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Las sanciones a Rusia meten a la Unión Europea en un callejón sin salida

Estamos en manos de inútiles. La comparecencia de Christine Lagarde, el 8 de septiembre en Frankfurt, vino a confirmarlo. Por un lado, la presidenta del Banco Central Europeo anunció una subida del tipo de interés de 75 puntos básicos (0,75%), advirtió que se producirían más incrementos en cada una de las próximas reuniones del Consejo de Gobierno del BCE y declaró que el objetivo es reducir la inflación, hasta dejarla en el 2%. Sin embargo, en la eurozona, la inflación depende en un 42% de la oferta, en un 15% de la demanda, y en un 43% de la energía. Las subidas de tipos de interés sólo pueden actuar deprimiendo la demanda y, en menor medida, la oferta. Pero en ningún caso las subidas de los tipos de interés podrán frenar los precios del gas y del petróleo, que dependen de factores fuera del alcance de la política monetaria del BCE.

Por otro lado, la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, anunciaba el 29 de agosto una intervención de emergencia en el mercado eléctrico y una reforma estructural. Se lo está tomando con calma. Esta vez, los Estados van a tener que salir al rescate de la ciudadanía, siquiera parcialmente, para que podamos pagar los recibos de la energía eléctrica, que han subido de forma desorbitada. En Bruselas se está discutiendo la manera de repartir esos costes entre los Estados y las compañías eléctricas y, a juzgar por el discurso de la presidenta de la Comisión del 14 de septiembre, el conejo está todavía dentro de la chistera, bastante mareado: von der Leyen no pasó de anunciar generalidades.

¿Cómo financiarían los Estados las ayudas a la ciudadanía? Pues, además de lo que pueda transferirles la Comisión Europea de lo que obtenga de las compañías eléctricas, moderando sus beneficios o a través de impuestos, que eso está por verse, la otra vía sería emitiendo deuda pública. ¿Y quién la compraría? ¿La banca privada? Difícilmente podría asumir esa cantidad, ni aunque tuviera voluntad de hacerlo, lo que está por ver. Entonces ¿quién queda? Efectivamente: el Banco Central Europeo.

Nos encontramos entonces con la siguiente contradicción: por una parte, el BCE sube los tipos de interés para intentar doblegar la inflación – un fenómeno que hasta hace poco consideraba transitorio – restringiendo la política monetaria. Y por otro lado, tras años inyectando liquidez a los mercados para paliar el parón de la economía motivado por la pandemia – es decir, imprimiendo moneda, lo que ha contribuido al incremento de la inflación – el BCE va a terminar dándole otra vez a la impresora. En definitiva: por un lado, le echo agua al fuego de la inflación, subiendo tipos y, por otro, le echo gasolina, asumiendo deuda pública de los Estados. ¿Qué puede salir mal?

En Estados Unidos el desbarajuste provocado por quienes detentan los puestos de más alta responsabilidad económica no pinta mejor. Desde que comenzó la pandemia, la Reserva Federal ha impreso más dinero que en toda la historia anterior del país. La anterior presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, al igual que su colega Christine Lagarde, se hartó de decir que la inflación era un fenómeno transitorio, por el que no había que preocuparse. Ahora Yellen es la Secretaria del Tesoro de Estados Unidos, reconoce que se equivocó y admite que la Reserva Federal va a necesitar gran habilidad, y mucha suerte, para conseguir un aterrizaje suave de la inflación, sin provocar una recesión por la subida de los tipos de interés. ¿Mucha suerte? Si los máximos responsables de la política monetaria en Estados Unidos están ligando su desempeño a la suerte, estamos apañados. Sobre su habilidad, vistos sus antecedentes, mejor no explayarse.

Las sanciones promovidas por Estados Unidos y acatadas con entusiasmo por los dirigentes europeos, sintetizan la ineptitud de los dirigentes occidentales. Los ejecutores de la Unión Europea nos han metido en un callejón sin salida por una simple razón: no existe en el mundo una alternativa, a corto plazo, a las fuentes energéticas que procedían de Rusia, próximas, abundantes y baratas, sobre las que se asentaba el modelo económico de esta península de Eurasia denominada Europa. Y de donde no hay, no se puede sacar.

Como los burócratas de Bruselas saben perfectamente que no se pueden sustituir los productos energéticos rusos con lo que pudieran aportar otros países, porque su producción no alcanza para hacerlo, nos están sorprendiendo con soluciones imaginativas para salir del atolladero en el que se han metido, en el que nos han metido. Hace tan solo una semana, Úrsula von der Leyen se mostraba entusiasmada con la nueva ocurrencia de Estados Unidos: poner un tope a los precios del petróleo ruso. Y lo estaba tanto que propuso hacer lo mismo con el gas. Una idea que no mencionó en su discurso sobre el estado de la Unión, vista la oposición de países como Alemania, Austria o la República Checa.

Los intentos de poner un tope a los precios del gas o del petróleo rusos tienen las mismas posibilidades de prosperar que las que tenemos nosotros cuando entramos a un bar a tomar un café y pretendemos decirle al camarero cuánto estamos dispuestos a pagar por el cortado, y exigimos que nos lo sirva a ese precio, y deprisita.

Los promotores de este disparate pretenden fijar un rango de precios al petróleo ruso entre 40 y 60 dólares por barril. La banda baja estaría cerca del coste de extracción en Rusia. ¿Cómo pretenden hacerlo? Aprovechando que la mayoría de las compañías aseguradoras son estadounidenses y británicas, plantean denegar el seguro a aquellos tanqueros que transporten crudo ruso por encima del precio tope fijado. Y aquí empiezan los problemas del dislate:

  • Las aseguradoras no tienen capacidad para fiscalizar el origen del crudo.
  • Existen serias dificultades para que los impulsores de la medida consigan averiguar si el petróleo transportado ha sido vendido por encima del tope, por mucho que se requieran atestados de la carga a los tanqueros. Siempre existe la posibilidad de usar un canal B para efectuar pagos complementarios, opacos a las inspecciones.
  • Las presiones y las trabas a la operación normal de aseguradoras y flotas tanqueras conseguirían que el precio del transporte marítimo de petróleo subiera, lo que repercutiría al alza en la cotización del barril.
  • Rusia es el segundo productor de petróleo del mundo y ya ha anunciado que no va a vender ni petróleo, ni gas, ni carbón, ni nada, a nadie que pretenda fijarle el precio al que va a comprar sus productos.
  • Para que el bombillazo funcionara, los topes deberían ser impuestos por una amplia mayoría de países, lo que no parece que vaya a ocurrir. En el caso de que esto sucediera, Rusia dejaría de vender a más Estados, con lo que habría menos petróleo en el mercado, y su precio se dispararía aún más.
  • India y China ya están comprando petróleo ruso y revendiéndolo a Europa, cobrándoles un sobrecoste.

Conclusión: incluso si la ocurrencia de la Casa Blanca, formalmente impulsada por el G7, tuviera éxito, lo cual no parece factible, sus consecuencias no serían la bajada de los precios del petróleo, sino una subida. Janet Yellen ha declarado que el objetivo del plan es aminorar la cantidad que Rusia percibe por las ventas de su petróleo, sin reducir la cantidad de petróleo disponible en el mercado. Los analistas, sin embargo, no creen en los unicornios. JP Morgan estima que, en el caso de que Rusia cortara el suministro de crudo, la subida sería “estratosférica”: alcanzaría los 380 dólares por barril.

Noruega es el segundo proveedor de gas a Europa, después de Rusia, y aporta un 25% del consumo europeo. Su primer ministro, Jonas Gahr Stoere, afirma que “Un precio máximo no resolvería el problema de fondo, que es que hay muy poco gas en Europa” y se ha declarado escéptico acerca de la posibilidad de implementarlo. 

El primer ministro noruego pone el foco acertadamente en la cuestión principal. Las sanciones tenían, supuestamente, el propósito de parar la guerra en Ucrania, cortando las fuentes de financiación a Rusia. Sin embargo, lo que está ocurriendo es que las sanciones han disparado el precio del petróleo y, sobre todo, del gas, por lo que Rusia está ingresando mucho más dinero que antes por este capítulo. Al desconectarse de las fuentes de energía que la venían alimentando desde hace décadas, la Unión Europea está cometiendo un suicidio económico, porque no existen alternativas para rellenar las carencias que sus decisiones políticas han ocasionado.

Como el asunto no tiene solución, o la solución que quizás tendría, poner fin a las sanciones a Rusia, es algo que en Bruselas ni se plantean – “las sanciones están aquí para quedarse”, von der Leyen dixit – los dirigentes europeos van como pollos sin cabeza. Para rematar su incompetencia, las ocurrencias, de llegarse a implantar, lo único que conseguirían sería empeorar, más aún, la situación crítica a la que han abocado a la Unión Europea, a la que van a sacrificar en el altar de los intereses geopolíticos de Estados Unidos, causando la ruina a la ciudadanía a la que, supuestamente, representan y cuyos intereses deberían defender a capa y espada.

El primer ministro de Bélgica, Alexander De Croo, ha advertido que «Unas cuantas semanas así y la economía europea se detendrá por completo”, alertando del riesgo de desindustrialización y de malestar social, a menos que se intervengan los mercados. Estamos asistiendo a un drenaje de la prosperidad en la Unión Europea, concluye De Croo. Espectacular, el resultado de las sanciones. ¿Cómo pretenden cambiar los dirigentes europeos la situación en “unas cuantas semanas”? ¿Van a sacar una varita mágica que hará brotar gas de las canteras?

Al menos, el belga no nos miente, a diferencia de Olaf Scholz, que declaró recientemente que Alemania está preparada para el corte del gas ruso, porque ha logrado alternativas energéticas al mismo. No es de la misma opinión el consejero delegado del Deutsche Bank, que piensa que es imposible evitar una recesión en Alemania, porque “el gas y la electricidad son escasos y extremadamente caros”. Los analistas de ING y Commerzbank coinciden con el diagnóstico: los 65.000 millones prometidos por Scholz no bastarán para evitar la recesión en Alemania

Tampoco es optimista Eurometaux, la asociación de productores de metales no ferrosos, que habla de una “crisis existencial” para el sector, a menos que se reduzcan los costes energéticos urgentemente. El sector del aluminio y el zinc ya ha reducido su capacidad en un 50% en Europa, ya que es una industria intensiva en el uso de electricidad. En el sector del acero, las cosas no están mejor. Este es el mapa de las plantas de acero inactivas actualmente en Europa, debido al incremento de los costes energéticos provocado por las sanciones a Rusia.

 

Por su parte, el consejero delegado de Uniper, la mayor importadora de gas ruso en Alemania, que ha precisado un rescate estatal de 15.000 millones de euros, avisa de que “lo peor está por llegar”

Ante este dantesco panorama, produce auténtico sonrojo tener que escuchar algunas propuestas, más propias de un concurso de disparates en un jardín de infancia que de adultos que ocupan puestos de la más alta responsabilidad. ¿Estos no eran los defensores del “libre mercado”? Ahora resulta que apuestan por “intervenir los mercados” y poner límites a los precios de los productos que otros venden. Úrsula von der Leyen ahora habla de la “subida vertiginosa de los precios de la electricidad que está poniendo al descubierto las limitaciones de nuestro actual diseño de mercado” (que) “estaba diseñado para circunstancias diferentes”. ¿Qué quiere decir que el modelo estaba diseñado “para circunstancias diferentes”?

Conviene recordar que estamos pagando la electricidad al precio más alto de todas las fuentes que intervienen en su producción: el orden de mérito, según el eufemismo de la Comisión Europea, artífice del esquema. Es como si fuéramos al súper, compráramos una berenjena, un litro de leche, un cartón de huevos y una botella de vino de reserva y pagáramos todo al precio del vino. Esta directiva europea es la que ha traído los famosos “beneficios caídos del cielo” a las compañías productoras de electricidad. ¿Que las circunstancias ahora sean diferentes quiere decir que, en ausencia de la guerra en Ucrania, a la Comisión Europea le parecía correcto que las eléctricas nos cobraran la leche a precio de vino del bueno? No es Rusia la que está manipulando nuestro mercado energético, como insiste von der Leyen, sino que fue la propia Comisión la que diseñó este sistema. ¿O acaso el brazo de Putin es tan largo como para redactar las directivas europeas? Rusia se está limitando a responder al castigo de las sanciones y al suministro de armas a Ucrania. ¿O alguien pensaba que se iba a quedar cruzada de brazos?

Según Nadia Calviño, en la Unión Europea hay “unanimidad” para desacoplar el precio del gas del de la electricidad. Y eso lo dijo el 26 de febrero. Si tan grave es la situación ¿a qué espera la Comisión Europea para hacerlo, en lugar de seguir dando largas al tema? Las compañías eléctricas nos siguen robando, amparadas en el “orden de mérito”, con la complicidad de la Comisión, que es quien tiene la potestad de proponer iniciativas legislativas.

Hablando del origen de las sanciones: la guerra en Ucrania. ¿No se supone que iban a servir para detenerla? Porque la guerra continúa y, con los vaivenes propios de toda contienda bélica, por el momento parece que la balanza se inclina hacia el lado ruso. Da la sensación de que las sanciones, en lugar de una herramienta para alcanzar un fin, se han convertido en un objetivo en sí mismas. Después de seis meses de guerra, está bastante claro que las sanciones no van a detener los planes que Rusia pueda tener en mente, pero sí están erosionando gravemente las condiciones de vida de la ciudadanía en la Unión Europea. Y el invierno aún está por llegar. El primer ministro belga declaraba que “Europa tiene cinco o diez inviernos muy duros por delante”. ¿Cinco o diez? No saben ni por dónde se andan. 

A todo esto, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, reconocía que la organización ofensiva lleva armando y entrenando al ejército de Ucrania desde 2014, cuando Estados Unidos promovió el golpe de Estado del Maidán. Para que luego digan que la invasión rusa de Ucrania ha sido “no provocada”.

Y para rematar, el mismo personaje escribía en el Financial Times que Europa tendrá que pagar un precio este invierno por su apoyo a Ucrania, pero matizaba que “lo que pagamos se cuenta en dólares, euros y libras, mientras que los ucranianos lo pagan con sus vidas”. ¿En qué lugar deja eso a Zelensky? La reciente contraofensiva del ejército de Ucrania ha sido planificada juntamente con oficiales estadounidenses, según recoge el New York Times, y el propio Secretario de Estado, Antony Blinken, ha declarado que la operación se ha visto beneficiada por el respaldo militar de Estados Unidos a Kiev.

A estas alturas, ¿a alguien le queda alguna duda de que Estados Unidos está librando una guerra proxy contra Rusia en el territorio de Ucrania, con la connivencia de su presidente? ¿Y qué tiene que ganar la Unión Europea en todo esto? Absolutamente nada. Ucrania está poniendo los muertos, y a la ciudadanía europea nos va a tocar poner la miseria, a mayor gloria de los intereses geopolíticos de Estados Unidos.

La Comisión Europea ya ha anunciado que va a proponer una reducción obligatoria del consumo eléctrico, en una franja entre tres y cuatro horas al día. En otras palabras: llega el racionamiento de la energía. Deberíamos preguntarnos cuál es la verdadera motivación que instiga a los dirigentes que se congregan en Bruselas, que declaran abiertamente que seguirán “apoyando” a Ucrania, digan lo que digan sus votantes, como acaba de hacer Annalena Baerbock, ministra de Asuntos Exteriores de Alemania.

 

 

Estados Unidos sigue su estrategia de guerra permanente en China e Irán

“El objetivo es tener una guerra permanente, no una guerra exitosa”. Son las palabras de Julian Assange para describir cuál es la estrategia de Estados Unidos con sus inacabables guerras para extender la “democracia” por el mundo. El hecho de que Assange esté preso por haber denunciado los crímenes de guerra de Washington debería bastar para desmontar este cuento para niños con el que nos están vendiendo la actual guerra en Ucrania, y nos han querido colocar otras. Una narrativa más propia de un guiñol, donde los demócratas buenos atizan con una cachiporra a los autócratas malos, que demuestra el profundo desprecio con el que las élites tratan a la ciudadanía.

Costs of war (Los costes de la guerra) es un proyecto multidisciplinar del Watson Institute, en la Universidad de Brown, que analiza el gasto militar de Estados Unidos en las múltiples guerras que sostiene por el mundo. Las cifras son desorbitantes, sobre todo cuando se comparan con lo que el gobierno de Washington dedica a otras partidas presupuestarias. Desde el comienzo de la guerra en Afganistán, el Pentágono se ha gastado 14 billones, con b, de dólares, un tercio de los cuales ha ido a parar a los bolsillos de los contratistas. Entre ellos, la parte del león se la han llevado cinco fabricantes de armas: Lockheed Martin, Boeing, General Dynamics, Raytheon, y Northrop Grumman. Estas empresas se han gastado 2.500 millones de dólares en hacer lobby en los últimos 20 años, y han empleado a más de 700 lobistas, de media, cada año, en los últimos cinco años. Esto significa que a cada congresista le toca más de un lobista. En 2011, la Comisión de Contratación en Tiempos de Guerra en Irak y Afganistán estimó que el despilfarro, el fraude y el abuso totalizaron entre 31.000 y 60.000 millones de dólares.

Presupuesto del Pentágono desde 1948 a 2020, ajustado a dólares constantes de 2021. Fuente: Costs of War.

Según esta misma fuente, las guerras provocadas por Estados Unidos en Afganistán, Pakistán, Irak, Siria, Yemen y otros países, han causado entre 897.000 y 929.000 muertos, de los cuales entre 364.000 y 387.000 han sido civiles. A los fabricantes de armas contratistas del Pentágono no creo que les importen mucho estas cifras. Viven de ellas.

Nadie se cree que Ucrania sea capaz de derrotar militarmente a Rusia. Sin embargo, Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares en enviar armamento al gobierno de Zelensky, porque el objetivo no es ganar la guerra, sino alimentarla. Varios son los propósitos que persigue Washington en Ucrania, desde que patrocinara el golpe de Estado de 2014 para colocar un gobierno títere, como colofón a la estrategia de ampliación de la OTAN hacia el Este. El primero es desgastar a Rusia y, si fuera posible, derribar a Putin para colocar otra marioneta al estilo de Yeltsin, con el fin último de esquilmar los recursos del país más rico de la tierra. El segundo, debilitar lo más posible a la Unión Europea, que podría ser un competidor geopolítico en el mundo multipolar que está naciendo. El tercero, y no por ello menos importante, es incrementar las plusvalías del complejo militar-industrial que, de facto, impulsa la estrategia de la guerra permanente en su propio beneficio.

La guerra en Ucrania está perdida, lo que no significa que haya terminado, como explica Richard Black, coronel retirado del ejército estadounidense, en este esclarecedor vídeo. Ucrania está sufriendo bajas equivalentes a 60 veces las que sufrió el ejército de Estados Unidos en Vietnam. Es sólo uno de los muchos datos que aporta este militar para argumentar su vaticinio.

El hecho de que Ucrania no tenga ninguna posibilidad de ganar la guerra contra el ocupante no significa que Estados Unidos y la Unión Europea no la vayan a seguir alimentando, probablemente hasta el colapso del ejército ucraniano, porque en ningún momento se trataba de ganar esta guerra proxy de Washington contra Moscú, sino de crear todas las condiciones para provocarla y, una vez conseguida la invasión que se buscaba, alimentarla, con los objetivos antes mencionados.

Siguiendo con su estrategia de guerra permanente, Estados Unidos ha decidido reactivar el frente que abrió con las sanciones a Irán, allá por 1979, cuando Washington “congeló” 11.000 millones de dólares de activos iraníes, entre otros “castigos”, tras la crisis de los rehenes en la embajada estadounidense. El último episodio de esta guerra larvada contra la república islámica comenzó en 2006, cuando Estados Unidos y la Unión Europea adoptaron una nueva batería de sanciones contra Irán con el fin de impedir el enriquecimiento de uranio que este país estaba llevando a cabo. Irán siempre ha defendido que perseguía únicamente fines civiles, relacionados con la energía. En 2015 se alcanzó un acuerdo con Teherán, denominado Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), (Joint Comprehensive Plan of Action, JCPOA), que fue avalado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. A raíz de dicho acuerdo, se levantaron las sanciones relacionadas con el material nuclear, aunque se mantuvieron restricciones a la transferencia de bienes sensibles a la proliferación, los embargos de armas y misiles balísticos y medidas restrictivas contra algunas personas y entidades.

En mayo de 2018, Estados Unidos se salió del acuerdo firmado con Irán para limitar su programa nuclear y restauró las sanciones contra la república islámica. Donald Trump tildó dicho pacto de “decadente y defectuoso”, a la vez que advertía que «cualquier país que ayude a Irán también podría ser sancionado». La Unión Europea se mostró en contra de dicho descuelgue, así como Barack Obama, bajo cuyo mandato se alcanzó el acuerdo. En febrero de 2019, Estados Unidos pidió a la Unión Europea que se retirara del acuerdo, pero esta vez Bruselas no siguió sus dictados. Bien al contrario, en marzo de 2019, los signatarios se reunieron en Viena para reafirmar su compromiso para implementar el pacto. Como respuesta, al mes siguiente Estados Unidos designó al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica como “organización terrorista extranjera”. La réplica de Irán, al día siguiente, fue el anuncio de la instalación de nuevas centrifugadoras de uranio en la planta nuclear de Natanz. El sitio web armscontrol.org tiene un calendario muy detallado de todos los avatares de la negociación con Irán, desde 1970 hasta la actualidad.

Desde 2019 se han mantenido varias rondas de negociación en Viena, con el fin de revitalizar el acuerdo y conseguir que Estados Unidos vuelva a incorporarse al mismo. Sin embargo, la reciente visita de Joe Biden a Israel dejó bien a las claras que no existe voluntad política de llegar a un acuerdo con Irán, sino todo lo contrario. Estados Unidos e Israel firmaron la Declaración de Jerusalén, por la que el primero se comprometió a evitar que Irán obtenga armas nucleares utilizando para ello “todos los elementos de su poder nacional”. Denominar a la declaración “de Jerusalén” ya supone una toma de posición muy clara sobre la política de ocupación de los territorios palestinos que perpetra Israel desde hace décadas. Declarar, como hizo Biden, que “no hace falta ser judío para ser sionista”, no deja ya lugar a dudas. Por su parte, el primer ministro de Israel aseveró que actualmente la actividad de las fuerzas armadas de Israel es prepararse para un ataque contra Irán.

El presidente de Irán, Ebrahim Raisi, considera que es Occidente quien está obstruyendo las conversaciones de Viena para impedir un acuerdo. En este sentido, atribuyó una motivación política al comunicado emitido por la Organización Internacional de la Energía Atómica en junio, que acusaba a Irán de no justificar el origen de unas trazas radioactivas halladas en lugares no declarados como nucleares, un hecho que Irán atribuyó a un sabotaje de Israel. El científico Mohsen Fakhrizadeh, uno de los arquitectos del programa nuclear de Irán, fue asesinado por el Mossad, según el periódico The Jewish Chronicle. Este atentado se suma a otros asesinatos de científicos iraníes, que Irán ha atribuido a Israel. Benny Gantz, ministro de Defensa israelí, declaraba el 26 de julio que “somos capaces de golpear duro y retrasar el programa nuclear”. Según Nuclear Threat Initiative, Israel posee armas nucleares desde la década de 1960, pero mantiene una política de opacidad al respecto, sin confirmar nunca oficialmente la existencia de su programa. En consecuencia, Israel nunca ha firmado el Tratado de No Proliferación.

En noviembre de 2011, Barack Obama anunció el pivot to Asia” en un discurso ante el parlamento de Australia, remarcando que Estados Unidos iba a dirigir su atención “al vasto potencial de la región de Asia Pacífico”. Un mes antes, Hillary Clinton, entonces secretaria de Estado, ya había proclamado en Foreign Policy el nacimiento del “siglo del Pacífico de Estados Unidos”, subrayando que el futuro de la política se decidiría en Asia, no en Irak o Afganistán. Donald Trump reinterpretó ese giro hacia el continente asiático iniciando una guerra comercial con China, cuando en marzo de 2018 subió los aranceles a las importaciones de acero y aluminio, que fue contestada por China con la subida de los impuestos a 128 productos estadounidenses. Aunque en enero de 2021 China y Estados Unidos firmaron un acuerdo para poner fin a la guerra comercial, la Casa Blanca de Biden ha vuelto a la carga contra Pekín, esta vez usando a Taiwán como ariete.

En primer lugar, debería llamar profundamente la atención el hecho de que el Pentágono haya dividido el mundo en regiones, a cada una de las cuales ha asignado una parte de su ejército. Así, nos encontramos que hay generales norteamericanos a cargo de cada una de las áreas geográficas en las que Estados Unidos ha troceado el planeta.  Sin embargo, este hecho se contempla con la naturalidad con que se sufren determinados fenómenos meteorológicos, pero sin aspavientos. Indudablemente los medios de comunicación han contribuido enormemente a la normalización del hecho de que exista un solo país que tenga desplegado a un ejército de ocupación por todo el planeta.

Fuente: Wikipedia.

Como queda claro tras la intervención de la jefa del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos en la conferencia de seguridad de Aspen, la división del mundo se explica en las intenciones declaradas de Estados Unidos de esquilmar los recursos naturales de cada una de estas regiones. Laura Richardson se refiere en el video a América Latina como “nuestro barrio”, tan rico en recursos que se sale de los gráficos (“off the charts”). Le falta salivar. 

Estados Unidos también está poniendo el foco en la región denominada Indo Pacífico y, singularmente, en Taiwán, no por casualidad. La isla es líder en la fabricación de semiconductores del mundo: controla el 48 por ciento del mercado de fundición y el 61 por ciento de la capacidad mundial para construir semiconductores de 16 nanómetros o más. Janet Yellen, la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, estuvo en Corea del Sur para convencer a su gobierno de que debía integrarse en la alianza “Chip 4”, junto a Taiwán y Japón y los propios Estados Unidos. Corea del Sur es reticente, puesto que tanto Samsung como SK Hynix dependen tanto de importaciones procedentes de China como de sus fábricas. China contempla dicho proyecto, acertadamente, como un intento de debilitar a su industria de semiconductores por lo que, a su vez, está presionando a Corea del Sur para que desista de incorporarse a la alianza.

Por otra parte, el principal canal de navegación entre el Océano Pacífico y el Índico es el estrecho de Malaca, por donde transitan una cuarta parte de las mercancías comercializadas en el mundo y una cuarta parte del petróleo transportado por mar. La zona está siendo patrullada por el portaviones de propulsión nuclear Ronald Reagan y su escolta de buques de guerra, como muestra esta imagen proporcionada por South China Sea Strategic Situation Probing Initiative.

La táctica de achacar a tu adversario político las características de tu propio comportamiento es muy vieja y efectiva. Usando esta estratagema, Estados Unidos está incrementando la retórica agresiva contra China. Recientemente, el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto, dijo que el ejército chino se ha vuelto mucho más agresivo y peligroso en la región del Pacífico en los últimos cinco años. Esto lo hizo durante una visita a Indonesia, donde se ubica el estrecho de Malaca, donde pretextó supuestos planes de China para tomar el control de Taiwán en 2027.

En este contexto, el diario Financial Times informó de la intención de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, y tercera autoridad del país, Nancy Pelosi, de visitar Taiwán. El propio Joe Biden comentó que a los militares estadounidenses no les parecía una buena idea. Aun así, el Pentágono está aireando la posibilidad de que aviones de combate escolten la aeronave en la que viajara Pelosi. El anuncio del viaje ha sido considerado por China como una provocación en toda regla. El ministro de Defensa chino se ha apresurado a señalar que el ejército no se quedaría cruzado de brazos ante la visita y que se tomarían “fuertes medidas”. En la conversación mantenida el 28 de julio entre Biden y Xi Jinping, la agencia estatal de noticias china reporta que el presidente chino advirtió al estadounidense que quien juega con fuego acaba quemándose.

Teniendo en cuenta la agresividad que está desplegando la administración de Joe Biden, de manera simultánea, contra Rusia en Europa, inundando de armas Ucrania; contra China en Asia, amenazando con una intervención militar por Taiwán; y contra Irán en Oriente Medio, con Israel clamando por un ataque directo, no es de extrañar que Stephen Lovegrove, consejero de seguridad nacional del Reino Unido, haya advertido del creciente riesgo de una guerra atómica contra Rusia y China. El político también ha avisado de que los canales de comunicación que se mantuvieron durante la guerra fría ya no funcionan, precisamente en una coyuntura en la que el aumento de los riesgos de una confrontación los haría más necesarios que nunca.

El presidente de JUST, International Movement for a Just World, el politólogo Chandra Muzaffar, ya advirtió en 2010 que, históricamente, los imperios son más peligrosos cuando están en decadencia que cuando se hallan en su apogeo.  El imperio americano se niega a aceptar su declive, lo que le vuelve más peligroso aún. Su actual fuga hacia adelante amenaza con abocar al mundo al holocausto nuclear. Todo, por un puñado de dólares.

Estados Unidos desgaja a la Unión Europea de Eurasia, condenándola a la miseria

La OTAN se creó para “mantener a la Unión Soviética afuera, a los estadounidenses adentro y a los alemanes abajo”. Lo dijo el primer secretario general de la organización, el británico Lord Hastings Lionel Ismay, y el dato lo seguimos encontrando en el propio sitio web de la OTAN. A pesar de esta rotunda declaración de intenciones, los dirigentes de la Unión Europea acaban de someterse al último dictado de Washington, plasmado en el nuevo concepto estratégico de la organización militar. Su propósito no es otro que el de desgajar económicamente a la Unión Europea del resto del continente euroasiático, para hacerla depender de la potencia situada al otro lado del Atlántico. Así lo acaba de explicitar Mike Pompeo, exdirector de la CIA y exsecretario de Estado, en un reciente discurso en el Hudson Institute, uno de los muchos think tanks financiados por los fabricantes de armas (en este caso, por Lockheed Martin y Northrop Grumman): Debemos prevenir la formación de un coloso paneuropeo, euroasiático, que incorpore a Rusia pero dirigido por China. Para conseguirlo, debemos reforzar la OTAN, asegurarnos de que nada entorpece la entrada de Suecia y Finlandia”.

El interés de Washington en impedir, a toda costa, la formación de ese “coloso” al que alude Mike Pompeo, es perfectamente comprensible, dada su aspiración a potencia hegemónica en un mundo unipolar. Si se produjera la alianza euroasiática que recomienda la geografía, Estados Unidos se convertiría en un actor secundario en el tablero mundial.  Lo que no se entiende es que los líderes de la Unión Europea hayan abrazado con alborozo las políticas impulsadas desde Washington, desde las sanciones a Rusia hasta el nuevo concepto estratégico de la OTAN: están empuñando con denuedo las palas para cavar nuestra fosa, la de los europeos, al cortar los flujos de energía necesarios para mantenernos con vida.

Alemania es la locomotora de la Unión Europea. Con un PIB que representa más del 25% del total de la UE, (3,75 billones de euros, frente a un PIB total de 14,45 billones en 2021) su modelo de negocio industrial se basa, desde los años 70, como analicé en otro artículo, en el suministro de gas ruso, barato y abundante. Esto nos lo acaba de recordar hasta el Wall Street Journal, poco sospechoso de connivencia con el Kremlin, cuando pone como ejemplo los desafíos que afronta el grupo químico BASF. En concreto, su gigantesco centro en Ludwigshafen, uno de los mayores del mundo, compuesto por 200 plantas de producción. Sus directivos se están planteando su cierre en el caso de que el gas ruso deje de fluir para alimentarlo. Un estudio de la Universidad de Mannheim estima que el PIB de Alemania podría caer hasta un 12% en el peor escenario, el de ausencia total de suministro de gas por parte de Rusia, ya que el 50% del gas que consume Alemania proviene de allí.

El titular del Wall Street Journal nos hace reflexionar sobre la vulnerabilidad de la Unión Europea en materia de energía, y sobre la forma en que los medios enmarcan su “dependencia” del gas y el petróleo procedentes de Rusia. Por un lado, a raíz de la invasión de Ucrania, la Unión Europea ha declarado su objetivo de dejar de comprar gas y petróleo a Rusia, lo antes posible. Esto lo ha hecho por presiones de Estados Unidos, a la vista de todos. El resultado de querer “acabar con la dependencia” de las fuentes de energía procedentes de Rusia (cercanas, baratas y abundantes) lo estamos viendo ya en la economía europea: subida de precios del 700% en el gas, según Bloomberg, anuncios de restricciones en el consumo en Alemania, y de escenarios apocalípticos para toda la Unión Europea, en el caso de que Rusia decida cortar el suministro de gas. Por otro lado, cuando Rusia reacciona con una disminución del suministro de gas a quienes la quieren arruinar, dejándolo de comprar, entonces salta Úrsula von der Leyen con que Rusia está usando la energía como un arma política. Si la situación a la que nos están arrastrando los dirigentes de la Unión Europea no fuera tan dramática, el nivel de la argumentación, a la altura de un guiñol, sería para reírse.

Después de haber cancelado la entrada en funcionamiento del gasoducto Nord Stream 2, una obra de ingeniería de 11.000 millones de euros inutilizada por presiones de Estados Unidos, Alemania se queja ahora de que Rusia disminuya el suministro que envía por el Nord Stream 1, o incluso llegara a bloquearlo, mientras la presidenta de la Comisión Europea hace aspavientos sobre “planes de emergencia” ante un hipotético corte del gas por parte de Rusia. Da la impresión de que la Unión Europea primero sanciona, y sólo después se para a pensar en las consecuencias de sus actos.

A pesar de que Úrsula von der Leyen reconoce que los envíos de gas natural licuado (GNL) desde Estados Unidos, a un precio muy superior al ruso, se han triplicado, el consejero delegado de Shell advierte que: «Creo que será imposible cubrir toda la capacidad de gas del gasoducto que procede de Rusia con GNL”. Más claro, agua. No hay gas en el mundo capaz de rellenar el hueco que dejaría Rusia. Ni con los aportes de Noruega, cuyos trabajadores del sector acaban de comenzar una huelga que va a reducir el suministro, ni con los de Qatar, que ya ha declarado que es imposible sustituir el gas ruso con rapidez; ni con los de Argelia – con quien no está el horno para bollos, después del reconocimiento de Estados Unidos y de España de la soberanía de Marruecos en el Sáhara – ni con los de Azerbaiyán.

En este contexto, hasta los órganos de propaganda del Partido Demócrata en Estados Unidos, el más insigne de ellos el New York Times, no tienen más remedio que reconocer que la estrategia de las sanciones no está funcionando. En un artículo publicado el 24 de junio, el rotativo neoyorkino alertaba de la frustración y el daño que las sanciones están causando a la “alianza dirigida por Estados Unidos”. En un ejercicio de sinceridad, el texto señalaba que “Pocos funcionarios de Biden, si es que alguno, esperaban que las sanciones detuvieran la guerra de inmediato. Pero la administración y sus contrapartes europeas tampoco esperaban la presión económica que ahora están experimentando”.

El artículo repasa además el nulo efecto de otras baterías de sanciones contra Rusia, como las decretadas por Barack Obama en 2015 tras la anexión de Crimea, así como las impuestas a otros países, a la hora de “corregir” sus políticas para adecuarlas a los intereses de Estados Unidos. Esto nos lleva a hacernos dos preguntas:

  1. Si los propios promotores de las sanciones son conscientes de que no consiguen variar las políticas de los gobiernos e, incluso, contribuyen a reforzarlas ¿por qué las imponen?
  2. ¿Quién va a asumir las responsabilidades políticas por la adopción de una estrategia que se ha vuelto como un bumerán contra los países que están imponiendo las sanciones, en forma de carestía de vida y escasez de energía y alimentos, imprescindibles para el bienestar de la ciudadanía y el desenvolvimiento de la economía? ¿Acaso no sabían los dirigentes de la “alianza liderada por Estados Unidos” que las sanciones se podían volver en su contra? ¿Ni siquiera lo sospechaban? ¿De verdad hay alguien al volante en Occidente?

En el caso de Estados Unidos, la adopción de la estrategia de expandir la OTAN hacia el Este, hasta las mismas fronteras de Rusia, tiene la lógica de un imperio que aspira a la hegemonía en su fantasía de mundo unipolar, donde el resto se somete a sus designios. Una lógica neocolonial, despegada de los hechos, porque no tiene en cuenta los profundos cambios que han acaecido en el mundo desde que Washington se declarara vencedor de la guerra fría y decidiera ir a por todas. Las sanciones forman parte de esa manera de ver el mundo que tienen los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca, sean del signo político que sean: quien no se pliega a sus deseos, que son órdenes, ha de atenerse a las consecuencias. Sea en forma de sanciones, o de intervenciones militares directas, o a través de un proxy, como está ocurriendo ahora, para desgracia de los habitantes de Ucrania.

Pero lo que no se entiende es que la Unión Europea esté abrazando con un entusiasmo, que sólo cabe calificar de suicida, la agenda imperial de Estados Unidos. Por varios motivos. En primer lugar, porque para diseñar la estrategia geopolítica de un actor con aspiraciones a serlo de primer orden, lo primero que deberían hacer los dirigentes europeos es mirar el mapa. A juzgar por sus decisiones, parece que hace mucho tiempo que no se molestan en hacerlo.

Para subrayar la posición y el tamaño de la Unión Europea en relación con Rusia, he recortado el mapa de Eurasia para dejar ambas unidades políticas solas, frente a frente.

Lo primero que debería llamar la atención de los dirigentes de la Unión Europea es que lo que llamamos Europa no deja de ser una península de la gran masa euroasiática, y que hacia el Este lo único que tenemos es Rusia. Vamos con el tamaño: la superficie de la Unión Europea es de 4,23 millones de kilómetros cuadrados, frente a 17,1 millones de Rusia. Pero con ser importante, el tamaño no es lo fundamental. La clave radica en que las fuentes de energía que la Unión Europea precisa para subsistir, unas fuentes abundantes, próximas y baratas, con toda la logística en funcionamiento, transportándolas desde hace décadas, están en Rusia, aquí al lado.

A raíz de la invasión rusa de Ucrania, una guerra ilegal y execrable, que contraviene lo dispuesto en la Carta de las Naciones Unidas, y que no ha recibido la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU – al igual que muchas otras, que no generan ni una sombra de las reacciones que está provocando ésta – estamos asistiendo a un intento de desgajar política y económicamente a esa península, ocupada por la Unión Europea, del resto del continente euroasiático, principalmente de Rusia, pero también de China. A la primera, el nuevo concepto estratégico de la OTAN la califica de “la mayor amenaza directa a la seguridad, paz y estabilidad en el área euroatlántica”. Y a la segunda, como “desafío sistémico” que “amenaza a los intereses, la seguridad y los valores”.

Según datos del World Economic Forum, en 2021 dos quintas partes del gas y más de una cuarta parte del petróleo que consume Europa procedieron de Rusia. Este país fue el quinto socio comercial de la Unión Europea, en lo que se refiera a exportaciones de bienes, después de Estados Unidos, Reino Unido, China y Suiza. El año pasado Rusia fue el tercer socio comercial para las importaciones de bienes de la UE, después de China y Estados Unidos. Según datos de Eurostat, China superó al año pasado a Estados Unidos como primer socio comercial de la Unión Europea.

Quien está pretendiendo separar a la península europea del resto de Eurasia es Estados Unidos, porque quiere evitar a toda costa el surgimiento del eje Pekín – Moscú – Berlín. Hace dos años, Asia Times publicaba un artículo titulado “La alianza euroasiática definitiva está más cerca de lo que piensas”. Y subtitulaba: “Beijing-Moscú ya está en marcha; Berlín-Beijing es un trabajo en progreso; el eslabón perdido pero no lejano es Berlín-Moscú”.

La alianza euroasiática que presagiaba el autor del artículo tiene todo el sentido del mundo, desde el punto de vista geográfico y de la complementariedad que presentan sus integrantes: la Unión Europea aporta el know how; Alemania e Italia, la industria de alto valor añadido. China, además de poner las fábricas que la globalización situó en su territorio, también puede hacer ya sus aportaciones en materia de investigación y desarrollo (recordemos los esfuerzos de Estados Unidos para boicotear la tecnología 5G de Huawei). Por su parte, Rusia suministra la energía para que el tren avance, aunque tampoco debemos subestimar sus aportaciones tecnológicas (medicina, armamento, sector aeroespacial, etc.). En el caso de que la alianza cuajara, Estados Unidos no sólo tendría que olvidarse de su sueño de convertirse en la potencia hegemónica de un mundo unipolar, sino que se quedaría poco menos que en enano político, con influencias, a lo sumo, en lo que considera su patio trasero: América Latina. O delantero, en palabras recientes de Joe Biden.

Ante los ataques económicos que está recibiendo desde el Oeste, Rusia está basculando hacia el Este y el Sur. Quienes piensen que Rusia está acabada si pierde como clientes de su energía a los países occidentales, se equivocan. La población de la Unión Europea era de 441 millones de habitantes en 2021. Con una población mundial que se acerca a los 8.000 millones en este momento, el porcentaje que representamos los europeos no llega al 5%. Rusia está desarrollando más proyectos con China para redirigir sus fuentes de energía hacia clientes más amistosos, más poblados y, a diferencia de Europa, en plena pujanza económica.

Desde 2019, Rusia está suministrando gas a China a través del gasoducto “Fuerza de Siberia”. Ahora su flujo de gas acaba de aumentar. Adicionalmente, Rusia, China y Mongolia han llegado a un acuerdo para construir el gasoducto “Fuerza de Siberia 2”, que enviará gas a China desde los yacimientos rusos de Yamal, cerca del Ártico, atravesando Mongolia. El gasoducto ha entrado en su fase práctica, la de diseño, según Alexei Miller, presidente de Gazprom. Con este nuevo proyecto, Rusia podrá suministrar hasta 50.000 millones de metros cúbicos de gas al año a China.

Según afirma la consultora Independent Commodity Intelligence Services, la construcción del gasoducto «Fuerza de Siberia 2» lo conectaría a la red interna de gasoductos de Rusia, lo que significaría que este país tendría la capacidad de desviar hacia China el gas que ahora destina a Europa.

Teniendo en cuenta las palabras del consejero delegado de Shell, de que actualmente no hay gas en el mundo para suplir el que llega a Europa desde Rusia, y que en un futuro cercano ésta se las puede arreglar colocando todos sus productos energéticos en otros mercados, ¿Cuál es el futuro que nos aguarda a los ciudadanos de la Unión Europea? Francia acaba de dar prácticamente por sentado que Rusia va a cortar por completo el suministro de gas a Europa. ¿Vamos a tener que quemar los muebles este invierno para calentarnos? ¿Y aparte de quemar carbón, tienen alguna otra brillante idea nuestros dirigentes para proveer de energía a las empresas que funcionan con gas? Nos llevan directos a la miseria y lo saben. Cuanto más tiempo tarden en rectificar, más nos va a costar conseguirlo. Si es que aún estamos a tiempo, que lo dudo. 

 

Las sanciones contra Rusia levantan un nuevo telón de acero en Europa

Las sanciones impulsadas por Estados Unidos contra Rusia, en represalia por su invasión de Ucrania, están siendo impuestas con ardor por la Unión Europea, en contra de los propios intereses geopolíticos de esta península del continente euroasiático. La estrategia de castigar a Rusia por la vía económica se está demostrando como un fracaso absoluto para lograr su supuesto objetivo: parar la maquinaria de guerra rusa, que continúa devorando territorio en Ucrania. El mejor termómetro para calibrar las consecuencias de este error político lo constituye el cambio de narrativa que comienza a despuntar en algunos medios de comunicación occidentales, poco sospechosos de mostrar veleidades prorrusas. En primer lugar, vemos artículos que llaman a la negociación para poner fin a la guerra, insistiendo en que esa posición no supone ningún tipo de apaciguamiento del Kremlin (las comparaciones históricas son odiosas).  Por otro lado, surgen filtraciones de la Casa Blanca en la que se habla abiertamente de que Zelensky podría tener que renunciar a territorios para firmar un acuerdo que acabe con la contienda. Y por último, el propio Joe Biden ha abierto la veda en la búsqueda de cabezas de turco, y lo ha hecho apuntando a Zelensky, a quien acusa de no haber escuchado las advertencias de Estados Unidos acerca de la inminente invasión rusa.

Si juntamos estas tres piezas, nos sale rápidamente el puzle: la guerra en Ucrania no va bien desde el punto de vista occidental. La reciente visita de Scholz, Macron y Draghi a Zelensky, además de hacerse la foto, tenía el objetivo de mostrar su apoyo a la candidatura de Ucrania a su ingreso en la Unión Europea. Sin embargo, el día anterior de su viaje a Kiev, Macron había declarado que «El presidente ucraniano va a tener que negociar con Rusia, y nosotros, los europeos, estaremos presentes en esa mesa para ofrecer garantías de seguridad». Así que caben pocas dudas de que el mismo mensaje le fue trasladado personalmente a Zelensky quien, a juzgar por su lenguaje no verbal en la comparecencia conjunta, no le gustó ni un pelo.

Fotografía: Ludovic MARIN POOL/AFP

Sin embargo, frente a este giro en la narrativa occidental, se siguen produciendo intervenciones belicistas por parte del mismo bando, lo que indica que debe de estar produciéndose un intenso debate sobre la estrategia para salir del fangal en el que se han metido. Al día siguiente de la visita de los líderes europeos, Boris Johnson se presentó en Kiev por sorpresa. El premier británico, fiel emisario de la colonia devenida en metrópoli, le dijo a Zelensky que ni hablar de negociación, y le ofreció un programa de entrenamiento para las tropas ucranianas. Otro más que sumar al que lleva desarrollando la OTAN durante años. Johnson anunció que Occidente debería prepararse para una larga contienda. En la misma línea, Jens Stoltenberg declaraba, en días previos a la cumbre de la OTAN en Madrid, que la guerra en Ucrania durará años, mientras anuncia mayores aportes de armas pesadas y de largo alcance. Simultáneamente, Stoltenberg reconoce que la prolongación de la guerra tendrá costes no sólo militares, sino en los precios de la energía.

Un titular de cuando parecía que a Ucrania le iba bien en el frente, y la OTAN quería colgarse la medalla.

Independientemente de qué facción del bando occidental haga prevalecer sus postulados, si los partidarios de la negociación, o los belicistas que, como Patrick Sanders, general al mando del ejército británico, pide a sus huestes que se preparen para la tercera guerra mundial, habrá que tener en cuenta cuál es la posición de Moscú.

En mi opinión, el bloque occidental quemó las naves de la negociación cuando rechazó sentarse a discutir las propuestas que Rusia envió a Estados Unidos y a la OTAN en diciembre pasado. La negativa a dialogar fue la espoleta que disparó la invasión de Rusia, que ya estaba peligrosamente caliente tras las sucesivas expansiones de la OTAN hacia el Este, los incumplimientos de los acuerdos de Minsk y los ocho años de bombardeos sobre la población rusa del Donbass.

Desde que comenzó la invasión rusa de Ucrania, la estrategia de Estados Unidos, sus vasallos europeos (así los calificaba Zbigniew Brzezinski) y otros adláteres (Reino Unido, Japón, Australia y Corea del Sur) se ha desplegado en los siguientes vectores:

  1. Intentar hundir la economía de Rusia, mediante la imposición de sanciones nunca vistas, con la finalidad de provocar un levantamiento de la población que acabara derrocando a Putin.
  2. Alimentar la contienda enviando miles de millones de dólares en armamento a Ucrania y proporcionando información de inteligencia con el objetivo declarado de prolongar la guerra e impedir la victoria de Rusia.
  3. Una campaña de rusofobia y de cancelación de la cultura y el deporte rusos a todos los niveles, fomentando el aislamiento internacional de Rusia.
  4. La censura total de los medios de comunicación rusos.
  5. La atribución a Rusia de toda la responsabilidad en la crisis alimentaria que la guerra, pero también las sanciones, están provocando en el mundo, especialmente en los países más pobres.

Los resultados que está consiguiendo esta estrategia son exactamente los opuestos a los que pretendía:

  1. El incremento de precios del gas y del petróleo provocado por la guerra – y por las sanciones – se está traduciendo en mayores ingresos para Rusia por su venta, y en récords de superávit comercial, como señalé en un artículo anterior.
  2. Las sanciones están perjudicando, sobre todo, a la Unión Europea. Por si quedaba alguna duda respecto a quién está pagando el pato, Joe Biden acaba de declarar respecto a la guerra en Ucrania que “en algún momento, esto va a ser un poco como un juego de espera: lo que los rusos pueden sostener y lo que Europa estará dispuesta a sostener. Estados Unidos es un exportador neto de energía, mientras que la UE es un importador neto. Hasta el momento, la UE ha sido incapaz de sustituir las importaciones de energía procedente de Rusia, porque no hay alternativas suficientes para reemplazar dichas fuentes. Ahora la UE está pagando un 40% más caro el gas licuado que compra a Estados Unidos, y acaba de anunciar que va a recurrir a quemar carbón, algo muy coherente con sus políticas supuestamente verdes. Estados Unidos ha endosado las consecuencias de las sanciones en mayor medida a la Unión Europea, y parece mentira que sus líderes hayan abrazado el papel de sufridores del conflicto, en detrimento de los intereses de la Unión, y a pesar del daño que están provocando a la ciudadanía.
  3. La popularidad de Vladimir Putin está en el 83%, muy por encima de la de cualquier líder occidental, comenzando por la del propio Joe Biden, que se ha desplomado hasta el 36%.
  4. Las pretensiones de aislar internacionalmente a Rusia sólo están encontrando eco en el bloque occidental. En una reciente reunión promovida por Zelenski con los países de la Unión Africana, sólo se presentaron cuatro máximos mandatarios, aunque todos los del continente estaban invitados. Las demás representaciones iban del nivel ministerial hacia abajo. A la censura de los medios de comunicación rusos y de la omnipresente propaganda rusófoba en los occidentales hay que sumar la obstaculización que están sufriendo quienes no comparten esa estrategia, con suspensiones de sus cuentas en redes sociales y de sus cuentas en PayPal. A pesar de todo ello, una encuesta realizada por el European Council on Foreign Relations muestra que, en la propia Europa, solo 1 de cada 4 personas cree que el objetivo más apremiante es castigar a Rusia (etiquetadas como Justice Camp), mientras 1 de cada 3 es más partidaria de llegar a un acuerdo que ponga fin a la guerra, lo antes posible (Peace Camp).

En los países árabes, la propaganda de los medios occidentales ha fracasado completamente, lo que no tiene nada de extraño, dadas las intervenciones promovidas por Estados Unidos en Libia, Irak, Siria, Somalia, etc., las sanciones a Irán y el apoyo de Washington a Israel frente a Palestina. Una encuesta realizada por Arab News arrojó los siguientes resultados: casi una cuarta parte de las 7.835 personas encuestadas (24%) echaron la culpa de la guerra en Ucrania a la OTAN, mientras que el 13% achacó la responsabilidad directamente a Joe Biden. Solamente el 16% culpó a Rusia. En general, el dato más llamativo es la falta de posicionamiento frente al conflicto.

Las divisiones que se están produciendo en el bloque occidental son lógicas, dado el fracaso de la estrategia de las sanciones contra Rusia: no sólo no están parando la guerra, sino que están disparando los precios de la energía y la inflación en Occidente, además de provocar una crisis alimentaria, de la que se intenta culpar a Rusia y que, sin embargo, responde a causas diversas.

Pero la pregunta que viene ahora es cuál sería la respuesta del Kremlin en el caso de que Estados Unidos permitiera al gobierno de Ucrania un intento real de negociación, con la finalidad de poner fin a la guerra. Algo que no ha ocurrido hasta ahora.

En mi opinión, Rusia no está interesada actualmente en sentarse a negociar nada, por los siguientes motivos:

  1. Rusia está ganando la guerra en el frente militar. En el canal Military Summary se puede comprobar, a diario, la situación de las tropas rusas y de las ucranianas, y los mapas que muestran no dejan lugar a dudas. Nadie que esté ganando una guerra se sienta a ceder territorios que acaba de conquistar, y menos los que controla de facto desde hace años, como pretende Zelensky, lo que indica su falta de voluntad real de negociar.
  2. Rusia está ganando la guerra en el frente económico: está ampliando los mercados para sus productos en Asia, el superávit de cuenta bate récords y el rublo es la moneda con mejor desempeño en el mercado de divisas. Rusia no necesita al resto de Europa para sobrevivir. Europa a Rusia, sí. Ahora, la Unión Europea acusa a Rusia de usar el gas como arma política al reducir el flujo que llega por los gasoductos. Sin embargo, ha sido la UE la que anunció su intención de prescindir, lo antes posible, del petróleo y del gas rusos. ¿En este caso, no se está usando la energía como arma política? ¿En qué quedamos? ¿En que no queremos nada de los rusos, pero nos quejamos cuando dejan de vendernos lo que necesitamos? El ministro de Economía de Alemania, Robert Habeck, ha reconocido que «Si el gas no es suficiente, ciertos sectores industriales que necesitan gas tendrían que cerrarse» (por lo que) “las empresas tienen que detener la producción, despedir a sus trabajadores, las cadenas de suministro colapsan, la gente se endeuda para pagar sus facturas de calefacción, la gente se vuelve más pobre, la frustración se extiende por todo el país”. Una de las razones fundamentales del éxito de la industria alemana ha consistido en disponer de energía barata desde hace décadas: el gas ruso. Ahora, debido a las sanciones, y a la respuesta de Rusia, Alemania va a tener que racionar el gas, elegir entre mantener las fábricas abiertas o encender la calefacción. ¿Quiénes son entonces los perjudicados por las sanciones? ¿Los rusos, que siguen avanzando en Ucrania, o la industria y la población de Alemania? Si la industria alemana, que es la locomotora económica de la Unión Europea, se gripa, la recesión está garantizada. 
  1. Después de la experiencia de los acuerdos de Minsk, Rusia no puede confiar en Occidente. El anterior presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, acaba de declarar que, aunque fue él quien firmó los acuerdos, nunca tuvo la intención de cumplirlos. Los hechos le dan la razón. ¿Para qué va a firmar Rusia acuerdos con Occidente, si sabe que no los cumple? La confianza es algo que se tarda mucho en ganar, y muy poco en perder, generalmente de manera irrecuperable.

Las sanciones dictadas por Estados Unidos, impuestas con entusiasmo suicida por la Unión Europea, han construido un nuevo telón de acero que, esta vez, será muy difícil de derribar, sino imposible. No son sólo las sanciones, sino la rusofobia rampante en los medios de comunicación occidentales, y sus propagandistas en las redes sociales, lo que ha provocado en el pueblo ruso, y en sus dirigentes, un rechazo visceral hacia lo que perciben como agresiones a su país. Un político considerado hasta hace poco prooccidental, el expresidente y ex primer ministro Dmitri Medvedev, ahora suelta vitriolo contra Occidente en su canal de Telegram de manera regular.

Al otorgar el estatus de países candidatos a Ucrania, Moldavia y Georgia para formar parte de la Unión Europea, Bruselas le ha propinado otra bofetada política a Moscú. Josep Borrell ya declaraba a principios de año que La delimitación de las esferas de influencia de las dos grandes potencias no corresponde a 2022”. Se ve que ese discurso sólo se aplica a Rusia, mientras que el bloque occidental no cesa de ampliar sus esferas de influencia, tanto por la vía militar, con la expansión de la OTAN, como por la política, a través de la ampliación de la Unión Europea. Los rusos son poco amigos, afortunadamente, de las reacciones viscerales, pero esto no quiere decir que la acumulación de afrentas vaya a quedarse sin respuesta. La última provocación ha sido las restricciones impuestas por Lituania al tránsito ferroviario ruso con el enclave de Kaliningrado, donde viven cerca de un millón de rusos.

Ilustración: Mauro Entrialgo. elsaltodiario.com

El problema para los ciudadanos de la Unión Europea, víctimas de las decisiones políticas erróneas que se toman en Bruselas, radica en que cuando Rusia dé definitivamente la espalda a la UE en el ámbito comercial, y deje de vendernos petróleo, gas, trigo, titanio, etc., lo que va a ocurrir más pronto que tarde, los habitantes de esta península de Eurasia vamos a tener serios problemas para sobrevivir. Y quienes lo consigan, van a vivir con muchísimas más estrecheces de las actuales.

 

Los medios de comunicación ya han comenzado la labor de mentalizar a la población para que asuma las consecuencias de las decisiones erróneas de nuestros políticos: vienen tiempos duros, y vienen para quedarse. Este titular no puede entenderse de otra manera: ¿Alguien le dirá a Europa que la era de la vida barata ha terminado?”

 

Pero ni Úrsula von der Leyen, ni Josep Borrell, ni Charles Michel, ni Jens Stoltenberg, ni nadie de esa élite que toma las decisiones que afectan a la vida de los ciudadanos se van a preocupar, porque saben que obedeciendo las órdenes que les dan en la Casa Blanca tienen el futuro asegurado. Y eso es lo único que les importa: sus carreras políticas. La ciudadanía se la trae al pairo. Stoltenberg ya tiene asegurado su puesto como gobernador del Banco Central de Noruega cuando deje su cargo en la OTAN.

Los políticos europeos han olvidado que están al servicio de los ciudadanos que les eligieron para sus cargos (directa, o muy indirectamente, en el caso de los burócratas de Bruselas). En lugar de ello, se han puesto a las órdenes de una potencia extranjera, cuyos intereses geopolíticos pasan por la destrucción de la Unión Europea, porque la consideran un adversario en su apuesta por un mundo unipolar. El levantamiento de un nuevo telón de acero por parte de los líderes de la UE entre dos partes de Europa absolutamente simbióticas representa una traición a los intereses de los ciudadanos que deberían defender. La ciudadanía debería tomar buena nota y actuar en consecuencia.

Cómo se podía haber evitado la guerra en Ucrania

La actual guerra en Ucrania es la consecuencia de la decisión estratégica que tomó Estados Unidos cuando Gorbachov disolvió la Unión Soviética. Después de cuarenta años de guerra fría, Washington tenía ante sí dos opciones: cambiar la mentalidad y tratar de incorporar a Rusia a Occidente o, por el contrario, continuar con el marco vigente durante cuatro décadas, declararse vencedor de la contienda y proceder a expoliar sus inconmensurables riquezas. Haciendo caso omiso a sus propios expertos en geopolítica, que aconsejaban integrar a Rusia de algún modo a la esfera occidental, y advertían contra la tentación de humillarla, (y siguen haciéndolo, como Kissinger recientemente en Davos), Estados Unidos optó por colocarse los laureles de ganador de la fría contienda e ir no sólo a por Rusia, sino a por todo el planeta.

En papel mojado quedaron las promesas hechas a Gorbachov por parte de los líderes occidentales de que la OTAN no se expandiría “ni una pulgada” hacia el Este si la URSS consentía la unificación de Alemania. En papel mojado quedó también la “Carta de París para la nueva Europa”, firmada por Estados Unidos, la URSS, Canadá y los jefes de Estado europeos, que proclamaba el arrumbamiento de la dinámica de bloques de la guerra fría y el fin de la división de Europa que trajo el telón de acero. En papel mojado quedaron pactos y promesas, porque su cumplimiento hubiera significado la renuncia de Estados Unidos a convertirse en la potencia hegemónica del mundo. ¿Por qué se hicieron esas promesas y se firmaron esos pactos? Porque si existe una palabra para definir la política de Estados Unidos, esa es la hipocresía.

En diciembre del año pasado, Rusia hizo públicos dos documentos. Uno, el que había enviado a Estados Unidos y otro, a la OTAN, en el que presentaba dos borradores de acuerdo, con la intención de negociar sus propuestas de seguridad. Aunque eran ciertamente maximalistas (una retirada de la OTAN a sus posiciones anteriores a la expansión, desde 1997, hacia el Este de Europa; la renuncia a que Ucrania y Georgia entraran en la OTAN; y garantías jurídicas por escrito de todo ello), los rusos subrayaron que se trataba de unas propuestas que estaban dispuestos a negociar.  El viceministro de Exteriores, Sergei Ryabkov lo dejaba claro, al mismo tiempo que advertía sobre la trascendencia del asunto: “No se trata de que estemos dando algún tipo de ultimátum, no lo hay. Lo que pasa es que no se debe subestimar la seriedad de nuestra advertencia”.

¿Cuál fue la respuesta de Estados Unidos? Pues básicamente que lo único que estaban dispuestos a negociar era de qué color pintaban los misiles, subrayando que la adhesión de Ucrania a la OTAN no era asunto que le incumbiera a Rusia, y rechazando de plano entablar un diálogo sobre sus principales demandas. Radio Free Europe/Radio Liberty, el órgano de propaganda de Estados Unidos durante la guerra fría, que sigue activo, desacreditaba las propuestas rusas tildándolas de “lista de deseos”. Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, se apresuraba a descalificar el intento de negociación de Rusia, alegando que no tenía nada que opinar en relación con la pertenencia de Ucrania a la organización atlantista.  William Courtney, un exfuncionario del Departamento de Estado que ahora trabaja para la RAND Corporation (un think tank financiado por el gobierno estadounidense, autor de un estudio para desequilibrar a Rusia mediante sanciones) alegaba que negociar las propuestas rusas significaría una forma de «formalizar esferas de influencia», algo inaceptable para Estados Unidos y Europa.

La propuesta de Rusia cayó en saco roto, la negociación que reclamaba no se produjo y Estados Unidos optó por tratar al país más grande y rico del mundo, a una potencia que cuenta con misiles hipersónicos capaces de transportar sus más de 6.000 ojivas nucleares, como si fuera un país del Sahel: con prepotencia y desdén.

Fuente: SIPRI. Stockholm International Peace Research Institute.

Estados Unidos es un país asaltador de países, como demuestra su amplia historia de intervenciones en otros Estados con el objetivo de expoliar sus recursos naturales, sean estos la fruta (el primer golpe de Estado organizado por la CIA tuvo lugar en Guatemala, porque al presidente Jacobo Arbenz se le ocurrió nacionalizar las tierras de la United Fruit Company, a cambio de una compensación); el cobre (como ocurrió con el golpe de Estado de Pinochet, apadrinado por Washington); o el petróleo (como pasó con el ataque de la OTAN a Irak, después de habernos contado el cuento de las inexistentes armas de destrucción masiva que albergaba el malo de turno, Saddam Hussein).

Intervenciones de Estados Unidos en Iberoamérica en los siglos XX y XXI. 

En el caso de Rusia, con Yeltsin a Estados Unidos le fue de perlas. Después de haber etiquetado como “demócrata” al responsable de haber cañoneado al primer parlamento democráticamente elegido tras la disolución de la URSS, los años 90 fueron de vino y rosas para los intereses de Washington y el Fondo Monetario Internacional, que actúa bajo su égida. Tan bien le iba con Yeltsin, que asesores de Estados Unidos trabajaron en la campaña electoral de 1996 para lograr su reelección. Lo que consiguieron, para satisfacción de quienes diseñaron el plan para expoliar las riquezas del país eslavo, en lo que puede calificarse como la mayor transferencia de riqueza pública a manos privadas de la Historia.

Cuando Vladimir Putin fue cooptado por Yeltsin para presidir Rusia, en un principio intentó llevarse bien con Occidente. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Putin fue el primer jefe de Estado que llamó a George H. Bush para expresarle sus condolencias, y brindarle su colaboración. Putin ofreció a Bush establecer bases estadounidenses en Asia central para su guerra contra Afganistán. Justo un año antes, Putin había comentado la posibilidad de que Rusia formara parte de la OTAN. Sin embargo, si Estados Unidos hubiera aceptado incorporar a Rusia a Occidente, habría tenido que aceptar de algún modo un liderazgo compartido con la otra gran potencia nuclear, algo que no entraba en sus planes. Estados Unidos aspiraba a la hegemonía mundial, entonces y ahora.

La doctrina Monroe, el destino manifiesto, el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, la única nación indispensable… muchas han sido las coartadas fabricadas por Estados Unidos para intentar dotar de un armazón ideológico a lo que no es otra cosa que su intención de implantar su hegemonía para controlar los recursos naturales del planeta, a mayor gloria de las corporaciones que diseñan su política exterior. 

Desde esos presupuestos ideológicos, Estados Unidos desechó la idea de reiniciar las relaciones internacionales tras la caída de la Unión Soviética, conservó el mismo marco mental de la guerra fría y emprendió la expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia. Ya en el año 2004, durante la revolución naranja en Ucrania, el columnista conservador Charles Krauthammer anticipó lo que Estados Unidos venía tramando: “Se trata de Rusia en primer lugar, la democracia en segundo lugar…. Occidente quiere terminar el trabajo iniciado con la caída del Muro de Berlín y continuar la marcha de Europa hacia el este…. El gran premio es Ucrania.

De todos los asesores en geopolítica con que ha contado, Estados Unidos prefirió seguir la línea del ya difunto Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional con Jimmy Carter, y que en 1997 expuso en su libro “El gran tablero: la primacía americana y sus imperativos geoestratégicos” su proyecto para Rusia: trocearla en tres repúblicas. La parte europea estaría controlada por sus vecinos europeos occidentales; la segunda república, la siberiana, integrada en Asia Central, sería tutelada por Turquía, y una tercera república, en el extremo oriente, estaría bajo control japonés, un fiel aliado de Estados Unidos. Brzezinski denominaba “vasallos” a los países europeos, a Turquía y a Japón. Algo que, en el caso de la Unión Europea, se ha mostrado como una realidad, a la vista de lo ocurrido con su seguidismo de las sanciones contra Rusia, impulsadas por Estados Unidos, que van en contra de los intereses europeos.

Veinte años después, se podía encontrar la influencia de las ideas de Brzezinski en la prensa de Kiev, aunque en 2014 se planteaba despiezar a Rusia en partes más pequeñas y manejables.

A la luz de estos antecedentes, ¿Cómo se podía haber evitado la guerra en Ucrania?  En primer lugar, Estados Unidos debería de haber renunciado a su pretensión de erigirse en la única potencia de un mundo unipolar, y haber apostado por construir relaciones económicas y comerciales que supusieran un beneficio mutuo para todos los participantes en ellas. Estados Unidos debería haber asumido que en el mundo, aparte de Rusia, han surgido otras potencias, como China, y otras que están saliendo del subdesarrollo, como India, con las que hay que contar a la hora de organizar ese mundo basado en reglas del que Estados Unidos tanto habla pero que, a la hora de la verdad, pretende basar no en reglas, sino en las arbitrariedades que mejor se acomodan a sus intereses. Baste como muestra de esas arbitrariedades la próxima visita de Joe Biden a Arabia Saudita, régimen autoritario y antidemocrático donde los haya: lo importante en este caso es el petróleo, no los derechos humanos. 

Estados Unidos debería haber sabido leer a Rusia. Debería haberse dado cuenta de que esta potencia había salido del hoyo en el que fue sumida en los años 90, y que la expansión de la OTAN hasta sus mismas fronteras iba a desatar una reacción de autodefensa por parte de una nación con armamento nuclear. Una nación que se sentía acorralada, como ya habían advertido gran parte de los politólogos estadounidenses, que anticiparon ese comportamiento si la OTAN amenazaba con fichar a Ucrania para el equipo construido por Estados Unidos para alzarse con la hegemonía mundial.

Para haber evitado la guerra proxy de Estados Unidos contra Rusia en Ucrania, los dirigentes ucranianos deberían haber cumplido los acuerdos que firmaron en Minsk, en 2014 y 2015, que establecían un alto el fuego bilateral inmediato y un estatus de autonomía, dentro de Ucrania, para las regiones del Donbass. Unos acuerdos que los sucesivos gobiernos de Ucrania no sólo no cumplieron, sino que se dedicaron, en su lugar, a bombardear a la población civil del Donbass, provocando más de 14.000 muertos y 30.000 heridos.

Para haber evitado la invasión rusa de Ucrania, los dirigentes europeos que apadrinaron los acuerdos de Minsk (Angela Merkel y François Hollande) deberían haber presionado a Kiev para cumplirlos, en vez de mirar hacia otro lado.

Mucho se ha hablado en los medios occidentales de la acumulación de fuerzas rusas en la vecindad de la frontera con Ucrania, pero poco, o nada, de la concentración de efectivos ucranianos en las proximidades de la línea de contacto en Donbass, que indicaban la alta probabilidad de un asalto definitivo en febrero a las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, tras ocho años de bombardeos.

Para haber evitado la invasión rusa de Ucrania, su presidente actual, Volodimir Zelensky, debería haber rechazado el papel de proxy que, sin embargo, ha abrazado con ardor, para desgracia del pueblo ucraniano. Un candidato que ganó las elecciones con un programa de paz, apoyado por el 70% de los votantes, que afirmó que acabar con la guerra (en el Donbass) era tan sencillo como dejar de disparar. Ya como presidente hizo todo lo contrario de lo prometido en campaña, rematando su vuelco brutal cuando subrayó, en la Conferencia de Seguridad celebrada de Múnich el 19 de febrero, cinco días antes de la invasión rusa, que Ucrania no tenía por qué seguir renunciando a albergar armas nucleares. Quizá ésta fue la espoleta que terminó provocando la invasión.

En el reciente foro de Davos, el director del Organismo Internacional de la Energía Atómica, Rafael Grossi, desveló, ante la estupefacción de los panelistas, que Ucrania alberga en la central nuclear de Zaporiyia, la más grande de Europa, varios cientos de kilos de material con el grado suficiente de enriquecimiento para convertirse en armas nucleares. Así que cuando Zelensky advirtió en Múnich que Ucrania estaba dispuesta a salirse del Memorándum de Budapest, firmado en 1994, por el que Ucrania renunció a albergar armas nucleares, además de abrir la puerta a que alguien estacionara bombas atómicas en su país, sabía que Ucrania ya está en disposición de fabricarlas.

Para haber evitado que la guerra civil en Ucrania se transformara en una guerra abierta en el corazón de Europa, con enormes riesgos de que degenere en una conflagración mundial, habría hecho falta voluntad política para evitarlo. Sin embargo, la voluntad política de Estados Unidos iba en la dirección contraria. Desde que organizó el golpe de Estado del Maidán en 2014, el objetivo de Washington era utilizar como ariete a Ucrania para provocar la invasión rusa, lo que finalmente ha conseguido.

Para haber evitado la guerra en Ucrania, la Unión Europea debería haber apostado por la vía diplomática, en lugar de seguir ciegamente la estrategia de sanciones impulsada por Estados Unidos. Una estrategia que se está demostrando como un auténtico fracaso a la hora de detener la guerra, que está golpeando a los hogares más pobres de los países que aplican las sanciones y consiguiendo un enriquecimiento de Rusia, debido al incremento desorbitado de los precios del gas y del petróleo. Además, Rusia está sorteando las sanciones vendiendo más gas y petróleo en Asia. ¿Pero cómo podía haber apostado la Unión Europea por la negociación cuando el jefe de su diplomacia, Josep Borrell, afirma que “la guerra tendrá que decidirse en el campo de batalla”? Rusia no sólo está ganando la guerra militarmente, sino que podría estarla ganando incluso en el terreno mediático. Así que con figuras como Borrell, vamos apañados.

Estados Unidos está inmerso en una fuga hacia adelante. Ahora ya no es sólo su guerra contra Rusia en Ucrania. También ha abierto otro frente con China, a quien ha amenazado con una intervención militar si intenta tomar la isla de Taiwán por la fuerza. Un desafío que ya ha sido contestado por China de la manera más asertiva posible: no dudará en ir a la guerra por Taiwán.

¿A qué responde esta actitud cada vez más beligerante de Estados Unidos? Estos dos gráficos quizá nos puedan dar la respuesta. La deuda federal ascendió en 2021 a más de 28 billones, con B, de dólares. Esa cifra representa un endeudamiento equivalente al 137,2% de su PIB (Producto Interior Bruto), cuando hace diez años representaba un 100% del PIB. Si en lugar de tratarse de Estados Unidos, estuviéramos hablando de otro país, que no tuviera la capacidad de imprimir billetes sabiendo que habría demanda de su moneda, ese país estaría en vísperas de ser rescatado por el FMI. Con la diferencia de que en el caso de Estados Unidos, su deuda es sencillamente impagable.

Deuda Federal de Estados Unidos en porcentaje del PIB

Deuda federal de Estados Unidos en millardos de dólares. (Billions en inglés).

La política del quantitative easing” desarrollada por la Reserva Federal, el eufemismo empleado por los economistas para designar a la máquina de imprimir billetes, es una de las responsables de que Estados Unidos esté batiendo récords de inflación actualmente. Janet Yellen, la responsable de la Reserva Federal desde 2014 a 2018, y actual Secretaria del Tesoro, acaba de reconocer que se equivocó cuando afirmó que la inflación elevada no iba a representar un problema a largo plazo. Que mediocridades de este nivel detenten los más altos cargos económicos gubernamentales nos dice mucho de ese país que se proclama faro del mundo libre.

La otra responsable de la inflación que actualmente está devastando el poder adquisitivo de la clase trabajadora es la huida hacia delante de un imperio en decadencia, incapaz de asumir que es un gigante con los pies de barro y opuesto a construir otro tipo de relaciones internacionales que no se basen en la agresividad perpetua. Cuando los imperios se derrumban, son tremendamente peligrosos. Y cuando tratan de ocultar sus problemas internos fabricando enemigos externos, las consecuencias pueden ser letales para el planeta.

El primer ministro de Pakistán es depuesto tras visitar a Putin

La visita al Kremlin le ha costado el puesto al primer ministro pakistaní. El 11 de abril, 18 días después de su viaje a Moscú, Imran Khan era derribado a través de una moción de censura. Un proceso rodeado de polémica por la presunta intervención de Estados Unidos. El político, líder del PTI – Movimiento por la Justicia en Pakistán – había decidido mantener la reunión que tenía prevista con Vladimir Putin, dentro de una agenda de trabajo de dos días en Moscú, que coincidió en su segundo día con la invasión rusa de Ucrania, el 24 de febrero.

Durante su visita a Moscú, Imran Khan declaró que «Esta [crisis de Ucrania] no nos concierne. Tenemos una relación bilateral con Rusia y realmente queremos fortalecerla. Lo que queremos hacer es no formar parte de ningún bloque». Pakistán también mantiene relaciones militares con Ucrania e importa grandes cantidades de trigo ucraniano.

Fuente: Financial Times. Fotografía: Reuters.

En las reuniones bilaterales de trabajo, uno de los aspectos fundamentales fue la energía. El ministro de Finanzas, Shaukat Tarin, le dijo al Financial Times que un acuerdo con Rusia para construir el gaseoducto Pakistan Stream «está casi cerrado». El gaseoducto conectaría la ciudad portuaria de Karachi, donde Pakistán recibiría gas natural licuado (GNL) para trasportarlo luego a Kasur, en el Punjab. El coste de la obra asciende a 2.500 millones de dólares y sería ejecutada por empresas rusas. Además del beneficio obtenido por construir el conducto, Rusia abriría una vía adicional de distribución para el GNL que Pakistán ya recibe de Qatar y otros países de Oriente Medio. Esto supondría un incentivo para que ese flujo hacia Pakistán aumentara, en lugar de hacerlo hacia otros mercados, como la Unión Europea.

Pakistán está interesado en otros dos proyectos energéticos significativos. El primero, la construcción de un oleoducto desde Irán, que se ha visto obstruido como consecuencia de las sanciones que Estados Unidos impuso a Teherán. Taponada esa vía por el momento, Pakistán se ha vuelto hacia otro proyecto, el TAPI: un gasoducto que uniría Turkmenistan, Afghanistan, Pakistan y la India, con un coste de 10.000 millones de dólares. Una infraestructura que comenzó a construirse en 2015 en el país de origen, pero que ha sufrido constantes retrasos debido a la guerra en Afganistán. Rusia ya ha anunciado su interés en participar en su construcción. 

Imran Khan asumió el poder en 2018, cuando el PTI fue la fuerza más votada en las elecciones legislativas, pero, a falta de mayoría absoluta en el parlamento, tuvo que aliarse con otros partidos para formar un gobierno de coalición.

El 30 de marzo, 6 días después de la visita de Imran Khan a Moscú, el líder del principal aliado parlamentario del primer ministro, Khalid Maqbool Siddiqui, anunció que su partido, el MQM, abandonaba la coalición con el PTI y se pasaba al bloque que pretendía deponer a quien hasta ese momento era su socio. El partido Awami, con presencia en Baluchistán, también abandonó la coalición. Imran Khan había denunciado la confraternización que había desarrollado la embajada de Estados Unidos en Pakistán con los políticos que terminaron aliándose con la oposición para derribarle.

Desde su independencia, en 1947, Pakistán ha sido un tradicional aliado de Estados Unidos. Sus décadas de dictaduras militares, alternadas con intermitentes periodos democráticos, no han supuesto óbice alguno para que Estados Unidos mantuviera fluidas relaciones con la república islámica, que cuenta con armamento nuclear. En los años 80, bajo la dictadura del general Muhammad Zia-ul-Haq, Pakistán prestó sus bases militares a Estados Unidos para que la CIA desarrollara sus programas de entrenamiento de los muyahidines, con el objetivo de expulsar a los soviéticos de Afganistán. Estados Unidos denominaba entonces “freedom fighters” a los combatientes islamistas. A cambio de su colaboración, Estados Unidos le había prometido al general pakistaní territorios en el oeste, presumiblemente arrebatados a Afganistán en un futuro, para compensar la pérdida que había supuesto la independencia de Bangladesh.

Sin embargo, el recién depuesto primer ministro se estaba saliendo del marco habitual en Pakistán: la colaboración con la Casa Blanca. En mayo de 2021, en vísperas de la debacle norteamericana en Kabul, el ministro de Asuntos Exteriores pakistaní, Shah Mahmood Qureshi, advirtió que no iba a ceder el uso de bases militares a Estados Unidos para desarrollar “operaciones contraterroristas” en Afganistán. El propio Imran Khan había descrito los 20 años de ocupación de Afganistán como un desastre estadounidense.

En las mismas fechas, el Senado de Pakistán emitía una resolución acerca de la situación en Palestina donde expresaba “su profundo resentimiento por la hipocresía y el doble rasero de varios países a los que les falta la condena, pero que siguen hablando de derechos humanos, a pesar de ser cómplices del agresor. Rechazamos cualquier intento de equiparar al agresor [Israel] con las víctimas de la agresión [pueblo palestino] y somos muy claros, esto no es un conflicto. Esta es una guerra unilateral”.

A estos antecedentes de distanciamiento de la Casa Blanca habría que sumar la posición que adoptó Imran Khan sobre Ucrania, similar a la de la India y China: negarse a sancionar a Rusia. Es en este marco en el que hay que situar la cadena de acontecimientos que le costó el puesto al primer ministro, en esta ocasión a través de una moción de censura a la que se adhirieron quienes hasta el día anterior habían proporcionado apoyo parlamentario al gobierno de coalición que encabezaba Imran Khan.

El primer ministro trató de impedir la moción de censura disolviendo las cámaras, alegando que tras la operación para derribarle se escondía una “conspiración extranjera”. En este sentido, el 27 de marzo Imran Khan declaró que “Las potencias extranjeras están diseñando un cambio de régimen en Pakistán”, mientras agitaba una carta que supuestamente habría sido entregada por el Departamento de Estado al embajador de Pakistán en Washington, Asad Majeed Khan. 

Tres ministros del gobierno ofrecieron una rueda de prensa tras haber estudiado la carta, ofreciendo más detalles sobre la misma. El primer ministro ofreció examinar el documento a otros miembros del gobierno, a la comunidad de inteligencia e incluso a los medios de comunicación. Sin embargo, en cuestión de horas, el Tribunal Supremo de Pakistán dictaminaba que la carta no se podía hacer pública debido al juramento de secreto que concernía al primer ministro en estos casos.

Al día siguiente se reunió el Comité de Seguridad Nacional, un encuentro que fue boicoteado por los miembros de los partidos de la oposición. Tras la reunión, el embajador estadounidense en Islamabad fue llamado a capítulo en relación con el contenido de la carta.

¿Qué decía la carta? La misiva del Departamento de Estado advertía, presuntamente, que pronto se produciría una moción de censura contra Imran Khan y que éste debería aceptarla, en lugar de resistirse. En caso contrario, Khan y Pakistán tendrían que afrontar horribles consecuencias.

El tres de abril, a petición del primer ministro, el presidente de Pakistán disolvió el Parlamento, después de que el vicepresidente de la cámara se negara a facilitar la votación de la moción de censura. Sin embargo, el 8 de abril el Tribunal Supremo declaró inconstitucional la disolución del parlamento, lo que facilitó que se produjera finalmente la votación. El primer ministro aceptó el dictamen del alto tribunal. Imran Khan alegó disponer de información que revelaba la compra y venta de votos en el parlamento en relación con la votación que tendría lugar a continuación. Un día después, el 9 de marzo, el ejército de Pakistán, auténtico factótum de la política pakistaní, especialmente en lo que afecta a las relaciones exteriores, se declaraba neutral en el proceso.

El 11 de abril los diputados del partido de Imran Khan se ausentaban de la votación de la moción de censura, que eligió como nuevo primer ministro a Shehbaz Sharif, de la Liga Musulmana de Pakistán. El exministro de Asuntos Exteriores, Shah Mahmood Qureshi, justificaba así la ausencia de los diputados del partido de Khan: «No legitimaremos un gobierno traído por una intervención extranjera. Estamos boicoteando y anunciando nuestra renuncia a la Asamblea Nacional».

El nuevo primer ministro es un político de la vieja guardia, cuyo hermano fue varias veces primer ministro. Nawaz Sharif ahora se encuentra fugado en Londres, tras ser encarcelado por corrupción y conseguir un permiso penitenciario, del que nunca regresó. Eso sí, la prensa occidental se ha apresurado en calificar a Shehbaz Sharif como un político más favorable a occidente, aunque también enfrenta cargos por corrupción, al igual que su hermano fugado.

La destitución de Imran Khan está provocando multitudinarias manifestaciones a lo largo y ancho de Pakistán. Unas protestas que, en su mayoría, están siendo silenciadas por los medios de comunicación pakistaníes. De los occidentales ya ni hablamos. En Twitter, la etiqueta #RevolutionBlackedOut denuncia la ocultación por parte de las principales cadenas de televisión de las concentraciones que siguen teniendo lugar desde el 11 de abril.

Por su parte, los medios occidentales, como Bloomberg, comenzaban a esparcir que la población de Pakistán aprobaba el resultado de la moción de censura contra Imran Khan, apoyándose en una encuesta telefónica realizada a mil personas. Las manifestaciones que, a día de hoy, siguen convocando a centenares de miles de pakistaníes en contra de lo ocurrido, parecen decir otra cosa.

Fuente: Bloomberg. 

Preguntado en rueda de prensa sobre las alegaciones de Imran Khan acerca de una supuesta intervención de Estados Unidos para derrocarle, el portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, contesto: «No hay absolutamente ninguna verdad en las acusaciones». (…) «No apoyamos a un partido político sobre otro. Apoyamos los principios más amplios, los principios del estado de derecho, de justicia igualitaria ante la ley».

El 11 de abril, exactamente el mismo día en que Imran Khan era depuesto de su cargo, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, tenía una reunión por vía telemática con el primer ministro de la India, Narendra Modi, en la que el estadounidense presionó al hindú para que se sumara a las sanciones contra Rusia, algo que hasta el momento ha rechazado. ¿Casualidad o aviso a navegantes? Más bien nos inclinamos por la segunda opción, teniendo en cuenta que tres días más tarde, el secretario de Estado, Antony Blinken, expresaba su preocupación por las presuntas vulneraciones de derechos humanos que Estados Unidos estaba detectando en la India. Unas preocupaciones sobre esta materia que son siempre muy selectivas por parte de Washington: en unos casos devienen en embargos comerciales y sanciones, y en otros se quedan en eso, en preocupaciones. Veremos qué es lo que ocurre en este caso.

Más gasto militar, menos inversión social: la Unión Europea se americaniza

Los gobiernos de los países de la Unión Europea acordaron el pasado 11 de marzo elevar sustancialmente el gasto militar. Ursula von der Leyen se felicitaba por el hecho de que los gobiernos le hubieran encargado detectar las lagunas que presenta la inversión en defensa y Charles Michel, el presidente del Consejo Europeo, celebraba el nacimiento de la defensa europea. Sólo cuatro días más tarde, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, presionaba para aumentar el gasto militar de todos los miembros de la organización hasta el 2%. Una propuesta que languidecía desde 2014 y que la invasión rusa de Ucrania ha revitalizado con fuerza.

Fuente: Statista

Previamente a la cumbre europea del 11 de marzo, Alemania ya marcaba el camino al anunciar un incremento en el gasto militar de 100.000 millones de euros. El canciller Olaf Scholz no sólo comunicaba un desembolso en defensa superior al 2% del PIB que reclamaba la OTAN, sino que proponía consagrar tal aumento mediante una reforma de la constitución. Y todo esto lo hacía “para proteger nuestra libertad y nuestra democracia”.

Sin embargo, la decisión de incrementar exponencialmente el gasto militar no se corresponde con la opinión de la población alemana, así que cabría preguntarse qué entiende Scholz por “democracia”. Estos son los datos que recoge el excorresponsal en Berlín Rafael Poch al respecto:

  • El 82% de los alemanes está a favor de que la OTAN retire las 20 bombas nucleares que alberga en la base aérea de Büchel.
  • El 72% de los alemanes está en contra de estacionar nuevas bombas nucleares en su territorio, y en contra de contribuir a pagar, junto con Estados Unidos, el coste de los 45 aviones F-18 encargados de transportarlas, que asciende a 8.000 millones de euros, tal y como establece un acuerdo del gobierno de Scholz con Estados Unidos.
  • El 94% de los alemanes opinaba, en 2018, que era “importante” mantener unas buenas relaciones con Rusia.

La invasión rusa de Ucrania ha proporcionado a Alemania el argumento para ir en contra de la opinión de la ciudadanía alemana, mayoritariamente antibelicista. Proponer una modificación de la constitución que va diametralmente en contra de lo que ésta proclama actualmente en relación con los conflictos bélicos, aprovechando la guerra proxy que libran Estados Unidos y Rusia en Ucrania, denota que Alemania, uno de los motores de la Unión Europea, está impulsando una americanización de las políticas del viejo continente.

¿Por qué decimos americanización? Porque tras el largo periodo de “austeridad” dictado por Bruselas, que ya ha recortado el estado del bienestar que, con enormes diferencias entre países, caracteriza a los más desarrollados de la Unión Europea, el incremento en el gasto militar supone seguir copiando el modelo de Estados Unidos: el mayor desembolso en armas y ejércitos sólo puede provenir de dos fuentes, o de una combinación de ambas. Una, del detrimento de las inversiones en otros capítulos presupuestarios: sanidad, educación, protección social, pensiones, etc. Otra, de un incremento en los impuestos. En ambos casos, de un modo u otro, será la ciudadanía la que terminará pagando el cambio de paradigma para adoptar el modelo americano. Un país donde no existe la cobertura sanitaria universal, y los seguros médicos privados son carísimos: desde 456 dólares mensuales para un individuo hasta 1.152 para una familia, según un estudio de eHealth.

El gasto social en Estados Unidos está por debajo de la media de los países de la OCDE, y supone diez puntos porcentuales menos que lo que destinan a inversión social los cinco países más avanzados de la Unión Europea en este terreno. De algún sitio tienen que salir los cientos de miles de millones de dólares que Estados Unidos dedica al gasto militar.

Fuente: OECD.org

Para llegar al 2% del PIB que reclama la OTAN a sus miembros, el Estado español tendría que duplicar en la práctica el gasto militar. Esto supondría un esfuerzo presupuestario adicional de más de 11.000 millones de euros, todos los años. Para que nos hagamos una idea de lo que representa esa cifra, el recorte en sanidad que se produjo en la década 2009-2018 ascendió a 7.256 millones en euros constantes, y significó un 11% de reducción de la inversión en este capítulo.

¿Cómo se va a imponer a la ciudadanía este cambio de paradigma en las políticas de la Unión Europea? Los medios de comunicación ya han comenzado a dirigir a la opinión pública en la dirección decretada por Bruselas. Días antes de la reunión del 11 de marzo, el diario español Cinco Días presentaba argumentos para encauzar la decisión belicista de la Unión Europea: “Moscú triplica el porcentaje de PIB que invierte la UE en defensa”, titulaba el periódico de información económica, que acompañaba el texto con una infografía para los anales de la manipulación periodística.

Fuente: Cinco Días, 2 de marzo 2022.

Si nos fijamos en las tres primeras cifras de la columna de la izquierda, que refleja el gasto en millones de euros de los 27 miembros de la Unión Europea, de los miembros de la Eurozona y de Rusia, comprobamos que la UE-27 gasta más del triple que Rusia en defensa, y que los países de la Eurozona casi llegan a ese triple. Sin embargo, las barras que corresponderían al gasto en euros para la UE-27 y la Eurozona no aparecen, y la barra negra que se adjudica a Rusia es la más larga de todas las de la columna izquierda, las que reflejan el gasto. En realidad, si se hubieran asignado barras al gasto militar de la UE-27 y la Eurozona, habrían sido tres veces más largas que la asignada a Rusia.

No obstante, se ha preferido poner el foco en el porcentaje del PIB, porque en ese aspecto Rusia invierte más, porcentualmente, que la Unión Europea. Aunque en realidad, Alemania y Francia juntas ya gastan en defensa un 30% más de lo que gasta Rusia.

Los medios de comunicación ya están jugando su papel con su descripción maniqueísta de la guerra en Ucrania, como un enfrentamiento entre buenos y malos, sin resquicio alguno para los imprescindibles análisis de la escala de grises que existe en todo conflicto. Todo, con el fin de dirigir a la población hacia la aceptación de la agenda marcada en Bruselas, sede de la OTAN y los organismos europeos. Además, si algún país díscolo intentara salirse de la hoja de ruta marcada por Washington, la Unión Europea ya tiene experiencia cuando de lo que se trata es de conseguir que sus miembros se atengan a los planes elaborados, o asumidos, por Bruselas.

Recordemos lo ocurrido en Grecia en 2015. En aquel año, el partido político Syriza ganó las elecciones con la promesa de acabar con las políticas de austeridad dictadas por Bruselas. El primer ministro surgido de las urnas, Alex Tsipras, declaraba que «Grecia ya no aceptará más órdenes, especialmente órdenes recibidas por correo electrónico» y subrayaba que «no se puede chantajear a Grecia porque la democracia en Europa no puede ser chantajeada».

Sin embargo, después de cinco meses de negociaciones con la famosa troika, compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, Grecia aceptaba un acuerdo por el que se plegaba a la práctica totalidad de las “reformas” impuestas por la troika a cambio de una aportación de 50.000 millones de euros en tres años.

El primer ministro, Alexis Tsipras,  describía de este modo los motivos que le habían empujado a aceptar dicho acuerdo, contraviniendo la posición que había mantenido, antes y después de haber ganado las elecciones: “Durante la reunión del Eurogrupo el gobierno heleno ha recibido serias amenazas y chantajes que de materializarse tendrían graves consecuencias para el pueblo griego, ya que existe un plan perfectamente detallado (que ya estaba siendo aplicado) para lograr un aislamiento completo del país a partir del miércoles a todos los niveles, incluyendo el colapso de los bancos y la falta de provisiones de todo tipo. Por lo tanto, con el fin de sobrevivir y no sucumbir al Grexit, el gobierno se ha visto obligado a aceptar compromisos muy duros, aunque también algunas victorias”.

Lo ocurrido en Grecia debería hacernos replantear cuál es el concepto de democracia que manejan las instituciones de la Unión Europea. El chantaje del Eurogrupo que denuncia Tsipras se produjo para torcer la voluntad expresada por la ciudadanía de Grecia en un referéndum, donde el 61% de los votantes votó en contra de las condiciones que quería imponer la troika. ¿De qué sirven las elecciones parlamentarias, de qué sirven los referendos, de qué sirve que la población de un país exprese su voluntad en las urnas si esos mandatos democráticos son sometidos a chantaje hasta doblegarlos? ¿De qué tipo de “democracia” estamos hablando?

Al desprecio manifiesto por las decisiones democráticas de los pueblos de Europa, conviene añadir que el Fondo Monetario Internacional, uno de los tres integrantes de la troika, es un organismo donde Estados Unidos es el único país que tiene derecho de veto, debido al sistema de ponderación de voto según el peso de cada país. En la práctica, esto significa que las políticas impulsadas por el FMI son acordes con los intereses de quien tiene capacidad de vetar lo que contraviene sus intereses. Por lo tanto, nos encontramos con que en las negociaciones que se produjeron entre un país de la Unión Europea y la troika, la última palabra la tenía Estados Unidos.

¿De qué tipo de “democracia” estamos hablando? ¿Del poder de veto de Estados Unidos en los asuntos europeos? ¿Del chantaje a los países “díscolos” que se salen del guion marcado por los burócratas en Bruselas? ¿Estos son los valores y las reglas que Ursula von der Leyen dice que estamos defendiendo al asociarnos con Estados Unidos frente a Rusia?

La Unión Europea no sólo está supeditándose a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos. Convertida en correa de transmisión de la agenda de la Casa Blanca, también está imitando las formas que caracterizan a Washington, como vemos en este tuit de Ursula von der Leyen que, antes de presidir la Comisión Europea, fue ministra de Defensa en Alemania.

Ese “China must” con el que Ursula von der Leyen anuncia la lista de deberes que le asigna al coloso asiático, tras la reunión que mantuvieron la Unión Europea y China el 1 de abril, choca frontalmente con el lenguaje diplomático. En inglés el verbo “must” se usa para indicar una obligación o una prohibición. La presidenta de la Comisión utiliza ese verbo conminatorio para exigir, a renglón seguido, que China facilite y mejore el acceso de las empresas europeas al mercado chino, lo que nos recuerda los modos y maneras habituales de Estados Unidos cuando se dirige a otros países.

La presidenta de la Comisión olvida que costó siete años negociar con China un acuerdo que incluía, precisamente, una facilitación del acceso de las empresas europeas al mercado chino. Un acuerdo que ella alabó con estas palabras, en diciembre de 2020: “El acuerdo dará un acceso sin precedentes al mercado chino por parte de los inversores europeos, permitiendo que nuestras empresas crezcan y creen empleo”. También olvida que la ratificación de dicho acuerdo fue paralizada por el Parlamento Europeo, cinco meses más tarde, después de que Estados Unidos realizara alegaciones sobre supuestas violaciones de derechos humanos por parte de China en Xinjiang, y Joe Biden sacara a relucir la “represión” china en Hong Kong en su primera conversación con Xi Jinping.

Como ha destacado el economista Javier Santacruz Cano, el acuerdo con China era “especialmente favorable para la Unión Europea, ya que se conseguían dos avances de enorme importancia: por un lado, más facilidades para localizar empresas europeas en China con más margen de maniobra en su gestión y operaciones en el territorio con otros socios locales o extranjeros y, por otro lado, una mayor reciprocidad y mejor juego (menor dopaje) por parte de las empresas estatales chinas a la hora de acometer operaciones corporativas o el acceso a contratos públicos en territorio europeo”.

Las alegaciones selectivas sobre las violaciones de derechos humanos por parte de determinados países, siempre los mismos, se han convertido en una herramienta usada por Estados Unidos para imponer sanciones económicas que destruyan sus economías, o reventar acuerdos favorables a los adversarios geopolíticos de Washington. En el caso del frustrado acuerdo con China, para debilitar a la Unión Europea.  El hecho de que el periodista saudí Jamal Khashoggi fuera descuartizado y hecho desaparecer en el consulado de Arabia Saudita en Estambul, lo cual fue registrado en grabaciones, o la decapitación de 81 personas en un solo día, no parecen ser violaciones de los derechos humanos lo suficientemente graves como para sancionar al régimen saudí, o cancelar el contrato para construir fragatas en los astilleros de Navantia, en Cádiz, con destino a dicho país, porque afectarían a los puestos de trabajo.  

Como vemos, la americanización de la Unión Europea también se nota en el doble rasero que aplica a según qué países a la hora de exigir democracia y respeto a los derechos humanos. Lo que la diferencia de Estados Unidos es que este país utiliza el doble rasero en su beneficio, mientras que la Unión Europea lo usa para darse tiros en el pie. Eso, cuando Estados Unidos no anuncia una cosa y hace la contraria. Después de haber proclamado, el 8 de marzo, que dejaría de comprar petróleo a Rusia, los datos de la US Energy Information Administration muestran algo muy distinto.

Estados Unidos sigue comprando petróleo a Rusia. Tras un brusco descenso en la primera semana de marzo, donde las importaciones bajaron de 148.000 barriles diarios a 38.000, en la tercera semana Estados Unidos ya volvía a comprar 100.000 barriles diarios de petróleo a Rusia. ¿Qué opina Ursula von der Leyen al respecto?  

Las sanciones a Rusia buscan deponer a Putin y debilitar a la Unión Europea

En su discurso en Polonia el pasado sábado, Joe Biden se salió del guion al final y soltó que “este hombre no puede permanecer en el poder”, refiriéndose a Vladimir Putin. Aunque horas después funcionarios de la Casa Blanca quisieron matizar sus palabras, afirmando que en realidad lo que el presidente quiso decir era que “no se puede permitir que Putin ejerza el poder sobre sus vecinos o la región. No estaba hablando del poder de Putin en Rusia, ni del cambio de régimen» y el propio secretario de Estado, Antony Blinken, subrayara al día siguiente que Estados Unidos no persigue un “cambio de régimen en Rusia, ni en ninguna otra parte”, lo cierto es que las palabras que Biden han despertado críticas tanto en el interior de Estados Unidos, como entre sus aliados, según The Hill y The Wall Street Journal.

En su reunión en Bruselas con Ursula von der Leyen, Joe Biden también habló con sinceridad: “Señora presidenta, sé que eliminar el gas de Rusia tendrá costes para la UE. Pero no solo es la acción correcta a tomar desde el punto de vista moral. [También] nos va a colocar en una mejor posición estratégica”. Después de haber firmado un acuerdo con la Unión Europea, merced al cual Estados Unidos se ha comprometido a incrementar un 68% las exportaciones de gas a la UE, a un precio superior en un 40% al gas ruso a día de hoy, no entendemos por qué sonreía tanto Ursula von der Leyen, aunque sí está claro por qué lo hacía Biden.

Fotografía: EVAN VUCCI (AP)

Después de un mes de guerra, si no contamos los 8 años que el gobierno de Ucrania estuvo bombardeando el Donbass, provocando 14.000 víctimas mortales, el objetivo de las sanciones a Rusia está quedando meridianamente claro. A Biden se le escapó que el objetivo es deponer a Putin, para colocar en su lugar un gobierno afín a los intereses de Washington y, de paso, debilitar económicamente también a la Unión Europea, cuyos máximos dirigentes han abrazado con entusiasmo la política de sanciones a Rusia, a sabiendas de los estragos que va a causar en la población europea. Tras asistir a una reunión de la OTAN en Bruselas, el propio Biden reconocía que habrá “escasez de comida” a causa de las sanciones. Esto no ha hecho más que empezar…

Por otra parte, las alusiones a la moralidad hay que situarlas en ese marco que los Estados Unidos y los medios de comunicación masiva están construyendo para justificar las sanciones a Rusia y el envío de armamento a Ucrania: nos están queriendo vender que la guerra proxy que libran los bloques de la guerra fría en realidad se trata de una batalla entre los valores de las democracias occidentales, moralmente superiores, y la falta de estos, propios de una autocracia, la de Putin.  

Este marco se cae por su peso, a poco que analicemos la historia de Estados Unidos. Desde que la CIA organizara con éxito su primer golpe de estado en Guatemala, que derrocó a Jacobo Arbenz, en 1954, porque sus planes de reforma agraria no gustaron a la United Fruit Company, pasando por la “Operación Ruina” para derribar a Salvador Allende, hasta llegar a sus últimas actuaciones en Yugoslavia, Irak, Siria, Libia y Afganistán, resulta palmario que Estados Unidos no se halla en posición alguna de dar lecciones de moralidad a nadie. Sus supuestos esfuerzos por “promover la democracia” no casan con los golpes de estado para derribar gobiernos electos y sustituirlos por dictaduras militares (Guatemala, Chile, Argentina, Bolivia, Brasil, Persia, etc.), ni su apoyo a regímenes que nada tienen que ver con el patrón de las democracias occidentales.

Henry Kissinger, secretario de Estado de EE.UU., se reúne con Augusto Pinochet en 1976. Ilustración: Wikipedia. 

Jimmy Carter, presidente de Estados Unidos, recibe en la Casa Blanca a Jorge Rafael Videla, dictador argentino, en 1977. Ilustración: Infobae.com.

En geopolítica no hay valores, hay intereses económicos y relaciones de poder, lo demás son cuentos. Aquí está para demostrarlo este reciente tuit de Antony Blinken, reunido con la flor y nata de los regímenes democráticos del norte de África y de Oriente Medio.

Los esfuerzos de Estados Unidos por instaurar democracias por el mundo parecen ser muy selectivos. Los medios de comunicación que jalean dicha tarea también lo son. ¿Alguien ha escuchado alguna vez a un funcionario estadounidense, o a algún tertuliano televisivo, reclamando democracia para Arabia Saudí, o proponiendo sanciones por los siete años que lleva bombardeando Yemen?  Por si quedaba alguna duda de qué va la guerra en Ucrania, el propio Joe Biden lo aclaraba recientemente: “Va a haber un nuevo orden mundial y EE.UU. tiene que liderarlo”.  Que nosotros sepamos, no ha habido ningunas elecciones en este planeta para decidir que Estados Unidos tenga que ser el líder mundial.

Volviendo al panorama que se presenta para la ciudadanía de la Unión Europea por las consecuencias de la guerra y de las sanciones a Rusia, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, declaraba en una reciente entrevista radiofónica: «Quiero poner en marcha un [sistema] de cupones de alimentos para ayudar a los hogares más modestos y a la clase media que enfrentan estos costos adicionales». Los costos adicionales a los que se refería Macron vienen derivados de una mezcla de factores que están disparando la inflación a niveles no vistos desde hace décadas. El proceso inflacionario ya estaba en marcha antes de la invasión rusa de Ucrania. Los efectos de la pandemia de Covid-19 ya fueron devastadores en la cadena de distribución de este mundo globalizado, donde se da una división internacional del trabajo. 

Los cuellos de botella en la distribución y los problemas para volver a ajustar la producción a la demanda, entre otros factores, nos trajeron la inflación, un fenómeno anterior a la invasión rusa. En el Estado Español, la inflación en diciembre de 2021 ya cerró en el 6,5%, la tasa más alta de los últimos 29 años. En la eurozona, la inflación acabó el año pasado en el 5%, lo que supone el mayor encarecimiento de los precios en toda la serie histórica. En Estados Unidos, el año 2021 acabó con la inflación en el 7%, el mayor incremento desde 1982. El precio del petróleo ya había subido un 50% entre mediados de 2020 y finales de 2021, pasando de 40 a 80 dólares el barril, antes de que Rusia atacara Ucrania.   

Fuente: Publico.es

El año pasado, los salarios en España subieron un 1,5%, sólo la mitad de lo que lo hizo la inflación. Es en este contexto, de merma de la capacidad adquisitiva de la clase trabajadora, en el que los dirigentes de la Unión Europea y los burócratas de Bruselas deciden adherirse a la política de sanciones económicas contra Rusia, impulsadas desde el otro lado del Atlántico, con un manifiesto desprecio por los efectos que dichas sanciones están teniendo ya sobre la ciudadanía europea.

El vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, declaraba recientemente que «Las sanciones tendrán un impacto inmediato en nuestra economía. (…) El crecimiento se verá afectado. Veremos un impacto en los precios de la energía y las cadenas de suministro, incluidas las materias primas. La confianza se verá afectada. También habrá costos fiscales directos. (…) Por lo tanto, estaremos en un entorno de precios altos y alta inflación más tiempo del que pensábamos originalmente”.

El jefe del Deutsche Bank, Christian Sewing, advertía en una reciente entrevista que, antes de plantearse un endurecimiento de las sanciones a Rusia, habría que darle un tiempo a las ya implementadas, para comprobar su efectividad. Además, Sewing se muestra contrario a cerrar el gasoducto Nord Stream 1, en funcionamiento desde 2011.

Después de haber dejado de comprar gas, petróleo y carbón rusos, Estados Unidos pretende que la Unión Europea siga el mismo camino. Sin embargo, existen enormes diferencias entre ambos actores. Estados Unidos se ha convertido en el primer exportador mundial de gas, desbancando a Qatar de ese puesto gracias a la técnica del “fracking”, o fracturación hidráulica. Por el contrario, la Unión Europea importa prácticamente todo el gas que consume, siendo tres los principales suministradores: Rusia, Noruega y Argelia. En 2019, el 60% de la energía consumida en la Unión Europea dependía de importaciones. Sin embargo, Estados Unidos es un exportador neto de energía desde 2019. Para resumir la jugada: alguien que vende gas (Estados Unidos) le pide a otro que lo compra (Unión Europea) que se lo compre a él, que está más lejos, en vez de a otro que está más cerca (Rusia). Eso sí, un 40% más caro, porque hay que traerlo en barco, en estado líquido, a 160 grados bajo cero, para después descargarlo y subirle la temperatura para volver a transformarlo en gas. Tanto sus costes de extracción como los de procesamiento son más altos.  De ecología ya ni hablamos.

Además, la Unión Europea tendrá que hacer frente a los costes de construir la logística necesaria para sustituir el gas ruso, que ya cuenta con una red de gasoductos en funcionamiento, por el gas natural licuado (GNL) estadounidense. Habría que construir, en primer lugar, plantas de regasificación. Actualmente, con sólo 7 plantas, España alberga el 25% de las existentes en la Unión Europea, lo que significa que hay pocas. Esto tiene toda la lógica del mundo, dado que la mayoría del gas viene desde Rusia al resto de Europa a través de gasoductos, desde hace 50 años, a pesar de los intentos de Estados Unidos de evitar dicho aprovisionamiento.

Ilustración: Samuel Bailey (sam.bailus@gmail.com) – Trabajo propio, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8454588

A finales de la década de los 50, la República Federal de Alemania y la URSS establecieron relaciones diplomáticas. Ambos países estaban interesados en lo que el otro podía ofrecerle: Alemania necesitaba gas, y Rusia, tuberías. El primer acuerdo de gas a cambio de tuberías fracasó porque el gobierno de Estados Unidos, entonces bajo la presidencia de Kennedy, consiguió imponer, a través de la OTAN, un embargo a las exportaciones de tuberías desde Alemania a la URSS. De hecho, Alemania había empezado a suministrar tuberías para el oleoducto Druzhba (Amistad, en ruso), entonces el más largo del mundo, que unía Rusia con gran parte de Europa del Este, y había entrado en funcionamiento en 1964.

Sin embargo, la llegada de Willy Brandt al gobierno alemán y su ostpolitik consiguieron que el acuerdo gas por tuberías cuajara en los años 70. Primero, con la extensión del gasoducto Soyuz hasta Baviera y, posteriormente, pagando el gas ruso con exportaciones de tubos de acero. En 1973, el gas ruso comenzó a llegar a la República Federal de Alemania, lo que significó el establecimiento de una base para la cooperación económica entre Rusia y Europa occidental. Como quiera que eso es precisamente lo que Estados Unidos quiere evitar a toda costa, en los años 80 Ronald Reagan intentó convencer a la RFA para que dejara de importar gas ruso, aunque sus intentos fracasaron, debido a que tanto Alemania Occidental como la URSS consideraban la relación comercial muy beneficiosa para ambos.

Coincidiendo con la invasión rusa de Ucrania, y las subsiguientes sanciones impulsadas por Estados Unidos, los medios de comunicación de masas están repitiendo a coro un nuevo mantra: “hay que acabar con la dependencia del gas ruso”. Y para acabar con dicha dependencia “Estados Unidos sale al rescate de la Unión Europea”, titulan bastantes medios, como si fueran a regalarnos el gas, cuando nos lo están cobrando un 40% más caro que Rusia.

En primer lugar, denominar “dependencia” a unos acuerdos comerciales ventajosos para la Unión Europea significa encuadrar dichos pactos en un marco con claras resonancias negativas. Como de lo que se trata es de sustituir unos acuerdos ventajosos por otros que lo son mucho menos, es necesario comenzar a manufacturar el consentimiento de la ciudadanía para un cambio de paradigma, que la clase trabajadora va a pagar de su bolsillo. Porque lo que ha firmado la Unión Europea es un acuerdo para sustituir la “dependencia” del gas ruso, más barato, por la dependencia del estadounidense, más caro. De entrada, el suministro de GNL desde el otro lado del Atlántico no cubrirá, ni de lejos, las necesidades de la Unión Europea, por lo que o bien seguiremos comprando gas a Rusia, o nuestras necesidades no podrán ser cubiertas por otros productores, que ya han declarado que no tienen capacidad para sustituir las importaciones de gas ruso.

Por último, el supuesto objetivo de las sanciones, forzar a Rusia a detener la guerra en Ucrania, suena bastante utópico, en el mejor de los casos. China, India, Pakistán, Brasil, Argentina, México, Emiratos Árabes Unidos, Sudáfrica, Turquía, Venezuela, Egipto, Serbia, Bosnia Herzegovina, Siria, Bielorrusia, Cuba, Georgia, Myanmar… la lista de países que ya han rechazado sumarse a la política impulsada por Estados Unidos deja a Rusia un amplio espacio político y comercial como para pensar que Vladimir Putin vaya a salir corriendo de Ucrania sin haber conseguido sus objetivos, empujado por las sanciones.

 

Por qué la guerra en Ucrania está alumbrando un mundo multipolar

La invasión rusa de Ucrania está precipitando movimientos de realineación en el planeta que basculan claramente hacia el Este, tomando como referencia el habitual eurocentrismo a la hora de hablar de puntos cardinales. Las sanciones de las que está siendo objeto Rusia y el comportamiento de Washington a la hora de exigir al resto del mundo que se acomode a sus intereses económicos y geoestratégicos bajo amenaza, a su vez, de nuevas sanciones a quienes se resistan, están provocando, entre otros factores que analizaremos a continuación, el alumbramiento de un nuevo mundo multipolar.

Y es que, si bien Estados Unidos está consiguiendo uno de sus objetivos estratégicos al separar a Rusia de la Unión Europea aprovechando el pretexto de la invasión de Ucrania, también es cierto que el mundo no se acaba en esta península del continente euroasiático llamada Europa. Existen otros actores en el tablero geopolítico y los movimientos se están precipitando, provocando realineamientos que presagian problemas para la pretensión de Estados Unidos de mantener su hegemonía, y la del dólar, en el mundo.

Un reciente artículo en la revista alemana Der Spiegel del economista alemán Henrik Müller considera que “la congelación de los activos del banco central de Rusia tiene el potencial de poner en peligro la confianza en el dólar como moneda de reserva”. El argumento es fácil de seguir: “para los países con grandes reservas de divisas, surge la pregunta de si sus activos con la Fed (y otros bancos centrales occidentales que ahora participan en las sanciones) aún están seguros”. Es decir, si hoy le congelan los activos a Rusia, mañana me puede pasar a mí. El economista predice “la inminente desintegración del mundo en bloques” y ve a China en el camino de “establecer su propio hemisferio”, en un contexto en el que “la tectónica del poder económico está alejándose de las instituciones globales inspiradas en EE.UU. hacia una nueva formación de bloques con mercados financieros fragmentados. No sería de extrañar que este cambio se reflejara en el mercado de divisas”, concluye el economista.

El análisis teórico de Henrik Müller se ve ratificado por los hechos. El 18 de marzo, la Unión Económica Euroasiática (EAEU) y China acordaron diseñar el mecanismo para un sistema monetario y financiero internacional independiente. La EAEU está formada por Rusia, Kazajistán, Kirguistán, Bielorrusia y Armenia. Esta asociación está estableciendo acuerdos de libre comercio con otras naciones euroasiáticas y se está interconectando progresivamente con la Nueva Ruta de la Seda, como se ha traducido al español la “Belt and Road Initiative” de China.

La Unión Económica Euroasiática contempla además la creación de “una nueva moneda internacional”, con el yuan como referencia probable. El valor de la nueva divisa se obtendría calculando un índice de las monedas nacionales de los países participantes, teniendo en cuenta también los precios de las materias primas. El primer borrador del proyecto se discutirá tan pronto como a finales de marzo.

Con datos de febrero de este año, 144 países han firmado acuerdos de cooperación con China en el marco de la Nueva Ruta de la Seda.  Ilustración: Green Finance and Development Center

El 15 de marzo, altos funcionarios estadounidenses, que incluían a Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, se reunieron con funcionarios chinos en Roma para advertirles de serias consecuencias en el caso de que China proporcionara ayuda militar o financiera que ayudara a Rusia a mitigar el impacto de las sanciones, solicitándoles incluso que China cortara sus vínculos con Rusia. En el mismo sentido se manifestó Joe Biden en su conversación con Xi Jinping tres días más tarde.

Esta actitud es la que despliega tradicionalmente Estados Unidos con todos aquellos gobiernos, empresas o individuos que no se avengan a atenerse a sus designios: amenazar con sanciones que impidan la viabilidad de Estados, compañías o, en el caso de las personas, hacerles la vida muy difícil. Pongamos el ejemplo de la empresa Allseas, una empresa suiza puntera en la construcción de conductos submarinos, y una de las participantes en la ejecución del gasoducto Nord Stream 2. Los senadores Ted Cruz y Ron Johnson escribieron una carta al director ejecutivo de AllSeas, Edward Heerema, advirtiéndole que la compañía enfrentaría sanciones «aplastantes y potencialmente fatales» si continuaba trabajando en el gasoducto. “Las consecuencias de que su empresa continúe haciendo el trabajo, incluso un solo día después de que el presidente firme la legislación de sanciones, expondría a su empresa a sanciones legales y económicas aplastantes y potencialmente fatales”, escribieron ambos, con un tono que no deja lugar a dudas. La empresa suiza anunció su retirada del Nord Stream 2 en un comunicado de tres líneas en su página web.

Por aquel entonces, diciembre de 2019, bajo la presidencia de Donald Trump, Alemania calificó de «incomprensibles» las sanciones de Estados Unidos a las empresas que trabajaban en el gasoducto, advirtiendo que interferían en sus asuntos internos y afectaban a empresas alemanas y europeas. Otras compañías golpeadas por las amenazas de sanciones, y que se retiraron del proyecto, fueron la aseguradora Zurich Insurance, el holding noruego Det Norske Veritas, y Ramboll, una empresa de ingeniería danesa. Todas ellas grandes empresas, líderes en sus respectivos sectores.

Sólo dos años después, el nuevo canciller, Olaf Scholz, comparecía en una rueda de prensa con Joe Biden en la que éste proclamaba que encontraría la forma de paralizar el Nord Stream 2, aunque las competencias sobre el mismo estuvieran en manos de Alemania: «Lo haremos, se lo prometo, podremos hacerlo», se limitó a responder Joe Biden a las preguntas de un periodista sobre la manera en que Washington podría paralizar un proyecto en el que no participaba. A pesar de haber considerado dos años antes que las sanciones estadounidenses a un proyecto alemán eran “incomprensibles”, Alemania decidía paralizar recientemente la puesta en funcionamiento del gasoducto que hubiera supuesto el aporte de 55 mil millones de metros cúbicos de gas anuales a un precio un 40% inferior al del gas licuado estadounidense. Nótese además que Alemania no dispone de ninguna planta de regasificación, por lo que depende de instalaciones de ese tipo situadas en otros países hasta que construya dos, actualmente en proyecto, para poder usar gas natural licuado.   

Otro país que está recibiendo presiones para tomar decisiones en contra de sus intereses es Bulgaria. El 7 de marzo, su primer ministro, Kiril Petkov afirmaba que su país apoyaba las sanciones contra Rusia pero que probablemente pediría dejar fuera las importaciones de gas y petróleo. Bulgaria depende al 100% del gas ruso, mientras que el 60% por ciento del combustible que se consume en el país procede de su única refinería, propiedad de la empresa rusa Lukoil. Sólo once días más tarde, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd J. Austin III, visitó Bulgaria y se entrevistó con Kiril Petkov y el ministro de Defensa búlgaro. En un comunicado del Ministerio de Defensa estadounidense sobre la visita, se ponía el énfasis en la unidad de los aliados de la OTAN frente a la invasión rusa de Ucrania, a la que se calificaba de no provocada, y se agradecía a Bulgaria por albergar a un nuevo grupo de combate de la organización. El mismo día de la llegada de Lloyd J. Austin III a Sofía, Bulgaria expulsó a diez diplomáticos rusos del país.

En cuanto a los motivos que llevaron a desplazarse a todo un secretario estadounidense, general retirado por más señas, a un país como Bulgaria, aparte de cerrar filas, conviene recordar que Lloyd J. Austin III era miembro del consejo de administración de Raytheon, uno de los mayores fabricantes de armas del mundo, entre ellas misiles de crucero para ojivas nucleares, y era socio de una compañía inversora en empresas vinculadas con la defensa: Pine Island Capital. Se da la circunstancia de que Anthony Blinken, secretario de Estado, también formaba parte del consejo de administración de Pine Island Capital, que recientemente ha adquirido varias empresas de armamento. Los anteriores secretarios de Defensa estadounidenses también estaban vinculados a empresas del sector de las armas: James N. Matis, nombrado por Donald Trump, era miembro del consejo de General Dynamics. Su sucesor Mark T. Esper, era el jefe del lobby de Raytheon.

Sin embargo, no todos los países aceptan las presiones de los enviados de la Casa Blanca. Washington manifestó en un comunicado estar “decepcionado” por la visita de Bashar al Assad a los Emiratos Árabes, que se produjo el 18 de marzo, a la que calificó de “aparente intento de legitimar” al presidente de Siria. La visita de Bashar al Assad a los Emiratos era la primera que efectuaba a un país árabe desde el inicio del conflicto en Siria, hace once años. Días antes, Estados Unidos, junto a Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia, habían publicado un comunicado advirtiendo que no apoyaban la “rehabilitación” de al Assad, ni la normalización de las relaciones con él.  Aun así, la reunión se produjo. La agencia de noticias de los Emiratos resaltó las declaraciones del jeque Mohammed bin Zayed, al frente del país: “Siria es un pilar fundamental de la seguridad árabe, y los EAU están dispuestos a fortalecer la cooperación con ellos para lograr las aspiraciones del hermano pueblo sirio hacia la estabilidad y el desarrollo”.

En el mismo sentido de “rebelión” frente a los dictados de Washington, el diario Wall Street Journal publicaba la semana pasada que Arabia Saudí estaba considerando aceptar los pagos en yuanes para las ventas de petróleo a China. Durante su campaña electoral, Joe Biden prometió tratar al reino como un estado «paria». Es más, una vez en la oficina, Biden presumía de estar ignorando las peticiones de hablar con él por parte de “mucha gente de Oriente Medio” y ha rechazado atender llamadas telefónicas de Mohamed bin Salmán. Sin embargo, en las últimas semanas ha sido Biden quien ha solicitado conversar tanto con el jeque que gobierna los Emiratos Árabes Unidos, como con el príncipe saudí, pero estos han rechazado la posibilidad de organizar llamadas telefónicas con Joe Biden en las últimas semanas. Para ablandar los oídos de los jeques, ayer trascendió que Estados Unidos había enviado una remesa de misiles Patriot a Arabia Saudí, para ser utilizados en la guerra proxy que el reino alauí y los Emiratos Árabes, con el apoyo de Washington, están librando contra Irán en Yemen, para desgracia de sus habitantes.

La administración de Estados Unidos está buscando fuentes alternativas al petróleo ruso, una vez que ha decidido dejar de comprar oro negro, gas y carbón al país eslavo. De momento, está cosechando una negativa tras otra por parte de los principales productores del mundo. Una delegación estadounidense se desplazó en secreto a Venezuela, que alberga las mayores reservas de petróleo del mundo, para negociar con el gobierno de Nicolás Maduro la compra de petróleo venezolano. Washington no informó del viaje a Juan Guaidó, quien se supone que es el legítimo presidente de Venezuela, según el relato de la Casa Blanca.

Si esperaban salir con un acuerdo debajo del brazo, la reunión en Caracas no fue bien para los intereses de Estados Unidos. Después de años de demonización del “régimen” venezolano, cuyo petróleo está sometido a sanciones desde 2019, estamos seguros de que el gobierno de Venezuela aprovechó el encuentro para poner sobre la mesa el tema de las reservas de oro venezolanas bloqueadas en el Banco Central de Inglaterra. La negativa del banco inglés a entregar los lingotes responde a presiones de altos funcionarios de Estados Unidos. Que nosotros sepamos, el único resultado tangible de la reunión se saldó con la puesta en libertad de dos ciudadanos estadounidenses que estaban presos en Venezuela, como gesto de buena voluntad del gobierno de Maduro, y un emplazamiento por ambas partes a seguir dialogando.

Otro país que también está ignorando las presiones de Estados Unidos para abstenerse de hacer negocios con Rusia es la India. La semana pasada, la compañía estatal Indian Oil Corp. compró tres millones de barriles de petróleo a Rusia, con un descuento del 20% sobre el precio de referencia. Un funcionario del gobierno indio advirtió que India seguiría comprando petróleo ruso. Pero lo más importante no es el hecho de la compra en sí, sino que un organismo empresarial indio ha pedido al gobierno que establezca un mecanismo de rupia-rublo para facilitar el comercio entre ambos países, esquivando así el dólar como divisa para las transacciones. Un funcionario del gobierno indio confirmó, bajo condición de anonimato, que se estaba trabajando en ese esquema de intercambio usando las monedas locales para pagar no sólo el petróleo, sino otros bienes.

A pesar de todos estos movimientos, que tienen por objeto esquivar el área de influencia de Estados Unidos, representada por su moneda, el dólar continúa representando en torno al 60% de las reservas mundiales de divisas y la deuda internacional pendiente, el 55% del crédito bancario transfronterizo y más del 40% de las transacciones comerciales y de divisas, nos recuerda el economista Henrik Müller. Es muy pronto para decretar, por tanto, el fin de la hegemonía de la divisa americana. Pero también es cierto que la decisión de congelar los activos de Rusia depositados en bancos occidentales puede marcar no sólo un punto crucial en la evolución del dólar como moneda de referencia mundial, sino acelerar los movimientos tectónicos de un mundo globalizado que podría verse resquebrajado en bloques.

Por qué Estados Unidos va ganando la guerra contra Rusia en Ucrania

Vladímir Fedorovski, un diplomático del equipo de Gorbachov, cuenta en una entrevista que, al final de la guerra fría, había dos opciones: “Una era asociar a Rusia con occidente. La quería Mitterrand. La otra era olvidarla, porque asociarla sería contraproducente y dañino para el dominio estadounidense. Se optó por la segunda opción. Fue un gran error. Uno de los grandes teóricos de la guerra fría, George Kennan, me dijo que estaba furioso de que Occidente humillara a Rusia. “Es el peor error de Occidente desde Jesucristo y lo pagará caro”, fue su frase”.

En un artículo escrito para The Washington Post en 2014, Henry Kissinger rechazaba el ingreso de Ucrania en la OTAN y advertía sobre el error que suponía utilizarla para separar los dos bloques: consideraba que debía servir como puente entre ellos. Asimismo, Kissinger señalaba que “Estados Unidos necesita evitar tratar a Rusia como un ente aberrante al cual se le tiene que enseñar reglas de conducta establecidas por Washington”.

Ignorando los consejos de sus propios diplomáticos, buscando la hegemonía absoluta desde el fin de la guerra fría, después de treinta años disparándole perdigones al oso ruso, Estados Unidos ha conseguido sus propósitos: despertarle y que diera un zarpazo donde quería, en el corazón de Europa. Ucrania está siendo la desgraciada víctima del ataque que Rusia está perpetrando, una reacción que Estados Unidos lleva tres décadas instigando con las sucesivas ampliaciones de la OTAN hacia el este de Europa, hasta las mismas lindes rusas. La Unión Europea se ha alineado con la defensa de los intereses geopolíticos de Estados Unidos y parece no querer ver la cuña que están metiendo desde el otro lado del Atlántico entre las dos partes de Europa, ni los tremendos costes económicos y sociales que van a representar las sanciones. El Real Instituto Elcano, un think tank muy beligerante contra el Kremlin, alertaba ya en 2014, cuando se implementaron las primeras sanciones a Rusia en relación con Ucrania, que la que saldría perdiendo sería la Unión Europea.

En 2009, Joe Biden, a la sazón vicepresidente con Barack Obama, declaraba que “no aceptaremos que ninguna nación tenga una esfera de influencia”.Doce años más tarde, en diciembre de 2021, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, golpeando el atril desde el que ofrecía una rueda de prensa en Riga, capital de Letonia, insistía en el mismo mensaje, con el argumento de que “Rusia no puede intentar controlar a sus vecinos”. Stoltenberg fue incluso más allá, al afirmar que “No queremos volver al mundo en el que los estados estaban limitados por las esferas de influencia de las superpotencias”.

«¡Oye! ¿Quién te crees que eres?»
Fuente: político.com Ilustración: M. Wuerker

Desde que el bloque occidental asumiera la hoja de ruta elaborada por Washington tras el fin de la guerra fría, además de la ampliación de la OTAN en sucesivas oleadas hasta las mismas fronteras rusas, en el último año y medio se han producido dos movimientos geopolíticos, en Bielorrusia y Kazajistán, que engarzan con la expansión de la OTAN y que, de haber tenido éxito en su propósito de instalar gobiernos prooccidentales, habrían significado estrechar el cerco aún más sobre Rusia.

Aunque los intentos de regime change fracasaron en estos dos países, si los sumamos a la situación que sufría la población de origen ruso en Ucrania durante ocho años, añadimos el desplante que recibió Rusia cuando solicitó negociar asuntos de seguridad en diciembre de 2021, más la voluntad de ingresar en la OTAN por parte de Ucrania y su disposición a albergar armas nucleares, todo ello ha catalizado en la reciente invasión rusa del país centroeuropeo. Sin embargo, hasta el momento, el país que está alcanzando sus objetivos estratégicos es claramente Estados Unidos, como veremos tras analizar lo ocurrido en Bielorrusia y Kazajistán. 

En el caso de las protestas surgidas en Bielorrusia en torno a la reelección de Aleksander Lukashenko, en agosto de 2020, estas tenían el sello de las revoluciones que utilizan colores o símbolos fácilmente reconocibles. Entre ellas, la revolución naranja en Ucrania de 2004, tal y como muestra el documental “Estados Unidos a la conquista del Este”, o la de los paraguas en Hong Kong, dirigida contra China. Fue Radio Free Europe/Radio Liberty, fundada en 1949 como fuente de propaganda anticomunista y financiada por Estados Unidos, la que se apresuró a bautizar las protestas en Bielorrusia como “la revolución de las zapatillas”.

«La ‘revolución de las zapatillas’ busca acabar con Lukashenko. ¿Está él en peligro?»
Fuente: Radio Free Europe/Radio Liberty. Fotografía: Vasily Fedosenko (Reuters).

Teniendo en cuenta la posición geográfica de Bielorrusia, un cambio de régimen en dicho país por uno prooccidental hubiera significado incrementar la presión sobre Rusia en su frontera occidental, al sumar Bielorrusia a la que ya ejercen los miembros más orientales de la OTAN, por un lado, y Ucrania, por otro, que desde el golpe de estado del Euromaidán, en 2014, se postula como candidato a ingresar en la OTAN.

Aunque las protestas no consiguieron el objetivo de deponer a Lukashenko, que continúa en el poder y sólo cosechó una nueva ronda de sanciones por parte de la Unión Europea y de Estados Unidos, estamos seguros de que el Kremlin tomó buena nota de este nuevo intento de derribar a un tradicional aliado, con quien comparte mil kilómetros de frontera y constituye su principal socio comercial: Rusia es el principal cliente y proveedor de Bielorrusia (48 y 56% de los intercambios, respectivamente).

Al fracasado intento de regime change en Bielorrusia hay que sumar los disturbios sucedidos en Kazajistán en enero de este año, donde se produjeron más de 200 muertos. El presidente del país calificó de intento de golpe de estado dichas alteraciones del orden público, en las que grupos de manifestantes armados intentaron asaltar tres edificios administrativos, la sede de la policía de Almaty y diversas unidades regionales de la policía. Mientras tanto, Josep Borrell, el Alto Representante para Asuntos Exteriores de la Unión Europea tildaba de protestas pacíficas unas revueltas que se saldaron con 13 policías muertos, dos de ellos decapitados, y más de 350 agentes heridos.

Las protestas se apoyaron en el descontento popular tras el alza del precio de los combustibles, al retirar la subvención estatal el presidente Kassym Jomart Tokayev, que denunció que los protagonistas de los violentos incidentes habían recibido entrenamiento en el exterior del país y calificó los disturbios de intento planificado de golpe de estado. El gobierno kazajo solicitó la ayuda de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) para restablecer la paz y un contingente formado por tropas rusas, armenias, bielorrusas y tayikas entró en el país con ese objetivo, abandonándolo días después, una vez restituido el orden.

Kazajistán y Rusia comparten más de 7.500 kilómetros de frontera, la segunda más larga del planeta. Tres millones y medio de sus habitantes son de origen ruso, lo que supone un 18% de su población. Rusia es el primer socio comercial, con un 33% de los intercambios, y el país centroasiático tiene unas reservas de 30.000 millones de barriles de petróleo. Además, China es el segundo socio comercial de Kazajistán, con quien tiene una frontera de 1.200 kilómetros. Kazajistán es el noveno mayor país del mundo, situado en el centro de Eurasia.

Camiseta con las revoluciones de colores ya realizadas y las pendientes. (TBD: to be done).
Fuente: Captura de pantalla del documental Estados Unidos a la conquista del este.

Titulábamos que Estados Unidos va ganando la guerra que libra contra Rusia en Ucrania porque está consiguiendo uno de sus objetivos principales, el que lleva persiguiendo treinta años, desde la disolución de la Unión Soviética a manos de Gorbachov: meter una cuña insalvable entre la Unión Europea y Rusia.

Las maniobras de Estados Unidos para empujar a Rusia a iniciar una guerra en toda regla en Europa vienen de lejos. Comenzaron el 21 de noviembre de 1990, cuando los jefes de Estado europeos, los de Canadá, la URSS y Estados Unidos firmaron en el Palacio del Elíseo la “Carta de París para la nueva Europa”, que supuestamente iba a suponer dejar atrás la guerra fría. La carta proclamaba “el fin de la división de Europa” y anunciaba que la caída del telón de acero “conducirá a un nuevo concepto de la seguridad europea y dará una nueva calidad” a las relaciones de sus estados. Finalmente, la carta proclamaba que la seguridad de cada uno de los estados estaría “inseparablemente vinculada” con la de los demás, tal y como recoge Rafael Poch-de-Feliu en su libro “Entender la Rusia de Putin”, a quien seguimos en los siguientes párrafos:

  • El cumplimiento de esta Carta de París para la nueva Europa hubiera significado la obsolescencia de la OTAN y, por tanto, el fin de la hegemonía estadounidense en el continente europeo. Nada más lejos de la realidad. La OTAN fue ocupando el espacio que dejó la URSS tras su disolución y Clinton incumplió la promesa de que la OTAN no se movería ni una pulgada hacia el Este.
  • Posteriormente, bajo el mandato de George W. Bush, en 2002 Estados Unidos abandonó el tratado ABM (Anti-Misiles Balísticos) después de haber estado 30 años en vigor, y procedió a instalar bases antimisiles en Alaska, California, Europa del Este, Japón y Corea del Sur, creando un cinturón alrededor de Rusia.
  • Bajo la presidencia de Barack Obama se produjo el golpe de Estado en Ucrania para instalar un gobierno prooccidental, con el objetivo de controlar el Mar Negro y expulsar a Rusia de sus bases en dicho mar, el único caliente al que tiene acceso Rusia.
  • Además, todos los países de Oriente Medio y norte de África que contaban con gobiernos reacios a alinearse con occidente y mantenían buenas relaciones con Moscú fueron objeto de intervenciones militares para provocar un cambio de régimen: Iraq, Libia y Siria. Afganistán, también colindante con el patio trasero ruso (las repúblicas centroasiáticas), ha estado ocupada militarmente por Estados Unidos durante veinte años.

La maniobra de embolsamiento de Rusia, a escala planetaria, por parte de Estados Unidos lleva tres décadas en marcha, con el doble objetivo de acorralarla y forzar su respuesta al cerco, como lamentablemente acaba de ocurrir en Ucrania.

La Unión Europea ha abrazado con entusiasmo la reconstrucción del telón de acero, a pesar de que, como están reconociendo los mismos que impulsan las sanciones, éstas se van a volver contra la ciudadanía y la industria europea, que son muy dependientes de las materias primas energéticas importadas de Rusia. El encarecimiento del gas y el petróleo está disparando los costes de producción en la industria europea. La inflación, que ya estaba en una fase alcista, se va a disparar: los mercados de futuros negocian opciones a 150 dólares el barril de petróleo. Las sanciones van a significar la ruina para Europa, que es otro de los objetivos no declarados de Estados Unidos: debilitar a la Unión Europea para que sea más dependiente de Washington y aún más dócil.

Ninguna otra guerra ilegal ha traído aparejada una oleada de cancelaciones como la que estamos presenciando actualmente con todo lo que provenga de Rusia, sean deportistas, conciertos, árboles o animales de compañía. Ninguna otra guerra ha provocado una campaña mediática como la que está teniendo lugar con ocasión de la invasión rusa de Ucrania. Se busca abrir un abismo entre la Unión Europea y Rusia a todos los niveles: no sólo el económico, sino el cultural, el social. Costará años, si no décadas, reparar las brechas que está abriendo esta campaña de cancelación, aun en el caso de que el conflicto bélico se resuelva pronto, lo que parece improbable: Putin no puede salir de Ucrania sin al menos una garantía de neutralidad.  

Las sanciones no van a conseguir que Rusia detenga la invasión. Bien al contrario. Las sanciones están consiguiendo exacerbar las tensiones entre los antiguos bloques de la guerra fría, que es lo que realmente pretende su promotor. Las sanciones van a golpear muy duro a Rusia, sí, pero también a la Unión Europea. La diferencia es que Rusia puede mirar hacia el Este, hacia China, como está haciendo, hacia países con los que comparte frontera, mientras que la Unión Europea sólo puede mirar hacia el otro lado del Atlántico, que está a miles de kilómetros.

Estados Unidos quería otro Yeltsin como presidente de Rusia, otro pelele al que pudiera manejar para esquilmar los recursos naturales del país y rematar la faena de descabezar a un adversario con armamento nuclear, tras la desintegración de la Unión Soviética. Sin embargo, la humillación a la que sometió a Rusia durante los años 90 creó su producto: Vladimir Putin. La invasión de Ucrania ha conseguido que un personaje que ya había sido demonizado por occidente, por no haberle podido manejar como a Yeltsin, sea considerado ahora el mismísimo diablo. Es muy pronto para saber si Putin ha cometido un error estratégico o no al invadir Ucrania. De momento, el rechazo que está provocando esta guerra, alentada por una cobertura mediática con un relato monocolor, ha conseguido otro tanto para Estados Unidos en este enfrentamiento contra Rusia que se está dirimiendo en Ucrania, para desgracia de sus habitantes.

Sin embargo, existen otras guerras en el mundo sobre las que los medios de comunicación evitan la mirada, evitan que miremos. La última actualización sobre la guerra que protagoniza Estados Unidos, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos contra Yemen en la página de Amnistía Internacional es de hace seis meses y se limita a una campaña de recogida de firmas. Un conflicto que dura ya siete años y hasta la fecha se ha cobrado 377.000 muertos, según un informe de la ONU y que ha matado o mutilado a 10.000 niños, según otro informe de UNICEF.

¿Quién sabe qué colores tiene la bandera de Yemen?