24 de agosto de 2026
Panorama mundial: Irán, Ucrania, Latinoamérica, Europa, Golfo Pérsico, Asia y África
Los intentos de Estados Unidos de mantener una hegemonía que ya sólo existe en la imaginación de algunos se están saldando con derrotas en los dos frentes principales: Irán y Ucrania. En Irán, el anuncio de un “Día D económico” revela la frustración de no poder organizar un desembarco real en la República Islámica para forzar un cambio de régimen, único modo de reabrir el estrecho de Ormuz, que estaba abierto antes de los ataques estadounidenses.
La opción de desplegar tropas sobre el terreno ha sido descartada por el Pentágono, así como la de proseguir con ataques aéreos, dada la escasez de interceptores de defensa antiaérea – sobre la que ha sido advertido Trump – porque dejaría en una situación de vulnerabilidad a Estados Unidos y sus aliados en la región.
La enésima amenaza de Donald Trump se produce después de que fracasara su intento de sobornar a Ahmad Vahidi, el comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria Iraní, a través del canal que abrió en mayo Tulsi Gabbard con Massoud Barzani, el líder político de los kurdos iraquíes, siguiendo órdenes del presidente. Trump también intentó el soborno a través de Asim Munir, el jefe del ejército pakistaní, quien le contestó que Islamabad no iba a contribuir a desestabilizar el liderazgo en Teherán.

Trump amenaza a Irán con un “Día D económico” y “tremendas” consecuencias para quienes le apoyan. CNBC.
En Ucrania, la estrategia de desgaste de Rusia está dando resultados: el principal objetivo de la “operación militar especial”, convertida ya en “guerra real”, según Dimitri Peskov, portavoz de Putin, se está cumpliendo: desactivar a Ucrania como herramienta de la OTAN, para evitar futuros ataques desde ese territorio tan próximo. En eso consiste la “desmilitarización”, en destruir el ejército ucraniano, y Moscú lo está consiguiendo, por mucho que Úrsula von der Leyen afirme lo contrario.
Rusia no tiene prisa. Su estrategia parsimoniosa es la adecuada para el cumplimiento de sus objetivos. El reciente bloqueo de Odesa, que ha dejado a Ucrania sin acceso en lo comercial al Mar Negro; el avance en múltiples ejes a lo largo de la línea del frente, que están siendo concienzudamente ignorados por los medios occidentales, y la alarmante carencia de soldados que padece Ucrania– que ha convertido el reclutamiento en una “actividad violenta”, según la BBC – así lo demuestran. Los lacayos de Estados Unidos, presentes y futuros, deberían tomar nota del destino que les depara su vocación servil.
Desesperado por los reveses militares en Irán y Ucrania, Trump está abriendo otros frentes, en ocasiones con la ayuda de sus fieles lacayos europeos, desde los que apuntalar su hegemonía en declive. En algunos lugares está teniendo éxito. En Latinoamérica, con las notables excepciones de México y Brasil, el resto ha virado hacia el vasallaje. Candidatos derechistas, respaldados por Trump, se han alzado con el poder en Ecuador, Colombia, Honduras, Bolivia, Chile y Perú. En el caso de Argentina, el electorado fue sometido a un chantaje abierto, al condicionar Trump el rescate del país, con un fondo de 40.000 millones, a la victoria de Javier Milei.
Venezuela se resolvió manu militari, para instalar un protectorado, tras el secuestro de su presidente, cuyo paradero se esfumó de los medios. Marco Rubio califica a Cuba de “amenaza para la seguridad nacional”, a pesar de que su PIB, de 12.000 millones de dólares, representa el 0,04% del de Estados Unidos. Washington continúa con el bloqueo económico a la isla – y ya vamos por 60 años – sin que nadie en occidente mueva una pestaña ante tamaño crimen, tan longevo. La exigencia del respeto a los derechos humanos de quienes portan el estandarte de los “valores europeos” es cada vez más selectiva.
En Europa, hemos asistido a un golpe de estado en Rumanía; a un episodio de lawfare en Francia para descabalgar a una candidata presidencial; a una sospechosa victoria en Moldavia de la candidata apadrinada por Bruselas; al ascenso vertiginoso de un desconocido en Hungría, Peter Magyar, que ha montado una “Operación Purgatorio” para impedir la vuelta al poder de Fidesz, el partido de Víktor Orbán, con las bendiciones de Bruselas. Y por último, si consideramos el Cáucaso como territorio europeo, a una revolución de colores en Armenia para aupar a Nikol Pashinian, otro partidario de la agenda geopolítica de Bruselas, que no mira el mapa, ni tampoco pondera con quién mantiene históricamente sus relaciones comerciales.
Todos estos episodios antidemocráticos tienen un nexo común: las víctimas se oponían a la guerra contra Rusia, por más que las élites europeas y sus correas de transmisión mediática nos vendan otro relato, y los colocados como gestores tienen marcada vocación atlantista. La siguiente en nómina es Alemania, como así lo anunció un excomisario de la Unión Europea, advirtiendo que no van a permitir que el partido opuesto a la guerra se haga con el poder. Aunque lo disfrazarán con otros argumentos, más acordes con su agenda.
En el Golfo Pérsico, los aliados tradicionales de Washington se han dado cuenta de que el supuesto paraguas que les vendieron con las bases militares no sólo no les ha protegido, sino que les ha convertido en objetivo de los ataques de quien aspira a convertirse en potencia regional. Irán, por historia, posición geográfica, tamaño, recursos y peso político, tiene todas las cualificaciones para volver a serlo. De ahí los últimos movimientos, que involucran a extraños compañeros de cama, como la petromonarquía saudí, Turquía y Pakistán, para articular una nueva estructura de seguridad, después del fracaso del don de la mafia para protegerles.
En Asia, la visita de Putin a las islas Kuriles, junto a unas pruebas de fogueo con misiles, subrayan la soberanía rusa sobre el archipiélago. Por si se le ocurre a un Japón entregado a Washington abrir un frente en el extremo oriente, al servicio de los intereses del señorito. Fumio Kishida, primer ministro de Japón entre 2021 y 2024, tuvo el cuajo de sermonear sobre la “amenaza nuclear rusa” en repetidas ocasiones, omitiendo el nombre de Estados Unidos durante los memoriales de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. La actual primera ministra, Sanae Takaichi, tampoco fue capaz de mencionar al autor de los bombardeos nucleares en el último aniversario de la masacre.

La primera ministra japonesa vuelve a omitir la responsabilidad de Estados Unidos en su discurso sobre la bomba atómica. Arya News.
En África, las huestes de Francia fueron barridas a escobazos de sus antiguas colonias. En Mali, Burkina Faso, Níger, la República Centroafricana y Chad ya no quedan tropas francesas. Zelenski, deseoso de complacer a Macron, uno de sus más fervientes patrocinadores, se ofreció para tratar de revertir la creciente influencia rusa en la zona. Hasta ahora con escaso éxito: Mali y Niger rompieron relaciones diplomáticas con Kiev, y ECOWAS, la Comunidad Económica de Estados de África Occidental, que agrupa a doce países, protestó enérgicamente por “cualquier interferencia extranjera”.
El proceso de descolonización real en África ha comenzado, y China y Rusia tienen mucho que ver con esta dinámica, ofreciendo cada una sus especialidades: comercio, infraestructuras, recursos energéticos y seguridad.
El proyecto del Gran Israel choca con Turquía
Capítulo aparte merece el papel de Israel. Después de haber azuzado a Trump hasta conseguir que atacara Irán para, a renglón seguido, desaparecer de la contienda, dejándole empantanado en el estrecho de Ormuz, Netanyahu la ha emprendido ahora contra Turquía, un obstáculo en el proyecto del Gran Israel.
El 20 de agosto, Israel acusó a Turquía de llevar a cabo “maniobras peligrosas” en Siria, mientras Ankara reclamó el fin de los ataques israelíes, que calificó de “temerarios”. El cruce de acusaciones se produjo dos días después de que Israel bombardeara una base aérea en Siria, alegando que las fuerzas turcas se disponían a desplegarse allí.

Israel y Turquía intensifican las advertencias sobre Siria tras el bombardeo de una base aérea. Reuters.
Tras la caída de Bashar al Assad en diciembre de 2024, Israel invadió la zona desmilitarizada colindante con los Altos del Golán, patrullada por la misión UNDOF de Naciones Unidas. Pero fue aún más allá, según muestra la siguiente ilustración. En 2025, la UNDOF informaba de que Israel ya disponía de 10 bases en la zona, traspasando la línea de demarcación controlada por la UNDOF. Israel adujo que sus tropas permanecerían en la zona para proteger a la entidad sionista de ataques transfronterizos. Tras haber invadido los Altos del Golán en 1967, Israel se está anexionando ilegalmente otro trozo de Siria para seguir avanzando en su proyecto expansionista.

En amarillo, la zona de Siria ocupada por Israel, a 19 de agosto de 2026. Ilustración: Deutsche Welle.
Como recogí en este artículo del pasado abril, Naftali Bennett afirmó en un encuentro con las comunidades judías en Estados Unidos que “Turquía es el nuevo Irán”. Pues bien, Bennett aspira a alzarse como nuevo primer ministro en las próximas elecciones en Israel, que se celebrarán el 27 de octubre. La consideración de Turquía e Irán como enemigos es transversal en la clase política israelí. Bennett declaró el 15 de junio en una entrevista que sería “la peor pesadilla” de Irán, si se convertía en el próximo primer ministro israelí.
En enero de 2025, ya señalé en este artículo que Israel y Turquía acabarían chocando en Siria. En 2013, Bashar al Assad ya acusaba a ambos países de asociarse para derribarle. Aunque persiguiendo intereses contrapuestos, tanto Erdogan como Netanyahu tenían interés en deshacerse de Bashar al Assad, como así ha ocurrido. Sin embargo, esos intereses contradictorios terminarán estallando. Turquía está interesada en mantener la unidad territorial de Siria, porque teme que una escisión de los kurdos sirios alimente la creación de un estado kurdo. Israel está empeñado en trocear Siria, para quedarse con un buen trozo.
Turquía es miembro de la OTAN y tiene el segundo ejército más numeroso de la alianza militar. Israel tiene un gran peso actualmente en las decisiones de política exterior de Estados Unidos, como demuestra lo ocurrido en Irán. El terreno está abonado para un enfrentamiento entre dos aliados de Washington, en un momento en que cada país está reevaluando su posición en el tablero geopolítico. La resolución de esta crisis en ciernes será otro termómetro con el que medir la capacidad de Estados Unidos para resolver conflictos, prueba del algodón de su supuesta hegemonía.
Estados Unidos arremete contra sus aliados en un momento clave
El declive del imperio y sus vasallos es evidente y el denominado sur global está tomando buena nota de ello. India, la otra gran potencia en ascenso, trata de jugar con dos barajas, pero llegará el momento en que tendrá que elegir. Scott Bessent lo ha dejado claro. El secretario del Tesoro ha manifestado sin ambages que “O estás con nosotros, o contra nosotros”. Se refería a las sanciones que pretende imponer Estados Unidos a todos aquellos que mantengan relaciones comerciales con Irán. Sin embargo, sus palabras son una declaración de principios, que viene a sintetizar la lucha de Washington por prolongar una hegemonía que se está diluyendo.

Bessent dice a los aliados de EE. UU. “o estás con nosotros o contra nosotros” sobre las sanciones a Irán: “Vamos a colapsar este régimen”. The New York Post.
En el mundo multipolar en el que ya vivimos, los distintos países están reevaluando sus posiciones y su estrategia de cara al futuro. El realineamiento no va a ser inmediato. Va a ser un proceso que tomará años, y que fluirá en una dirección u otra, en cada caso, dependiendo de una serie de factores: la evolución de las guerras en las que está inmerso Estados Unidos; el desempeño del dólar como moneda de reserva; el crecimiento de los BRICS como nuevo polo, y su capacidad para desarrollar un sistema financiero alternativo al que surgió de Bretton Woods, controlado por Washington.
Fundamental también va a ser la resiliencia de cada país frente a la crisis económica que está provocando el cierre del estrecho de Ormuz, que sólo está comenzando. La escasez de energía a nivel global va a suponer un realineamiento de las cadenas de suministro energético, con sus correspondientes consecuencias en los principales corredores de transporte existentes, así como en la creación de alternativas a los cuellos de botella.
En todo este proceso habrá países que le pierdan el miedo a Estados Unidos, y otros que no. Habrá élites que, convenientemente engrasadas, o por vocación, continuarán trabajando para que Washington consiga mantener su hegemonía global, aun a costa de empobrecer a la ciudadanía por cuyos intereses deberían velar, como está ocurriendo en la Unión Europea. Pero habrá otras élites que antepongan el bienestar de su población a intereses particulares, por definición egoístas, lo que provocará cambios en las alianzas internacionales.
Justo en este punto de inflexión que estamos viviendo, a Trump no se le ha ocurrido mejor idea que arremeter contra sus aliados. Frustrado por su incapacidad para salir del atolladero al que le empujó Netanyahu en Irán, a pesar de haber declarado victoria, o estar a punto de alcanzarla, en 32 ocasiones, Trump está descargando su ira contra sus aliados.
Trump ha amenazado con bombardear Omán y ha impuesto aranceles del 50% a Canadá, que ya ha respondido que responderá de manera simétrica. Trump ha retirado sistemas de defensa aérea de Corea del Sur, y ha anunciado un recorte de las maniobras previstas, para después pasarle una factura de 10.000 millones de dólares a Seúl, multiplicando por diez la contribución de Corea a los gastos de los 28.500 soldados estadounidenses desplegados permanentemente en el país. Todo ello, tras declarar que tiene buenas relaciones con Kim Jong-un, el mandatario de Corea del Norte.
En una encrucijada en la que muchos países están sopesando hacia qué polo dirigir sus relaciones internacionales, a la vista de las limitaciones evidentes de Estados Unidos para imponer su voluntad urbi et orbi, el inquilino de la Casa Blanca no tiene mejor estrategia que embestir a sus aliados y proferir bravatas.
La amenaza de imponer sanciones a quienes continúen sus relaciones comerciales con Irán fue inmediatamente respondida por China y Rusia. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Lin Jian, subrayó que China “se opone a cualquier sanción unilateral e ilegal sin la autorización de la ONU”. Vasily Nebenzya, el embajador ruso ante la ONU, replicó con desdén que “Hemos visto tantas sanciones y promesas de aislar la economía rusa que no le prestamos demasiada atención”.
Si Estados Unidos es incapaz de prevalecer frente a la República Islámica, si se demuestra impotente para forzar un cambio de régimen e instalar un gobierno títere, e Irán retiene el control del estrecho de Ormuz, Trump saldrá del Golfo Pérsico muy malherido. A la vista de la respuesta de China, que cuenta con numerosas palancas para presionar a Washington, no parece que su estrategia de amenazar a aliados y adversarios vaya a tener éxito.
Irán debe medir su estrategia si desea seguir contando con el apoyo de Rusia y China
Aunque cuenta con el apoyo de Rusia y China, el gobierno de Teherán debería medir su respuesta a las sanciones anunciadas por la Casa Blanca. El jefe del Estado Mayor iraní, el general Ali Abdollahi, advirtió el 21 de agosto que “Las fuerzas armadas de Irán responderán a las nuevas amenazas del enemigo con respuestas aplastantes, punitivas y devastadoras”. El bloqueo iraní del estrecho de Ormuz sirve como herramienta de presión a corto plazo, pero a largo podría ser contraproducente.
El secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Mohsen Rezaee, declaró el 22 de agosto que considerarían enemigos a los países vecinos que participaran en la guerra económica desatada por Estados Unidos, y añadió esta advertencia: “No buscamos extender la guerra, pero si los países que rodean a Irán se unen a los estadounidenses en la guerra económica, atacaremos sus intereses”.

Irán amenaza a los países vecinos para que no se unan a la «guerra económica» de Estados Unidos. Anadolu Ajansi.
China no es partidaria de las guerras, como demuestra su propia historia de los últimos 40 años, durante los que no ha emprendido ninguna. China es partidaria del comercio, para lo que necesita paz. China también necesita el petróleo que fluía a través del estrecho de Ormuz. China no necesita un Irán desencadenado, que destruya las infraestructuras de los vecinos productores de petróleo.
El mundo tampoco respondería amablemente si Irán provocara la recesión calamitosa que traería un bloqueo prolongado el estrecho de Ormuz. Las simpatías que ahora despierta el gobierno de Teherán en amplios sectores, por su valentía a la hora de enfrentarse a Estados Unidos, se transformarían en lo contrario si un recorte drástico de la oferta de petróleo provocara alta inflación y una crisis alimentaria: los fertilizantes están estrechamente ligados a la industria petrolera.
Antes de lanzarse a destruir la infraestructura petrolera del Golfo Pérsico, el gobierno de Teherán debería tomar nota de los siguientes datos:
La deuda de Estados Unidos ha sobrepasado los 40 billones de dólares. Scott Bessent ha lanzado un programa para recomprar los bonos a 30 años antes de que maduren, con el objetivo de evitar que la rentabilidad de los bonos a 10 años sobrepase el 5%. El 21 de agosto estaba en el 4,73%. El 5% de interés es el umbral a partir del cual se considera que el sistema financiero está sometido a un fuerte estrés: aumenta los costes de endeudamiento para consumidores y empresas, provoca el desplome de las valoraciones bursátiles, dispara el coste de los intereses que han de pagarse por la deuda pública, y puede desestabilizar el sistema bancario.

Scott Bessent está «jugando con fuego». Fortune.
El economista Robin J. Brooks anunciaba que la devaluación del dólar había comenzado, establecía odiosas comparaciones con la trayectoria del yen, y advertía que Bessent estaba “jugando con fuego”. En el fondo, la recompra de deuda pública equivale a que el gobierno de Estados Unidos se preste dinero a sí mismo, dándole a la impresora, lo que necesariamente provoca un incremento de la inflación.
Fortune publicaba que Wall Street duda de que Bessent sea capaz de controlar el mercado de la deuda pública de Estados Unidos, que asciende a 32 billones de dólares, a lo que hay que añadir un déficit fiscal cercano a los dos billones de dólares. Teniendo en cuenta el currículum de Bessent, y sus recientes declaraciones, en las que dijo no comprender por qué el precio del petróleo estaba subiendo, a pesar de haber anunciado las sanciones a Irán, la falta de confianza de Wall Street en Bessent no es de extrañar.
Para seguir gozando del apoyo de Rusia y China, y de las simpatías del sur global, cabría aconsejar al gobierno de Teherán que sea cauto en su respuesta y que, preferiblemente, se siente a la puerta de su casa a esperar que pase el cadáver de su enemigo. Porque Donald Trump ha metido a Estados Unidos en una cazuela, donde se está cociendo en su propia salsa.
































