministro de Economía de Alemania, Robert Habeck, ha reconocido que «Si el gas no es suficiente, ciertos sectores industriales que necesitan gas tendrían que cerrarse» (por lo que) “las empresas tienen que detener la producción, despedir a sus trabajadores, las cadenas de suministro colapsan, la gente se endeuda para pagar sus facturas de calefacción, la gente se vuelve más pobre, la frustración se extiende por todo el país”. Una de las razones fundamentales del éxito de la industria alemana ha consistido en disponer de energía barata desde hace décadas: el gas ruso. Ahora, debido a las sanciones, y a la respuesta de Rusia, Alemania va a tener que racionar el gas, elegir entre mantener las fábricas abiertas o encender la calefacción. ¿Quiénes son entonces los perjudicados por las sanciones? ¿Los rusos, que siguen avanzando en Ucrania, o la industria y la población de Alemania? Si la industria alemana, que es la locomotora económica de la Unión Europea, se gripa, la recesión está garantizada. 
  1. Después de la experiencia de los acuerdos de Minsk, Rusia no puede confiar en Occidente. El anterior presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, acaba de declarar que, aunque fue él quien firmó los acuerdos, nunca tuvo la intención de cumplirlos. Los hechos le dan la razón. ¿Para qué va a firmar Rusia acuerdos con Occidente, si sabe que no los cumple? La confianza es algo que se tarda mucho en ganar, y muy poco en perder, generalmente de manera irrecuperable.

Las sanciones dictadas por Estados Unidos, impuestas con entusiasmo suicida por la Unión Europea, han construido un nuevo telón de acero que, esta vez, será muy difícil de derribar, sino imposible. No son sólo las sanciones, sino la rusofobia rampante en los medios de comunicación occidentales, y sus propagandistas en las redes sociales, lo que ha provocado en el pueblo ruso, y en sus dirigentes, un rechazo visceral hacia lo que perciben como agresiones a su país. Un político considerado hasta hace poco prooccidental, el expresidente y ex primer ministro Dmitri Medvedev, ahora suelta vitriolo contra Occidente en su canal de Telegram de manera regular.

Al otorgar el estatus de países candidatos a Ucrania, Moldavia y Georgia para formar parte de la Unión Europea, Bruselas le ha propinado otra bofetada política a Moscú. Josep Borrell ya declaraba a principios de año que La delimitación de las esferas de influencia de las dos grandes potencias no corresponde a 2022”. Se ve que ese discurso sólo se aplica a Rusia, mientras que el bloque occidental no cesa de ampliar sus esferas de influencia, tanto por la vía militar, con la expansión de la OTAN, como por la política, a través de la ampliación de la Unión Europea. Los rusos son poco amigos, afortunadamente, de las reacciones viscerales, pero esto no quiere decir que la acumulación de afrentas vaya a quedarse sin respuesta. La última provocación ha sido las restricciones impuestas por Lituania al tránsito ferroviario ruso con el enclave de Kaliningrado, donde viven cerca de un millón de rusos.

Ilustración: Mauro Entrialgo. elsaltodiario.com

El problema para los ciudadanos de la Unión Europea, víctimas de las decisiones políticas erróneas que se toman en Bruselas, radica en que cuando Rusia dé definitivamente la espalda a la UE en el ámbito comercial, y deje de vendernos petróleo, gas, trigo, titanio, etc., lo que va a ocurrir más pronto que tarde, los habitantes de esta península de Eurasia vamos a tener serios problemas para sobrevivir. Y quienes lo consigan, van a vivir con muchísimas más estrecheces de las actuales.

 

Los medios de comunicación ya han comenzado la labor de mentalizar a la población para que asuma las consecuencias de las decisiones erróneas de nuestros políticos: vienen tiempos duros, y vienen para quedarse. Este titular no puede entenderse de otra manera: ¿Alguien le dirá a Europa que la era de la vida barata ha terminado?”

 

Pero ni Úrsula von der Leyen, ni Josep Borrell, ni Charles Michel, ni Jens Stoltenberg, ni nadie de esa élite que toma las decisiones que afectan a la vida de los ciudadanos se van a preocupar, porque saben que obedeciendo las órdenes que les dan en la Casa Blanca tienen el futuro asegurado. Y eso es lo único que les importa: sus carreras políticas. La ciudadanía se la trae al pairo. Stoltenberg ya tiene asegurado su puesto como gobernador del Banco Central de Noruega cuando deje su cargo en la OTAN.

Los políticos europeos han olvidado que están al servicio de los ciudadanos que les eligieron para sus cargos (directa, o muy indirectamente, en el caso de los burócratas de Bruselas). En lugar de ello, se han puesto a las órdenes de una potencia extranjera, cuyos intereses geopolíticos pasan por la destrucción de la Unión Europea, porque la consideran un adversario en su apuesta por un mundo unipolar. El levantamiento de un nuevo telón de acero por parte de los líderes de la UE entre dos partes de Europa absolutamente simbióticas representa una traición a los intereses de los ciudadanos que deberían defender. La ciudadanía debería tomar buena nota y actuar en consecuencia.

Cómo se podía haber evitado la guerra en Ucrania

La actual guerra en Ucrania es la consecuencia de la decisión estratégica que tomó Estados Unidos cuando Gorbachov disolvió la Unión Soviética. Después de cuarenta años de guerra fría, Washington tenía ante sí dos opciones: cambiar la mentalidad y tratar de incorporar a Rusia a Occidente o, por el contrario, continuar con el marco vigente durante cuatro décadas, declararse vencedor de la contienda y proceder a expoliar sus inconmensurables riquezas. Haciendo caso omiso a sus propios expertos en geopolítica, que aconsejaban integrar a Rusia de algún modo a la esfera occidental, y advertían contra la tentación de humillarla, (y siguen haciéndolo, como Kissinger recientemente en Davos), Estados Unidos optó por colocarse los laureles de ganador de la fría contienda e ir no sólo a por Rusia, sino a por todo el planeta.

En papel mojado quedaron las promesas hechas a Gorbachov por parte de los líderes occidentales de que la OTAN no se expandiría “ni una pulgada” hacia el Este si la URSS consentía la unificación de Alemania. En papel mojado quedó también la “Carta de París para la nueva Europa”, firmada por Estados Unidos, la URSS, Canadá y los jefes de Estado europeos, que proclamaba el arrumbamiento de la dinámica de bloques de la guerra fría y el fin de la división de Europa que trajo el telón de acero. En papel mojado quedaron pactos y promesas, porque su cumplimiento hubiera significado la renuncia de Estados Unidos a convertirse en la potencia hegemónica del mundo. ¿Por qué se hicieron esas promesas y se firmaron esos pactos? Porque si existe una palabra para definir la política de Estados Unidos, esa es la hipocresía.

En diciembre del año pasado, Rusia hizo públicos dos documentos. Uno, el que había enviado a Estados Unidos y otro, a la OTAN, en el que presentaba dos borradores de acuerdo, con la intención de negociar sus propuestas de seguridad. Aunque eran ciertamente maximalistas (una retirada de la OTAN a sus posiciones anteriores a la expansión, desde 1997, hacia el Este de Europa; la renuncia a que Ucrania y Georgia entraran en la OTAN; y garantías jurídicas por escrito de todo ello), los rusos subrayaron que se trataba de unas propuestas que estaban dispuestos a negociar.  El viceministro de Exteriores, Sergei Ryabkov lo dejaba claro, al mismo tiempo que advertía sobre la trascendencia del asunto: “No se trata de que estemos dando algún tipo de ultimátum, no lo hay. Lo que pasa es que no se debe subestimar la seriedad de nuestra advertencia”.

¿Cuál fue la respuesta de Estados Unidos? Pues básicamente que lo único que estaban dispuestos a negociar era de qué color pintaban los misiles, subrayando que la adhesión de Ucrania a la OTAN no era asunto que le incumbiera a Rusia, y rechazando de plano entablar un diálogo sobre sus principales demandas. Radio Free Europe/Radio Liberty, el órgano de propaganda de Estados Unidos durante la guerra fría, que sigue activo, desacreditaba las propuestas rusas tildándolas de “lista de deseos”. Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, se apresuraba a descalificar el intento de negociación de Rusia, alegando que no tenía nada que opinar en relación con la pertenencia de Ucrania a la organización atlantista.  William Courtney, un exfuncionario del Departamento de Estado que ahora trabaja para la RAND Corporation (un think tank financiado por el gobierno estadounidense, autor de un estudio para desequilibrar a Rusia mediante sanciones) alegaba que negociar las propuestas rusas significaría una forma de «formalizar esferas de influencia», algo inaceptable para Estados Unidos y Europa.

La propuesta de Rusia cayó en saco roto, la negociación que reclamaba no se produjo y Estados Unidos optó por tratar al país más grande y rico del mundo, a una potencia que cuenta con misiles hipersónicos capaces de transportar sus más de 6.000 ojivas nucleares, como si fuera un país del Sahel: con prepotencia y desdén.

Fuente: SIPRI. Stockholm International Peace Research Institute.

Estados Unidos es un país asaltador de países, como demuestra su amplia historia de intervenciones en otros Estados con el objetivo de expoliar sus recursos naturales, sean estos la fruta (el primer golpe de Estado organizado por la CIA tuvo lugar en Guatemala, porque al presidente Jacobo Arbenz se le ocurrió nacionalizar las tierras de la United Fruit Company, a cambio de una compensación); el cobre (como ocurrió con el golpe de Estado de Pinochet, apadrinado por Washington); o el petróleo (como pasó con el ataque de la OTAN a Irak, después de habernos contado el cuento de las inexistentes armas de destrucción masiva que albergaba el malo de turno, Saddam Hussein).

Intervenciones de Estados Unidos en Iberoamérica en los siglos XX y XXI. 

En el caso de Rusia, con Yeltsin a Estados Unidos le fue de perlas. Después de haber etiquetado como “demócrata” al responsable de haber cañoneado al primer parlamento democráticamente elegido tras la disolución de la URSS, los años 90 fueron de vino y rosas para los intereses de Washington y el Fondo Monetario Internacional, que actúa bajo su égida. Tan bien le iba con Yeltsin, que asesores de Estados Unidos trabajaron en la campaña electoral de 1996 para lograr su reelección. Lo que consiguieron, para satisfacción de quienes diseñaron el plan para expoliar las riquezas del país eslavo, en lo que puede calificarse como la mayor transferencia de riqueza pública a manos privadas de la Historia.

Cuando Vladimir Putin fue cooptado por Yeltsin para presidir Rusia, en un principio intentó llevarse bien con Occidente. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Putin fue el primer jefe de Estado que llamó a George H. Bush para expresarle sus condolencias, y brindarle su colaboración. Putin ofreció a Bush establecer bases estadounidenses en Asia central para su guerra contra Afganistán. Justo un año antes, Putin había comentado la posibilidad de que Rusia formara parte de la OTAN. Sin embargo, si Estados Unidos hubiera aceptado incorporar a Rusia a Occidente, habría tenido que aceptar de algún modo un liderazgo compartido con la otra gran potencia nuclear, algo que no entraba en sus planes. Estados Unidos aspiraba a la hegemonía mundial, entonces y ahora.

La doctrina Monroe, el destino manifiesto, el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, la única nación indispensable… muchas han sido las coartadas fabricadas por Estados Unidos para intentar dotar de un armazón ideológico a lo que no es otra cosa que su intención de implantar su hegemonía para controlar los recursos naturales del planeta, a mayor gloria de las corporaciones que diseñan su política exterior. 

Desde esos presupuestos ideológicos, Estados Unidos desechó la idea de reiniciar las relaciones internacionales tras la caída de la Unión Soviética, conservó el mismo marco mental de la guerra fría y emprendió la expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia. Ya en el año 2004, durante la revolución naranja en Ucrania, el columnista conservador Charles Krauthammer anticipó lo que Estados Unidos venía tramando: “Se trata de Rusia en primer lugar, la democracia en segundo lugar…. Occidente quiere terminar el trabajo iniciado con la caída del Muro de Berlín y continuar la marcha de Europa hacia el este…. El gran premio es Ucrania.

De todos los asesores en geopolítica con que ha contado, Estados Unidos prefirió seguir la línea del ya difunto Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional con Jimmy Carter, y que en 1997 expuso en su libro “El gran tablero: la primacía americana y sus imperativos geoestratégicos” su proyecto para Rusia: trocearla en tres repúblicas. La parte europea estaría controlada por sus vecinos europeos occidentales; la segunda república, la siberiana, integrada en Asia Central, sería tutelada por Turquía, y una tercera república, en el extremo oriente, estaría bajo control japonés, un fiel aliado de Estados Unidos. Brzezinski denominaba “vasallos” a los países europeos, a Turquía y a Japón. Algo que, en el caso de la Unión Europea, se ha mostrado como una realidad, a la vista de lo ocurrido con su seguidismo de las sanciones contra Rusia, impulsadas por Estados Unidos, que van en contra de los intereses europeos.

Veinte años después, se podía encontrar la influencia de las ideas de Brzezinski en la prensa de Kiev, aunque en 2014 se planteaba despiezar a Rusia en partes más pequeñas y manejables.

A la luz de estos antecedentes, ¿Cómo se podía haber evitado la guerra en Ucrania?  En primer lugar, Estados Unidos debería de haber renunciado a su pretensión de erigirse en la única potencia de un mundo unipolar, y haber apostado por construir relaciones económicas y comerciales que supusieran un beneficio mutuo para todos los participantes en ellas. Estados Unidos debería haber asumido que en el mundo, aparte de Rusia, han surgido otras potencias, como China, y otras que están saliendo del subdesarrollo, como India, con las que hay que contar a la hora de organizar ese mundo basado en reglas del que Estados Unidos tanto habla pero que, a la hora de la verdad, pretende basar no en reglas, sino en las arbitrariedades que mejor se acomodan a sus intereses. Baste como muestra de esas arbitrariedades la próxima visita de Joe Biden a Arabia Saudita, régimen autoritario y antidemocrático donde los haya: lo importante en este caso es el petróleo, no los derechos humanos. 

Estados Unidos debería haber sabido leer a Rusia. Debería haberse dado cuenta de que esta potencia había salido del hoyo en el que fue sumida en los años 90, y que la expansión de la OTAN hasta sus mismas fronteras iba a desatar una reacción de autodefensa por parte de una nación con armamento nuclear. Una nación que se sentía acorralada, como ya habían advertido gran parte de los politólogos estadounidenses, que anticiparon ese comportamiento si la OTAN amenazaba con fichar a Ucrania para el equipo construido por Estados Unidos para alzarse con la hegemonía mundial.

Para haber evitado la guerra proxy de Estados Unidos contra Rusia en Ucrania, los dirigentes ucranianos deberían haber cumplido los acuerdos que firmaron en Minsk, en 2014 y 2015, que establecían un alto el fuego bilateral inmediato y un estatus de autonomía, dentro de Ucrania, para las regiones del Donbass. Unos acuerdos que los sucesivos gobiernos de Ucrania no sólo no cumplieron, sino que se dedicaron, en su lugar, a bombardear a la población civil del Donbass, provocando más de 14.000 muertos y 30.000 heridos.

Para haber evitado la invasión rusa de Ucrania, los dirigentes europeos que apadrinaron los acuerdos de Minsk (Angela Merkel y François Hollande) deberían haber presionado a Kiev para cumplirlos, en vez de mirar hacia otro lado.

Mucho se ha hablado en los medios occidentales de la acumulación de fuerzas rusas en la vecindad de la frontera con Ucrania, pero poco, o nada, de la concentración de efectivos ucranianos en las proximidades de la línea de contacto en Donbass, que indicaban la alta probabilidad de un asalto definitivo en febrero a las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, tras ocho años de bombardeos.

Para haber evitado la invasión rusa de Ucrania, su presidente actual, Volodimir Zelensky, debería haber rechazado el papel de proxy que, sin embargo, ha abrazado con ardor, para desgracia del pueblo ucraniano. Un candidato que ganó las elecciones con un programa de paz, apoyado por el 70% de los votantes, que afirmó que acabar con la guerra (en el Donbass) era tan sencillo como dejar de disparar. Ya como presidente hizo todo lo contrario de lo prometido en campaña, rematando su vuelco brutal cuando subrayó, en la Conferencia de Seguridad celebrada de Múnich el 19 de febrero, cinco días antes de la invasión rusa, que Ucrania no tenía por qué seguir renunciando a albergar armas nucleares. Quizá ésta fue la espoleta que terminó provocando la invasión.

En el reciente foro de Davos, el director del Organismo Internacional de la Energía Atómica, Rafael Grossi, desveló, ante la estupefacción de los panelistas, que Ucrania alberga en la central nuclear de Zaporiyia, la más grande de Europa, varios cientos de kilos de material con el grado suficiente de enriquecimiento para convertirse en armas nucleares. Así que cuando Zelensky advirtió en Múnich que Ucrania estaba dispuesta a salirse del Memorándum de Budapest, firmado en 1994, por el que Ucrania renunció a albergar armas nucleares, además de abrir la puerta a que alguien estacionara bombas atómicas en su país, sabía que Ucrania ya está en disposición de fabricarlas.

Para haber evitado que la guerra civil en Ucrania se transformara en una guerra abierta en el corazón de Europa, con enormes riesgos de que degenere en una conflagración mundial, habría hecho falta voluntad política para evitarlo. Sin embargo, la voluntad política de Estados Unidos iba en la dirección contraria. Desde que organizó el golpe de Estado del Maidán en 2014, el objetivo de Washington era utilizar como ariete a Ucrania para provocar la invasión rusa, lo que finalmente ha conseguido.

Para haber evitado la guerra en Ucrania, la Unión Europea debería haber apostado por la vía diplomática, en lugar de seguir ciegamente la estrategia de sanciones impulsada por Estados Unidos. Una estrategia que se está demostrando como un auténtico fracaso a la hora de detener la guerra, que está golpeando a los hogares más pobres de los países que aplican las sanciones y consiguiendo un enriquecimiento de Rusia, debido al incremento desorbitado de los precios del gas y del petróleo. Además, Rusia está sorteando las sanciones vendiendo más gas y petróleo en Asia. ¿Pero cómo podía haber apostado la Unión Europea por la negociación cuando el jefe de su diplomacia, Josep Borrell, afirma que “la guerra tendrá que decidirse en el campo de batalla”? Rusia no sólo está ganando la guerra militarmente, sino que podría estarla ganando incluso en el terreno mediático. Así que con figuras como Borrell, vamos apañados.

Estados Unidos está inmerso en una fuga hacia adelante. Ahora ya no es sólo su guerra contra Rusia en Ucrania. También ha abierto otro frente con China, a quien ha amenazado con una intervención militar si intenta tomar la isla de Taiwán por la fuerza. Un desafío que ya ha sido contestado por China de la manera más asertiva posible: no dudará en ir a la guerra por Taiwán.

¿A qué responde esta actitud cada vez más beligerante de Estados Unidos? Estos dos gráficos quizá nos puedan dar la respuesta. La deuda federal ascendió en 2021 a más de 28 billones, con B, de dólares. Esa cifra representa un endeudamiento equivalente al 137,2% de su PIB (Producto Interior Bruto), cuando hace diez años representaba un 100% del PIB. Si en lugar de tratarse de Estados Unidos, estuviéramos hablando de otro país, que no tuviera la capacidad de imprimir billetes sabiendo que habría demanda de su moneda, ese país estaría en vísperas de ser rescatado por el FMI. Con la diferencia de que en el caso de Estados Unidos, su deuda es sencillamente impagable.

Deuda Federal de Estados Unidos en porcentaje del PIB

Deuda federal de Estados Unidos en millardos de dólares. (Billions en inglés).

La política del quantitative easing” desarrollada por la Reserva Federal, el eufemismo empleado por los economistas para designar a la máquina de imprimir billetes, es una de las responsables de que Estados Unidos esté batiendo récords de inflación actualmente. Janet Yellen, la responsable de la Reserva Federal desde 2014 a 2018, y actual Secretaria del Tesoro, acaba de reconocer que se equivocó cuando afirmó que la inflación elevada no iba a representar un problema a largo plazo. Que mediocridades de este nivel detenten los más altos cargos económicos gubernamentales nos dice mucho de ese país que se proclama faro del mundo libre.

La otra responsable de la inflación que actualmente está devastando el poder adquisitivo de la clase trabajadora es la huida hacia delante de un imperio en decadencia, incapaz de asumir que es un gigante con los pies de barro y opuesto a construir otro tipo de relaciones internacionales que no se basen en la agresividad perpetua. Cuando los imperios se derrumban, son tremendamente peligrosos. Y cuando tratan de ocultar sus problemas internos fabricando enemigos externos, las consecuencias pueden ser letales para el planeta.

La hoja de ruta de Estados Unidos hacia la hegemonía mundial se tuerce en Ucrania

Los planes de Estados Unidos para evitar el surgimiento de un mundo multipolar y erigirse en la potencia hegemónica global se están torciendo en Ucrania. Después de más de 20 años acorralando a Rusia con sucesivas ampliaciones de la OTAN, Washington sí ha conseguido despertar al oso ruso, y meter una cuña, hasta el momento, entre la Unión Europea y Rusia, como comentaba en un artículo anterior. Sin embargo, su hoja de ruta se ha topado con problemas en los demás frentes, empezando por el bélico, y siguiendo con los “daños colaterales”: el incremento meteórico de los precios de la energía, el aumento de la inflación hasta niveles récord, la escasez de comida y las consiguientes revueltas sociales, como en Sri Lanka. La falta de apoyo a las sanciones de un número significativo de países con peso político, y densamente poblados, tales como China, India, México, Brasil o Indonesia, es otro obstáculo, éste quizás insalvable, en la hoja de ruta diseñada por los cerebros instalados en la Casa Blanca para hacerse con el mundo.

Aunque desde el minuto uno estaba claro que lo que se está produciendo en Ucrania es una guerra proxy, al viejo estilo de la guerra fría, entre Washington y Moscú, en Estados Unidos han tardado un tiempo en reconocer la evidencia. Ahora ya se admite abiertamente en foros internacionales, como el reciente de Davos, donde un senador norteamericano, Joe Manchin, se despachó del siguiente modo:   «Creo firmemente que nunca he visto, y las personas con las que hablo estratégicamente nunca han visto, una oportunidad más grande que ésta, para hacer lo que debe hacerse. Y Ucrania tiene la determinación de hacerlo. Deberíamos tener el compromiso de apoyar eso.» Por “hacer lo que debe hacerse” Manchin dejó claro que se refería a deshacerse de Putin. El senador descartó de plano la posibilidad de parar la guerra mediante un acuerdo negociado, y fijó el objetivo militar para Ucrania en la recuperación de la totalidad del territorio actualmente bajo control ruso, incluyendo los territorios que Ucrania perdió de facto tras el golpe de Estado de 2014: Crimea y parte de Donbass.

Por si quedaba alguna duda acerca de lo que el senador apuntaba, el Washington Post recalcaba en un artículo de Hal Brands, catedrático en la School of Advanced International Studies (SAIS), que “Rusia lleva razón: Estados Unidos está librando una guerra proxy en Ucrania”

Nadie con un mínimo de sentido común, comenzando por quienes instigaron la guerra en Ucrania y la están alimentando con el envío de armas, puede creerse que los objetivos militares que fijaba Joe Manchin en Davos estén al alcance de Ucrania. Actualmente, Rusia controla unos 100.000 kilómetros cuadrados arrebatados a Ucrania, según El País. Después de un repliegue hacia el Este y el Sur, Rusia domina ahora el acceso al Mar de Azov y avanza en los territorios del Donbass, donde el propio Zelensky reconoce que la situación es “muy complicada”.  Rusia tiene la capacidad nuclear para convertir no solo a Ucrania, sino al planeta, en cenizas en cuestión de horas, pero su estrategia y sus intereses son otros. Sus tiempos, también.

Lo que delata que la hoja de ruta de Washington en su guerra proxy contra Rusia se está torciendo es la aparición, en las últimas semanas, de algunos artículos de opinión en los medios de comunicación norteamericanos más influyentes que alertan de los errores de la estrategia estadounidense en Ucrania. Abrió el fuego contra la Casa Blanca la revista Foreign Policy, con un titular muy agresivo: “El peligroso nuevo resultado final para Ucrania de Biden: Sin final”. En el artículo, George Beebe, exjefe de análisis de Rusia para la CIA, advertía que la administración de Joe Biden podría estar olvidando que “el interés nacional más importante que tiene Estados Unidos es evitar un conflicto nuclear con Rusia”. También se decantaba por la negociación: “Necesitamos encontrar una manera de transmitir discretamente a los rusos que estaríamos dispuestos a aliviar las sanciones en el contexto de un acuerdo internacional». Estas afirmaciones suponen un cambio clarísimo en la narrativa que predomina en los medios de comunicación occidentales, en las que se nos vende a diario que Ucrania va ganando la guerra, se presentan las rendiciones de unidades del ejército ucraniano, como la del batallón Azov en Azovstal, como “evacuaciones”, y se pinta a un ejército ruso en retroceso, dando la victoria final de Ucrania en el conflicto como poco menos que asegurada.

Semanas después, el New York Times publicaba un artículo de opinión de su consejo editorial titulado “La guerra en Ucrania se está complicando y América no está preparada”. Tras la retórica habitual sobre el objetivo de liberar a Ucrania, el editorial se preguntaba si adentrarse en una guerra total contra Rusia iba a favor de los intereses norteamericanos, y deslizaba la posibilidad de una paz negociada en la que Ucrania tuviera que tomar “decisiones duras”. Calificando el momento actual de “confuso”, el diario urgía a Biden a aclarar si el fin de la guerra continuaba siendo alcanzar la paz y la seguridad, y no otros objetivos, como debilitar a Rusia de manera permanente o derribar a Putin. Sin clarificar sus verdaderas intenciones, la Casa Blanca estaba poniendo en riesgo no sólo el apoyo de los votantes – aviso a Biden antes de las elecciones de noviembre desde un medio demócrata – sino la paz y la seguridad en el continente europeo.

El New York Times tildaba de irreal el objetivo de que Ucrania recobrara el territorio que Rusia controla de facto desde 2014, y advertía de que unas expectativas poco realistas podrían enfangar al país en una guerra sin fin. Recordando que Rusia es una potencia nuclear, el diario apuntaba que debían ser los ucranianos quienes debían tomar esas “decisiones territoriales duras” a las que aludía previamente, lo que entre líneas se lee como una llamada a que los Estados Unidos permitan al gobierno de Ucrania que, por una vez, tome sus decisiones.  Finalizaba el NYT emplazando a Biden a que dejara claro a Zelensky que hay un límite hasta el que puede llegar Estados Unidos en su apoyo, y que las decisiones deberían tomarse en base a valoraciones realistas, no en función de una “victoria ilusoria”. En el foro de Davos, hasta Henry Kissinger aconsejó a Ucrania ceder territorio para firmar un acuerdo de paz con Rusia.

En el diario Washington Post, Katrina vanden Heuvel toca otro tema sensible en relación con la guerra de Ucrania: la necesidad de abrir un debate a fondo sobre la estrategia de Estados Unidos en el conflicto. Tal y como venía denunciando Stephen F. Cohen en numerosos artículos, en la sociedad norteamericana se ha instalado una corriente de pensamiento en torno a la relación con Rusia que no admite la más mínima discrepancia. Apoyándose en falsedades, como el dossier Steele, un documento que hasta el Wall Street Journal tildó de engaño, y que alimentó el Russiagate – la supuesta injerencia de Rusia en las elecciones de 2016 – el establishment estadounidense ha cercenado de raíz cualquier debate sobre la política que Estados Unidos debe mantener con Rusia: sólo cabe la mano dura y la demonización de Putin. Cualquier referencia a una posible distensión con el Kremlin es calificada poco menos que de traición. En el olvido quedan los acuerdos para reducir el arsenal nuclear que Ronald Reagan firmó con Gorbachov, en 1987, cuando existía la Unión Soviética, por poner sólo un ejemplo.

Katrina vanden Heuvel comienza su artículo de manera tajante: “Ha llegado la hora de desafiar el punto de vista ortodoxo sobre la guerra en Ucrania”. Dado que Estados Unidos está en una guerra proxy con Rusia, la autora se pregunta cómo es posible que sus peligros, ramificaciones y múltiples costes no estén siendo un tema central en los medios, ni objeto de análisis, discusión y debate. La columnista, que es miembro del Council on Foreign Relations, denuncia que aquellos que se apartan de la línea de pensamiento ortodoxa sobre el tema son excluidos o marginalizados en los grandes medios de comunicación, por lo que califica de poco saludable el “sesgo de confirmación” al que tiene que hacer frente el ciudadano cuando trata de informarse sobre la guerra en Ucrania.

Después de resaltar que quienes sacan determinados temas en relación con Ucrania, como el papel de los neonazis, son inmediatamente desprestigiados, y de recordar que los ucranianos ponen los muertos mientras las grandes empresas de armamento estadounidenses se están forrando con la guerra, la autora reclama la presencia de voces alternativas en los medios de comunicación, recordando la sentencia del periodista Walter Lippmann: “Cuando todos piensan parecido, nadie está pensando mucho”.

“Tiempo para una pausa estratégica en la expansión de la OTAN”, titulaba The Hill el 21 de mayo, en referencia a la reciente solicitud de Finlandia y Suecia para adherirse a la OTAN, bloqueada hasta el momento por Turquía. “(…) el deseo de humillar a Putin y reforzar el dominio militar global de Estados Unidos es miope y peligroso. Corre el riesgo de escalar, expandir y prolongar la guerra en Ucrania. Aumentará enormemente la probabilidad de un intercambio nuclear, que fácilmente podría convertirse en un holocausto global”.

“Estados Unidos no puede obligar al resto del mundo a apoyar a Ucrania. Este es el porqué”, rezaba un artículo en Politico. Los dos autores, empleados en distintos think tanks, ponen el dedo en la llaga: “No ayuda que Washington defienda sus sanciones sobre la base de que son necesarias para castigar a los países que amenazan el orden global basado en reglas. Para gran parte del Sur Global, esta línea de argumentación es hipócrita dada la historia de Washington de deshacerse de estos mismos principios cuando es conveniente”.

La hipocresía es la clave de este asunto. El relato hollywoodiense con el que Estados Unidos nos está vendiendo su guerra proxy contra Rusia en Ucrania cada vez cuela menos. Los políticos occidentales, y los medios de comunicación que les sirven de altavoces, nos presentan el conflicto como una contraposición entre los “valores democráticos” de un “mundo basado en reglas” frente al “autoritarismo” de Vladimir Putin.  Sin embargo, Estados Unidos mantiene relaciones fluidas con regímenes tan autoritarios como la “Rusia de Putin”, si no más. Por ejemplo, con todas las monarquías del Golfo Pérsico, donde no han oído hablar ni de partidos políticos ni de elecciones, con las que Estados Unidos no sólo cultiva relaciones diplomáticas y comerciales, sino que jamás les ha planteado ningún tipo de “exigencias democráticas”. Esas se reservan, de manera muy selectiva, para aquellos países que optan por modelos económicos y políticos distintos que, casualmente, chocan con los intereses económicos, políticos o geoestratégicos de Estados Unidos. Es muy larga la lista donde la intervención de Estados Unidos ha consistido en una inversión del relato maniqueo de demócratas contra dictadores. Tan larga como la de los golpes de Estado en los que participó la CIA en el siglo XX, tal y como detalla Tim Weiner, ganador del premio Pulitzer, en “Legado de cenizas. La historia de la CIA”.  

A juzgar por los artículos reseñados, en Estados Unidos voces mediáticas muy cualificadas están demandando un giro de la estrategia en Ucrania. Tal y como se está desarrollando la guerra, es probable que ese cambio se produzca. Si finalmente ocurre así, ¿en qué posición va a quedar la Unión Europea? Hasta el momento, la subordinación de Bruselas a los intereses geoestratégicos de Washington ha sido completa, a pesar de que los “daños colaterales” de las sanciones están afectando en mayor proporción a la UE que a Estados Unidos, por una simple razón: la proximidad geográfica a Rusia, que ha estimulado el abastecimiento de energía desde las fuentes más cercanas. Esto que ahora los medios tratan de vendernos con el término “dependencia”, de connotaciones negativas, y que responde, por el contrario, a la lógica económica: comprar más cerca y más barato, y no más caro y más lejos, como ya está haciendo la Unión Europea con el gas natural licuado de Estados Unidos. Un suministro que nos sale un 40% más caro y que, además, es incapaz de satisfacer las necesidades actuales de consumo de la UE.

El sexto paquete de sanciones, aprobado el 30 de mayo en el Consejo Europeo, supone un acuerdo de mínimos que contempla el embargo parcial al petróleo ruso, pero con excepciones para Hungría, la República Checa y Eslovaquia, y periodos transitorios sin especificar. Da la sensación de que los líderes europeos primero sancionan y luego piensan en cómo salir del atolladero en que se han metido. En el que han metido a la ciudadanía europea. Lo único que va a conseguir esta nueva andanada de sanciones bumerán será incrementar el precio del petróleo, como ocurrió nada más aprobarse el paquete: un incremento del 2%, con el barril de Brent ya por encima de 120 dólares. Las sanciones impuestas por Estados Unidos, la Unión Europea, y algunos países más, lo único que han conseguido es que Rusia gire hacia el Este y gane más dinero vendiendo gas y petróleo, ante el aumento de sus precios en el mercado mundial.

El balance por cuenta corriente de Rusia ha arrojado un superávit de 95.800 millones de dólares en los cuatro primeros meses de este año, frente a los 27.500 millones en el mismo periodo en el año anterior, alcanzando la mayor cota desde 1994. Incluso con restricciones a la exportación de petróleo, Capital Economics calcula que el superávit podría alcanzar los 264.000 millones de dólares este año.

Fuente: Bloomberg, 16 de mayo de 2022

Además, las medidas adoptadas por el gobierno ruso para proteger su moneda, junto al incremento del precio de la energía, han propiciado que el rublo sea la moneda con mejor desempeño en el mundo en lo que va de año. Aunque se ha producido un descenso en el volumen de las exportaciones rusas debido a las sanciones, el aumento en los precios de las materias primas compensa con creces estas caídas.

Fuente: https://www.cambioeuro.es/grafico-euro-rublo/

En el frente oriental, a la administración Biden tampoco le están saliendo las cosas muy bien. En la cumbre celebrada en Washington con los países de la ASEAN, la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental, a pesar de los esfuerzos de Estados Unidos por conseguir un comunicado duro de condena a la invasión rusa de Ucrania, la declaración conjunta de clausura sólo contenía un llamado para poner fin a los combates, brindar asistencia humanitaria y defender los principios de “soberanía, independencia política e integridad territorial”, sin mencionar siquiera a Rusia. Quizá frustrado por este fracaso, días después Biden amenazaba a China con una intervención militar si se atrevía a tomar Taiwán por la fuerza. Sin embargo, la potencia asiática continúa ascendiendo. Una reciente encuesta realizada por Japón mostraba que los países de la ASEAN consideraban a China como el socio comercial más importante en el futuro, en detrimento del propio Japón, que caía ocho puntos en la encuesta y bajaba al segundo lugar, y de Estados Unidos, que se quedaba en el tercero.

A Estados Unidos tampoco le fue mejor en el cónclave de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), celebrado en Bangkok posteriormente, al que asistieron 21 países. Cuando el ministro de desarrollo económico de Rusia, Maxim Reshetnikov, se preparaba para intervenir, los únicos representantes que se levantaron de la reunión fueron los de Estados Unidos, Australia, Canadá, Japón y Nueva Zelanda. Los asistentes de los otros 16 países permanecieron en sus asientos para escuchar al ruso. 

En el tablero geopolítico actual, los dirigentes de la Unión Europea están tomando decisiones políticas erróneas, porque van en contra de los intereses económicos, políticos y geoestratégicos de la propia Unión. Son decisiones que sólo benefician a Estados Unidos, cuyo objetivo es debilitar a cualquier competidor que pueda hacerle sombra en su carrera hacia la hegemonía mundial, incluyendo a la propia Europa.

Las consecuencias de estos errores las estamos pagando ya los ciudadanos de a pie, en forma de inflación, que ha llegado a un máximo histórico en la zona euro: 8,1% interanual en mayo. La energía ha subido un 39,2% este mes, frente al 37,5% de abril. Los alimentos, un 7,5%, frente al 6,3% del mes anterior. Y lo malo es que esto es sólo el principio: lo peor está aún por llegar.  

Ucrania y las Islas Salomón: líneas rojas y doble rasero

El 24 de abril, tan sólo 5 días después de que las Islas Salomón y China firmaran un acuerdo de seguridad, el primer ministro australiano, Scott Morrison, declaró que la hipotética construcción de una base militar china en el archipiélago constituía una línea roja para Australia y para los Estados Unidos. A pesar de que la posibilidad sugerida por Morrison fue desmentida tanto por el gobierno de las Islas Salomón como por China, el primer ministro del archipiélago, Manasseh Sogavare, denunció el 5 de mayo que había recibido amenazas veladas de una invasión por parte de los oponentes al acuerdo con China: “Deploramos la continua demostración de falta de confianza de las partes interesadas y la advertencia tácita de una intervención militar en las Islas Salomón si su interés nacional se ve socavado.

Con una población diseminada de 650.000 habitantes en un archipiélago de más de 900 islas e islotes, la antigua colonia británica obtuvo su independencia en 1978. Las Islas Salomón forman parte de la Commonwealth y su soberana sigue siendo la reina de Inglaterra. A tenor de las declaraciones del primer ministro australiano, la emancipación de la excolonia británica no ha sido asumida por Australia ni por Estados Unidos. Tan sólo tres días después de que el gobierno del archipiélago firmara el acuerdo con China, una delegación norteamericana de alto nivel aterrizaba en las islas. El objetivo: organizar un “diálogo estratégico de alto nivel”, así como acelerar la apertura de una embajada, ya que el acuerdo con China presenta “potenciales implicaciones de seguridad, tanto para Estados Unidos como para sus aliados”.

En dicha reunión, los altos funcionarios estadounidenses explicaron a los gobernantes de las Islas Salomón que respetaban su soberanía, pero que “Si se toman medidas para establecer una presencia militar permanente de facto, capacidades de proyección de poder o una instalación militar, la delegación señaló que Estados Unidos tendría preocupaciones importantes y respondería en consecuencia, tal y como señalaba con posterioridad al encuentro un comunicado de la Casa Blanca.

Fuente: Google Maps

El acuerdo firmado con China supone avanzar en el giro estratégico que las Islas Salomón dieron en 2019, cuando dejaron de lado sus relaciones con Taiwán para iniciarlas con Pekín. Con motivo de ese cambio, el primer ministro afirmó que había «colocado al país en el lado correcto de la historia». Dos años más tarde, en noviembre de 2021, cuando comenzó a rumorearse la plasmación de un acuerdo de seguridad con China, una oleada de disturbios provocó saqueos, incendios y víctimas mortales en la capital, Honiara. La mayoría de los asaltantes provenían de otra isla, Malaita, en la provincia más poblada del archipiélago, cuya administración había recibido fondos de Estados Unidos, al margen del gobierno central, tras mostrarse en contra del giro estratégico del primer ministro hacia China, en detrimento de Taiwán. Malaita recibió 25 millones de dólares de Estados Unidos, lo que supone una cantidad 50 veces superior a la ayuda proveniente de donantes el año anterior, según un investigador australiano. Chad Morris, el funcionario para Asuntos Públicos de la Embajada de Estados Unidos en Papúa-Nueva Guinea, declaró al respecto de los fondos suministrados por su país que «Al igual que con los muchos programas con el gobierno de EE. UU., hay un proceso bastante largo por recorrer… no hay intención de hacer de esto un movimiento político«.

El acuerdo de seguridad entre las Islas Salomón y China tiene vertientes distintas a las que pretenden buscarle los Estados Unidos y Australia. Según Marcos Bosschart, un experto en la zona que escribe en El siglo de Asia, «Muchos países de la región son de los más bajos del mundo sobre el nivel del mar, islas, archipiélagos, y por lo tanto los primeros amenazados de desaparecer ante el cambio climático. Muchos de ellos buscan socios para poder luchar contra el cambio climático e incluso, si llegara a ser necesario evacuar el país. Las Islas Salomón han firmado este acuerdo no solo para “pacificar” sus constantes revueltas multiétnicas y sociales, sino también como una posible respuesta ante los desastres naturales en su territorio. Para que China pueda asistirles de una manera más eficiente, de lo que podrían hacerlo con sus propios recursos».

El criterio aplicado a las Islas Salomón por parte de Estados Unidos y su aliado en el Pacífico Sur contrasta con el que utilizan con Ucrania. Mientras se amenaza, de manera poco velada, con intervenciones directas en el archipiélago si el acuerdo de seguridad con China derivara en la construcción de instalaciones militares, Washington ha afirmado en repetidas ocasiones que Ucrania “está en su derecho” de escoger sus alianzas en el plano internacional y, por tanto, de formar parte de la OTAN, recriminando siempre a Rusia que tildara de línea roja la adhesión de Ucrania a la alianza, tratando así de interferir con tal decisión soberana. Sin embargo, Australia, erigida en portavoz de Estados Unidos, usa la misma terminología, línea roja, para calificar una intención negada por los firmantes del acuerdo: la construcción de una hipotética base China en las Islas Salomón. El doble rasero a la hora de manejar el término resulta flagrante: los mismos que se arrogan el derecho de establecer líneas rojas para las alianzas internacionales se lo niegan a otros.

Adicionalmente, la carta fundacional de la OTAN no determina que los países, en general, tienen “derecho” a formar parte de la organización militar, sino que su artículo 10 estipula lo siguiente: Las Partes pueden, por acuerdo unánime, invitar a ingresar a cualquier Estado europeo que esté en condiciones de favorecer el desarrollo de los principios del presente Tratado y de contribuir a la seguridad de la zona del Atlántico Norte”.  Como vemos, la iniciativa debe partir necesariamente de los países que ya conforman la OTAN, y debe producirse por unanimidad, como demuestra lo que está ocurriendo con Finlandia y Suecia. Tras mostrar estos sus intenciones de solicitar su ingreso a la alianza atlántica, Turquía se había posicionado en contra, lo que amenazaba la adhesión de estos países. Una conversación telefónica de Jens Stoltenberg con el ministro de Asuntos Exteriores de Turquía, Mevlüt Çavuşoglu, sumada al reconocimiento por parte de funcionarios de Estados Unidos de que estaban trabajando para “aclarar la posición” de Turquía, parecía haber hecho cambiar de criterio a Recep Tayyip Erdogan durante el pasado fin de semana. Sin embargo, el lunes 16 de mayo, el presidente de Turquía volvía a mostrar su oposición al ingreso de Finlandia y, sobre todo, Suecia, debido a la política de asilo a miembros del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), a quien Ankara considera una organización terrorista. A la hora de publicar este artículo, el asunto seguía en el aire, aunque está claro que Turquía está tratando de obtener contrapartidas a cambio de levantar su veto al ingreso de Suecia y Finlandia. 

La posición geográfica de las Islas Salomón, situadas al noreste de Australia, colocan al archipiélago en la retaguardia del cerco militar que Estados Unidos ha venido construyendo alrededor de China desde el final de la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo con David Vine, el mayor experto estadounidense sobre el tema, los Estados Unidos cuentan con 119 bases en Japón, donde tiene desplegados de manera permanente 63.690 soldados. La gran mayoría de las bases norteamericanas en Japón fueron instaladas en 1945, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, y en los años inmediatamente posteriores. En Corea del Sur, son 28.503 los efectivos estacionados, de manera constante, en las 76 instalaciones militares con las que cuenta Washington en aquel país.  A estos efectivos hay que sumar los 11.295 desplegados en las 47 bases que mantiene en la isla de Guam, las 12 bases instaladas en las Islas Marshall, las 8 que tiene en Filipinas, 7 en la propia Australia, 5 en las Islas Marianas, y otras desperdigadas por Tailandia, Camboya, Indonesia, etc. En total, Estados Unidos dispone de alrededor de 750 bases en todo el mundo, con 175.000 soldados desplegados de manera constante fuera de su territorio.

Días antes de la invasión rusa de Ucrania, la revista Foreign Policy publicaba un artículo titulado “Washington debe prepararse para una guerra con Rusia y China”. El autor, Matthew Kroenig, es el subdirector del Atlantic Council’s Scowcroft Center for Strategy and Security, uno de los think tanks más influyentes a la hora de delinear la política exterior de Estados Unidos, junto con el Council on Foreign Relations (CFE) y el Center for a New American Security (CNAS). Es decir, que conviene tomarse en serio sus publicaciones. En el artículo, el autor afirma sin rodeos que “Estados Unidos sigue siendo la principal potencia mundial con intereses globales y no puede darse el lujo de elegir entre Europa y el Indo-Pacífico. En cambio, Washington y sus aliados deberían desarrollar una estrategia de defensa capaz de disuadir y, si es necesario, derrotar a Rusia y China al mismo tiempo”.

Para conseguir el objetivo de “derrotar a Rusia y a China en espacios de tiempo superpuestos”, el autor aboga por incrementar el gasto militar en Estados Unidos hasta doblarlo, llegando así al 5,6% del PIB. También propone impulsar el QSD, Quadrilateral Security Dialogue, también conocido como QUAD, una iniciativa que partió de Japón, al menos sobre el papel, y que incluye a India, Australia y Estados Unidos. El QSD desarrolló maniobras militares navales de envergadura el año pasado en la costa de Malabar, en India, tras las cuales China se apresuró a calificar a la alianza como la OTAN asiática.

Estados Unidos se está inclinando por incrementar la presión sobre China apoyándose en herramientas ad hoc. El 15 de septiembre de 2021 se anunció la creación de AUKUS, un pacto entre Washington, Australia y el Reino Unido para compartir tecnología militar avanzada. El acuerdo significó una bofetada en el rostro a Francia, miembro de la OTAN, puesto que supuso la cancelación por parte de Australia de un contrato para adquirir submarinos franceses convencionales y comprar, en su lugar, submarinos estadounidenses con propulsión nuclear. El monto del contrato perdido por Francia se calcula en unos 56.000 millones de euros, aunque la valoración fluctúa según las fuentes.

A resultas de la cancelación del contrato por parte de Australia, que París calificó de “puñalada por la espalda”, Francia llamó a consultas a sus embajadores en Canberra y Washington, anunció que lo ocurrido tendría consecuencias en la OTAN, acusó de mentir a Estados Unidos, y habló de “crisis grave”. Por su parte, la Unión Europea mostró su enfado por no haber sido avisada con anterioridad de la creación de AUKUS, que nació el mismo día que Josep Borrell presentaba la estrategia de la Unión Europea para la región Indo-Pacífico. Sin embargo, a pesar de las alharacas, las aguas volvieron a su cauce: la sumisión por parte de la Unión Europea a los postulados de los Estados Unidos. Así lo estamos viendo con ocasión de la estrategia de sanciones diseñada por Washington con el objetivo de debilitar la economía rusa y propiciar un cambio de régimen allí, tal y como se le escapó a Joe Biden en un discurso pronunciado en Polonia.

Da igual que los tres países miembros de AUKUS hayan anunciado el desarrollo de armas hipersónicas, y que hayan dejado claro que en este asunto no van a incluir ni a la OTAN ni, por supuesto, a la Unión Europea. A pesar de las humillaciones, Bruselas continúa con el seguidismo de una estrategia que supone un claro perjuicio para la economía y el bienestar de los ciudadanos europeos, tal y como está siendo advertido por dirigentes y medios de comunicación de la propia Europa, y reconocido por los burócratas de Bruselas que instigan la subordinación ante Washington, en contra de los intereses europeos. 

El presidente de Bulgaria, Rumen Radev, denunciaba recientemente que la falta de conversaciones de paz y la apuesta por alimentar la guerra con el suministro de armas a Ucrania significan “la autodestrucción económica de Europa”.

Una encuesta realizada en Alemania arrojaba datos más que preocupantes: un 49% de los alemanes tenía que realizar recortes financieros debido al alza de los precios de la energía y de los alimentos. Además, el 46% de los más de 5.000 alemanes encuestados se declararon en contra de tener que asumir personalmente los costos adicionales de la política de sanciones.

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, recientemente reelegido, advirtió en su discurso al tomar el cargo queHungría no impedirá las sanciones en aras de la unidad europea hasta que cruce la línea roja, poniendo en peligro la seguridad energética del país”. La sexta ronda de sanciones contra Rusia que preparaba la Unión Europea ha sido vetada precisamente por Hungría. El embargo que la Unión pretendía imponer al petróleo ruso ha sido la línea roja que Orbán no ha querido cruzar, que ha calificado de “bomba atómica” para la economía de su país la adopción de un embargo a los productos energéticos rusos: el 85% del gas y el 60% del petróleo que recibe Hungría provienen de Rusia.

Hungría carece de salida al mar, por lo que necesitaría un periodo de cinco años, y miles de millones de euros, para adaptar su infraestructura y poder recibir gas y petróleo de proveedores alternativos a Rusia. Sin embargo, Lituania ha acusado a Viktor Orban de tener como “rehén” a la Unión Europea por negarse a cometer lo que sería un suicidio económico para su país, y el resto de miembros está redoblando su presión sobre Hungría.  Eslovaquia y la República Checa también han solicitado un periodo transitorio de dos años para dejar de comprar petróleo a Rusia.

Ante la negativa de Hungría a suicidarse, el propio Josep Borrell reconocía que “Las sanciones hacen daño a quien se sanciona, en primer lugar, y tiene efectos colaterales indirectos en quienes imponen esas sanciones”. Una afirmación muy discutible en lo que respecta a quién sufre el mayor daño, en el caso de algunos países de la Unión Europea. Pero Borrell no se paraba ahí, sino que continuaba: “Tenemos que acabar con la dependencia energética de Rusia, y se tiene que hacer gradualmente y a buen ritmo. Pero se tiene que hacer sí o sí. Los debates van a seguir para responder al cómo, al cuándo y a qué coste tendrá que soportar cada Estado miembro”. Tras referirse al gasto necesario para modificar las infraestructuras, Borrell terminaba reconociendo que hay un coste estructural permanente, que tiene que ver con la diferencia de precio entre el crudo ruso y otros crudos que cuestan más.

Por lo que estamos viendo, se pretende hurtar a Hungría su derecho a tomar sus propias decisiones, incluso si de ellas depende su propia viabilidad económica. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ya ha anunciado que está a favor de reformar los tratados de la Unión Europea para evitar el engorro de tener que tomar decisiones por unanimidad en ciertos asuntos clave. La soberanía de los países viene a ser una cuestión elástica, dependiendo de las decisiones que pretendan tomar, porque hay cosas que se tienen que hacer sí o sí, como dice Borrell. Luego lo llamarán democracia.

La democracia sin libertad de expresión no es democracia

El Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos acaba de anunciar la creación de una Junta de Gobierno de la Desinformación. Aunque todavía no están claras cuáles serán sus atribuciones reales, Alejandro Mayorkas, el Secretario del Departamento, declaró que los objetivos de la Junta serían combatir las desinformaciones provenientes de los traficantes de personas, y de Rusia en materia cibernética y electoral. Al frente de la Junta de resonancias orwellianas, que ya ha sido calificada por el Partido Republicano como el “Ministerio de la Verdad”, Joe Biden ha colocado a Nina Jankowicz. Firme partidaria del Partido Demócrata – apoyó a Hillary Clinton y a Biden en sus campañas electorales – Jankowicz declaró que “Una de las razones clave por las que se estableció la Junta es para mantener el compromiso [del DSN] de proteger la libertad de expresión, la privacidad, los derechos y las libertades civiles”.  

El nombramiento de Nina Jankowicz ha despertado controversia tras difundirse un vídeo en el que Jankowicz se presenta como la “Mary Poppins de la desinformación”, lo que no debe distraernos de que lo fundamental no es el perfil de la persona a cargo de la Junta, sino la existencia misma de tal órgano.

La Unión Europea, por su parte, acaba de alcanzar un acuerdo político en torno a una Ley de Servicios Digitales. La iniciativa contempla varios objetivos, entre los que se incluyen evitar la propagación de contenidos ilegales en Internet, así como la difusión de desinformación. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se felicitaba por un acuerdo “histórico” para que «el entorno on-line siga siendo un espacio seguro, salvaguardando la libertad de expresión y las oportunidades para los negocios digitales».

Como vemos, tanto los Estados Unidos como sus fieles aliados a este lado del Atlántico se llenan la boca de “libertad de expresión” a la hora de crear organismos de vigilancia ad hoc o acometer cambios legislativos para combatir la “desinformación”. La pregunta brota por sí sola: ¿Quién decide lo que es “desinformación”? Si los poderes públicos se atribuyen tal prerrogativa, no cabe duda de que la libertad de expresión corre serio peligro, porque quienes ocupan los cargos son personas que tienen sus propias agendas políticas, en el mejor de los casos. En el peor, trabajan para implementar los objetivos de las corporaciones que financian sus campañas o para satisfacer las presiones de los lobbies de determinadas industrias. Aun en el caso de que aceptemos que existe desinformación ¿cuáles son los motivos por los que no puede publicarse? Poner límites a la libertad de expresión, con las contadísimas excepciones relativas a la apología explícita de la tortura y el asesinato, supone un oxímoron que cercena de raíz una de las bases de la democracia.

Se nos está presentando la actual guerra en Ucrania como un pulso entre los valores encarnados por las democracias occidentales frente al autoritarismo representado por Vladimir Putin. Ese relato se cae cuando el bloque occidental enarbola la censura precisamente para salvaguardar la democracia, con el argumento de que hay que frenar la desinformación y la propaganda. Como si los medios occidentales estuvieran libres de ambas. Censura, y no otra cosa, es prohibir que medios de comunicación rusos emitan sus informaciones en español, francés, inglés o alemán en los países occidentales, como ha ocurrido con RT o Sputnik. Plataformas digitales como YouTube también están bloqueando la emisión de contenidos en ruso por parte de los medios de dicho país. ¿Por qué los poderes públicos occidentales no dejan a la ciudadanía que escuche los mensajes de todas las partes en conflicto y que se forme su propia opinión? ¿Tienen miedo de que oigamos algo que no encaje con el relato, monolítico y maniqueo, que nos presentan los medios de comunicación occidentales? ¿Acaso tienen miedo de que pensemos y lleguemos a conclusiones “erróneas”?

Aunque la censura de los medios de comunicación rusos es inexcusable, incluso en una dinámica de guerra, los ataques a la libertad de expresión se perpetran no sólo contra el enemigo señalado por el bloque occidental, sino contra cualquiera que se atreva a cuestionar la narrativa diseñada en el Departamento de Estado, quien distribuye regularmente argumentarios entre los periodistas acreditados en Washington. Stephen F. Cohen, fallecido hace dos años, era catedrático emérito de Ciencias Políticas en la Universidad de Princeton. Su especialidad era la historia contemporánea de Rusia y sus relaciones con los Estados Unidos. Había vivido intermitente en Rusia durante largos periodos, tanto en la época soviética como después. Autor de numerosos libros y artículos, durante años apareció como comentarista en televisión y prensa, hasta que dejó de ser bienvenido donde antes lo era, según explica en la introducción a su libro War with Russia? From Putin and Ukraine to Trump and Russiagate. La condena al ostracismo fue provocada por sus opiniones: Cohen pensaba que eran las políticas de Washington las que estaban alimentando una nueva guerra fría tras la desintegración de la URSS, más que las promovidas desde Moscú. 

Cohen criticaba la falta de debate que asola Estados Unidos en lo que atañe al tipo de relación que debe mantener con Rusia. El académico denunciaba que la falta de contraposición de ideas sobre este asunto supone una lacra: impide la valoración de las políticas implementadas y de su efectividad a la hora de procurar un incremento de la seguridad de Estados Unidos, de Rusia y, por ende, del mundo. La ausencia de debate también supone un indicativo de la falta de libertad de expresión existente en Estados Unidos, ya que quienes se oponen a la demonización simplista de Putin y pretenden analizar las causas de su comportamiento, son inmediatamente tachados de marionetas del Kremlin, o de agentes encubiertos a su servicio, en una suerte de nuevo macartismo, que equipara la explicación con la justificación.

Stephen F. Cohen era un firme partidario de la distensión con Rusia y, al igual que otros expertos estadounidenses, venía advirtiendo de que la expansión de la OTAN hacia el Este y la posibilidad del ingreso de Ucrania en la alianza suponían un riesgo cierto de un conflicto bélico entre Estados Unidos y Rusia. Para Cohen, los ataques a Donald Trump comenzaron cuando el establishment se percató de la intención del ya expresidente de intentar mejorar las relaciones con Rusia. Todo el montaje denominado Russiagate, por el que Trump fue acusado de ser un agente del Kremlin, colocado por Putin en la Casa Blanca a través de unas supuestas interferencias rusas en la campaña electoral de 2016, sería un intento de desestabilizar al presidente de Estados Unidos que pretendía revertir las políticas iniciadas por Barack Obama, impulsor de las sanciones a Rusia desde 2014, para intentar una distensión.

Independientemente de la opinión que tengamos sobre los argumentos de Cohen, tendremos que coincidir en que la ausencia de debate sobre un tema tan capital supone un síntoma de falta de salud democrática en un Estado que se erige como paladín de los valores democráticos. Lamentablemente, la Unión Europea está siguiendo los mismos pasos. Cuando leemos en los días previos al acuerdo para la nueva Ley de Servicios Digitales, que la UE estaba preparando un proyecto “para detectar y corregir narrativas contrarias a los intereses europeos”, se nos encienden todas las alarmas.

Cuando el director de medios del Parlamento Europeo, Jesús Carmona, afirma que “China y Rusia venden que son países donde no se vive tan mal, pero nosotros no contemplamos que no se respete el Estado de derecho o que se justifiquen las torturas”, tenemos que preguntarnos qué dijo el Parlamento Europeo cuando Amnistía Internacional publicó un informe en el que detallaba cómo cuerpos policiales de países europeos habían detenido a distintas personas, para luego entregarlas a Estados Unidos, que a su vez las trasladaría a centros de detención en Afganistán y Guantánamo, donde todas ellas denunciaron haber sido torturadas. Dichas entregas se habrían producido en secreto y sin que mediara ningún proceso judicial.

El concepto de libertad de expresión que se está empezando a manejar en las democracias occidentales tiene poco que ver con la tolerancia de opiniones distintas a las que imponen las élites, a través de sus medios de comunicación y de sus tentáculos en las redes sociales. Ahora nos encontramos con una nueva figura para acallar a quienes manifiestan opiniones que no coinciden con las posiciones políticamente correctas en Occidente: la cultura de la cancelación. Anteponerle la palabra “cultura” a lo que no es sino otra forma de ejercer la censura supone otra manifestación del lenguaje orwelliano, tan en boga actualmente, como cuando la Unión Europea denomina Fondo para el Apoyo a la Paz a las partidas presupuestarias para suministrar armas con las que alimentar la guerra en Ucrania.

Por poner un ejemplo de lo que dejaremos en “cancelación” a secas, hablemos de lo ocurrido con J.K. Rowling, la autora de la saga de Harry Potter. Cuando Rowling criticó en un tuit que una publicación hablara de “personas que menstrúan” en lugar de mujeres, fue inmediatamente acusada de transfobia y “cancelada”: ni siquiera fue invitada por HBO a una reunión especial por el 20 aniversario de Harry Potter. Rowling denunció que había recibido suficientes amenazas de muerte como para empapelar su casa.

Existen ciertos temas sobre los que no se puede discutir, ni cuestionar la narrativa que las élites consideran correcta. Este ecosistema que excluye el debate, limita la libertad de expresión y promueve la “cancelación” de quienes tienen opiniones distintas a las delimitadas por los medios de comunicación masivos, o mainstream, no tiene nada de democrático.

La compra por parte de Elon Musk de Twitter ha levantado otra polvareda. Tras haberse declarado un “absolutista de la libertad de expresión”, los medios de comunicación han comenzado a citar declaraciones de “expertos” que advierten que la “cruzada” del multimillonario sudafricano para relajar la “moderación de contenidos” podría “inflamar el problema de odio y desinformación” que aqueja a la red social. Unos “expertos” que abogan por imponer límites a la libertad de expresión en la red, so pena de todo tipo de consecuencias negativas para la sociedad.

Los periodistas que no sólo cuestionan la narrativa oficial, sino que sacan a la luz hechos que contradicen los discursos que escuchamos a diario, también son víctimas de la falta de libertad de expresión que denuncia Stephen F. Cohen. La persecución que lleva años sufriendo Julian Assange, no sólo no está suscitando la indignación del gremio, sino que está pasando de puntillas sobre su caso. Assange es el paradigma de que cuando la libertad de expresión implica la denuncia de crímenes cometidos, presuntamente, por Estados Unidos, tal libertad acaba entre rejas. Además de exponer que las leyes estadounidenses tienen alcance extraterritorial: ningún país europeo había demandado a Assange por su trabajo en Wikileaks, a pesar de lo cual fue detenido en Europa y aprobada su extradición a Estados Unidos. Debemos recordar que este país no sólo no reconoce la jurisdicción de la Corte Penal Internacional de La Haya para sus nacionales, sino que promulgó una serie de sanciones contra la fiscal de la CPI por iniciar investigaciones sobre la conducta de ciudadanos estadounidenses e israelíes en Afganistán y Palestina, tal y como denunció Human Rights Watch.

Assange no es el único caso de periodista de investigación que ha sufrido represalias por hacer su trabajo en Occidente, donde supuestamente disfrutamos de democracia y libertad de expresión:

  • Gary Webb era un periodista de investigación del San José Mercury News que descubrió, en 1996, que la CIA usaba parte de los beneficios del tráfico de crack y cocaína en Estados Unidos para financiar a la contra nicaragüense, que luchaba contra el gobierno sandinista. Publicó un libro, Dark Alliance: The CIA, the Contras, and the Crack Cocaine Explosion, en el que recopilaba y ampliaba su serie de reportajes sobre el tema. Gary Webb apareció muerto en su apartamento con dos disparos en la cabeza. La investigación policial sobre su muerte concluyó que se había suicidado. La película “Matar al mensajero” cuenta su historia.
  • Philipp Marshall fue uno de los pilotos involucrados en el tráfico de cocaína destapado por Gary Webb. Autor de un libro sobre la presunta involucración de la administración de George H. Bush en los atentados del 11 de septiembre, apareció muerto junto a sus hijos, de 14 y 17 años, y su perro, cuando preparaba una nueva obra sobre el tema. La versión oficial es que primero mató a sus hijos y a su mascota y luego se suicidó.
  • Michael Hastings escribió un perfil en la revista Rolling Stone sobre Stanley McChrystal, comandante de la Fuerza de Asistencia de Seguridad Internacional de la OTAN en la guerra de Afganistán, donde documentó el desprecio del general y su personal por funcionarios civiles del gobierno de Estados Unidos y dio lugar a la renuncia de McChrystal. Trabajaba en un reportaje sobre la CIA cuando falleció en un accidente de automóvil: su Mercedes supuestamente estalló antes de estrellarse. Horas antes de su muerte había contactado con la abogada de Wikileaks, porque pensaba que el FBI le estaba siguiendo.
  • Pablo González es un periodista español que lleva dos meses detenido en Polonia, acusado de ser un espía ruso sin que, hasta el momento, el gobierno polaco haya presentado prueba alguna de sus acusaciones. Desde su detención, se le ha negado comunicarse con el abogado que había designado para su defensa, el español Gonzalo Boye, que denunció que Pablo había sido sometido a interrogatorios sin la presencia de un abogado. Finalmente, se le ha obligado a ser defendido por un letrado polaco. Lleva dos meses prácticamente incomunicado y sólo ha recibido dos visitas por parte del cónsul español en Polonia.

En la coyuntura actual, parece difícil que se repitiera un caso como el Watergate, en el que dos periodistas recibieron el apoyo del periódico en el que trabajaban para investigar y destapar un escándalo que le costó el puesto a un presidente de Estados Unidos.  Hoy en día, los periodistas de investigación, incluso los cómicos que se salen del relato oficial, están viendo cómo sus programas son borrados de YouTube y no pueden usar PayPal para pagar, además de ver cómo esta empresa se plantea retener el saldo que tuvieran en su cuenta.

En tiempos de la Unión Soviética, las emisiones en ruso de Radio Liberty (Radio Svoboda) eran interferidas por las autoridades soviéticas para evitar que su población recibiera los mensajes provenientes del bloque occidental, a los cuales tildaban de «propaganda capitalista». En el siglo XXI, el bloque occidental bloquea los medios de comunicación rusos para evitar que la ciudadanía tenga acceso a lo que califica de “propaganda rusa”. ¿Alguien nos puede explicar dónde radica la superioridad moral de las democracias occidentales respecto al autoritarismo soviético?

Por qué las sanciones a Rusia no detendrán la guerra en Ucrania, pero sí dañan la economía global

“Las sanciones son una gran parte de la estrategia de Estados Unidos. No es probable que derroten a Rusia, pero es probable que impongan altos costos en todo el mundo”. La frase no corresponde a ningún portavoz alineado con el Kremlin, sino que forma parte de un reciente artículo de Jeffrey Sachs en el sitio web de la CNN, un medio de claras simpatías por el Partido Demócrata. Este economista, formado en Harvard, fue uno de los ideólogos del proceso de privatización – ¿o habría que denominarlo saqueo? – que el Fondo Monetario Internacional implementó en Rusia durante el mandato de Boris Yeltsin. Que uno de los intelectuales estadounidenses más reputados se explaye contra las sanciones impulsadas por su propio país, seguidas ciegamente por la Unión Europea, y lo haga además en la CNN, significa que se empiezan a abrir grietas en el muro del relato que presentan los medios de comunicación occidentales.

Jeffrey Sachs enumera las causas por las que las sanciones no sólo no van a conseguir su presunto objetivo, detener la guerra en Ucrania, sino que, unidas al suministro masivo de armas al país invadido, están empujando a Rusia hacia una escalada que podría incitarle a hacer uso de armamento nuclear.

Estos son los problemas que presenta la estrategia diseñada por Estados Unidos, según el economista de Harvard. Unos inconvenientes que, como veremos más adelante, también son subrayados por The Economist, otro medio poco sospechoso de simpatizar con Putin:

  1. Las sanciones no funcionan como herramienta para cambiar las políticas de determinados países, por mucho daño económico que les causen. Ahí tenemos los ejemplos de Cuba, Corea del Norte o Irán, todos ellos sometidos a férreas sanciones y que, partiendo de realidades económicas y políticas muy dispares, han continuado por sus respectivas sendas.
  2. Existen métodos para evadir unas sanciones que son más efectivas cuando se aplican a transacciones denominadas en dólares. Tanto Rusia como los países con los que sigue comerciando están implantando vías de pago a través de otras divisas. Lo que unido a la decisión de confiscar la mitad de los activos de Rusia depositados en bancos occidentales está contribuyendo a socavar el poder del dólar.
  3. La mayoría de los países del mundo ha rechazado subirse al carro estadounidense de las sanciones. Según Sachs, la población conjunta de los estados que las aplican es de sólo el 14% de la mundial.
  4. El efecto bumerán es otro de los problemas que presentan las sanciones que pretenden, supuestamente, destruir la economía rusa para forzar a Putin a detener la guerra. Jeffrey Sachs alerta de lo obvio: las sanciones van a dañar a toda la economía mundial, provocarán interrupciones en la cadena de suministro, aumentarán la inflación, que ya venía disparada, y ocasionarán escasez de alimentos.
  5. La falta de elasticidad de la demanda de productos energéticos y alimenticios provenientes de Rusia llevará a un incremento de los precios de estas materias primas, lo que puede redundar en que, aun vendiendo menos, Rusia obtenga un mayor beneficio.
  6. El último problema que generan las sanciones, pero no el menos importante, es geopolítico. Hay muchos países, entre ellos China, que ven la guerra como la plasmación de la resistencia rusa a la ampliación de la OTAN hasta Ucrania, y que consideran legítimos los intereses de seguridad rusos que se estarían ventilando en esta contienda, tras haberse negado Estados Unidos, y la propia OTAN, a abrir una negociación sobre las propuestas de Rusia de diciembre pasado.

Después de esta crítica a la estrategia de las sanciones, y tras poner en solfa el carácter supuestamente defensivo de la OTAN, las conclusiones de Jeffrey Sachs resultan obvias: la única manera de parar la guerra es negociar con Rusia un acuerdo de paz, que incluya la garantía de que Ucrania no ingresará en la OTAN. Por muy difícil que esto pueda resultar, dadas las posiciones de los contendientes de la guerra proxy sobre suelo ucraniano, hay que intentarlo con todas las fuerzas, porque no queda otra, concluye Sachs.

Otra publicación nada sospechosa de connivencia con el Kremlin, The Economist, titulaba el 16 de abril: Por qué gran parte del mundo no hará frente a Rusia. Ilustrado con una foto en la que Vladimir Putin y Narendra Modi, primer ministro de la India, se saludan con efusividad, el artículo adelantaba los motivos bajo el titular: “El aumento de los precios de los alimentos y una historia de hipocresía y egoísmo occidentales no están ayudando”. En el desarrollo de la segunda causa, The Economist subraya que Occidente está obsesionado por un conflicto europeo que no representa una preocupación global, “mientras minimiza o ignora los abusos de derechos humanos en otros lugares”. El doble rasero que está aplicando Occidente en el caso de Ucrania resulta flagrante y sus preocupaciones, “egoístas e hipócritas”, sobre todo cuando se compara “la bienvenida cálida de Europa a los refugiados europeos, comparada con la que fue concedida a los refugiados sirios”. Dada la uniformidad que presentan en su argumentario, parece mentira que estemos leyendo a un medio de comunicación occidental, además de los más influyentes. Otra grieta en el muro, que suena a aviso a navegantes.

Fuente: The Economist.

Para tener alguna oportunidad de ser efectivas, las sanciones contra Rusia deberían ser adoptadas de manera si no unánime, algo harto improbable, sí al menos mayoritaria. Pero no es el caso. Las refinerías estatales de la India acaban de anunciar que comprarán la mayor cantidad de petróleo ruso posible, después de haber adquirido ya más de 15 millones de barriles desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania. Además, lo están adquiriendo con un descuento de entre 10 y 15 dólares por barril sobre el precio de referencia del mercado.

China ya ha declarado, en boca de su presidente, Xi Jinping, que “ampliar las sanciones pondría en riesgo la economía mundial, el orden y el bienestar público”. En su conversación con Joe Biden, Xi Jinping le espetó que las sanciones sólo conseguirían que la gente sufriera. Tales medidas solo harán que la crisis dure aún más, romperán las reglas y el orden internacional, empeorarán los medios de subsistencia de las personas y agravarán la tragedia humanitaria, según fuentes oficiales chinas.

Brasil es la primera economía de América Latina y su ministro de Economía, Paulo Guedes, afirmó recientemente que “Estamos contra la guerra y contra las consecuencias económicas de la guerra, que son las sanciones”, al mismo tiempo que se pronunciaba en contra de excluir a Rusia del G-20, tal y como propuso Joe Biden en una reciente visita a Bruselas.

Argentina es la segunda economía de América Latina, en términos de PIB por poder adquisitivo. Pues bien, su ministro de Asuntos Exteriores, Santiago Cafiero, declaraba recientemente que “lo que Argentina busca y propone es una vuelta al diálogo, pacificar la situación, y honestamente no creemos que repartir sanciones o bloqueos vaya a ser productivo para que se impongan la paz, el diálogo y la negociación diplomática”.

Sudáfrica, por su parte, se abstuvo en la votación de la Asamblea General de la ONU, celebrada el 2 de marzo, en la que la mayoría de los países participantes aprobó una resolución condenatoria de la invasión rusa de Ucrania, pero que contó con 5 votos en contra y 35 abstenciones.

Las sanciones a Rusia lo único que van a conseguir es que el Kremlin bascule hacia Oriente y el resto del mundo. Es lo que ha advertido el Fondo Monetario Internacional en su último informe: la guerra en Ucrania, y sus consecuencias, va a producir un desacople en la aldea global, una escisión en dos bloques. Por una parte, el occidental, formado por Estados Unidos y la Unión Europea, y por otra, el oriental, liderado por China en el terreno tecnológico, empresarial y productivo, con Rusia como socio principal. Pero las sanciones no van a conseguir que Rusia detenga su invasión, porque le queda mucho mundo con quien comerciar.

El periódico británico The Guardian también publicaba un editorial sobre el efecto que las sanciones a Rusia tendrán sobre otros países, especialmente los más pobres. Haciéndose eco de una publicación de UNCTAD, la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, el diario recogía las advertencias de este organismo acerca de las consecuencias de la guerra y de las restricciones en el comercio, provocada por las sanciones, en los países en desarrollo: un “malestar social profundo” y “una espiral descendente de insolvencia, recesión y desarrollo detenido”. En la primera frase de su informe, la UNCTAD, al igual que Jeffrey Sachs, se pronuncia a favor de la consecución de un acuerdo de paz en Ucrania. En relación con las sanciones a Rusia, el informe subraya específicamente que, aunque “no han desencadenado inmediatamente una crisis financiera internacional o efectos de contagio que indicarían una crisis para los mercados emergentes, esto no se puede descartar”.

La visión de The Guardian sobre el cerco de las sanciones: el dolor se siente mucho más allá de Rusia.

El informe de UNCTAD también alerta sobre el efecto disruptivo de las sanciones en la economía de Alemania, y añade que el anunciado incremento en el gasto militar sólo supondrá “una adición moderada a la demanda agregada”. El Bundesbank ya ha advertido de que un embargo a la energía rusa sumiría a Alemania en una recesión. De momento, el gobierno alemán va a solicitar un crédito de 40.000 millones de euros para paliar los problemas económicos derivados del suministro de armas a Ucrania y del incremento de los precios de la energía. El ministro de Finanzas alemán, Christian Lindner, advirtió de una “pérdida de prosperidad” como consecuencia de la guerra en Ucrania y las sanciones “sin precedentes” impuestas a Rusia.

En este contexto, el ajuste monetario anunciado por el Banco Central Europeo debilitará aún más el crecimiento del consumo y la inversión. En resumen, según UNCTAD, “La economía global está, literal y metafóricamente, mirando por el cañón de un arma”.

El ministro de Finanzas de Austria, Magnus Brunner, ha resumido en una frase el absurdo que representan las sanciones que conllevan un efecto bumerán: “Si una sanción te golpea más que al [país que era] objetivo de la sanción, creo que no tiene mucho sentido”. En la misma línea se pronunció el canciller austriaco, Karl Nehammer, cuando afirmó que es imposible en estos momentos rechazar las importaciones de gas ruso, y que la Unión Europea debía centrarse en sanciones que perjudiquen más a Rusia que al bloque.

Alemania, Austria, Hungría y Bulgaria ya han señalado que no van a renunciar a seguir importando gas de Rusia, ya que sus industrias necesitan dicha materia prima para funcionar. Las decisiones en estos asuntos han de tomarse por unanimidad en el Consejo Europeo, por lo que, ante la falta de ella, al Consejo no le ha quedado otra que dejar a cada Estado que decida cuál va a ser su posición sobre el embargo a las materias primas energéticas procedentes de Rusia, solicitado por el Parlamento Europeo.

El consorcio europeo Airbus también ha solicitado eximir al titanio, un metal estratégico para la industria aeronáutica, de los productos incluidos en las sanciones a Rusia. El argumento es similar al esgrimido por Austria: prohibir la importación de titanio dañaría al constructor de aviones europeos, mientras que apenas lo haría a Rusia.

Las sanciones dirigidas a dañar la economía rusa no sólo pueden tener un efecto bumerán, sino que pueden provocar el efecto contrario al que buscan: incrementar los beneficios del país que buscan dañar. Pongamos un ejemplo: la desconexión de Visa y Mastercard de sus tarjetas de crédito en Rusia. Esto ya ocurrió en 2014, por lo que Rusia implementó un Sistema Nacional de Tarjetas de Pago, conocido por sus iniciales NSPK. Visa y Mastercard se sumaron al sistema. En 2015, Rusia forzó el uso de tarjetas Mir basadas en el sistema NSPK. Esas tarjetas no utilizan el sistema de pago de Estados Unidos. Como consecuencia de las sanciones de Visa y Mastercard, en esa ocasión el banco central de Rusia recaudó 8.200 millones de rublos en ganancias netas, o alrededor de 94 millones de dólares al tipo de cambio actual. Rusia, en realidad, se benefició del supuesto castigo a su economía. En la actualidad, los bancos rusos están estudiando emitir tarjetas utilizando el sistema chino Union Pay, de manera coordinada con el sistema ruso Mir, por lo que serán los propios bancos rusos y chinos, en vez de los estadounidenses, quienes se lleven las comisiones de las tarjetas. Desde que cortó sus operaciones en Rusia a raíz de la invasión, VISA ha perdido 60 millones de euros en ese mercado, así como un 4% de sus ingresos. 

Otro de los problemas de las sanciones, como recordaba Jeffrey Sachs, es que existen métodos para sortearlas. El petróleo que sale de los puertos rusos se envía cada vez más bajo la etiqueta “Destino desconocido”. En lo que va de abril, se cargaron más de 11,1 millones de barriles en petroleros sin una ruta planificada, más que a cualquier país. Antes de la invasión rusa de Ucrania, esa cifra era próxima a cero. El uso de la etiqueta de “destino desconocido” es una señal de que el petróleo se transporta a barcos más grandes en el mar, donde el crudo ruso se mezcla con el que ya trae el barco, lo que difumina su procedencia. Esta es una práctica que ya ha sido utilizada por otros países objeto de sanciones por parte de Estados Unidos, como Irán y Venezuela.

Además, desde que comenzó abril, las exportaciones de petróleo desde puertos rusos con destino a países de la Unión Europea han aumentado a un promedio de 1,6 millones de barriles diarios.

Fuente: TankerTrackers.com reproducido en Mishtalk.com

Sintetizando lo expuesto hasta ahora, si parece claro que las sanciones presentan más problemas que soluciones y no van a servir para detener la guerra en Ucrania, ¿de dónde surge tanto interés por parte de Estados Unidos en implementarlas, presionando a lo largo y ancho del mundo a todos quienes se niegan para que lo hagan? Quizás se trate de que el objetivo de las sanciones no sea tanto detener la guerra en Ucrania, un conflicto que Estados Unidos está alimentando con el suministro continuo y en ascenso de armamento, sino que lo que se esté buscando es otra cosa: debilitar a Europa en su conjunto, así como impedir el buen entendimiento entre dos vecinos geográficos y complementarios, estratégicamente hablando: Rusia y la Unión Europea.

Viene al caso una frase que pronunció el presidente de Estados Unidos en 1941, Harry Truman, quien ordenó posteriormente el bombardeo atómico contra Hiroshima y Nagasaki, en relación con el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial: «Si vemos que Alemania está ganando, debemos ayudar a Rusia, y si Rusia está ganando, debemos ayudar a Alemania, y así dejar que maten a la mayor cantidad posible, aunque no quiero ver a Hitler victorioso bajo ninguna circunstancia».

Una frase que debería incitarnos a reflexionar frente al relato monolítico con el que nos bombardean a diario los medios de comunicación hegemónicos, con contadas excepciones.