La OTAN trata de mentalizarnos para una guerra contra Rusia

6 de febrero de 2024

Las élites pretenden convencernos de que Rusia atacará a la OTAN si no es vencida en Ucrania

Después de haber reconocido el fracaso de la contraofensiva de Ucrania, y de admitir que no prevé que el gobierno de Kiev recupere territorios en 2024, Estados Unidos está diseñando una nueva estrategia para la guerra en Ucrania. Por si acaso a alguien todavía le quedaba alguna duda del carácter de guerra subsidiaria del conflicto, que en realidad comenzó en 2014.

Según filtraciones al Washington Post, la nueva estrategia consistiría en “ayudar a Ucrania a defenderse de nuevos avances rusos mientras avanza hacia un objetivo a largo plazo de fortalecer su fuerza de combate y su economía”. Sin embargo, la narrativa que están construyendo los medios de comunicación convencionales para reformular la conflagración, a la vista del fracaso del esfuerzo de los 37 países que han aportado ayuda militar, financiera o humanitaria a Ucrania, es muy distinta. 

Titular del Washington Post del 26 de enero de 2024.

En una clara coordinación, unos días más tarde, el diario El País enviaba a los lectores en español el mismo mensaje.

Titular de El País del 4 de febrero de 2024.

En mi artículo anterior, ya me ocupé de “la teoría del dominó” que estaban esparciendo las élites y sus serviciales medios: “Si Putin gana, no se detendrá en la frontera con Ucrania”, resumía el exdirector de la CIA, Mike Pompeo. Por si este argumento no fuera suficiente para asustar a la población de Europa, quien se vería afectada por las supuestas ambiciones imperiales de Putin, asistimos a una cascada de declaraciones de altos cargos de la OTAN y de los gobiernos europeos, alarmando con la supuesta inevitabilidad de una guerra directa con Rusia.

Con el objetivo de manufacturar el consentimiento de la ciudadanía europea a un escenario tan apocalíptico, el de una guerra entre potencias nucleares, el bombardeo mediático al que nos someten va in crescendo.

El 19 de enero, Rob Bauer, el almirante al frente del Comité Militar de la OTAN, advertía de que “no todo va a ser guay en los próximos 20 años”, añadiendo: «No estoy diciendo que mañana vaya a ir mal, pero tenemos que darnos cuenta de que no podemos dar por descontado que estemos en paz. Por eso tenemos planes, por eso nos estamos preparando para un conflicto con Rusia y los grupos terroristas si llega el momento». Nótese la vecindad de las palabras “Rusia” y “terroristas” en la frase.

Titular de Vanguardia, México, del 19 de enero de 2024.

El mismo día, Emmanuel Macron pedía a los industriales  de defensa de Francia una transición a una “economía de guerra”, para poder seguir suministrando armas a Ucrania, porque «no podemos dejar que Rusia piense que puede ganar (…) Una victoria rusa es el fin de la seguridad europea». Macron utilizó la expresión “economía de guerra” seis veces en su discurso, por si quedaba alguna duda.

El mismo día – qué casualidad – el ministro de Defensa de Alemania, Boris Pistorius, afirmaba que Rusia podría atacar un país de la OTAN en un plazo de entre 5 y 8 años. El día anterior, el ministro de Asuntos Exteriores de Lituania abundaba en la “teoría del dominó”. Gabrelius Landsbergis declaraba que “Si Ucrania no derrota a Rusia, la victoria de Moscú no acabaría bien para Europa”.

Titular de Politico del 19 de enero de 2024.

Tres días más tarde, el 22 de enero, haciéndose eco de un artículo en el tabloide británico The Sun, La Razón reproducía las advertencias de varios “expertos” acerca de la necesidad imperiosa de una victoria de la OTAN frente a Rusia en Ucrania. Richard Barrons, exjefe de la Fuerzas Conjuntas del Reino Unido, opinaba que Putin ya considera el conflicto en Ucrania como una guerra contra la OTAN (como si no lo fuera), y que “se volverá contra la OTAN cuando no esté tan centrado en Ucrania”. El coronel estonio Andrus Merilo subía el tono: «Ucrania tiene que ganar esta guerra, no hay alternativa, o cualquier nación de la OTAN estará en riesgo».

Titular de La Razón del 23 de enero de 2024.

Tan sólo tres días después, el líder del Partido Popular Europeo, Manfred Weber, señalaba que «Europa debe crear disuasión, debemos ser capaces de disuadir y defendernos. (…) Todos sabemos que cuando las cosas se ponen difíciles, la opción nuclear es la realmente decisiva». Ante la perspectiva de una posible victoria de Donald Trump en noviembre, Weber enviaba un mensaje que no se corresponde con el papel de subordinación a Washington que ha adoptado la Unión Europea: «Independientemente de quién resulte elegido en Estados Unidos, Europa debe poder valerse por sí sola en términos de política exterior y poder defenderse de forma independiente».

Y para rematar, sólo faltaba Josep Borrell. En una columna para Le Nouvel Observateur, recalcaba que “La victoria de Ucrania es la mejor garantía de seguridad para Europa” y prevenía contra “las tentaciones de conciliación”. Borrell aprovechaba la ocasión para pedir el suministro de misiles de largo alcance a Ucrania y otras armas avanzadas, así como “un renacimiento de la industria de defensa europea”.

Para Borrell, el incremento del gasto en defensa de la Unión Europea en un 40% desde 2014 es insuficiente. También se lamenta de que la industria de defensa europea se vea “reducida a su capacidad de producción en tiempos de paz”. Con otras palabras, está exigiendo lo mismo que Macron: pasar a una economía de guerra.

¿El regreso de la mili obligatoria en Europa?

Ante un conflicto que ha ido disminuyendo su presencia en los medios de comunicación de masas, del que no se habla en los bares, y que la OTAN está perdiendo frente a Rusia, la estrategia de Estados Unidos y sus vasallos europeos se ha decantado por intentar mentalizar a la población de que Rusia va a escalar el conflicto, atacando países de la OTAN, si no es vencida en Ucrania.

El objetivo es meternos miedo, una de las palancas más efectivas para manipular al ser humano.

En lugar de reconocer su fracaso, lo que pondría a las élites en la picota, y a la ciudadanía en disposición de exigir responsabilidades políticas, nuestros dirigentes están optando por meternos en una dinámica de guerra directa contra la mayor potencia nuclear del mundo. Como si no hubieran aprendido nada de lo que está sucediendo en Ucrania, a pesar de los miles de millones inyectados en aquel país.

Las élites tratan de involucrar a la ciudadanía en sus planes de guerra, de convencernos de la inevitabilidad de su agenda política, como si no existieran alternativas para resolver los conflictos que instiga Estados Unidos en el mundo, para asegurar su primacía, en detrimento de sus propios aliados. Basta ver la situación a la que se ha visto abocada Europa desde el comienzo de la guerra en Ucrania.

El general Sir Patrick Sanders, jefe del ejército británico, insinuaba una recuperación del servicio militar obligatorio, refiriéndose a la necesidad de crear un “ejército ciudadano”. En su opinión, el ejército profesional del Reino Unido es demasiado pequeño para aguantar durante mucho tiempo una guerra contra Rusia. Aunque el gobierno rechazó esta posibilidad, calificándola de “no útil”, otros países europeos como Letonia y Suecia han desempolvado formas de servicio militar. Boris Pistorius, el ministro de Defensa alemán, dijo en diciembre que estaba “considerando todas las opciones”.

El ministro de Defensa británico, Grant Shapps, conmina a los transeúntes a entrenarse y equiparse para la guerra, ahora.

En el mismo sentido van las palabras de Carl-Oscar Bohlin, ministro de Defensa Civil de Suecia, que declaró ante un público atónito que “la guerra podría llegar a Suecia” y que la nación necesitaba prepararse para ello, rápidamente. El comandante en jefe del ejército sueco, Micael Bydén, intervino para remachar el mensaje: “La guerra de Rusia contra Ucrania es sólo un paso, no un final”. En una entrevista televisiva posterior, Bydén dijo que todos los suecos debían prepararse para la guerra: «Necesitamos darnos cuenta de cuán grave es realmente la situación y que todos, individualmente, deben prepararse mentalmente«.

Conviene recordar que fueron Napoleón y Hitler quienes invadieron Rusia, con los resultados ya conocidos. También resulta pertinente subrayar, porque occidente está enfrascado en reescribir la historia, que fueron las tropas del Ejército Rojo, y no las aliadas, las que liberaron Berlín. Fue la Unión Soviética quien puso toda la carne en el asador para librar a Europa de los nazis, dejándose en el empeño entre 26 y 27 millones de muertos. Por poner las cifras en perspectiva, los Estados Unidos sufrieron 420.000 víctimas mortales en la Segunda Guerra Mundial.

Los medios de comunicación occidentales y Hollywood llevan décadas trabajando para cambiar la percepción de la población sobre la importancia del papel de la URSS en la SGM. En 1945, en una encuesta realizada en Francia, el 57% de los sondeados pensaba que había sido Moscú quien había contribuido en mayor medida al esfuerzo bélico, frente al 20% que mencionaba a Estados Unidos. En 2004, cuando se repitió la encuesta, las cifras se habían invertido: sólo el 20% mencionaba a la URSS en primer lugar. La reescritura de la historia es otra pata de la estrategia para desprestigiar la imagen de Rusia.

Occidente trata por todos los medios de demonizar a Putin, porque se negó a ser otro Yeltsin que siguiera facilitando el saqueo. Se esfuerza por presentar a Rusia como una amenaza contra la democracia, mientras difama o condena al ostracismo a todos quienes disienten de la narrativa oficial, como le ha pasado al actor y comediante Russell Brand, tras unas oportunas acusaciones anónimas de abuso sexual. En algún caso se les deja morir en una prisión en Ucrania, como ha ocurrido recientemente con Gonzalo Lira, cuyos análisis, aún disponibles en redes sociales, incluían opiniones que cuestionaban el relato fabricado por occidente.

Por qué el establishment presenta a Trump como una amenaza

Manfred Weber, el citado líder del Partido Popular Europeo, se refería a la hipotética elección de Donald Trump como próximo presidente en los siguientes términos: «Queremos la OTAN, pero también tenemos que ser lo suficientemente fuertes como para poder defendernos sin ella o en tiempos de Trump». Daba así por sentado que, en el caso de una victoria de Trump, Estados Unidos iba a dejar colgada de la brocha a la Unión Europea, si Rusia no se contentara con el control de Ucrania y avanzara sobre países de la OTAN.

Titular de Politico del 25 de enero de 2024

Según el comisario francés Thierry Breton, en una tensa reunión en 2020, Donald Trump le dijo a Úrsula von der Leyen que Estados Unidos nunca acudiría en ayuda de Europa en el caso de que fuera atacada, y que la OTAN estaba muerta.  Sin embargo, el propio Trump relataba en un reciente mitin que, gracias a esa estrategia, consiguió que la Unión Europea aumentara su gasto en defensa en “miles y miles de millones de dólares”.

En la campaña electoral tras la que fue elegido presidente, Donald Trump estableció como una de las metas de su política exterior establecer relaciones estrechas con Rusia. A raíz de estas intenciones, el Partido Demócrata fabricó el denominado “Russiagate” a partir del “dossier Steele”, redactado por un exagente de inteligencia británico, que recibió 160.000 dólares del Comité Nacional del Partido Demócrata y del equipo de campaña de Hillary Clinton. El objetivo era vincular el éxito de Trump a una supuesta interferencia de Rusia en el proceso electoral estadounidense.

Los poderes fácticos que manejan la agenda política en Estados Unidos han apostado por el Partido Demócrata. Trump siempre resultó un personaje incómodo para el establishment. Inmediatamente después de que Rusia invadiera Ucrania, Trump declaró que tal cosa no se habría producido si él hubiera seguido siendo presidente. Una afirmación que ha repetido en varias ocasiones. Trump también se ha mostrado dispuesto a acabar con la guerra en Ucrania en un solo día. Una posibilidad que a Zelenski le pareció “muy peligrosa”.

A los neoconservadores que dirigen la política exterior de Estados Unidos esa hipótesis también les parece peligrosa. De ahí todos los esfuerzos que está haciendo el Partido Demócrata por, si no encarcelarle, al menos impedir que Trump se presente a las elecciones, con la colaboración de jueces afines, en un claro ejemplo de lawfare

Podemos pensar que las declaraciones de Donald Trump no pasan del mero electoralismo. Pero también podemos tener en cuenta los hechos y preguntarnos si, en este caso, expresa lo que realmente se propone si alcanza la presidencia. Si no, ¿a qué vino la campaña del Partido Demócrata para deslegitimar la victoria de Trump? ¿A qué vienen todos los intentos de impedir que vuelva a presentarse?

Con la excepción de Irán, de cuyo acuerdo nuclear se retiró, en política exterior Trump se ha mostrado partidario de dialogar con los adversarios de Estados Unidos: Rusia, Corea del Norte, China. Es la principal diferencia con Joe Biden, que carece de capacidad de interlocución, o de voluntad política, para hablar con los principales rivales de Washington. Se ve que al estado profundo le da miedo que el inquilino de la Casa Blanca departa siquiera con sus adversarios, y lo confían todo al uso de la fuerza, o la amenaza de hacerlo, como palancas para implementar su dominio en el mundo.

Donald Trump con el líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, y con Vladimir Putin.

Ante el fracaso de su estrategia, Estados Unidos apuesta por la escalada

Los neoconservadores carecen de la más mínima capacidad de autocrítica. En lugar de reconocer el fracaso de su enfoque, lo que haría tambalearse los cimientos sobre los que se sustenta su arrogancia, su opción es incrementar la escalada bélica. Eso sí, achacándosela a su adversario.

La paz les viene muy mal para sus negocios, como acaba de reconocer el secretario general de la OTAN. Haciendo gala de una chocante sinceridad, Jens Stoltenberg reconocía en una entrevista que «Ucrania es un buen negocio para Estados Unidos. Y la mayor parte del dinero que Estados Unidos proporciona a Ucrania en realidad se invierte aquí en Estados Unidos, comprando equipos estadounidenses que enviamos a Ucrania. Así que esto nos hace a todos más seguros y [hace] que la industria de defensa de Estados Unidos sea más fuerte».

En Ucrania, durante su reciente visita de dos días, Victoria Nuland, la subsecretaria de Estado, se mostró confiada en que el Congreso apruebe el nuevo paquete de ayuda a Ucrania solicitado por Biden, por un importe de 61.000 millones de dólares. El principal cerebro tras el golpe de Estado del Maidán, en 2014, aseguró sentirse impresionada por la “unidad y resolución” que había encontrado en Kiev. El mismo día de su llegada, el 31 de enero, el Washington Post publicaba que Zelenski se aprestaba a destituir al general Zaluzhni, el jefe de las fuerzas armadas. Zelenski le solicitó la dimisión el 30 de enero, a lo que el general se negó. Tremenda demostración de unidad.

El 2 de febrero, el mismo diario titulaba así: “Ucrania informa a Estados Unidos sobre la decisión de despedir al comandante en jefe”. Según el Washington Post, el hecho de avisar con anticipación del previsto cese “refleja el papel influyente de Estados Unidos como el respaldo militar y político más poderoso de Ucrania”, y subtitulaba que la Casa Blanca ni apoyaba ni objetaba la medida.

Titular del Washington Post del 2 de febrero de 2024

Lo que denota esta deferencia es el papel subordinado del gobierno de Kiev respecto a la Casa Blanca. A pesar de que la Unión Europea ha contribuido financieramente en mayor medida que Estados Unidos a alimentar la guerra en Ucrania, y está siendo la principal perjudicada de la contienda, carece de peso político en el enfrentamiento, cuyo resultado va a determinar el futuro no sólo de Europa, sino del mundo.

Las instituciones de la Unión Europea son las que más ayuda han suministrado a Ucrania, según el Instituto para la Economía Mundial de Kiel. Ilustración: Statista.

Un portal de noticias de Ucrania recogía las dificultades que estaba encontrando Zelenski para encontrar a un sustituto de Zaluzhni, publicadas por el Washington Post“El retraso indica indecisión por parte del presidente, el jefe de la administración Andriy Yermak y el ministro de Defensa, Rustem Umerov, o confusión, ya que los candidatos potenciales pueden no querer asumir el cargo, dadas las débiles perspectivas de mejorar la situación en el campo de batalla en Ucrania en el futuro cercano”.

Una decisión que debía plasmarse en un decreto que, a la hora de publicar este artículo, no había sido promulgado. Cuando un presidente no es capaz de forzar la dimisión de un subordinado, ni es capaz de reemplazarlo, se enfrenta a una crisis política. Veremos cómo se resuelve pero, de entrada, el liderazgo de Zelenski queda muy debilitado.

Objetivo: alimentar la guerra en Ucrania hasta las elecciones presidenciales

Joe Biden ha invertido demasiado capital político como para dejar caer el conflicto en Ucrania antes de que se celebren las elecciones presidenciales, en noviembre. No se puede permitir dar ni un paso atrás, ni mucho menos reconocer el fracaso del proyecto. Así que el único camino que le queda es seguir escalando el conflicto.

Las élites occidentales tienen que luchar contra otro enemigo, además de Rusia, para convencer a la ciudadanía de que es necesario seguir enviando armas y dinero al gobierno de Kiev: el olvido. En paralelo a la progresiva evanescencia del conflicto en los medios de comunicación, la población se ha desconectado de la guerra en Ucrania: las banderas han desaparecido de los pocos balcones donde había, así como de los perfiles en redes sociales de quienes apoyan lo que está en boga en los telediarios. 

Titular de El País del 26 de noviembre de 2023.

Dirigentes europeos, como Josep Borrell, o el ministro de Economía alemán, Robert Habeck, tienen la desfachatez de reconocer que el modelo de negocio europeo se basaba en la energía barata procedente de Rusia y las oportunidades de negocio en el mercado chino. Haber asumido la agenda de sanciones dictada por Washington contra Moscú ha provocado la crisis de ese modelo, la desindustrialización de Alemania, y el empobrecimiento de la ciudadanía europea, víctima de una inflación desbocada.

Sin embargo, las élites europeas, en lugar de asumir responsabilidades por las nefastas consecuencias de sus políticas, siguen empecinados en ellas. Pretenden convencernos de que hay que seguir metiendo dinero en el pozo sin fondo de Ucrania, ahora bajo el pretexto de que, sin una victoria de Kiev, los siguientes en ser invadidos por Rusia seremos nosotros. Nos toman por idiotas.

La rebelión de los agricultores europeos, con manifestaciones, bloqueos y protestas en Holanda, Francia, Alemania, Portugal, Italia, Grecia, Polonia, Rumanía, Lituania, Bélgica y España, supone la primera señal de que la ciudadanía se está cansando de sufrir las consecuencias de las nefastas políticas adoptadas por la Unión Europea. Hasta la BBC reconoce que “el efecto dominó de la guerra en Ucrania ha provocado protestas en casi todos los rincones de Europa”.

El encarecimiento de los precios del diésel, motivado por las sanciones a Rusia, el incremento de la inflación, el levantamiento de las restricciones a las importaciones de cereal de Ucrania, que produce sin las estrictas reglamentaciones sanitarias y medioambientales europeas, y el fin de los subsidios gubernamentales al combustible, han conseguido llevar a los agricultores europeos a una situación límite.

La OTAN está empujando el conflicto Rusia – Ucrania hacia una “guerra mundial”.

En Francia y Alemania otros colectivos se han sumado a las protestas. Su ejemplo debería sacudir al resto de la sociedad europea para sacarla de la pasividad. Es hora de exigir responsabilidades a nuestros dirigentes y demandar una rectificación de sus políticas, porque si no lo hacemos ahora, además de llevarnos a la ruina, nos terminarán metiendo en otra guerra, como advierte el diario chino Global Times.

La Unión Europea plantea endeudarse para financiar a Ucrania

3 de enero de 2024

La Unión Europea pretende sortear el veto de Hungría endeudándose

Después de que Alemania, el primer contribuyente de la Unión Europea, pasara años renegando de los eurobonos, la Unión Europea está valorando ahora un plan para endeudarse y soslayar así el veto de Víktor Orbán a entregar 50.000 millones adicionales a Ucrania. De esa cantidad, 33.000 serían préstamos, y 17.000, ayudas a fondo perdido. En 2011, Ángela Merkel sostenía que los eurobonos supondrían “colectivizar” la deuda. La canciller alemana añadía que desincentivaría que cada país adoptara las medidas pertinentes para estabilizar sus economías. Era la época del austericidio.

En 2015, cuando Grecia, un país miembro de la Unión Europea, atravesaba una severa crisis económica, Bruselas la sometió a un chantaje brutal para que adoptara medidas draconianas de austeridad, a cambio de un préstamo de 50.000 millones. En ningún caso contempló la Unión un salvavidas en forma de deuda avalada por los Estados miembros.

Sin embargo, en el caso de Ucrania, que no es miembro de la Unión Europea, una fuente diplomática europea dejaba bien claro que hay una decisión política tomada para seguir financiando al gobierno de Kiev, del modo que sea: «No hay un plan B, hay varios. Si hace falta llegaremos hasta el Z». Así pues, el Financial Times se quedaba corto cuando titulaba que “La UE prepara un plan B de 20.000 millones de euros para financiar a Ucrania”.

Titular del Financial Times del 26 de diciembre de 2023.

Según este diario, el plan consiste en que los Estados participantes emitan garantías al presupuesto de la Unión Europea, que permitirían a la Comisión Europea recaudar en los mercados de capitales hasta 20.000 millones. Esta opción no precisa que los 27 Estados emitan garantías, siempre y cuando los principales participantes en la operación incluyan países con altas valoraciones de crédito. Es decir, Alemania y los denominados “frugales”. Aunque no se trata de una deuda mutualizada, pues no se requiere la implicación de todos los miembros, sí que se puede hablar de una deuda compartida por los Estados que aporten las garantías. No son eurobonos, pero se le parecen mucho.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué la Unión Europea tiene que endeudarse para financiar a un Estado ajeno, por mucho que acabe de acordar abrir conversaciones para que se incorpore en el futuro? Una hipótesis que Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, situaba no antes de 2030. Teniendo en cuenta la situación en el frente de guerra, la conjetura de Michel está sembrada de incertidumbres.

El fracaso del “proyecto Ucrania” supone el descrédito de occidente

Estados Unidos le vendió a la Unión Europea la piel del oso ruso antes de cazarlo. El planteamiento de Washington fue el siguiente: primero encargamos a la OTAN que prepare a Ucrania para la guerra, desde el golpe del Maidán, en 2014, usando la estratagema de los acuerdos de Minsk para ganar tiempo. Además, prometemos a Ucrania que va a entrar en la OTAN. Finalmente, intensificamos los bombardeos ucranianos sobre la población rusa de Donbass. Entonces, seguro que los rusos no aguantan más y les forzamos a invadir. Así lo pronosticaban numerosos expertos estadounidenses, que advertían de la respuesta segura que dicha estrategia iba a generar.

La invasión rusa de Ucrania, presentada por los medios occidentales como una guerra “no provocada”, ha sido de las más concienzudamente provocadas de la Historia.

Cuando los rusos invadan, continúa el relato de la Casa Blanca, ya tendremos preparadas unas sanciones económicas que van a hacer crujir su economía, a destruir el rublo y provocar un levantamiento popular contra “el régimen de Putin”. Ya estaremos nosotros allí para echar una mano y cambiarlo, como hemos hecho decenas de veces en otros países. Cuando consigamos el cambio de régimen en Moscú, todo estará chupado. Colocaremos en el Kremlin a un pelele al estilo de Yeltsin, y nos apropiaremos de los ingentes recursos naturales de Rusia. Mejor aún, apuntaban los europeos: la trocearemos en partes, montaremos repúblicas autónomas, y así el expolio sea más sencillo.

El problema es que el plan de Washington, jaleado por Bruselas, ha fallado irremisiblemente. Como he documentado en este blog, la economía rusa no sólo no ha crujido, sino que las sanciones han suscitado un proceso de sustitución de las importaciones, que ha propiciado un crecimiento de la producción industrial. Dimitri Medvedev, vicepresidente del Consejo de Seguridad Nacional de Rusia, agradecía irónicamente a occidente haber puesto en marcha las sanciones, ya que habían propiciado un incremento del PIB en Rusia, mientras Europa se tambalea hacia la recesión.

Por si faltaba algo, se ha cruzado por medio la nueva ronda de genocidio y limpieza étnica de la población palestina a cargo del Estado sionista, una execrable tarea para la que está demostrando su amplia experiencia y repugnante efectividad. La guerra de Ucrania ha sido relegada de los titulares, incluso de la cabecera del Washington Post. Señal del fracaso del proyecto, que deja a sus promotores a los pies de los caballos. La mayoría global del planeta está tomando buena nota de la decadencia de Estados Unidos y sus escasos aliados en esta aventura: la UE, Japón, Canadá, Australia y Corea del Sur. Y para de contar.

Cabecera del Washington Post, donde la sección “War in Ukraine” ha desaparecido.

Redefinir la derrota como una victoria y el robo como algo legal

Estados Unidos se ha visto forzado a admitir que en Ucrania las cosas no van según el plan. Así que los cerebros que manejan a Biden están preparando, a marchas forzadas, un cambio de narrativa para prolongar su guerra proxy contra Rusia.

De entrada, el nuevo relato viene impuesto por las dificultades para encontrar respaldo en el Congreso para seguir inyectando decenas de miles de millones de dólares al gobierno de Zelenski, calificado por algunos políticos europeos como un “agujero negro”. Para intentar convencer a los republicanos reacios a seguir financiando a Ucrania, la administración de Biden ha sacado un nuevo argumento: en realidad, muchos de esos miles de millones no van a parar a Kiev, sino a distintos Estados norteamericanos, donde se fabrican municiones y otras armas. Se trata de mantener la guerra viva hasta que se celebren las elecciones presidenciales, en noviembre de 2024. Largo me lo fías.

Por si acaso el Congreso termina oponiéndose a seguir metiendo dólares en el agujero negro, Estados Unidos ha propuesto al G7 un plan para “confiscar” 300.000 millones de dólares de activos rusos depositados en bancos occidentales, según Financial Times. Por el lado europeo, Alemania, Francia e Italia expresaron dudas sobre la legalidad de esta medida. Convertir el robo en algo legal debe suponer ciertas dificultades jurídicas, incluso para los antiguos imperios coloniales, construidos sobre el expolio de los recursos ajenos.

El premio Nobel de Economía Robert Shiller ha advertido que la “confiscación” de los activos rusos supondría un “cataclismo” para el dólar: “Esto destruirá el halo de seguridad que rodea al dólar y será el primer paso hacia la desdolarización, hacia la que muchos se inclinan cada vez más con confianza, desde China hasta los países en desarrollo, sin mencionar a la propia Rusia”. A pesar de los avisos que está recibiendo, no parece que occidente vaya a modificar su estrategia de huida hacia adelante, aunque las consecuencias sean tremendamente nocivas para sus propios intereses.

Simultáneamente, se está modificando la narrativa para vender como una “victoria” el hecho de que Rusia no haya borrado a Ucrania del mapa. Es lo que dijo Joe Biden frente a Zelenski en la Casa Blanca, el 12 de diciembre. En junio del año pasado, el propio Zelenski reconocía que Rusia controlaba aproximadamente un 20% del territorio de Ucrania. Tras los recientes avances rusos en Marinka y Avdeevka, probablemente ya sea más.

Si tomamos en consideración el papel de los medios occidentales para transmitir los mensajes del poder, habrá que colegir que algunos en la administración Biden dan por perdidos dichos territorios. Así habría que entender este titular de The New York Times: “Ucrania no necesita todo su territorio para derrotar a Putin”.

La teoría del dominó para seguir financiando la guerra en Ucrania

En sus giros de narrativa, occidente está cayendo presa de las contradicciones: por un lado, presenta la resistencia de Ucrania como una “victoria”. Pero tal victoria no debe de ser tal cuando, por el otro lado, esgrime la teoría del dominó. Un artículo de un ex alto cargo de la OTAN, publicado en el Atlantic Council, lo resume así: “Si Occidente flaquea en Ucrania, los Estados bálticos e incluso Polonia estarían directamente en la mira de Putin, aumentando las posibilidades de que Estados Unidos se involucre directamente debido a sus obligaciones en virtud del tratado de la OTAN”.

Mike Pompeo, ex secretario de Estado y ex director de la CIA, abundaba en el argumento: “Si Putin gana, no se detendrá en la frontera con Ucrania. Nuestros aliados y nuestros intereses enfrentarán una amenaza cada vez mayor, y el costo para Estados Unidos será mucho mayor. Es de nuestro interés fundamental proporcionar a Ucrania las armas para ganar y poner fin a la guerra”.

El mensaje está claro: los belicistas reclaman que continúe la financiación de la guerra en Ucrania. Con Estados Unidos enfrentando dificultades para conseguirlo, con su atención puesta en Israel y Oriente Próximo, ahora toca meter miedo a la población occidental con la posibilidad de que Putin no se pare en Ucrania.

Sin embargo, no parece que esas sean las intenciones de Putin. En unas recientes declaraciones, analizadas en profundidad aquí, el presidente de Rusia dejaba claro que no tenía interés alguno en el oeste de Ucrania, no digamos ya en otros países. Putin ha dicho que Rusia es un país muy grande, y que no le interesa adquirir más territorios. Entonces, rebatirán algunos ¿a qué viene la invasión de Ucrania? Putin lo aclaró: la motivación de Rusia fue la de proteger a la población rusa que vive en esos territorios que ahora controla, parcialmente.

Después de afirmar que Ucrania había sido “regalada” por Lenin cuando levantó la Unión Soviética, el presidente de Rusia dejaba clara su opinión sobre la costa del Mar Negro: «Todo el sureste de Ucrania siempre ha sido prorruso, porque históricamente son territorios rusos. Turquía lo sabe bien, toda la costa del Mar Negro pasó a manos de Rusia como resultado de las guerras ruso-turcas. ¿Qué tiene que ver Ucrania con esto? No tiene nada que ver con eso. Ni Crimea, ni toda la costa del Mar Negro en general».

En mi opinión, la guerra continuará hasta que Moscú controle todos los territorios de Ucrania poblados en buena medida por población rusa o rusófona. Eso significaría anexionarse toda la costa ucraniana del Mar Negro, quién sabe si incorporando también a Transnistria, esa franja pegada a Moldavia, independiente de facto, donde hay estacionado un contingente ruso. También hay población rusa en otras regiones, como Járkov y Dnipropetrovsk, cuyas capitales fueron fundadas hace siglos por el zar Alejo I y por Catalina La Grande, respectivamente. Putin también ha advertido que Odessa es una ciudad rusa.

Pero occidente no va a dejar que la realidad le estropee un buen titular, y Borrell insistía en que la propia existencia de Europa está en juego si Putin gana en Ucrania.

Las opciones de la OTAN: pocas y malas

Quienes diseñaron la operación para usar a Ucrania como un ariete contra Rusia se encuentran en una posición muy delicada. Está en juego el prestigio de la OTAN. Ante la tesitura actual, tienen pocas opciones para salvar la cara. Veamos cuáles son.

La primera opción es la de intentar presentar el actual statu quo como una victoria de Ucrania y tratar de congelar el conflicto a la coreana, una posibilidad que analicé en otro artículo, pero que carece de interés para Rusia, que no se fía de occidente tras el fiasco de los acuerdos de Minsk.

La segunda opción es seguir alimentando la guerra hasta las elecciones presidenciales en Estados Unidos, que es quien lleva la batuta, y confiar en la providencia para que ocurra algo que favorezca a Ucrania.

La tercera opción es la de orquestar una operación de falsa bandera, en la que Rusia aparezca como autora de alguna barbaridad, con el fin de justificar una escalada. Aunque la veo improbable, no hay que descartarla, teniendo en cuenta que Estados Unidos tiene amplia experiencia en esas artimañas en anteriores conflictos: contra España en Cuba, en Vietnam, etc.

La cuarta opción es cambiar de caballo en Kiev, donde los enfrentamientos entre Zelenski y el general en jefe, Zaluzhni, son palmarios y recogidos por los medios occidentales. Yulia Timoshenko, ex primera ministra, casualmente acaba de dar una entrevista, tras un largo tiempo en silencio. Zelenski se niega a negociar con Putin, de hecho lo ha prohibido por decreto, pero si occidente quiere jugar la carta de la negociación, puede verse tentado a cargarse esa figura, en cuyas relaciones públicas tanto ha invertido. No sería el primer juguete roto que abandona Estados Unidos.

La quinta opción no es tal: consiste en que Rusia alcance sus objetivos y occidente se vea obligado a asumir unos hechos consumados, que podrían incluir la creación de un “rump state” con los restos de Ucrania en los que Rusia no esté interesado, léase Kiev y Ucrania central, pero bajo el control de Moscú, para impedir cualquier avenencia con occidente.

Quedaría la incógnita de lo que sucedería con los territorios en el oeste de Ucrania que, antes de la existencia de dicho país, pertenecían a otros Estados, como Polonia, Hungría o Rumanía. Unos territorios que a Rusia no le interesan, al no haber población rusa, como ya ha dejado caer Putin.

La Unión Europea queda aislada, a merced de Estados Unidos

El único éxito que se puede apuntar Estados Unidos en su “proyecto Ucrania” consiste en haber levantado un nuevo telón de acero entre la Unión Europea y Rusia. Putin expresaba recientemente la profunda desconfianza que le representa Europa, y se echaba las culpas por haber confiado en occidente y haber intentado alcanzar una entente cordial. Un análisis de sus declaraciones lo encontramos aquí

Las posibilidades de que se recompongan las relaciones entre la Unión Europea y Rusia son remotas, incluso a largo plazo. A no ser que medie un “cambio de régimen” en Moscú, algo que parece poco probable. El modelo de negocio en el que se basaba la locomotora de la UE, Alemania y, por ende, el resto del bloque se ha desmoronado. Se acabó la energía rusa barata, abundante y cercana. Lo ha reconocido hasta Josep Borrell. Rusia ha encontrado otros clientes y no necesita a Europa, que ha quedado a merced de la energía, lejana y mucho más cara, procedente de Estados Unidos y otros proveedores, que tienen la sartén por el mango.

Flujos mensuales de petróleo transportado por mar desde Rusia, por destinos (millones de barriles). Gráfico: Financial Times.

Todo un océano separa a Europa de Estados Unidos. Es algo que a la élite europea se le olvida. Si finalmente Rusia se hace con el control de Ucrania, lo cual es muy posible, Washington no tendrá problema en abandonar el proyecto, al igual que salió corriendo de Vietnam o Afganistán, dejando esta vez a Europa en la estacada. Como decía al principio, la Unión Europea está valorando endeudarse para correr con la factura de seguir prolongando una guerra que diseñó Estados Unidos, persiguiendo sus intereses, contrarios a los de Europa.

El objetivo de occidente de aislar a Rusia internacionalmente también ha fracasado, según reconoce hasta The New York Times. Moscú se ha limitado a girar hacia el este, y la mayoría del mundo percibe la guerra en Ucrania como lo que es: un conflicto entre occidente y Rusia, y actúa en consecuencia.

Sin embargo, las élites europeas siguen abrazando la causa estadounidense con ardor, y la Unión Europea acaba de implementar el duodécimo paquete de sanciones contra Rusia. A sabiendas de que tales medidas han tenido el efecto opuesto al que perseguían: han debilitado a Europa y han fortalecido a Rusia. Han perjudicado a la ciudadanía europea, por cuyos intereses nuestros dirigentes debían velar. Y están tomando decisiones trascendentales para el continente sin que medie debate público alguno, tildando de “prorrusos” a quienes contradicen el discurso oficial.

La tan cacareada democracia europea de democracia tiene cada vez menos y sus élites parecen más preocupadas de hacer méritos de cara a sus carreras políticas que de ocuparse de lo que deberían: aumentar el bienestar de la ciudadanía.  

Mientras tanto, Estados Unidos sigue intentando fabricar una realidad en sus discursos que no existe más allá de sus ensoñaciones imperialistas. Antony Blinken señalaba en rueda de prensa que “En un año de profundas pruebas, el mundo miró a Estados Unidos para que liderara. Lo hicimos”. Si hay que hacer un balance de 2023, éste se ha caracterizado por lo contrario: la mayoría del mundo está dando la espalda a Washington.

Estados Unidos desafía a China y Rusia con un proyecto que pasa por Israel

13 de diciembre de 2023

Israel conocía los planes de ataque de Hamás con un año de antelación

Los ataques de Hamás del 7 de octubre le han venido muy bien a Israel, por varios motivos. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu inmediatamente los comparó con los sufridos por Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, pero adjudicándoles una mayor gravedad: equivalían a 20 veces aquellos atentados. Con esta hiperbólica equiparación, Netanyahu buscaba la justificación a su violenta respuesta, que sigue provocando la muerte indiscriminada de miles de palestinos. La reacción de Estados Unidos a los ataques del 11-S ha causado la muerte de entre 4,5 y 4,7 millones de personas, de manera directa o indirecta, en todas las guerras desatadas por Washington desde entonces. Netanyahu está emulando a sus patrocinadores.

Un mes desde los ataques de Hamás, han aparecido varias informaciones que delatan que Israel conocía los planes del grupo palestino desde hacía tiempo. The New York Times señala que desde hacía más de un año: Israel desechó un informe de inteligencia de 40 páginas, denominado “Muro de Jericó”, por considerar que los planes descritos eran demasiado ambiciosos y Hamás no tenía capacidad para llevarlos a cabo. Otro informe, esta vez de dos universidades estadounidenses, alerta de que algunos inversores conocían los planes del ataque con antelación, y utilizaron esta información para obtener beneficios en bolsa.

Titular de eldiario.es

Ante estas informaciones, cabe preguntarse si Israel dejó pasar los ataques, porque convenían a sus intereses. El largo tiempo de respuesta que necesitó para repelerlos también alimenta esta hipótesis. Un escenario que se ve reforzado cuando leemos que las Fuerzas de Defensa de Israel aplicaron la directiva “Mass Hannibal” en sus enfrentamientos con Hamás, según atestigua un coronel retirado. Un procedimiento por el cual el ejército israelí disparó contra sus propios soldados, y contra civiles israelíes, para evitar, supuestamente, que se convirtieran en cautivos.

¿Cuáles son esos intereses de Israel que tienen que ver con la Ruta de la Seda?

Desde su fundación como Estado, en 1948, la estrategia de Israel ha sido la de ocupar ilegalmente la mayor cantidad de tierras posible, eliminando o desplazando a la población aborigen: los palestinos. Los últimos ataques de Hamás han servido de excusa para que el Estado sionista emprenda una nueva fase de exterminio de la población civil, usando las armas proporcionadas por Estados Unidos, como ha denunciado Amnistía Internacional.

Sin embargo, a los planes históricos de Israel para hacerse con la totalidad del territorio palestino se suma un nuevo factor: el IMEC, o India – Middle East – Europe Corridor. Dirigiéndose a la Asamblea General de Naciones Unidas, Netanyahu mostró un mapa donde Israel, de color azul, abarcaba todos los territorios palestinos. A continuación, el primer ministro israelí dibujó con un rotulador el trazado del IMEC, presentándolo como el nuevo mapa de Oriente Próximo.

El IMEC es la respuesta de Estados Unidos a la Nueva Ruta de la Seda impulsada por China, y al Corredor Internacional de Transporte Norte Sur, apadrinado por Moscú, que discurre desde la India hasta San Petersburgo, y es considerada una ruta alternativa al Canal de Suez. El IMEC pretende conectar la India con Europa, a través de los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania, Israel y Grecia.

El IMEC afronta tremendos desafíos en su construcción. Desde el punto de vista geopolítico, potencias regionales como Egipto, Irán o Turquía se van a resistir al intento de ser marginalizadas. Erdogan ya ha anunciado su oposición al IMEC. «Decimos que no hay corredor sin Turquía», afirmó el presidente turco en la cumbre del G20 en India, y continuó: “Turquía es una importante base productiva y comercial. La línea más cómoda para el tráfico de este a oeste tiene que pasar por Turquía”. Erdogan apoya un plan alternativo para conectar el Golfo con Turquía, a través de Irak, denominado Development Road Project.

Desde el punto de vista práctico, hay muchos “eslabones perdidos” en los sistemas ferroviarios de la región del Golfo. En los trazados de ferrocarril que se contemplan para convertir en realidad el proyecto, enlazando el puerto de Haifa con distintos puntos del corredor, faltarían por construir 2.785 kilómetros en total.

India, a pesar de formar parte de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghái, no participa en la Nueva Ruta de la Seda. Esto se debe a que una de las partes del proyecto, el Corredor Económico China-Pakistán, pasa por los territorios indios ocupados por Pakistán, ilegalmente en opinión de Delhi. Por este motivo, India se ha mostrado favorable al proyecto del IMEC, para “contener” a China.

El IMEC frente al INSTC, como alternativas a la ruta del Canal de Suez.  

En 1963, el Departamento de Energía de Estados Unidos y el Lawrence Livermore National Laboratory crearon un plan para excavar un canal a través del desierto del Néguev, usando 520 bombas nucleares subterráneas, al que bautizaron con el nombre de la primera persona que ostentó el cargo de primer ministro de Israel, David Ben Gurión. Pretendían construir una alternativa al Canal de Suez, de cuyo uso Israel había sido privado por Egipto. Francia e Inglaterra lo invadieron para recuperar el control del canal, que había sido nacionalizado por Gamal Abdel Nasser en 1956. Hasta ahora, el proyecto no ha pasado de eso, lo cual no significa que no pueda ser resucitado, en función de las necesidades geopolíticas.

Proyecto del canal Ben Gurión. Ilustración: Wikipedia Commons.

Lo que sí es una realidad son los yacimientos de gas que se encuentran próximos a las costas de Palestina, algunos de ellos justo enfrente de Gaza. Los bautizados como “Leviatán” están valorados en 12.500 millones de dólares. Existen dos gasoductos que permiten la exportación de gas a Jordania y a Egipto, además de satisfacer necesidades del propio Israel, y se planea la construcción de un tercero. La estadounidense Chevron cuenta con casi un 40% de la propiedad del yacimiento.

Mapa de la Cuenca de Levante. En gris, los yacimientos de gas y petróleo. Fuente: US Energy Information Administration.

Dos paradigmas enfrentados: colaboración pacífica frente a imposición por la fuerza

Mientras Israel y Estados Unidos diseñan el nuevo mapa de Oriente Próximo a bombazos, tratando de eliminar o, en su defecto, desalojar al pueblo palestino de sus tierras, China lleva diez años construyendo pacíficamente las infraestructuras de transporte y energía de la Nueva Ruta de la Seda (NRS). El 18 de octubre, Xi Jinping daba el discurso inaugural del tercer foro para la cooperación internacional en el marco de la Nueva Ruta, que coincidía con el décimo aniversario de la iniciativa.

A la cumbre acudían los jefes de Estado o de gobierno de 21 países: Rusia, Indonesia, Kenia, Hungría, Sri Lanka, Chile, Argentina, Congo, Egipto, Etiopía, Kazajistán, Laos, Mongolia, Pakistán, Mozambique, Serbia, Papúa Nueva Guinea, Tailandia, Uzbekistán, Vietnam y Camboya. Otros países enviaron representantes a nivel ministerial: Afganistán, Nepal, Nigeria, Turkmenistán y Emiratos Árabes Unidos. También asistió el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, el secretario general de ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) Kao Kim Hourn, así como Dilma Rousseff, la presidenta del Nuevo Banco de Desarrollo (el banco de los BRICS). En total asistieron a la cumbre 1.200 representantes de 80 países y regiones.

El éxito de la cumbre no es de extrañar, teniendo en cuenta que Kristalina Georgieva, la directora ejecutiva del Fondo Monetario Internacional, estimaba en marzo que el crecimiento de China supondrá un tercio del total mundial este año. En este enlace se puede consultar un mapa interactivo que amplía la información de la siguiente ilustración sobre la red de infraestructuras de la Nueva Ruta de la Seda.

Red de infraestructuras de la Nueva Ruta de la Seda. Fuente: MERICS.

A diferencia de Estados Unidos, China no ha provocado ninguna guerra en las últimas décadas. El último conflicto bélico en el que participó el Ejército de Liberación Popular tuvo lugar en 1979, cuando luchó contra Vietnam tras haber invadido éste Camboya. Sin embargo, la propaganda occidental no para de repetir el mantra de la “amenaza china”.

Otro de los elementos machaconamente reiterados por los gobiernos occidentales, y sus medios de difusión, consiste en achacar a China “la diplomacia de la trampa de la deuda”. Según esta narrativa, las infraestructuras que construye China únicamente sirven para incrementar las exportaciones desde el gigante asiático hacia los países donde se construyen, sumiéndoles además en una deuda que les atrapa e impide su crecimiento, en una suerte de neocolonialismo. Además, en caso de impago de los préstamos, China se reservaría la confiscación de las infraestructuras, arguyen sus detractores. Nada más lejos de la realidad.

Desenmascarando el mito de la “diplomacia de la trampa de la deuda”. Cómo los países receptores dan forma a la iniciativa china de la Franja y la Ruta.

En un extenso estudio, dos profesores en sendas universidades de Londres y Queensland (Australia) resumen así la realidad de la Nueva Ruta de la Seda: “La evidencia disponible cuestiona esta posición: los factores económicos son el principal impulsor de los proyectos actuales de la BRI; el sistema de financiación del desarrollo de China está demasiado fragmentado y mal coordinado para perseguir objetivos estratégicos detallados; y los gobiernos de los países en desarrollo y sus intereses políticos y económicos asociados determinan la naturaleza de los proyectos BRI en su territorio”. BRI es el acrónimo en inglés de la Nueva Ruta de la Seda: Belt and Road Initiative.

Achacando a China “la trampa de la deuda”, la propaganda occidental trata de ocultar las estrictas condiciones que el Fondo Monetario Internacional impone a los países que reciben préstamos de la institución controlada por Estados Unidos, único país de su consejo con derecho de veto. Un estudio que analizó los efectos de la condicionalidad de los préstamos del FMI en 79 países, a lo largo de 16 años, determinó que sus efectos agravaban la pobreza y provocaban un aumento de la desigualdad.

Si nos ceñimos a los datos, en agosto de 2022 China anunció que condonaría 23 préstamos sin intereses en 17 países africanos. Anteriormente, entre 2000 y 2019, China también había reestructurado un total de 15.000 millones de dólares de deuda y condonado 3.400 millones en préstamos que había concedido a países africanos. En números redondos, China ha construido en África 100 puertos marítimos, 1.000 puentes, 10.000 kilómetros de vías férreas, 100.000 kilómetros de carreteras y 200.000 kilómetros de red de fibra óptica para Internet. Aparte de bases militares, ¿qué es lo que ha construido Estados Unidos en África?

Como es natural, el gobierno de China también persigue sus propios intereses, aunque insiste en que su estrategia se basa en un enfoque “win win” (gana gana), por el que los países con quienes Pekín hace negocios también obtienen un beneficio. En cualquier caso, también a diferencia de Estados Unidos, China se abstiene de promover cambios políticos en los países con los que se relaciona, para asimilarlos al suyo propio. Las habituales intervenciones estadounidenses para “exportar la democracia” brillan por su ausencia. El modelo económico chino se basa en la exportación, para lo que necesita paz, no guerras.

Los autores del estudio explican las causas del lanzamiento de la Nueva Ruta de la Seda. En un entorno de descenso relativo del crecimiento económico, de caída de la rentabilidad de las inversiones domésticas, y de aumento de la deuda pública, utilizada como medida de estímulo de la economía, la NRS busca incrementar la demanda exterior de bienes, servicios y capitales chinos. Pekín trata de paliar con su acción exterior las debilidades domésticas.

Mientras Xi Jinping anunciaba una inversión de 100.000 millones de dólares para la construcción de infraestructuras, Joe Biden solicitaba al Congreso la misma cifra para seguir alimentando su guerra contra Rusia en Ucrania, y financiar el genocidio sionista en Palestina. Durante la última década, China ha invertido un billón de dólares en proyectos de infraestructura principalmente en Asia y África, pero también en América Latina, e incluso algunos en Europa. Como reseñaba en el primer párrafo, las guerras provocadas por Estados Unidos desde 2001 han causado más de 4,5 millones de muertos. El contraste no puede ser más brutal.  

La decadencia de Estados Unidos y el despegue de la diplomacia china

Joe Biden cometió un error garrafal cuando, tras los ataques de Hamás del 7 de octubre, voló a Israel para darle carta blanca a Netanyahu en sus represalias contra la población civil palestina, aduciendo el “derecho de Israel a defenderse”. Mientras asegura estar ejerciendo presión para que Israel minimice los daños a la población civil, Washington continúa suministrando armas al ejército hebreo, que ya sabemos dónde acaban. El 62% de los estadounidenses desaprueba el modo en que Joe Biden está manejando el conflicto entre Israel y Hamás.

El festival de hipocresía que están dando los dirigentes estadounidenses no tiene parangón. El portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, John Kirby, retaba a un periodista en una rueda de prensa de la siguiente manera: “Nómbreme una nación más – cualquier otra nación – que esté haciendo tanto como Estados Unidos para aliviar el dolor y el sufrimiento del pueblo de Gaza. No puede”. El secretario de Defensa, Lloyd Austin, alertaba a Israel de que, al echar a la población civil en brazos de Hamás, estaba convirtiendo una victoria táctica en una derrota estratégica. Todo eso, mientras continúan llegando armas de fabricación estadounidense al gobierno sionista.

Estados Unidos envía a Israel bombas de 1.000 kilos capaces de volar búnkeres para la guerra de Gaza. Después de enviar bombas masivas, munición de artillería, EE. UU. también urge a Israel a limitar las víctimas civiles. Fuente: Wall Street Journal.

El apoyo inquebrantable de Estados Unidos al genocidio sionista es otro clavo en el ataúd de la diplomacia estadounidense, si es que tal cosa ha existido en las últimas décadas. Desde la disolución de la Unión Soviética, en 1991, Washington se ha comportado como si su voluntad fuera ley: ese es su concepto de “mundo basado en reglas”, mientras vulnera las normas de las instituciones que impulsó. Como, por ejemplo, las de la Organización Mundial del Comercio, según un dictamen de la propia organización.

La actitud de Estados Unidos con relación a la guerra en Ucrania ha sido la de “o conmigo, o contra mí”. El fracaso militar de la OTAN en la contienda, que ya está presente en los medios occidentales, el fiasco de las sanciones bumerán contra Rusia, y la “congelación” de activos rusos depositados en bancos occidentales, todo ello ha servido de catalizador para que la mayoría del planeta haya puesto pie en pared frente al chantaje estadounidense. ¿Alguien se acuerda de esa intervención que iba a efectuar la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (ECOWAS) contra los golpistas de Níger?

China ha detectado con perspicacia ese movimiento en la arena internacional y ha comenzado a desplegar su diplomacia, singularmente en un territorio de gran importancia estratégica: Oriente Próximo. Como he documentado en este blog, el acercamiento de archirrivales como Irán y Arabia Saudita se debe a la intermediación de China. El gobierno de Pekín también está trabajando junto a Rusia para frenar los intentos de Estados Unidos de poner una pica en Asia Central, otra zona de gran relevancia geoestratégica. 

Aunque el reciente viaje de Vladimir Putin a Oriente Medio estaba catalogado como de trabajo, fue recibido con honores de jefe de Estado, incluídas 21 salvas, en países que, hasta ayer, eran tradicionales aliados de Estados Unidos, como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. La numerosa delegación rusa, que incluía a la presidenta del Banco Central de Rusia, Elvira Nabiúllina, estaba compuesta por altos cargos gubernamentales del sector del petróleo, la economía, asuntos exteriores, el espacio y la energía nuclear, así como líderes empresariales. El lenguaje no verbal del encuentro con Mohammed bin Salman, el hombre fuerte de Arabia Saudita, contrastaba fuertemente con el que el jeque utilizó en su encuentro con Joe Biden.

 

Estados Unidos continúa proclamándose “la única nación indispensable en el mundo”, una expresión usada por Madeleine Albright, que repitió Joe Biden en un discurso televisado desde la Casa Blanca en octubre pasado. En dicha intervención, el presidente de Estados Unidos afirmó lo siguiente: “Esta noche, hay personas inocentes en todo el mundo que tienen esperanza gracias a nosotros, que creen en una vida mejor gracias a nosotros, que están desesperadas por no ser olvidadas por nosotros y que nos están esperando”.

Los actuales dirigentes estadounidenses no sólo continúan creyéndose sus fantasías, sino que están demostrando que son incapaces de leer lo que está ocurriendo en el mundo. Porque lo que está pasando es que la mayoría del planeta ya le ha dado la espalda. La derrota estratégica sobre la que advertía Lloyd Austin a Israel por no respetar a la población civil de Palestina es un concepto aplicable a los Estados Unidos, que está sufriendo otra derrota estratégica por no respetar al mundo, en general.  

La OTAN fracasa en Ucrania y empuja a Zelenski a negociar con Rusia

27 de noviembre de 2023

Los medios occidentales apuntalan el cambio de rumbo respecto a Ucrania

Cuando la misma revista que te encumbró como “persona del año” publica, menos de un año después, un reportaje donde te pone a los pies de los caballos, es que tu destino está echado. Es lo que le acaba de ocurrir a Volodímir Zelenski, protagonista de dos portadas de la revista TIME que, puestas juntas, no dejan lugar a dudas sobre el brusco viraje de occidente con relación a Ucrania. Como anécdota, baste añadir que los ojos del presidente ucraniano fueron azulados en la portada de 2022 para acercar su rostro a los gustos anglosajones.

 

El reportaje de TIME del 1 noviembre, firmado por Simon Shuster, el mismo periodista que redactó su hagiografía un año atrás, dibuja un perfil de Zelenski con inquietantes resonancias históricas. Describe a un hombre encerrado en su bunker, al que sus más íntimos colaboradores no se atreven a decirle lo que ya es un clamor: que Ucrania está perdiendo la guerra frente a Rusia. “Se engaña a sí mismo”, me dice frustrado uno de sus ayudantes más cercanos. “Nos hemos quedado sin opciones. No estamos ganando. Pero intenta decirle eso”, escribe Shuster.

La propia composición de la portada de TIME no deja lugar a dudas sobre este hecho: “Nadie cree en la victoria como yo. NADIE”. Por no hablar del calificativo de “lucha solitaria” que adjudica a la que mantiene Zelenski. Tan solitaria que algunos comandantes han dejado de acatar las órdenes de avanzar que reciben, aunque provengan directamente de la presidencia.

El reportaje de TIME abrió la veda. El 4 de noviembre, la cadena estadounidense NBC News anunciaba que “Funcionarios estadounidenses y europeos abordan el tema de las negociaciones de paz con Ucrania”. Las conversaciones habían incluido las líneas generales de lo que el gobierno de Kiev debería ceder para alcanzar un pacto con Rusia. El 16 de noviembre, The Wall Street Journal titulaba: “Es hora de acabar con el pensamiento mágico acerca de la derrota de Rusia”. Dos días más tarde, The Spectator, una revista británica donde trabajó Boris Johnson, encabezaba así otra información: “Zelenski debe ser honesto sobre el estado de la guerra”.

Si Ucrania no está ganando la guerra, eso significa que la está perdiendo y, por tanto, es Rusia quien la está ganando. Este hecho tan incómodo para los impulsores del conflicto ha roto los diques en los medios occidentales, convertidos en correa de transmisión de los mensajes del poder, perdido hace tiempo su papel de contrapeso o “cuarto poder”.

Por si quedaba alguna duda de la nueva posición occidental, el titular de The Times del 25 de noviembre la pintaba con brocha gorda: “Estados Unidos y Alemania están presionando a Kiev para acabar la guerra en Ucrania. Las dos naciones están limitando los suministros de armas al Presidente Zelenski”. El artículo puede leerse libremente aquí.

Titular de The Times, 25 de noviembre de 2023.

Las negociaciones se enfrentan con dos obstáculos: el propio Zelenski y Rusia

El almirante retirado James Stavridis firmaba un artículo en Bloomberg donde señalaba que, para alcanzar un acuerdo, sería vital no sólo la ayuda de occidente, sino intercambiar territorios por paz. Stavridis fue comandante supremo aliado de la OTAN.

Las lecciones de Corea del Sur para la reconstrucción de Ucrania

En el reciente reportaje de TIME, Zelenski afirma que “Para mí, congelar la guerra significa perderla”. La negativa de Zelenski a asumir la realidad sobre el terreno podría propiciar que occidente optara por cambiar de caballo en Kiev. Así lo asume el propio Zelenski, también en Bloomberg, aunque achacando los supuestos planes para descabalgarle a Rusia: «Nuestra inteligencia tiene información, que también proviene de nuestros socios», dijo Zelenski, describiendo un plan de desinformación conocido internamente como «Maidan 3», en referencia a la plaza central de Kiev”.

Escasos días después del reportaje de TIME, que calificaba a Zelenski de “ilusorio” en sus planteamientos, el general Zaluzhni, al frente del ejército ucraniano, reconocía en The Economist que la guerra se encontraba estancada. La entrevista servía para resaltar las discrepancias existentes en las élites de Kiev. Los comentarios de Zaluzhni fueron inmediatamente criticados por un alto cargo de la oficina del presidente y, posteriormente, por el propio Zelenski. Una reprimenda que The New York Times se encargó de airear.

La reprimenda de Zelenski al general al mando señala las desavenencias en el liderazgo ucraniano

El problema es que Zelenski firmó un decreto en octubre de 2022 en el que dictaba la “imposibilidad” de negociar con Vladimir Putin. Teniendo en cuenta que el actual presidente de Rusia sigue al frente del país, occidente tiene un problema si quiere encarrilar a Ucrania hacia un proceso de negociación.

Las visitas de Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, y de Boris Pistorius, ministro de Defensa de Alemania a Kiev, con ocasión del décimo aniversario del golpe de Estado del Maidán, seguro que fueron aprovechadas para transmitir determinados mensajes a Zelenski, muy distintos de los que coparon las noticias de sus visitas. Con anterioridad, el 15 de noviembre, William Burns, el jefe de la CIA viajaba a Kiev para recordarle quién manda.

A occidente no le conviene abrir una crisis política en Ucrania, que colocaría a Rusia en una posición más ventajosa aún que en la que ya se encuentra. Así que los patrocinadores de Ucrania necesitan encontrar una vía para salir de la guerra en la que la han metido, que consiga salvar los muebles de algún modo. Sobre todo de cara a la opinión pública del sur global, donde lo tienen realmente complicado.

Marzo de 2022: Una ocasión perdida para alcanzar la paz

El 7 de noviembre, el diplomático Michael von der Schulenburg recogía la reconstrucción de las negociaciones que tuvieron lugar entre Ucrania y Rusia en marzo de 2022. La cronología de los acontecimientos fue revelada por Hajo Funke, catedrático emérito de la Freie Universität de Berlin y por Harald Kujat, un general retirado que fue Jefe del Estado Mayor de las fuerzas armadas alemanas, y Presidente del Comité Militar de la OTAN de 2002 a 2005.

Cómo se perdió la oportunidad para un acuerdo de paz en la guerra de Ucrania

En las negociaciones participaron como mediadores Naftali Bennet, ex primer ministro israelí, Recep Tayip Erdogan, presidente de Turquía, y Gerhard Schroeder, excanciller alemán. El texto del comunicado de Estambul del 29 de marzo incluía 10 propuestas, entre las que figuraba la renuncia de Ucrania a entrar en la OTAN, la principal causa de la actual guerra. El gobierno de Kiev estaba dispuesto a declararse “neutral y no alineado”, y aceptaba que las garantías para su seguridad fueran ofrecidas por un ramillete de países.

Durante todo el mes de marzo, las conversaciones mantenidas entre distintos líderes occidentales muestran que, en un principio, el bloque de la OTAN parecía avenirse a negociar la paz. El 10 de marzo, Kuleba y Lavrov, ministros de Asuntos Exteriores de Ucrania y Rusia, llegaron a reunirse en Ankara, señal de que las negociaciones iban por buen rumbo.

Sin embargo, en la cumbre especial de la OTAN, celebrada en Bruselas el 24 de marzo, y a la que asistió Joe Biden, la situación dio un vuelco. La organización armada pasó a oponerse a cualquier negociación que no incluyera la retirada previa de las tropas rusas del territorio de Ucrania. Obviamente, esta condición dinamitó las negociaciones. Zelenski todavía las defendía, tres días más tarde, en un encuentro con periodistas rusos. Al día siguiente, Putin anunciaba su disposición a retirar sus tropas de los alrededores de Kiev y Járkov, como señal de buena voluntad.

Efectivamente, así ocurría. El 31 de marzo, John Kirby, portavoz del Pentágono, reconocía que Rusia había comenzado a retirar hasta el 20 por ciento de sus tropas de esas zonas, cuando se encontraban a tan sólo 10 millas del centro de Kiev. Posteriormente, los medios occidentales pergeñaron el falso relato de la victoria del ejército ucraniano en el norte cuando, en realidad, se trató de una retirada, fruto de una decisión política del Kremlin.

El 9 de abril, Boris Johnson viajó a Kiev para transmitir dos mensajes a Zelenski. El primero, que Putin era un criminal de guerra con quien no había nada que negociar. Y el segundo, que aunque Ucrania estuviera dispuesta a firmar un acuerdo con Rusia, occidente no lo estaba. Este extremo acaba de ser confirmado en una entrevista por David Arajamia, diputado del partido de Zelenski y miembro del equipo negociador ucraniano.

Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea arruinaron la posibilidad de alcanzar un acuerdo de paz, que estaba muy avanzado. Ahora, cientos de miles de muertos y heridos después, pretenden que Ucrania se vuelva a sentar a la mesa de negociación con Rusia, porque su guerra contra Putin ha fracasado, en todos los frentes: el económico, el político, y el militar.

Como señalé en un artículo anterior, Rusia no tiene ahora ninguna motivación para sentarse a negociar, cuando hasta los medios occidentales reconocen que Ucrania está perdiendo la guerra. Las tropas rusas están avanzando en Avdiivka, donde 40.000 efectivos rusos prácticamente tienen rodeada esta ciudad, clave para el control de Donetsk. Tras el fracaso de la contraofensiva ucraniana, es el ejército ruso el que ha pasado al ataque.

No se trata sólo de la imposibilidad de mantener el ritmo del suministro de armas y munición por parte de la OTAN, como ha reconocido su secretario general. Se trata también del personal necesario para manejarlas. Hasta la CNN titula que Ucrania tiene serios problemas para reclutarlo, y Eurostat, la oficina de estadística de la Unión Europea, acaba de publicar que 650.000 hombres en edad militar abandonaron Ucrania desde que comenzó la guerra, en febrero de 2022. 

Mientras la guerra continúa, Ucrania necesita más tropas. No todo el mundo está preparado para alistarse

La zanahoria de la adhesión de Ucrania a la Unión Europea es una entelequia

Hay que tener mucho valor para bautizar como “Día de la Dignidad y la Libertad” la fecha en que se consumó un golpe de Estado, patrocinado por una potencia extranjera, que derrocó a un presidente elegido democráticamente. Es lo que han hecho en Ucrania para conmemorar el golpe del Maidán.

También hay que tener mucho cuajo para afirmar que “El futuro por el que luchó el Maidán finalmente ha comenzado”, como ha hecho la presidenta de la Comisión Europea. ¿Así es el futuro que a Úrsula von der Leyen le parece tan halagüeño? ¿El de un país arrasado, con millones de refugiados huidos de la guerra, y cientos de miles de víctimas mortales, donde la corrupción es endémica

El ministro de Finanzas de Ucrania ha advertido que el presupuesto para 2024 presenta un agujero de 29.000 millones si Kiev no sigue recibiendo financiación de sus aliados. De paso, Serhiy Marchenko aprovechó para amenazar con “efectos de desbordamiento” hacia la Unión Europea si Ucrania entraba en crisis. ¿Un país que depende de la financiación exterior para subsistir es el futuro que alaba Úrsula von der Leyen?

Las promesas de una pronta adhesión de Ucrania a la Unión Europea chocan con la realidad sobre el terreno. Aun en el caso de que se vencieran todos los obstáculos políticos, y económicos, que plantea la incorporación de Ucrania a la UE, ¿qué parte del país sería la que accediera a la Unión? ¿También lo harían las zonas bajo control ruso? ¿Cuáles serían sus fronteras? Es todo un disparate mayúsculo.

Según una nota interna del Consejo Europeo, la incorporación de Ucrania a la Unión supondría un coste de 186.000 millones de euros para la UE, a lo largo de 7 años. La futura ampliación de la UE afectaría en gran medida a la agricultura y la asignación de fondos de cohesión. Todos los actuales miembros tendrían que aportar más dinero, y recibirían menos. Ucrania se convertiría en la principal beneficiaria de los subsidios agrícolas, recibiendo sólo por ese concepto 96.500 millones de euros, en siete años. La República Checa, Estonia, Lituania, Eslovenia, Chipre y Malta perderían el acceso a los fondos de cohesión.

Titular de Politico: El acceso de Ucrania costaría 186.000 millones de euros, estima la UE.

Con Estados Unidos volcado en apoyar a Israel, financiando una nueva fase del genocidio sionista contra los palestinos, la Casa Blanca está pasándole la factura del “proyecto Ucrania” a la Unión Europea. Un reciente artículo en Financial Times lo remachaba. Tras reconocer el fracaso del enfoque usado hasta ahora en Ucrania, la autora enfatizaba que “lo que se necesita es una estrategia de resiliencia, disuasión y defensa para Europa a largo plazo que traslade la carga de unos Estados Unidos asediados internamente a donde pertenece: Europa”.

Los burócratas de Bruselas, siempre al servicio de Washington, aunque sea en perjuicio de los intereses europeos, se aprestan a sacarnos el dinero necesario de la cartera. El 4 de noviembre, Úrsula von der Leyen mostraba su entusiasmo en una visita a Zelenski por los “excelentes progresos” que, a su juicio, había hecho Ucrania para poder incorporarse a la Unión Europea.

Pero lo más importante, resaltaba la presidenta de la Comisión Europea, era subrayar el apoyo europeo a Ucrania “tanto tiempo como haga falta”, copiando el mantra que, curiosamente, ya ha dejado de repetirse en Estados Unidos. Después de haber aceptado que Washington organice una guerra proxy contra Rusia en el corazón de Europa, ahora la burocracia europea también admite correr con los gastos del desastre.

El FMI y el Banco Mundial imponen su agenda neoliberal en Ucrania

En realidad, desde el punto de vista occidental, Ucrania lleva haciendo progresos desde el golpe de Estado de 2014, que para eso se ejecutó. El presidente, Víktor Yanukovich, había rechazado un acuerdo de asociación con la Unión Europea, vinculado a un préstamo de 17.000 millones de dólares del Fondo Monetario Internacional, y un “paquete de ayuda” del Banco Mundial de 3.500 millones, vinculados a que Ucrania acometiera ajustes neoliberales. Yanukovich prefirió elegir un paquete de ayuda de Rusia por valor de 15.000 millones de dólares, sumado a un descuento del 33% en el precio del gas ruso. Eso fue lo que le costó el puesto.

Arseni Yatseniuk, el nuevo primer ministro colocado por Estados Unidos, abrazó las reformas estructurales a las que el préstamo del FMI estaba vinculado, sin plantearse renegociar sus términos. Su gabinete incluía tres ministros nacidos en el extranjero, a los que se les otorgó la nacionalidad ucraniana horas antes de acceder a sus cargos.

Natalie Jaresko, la ministra de Finanzas, nació en Estados Unidos, obtuvo un máster en Harvard, trabajó en el Departamento de Estado y, después de la independencia de Ucrania, fue destinada a la embajada estadounidense en Kiev.

Aivaras Abromavicius, ministro de Desarrollo Económico y Comercio, nació en Lituania y también se educó en Estados Unidos, graduándose en la Universidad de Wisconsin. Después trabajó en fondos de inversión, especializándose en mercados emergentes.

Aleksandre Kvitashvili, ministro de Sanidad, nació en Georgia y sacó un máster en gestión pública en Nueva York. Trabajó en Estados Unidos, para regresar después a Georgia, donde fue nombrado ministro por el presidente Mijeíl Saakashvili. Otro georgiano educado en Estados Unidos, que accedió a la presidencia tras una de esas “revoluciones de colores” que promueve el National Endowment for Democracy.

Lo importante era nombrar ministros entrenados para sacar adelante la agenda del FMI y el Banco Mundial, en un país que atesora el equivalente a un tercio del total de las tierras cultivables de la Unión Europea. Ucrania ya es el tercer deudor del Fondo Monetario Internacional. En 2013, ya había sido seleccionada como uno de los 10 países pilotos donde el Banco Mundial implementaría su proyecto Benchmarking the Business of Agriculture: una iniciativa para promover “reformas” y clasificar a los países por las facilidades que ofrecen para hacer negocios en la agroindustria. Una ordenación que se traduce en un empobrecimiento de los pequeños agricultores, según The Oakland Institute.

Desde 2001, la tierra cultivable en Ucrania estaba bajo una moratoria que prohibía su venta hasta 2016. Aun así, en 2014, se hallaban en manos extranjeras 1.600.000 hectáreas. La moratoria se extendió hasta el 1 de julio de 2021, cuando entró en vigor una ley que permitió la venta de tierras cultivables, por primera vez desde la independencia de Ucrania. Hasta el 1 de enero de 2024, sólo las personas físicas pueden adquirir hasta 100 hectáreas, en cada transacción. A partir de esa fecha, las empresas podrán comprar hasta 10.000 hectáreas. En ambos casos, solo ciudadanos ucranianos y compañías sin capital extranjero podrán efectuar dichas transacciones.

Esto es la teoría. En la práctica, varias de las mayores empresas agroindustriales ya han abierto su capital a inversores foráneos, que controlan un número variable de sus acciones. En el siguiente gráfico vemos que 9 de las 10 principales agroindustrias de Ucrania están registradas en el extranjero.

Las 10 principales compañías que controlan la tierra agrícola en Ucrania. Gráfico: The Oakland Institute

En octubre de 2020, el propio Zelenski reconocía en una entrevista televisiva que de los 7 millones de hectáreas de titularidad estatal, 5 millones habían sido “robadas” desde la independencia del país, en 1991. El presidente no especificó quiénes habían sido los ladrones. Este es el nivel del país que, según Úrsula von der Leyen, ha hecho grandes progresos.

El 6 de septiembre del año pasado, Zelenski tocaba la campanita telemáticamente para abrir la bolsa de Nueva York y colocaba este mensaje: «Ucrania es la historia de una victoria futura y una oportunidad para que ustedes inviertan ahora en proyectos por valor de cientos de miles de millones de dólares para compartir la victoria con nosotros”

La gestora de fondos Black Rock y el banco JPMorgan Chase participarán en la creación del Fondo para el Desarrollo de Ucrania. El acuerdo con el gobierno de Kiev fue anunciado en junio de este año, mes en el que se celebró en Londres una conferencia para la reconstrucción de Ucrania, cuyo coste ha sido calculado en torno a los 750.000 millones de euros. Con la guerra aún en marcha, los buitres de los negocios ya revolotean sobre los despojos del país de los grandes progresos.

El fracaso de las sanciones impulsa la economía de Rusia y afianza a Putin

El principal objetivo que buscaban las sanciones a Rusia ha fracasado por completo. Estados Unidos y la Unión Europea pretendían que el colapso de la economía que, supuestamente, iban a provocar, terminara desestabilizando a Vladimir Putin, hasta provocar su caída. El ansiado cambio de régimen en Rusia no sólo no se ha producido, sino que el presidente está firmemente arraigado y goza de un índice de aprobación del 82%, frente al 40% de Biden.

Las sanciones han desencadenado un proceso de sustitución de las importaciones en Rusia, que se ha traducido en un impulso a la industria nacional, apoyado en fuertes inversiones. El resultado es un crecimiento del PIB del 4,9% en el segundo trimestre y del 5,5% en el último. Mientras tanto, tras dos trimestres en recesión, la economía de Alemania se estancó. Además, Scholz acaba de congelar el gasto público, tras una sentencia del Tribunal Constitucional, en un nuevo revés para la economía de la Unión Europea, que sigue contrayéndose.

Evolución del PIB de Rusia desde enero de 2021 hasta la actualidad

La resiliencia de Rusia frente a los esfuerzos concertados de la OTAN por destruirla ha propiciado un resurgimiento del prestigio de Moscú, no sólo en el sur global, sino en la mayoría del planeta: occidente se ha quedado aislado, y los ojos de todos los países que estaban más que hartos del comportamiento mafioso de Estados Unidos miran ahora hacia Rusia. Cabría preguntarse si, en realidad, Joe Biden, Úrsula von der Leyen, Olaf Scholz y Josep Borrell no son, en realidad, agentes encubiertos del Kremlin.

Estados Unidos fracasa en Israel y apunta a Irán

2 de noviembre de 2023

Los orígenes colonialistas del Estado de Israel

Antonio Guterres llevaba razón. Por eso Israel se le tiró al cuello, pidiendo su dimisión. El secretario general de la ONU intentó contextualizar por qué se produjo la violenta incursión de Hamás el 7 de octubre: “Es importante reconocer también que los ataques de Hamás no surgieron de la nada. El pueblo palestino ha sido sometido a 56 años de ocupación asfixiante”.

La pretensión de Israel, y la de su patrocinador, es presentar la ofensiva palestina en ausencia de contexto, como si se produjera en una burbuja. Por eso es fundamental hacer lo contrario: poner de relieve los antecedentes históricos que explican – pero que no justifican, como recalcó Guterres – cómo es posible que se produzcan unos hechos tan execrables y violentos.

Guterres recalcó que los palestinos “han visto sus tierras constantemente devoradas por los asentamientos y plagadas de violencia. Su economía fue asfixiada. Su gente fue desplazada y sus hogares demolidos. Sus esperanzas de una solución política a su difícil situación se han ido desvaneciendo”.

El mantra para justificar las terribles represalias que el ejército de Israel está infligiendo a la población civil palestina, sobre todo en Gaza, pero también en Cisjordania, es que el estado hebreo “tiene derecho a defenderse”. Como si asesinar civiles indiscriminadamente constituyera un acto de defensa. Siguiendo esa lógica, también tienen ese derecho los palestinos frente a la represión ejercida por un Estado que nació como un proyecto colonialista, apoyado por una potencia colonial: el Reino Unido.

En 1902, Theodore Herzl dirigió una carta a Cecil Rhodes, quien en su día dio su nombre a un país en África: Rhodesia, el actual Zimbabue. Más colonialista no se despacha. En la misiva, el fundador del sionismo le pedía al colonizador que ejerciera su influencia para que el proyecto de conseguir tierras en Palestina, donde los judíos pudieran instalarse, tuviera éxito. Como quiera que el asunto pudiera resultarle ajeno a Rhodes, Herzl le explicaba por qué se dirigía a él para encauzar la tarea: “Porque es algo colonial”.

Fragmento de la carta de Theodore Herzl a Cecil Rhodes, año 1902. Reproducida en “The class origins of zionist ideology”, Stephen Halbrook.

Por norma, el colonialismo siempre resulta racista, explotador, genocida y violento. Como señala el historiador judío Ilan Pappé en una reciente conferencia, el objetivo del sionismo era, desde el principio, hacerse con la mayor extensión posible de tierras en Palestina, y dejarlas con el menor número posible de palestinos. Para conseguir dicha meta, el método no puede ser otro que la limpieza étnica, un tema al que Pappé ha dedicado un libro. Un genocidio de manual, como señala Raz Segal, otro académico hebreo, experto en el Holocausto.

En 1917, el ministro de Asuntos Exteriores del Reino Unido, Arthur Balfour, dirigió una carta al barón Lionel Walter Rothschild, uno de los líderes de la comunidad judía en Gran Bretaña. La conocida como “Declaración de Balfour” supuso un empujón político para las aspiraciones sionistas. Recojo su texto a continuación:

“Tengo gran placer en enviarle a usted, en nombre del gobierno de su Majestad, la siguiente declaración de apoyo a las aspiraciones de los judíos sionistas que ha sido remitida al gabinete y aprobada por el mismo.

El gobierno de su Majestad ve favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y usará sus mejores esfuerzos para facilitar el logro de este objetivo, quedando claramente entendido que no debe hacerse nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatus político que disfrutan los judíos en cualquier otro país’.

Estaré agradecido si usted hace esta declaración del conocimiento de la Federación Sionista”.

En 1922, la Liga de las Naciones incluyó el texto en el Mandato Británico sobre Palestina, mediante el cual Reino Unido quedaba formalmente encargado de la administración de esos territorios. Una nación colonialista bendecía el colonialismo de otra en gestación.

¿Qué se puede hacer cuando los colonos, como denominan los propios judíos a quienes se aposentan en las tierras donde antes vivían los palestinos, invaden tu territorio, tiran abajo tu vivienda, o te sacan de ella para ocuparla? La respuesta es muy sencilla: rendirte y abandonar tu hogar, o resistir.

Fragmento de la resolución 33/24 de la Asamblea General de Naciones Unidas.

Desde 1948, cientos de miles de palestinos han sido desplazados de sus tierras, y continúan siéndolo hasta el día de hoy. Otros han optado por organizarse y resistir la ocupación. Inmediatamente fueron calificados de “terroristas” por los ejecutores de la limpieza étnica y sus aliados. Sin embargo, las Naciones Unidas son de otra opinión. La resolución 33/24 de la Asamblea General, del 29 de noviembre de 1978, reafirma la legitimidad de la lucha de los pueblos por la independencia, la integridad territorial, la unidad nacional y la liberación de la dominación colonial y extranjera por todos los medios disponibles, particularmente la lucha armada”.

No me gusta la palabra “terrorismo”. El abuso del término lo ha convertido en un arma política arrojadiza, vaciándolo de su sentido original. Con frecuencia se usa para descalificar a adversarios políticos, que ejercen la lucha armada, de manera legítima según la ONU, pero carecen de Estado y de uniforme. Para Turquía, terroristas son los kurdos. Para Ucrania, quienes se negaron a aceptar el golpe de Estado de 2014. Para Israel, todos los que se resisten a la ocupación ilegal, incluyendo los niños, a quienes la televisión israelí contabiliza como tales en su parte diario de terroristas eliminados.

Además, los terroristas se convierten en “luchadores por la libertad” en cuanto sus actividades encajan con la agenda política de occidente, como pasó con los muyahidines en Afganistán en los años 80, financiados por Estados Unidos en una de las operaciones más largas y costosas de la CIA. 

Volviendo a las Naciones Unidas, la resolución 33/24 encomendaba a los Estados miembros a cumplir las resoluciones de la Asamblea General “en relación con el ejercicio a la autodeterminación por los pueblos bajo dominación colonial y foránea”. Esas resoluciones que el Estado de Israel lleva décadas incumpliendo, como la 242, que exige la retirada de Israel de los territorios capturados en la guerra de los Seis Días, en 1967.

Blinken y Biden apoyan el genocidio israelí y suscitan el rechazo árabe

Teniendo en cuenta el contexto que acabo de dibujar, bien presente en el mundo árabe, era de esperar que la gira que emprendió Antony Blinken por Oriente Próximo tras los ataques de Hamás a Israel se saldara con un estrepitoso fracaso. Como indicativo del descalabro, baste señalar que Mohamed bin Salman, el hombre fuerte de Arabia Saudita, le tuvo esperando durante horas, para finalmente dejarle plantado. Blinken pretendía que el príncipe saudita condenara los ataques de Hamás contra Israel. El encuentro sólo se celebró al día siguiente.

Para explicar este desaire al secretario de Estado, impensable hace sólo unos meses, además del apoyo incondicional de Estados Unidos a Israel, hay que añadir el hecho de que Blinken hiciera gala de sus raíces judías en su visita previa a Israel.

“Me presento ante ustedes no sólo como secretario de Estado de Estados Unidos sino también como judío”, subrayó Blinken en Tel Aviv. “Mi abuelo Maurice Blinken huyó de los pogromos en Rusia. Mi padrastro Samuel Pisar sobrevivió a los campos de concentración”, dijo, mentando de paso al país eslavo, como no podía faltar. Entiendo a nivel personal los ecos desgarradores que las masacres de Hamas tienen para los judíos israelíes y, de hecho, para los judíos de todo el mundo”. Como señalé en un artículo anterior, hay algo personal en todo esto.

Blinken invoca la ascendencia judía en su discurso ante el afligido público israelí.

El objetivo que perseguía Blinken, que los países árabes condenaran los ataques de Hamás contra Israel, perpetrados el 7 de octubre, y se alinearan con la posición sionista, fracasó estrepitosamente. El único país que criticó la incursión de Hamás, con un lenguaje muy medido, fue los Emiratos Árabes Unidos (EAU), que calificó de “seria y grave escalada” la ofensiva de Hamás, reclamando dejar al margen del conflicto a la población civil. El nuevo mantra, fabricado por el departamento de comunicación de la Casa Blanca, del “derecho de Israel a defenderse” no ha encontrado ningún eco en el mundo árabe. Con la excepción de parte de occidente, el resto del mundo tampoco está por la labor de tragarse semejante sapo.

El viaje de Joe Biden a Oriente Próximo se saldó con otro fiasco. La planeada reunión en Amman, donde tenía previsto entrevistarse con el rey de Jordania, el presidente de Egipto, y el de la Autoridad Palestina, fue cancelada tras el brutal ataque de Israel a un hospital en Gaza, que dejó centenares de muertos civiles. La reacción del presidente de Estados Unidos fue la de alinearse con Israel a la hora de atribuir a la Jihad Islámica la autoría del ataque. Biden señaló que la explosión parecía haber sido causada por “el otro equipo”, además de manifestar que “no hay que ser judío para ser sionista”.

La lentitud del despliegue terrestre israelí parece deberse más a necesidades logísticas que a la supuesta presión ejercida por Estados Unidos para evitarlo. A juzgar por las declaraciones de John Kirby, portavoz de seguridad nacional de la Casa Blanca, Israel tiene carta blanca para masacrar a la población civil palestina: “No estamos trazando líneas rojas para Israel”, afirmó Kirby el 27 de octubre, repitiendo el nuevo mantra, el derecho de Israel a defenderse, como justificación.

Dos días más tarde, la Casa Blanca publicaba un resumen de la conversación de Joe Biden con el presidente egipcio, Abdel Fattah Al-Sisi. Estos comunicados siempre tienen una intencionalidad política. En este caso, el mensaje estadounidense parecía conciliador: “También discutieron la importancia de proteger las vidas de los civiles, el respeto al derecho internacional humanitario y garantizar que los palestinos en Gaza no sean desplazados a Egipto ni a ninguna otra nación”. ¿Terminará apoyando Estados Unidos la pretensión de Israel de evacuar a la totalidad de la población de Gaza, para instalarla en tiendas de campaña en el Sinaí, y que la factura la paguen los países árabes? Veremos.

El comunicado de la Casa Blanca también afirmaba que Biden había informado al presidente egipcio “sobre los esfuerzos de Estados Unidos para garantizar que los actores regionales no amplíen el conflicto en Gaza”. Sin embargo, Netanyahu ha anunciado que no va a aceptar un alto el fuego. The New York Times reporta que, en conversaciones privadas con miembros del gobierno de Estados Unidos, funcionarios israelíes hicieron referencia a las bombas atómicas usadas contra Japón como modelo para su ataque a Gaza. Está por ver cómo reaccionan el resto de las potencias regionales a una guerra en la que Israel ha declarado que tiene más interés en causar daño que en la precisión.

Biden pide más dinero al Congreso para librar más guerras

A la vuelta de su viaje a Israel, Joe Biden se dirigió a la nación desde el despacho oval para anunciar que iba a pedir más dinero al Congreso con el que financiar sus guerras. En concreto, 61.000 millones para la de Ucrania, 14.3000 millones para la de Israel, y 2.000 millones para la que está preparando en Taiwán.

En su discurso, Biden describió a Estados Unidos como “la nación esencial”, e “indispensable”, citando a Madeleine Albright. Esa a la que medio millón de niños iraquíes muertos le parecía que merecían la pena. El presidente sostuvo asimismo que “El liderazgo americano es lo que mantiene unido al mundo”, y que “Estados Unidos y sus socios en la región están trabajando para construir un futuro mejor en Oriente Próximo”. A estas alturas cabe preguntarse si los dirigentes de Estados Unidos se creen sus propias mentiras, o sólo fingen que lo hacen. Yo me temo lo peor.

Eso, por no hablar de su gran capacidad de análisis. Ocho días antes de los ataques de Hamás, Jake Sullivan, el consejero de seguridad nacional, había afirmado que la región de Oriente Próximo estaba “más tranquila que en las dos últimas décadas”.

Muy al principio de su discurso, Joe Biden se apresuró a ligar los ataques de Hamás con la invasión rusa de Ucrania, insistiendo en el relato maniqueo de democracia versus autoritarismo: “Hamás y Putin representan amenazas diferentes, pero tienen algo en común: ambos quieren aniquilar por completo una democracia vecina, aniquilarla por completo”.

En el caso de Hamás, me parece que poco le importa el modelo político que exista en el estado hebreo, pues independientemente del gobierno de turno en Tel Aviv, la estrategia genocida ha sido la misma. Y cuando se abrió una puerta a la esperanza, en los años 90, con la firma de los acuerdos de Oslo, el asesinato de Isaac Rabin, a cargo de un judío ultraderechista, frustró la tímida apertura hacia la paz que el pacto entre Yasir Arafat y Rabin representaba, como explica muy bien este artículo

En el caso de Putin, ya he analizado pormenorizadamente en este blog los motivos que llevaron a Rusia a involucrarse directamente en la guerra civil que comenzó en Ucrania en 2014, que poco tienen que ver con el tipo de régimen político de Kiev, y más con quienes lo teledirigen.

Joe Biden calificó de “inversión inteligente” el dinero que pensaba solicitar al Congreso, y subrayó que “nos ayudará a construir un mundo más seguro, más pacífico y próspero para nuestros hijos y nietos”, y simultáneamente “nos ayudaría a mantener a las tropas americanas fuera de peligro”. Por si a alguien le quedaba alguna duda de que Estados Unidos está librando guerras por intermediación, a través de arietes a sueldo, aquí está la confirmación.

Irán reaparece como objetivo de la Casa Blanca

En enero de este año, cuando Antony Blinken hizo un viaje a Israel, en su comparecencia junto a Benjamin Netanyahu ya hizo una referencia expresa a Irán, mentando de paso a Rusia. Entonces, el secretario de Estado afirmó que “Estamos de acuerdo en que nunca se debe permitir que Irán adquiera un arma nuclear, y discutimos la profundización de la cooperación para enfrentar y contrarrestar las actividades desestabilizadoras de Irán en la región y más allá. Así como Irán ha apoyado durante mucho tiempo a terroristas que atacan a israelíes y otros, el régimen ahora proporciona drones que Rusia utiliza para matar a civiles ucranianos inocentes”.

El 14 de octubre, Estados Unidos daba orden de enviar al Mediterráneo oriental un segundo portaviones, con sus correspondientes naves de escolta, con el propósito de “disuadir a Irán o a Hezbolá de unirse al conflicto entre Israel y Hamás”. El 26 de octubre, el secretario de Defensa, Lloyd Austin, comunicaba que el ejército estadounidense había realizado “golpes de autodefensa” contra instalaciones en Siria, supuestamente utilizadas por los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica iraníes, y grupos afiliados. Los ataques estadounidenses eran enmarcados como respuesta a los recibidos por Estados Unidos en las bases que, ilegalmente, mantiene en Irak y Siria.

El último aviso a Irán lo efectuó nuevamente Lloyd Austin, cuando el 28 de octubre declaró ante el Congreso que Estados Unidos se reservaba el derecho a responder a los ataques de sus bases en Siria e Irak, que cifraba en 27, en el momento y lugar que considerara adecuado. Previamente, el portavoz del Pentágono había endosado a Irán la autoría de los ataques.

Estados Unidos le tiene muchas ganas a Irán desde hace décadas. El sitio web del Departamento de Estado sigue rememorando el aniversario de la toma de la embajada estadounidense en Teherán, en 1979, cuando el personal de la delegación fue retenido durante 444 días. Desde esa fecha, Irán ha estado sujeto a un duro régimen de sanciones por parte de Washington.

Captura de pantalla del sitio web del Departamento de Estado

El programa de enriquecimiento de uranio que lleva a cabo Irán ha sido objeto de acusaciones, por parte de Estados Unidos, de esconder las supuestas intenciones de Teherán de hacerse con armamento nuclear. El Plan de Acción Integral Conjunto, ahora suspendido, era un acuerdo, del que se retiró Donald Trump en 2018, para garantizar que el enriquecimiento de uranio se destinara únicamente a fines pacíficos.

Es inquietante el paralelismo con las dudas que sembró Estados Unidos acerca de las supuestas “armas de destrucción masiva” que almacenaba Saddam Hussein, que terminaron siendo acusaciones directas ante la ONU por parte de Colin Powell, ahora sabemos que falsas. Estados Unidos está aprovechando la guerra entre Israel y el brazo armado de Hamás, que es también un partido político, para asociar a Irán con Hamás, aunque el grupo tiene una oficina en Qatar desde 2012. Además, es Qatar quien está negociando la liberación de los rehenes en manos de Hamás. Por algo será.

Sin embargo, existen diferencias fundamentales entre el mundo de hace veinte años y el actual. De entrada, por mucho que se haya esforzado Washington, Irán no está aislado ni mucho menos. Bien al contrario, tiene amigos poderosos. Irán formalizará su entrada en los BRICS el próximo 1 de enero. Desde julio de este año, Irán ya forma parte de la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS). En ambas organizaciones comparte membresía con Rusia y China.

El 26 de octubre, el premier chino, Li Quiang, se reunió con el primer vicepresidente de Irán, Mohammed Mokhber, aprovechando una reunión de la OCS en Bishkek. Una publicación del Ministerio de Asuntos Exteriores de China recoge el encuentro y las declaraciones del premier chino, que no dejan lugar a dudas: “Li Qiang señaló que China, como siempre, apoyará firmemente a Irán en la salvaguardia de la soberanía estatal, la integridad territorial y la dignidad nacional, y se opondrá resueltamente a cualquier interferencia externa en los asuntos internos de Irán”.

Fotografía: Ministerio de Asuntos Exteriores de China

Rusia también le ha advertido a Washington que Irán no está solo. El 27 de octubre, una delegación de Hamás, encabezada por Mussa Abu Marzouk, al frente de las relaciones internacionales del grupo, se reunió en Moscú con el vicecanciller de Irán, Ale Bagheri Kani. Ambas delegaciones conversaron sobre la situación en Palestina y se entrevistaron con el viceministro de Asuntos Exteriores ruso, Mijail Bogdanov.

Titular de la agencia de noticias AP.

La Unión Europea desaparece como actor geopolítico en el tablero mundial

El alineamiento de la Unión Europea con los planteamientos de Estados Unidos en Ucrania, aun a costa de ver gravemente perjudicados sus intereses, ya había puesto de manifiesto el papel subordinado a Washington por el que habían optado las grandes capitales europeas, sin excepción. Al haber supeditado su política exterior a la de la Casa Blanca, el resto de los actores geopolíticos del mundo han optado, con pragmático criterio, por ignorar al vasallo y preferir al señor feudal a la hora de dialogar, llegado el caso.

El 16 de octubre, Josep Borrell venía a reconocer este hecho en su viaje a Pekín, cuando se preguntaba por qué China no se tomaba en serio a la Unión Europea. Estas fueron sus palabras, muy reveladoras del papel que le ha quedado a Bruselas: «Europa toma a China muy, muy en serio. (…) También esperamos que se nos considere no a través de la lente de nuestra relación con los demás, sino a través de nosotros mismos». Ahondando en su patetismo, Borrell remachaba que “Desde la guerra en Ucrania, Europa se ha convertido en una potencia geopolítica. Queremos hablar con China con este enfoque”.

Lo que ha ocurrido es evidentemente lo contrario. La Unión Europea ha perdido una oportunidad de oro para marcar una posición autónoma frente a la que le venía impuesta desde Washington. En lugar de ello, la ministra de Asuntos Exteriores de Alemania, Annalena Baerbock, trataba de justificar recientemente la desconexión de las fuentes de energía rusa, que han alimentado la industria de su país desde hace décadas: Si comercias con Rusia, es dependencia. Si lo haces con Estados Unidos, es libertad, según recogía el economista Michael Hudson en Geopolitical Economy Report.

Mimetizando la posición estadounidense, la presidenta de la Comisión Europea se apresuró a viajar a Israel, junto a la presidenta del Parlamento Europeo, para mostrar su inequívoco apoyo al gobierno sionista. En esta ocasión, Úrsula von der Leyen se pasó de la raya. Josep Borrell tuvo que llamarle la atención públicamente, señalando que “la política exterior común de la Unión Europea es una política intergubernamental, no es una política comunitaria”.

Ursula von der Leyen y Roberta Metsola en Israel. Fotografía: BEA BAR KALLOS / EUROPA.EU

En la votación de una resolución de la ONU,  celebrada el 27 de octubre, que abogaba por “una tregua humanitaria inmediata, duradera y sostenida que conduzca a un cese de las hostilidades”, hubo de todo por parte de los países europeos: votos a favor, en contra, y abstenciones. A la vista de la tragedia que está ocurriendo en Palestina, hay que tener mucho valor para votar en contra de esta propuesta, como hicieron obviamente Estados Unidos e Israel, pero también Austria, Croacia o Chequia.  La Unión Europea está ofreciendo una pésima imagen de desunión en Naciones Unidas. Luego a sus élites les extraña que no les tomen en serio.