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Estados Unidos sigue su estrategia de guerra permanente en China e Irán

“El objetivo es tener una guerra permanente, no una guerra exitosa”. Son las palabras de Julian Assange para describir cuál es la estrategia de Estados Unidos con sus inacabables guerras para extender la “democracia” por el mundo. El hecho de que Assange esté preso por haber denunciado los crímenes de guerra de Washington debería bastar para desmontar este cuento para niños con el que nos están vendiendo la actual guerra en Ucrania, y nos han querido colocar otras. Una narrativa más propia de un guiñol, donde los demócratas buenos atizan con una cachiporra a los autócratas malos, que demuestra el profundo desprecio con el que las élites tratan a la ciudadanía.

Costs of war (Los costes de la guerra) es un proyecto multidisciplinar del Watson Institute, en la Universidad de Brown, que analiza el gasto militar de Estados Unidos en las múltiples guerras que sostiene por el mundo. Las cifras son desorbitantes, sobre todo cuando se comparan con lo que el gobierno de Washington dedica a otras partidas presupuestarias. Desde el comienzo de la guerra en Afganistán, el Pentágono se ha gastado 14 billones, con b, de dólares, un tercio de los cuales ha ido a parar a los bolsillos de los contratistas. Entre ellos, la parte del león se la han llevado cinco fabricantes de armas: Lockheed Martin, Boeing, General Dynamics, Raytheon, y Northrop Grumman. Estas empresas se han gastado 2.500 millones de dólares en hacer lobby en los últimos 20 años, y han empleado a más de 700 lobistas, de media, cada año, en los últimos cinco años. Esto significa que a cada congresista le toca más de un lobista. En 2011, la Comisión de Contratación en Tiempos de Guerra en Irak y Afganistán estimó que el despilfarro, el fraude y el abuso totalizaron entre 31.000 y 60.000 millones de dólares.

Presupuesto del Pentágono desde 1948 a 2020, ajustado a dólares constantes de 2021. Fuente: Costs of War.

Según esta misma fuente, las guerras provocadas por Estados Unidos en Afganistán, Pakistán, Irak, Siria, Yemen y otros países, han causado entre 897.000 y 929.000 muertos, de los cuales entre 364.000 y 387.000 han sido civiles. A los fabricantes de armas contratistas del Pentágono no creo que les importen mucho estas cifras. Viven de ellas.

Nadie se cree que Ucrania sea capaz de derrotar militarmente a Rusia. Sin embargo, Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares en enviar armamento al gobierno de Zelensky, porque el objetivo no es ganar la guerra, sino alimentarla. Varios son los propósitos que persigue Washington en Ucrania, desde que patrocinara el golpe de Estado de 2014 para colocar un gobierno títere, como colofón a la estrategia de ampliación de la OTAN hacia el Este. El primero es desgastar a Rusia y, si fuera posible, derribar a Putin para colocar otra marioneta al estilo de Yeltsin, con el fin último de esquilmar los recursos del país más rico de la tierra. El segundo, debilitar lo más posible a la Unión Europea, que podría ser un competidor geopolítico en el mundo multipolar que está naciendo. El tercero, y no por ello menos importante, es incrementar las plusvalías del complejo militar-industrial que, de facto, impulsa la estrategia de la guerra permanente en su propio beneficio.

La guerra en Ucrania está perdida, lo que no significa que haya terminado, como explica Richard Black, coronel retirado del ejército estadounidense, en este esclarecedor vídeo. Ucrania está sufriendo bajas equivalentes a 60 veces las que sufrió el ejército de Estados Unidos en Vietnam. Es sólo uno de los muchos datos que aporta este militar para argumentar su vaticinio.

El hecho de que Ucrania no tenga ninguna posibilidad de ganar la guerra contra el ocupante no significa que Estados Unidos y la Unión Europea no la vayan a seguir alimentando, probablemente hasta el colapso del ejército ucraniano, porque en ningún momento se trataba de ganar esta guerra proxy de Washington contra Moscú, sino de crear todas las condiciones para provocarla y, una vez conseguida la invasión que se buscaba, alimentarla, con los objetivos antes mencionados.

Siguiendo con su estrategia de guerra permanente, Estados Unidos ha decidido reactivar el frente que abrió con las sanciones a Irán, allá por 1979, cuando Washington “congeló” 11.000 millones de dólares de activos iraníes, entre otros “castigos”, tras la crisis de los rehenes en la embajada estadounidense. El último episodio de esta guerra larvada contra la república islámica comenzó en 2006, cuando Estados Unidos y la Unión Europea adoptaron una nueva batería de sanciones contra Irán con el fin de impedir el enriquecimiento de uranio que este país estaba llevando a cabo. Irán siempre ha defendido que perseguía únicamente fines civiles, relacionados con la energía. En 2015 se alcanzó un acuerdo con Teherán, denominado Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), (Joint Comprehensive Plan of Action, JCPOA), que fue avalado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. A raíz de dicho acuerdo, se levantaron las sanciones relacionadas con el material nuclear, aunque se mantuvieron restricciones a la transferencia de bienes sensibles a la proliferación, los embargos de armas y misiles balísticos y medidas restrictivas contra algunas personas y entidades.

En mayo de 2018, Estados Unidos se salió del acuerdo firmado con Irán para limitar su programa nuclear y restauró las sanciones contra la república islámica. Donald Trump tildó dicho pacto de “decadente y defectuoso”, a la vez que advertía que «cualquier país que ayude a Irán también podría ser sancionado». La Unión Europea se mostró en contra de dicho descuelgue, así como Barack Obama, bajo cuyo mandato se alcanzó el acuerdo. En febrero de 2019, Estados Unidos pidió a la Unión Europea que se retirara del acuerdo, pero esta vez Bruselas no siguió sus dictados. Bien al contrario, en marzo de 2019, los signatarios se reunieron en Viena para reafirmar su compromiso para implementar el pacto. Como respuesta, al mes siguiente Estados Unidos designó al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica como “organización terrorista extranjera”. La réplica de Irán, al día siguiente, fue el anuncio de la instalación de nuevas centrifugadoras de uranio en la planta nuclear de Natanz. El sitio web armscontrol.org tiene un calendario muy detallado de todos los avatares de la negociación con Irán, desde 1970 hasta la actualidad.

Desde 2019 se han mantenido varias rondas de negociación en Viena, con el fin de revitalizar el acuerdo y conseguir que Estados Unidos vuelva a incorporarse al mismo. Sin embargo, la reciente visita de Joe Biden a Israel dejó bien a las claras que no existe voluntad política de llegar a un acuerdo con Irán, sino todo lo contrario. Estados Unidos e Israel firmaron la Declaración de Jerusalén, por la que el primero se comprometió a evitar que Irán obtenga armas nucleares utilizando para ello “todos los elementos de su poder nacional”. Denominar a la declaración “de Jerusalén” ya supone una toma de posición muy clara sobre la política de ocupación de los territorios palestinos que perpetra Israel desde hace décadas. Declarar, como hizo Biden, que “no hace falta ser judío para ser sionista”, no deja ya lugar a dudas. Por su parte, el primer ministro de Israel aseveró que actualmente la actividad de las fuerzas armadas de Israel es prepararse para un ataque contra Irán.

El presidente de Irán, Ebrahim Raisi, considera que es Occidente quien está obstruyendo las conversaciones de Viena para impedir un acuerdo. En este sentido, atribuyó una motivación política al comunicado emitido por la Organización Internacional de la Energía Atómica en junio, que acusaba a Irán de no justificar el origen de unas trazas radioactivas halladas en lugares no declarados como nucleares, un hecho que Irán atribuyó a un sabotaje de Israel. El científico Mohsen Fakhrizadeh, uno de los arquitectos del programa nuclear de Irán, fue asesinado por el Mossad, según el periódico The Jewish Chronicle. Este atentado se suma a otros asesinatos de científicos iraníes, que Irán ha atribuido a Israel. Benny Gantz, ministro de Defensa israelí, declaraba el 26 de julio que “somos capaces de golpear duro y retrasar el programa nuclear”. Según Nuclear Threat Initiative, Israel posee armas nucleares desde la década de 1960, pero mantiene una política de opacidad al respecto, sin confirmar nunca oficialmente la existencia de su programa. En consecuencia, Israel nunca ha firmado el Tratado de No Proliferación.

En noviembre de 2011, Barack Obama anunció el pivot to Asia” en un discurso ante el parlamento de Australia, remarcando que Estados Unidos iba a dirigir su atención “al vasto potencial de la región de Asia Pacífico”. Un mes antes, Hillary Clinton, entonces secretaria de Estado, ya había proclamado en Foreign Policy el nacimiento del “siglo del Pacífico de Estados Unidos”, subrayando que el futuro de la política se decidiría en Asia, no en Irak o Afganistán. Donald Trump reinterpretó ese giro hacia el continente asiático iniciando una guerra comercial con China, cuando en marzo de 2018 subió los aranceles a las importaciones de acero y aluminio, que fue contestada por China con la subida de los impuestos a 128 productos estadounidenses. Aunque en enero de 2021 China y Estados Unidos firmaron un acuerdo para poner fin a la guerra comercial, la Casa Blanca de Biden ha vuelto a la carga contra Pekín, esta vez usando a Taiwán como ariete.

En primer lugar, debería llamar profundamente la atención el hecho de que el Pentágono haya dividido el mundo en regiones, a cada una de las cuales ha asignado una parte de su ejército. Así, nos encontramos que hay generales norteamericanos a cargo de cada una de las áreas geográficas en las que Estados Unidos ha troceado el planeta.  Sin embargo, este hecho se contempla con la naturalidad con que se sufren determinados fenómenos meteorológicos, pero sin aspavientos. Indudablemente los medios de comunicación han contribuido enormemente a la normalización del hecho de que exista un solo país que tenga desplegado a un ejército de ocupación por todo el planeta.

Fuente: Wikipedia.

Como queda claro tras la intervención de la jefa del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos en la conferencia de seguridad de Aspen, la división del mundo se explica en las intenciones declaradas de Estados Unidos de esquilmar los recursos naturales de cada una de estas regiones. Laura Richardson se refiere en el video a América Latina como “nuestro barrio”, tan rico en recursos que se sale de los gráficos (“off the charts”). Le falta salivar. 

Estados Unidos también está poniendo el foco en la región denominada Indo Pacífico y, singularmente, en Taiwán, no por casualidad. La isla es líder en la fabricación de semiconductores del mundo: controla el 48 por ciento del mercado de fundición y el 61 por ciento de la capacidad mundial para construir semiconductores de 16 nanómetros o más. Janet Yellen, la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, estuvo en Corea del Sur para convencer a su gobierno de que debía integrarse en la alianza “Chip 4”, junto a Taiwán y Japón y los propios Estados Unidos. Corea del Sur es reticente, puesto que tanto Samsung como SK Hynix dependen tanto de importaciones procedentes de China como de sus fábricas. China contempla dicho proyecto, acertadamente, como un intento de debilitar a su industria de semiconductores por lo que, a su vez, está presionando a Corea del Sur para que desista de incorporarse a la alianza.

Por otra parte, el principal canal de navegación entre el Océano Pacífico y el Índico es el estrecho de Malaca, por donde transitan una cuarta parte de las mercancías comercializadas en el mundo y una cuarta parte del petróleo transportado por mar. La zona está siendo patrullada por el portaviones de propulsión nuclear Ronald Reagan y su escolta de buques de guerra, como muestra esta imagen proporcionada por South China Sea Strategic Situation Probing Initiative.

La táctica de achacar a tu adversario político las características de tu propio comportamiento es muy vieja y efectiva. Usando esta estratagema, Estados Unidos está incrementando la retórica agresiva contra China. Recientemente, el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto, dijo que el ejército chino se ha vuelto mucho más agresivo y peligroso en la región del Pacífico en los últimos cinco años. Esto lo hizo durante una visita a Indonesia, donde se ubica el estrecho de Malaca, donde pretextó supuestos planes de China para tomar el control de Taiwán en 2027.

En este contexto, el diario Financial Times informó de la intención de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, y tercera autoridad del país, Nancy Pelosi, de visitar Taiwán. El propio Joe Biden comentó que a los militares estadounidenses no les parecía una buena idea. Aun así, el Pentágono está aireando la posibilidad de que aviones de combate escolten la aeronave en la que viajara Pelosi. El anuncio del viaje ha sido considerado por China como una provocación en toda regla. El ministro de Defensa chino se ha apresurado a señalar que el ejército no se quedaría cruzado de brazos ante la visita y que se tomarían “fuertes medidas”. En la conversación mantenida el 28 de julio entre Biden y Xi Jinping, la agencia estatal de noticias china reporta que el presidente chino advirtió al estadounidense que quien juega con fuego acaba quemándose.

Teniendo en cuenta la agresividad que está desplegando la administración de Joe Biden, de manera simultánea, contra Rusia en Europa, inundando de armas Ucrania; contra China en Asia, amenazando con una intervención militar por Taiwán; y contra Irán en Oriente Medio, con Israel clamando por un ataque directo, no es de extrañar que Stephen Lovegrove, consejero de seguridad nacional del Reino Unido, haya advertido del creciente riesgo de una guerra atómica contra Rusia y China. El político también ha avisado de que los canales de comunicación que se mantuvieron durante la guerra fría ya no funcionan, precisamente en una coyuntura en la que el aumento de los riesgos de una confrontación los haría más necesarios que nunca.

El presidente de JUST, International Movement for a Just World, el politólogo Chandra Muzaffar, ya advirtió en 2010 que, históricamente, los imperios son más peligrosos cuando están en decadencia que cuando se hallan en su apogeo.  El imperio americano se niega a aceptar su declive, lo que le vuelve más peligroso aún. Su actual fuga hacia adelante amenaza con abocar al mundo al holocausto nuclear. Todo, por un puñado de dólares.

La hoja de ruta de Estados Unidos hacia la hegemonía mundial se tuerce en Ucrania

Los planes de Estados Unidos para evitar el surgimiento de un mundo multipolar y erigirse en la potencia hegemónica global se están torciendo en Ucrania. Después de más de 20 años acorralando a Rusia con sucesivas ampliaciones de la OTAN, Washington sí ha conseguido despertar al oso ruso, y meter una cuña, hasta el momento, entre la Unión Europea y Rusia, como comentaba en un artículo anterior. Sin embargo, su hoja de ruta se ha topado con problemas en los demás frentes, empezando por el bélico, y siguiendo con los “daños colaterales”: el incremento meteórico de los precios de la energía, el aumento de la inflación hasta niveles récord, la escasez de comida y las consiguientes revueltas sociales, como en Sri Lanka. La falta de apoyo a las sanciones de un número significativo de países con peso político, y densamente poblados, tales como China, India, México, Brasil o Indonesia, es otro obstáculo, éste quizás insalvable, en la hoja de ruta diseñada por los cerebros instalados en la Casa Blanca para hacerse con el mundo.

Aunque desde el minuto uno estaba claro que lo que se está produciendo en Ucrania es una guerra proxy, al viejo estilo de la guerra fría, entre Washington y Moscú, en Estados Unidos han tardado un tiempo en reconocer la evidencia. Ahora ya se admite abiertamente en foros internacionales, como el reciente de Davos, donde un senador norteamericano, Joe Manchin, se despachó del siguiente modo:   «Creo firmemente que nunca he visto, y las personas con las que hablo estratégicamente nunca han visto, una oportunidad más grande que ésta, para hacer lo que debe hacerse. Y Ucrania tiene la determinación de hacerlo. Deberíamos tener el compromiso de apoyar eso.» Por “hacer lo que debe hacerse” Manchin dejó claro que se refería a deshacerse de Putin. El senador descartó de plano la posibilidad de parar la guerra mediante un acuerdo negociado, y fijó el objetivo militar para Ucrania en la recuperación de la totalidad del territorio actualmente bajo control ruso, incluyendo los territorios que Ucrania perdió de facto tras el golpe de Estado de 2014: Crimea y parte de Donbass.

Por si quedaba alguna duda acerca de lo que el senador apuntaba, el Washington Post recalcaba en un artículo de Hal Brands, catedrático en la School of Advanced International Studies (SAIS), que “Rusia lleva razón: Estados Unidos está librando una guerra proxy en Ucrania”

Nadie con un mínimo de sentido común, comenzando por quienes instigaron la guerra en Ucrania y la están alimentando con el envío de armas, puede creerse que los objetivos militares que fijaba Joe Manchin en Davos estén al alcance de Ucrania. Actualmente, Rusia controla unos 100.000 kilómetros cuadrados arrebatados a Ucrania, según El País. Después de un repliegue hacia el Este y el Sur, Rusia domina ahora el acceso al Mar de Azov y avanza en los territorios del Donbass, donde el propio Zelensky reconoce que la situación es “muy complicada”.  Rusia tiene la capacidad nuclear para convertir no solo a Ucrania, sino al planeta, en cenizas en cuestión de horas, pero su estrategia y sus intereses son otros. Sus tiempos, también.

Lo que delata que la hoja de ruta de Washington en su guerra proxy contra Rusia se está torciendo es la aparición, en las últimas semanas, de algunos artículos de opinión en los medios de comunicación norteamericanos más influyentes que alertan de los errores de la estrategia estadounidense en Ucrania. Abrió el fuego contra la Casa Blanca la revista Foreign Policy, con un titular muy agresivo: “El peligroso nuevo resultado final para Ucrania de Biden: Sin final”. En el artículo, George Beebe, exjefe de análisis de Rusia para la CIA, advertía que la administración de Joe Biden podría estar olvidando que “el interés nacional más importante que tiene Estados Unidos es evitar un conflicto nuclear con Rusia”. También se decantaba por la negociación: “Necesitamos encontrar una manera de transmitir discretamente a los rusos que estaríamos dispuestos a aliviar las sanciones en el contexto de un acuerdo internacional». Estas afirmaciones suponen un cambio clarísimo en la narrativa que predomina en los medios de comunicación occidentales, en las que se nos vende a diario que Ucrania va ganando la guerra, se presentan las rendiciones de unidades del ejército ucraniano, como la del batallón Azov en Azovstal, como “evacuaciones”, y se pinta a un ejército ruso en retroceso, dando la victoria final de Ucrania en el conflicto como poco menos que asegurada.

Semanas después, el New York Times publicaba un artículo de opinión de su consejo editorial titulado “La guerra en Ucrania se está complicando y América no está preparada”. Tras la retórica habitual sobre el objetivo de liberar a Ucrania, el editorial se preguntaba si adentrarse en una guerra total contra Rusia iba a favor de los intereses norteamericanos, y deslizaba la posibilidad de una paz negociada en la que Ucrania tuviera que tomar “decisiones duras”. Calificando el momento actual de “confuso”, el diario urgía a Biden a aclarar si el fin de la guerra continuaba siendo alcanzar la paz y la seguridad, y no otros objetivos, como debilitar a Rusia de manera permanente o derribar a Putin. Sin clarificar sus verdaderas intenciones, la Casa Blanca estaba poniendo en riesgo no sólo el apoyo de los votantes – aviso a Biden antes de las elecciones de noviembre desde un medio demócrata – sino la paz y la seguridad en el continente europeo.

El New York Times tildaba de irreal el objetivo de que Ucrania recobrara el territorio que Rusia controla de facto desde 2014, y advertía de que unas expectativas poco realistas podrían enfangar al país en una guerra sin fin. Recordando que Rusia es una potencia nuclear, el diario apuntaba que debían ser los ucranianos quienes debían tomar esas “decisiones territoriales duras” a las que aludía previamente, lo que entre líneas se lee como una llamada a que los Estados Unidos permitan al gobierno de Ucrania que, por una vez, tome sus decisiones.  Finalizaba el NYT emplazando a Biden a que dejara claro a Zelensky que hay un límite hasta el que puede llegar Estados Unidos en su apoyo, y que las decisiones deberían tomarse en base a valoraciones realistas, no en función de una “victoria ilusoria”. En el foro de Davos, hasta Henry Kissinger aconsejó a Ucrania ceder territorio para firmar un acuerdo de paz con Rusia.

En el diario Washington Post, Katrina vanden Heuvel toca otro tema sensible en relación con la guerra de Ucrania: la necesidad de abrir un debate a fondo sobre la estrategia de Estados Unidos en el conflicto. Tal y como venía denunciando Stephen F. Cohen en numerosos artículos, en la sociedad norteamericana se ha instalado una corriente de pensamiento en torno a la relación con Rusia que no admite la más mínima discrepancia. Apoyándose en falsedades, como el dossier Steele, un documento que hasta el Wall Street Journal tildó de engaño, y que alimentó el Russiagate – la supuesta injerencia de Rusia en las elecciones de 2016 – el establishment estadounidense ha cercenado de raíz cualquier debate sobre la política que Estados Unidos debe mantener con Rusia: sólo cabe la mano dura y la demonización de Putin. Cualquier referencia a una posible distensión con el Kremlin es calificada poco menos que de traición. En el olvido quedan los acuerdos para reducir el arsenal nuclear que Ronald Reagan firmó con Gorbachov, en 1987, cuando existía la Unión Soviética, por poner sólo un ejemplo.

Katrina vanden Heuvel comienza su artículo de manera tajante: “Ha llegado la hora de desafiar el punto de vista ortodoxo sobre la guerra en Ucrania”. Dado que Estados Unidos está en una guerra proxy con Rusia, la autora se pregunta cómo es posible que sus peligros, ramificaciones y múltiples costes no estén siendo un tema central en los medios, ni objeto de análisis, discusión y debate. La columnista, que es miembro del Council on Foreign Relations, denuncia que aquellos que se apartan de la línea de pensamiento ortodoxa sobre el tema son excluidos o marginalizados en los grandes medios de comunicación, por lo que califica de poco saludable el “sesgo de confirmación” al que tiene que hacer frente el ciudadano cuando trata de informarse sobre la guerra en Ucrania.

Después de resaltar que quienes sacan determinados temas en relación con Ucrania, como el papel de los neonazis, son inmediatamente desprestigiados, y de recordar que los ucranianos ponen los muertos mientras las grandes empresas de armamento estadounidenses se están forrando con la guerra, la autora reclama la presencia de voces alternativas en los medios de comunicación, recordando la sentencia del periodista Walter Lippmann: “Cuando todos piensan parecido, nadie está pensando mucho”.

“Tiempo para una pausa estratégica en la expansión de la OTAN”, titulaba The Hill el 21 de mayo, en referencia a la reciente solicitud de Finlandia y Suecia para adherirse a la OTAN, bloqueada hasta el momento por Turquía. “(…) el deseo de humillar a Putin y reforzar el dominio militar global de Estados Unidos es miope y peligroso. Corre el riesgo de escalar, expandir y prolongar la guerra en Ucrania. Aumentará enormemente la probabilidad de un intercambio nuclear, que fácilmente podría convertirse en un holocausto global”.

“Estados Unidos no puede obligar al resto del mundo a apoyar a Ucrania. Este es el porqué”, rezaba un artículo en Politico. Los dos autores, empleados en distintos think tanks, ponen el dedo en la llaga: “No ayuda que Washington defienda sus sanciones sobre la base de que son necesarias para castigar a los países que amenazan el orden global basado en reglas. Para gran parte del Sur Global, esta línea de argumentación es hipócrita dada la historia de Washington de deshacerse de estos mismos principios cuando es conveniente”.

La hipocresía es la clave de este asunto. El relato hollywoodiense con el que Estados Unidos nos está vendiendo su guerra proxy contra Rusia en Ucrania cada vez cuela menos. Los políticos occidentales, y los medios de comunicación que les sirven de altavoces, nos presentan el conflicto como una contraposición entre los “valores democráticos” de un “mundo basado en reglas” frente al “autoritarismo” de Vladimir Putin.  Sin embargo, Estados Unidos mantiene relaciones fluidas con regímenes tan autoritarios como la “Rusia de Putin”, si no más. Por ejemplo, con todas las monarquías del Golfo Pérsico, donde no han oído hablar ni de partidos políticos ni de elecciones, con las que Estados Unidos no sólo cultiva relaciones diplomáticas y comerciales, sino que jamás les ha planteado ningún tipo de “exigencias democráticas”. Esas se reservan, de manera muy selectiva, para aquellos países que optan por modelos económicos y políticos distintos que, casualmente, chocan con los intereses económicos, políticos o geoestratégicos de Estados Unidos. Es muy larga la lista donde la intervención de Estados Unidos ha consistido en una inversión del relato maniqueo de demócratas contra dictadores. Tan larga como la de los golpes de Estado en los que participó la CIA en el siglo XX, tal y como detalla Tim Weiner, ganador del premio Pulitzer, en “Legado de cenizas. La historia de la CIA”.  

A juzgar por los artículos reseñados, en Estados Unidos voces mediáticas muy cualificadas están demandando un giro de la estrategia en Ucrania. Tal y como se está desarrollando la guerra, es probable que ese cambio se produzca. Si finalmente ocurre así, ¿en qué posición va a quedar la Unión Europea? Hasta el momento, la subordinación de Bruselas a los intereses geoestratégicos de Washington ha sido completa, a pesar de que los “daños colaterales” de las sanciones están afectando en mayor proporción a la UE que a Estados Unidos, por una simple razón: la proximidad geográfica a Rusia, que ha estimulado el abastecimiento de energía desde las fuentes más cercanas. Esto que ahora los medios tratan de vendernos con el término “dependencia”, de connotaciones negativas, y que responde, por el contrario, a la lógica económica: comprar más cerca y más barato, y no más caro y más lejos, como ya está haciendo la Unión Europea con el gas natural licuado de Estados Unidos. Un suministro que nos sale un 40% más caro y que, además, es incapaz de satisfacer las necesidades actuales de consumo de la UE.

El sexto paquete de sanciones, aprobado el 30 de mayo en el Consejo Europeo, supone un acuerdo de mínimos que contempla el embargo parcial al petróleo ruso, pero con excepciones para Hungría, la República Checa y Eslovaquia, y periodos transitorios sin especificar. Da la sensación de que los líderes europeos primero sancionan y luego piensan en cómo salir del atolladero en que se han metido. En el que han metido a la ciudadanía europea. Lo único que va a conseguir esta nueva andanada de sanciones bumerán será incrementar el precio del petróleo, como ocurrió nada más aprobarse el paquete: un incremento del 2%, con el barril de Brent ya por encima de 120 dólares. Las sanciones impuestas por Estados Unidos, la Unión Europea, y algunos países más, lo único que han conseguido es que Rusia gire hacia el Este y gane más dinero vendiendo gas y petróleo, ante el aumento de sus precios en el mercado mundial.

El balance por cuenta corriente de Rusia ha arrojado un superávit de 95.800 millones de dólares en los cuatro primeros meses de este año, frente a los 27.500 millones en el mismo periodo en el año anterior, alcanzando la mayor cota desde 1994. Incluso con restricciones a la exportación de petróleo, Capital Economics calcula que el superávit podría alcanzar los 264.000 millones de dólares este año.

Fuente: Bloomberg, 16 de mayo de 2022

Además, las medidas adoptadas por el gobierno ruso para proteger su moneda, junto al incremento del precio de la energía, han propiciado que el rublo sea la moneda con mejor desempeño en el mundo en lo que va de año. Aunque se ha producido un descenso en el volumen de las exportaciones rusas debido a las sanciones, el aumento en los precios de las materias primas compensa con creces estas caídas.

Fuente: https://www.cambioeuro.es/grafico-euro-rublo/

En el frente oriental, a la administración Biden tampoco le están saliendo las cosas muy bien. En la cumbre celebrada en Washington con los países de la ASEAN, la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental, a pesar de los esfuerzos de Estados Unidos por conseguir un comunicado duro de condena a la invasión rusa de Ucrania, la declaración conjunta de clausura sólo contenía un llamado para poner fin a los combates, brindar asistencia humanitaria y defender los principios de “soberanía, independencia política e integridad territorial”, sin mencionar siquiera a Rusia. Quizá frustrado por este fracaso, días después Biden amenazaba a China con una intervención militar si se atrevía a tomar Taiwán por la fuerza. Sin embargo, la potencia asiática continúa ascendiendo. Una reciente encuesta realizada por Japón mostraba que los países de la ASEAN consideraban a China como el socio comercial más importante en el futuro, en detrimento del propio Japón, que caía ocho puntos en la encuesta y bajaba al segundo lugar, y de Estados Unidos, que se quedaba en el tercero.

A Estados Unidos tampoco le fue mejor en el cónclave de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), celebrado en Bangkok posteriormente, al que asistieron 21 países. Cuando el ministro de desarrollo económico de Rusia, Maxim Reshetnikov, se preparaba para intervenir, los únicos representantes que se levantaron de la reunión fueron los de Estados Unidos, Australia, Canadá, Japón y Nueva Zelanda. Los asistentes de los otros 16 países permanecieron en sus asientos para escuchar al ruso. 

En el tablero geopolítico actual, los dirigentes de la Unión Europea están tomando decisiones políticas erróneas, porque van en contra de los intereses económicos, políticos y geoestratégicos de la propia Unión. Son decisiones que sólo benefician a Estados Unidos, cuyo objetivo es debilitar a cualquier competidor que pueda hacerle sombra en su carrera hacia la hegemonía mundial, incluyendo a la propia Europa.

Las consecuencias de estos errores las estamos pagando ya los ciudadanos de a pie, en forma de inflación, que ha llegado a un máximo histórico en la zona euro: 8,1% interanual en mayo. La energía ha subido un 39,2% este mes, frente al 37,5% de abril. Los alimentos, un 7,5%, frente al 6,3% del mes anterior. Y lo malo es que esto es sólo el principio: lo peor está aún por llegar.  

Ucrania y las Islas Salomón: líneas rojas y doble rasero

El 24 de abril, tan sólo 5 días después de que las Islas Salomón y China firmaran un acuerdo de seguridad, el primer ministro australiano, Scott Morrison, declaró que la hipotética construcción de una base militar china en el archipiélago constituía una línea roja para Australia y para los Estados Unidos. A pesar de que la posibilidad sugerida por Morrison fue desmentida tanto por el gobierno de las Islas Salomón como por China, el primer ministro del archipiélago, Manasseh Sogavare, denunció el 5 de mayo que había recibido amenazas veladas de una invasión por parte de los oponentes al acuerdo con China: “Deploramos la continua demostración de falta de confianza de las partes interesadas y la advertencia tácita de una intervención militar en las Islas Salomón si su interés nacional se ve socavado.

Con una población diseminada de 650.000 habitantes en un archipiélago de más de 900 islas e islotes, la antigua colonia británica obtuvo su independencia en 1978. Las Islas Salomón forman parte de la Commonwealth y su soberana sigue siendo la reina de Inglaterra. A tenor de las declaraciones del primer ministro australiano, la emancipación de la excolonia británica no ha sido asumida por Australia ni por Estados Unidos. Tan sólo tres días después de que el gobierno del archipiélago firmara el acuerdo con China, una delegación norteamericana de alto nivel aterrizaba en las islas. El objetivo: organizar un “diálogo estratégico de alto nivel”, así como acelerar la apertura de una embajada, ya que el acuerdo con China presenta “potenciales implicaciones de seguridad, tanto para Estados Unidos como para sus aliados”.

En dicha reunión, los altos funcionarios estadounidenses explicaron a los gobernantes de las Islas Salomón que respetaban su soberanía, pero que “Si se toman medidas para establecer una presencia militar permanente de facto, capacidades de proyección de poder o una instalación militar, la delegación señaló que Estados Unidos tendría preocupaciones importantes y respondería en consecuencia, tal y como señalaba con posterioridad al encuentro un comunicado de la Casa Blanca.

Fuente: Google Maps

El acuerdo firmado con China supone avanzar en el giro estratégico que las Islas Salomón dieron en 2019, cuando dejaron de lado sus relaciones con Taiwán para iniciarlas con Pekín. Con motivo de ese cambio, el primer ministro afirmó que había «colocado al país en el lado correcto de la historia». Dos años más tarde, en noviembre de 2021, cuando comenzó a rumorearse la plasmación de un acuerdo de seguridad con China, una oleada de disturbios provocó saqueos, incendios y víctimas mortales en la capital, Honiara. La mayoría de los asaltantes provenían de otra isla, Malaita, en la provincia más poblada del archipiélago, cuya administración había recibido fondos de Estados Unidos, al margen del gobierno central, tras mostrarse en contra del giro estratégico del primer ministro hacia China, en detrimento de Taiwán. Malaita recibió 25 millones de dólares de Estados Unidos, lo que supone una cantidad 50 veces superior a la ayuda proveniente de donantes el año anterior, según un investigador australiano. Chad Morris, el funcionario para Asuntos Públicos de la Embajada de Estados Unidos en Papúa-Nueva Guinea, declaró al respecto de los fondos suministrados por su país que «Al igual que con los muchos programas con el gobierno de EE. UU., hay un proceso bastante largo por recorrer… no hay intención de hacer de esto un movimiento político«.

El acuerdo de seguridad entre las Islas Salomón y China tiene vertientes distintas a las que pretenden buscarle los Estados Unidos y Australia. Según Marcos Bosschart, un experto en la zona que escribe en El siglo de Asia, «Muchos países de la región son de los más bajos del mundo sobre el nivel del mar, islas, archipiélagos, y por lo tanto los primeros amenazados de desaparecer ante el cambio climático. Muchos de ellos buscan socios para poder luchar contra el cambio climático e incluso, si llegara a ser necesario evacuar el país. Las Islas Salomón han firmado este acuerdo no solo para “pacificar” sus constantes revueltas multiétnicas y sociales, sino también como una posible respuesta ante los desastres naturales en su territorio. Para que China pueda asistirles de una manera más eficiente, de lo que podrían hacerlo con sus propios recursos».

El criterio aplicado a las Islas Salomón por parte de Estados Unidos y su aliado en el Pacífico Sur contrasta con el que utilizan con Ucrania. Mientras se amenaza, de manera poco velada, con intervenciones directas en el archipiélago si el acuerdo de seguridad con China derivara en la construcción de instalaciones militares, Washington ha afirmado en repetidas ocasiones que Ucrania “está en su derecho” de escoger sus alianzas en el plano internacional y, por tanto, de formar parte de la OTAN, recriminando siempre a Rusia que tildara de línea roja la adhesión de Ucrania a la alianza, tratando así de interferir con tal decisión soberana. Sin embargo, Australia, erigida en portavoz de Estados Unidos, usa la misma terminología, línea roja, para calificar una intención negada por los firmantes del acuerdo: la construcción de una hipotética base China en las Islas Salomón. El doble rasero a la hora de manejar el término resulta flagrante: los mismos que se arrogan el derecho de establecer líneas rojas para las alianzas internacionales se lo niegan a otros.

Adicionalmente, la carta fundacional de la OTAN no determina que los países, en general, tienen “derecho” a formar parte de la organización militar, sino que su artículo 10 estipula lo siguiente: Las Partes pueden, por acuerdo unánime, invitar a ingresar a cualquier Estado europeo que esté en condiciones de favorecer el desarrollo de los principios del presente Tratado y de contribuir a la seguridad de la zona del Atlántico Norte”.  Como vemos, la iniciativa debe partir necesariamente de los países que ya conforman la OTAN, y debe producirse por unanimidad, como demuestra lo que está ocurriendo con Finlandia y Suecia. Tras mostrar estos sus intenciones de solicitar su ingreso a la alianza atlántica, Turquía se había posicionado en contra, lo que amenazaba la adhesión de estos países. Una conversación telefónica de Jens Stoltenberg con el ministro de Asuntos Exteriores de Turquía, Mevlüt Çavuşoglu, sumada al reconocimiento por parte de funcionarios de Estados Unidos de que estaban trabajando para “aclarar la posición” de Turquía, parecía haber hecho cambiar de criterio a Recep Tayyip Erdogan durante el pasado fin de semana. Sin embargo, el lunes 16 de mayo, el presidente de Turquía volvía a mostrar su oposición al ingreso de Finlandia y, sobre todo, Suecia, debido a la política de asilo a miembros del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), a quien Ankara considera una organización terrorista. A la hora de publicar este artículo, el asunto seguía en el aire, aunque está claro que Turquía está tratando de obtener contrapartidas a cambio de levantar su veto al ingreso de Suecia y Finlandia. 

La posición geográfica de las Islas Salomón, situadas al noreste de Australia, colocan al archipiélago en la retaguardia del cerco militar que Estados Unidos ha venido construyendo alrededor de China desde el final de la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo con David Vine, el mayor experto estadounidense sobre el tema, los Estados Unidos cuentan con 119 bases en Japón, donde tiene desplegados de manera permanente 63.690 soldados. La gran mayoría de las bases norteamericanas en Japón fueron instaladas en 1945, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, y en los años inmediatamente posteriores. En Corea del Sur, son 28.503 los efectivos estacionados, de manera constante, en las 76 instalaciones militares con las que cuenta Washington en aquel país.  A estos efectivos hay que sumar los 11.295 desplegados en las 47 bases que mantiene en la isla de Guam, las 12 bases instaladas en las Islas Marshall, las 8 que tiene en Filipinas, 7 en la propia Australia, 5 en las Islas Marianas, y otras desperdigadas por Tailandia, Camboya, Indonesia, etc. En total, Estados Unidos dispone de alrededor de 750 bases en todo el mundo, con 175.000 soldados desplegados de manera constante fuera de su territorio.

Días antes de la invasión rusa de Ucrania, la revista Foreign Policy publicaba un artículo titulado “Washington debe prepararse para una guerra con Rusia y China”. El autor, Matthew Kroenig, es el subdirector del Atlantic Council’s Scowcroft Center for Strategy and Security, uno de los think tanks más influyentes a la hora de delinear la política exterior de Estados Unidos, junto con el Council on Foreign Relations (CFE) y el Center for a New American Security (CNAS). Es decir, que conviene tomarse en serio sus publicaciones. En el artículo, el autor afirma sin rodeos que “Estados Unidos sigue siendo la principal potencia mundial con intereses globales y no puede darse el lujo de elegir entre Europa y el Indo-Pacífico. En cambio, Washington y sus aliados deberían desarrollar una estrategia de defensa capaz de disuadir y, si es necesario, derrotar a Rusia y China al mismo tiempo”.

Para conseguir el objetivo de “derrotar a Rusia y a China en espacios de tiempo superpuestos”, el autor aboga por incrementar el gasto militar en Estados Unidos hasta doblarlo, llegando así al 5,6% del PIB. También propone impulsar el QSD, Quadrilateral Security Dialogue, también conocido como QUAD, una iniciativa que partió de Japón, al menos sobre el papel, y que incluye a India, Australia y Estados Unidos. El QSD desarrolló maniobras militares navales de envergadura el año pasado en la costa de Malabar, en India, tras las cuales China se apresuró a calificar a la alianza como la OTAN asiática.

Estados Unidos se está inclinando por incrementar la presión sobre China apoyándose en herramientas ad hoc. El 15 de septiembre de 2021 se anunció la creación de AUKUS, un pacto entre Washington, Australia y el Reino Unido para compartir tecnología militar avanzada. El acuerdo significó una bofetada en el rostro a Francia, miembro de la OTAN, puesto que supuso la cancelación por parte de Australia de un contrato para adquirir submarinos franceses convencionales y comprar, en su lugar, submarinos estadounidenses con propulsión nuclear. El monto del contrato perdido por Francia se calcula en unos 56.000 millones de euros, aunque la valoración fluctúa según las fuentes.

A resultas de la cancelación del contrato por parte de Australia, que París calificó de “puñalada por la espalda”, Francia llamó a consultas a sus embajadores en Canberra y Washington, anunció que lo ocurrido tendría consecuencias en la OTAN, acusó de mentir a Estados Unidos, y habló de “crisis grave”. Por su parte, la Unión Europea mostró su enfado por no haber sido avisada con anterioridad de la creación de AUKUS, que nació el mismo día que Josep Borrell presentaba la estrategia de la Unión Europea para la región Indo-Pacífico. Sin embargo, a pesar de las alharacas, las aguas volvieron a su cauce: la sumisión por parte de la Unión Europea a los postulados de los Estados Unidos. Así lo estamos viendo con ocasión de la estrategia de sanciones diseñada por Washington con el objetivo de debilitar la economía rusa y propiciar un cambio de régimen allí, tal y como se le escapó a Joe Biden en un discurso pronunciado en Polonia.

Da igual que los tres países miembros de AUKUS hayan anunciado el desarrollo de armas hipersónicas, y que hayan dejado claro que en este asunto no van a incluir ni a la OTAN ni, por supuesto, a la Unión Europea. A pesar de las humillaciones, Bruselas continúa con el seguidismo de una estrategia que supone un claro perjuicio para la economía y el bienestar de los ciudadanos europeos, tal y como está siendo advertido por dirigentes y medios de comunicación de la propia Europa, y reconocido por los burócratas de Bruselas que instigan la subordinación ante Washington, en contra de los intereses europeos. 

El presidente de Bulgaria, Rumen Radev, denunciaba recientemente que la falta de conversaciones de paz y la apuesta por alimentar la guerra con el suministro de armas a Ucrania significan “la autodestrucción económica de Europa”.

Una encuesta realizada en Alemania arrojaba datos más que preocupantes: un 49% de los alemanes tenía que realizar recortes financieros debido al alza de los precios de la energía y de los alimentos. Además, el 46% de los más de 5.000 alemanes encuestados se declararon en contra de tener que asumir personalmente los costos adicionales de la política de sanciones.

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, recientemente reelegido, advirtió en su discurso al tomar el cargo queHungría no impedirá las sanciones en aras de la unidad europea hasta que cruce la línea roja, poniendo en peligro la seguridad energética del país”. La sexta ronda de sanciones contra Rusia que preparaba la Unión Europea ha sido vetada precisamente por Hungría. El embargo que la Unión pretendía imponer al petróleo ruso ha sido la línea roja que Orbán no ha querido cruzar, que ha calificado de “bomba atómica” para la economía de su país la adopción de un embargo a los productos energéticos rusos: el 85% del gas y el 60% del petróleo que recibe Hungría provienen de Rusia.

Hungría carece de salida al mar, por lo que necesitaría un periodo de cinco años, y miles de millones de euros, para adaptar su infraestructura y poder recibir gas y petróleo de proveedores alternativos a Rusia. Sin embargo, Lituania ha acusado a Viktor Orban de tener como “rehén” a la Unión Europea por negarse a cometer lo que sería un suicidio económico para su país, y el resto de miembros está redoblando su presión sobre Hungría.  Eslovaquia y la República Checa también han solicitado un periodo transitorio de dos años para dejar de comprar petróleo a Rusia.

Ante la negativa de Hungría a suicidarse, el propio Josep Borrell reconocía que “Las sanciones hacen daño a quien se sanciona, en primer lugar, y tiene efectos colaterales indirectos en quienes imponen esas sanciones”. Una afirmación muy discutible en lo que respecta a quién sufre el mayor daño, en el caso de algunos países de la Unión Europea. Pero Borrell no se paraba ahí, sino que continuaba: “Tenemos que acabar con la dependencia energética de Rusia, y se tiene que hacer gradualmente y a buen ritmo. Pero se tiene que hacer sí o sí. Los debates van a seguir para responder al cómo, al cuándo y a qué coste tendrá que soportar cada Estado miembro”. Tras referirse al gasto necesario para modificar las infraestructuras, Borrell terminaba reconociendo que hay un coste estructural permanente, que tiene que ver con la diferencia de precio entre el crudo ruso y otros crudos que cuestan más.

Por lo que estamos viendo, se pretende hurtar a Hungría su derecho a tomar sus propias decisiones, incluso si de ellas depende su propia viabilidad económica. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ya ha anunciado que está a favor de reformar los tratados de la Unión Europea para evitar el engorro de tener que tomar decisiones por unanimidad en ciertos asuntos clave. La soberanía de los países viene a ser una cuestión elástica, dependiendo de las decisiones que pretendan tomar, porque hay cosas que se tienen que hacer sí o sí, como dice Borrell. Luego lo llamarán democracia.

Por qué las sanciones a Rusia no detendrán la guerra en Ucrania, pero sí dañan la economía global

“Las sanciones son una gran parte de la estrategia de Estados Unidos. No es probable que derroten a Rusia, pero es probable que impongan altos costos en todo el mundo”. La frase no corresponde a ningún portavoz alineado con el Kremlin, sino que forma parte de un reciente artículo de Jeffrey Sachs en el sitio web de la CNN, un medio de claras simpatías por el Partido Demócrata. Este economista, formado en Harvard, fue uno de los ideólogos del proceso de privatización – ¿o habría que denominarlo saqueo? – que el Fondo Monetario Internacional implementó en Rusia durante el mandato de Boris Yeltsin. Que uno de los intelectuales estadounidenses más reputados se explaye contra las sanciones impulsadas por su propio país, seguidas ciegamente por la Unión Europea, y lo haga además en la CNN, significa que se empiezan a abrir grietas en el muro del relato que presentan los medios de comunicación occidentales.

Jeffrey Sachs enumera las causas por las que las sanciones no sólo no van a conseguir su presunto objetivo, detener la guerra en Ucrania, sino que, unidas al suministro masivo de armas al país invadido, están empujando a Rusia hacia una escalada que podría incitarle a hacer uso de armamento nuclear.

Estos son los problemas que presenta la estrategia diseñada por Estados Unidos, según el economista de Harvard. Unos inconvenientes que, como veremos más adelante, también son subrayados por The Economist, otro medio poco sospechoso de simpatizar con Putin:

  1. Las sanciones no funcionan como herramienta para cambiar las políticas de determinados países, por mucho daño económico que les causen. Ahí tenemos los ejemplos de Cuba, Corea del Norte o Irán, todos ellos sometidos a férreas sanciones y que, partiendo de realidades económicas y políticas muy dispares, han continuado por sus respectivas sendas.
  2. Existen métodos para evadir unas sanciones que son más efectivas cuando se aplican a transacciones denominadas en dólares. Tanto Rusia como los países con los que sigue comerciando están implantando vías de pago a través de otras divisas. Lo que unido a la decisión de confiscar la mitad de los activos de Rusia depositados en bancos occidentales está contribuyendo a socavar el poder del dólar.
  3. La mayoría de los países del mundo ha rechazado subirse al carro estadounidense de las sanciones. Según Sachs, la población conjunta de los estados que las aplican es de sólo el 14% de la mundial.
  4. El efecto bumerán es otro de los problemas que presentan las sanciones que pretenden, supuestamente, destruir la economía rusa para forzar a Putin a detener la guerra. Jeffrey Sachs alerta de lo obvio: las sanciones van a dañar a toda la economía mundial, provocarán interrupciones en la cadena de suministro, aumentarán la inflación, que ya venía disparada, y ocasionarán escasez de alimentos.
  5. La falta de elasticidad de la demanda de productos energéticos y alimenticios provenientes de Rusia llevará a un incremento de los precios de estas materias primas, lo que puede redundar en que, aun vendiendo menos, Rusia obtenga un mayor beneficio.
  6. El último problema que generan las sanciones, pero no el menos importante, es geopolítico. Hay muchos países, entre ellos China, que ven la guerra como la plasmación de la resistencia rusa a la ampliación de la OTAN hasta Ucrania, y que consideran legítimos los intereses de seguridad rusos que se estarían ventilando en esta contienda, tras haberse negado Estados Unidos, y la propia OTAN, a abrir una negociación sobre las propuestas de Rusia de diciembre pasado.

Después de esta crítica a la estrategia de las sanciones, y tras poner en solfa el carácter supuestamente defensivo de la OTAN, las conclusiones de Jeffrey Sachs resultan obvias: la única manera de parar la guerra es negociar con Rusia un acuerdo de paz, que incluya la garantía de que Ucrania no ingresará en la OTAN. Por muy difícil que esto pueda resultar, dadas las posiciones de los contendientes de la guerra proxy sobre suelo ucraniano, hay que intentarlo con todas las fuerzas, porque no queda otra, concluye Sachs.

Otra publicación nada sospechosa de connivencia con el Kremlin, The Economist, titulaba el 16 de abril: Por qué gran parte del mundo no hará frente a Rusia. Ilustrado con una foto en la que Vladimir Putin y Narendra Modi, primer ministro de la India, se saludan con efusividad, el artículo adelantaba los motivos bajo el titular: “El aumento de los precios de los alimentos y una historia de hipocresía y egoísmo occidentales no están ayudando”. En el desarrollo de la segunda causa, The Economist subraya que Occidente está obsesionado por un conflicto europeo que no representa una preocupación global, “mientras minimiza o ignora los abusos de derechos humanos en otros lugares”. El doble rasero que está aplicando Occidente en el caso de Ucrania resulta flagrante y sus preocupaciones, “egoístas e hipócritas”, sobre todo cuando se compara “la bienvenida cálida de Europa a los refugiados europeos, comparada con la que fue concedida a los refugiados sirios”. Dada la uniformidad que presentan en su argumentario, parece mentira que estemos leyendo a un medio de comunicación occidental, además de los más influyentes. Otra grieta en el muro, que suena a aviso a navegantes.

Fuente: The Economist.

Para tener alguna oportunidad de ser efectivas, las sanciones contra Rusia deberían ser adoptadas de manera si no unánime, algo harto improbable, sí al menos mayoritaria. Pero no es el caso. Las refinerías estatales de la India acaban de anunciar que comprarán la mayor cantidad de petróleo ruso posible, después de haber adquirido ya más de 15 millones de barriles desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania. Además, lo están adquiriendo con un descuento de entre 10 y 15 dólares por barril sobre el precio de referencia del mercado.

China ya ha declarado, en boca de su presidente, Xi Jinping, que “ampliar las sanciones pondría en riesgo la economía mundial, el orden y el bienestar público”. En su conversación con Joe Biden, Xi Jinping le espetó que las sanciones sólo conseguirían que la gente sufriera. Tales medidas solo harán que la crisis dure aún más, romperán las reglas y el orden internacional, empeorarán los medios de subsistencia de las personas y agravarán la tragedia humanitaria, según fuentes oficiales chinas.

Brasil es la primera economía de América Latina y su ministro de Economía, Paulo Guedes, afirmó recientemente que “Estamos contra la guerra y contra las consecuencias económicas de la guerra, que son las sanciones”, al mismo tiempo que se pronunciaba en contra de excluir a Rusia del G-20, tal y como propuso Joe Biden en una reciente visita a Bruselas.

Argentina es la segunda economía de América Latina, en términos de PIB por poder adquisitivo. Pues bien, su ministro de Asuntos Exteriores, Santiago Cafiero, declaraba recientemente que “lo que Argentina busca y propone es una vuelta al diálogo, pacificar la situación, y honestamente no creemos que repartir sanciones o bloqueos vaya a ser productivo para que se impongan la paz, el diálogo y la negociación diplomática”.

Sudáfrica, por su parte, se abstuvo en la votación de la Asamblea General de la ONU, celebrada el 2 de marzo, en la que la mayoría de los países participantes aprobó una resolución condenatoria de la invasión rusa de Ucrania, pero que contó con 5 votos en contra y 35 abstenciones.

Las sanciones a Rusia lo único que van a conseguir es que el Kremlin bascule hacia Oriente y el resto del mundo. Es lo que ha advertido el Fondo Monetario Internacional en su último informe: la guerra en Ucrania, y sus consecuencias, va a producir un desacople en la aldea global, una escisión en dos bloques. Por una parte, el occidental, formado por Estados Unidos y la Unión Europea, y por otra, el oriental, liderado por China en el terreno tecnológico, empresarial y productivo, con Rusia como socio principal. Pero las sanciones no van a conseguir que Rusia detenga su invasión, porque le queda mucho mundo con quien comerciar.

El periódico británico The Guardian también publicaba un editorial sobre el efecto que las sanciones a Rusia tendrán sobre otros países, especialmente los más pobres. Haciéndose eco de una publicación de UNCTAD, la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, el diario recogía las advertencias de este organismo acerca de las consecuencias de la guerra y de las restricciones en el comercio, provocada por las sanciones, en los países en desarrollo: un “malestar social profundo” y “una espiral descendente de insolvencia, recesión y desarrollo detenido”. En la primera frase de su informe, la UNCTAD, al igual que Jeffrey Sachs, se pronuncia a favor de la consecución de un acuerdo de paz en Ucrania. En relación con las sanciones a Rusia, el informe subraya específicamente que, aunque “no han desencadenado inmediatamente una crisis financiera internacional o efectos de contagio que indicarían una crisis para los mercados emergentes, esto no se puede descartar”.

La visión de The Guardian sobre el cerco de las sanciones: el dolor se siente mucho más allá de Rusia.

El informe de UNCTAD también alerta sobre el efecto disruptivo de las sanciones en la economía de Alemania, y añade que el anunciado incremento en el gasto militar sólo supondrá “una adición moderada a la demanda agregada”. El Bundesbank ya ha advertido de que un embargo a la energía rusa sumiría a Alemania en una recesión. De momento, el gobierno alemán va a solicitar un crédito de 40.000 millones de euros para paliar los problemas económicos derivados del suministro de armas a Ucrania y del incremento de los precios de la energía. El ministro de Finanzas alemán, Christian Lindner, advirtió de una “pérdida de prosperidad” como consecuencia de la guerra en Ucrania y las sanciones “sin precedentes” impuestas a Rusia.

En este contexto, el ajuste monetario anunciado por el Banco Central Europeo debilitará aún más el crecimiento del consumo y la inversión. En resumen, según UNCTAD, “La economía global está, literal y metafóricamente, mirando por el cañón de un arma”.

El ministro de Finanzas de Austria, Magnus Brunner, ha resumido en una frase el absurdo que representan las sanciones que conllevan un efecto bumerán: “Si una sanción te golpea más que al [país que era] objetivo de la sanción, creo que no tiene mucho sentido”. En la misma línea se pronunció el canciller austriaco, Karl Nehammer, cuando afirmó que es imposible en estos momentos rechazar las importaciones de gas ruso, y que la Unión Europea debía centrarse en sanciones que perjudiquen más a Rusia que al bloque.

Alemania, Austria, Hungría y Bulgaria ya han señalado que no van a renunciar a seguir importando gas de Rusia, ya que sus industrias necesitan dicha materia prima para funcionar. Las decisiones en estos asuntos han de tomarse por unanimidad en el Consejo Europeo, por lo que, ante la falta de ella, al Consejo no le ha quedado otra que dejar a cada Estado que decida cuál va a ser su posición sobre el embargo a las materias primas energéticas procedentes de Rusia, solicitado por el Parlamento Europeo.

El consorcio europeo Airbus también ha solicitado eximir al titanio, un metal estratégico para la industria aeronáutica, de los productos incluidos en las sanciones a Rusia. El argumento es similar al esgrimido por Austria: prohibir la importación de titanio dañaría al constructor de aviones europeos, mientras que apenas lo haría a Rusia.

Las sanciones dirigidas a dañar la economía rusa no sólo pueden tener un efecto bumerán, sino que pueden provocar el efecto contrario al que buscan: incrementar los beneficios del país que buscan dañar. Pongamos un ejemplo: la desconexión de Visa y Mastercard de sus tarjetas de crédito en Rusia. Esto ya ocurrió en 2014, por lo que Rusia implementó un Sistema Nacional de Tarjetas de Pago, conocido por sus iniciales NSPK. Visa y Mastercard se sumaron al sistema. En 2015, Rusia forzó el uso de tarjetas Mir basadas en el sistema NSPK. Esas tarjetas no utilizan el sistema de pago de Estados Unidos. Como consecuencia de las sanciones de Visa y Mastercard, en esa ocasión el banco central de Rusia recaudó 8.200 millones de rublos en ganancias netas, o alrededor de 94 millones de dólares al tipo de cambio actual. Rusia, en realidad, se benefició del supuesto castigo a su economía. En la actualidad, los bancos rusos están estudiando emitir tarjetas utilizando el sistema chino Union Pay, de manera coordinada con el sistema ruso Mir, por lo que serán los propios bancos rusos y chinos, en vez de los estadounidenses, quienes se lleven las comisiones de las tarjetas. Desde que cortó sus operaciones en Rusia a raíz de la invasión, VISA ha perdido 60 millones de euros en ese mercado, así como un 4% de sus ingresos. 

Otro de los problemas de las sanciones, como recordaba Jeffrey Sachs, es que existen métodos para sortearlas. El petróleo que sale de los puertos rusos se envía cada vez más bajo la etiqueta “Destino desconocido”. En lo que va de abril, se cargaron más de 11,1 millones de barriles en petroleros sin una ruta planificada, más que a cualquier país. Antes de la invasión rusa de Ucrania, esa cifra era próxima a cero. El uso de la etiqueta de “destino desconocido” es una señal de que el petróleo se transporta a barcos más grandes en el mar, donde el crudo ruso se mezcla con el que ya trae el barco, lo que difumina su procedencia. Esta es una práctica que ya ha sido utilizada por otros países objeto de sanciones por parte de Estados Unidos, como Irán y Venezuela.

Además, desde que comenzó abril, las exportaciones de petróleo desde puertos rusos con destino a países de la Unión Europea han aumentado a un promedio de 1,6 millones de barriles diarios.

Fuente: TankerTrackers.com reproducido en Mishtalk.com

Sintetizando lo expuesto hasta ahora, si parece claro que las sanciones presentan más problemas que soluciones y no van a servir para detener la guerra en Ucrania, ¿de dónde surge tanto interés por parte de Estados Unidos en implementarlas, presionando a lo largo y ancho del mundo a todos quienes se niegan para que lo hagan? Quizás se trate de que el objetivo de las sanciones no sea tanto detener la guerra en Ucrania, un conflicto que Estados Unidos está alimentando con el suministro continuo y en ascenso de armamento, sino que lo que se esté buscando es otra cosa: debilitar a Europa en su conjunto, así como impedir el buen entendimiento entre dos vecinos geográficos y complementarios, estratégicamente hablando: Rusia y la Unión Europea.

Viene al caso una frase que pronunció el presidente de Estados Unidos en 1941, Harry Truman, quien ordenó posteriormente el bombardeo atómico contra Hiroshima y Nagasaki, en relación con el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial: «Si vemos que Alemania está ganando, debemos ayudar a Rusia, y si Rusia está ganando, debemos ayudar a Alemania, y así dejar que maten a la mayor cantidad posible, aunque no quiero ver a Hitler victorioso bajo ninguna circunstancia».

Una frase que debería incitarnos a reflexionar frente al relato monolítico con el que nos bombardean a diario los medios de comunicación hegemónicos, con contadas excepciones.

Más gasto militar, menos inversión social: la Unión Europea se americaniza

Los gobiernos de los países de la Unión Europea acordaron el pasado 11 de marzo elevar sustancialmente el gasto militar. Ursula von der Leyen se felicitaba por el hecho de que los gobiernos le hubieran encargado detectar las lagunas que presenta la inversión en defensa y Charles Michel, el presidente del Consejo Europeo, celebraba el nacimiento de la defensa europea. Sólo cuatro días más tarde, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, presionaba para aumentar el gasto militar de todos los miembros de la organización hasta el 2%. Una propuesta que languidecía desde 2014 y que la invasión rusa de Ucrania ha revitalizado con fuerza.

Fuente: Statista

Previamente a la cumbre europea del 11 de marzo, Alemania ya marcaba el camino al anunciar un incremento en el gasto militar de 100.000 millones de euros. El canciller Olaf Scholz no sólo comunicaba un desembolso en defensa superior al 2% del PIB que reclamaba la OTAN, sino que proponía consagrar tal aumento mediante una reforma de la constitución. Y todo esto lo hacía “para proteger nuestra libertad y nuestra democracia”.

Sin embargo, la decisión de incrementar exponencialmente el gasto militar no se corresponde con la opinión de la población alemana, así que cabría preguntarse qué entiende Scholz por “democracia”. Estos son los datos que recoge el excorresponsal en Berlín Rafael Poch al respecto:

  • El 82% de los alemanes está a favor de que la OTAN retire las 20 bombas nucleares que alberga en la base aérea de Büchel.
  • El 72% de los alemanes está en contra de estacionar nuevas bombas nucleares en su territorio, y en contra de contribuir a pagar, junto con Estados Unidos, el coste de los 45 aviones F-18 encargados de transportarlas, que asciende a 8.000 millones de euros, tal y como establece un acuerdo del gobierno de Scholz con Estados Unidos.
  • El 94% de los alemanes opinaba, en 2018, que era “importante” mantener unas buenas relaciones con Rusia.

La invasión rusa de Ucrania ha proporcionado a Alemania el argumento para ir en contra de la opinión de la ciudadanía alemana, mayoritariamente antibelicista. Proponer una modificación de la constitución que va diametralmente en contra de lo que ésta proclama actualmente en relación con los conflictos bélicos, aprovechando la guerra proxy que libran Estados Unidos y Rusia en Ucrania, denota que Alemania, uno de los motores de la Unión Europea, está impulsando una americanización de las políticas del viejo continente.

¿Por qué decimos americanización? Porque tras el largo periodo de “austeridad” dictado por Bruselas, que ya ha recortado el estado del bienestar que, con enormes diferencias entre países, caracteriza a los más desarrollados de la Unión Europea, el incremento en el gasto militar supone seguir copiando el modelo de Estados Unidos: el mayor desembolso en armas y ejércitos sólo puede provenir de dos fuentes, o de una combinación de ambas. Una, del detrimento de las inversiones en otros capítulos presupuestarios: sanidad, educación, protección social, pensiones, etc. Otra, de un incremento en los impuestos. En ambos casos, de un modo u otro, será la ciudadanía la que terminará pagando el cambio de paradigma para adoptar el modelo americano. Un país donde no existe la cobertura sanitaria universal, y los seguros médicos privados son carísimos: desde 456 dólares mensuales para un individuo hasta 1.152 para una familia, según un estudio de eHealth.

El gasto social en Estados Unidos está por debajo de la media de los países de la OCDE, y supone diez puntos porcentuales menos que lo que destinan a inversión social los cinco países más avanzados de la Unión Europea en este terreno. De algún sitio tienen que salir los cientos de miles de millones de dólares que Estados Unidos dedica al gasto militar.

Fuente: OECD.org

Para llegar al 2% del PIB que reclama la OTAN a sus miembros, el Estado español tendría que duplicar en la práctica el gasto militar. Esto supondría un esfuerzo presupuestario adicional de más de 11.000 millones de euros, todos los años. Para que nos hagamos una idea de lo que representa esa cifra, el recorte en sanidad que se produjo en la década 2009-2018 ascendió a 7.256 millones en euros constantes, y significó un 11% de reducción de la inversión en este capítulo.

¿Cómo se va a imponer a la ciudadanía este cambio de paradigma en las políticas de la Unión Europea? Los medios de comunicación ya han comenzado a dirigir a la opinión pública en la dirección decretada por Bruselas. Días antes de la reunión del 11 de marzo, el diario español Cinco Días presentaba argumentos para encauzar la decisión belicista de la Unión Europea: “Moscú triplica el porcentaje de PIB que invierte la UE en defensa”, titulaba el periódico de información económica, que acompañaba el texto con una infografía para los anales de la manipulación periodística.

Fuente: Cinco Días, 2 de marzo 2022.

Si nos fijamos en las tres primeras cifras de la columna de la izquierda, que refleja el gasto en millones de euros de los 27 miembros de la Unión Europea, de los miembros de la Eurozona y de Rusia, comprobamos que la UE-27 gasta más del triple que Rusia en defensa, y que los países de la Eurozona casi llegan a ese triple. Sin embargo, las barras que corresponderían al gasto en euros para la UE-27 y la Eurozona no aparecen, y la barra negra que se adjudica a Rusia es la más larga de todas las de la columna izquierda, las que reflejan el gasto. En realidad, si se hubieran asignado barras al gasto militar de la UE-27 y la Eurozona, habrían sido tres veces más largas que la asignada a Rusia.

No obstante, se ha preferido poner el foco en el porcentaje del PIB, porque en ese aspecto Rusia invierte más, porcentualmente, que la Unión Europea. Aunque en realidad, Alemania y Francia juntas ya gastan en defensa un 30% más de lo que gasta Rusia.

Los medios de comunicación ya están jugando su papel con su descripción maniqueísta de la guerra en Ucrania, como un enfrentamiento entre buenos y malos, sin resquicio alguno para los imprescindibles análisis de la escala de grises que existe en todo conflicto. Todo, con el fin de dirigir a la población hacia la aceptación de la agenda marcada en Bruselas, sede de la OTAN y los organismos europeos. Además, si algún país díscolo intentara salirse de la hoja de ruta marcada por Washington, la Unión Europea ya tiene experiencia cuando de lo que se trata es de conseguir que sus miembros se atengan a los planes elaborados, o asumidos, por Bruselas.

Recordemos lo ocurrido en Grecia en 2015. En aquel año, el partido político Syriza ganó las elecciones con la promesa de acabar con las políticas de austeridad dictadas por Bruselas. El primer ministro surgido de las urnas, Alex Tsipras, declaraba que «Grecia ya no aceptará más órdenes, especialmente órdenes recibidas por correo electrónico» y subrayaba que «no se puede chantajear a Grecia porque la democracia en Europa no puede ser chantajeada».

Sin embargo, después de cinco meses de negociaciones con la famosa troika, compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, Grecia aceptaba un acuerdo por el que se plegaba a la práctica totalidad de las “reformas” impuestas por la troika a cambio de una aportación de 50.000 millones de euros en tres años.

El primer ministro, Alexis Tsipras,  describía de este modo los motivos que le habían empujado a aceptar dicho acuerdo, contraviniendo la posición que había mantenido, antes y después de haber ganado las elecciones: “Durante la reunión del Eurogrupo el gobierno heleno ha recibido serias amenazas y chantajes que de materializarse tendrían graves consecuencias para el pueblo griego, ya que existe un plan perfectamente detallado (que ya estaba siendo aplicado) para lograr un aislamiento completo del país a partir del miércoles a todos los niveles, incluyendo el colapso de los bancos y la falta de provisiones de todo tipo. Por lo tanto, con el fin de sobrevivir y no sucumbir al Grexit, el gobierno se ha visto obligado a aceptar compromisos muy duros, aunque también algunas victorias”.

Lo ocurrido en Grecia debería hacernos replantear cuál es el concepto de democracia que manejan las instituciones de la Unión Europea. El chantaje del Eurogrupo que denuncia Tsipras se produjo para torcer la voluntad expresada por la ciudadanía de Grecia en un referéndum, donde el 61% de los votantes votó en contra de las condiciones que quería imponer la troika. ¿De qué sirven las elecciones parlamentarias, de qué sirven los referendos, de qué sirve que la población de un país exprese su voluntad en las urnas si esos mandatos democráticos son sometidos a chantaje hasta doblegarlos? ¿De qué tipo de “democracia” estamos hablando?

Al desprecio manifiesto por las decisiones democráticas de los pueblos de Europa, conviene añadir que el Fondo Monetario Internacional, uno de los tres integrantes de la troika, es un organismo donde Estados Unidos es el único país que tiene derecho de veto, debido al sistema de ponderación de voto según el peso de cada país. En la práctica, esto significa que las políticas impulsadas por el FMI son acordes con los intereses de quien tiene capacidad de vetar lo que contraviene sus intereses. Por lo tanto, nos encontramos con que en las negociaciones que se produjeron entre un país de la Unión Europea y la troika, la última palabra la tenía Estados Unidos.

¿De qué tipo de “democracia” estamos hablando? ¿Del poder de veto de Estados Unidos en los asuntos europeos? ¿Del chantaje a los países “díscolos” que se salen del guion marcado por los burócratas en Bruselas? ¿Estos son los valores y las reglas que Ursula von der Leyen dice que estamos defendiendo al asociarnos con Estados Unidos frente a Rusia?

La Unión Europea no sólo está supeditándose a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos. Convertida en correa de transmisión de la agenda de la Casa Blanca, también está imitando las formas que caracterizan a Washington, como vemos en este tuit de Ursula von der Leyen que, antes de presidir la Comisión Europea, fue ministra de Defensa en Alemania.

Ese “China must” con el que Ursula von der Leyen anuncia la lista de deberes que le asigna al coloso asiático, tras la reunión que mantuvieron la Unión Europea y China el 1 de abril, choca frontalmente con el lenguaje diplomático. En inglés el verbo “must” se usa para indicar una obligación o una prohibición. La presidenta de la Comisión utiliza ese verbo conminatorio para exigir, a renglón seguido, que China facilite y mejore el acceso de las empresas europeas al mercado chino, lo que nos recuerda los modos y maneras habituales de Estados Unidos cuando se dirige a otros países.

La presidenta de la Comisión olvida que costó siete años negociar con China un acuerdo que incluía, precisamente, una facilitación del acceso de las empresas europeas al mercado chino. Un acuerdo que ella alabó con estas palabras, en diciembre de 2020: “El acuerdo dará un acceso sin precedentes al mercado chino por parte de los inversores europeos, permitiendo que nuestras empresas crezcan y creen empleo”. También olvida que la ratificación de dicho acuerdo fue paralizada por el Parlamento Europeo, cinco meses más tarde, después de que Estados Unidos realizara alegaciones sobre supuestas violaciones de derechos humanos por parte de China en Xinjiang, y Joe Biden sacara a relucir la “represión” china en Hong Kong en su primera conversación con Xi Jinping.

Como ha destacado el economista Javier Santacruz Cano, el acuerdo con China era “especialmente favorable para la Unión Europea, ya que se conseguían dos avances de enorme importancia: por un lado, más facilidades para localizar empresas europeas en China con más margen de maniobra en su gestión y operaciones en el territorio con otros socios locales o extranjeros y, por otro lado, una mayor reciprocidad y mejor juego (menor dopaje) por parte de las empresas estatales chinas a la hora de acometer operaciones corporativas o el acceso a contratos públicos en territorio europeo”.

Las alegaciones selectivas sobre las violaciones de derechos humanos por parte de determinados países, siempre los mismos, se han convertido en una herramienta usada por Estados Unidos para imponer sanciones económicas que destruyan sus economías, o reventar acuerdos favorables a los adversarios geopolíticos de Washington. En el caso del frustrado acuerdo con China, para debilitar a la Unión Europea.  El hecho de que el periodista saudí Jamal Khashoggi fuera descuartizado y hecho desaparecer en el consulado de Arabia Saudita en Estambul, lo cual fue registrado en grabaciones, o la decapitación de 81 personas en un solo día, no parecen ser violaciones de los derechos humanos lo suficientemente graves como para sancionar al régimen saudí, o cancelar el contrato para construir fragatas en los astilleros de Navantia, en Cádiz, con destino a dicho país, porque afectarían a los puestos de trabajo.  

Como vemos, la americanización de la Unión Europea también se nota en el doble rasero que aplica a según qué países a la hora de exigir democracia y respeto a los derechos humanos. Lo que la diferencia de Estados Unidos es que este país utiliza el doble rasero en su beneficio, mientras que la Unión Europea lo usa para darse tiros en el pie. Eso, cuando Estados Unidos no anuncia una cosa y hace la contraria. Después de haber proclamado, el 8 de marzo, que dejaría de comprar petróleo a Rusia, los datos de la US Energy Information Administration muestran algo muy distinto.

Estados Unidos sigue comprando petróleo a Rusia. Tras un brusco descenso en la primera semana de marzo, donde las importaciones bajaron de 148.000 barriles diarios a 38.000, en la tercera semana Estados Unidos ya volvía a comprar 100.000 barriles diarios de petróleo a Rusia. ¿Qué opina Ursula von der Leyen al respecto?  

Estados Unidos empuja a Rusia hacia una alianza con China

Corría el año 2006 cuando Ivo Daalder – quien fuera nombrado por Obama, tres años después, embajador de Estados Unidos ante la OTAN – y James Goldgeier publicaron un artículo en Foreign Affairs en el que afirmaban que la OTAN se había vuelto global, con poca fanfarria y aún menos aviso. Los autores reclamaban un “concierto de democracias” para transformar el “prototipo” de la OTAN en una organización que incluyera a Australia, Japón, Brasil y Sudáfrica. Un año después, Rudy Giuliani, prominente figura del Partido Republicano, reclamaba una expansión de la OTAN que incluyera a los principales aliados de Estados Unidos, tales como Australia, Japón, Israel, India y Singapur.

Dichas manifestaciones no debieron pasar desapercibidas a Rusia. En 2007, Vladimir Putin se expresó de manera contundente, en la Conferencia de Seguridad de Munich, condenando los intentos de Estados Unidos por instaurar un mundo unipolar y criticando acerbamente la expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia. Asimismo, reclamó el respeto a la Carta de las Naciones Unidas, además de alertar sobre el estancamiento en el terreno de los acuerdos de desarme nuclear.

Conviene tener presentes estos antecedentes para entender cómo es posible que Rusia y China hayan firmado una declaración conjunta del calado de la suscrita el pasado 4 de febrero, a nuestro juicio la consecuencia más importante de los últimos movimientos del expansionismo norteamericano. En un contexto de desplome de la popularidad de Joe Biden, tras la salida de Afganistán al más puro estilo Saigón, después de las sucesivas ampliaciones de la OTAN hacia el este, y como consecuencia lógica del regime change promovido en Ucrania en 2014, todo se aliaba para dar el salto cualitativo que estamos presenciando actualmente: llevamos más de un mes siendo bombardeados por el omnipresente relato de la inminente invasión rusa de Ucrania. La inercia de su propia estrategia, sumada al contexto doméstico, propiciaba que los Estados Unidos dieran esta vuelta de tuerca, pero no tuvieron la prudencia de mirar el mapa antes de seguir esta peligrosa senda, y se han topado con la alianza formal de las dos potencias que, unidas, pueden hacerle más que sombra: la alianza de Rusia y China supone el tiro de gracia al mundo unipolar que alimenta los sueños de los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca.

Bien es cierto que una declaración política de la profundidad que tiene la del 4 de febrero no se improvisa en un mes – no en vano Xi Jinping y Vladimir Putin se han encontrado en 38 ocasiones desde 2013 – pero también es cierto que la expansión de la OTAN hacia el este tampoco ha sido cosa de dos tardes, desde aquel famoso “ni una pulgada” que le aseguraron a Gorbachov que no se movería la OTAN hacia el este, si el artífice de la perestroika “permitía” la reunificación de Alemania.

En sucesivas oleadas, especialmente en 1999 y 2004, la OTAN fue estrechando el cerco en torno a Rusia, primero con la incorporación de países anteriormente miembros del Pacto de Varsovia y, después, con otros directamente fronterizos, como los bálticos. Ahora, jugando al no quiero, sí quiero con la integración de Ucrania en la organización supuestamente noratlántica, aunque muchos de sus miembros se hallen a miles de kilómetros de tal océano, Estados Unidos ha terminado por despertar al oso ruso, aletargado durante tres décadas, quitando algún zarpazo cuando le buscaron demasiado las cosquillas.

Las sucesivas ampliaciones de la OTAN. Fuente: Wikipedia

A pesar de la constante expansión de la OTAN, esa organización defensiva que bombardeó Yugoslavia sin que a la Unión Europea se le moviera un músculo, Rusia se había mostrado paciente con el acercamiento a sus fronteras por parte del anterior adversario del Pacto de Varsovia. Durante los años 90 – los llamados “años de la anarquía” por los propios rusos – se llevó a cabo el mayor trasvase documentado de propiedad pública a manos privadas (muy pocas) de la Historia, bajo la presidencia de Yeltsin. Los hombres del FMI en Moscú (Anatoli Chubais y Yegor Gaidar, entre otros) ejecutaron la privatización de las principales empresas públicas que desembocó en la aparición de los oligarcas. La mayoría de los cuales viven, por cierto, en Londres, alguno incluso tras una estancia en la cárcel, prueba de su sintonía con Putin.

Durante el mandato de Yeltsin, la ampliación de la OTAN en 1999 a la parte oriental de Alemania, Polonia, República Checa y Hungría, no parecía generarle ningún problema a Rusia, cuyo presidente estaba inoperativo con frecuencia a partir de las tres de la tarde, mientras sus ministros se encargaban de llevar a cabo la terapia de choque dictada por el FMI: “liberalización” de la economía, recorte del gasto público y privatizaciones masivas, lo que condujo al país a la hiperinflación, entre otros daños colaterales. Yeltsin bailaba encantado al son que le marcaba Clinton. Entretanto, la otra parte de la pinza occidental, la OTAN, envolvía a Rusia.

Fuente: Getty Images

Sin embargo, la actitud de Rusia respecto a la actitud expansionista de la OTAN cambió con la llegada de Vladimir Putin a la presidencia. Su discurso de la conferencia de Munich, en 2007, fue el primer aviso, cuyo calado no fue valorado adecuadamente: el entonces secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, calificó el discurso de Putin de “decepcionante y sin utilidad”. 

Al año siguiente, en 2008, cuando el entonces presidente de Georgia, Mijéil Saakashvili – educado en Estados Unidos con una beca del Departamento de Estado – ordenó a sus tropas recuperar lo que consideraba un enclave perteneciente a Georgia, las fuerzas de pacificación rusas (que estaban en Osetia del Sur en función de los acuerdos de paz que pusieron fin al conflicto de 1992) y algunas divisiones más, se pusieron del lado osetio y le pararon los pies al protagonista de la revolución de las rosas que le aupó al poder, en 2003. Fue el segundo aviso que envió Rusia, esta vez en formato distinto al de las palabras. Inmutable, la OTAN prosiguió su expansión: en 2009, Croacia y Albania se incorporan al club otanista. En 2017, Montenegro. En 2020, Macedonia del Norte.

Es en este contexto en el que hay que situar la declaración conjunta de Rusia y China del 4 de febrero. Un hito verdaderamente histórico dado el contenido del documento, que constata la voluntad política de ambas potencias de poner freno a la unipolaridad pretendida por Estados Unidos, en un amplio rango de materias: desarrollo y cooperación, Agenda 2030, tratados de desarme, seguridad de las tecnologías de la información, libre comercio en el marco de la OMC, potenciación del área euroasiática a través de foros internacionales como ASEAN y APEC y un largo etcétera.

Tras un prólogo que describe el mundo globalizado en el que vivimos y los retos a los que nos enfrentamos, el documento agarra el toro por los cuernos, comenzando por el tema de la democracia. Sin duda este asunto generará las correspondientes críticas por parte de quienes habitualmente tildan de autoritarios a determinados sistemas de gobierno en función no de sus mecanismos más o menos homologables a los occidentales, sino dependiendo de su ubicación geográfica o de sus recursos naturales. Pero nosotros vamos a dejar este tema para otro artículo, porque la crítica que hacen China y Rusia del modelo de democracia que se pretende imponer por parte de quienes se creen en la posición de repartir – o negar – determinadas credenciales se lo merece.

El documento reclama que los Estados se involucren en el desarrollo y la cooperación, en distintos formatos multipolares, con el fin de alcanzar un mayor bienestar para la humanidad. Algo de Perogrullo, pero que no está de más recordar. La declaración critica los intentos de algunos países de incrementar su seguridad en detrimento de los demás, rechaza las injerencias externas en los asuntos internos de otros, y se opone a la ampliación de la OTAN.

Pero la clave del documento radica en esta frase: “La amistad entre ambos países no tiene límites, no existen áreas “prohibidas” para la cooperación”. Esta manifestación por parte de Rusia y China es la consecuencia directa de la política expansionista del bloque comandado por Estados Unidos que persigue, con la actual baza que se juega en torno a Ucrania, evitar que la Unión Europea y Rusia formen la alianza natural que viene a la mente cuando miras el mapa. Una alianza que, según Robert D. Kaplan, autor de La venganza de la geografía, supondría el fin de la hegemonía que los Estados Unidos intentan conservar a toda costa, ante la pujanza económica de China. Pero esa división entre las dos partes de Europa, la occidental y la oriental, que se alienta desde el otro lado del Atlántico será ya el tema de otro artículo.