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Estación Alaska: última oportunidad de Trump para salir de Ucrania

25 de agosto de 2025

Lo más positivo de la cumbre de Alaska fue que se celebró

La cumbre celebrada en Alaska entre Donald Trump y Vladímir Putin ofrece la última oportunidad para el presidente de Estados Unidos de salir del fracasado proyecto del Partido Demócrata en Ucrania. Fue Trump quien solicitó la reunión, porque le urge llegar a un acuerdo que le permita salvar la cara antes de que el ejército ucraniano termine de colapsar, lo que sucederá más pronto que tarde.

Como ya analicé en este artículo, Putin está colaborando con Trump en la pantomima de presentarse como mediador porque es el primer interesado en que Estados Unidos deje de financiar la contienda, aportar las armas, proporcionar la inteligencia y, según The New York Times, la propia dirección de la guerra, desde una base en Wiesbaden, Alemania. Al enemigo que huye, puente de plata.

Presentarse como mediador en una guerra por intermediación es una artimaña para disfrazar el papel de Estados Unidos como promotor del conflicto. No todos en Moscú están contentos con este nivel de colaboración con un país del que hacen bien en no fiarse. Pero de momento, el gobierno de Putin está funcionando al unísono con esta estrategia.

La reunión en Alaska entre Trump y Putin, impensable bajo una administración demócrata, fue positiva por el mero hecho de que se celebrara. El restablecimiento del diálogo entre las dos principales potencias nucleares del mundo debería ser un motivo de alegría para cualquiera con dos dedos de frente, lo que excluye ipso facto a las élites europeas. La diplomacia consiste en hablar con tus adversarios. Hacerlo con tus aliados no tiene especial mérito. Lamentablemente, hablar de paz encuentra las mayores resistencias en el continente europeo, donde se desarrolla la guerra.

Trump y Putin se saludan sobre la alfombra roja. Fotografía: AP Photo/Julia Demaree Nikhinson.

Aunque los medios occidentales hayan sostenido lo contrario, Steve Witkoff viajó a Moscú para solicitar la reunión, porque Trump no quería llegar a la fecha límite que había señalado para imponer sanciones adicionales a Rusia, por la sencilla razón de que no era partidario de materializarlas.

El Kremlin vio clara la oportunidad para dar un salto cualitativo en el terreno diplomático, nada menos que con una cumbre entre los dos líderes, tras haber impuesto su marco de negociación en mayo, con la celebración de reuniones en Estambul entre las delegaciones rusa y ucraniana. Con el encuentro en Alaska, Putin volvía a echarle otro cable a Trump y las relaciones entre Rusia y Estados Unidos entraban en una nueva fase.

La elección de Alaska añadió valor simbólico al hecho de que el presidente ruso pisara suelo estadounidense, rompiendo un pretendido aislamiento, limitado al bloque occidental. Alaska fue territorio ruso y sólo se halla separada cuatro kilómetros de Rusia. Una distancia muy corta la que separa a las dos potencias rivales, que alude a la posibilidad de tender puentes. Como de hecho están haciendo, superando enormes obstáculos.

Putin arrastra una orden de detención por parte de la Corte Penal Internacional, un organismo cuya jurisdicción Estados Unidos no reconoce. Al presenciar el encuentro entre Trump y Putin en una base militar estadounidense, a las ninguneadas élites europeas les rechinaban los dientes: la imagen de ambos líderes juntos constataba su papel de comparsas, rabiosos ante la estampa de Trump recibiendo con aplausos a Putin, sobre una alfombra roja.

Trump aplaude a Putin, que se aproxima sobre la alfombra roja. Fotografía: Getty Images.

La desconfianza estadounidense en Trump provoca el cambio de formato

Ya he comentado en anteriores artículos los palos en las ruedas que le están metiendo a Trump en sus intentos de abandonar el proyecto demócrata de derrotar a Rusia. En este caso, el hecho de verse con Putin en suelo estadounidense ya representa un triunfo de Trump. Pero las élites decidieron que un encuentro a solas entre ambos líderes era demasiado peligroso, e impusieron un cambio de formato de última hora: la reunión no se celebraría a solas, sino en un formato tres a tres. Marco Rubio y Steve Witkoff escoltaron a Trump, teniendo el primero de ellos el encargo de vigilarle.

No sabemos de quién surgió la idea de que Putin se subiera al coche de Trump. Podría haber surgido del estadounidense, que quería comunicarse con el presidente ruso en privado. También podría haber sido Putin, que es más listo, y fue el que más habló durante los pasos que dieron juntos sobre la alfombra roja, lejos de los micrófonos.

El presidente ruso también está interesado en propiciar un acuerdo que permita a Trump salir de Ucrania, y que facilite alcanzar sus objetivos, sin tener que seguir disparando. En cualquier caso, el breve trayecto en coche les proporcionó la oportunidad de comunicarse a solas, en un gesto que también proyectaba complicidad.

Quienes pretenden echarle agua al vino de la reunión ponen el foco en que sólo duró tres horas, en un formato impuesto a Trump, que ni siquiera hubo un posterior almuerzo, y que en la comparecencia posterior ante la prensa, no se admitieron preguntas.

En realidad, lo que indican estos tres datos es que ambas delegaciones trabajaron en serio y, con toda seguridad, llegaron a algunos acuerdos. Que no hubo almuerzo, porque hubiera sido el marco ideal para que se produjeran filtraciones. Y que los presidentes no admitieron preguntas de la prensa, para mantener la discreción sobre lo tratado. Ambos se limitaron a colocar los mensajes previamente pactados.

Aunque las presiones de los neoconservadores se tradujeron en un cambio del formato previsto, la ausencia de filtraciones, al menos inmediata, revela que rusos y estadounidenses están buscando el fin del conflicto en Ucrania. La discreción es condición imprescindible para el éxito de una negociación. Aunque no lo presuponga, su ausencia es garantía de fracaso. Máxime en un caso como éste, donde se agolpan los enemigos de que salga a flote.

Rusia sigue avanzando diplomáticamente

Existe un hecho fundamental, que las élites europeas y ucranianas se empeñan en ignorar, y que está incrementando la capacidad persuasiva del Kremlin para imponer tanto su marco, como sus condiciones, en la negociación: Rusia está ganando la guerra. Hasta los más beligerantes y proucranianos medios occidentales, como The Telegraph, están admitiendo que Ucrania ya la ha perdido.

Ucrania ha perdido. Gran Bretaña debe prepararse ahora para el próximo embate de Rusia. The Telegraph, 14 de agosto de 2025.

Las élites europeas que arropan a Zelenski pretenden forzar sus condiciones en una negociación de la que están excluidos, y de cuyo contenido se les informa parcialmente, y a posteriori. Una posición que no casa con su condición de perdedores. El que gana en una guerra es el que impone sus términos, no el que pierde.

Como las élites europeas se niegan a asumir la realidad, se humillan ante Trump con la esperanza de que le dé la vuelta a la tortilla: que ofrezca garantías de seguridad a Ucrania, ya que no la entrada en la OTAN, al menos del mismo carácter que el famoso artículo 5. Que proporcione cobertura a las tropas europeas que se desplieguen en Ucrania. Que no haya limitaciones en el tamaño del ejército ucraniano. Y además, que el Kremlin acepte este nuevo empaquetado de sus viejas pretensiones. Europa pretende que Rusia se coma la misma sopa que viene rechazando, cambiándole el plato.   

Los neoconservadores que están utilizando a los europeos anhelan que Estados Unidos se enfrente directamente con Rusia, ya que su ariete no lo ha conseguido. Que derribe el gobierno de Putin y, una vez instalados los adecuados títeres, proceda a trocear su inmenso territorio en unidades más manejables. Un objetivo anunciado por Kaja Kallas antes de asumir su actual puesto en la Unión Europea, con el fin último de despojar a Rusia de sus ingentes recursos.

La ministra entrante de Asuntos Exteriores de la UE aprueba romper Rusia en estados más pequeños. Titular de The Organization for World Peace.

Sin embargo, en este caso, Trump está actuando conforme no sólo a sus intereses políticos y a sus promesas electorales, sino de acuerdo con los de su país. Porque a Estados Unidos le interesa salir de Ucrania antes de que se desmorone completamente.

Por eso Trump está asumiendo el marco y las condiciones que Putin le planteó en Alaska, esquivando las presiones de los neoconservadores. Por eso Trump ya ha dicho que no hace falta alcanzar un alto el fuego, aunque Merz y Macron sigan parloteando sobre su necesidad: porque sabe que Rusia no va a aceptar una condición que supondría perder el impulso con el que cuenta ahora en el frente, ofreciendo al enemigo la oportunidad de recomponer sus maltrechas y escasas fuerzas.

Trump deja caer la exigencia de un alto el fuego para la guerra en Ucrania después de la cumbre con Putin. The Washington Post, 16 de agosto de 2025.

Por eso Trump tampoco está dispuesto a aplicar esas sanciones aplastantes que propugna Lindsey Graham, en forma de aranceles de hasta el 500%, a quienes compren petróleo y gas a Rusia. Tal es así, que Scott Bessent, el secretario del Tesoro, advirtió a los europeos que con el tema de las sanciones “se aguantaran o se callaran”.

Marco Rubio remachaba la negativa de su jefe en una entrevista, donde afirmó que no creía que la imposición de sanciones adicionales forzase a Rusia a aceptar un alto el fuego. Por el contrario, hacerlo dificultaría la capacidad de Estados Unidos de atraer a Rusia a la mesa de negociaciones, y había que dar una oportunidad a la paz.

Por eso, hasta el momento el proyecto de Lindsey Graham se ha quedado en una amenaza de imponer unos aranceles del 50% a India, con quien las cifras de comercio son notablemente inferiores a las que mantiene con China.

Las refinerías estatales de India aumentan las compras de petróleo ruso a pesar de las críticas de Estados Unidos. Titular de Bloomberg, 20 de agosto de 2025.

India no se ha amilanado por los aranceles, y ya ha advertido que va a seguir comprando petróleo a Rusia, por sus propios intereses. Una actividad comercial que además contribuye a estabilizar el mercado del petróleo, según afirmaba  Subrahmanyam Jaishankar, el ministro de Asuntos Exteriores indio, en rueda de prensa conjunta con su homólogo ruso, Serguéi Lavrov.  

Trump le regala los oídos a los europeos, que intentan sobornarle

Tras haber dejado caer la exigencia de un alto el fuego como condición previa para negociar, y de haber descartado la imposición de sanciones adicionales a Rusia, Trump tiene que echarles algo de alpiste a Zelenski y a sus vasallos europeos. Por eso hablaba de la posibilidad de una reunión entre Putin y Zelenski e, incluso, de una cumbre trilateral, en la que también participaría él. Los medios occidentales se han dedicado a amplificar la posibilidad de esa reunión, hablando incluso de posibles fechas y lugares, pero ese encuentro entre el presidente ruso y el ucraniano no se va a producir.

Con un lenguaje muy diplomático, sin descartar de plano la posibilidad, para no dejar en evidencia a Trump, los rusos dejaron claro que ese tipo de encuentros en la cumbre precisan de un minucioso trabajo previo y, en este caso, sólo se produciría cuando el acuerdo estuviera prácticamente hecho, y los líderes de ambos países se vieran las caras para rubricarlo. El mensaje se hizo más tajante según pasaron los días, para evidenciar que Rusia rechazaba las presiones en este sentido.

“No hay ninguna reunión prevista” entre Putin y Zelenski, afirma alto diplomático ruso. New York Times, 22 de agosto de 2025.

Para edulcorar su negativa, Rusia se ha mostrado partidaria de elevar el rango de la delegación que participa en las reuniones en Estambul. Un ofrecimiento que subraya que el marco que impuso en mayo, con la aquiescencia de Trump, sigue siendo el único formato que contempla. Hasta la fecha sólo se han celebrado tres reuniones en ese formato, con magros resultados, dada la obcecación ucraniana en tratar de imponer condiciones a Rusia, sin tener las cartas para ello, como le recordó Trump a Zelenski en el despacho oval.

Tras el enfrentamiento que se produjo entre ambos en febrero, que los medios siguen manipulando para reforzar el victimismo de Zelenski, el presidente ucraniano y la troupe de europeos que le escoltaron a la Casa Blanca cambiaron la estrategia en la última reunión. Hasta 11 veces en cuatro minutos y medio agradeció Zelenski a Trump el apoyo de Estados Unidos a Ucrania. La adulación fue la tónica general de los mandatarios europeos. El único que sacó los pies del plato fue Friedrich Merz, que siguió hablando de la necesidad de un alto el fuego, lo que estuvo a punto de hacer saltar a Trump.

Decir ‘gracias’ a Trump está arriba en la agenda de Zelenski y otros líderes. The Washington Post, 18 de agosto de 2025.

Además de arrastrarse delante de su “papá”, en gráfico apelativo de Mark Rutte, Zelenski y los europeos venían con un plan: intentar sobornar a Donald Trump para que siga implicado en la guerra de Ucrania. Así debe calificarse la oferta que el presidente ucraniano le hizo a Trump en la última reunión en la Casa Blanca: comprarle a Estados Unidos armas por valor de 100.000 millones de dólares, que serían financiadas por Europa.

Ucrania ofrece a Trump un acuerdo de 100.000 millones de dólares en armas para ganar garantías de seguridad. Financial Times, 18 de agosto de 2025.

Estados Unidos y la OTAN ya presentaron ante la prensa un acuerdo para que los europeos paguen las armas que la alianza enviaría subsiguientemente a Ucrania. Un esquema diseñado para prolongar la guerra lo más posible, aunque las probabilidades de una victoria ucraniana frente a Rusia hace mucho que se disiparon, si es que alguna vez existieron.

Este nuevo anzuelo tiene el objetivo de camelar a Trump para que aporte garantías de seguridad a Ucrania, que es el nuevo mantra de Zelenski y sus apoyos, una vez que ha quedado claro que el ingreso en la OTAN es una entelequia que no se va a materializar. Los europeos están dispuestos a sufragar el soborno, con tal de arrancar a Trump un acuerdo que incluya el equivalente al artículo 5 de la OTAN.

El cebo también incluye una propuesta para que Washington y Kiev financien conjuntamente compañías ucranianas que fabrican drones, por valor de 50.000 millones. Una cifra que representa el 26% del presupuesto estatal anual de Ucrania, que ya ha pedido 40.000 millones a sus patrocinadores para afrontar el año próximo sin caer en la bancarrota. Otra trampa para anclar a Estados Unidos a Ucrania. 

Trump esquiva la trampa europea y toma distancias

Donald Trump ya ha dejado clara la nueva posición de Estados Unidos: «No damos nada. Vendemos armas». El problema del anzuelo que le han tirado Zelenski y los europeos a Trump es que ni Estados Unidos tiene la capacidad de producir las armas que le reclaman, ni Europa tiene el dinero necesario para comprarlas, ni Ucrania dispone de los soldados imprescindibles para usarlas. Todo es una farsa.

Titular de Zero Hedge, 19 de agosto de 2025.

Como Trump sigue queriendo endulzarles la píldora a los europeos, su secretaria de prensa, Karoline Leavitt, tras descartar las famosas “botas sobre el terreno”, dejó abierta la posibilidad a que la contribución de Estados Unidos a las garantías de seguridad que reclaman Zelenski y las élites europeas tuvieran forma de apoyo desde el aire. Eso fue un error de Trump, que rápidamente fue rectificado por el Pentágono. Si a los neoconservadores les das una mano, te cogerán el pie. 

El Pentágono dice que Estados Unidos desempeñará un papel mínimo en las garantías de seguridad de Ucrania. Politico, 20 de agosto de 2025.

Nadie se cree que los europeos vayan a desplegar tropas en Ucrania, y menos que los Estados Unidos les fueran a dar cobertura aérea, para garantizar un alto el fuego que no se va a producir. Rusia no va a aceptar ninguno de estos escenarios. Si Macron es tan irresponsable como para enviar soldados franceses a Odessa, puede tener bien seguro que los rusos no se van a quedar de brazos cruzados.

Exclusiva: Exigencia de Putin a Ucrania: entregar el Donbass, no OTAN y no tropas occidentales, dicen fuentes. Reuters, 22 de agosto de 2025.

Los europeos siguen sin entender, como sí ha hecho Trump, que la guerra en Ucrania como colofón de la expansión de la OTAN hasta las fronteras rusas, tiene el carácter de una amenaza existencial para Rusia. El despliegue de tropas europeas en Ucrania es una línea roja que el Kremlin no va a dejar traspasar. La memoria de los 27 millones de muertos en la Gran Guerra Patria sigue bien presente en Rusia. Putin no va de farol, por mucho que los europeos se autoengañen al respecto.

Los medios occidentales se han encargado de descontextualizar la involucración directa de Rusia en la guerra civil que se desarrollaba en Ucrania desde 2014, presentándola como el capricho imperialista de Putin. Sin embargo, al poner el foco sobre los territorios, las élites europeas, que no escuchan lo que dice el gobierno ruso, ignoran deliberadamente que la motivación que impulsó a Putin a meter el ejército en el Donbass fue la de proteger a la población rusa, que venía siendo machacada desde el golpe de Estado del Maidán.

Por eso, Rusia sigue recordando que la única manera de poner fin al conflicto de manera duradera es afrontar las causas profundas que lo provocaron. Por este motivo, las garantías de seguridad no pueden afrontarse de manera previa a un acuerdo de paz duradero, como pretende Zelenki. El 21 de agosto, el presidente ucraniano ponía una condición de imposible cumplimiento para reunirse con Putin, para echarle la culpa al presidente ruso de que no lo haga.

Zelenski dice que quiere garantías de seguridad antes de reunirse con Putin. The Moscow Times, 21 de agosto de 2025.

Las garantías de seguridad han de venir al final, junto con el acuerdo, si es que alguna vez se alcanza. Algo muy improbable, dadas las posiciones de las partes. Unas garantías de seguridad que ya estaban contempladas en el preacuerdo de Estambul de 2022, que los occidentales tumbaron, y que ahora sin embargo reclaman.

Para solucionar este espinoso asunto, no queda más remedio que rediseñar la arquitectura de seguridad en el continente europeo, de manera que se tengan en cuenta también los intereses de seguridad de la propia Rusia, como ha recordado Lavrov: “Sin respeto por los intereses de seguridad de Rusia y los derechos de los rusos y de las personas ruso-parlantes que viven en Ucrania, no se puede hablar de ningún acuerdo a largo plazo”.

Sin embargo, nada parece indicar que Europa esté dispuesta a abrir ese melón tan necesario para alcanzar una paz duradera en el continente. Por el contrario, las élites europeas no están dispuestas en ningún modo a soltar el hueso que han mordido en Ucrania. Llevan años demonizando a Rusia, tratando de instalar en las mentes de los europeos la rusofobia necesaria para que acepten la militarización del presupuesto, con la amenaza de una supuesta invasión que no se creen ni ellos.

Si la guerra en Ucrania se acabara, el fracaso de la estrategia europea sería evidente, y a sus élites no les quedaría más remedio que volver a ocuparse de sus asuntos domésticos, donde se enfrentarían a una población que les iba a exigir cuentas por haber dejado Europa como un erial, para no haber conseguido nada. Por no hablar de que cesaría el actual flujo de cantidades astronómicas de dinero, que escapan a cualquier escrutinio respecto a su destino final. Por eso intentan prolongarla lo más posible.   

Trump tampoco tiene el coraje político para dar marcha atrás en la expansión de la OTAN, porque sabe que a la tercera el francotirador podría acertar. Así que ha optado por una estrategia de retirada paulatina. Trump es consciente que el camino que comenzó a andar sobre la alfombra roja de una base militar en Alaska es la última oportunidad que tiene para sacar a Estados Unidos de Ucrania de una manera mínimamente honrosa.

Por eso, tras haberle regalado los oídos a Zelenski y a los europeos, y probablemente también algo a los rusos en Alaska, ha declarado que abandona sus pretensiones de organizar una cumbre trilateral. Trump deja a rusos y ucranianos la iniciativa para organizar un encuentro entre Zelenski y Putin, porque sabe que no se va a producir, y es mejor tirar la toalla antes de quedar en evidencia.

Trump se aparta de las conversaciones de paz entre Rusia y Ucrania por el momento, dicen fuentes. The Guardian, 21 de agosto de 2025.

Dada la actitud obstruccionista de los europeos, Tulsi Gabbard ha dado órdenes a las agencias de inteligencia bajo su mando para que no compartan información acerca de las negociaciones entre Rusia y Ucrania con el grupo de los “Cinco Ojos”, que incluye al Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Definitivamente, Trump no se fía de los europeos.

Mientras tanto, Rusia continúa rompiendo las defensas ucranianas en la línea del frente, y se carga de argumentos para seguir imponiendo sus condiciones en el ámbito diplomático. Trump haría bien en saltar de Ucrania, antes de que le achaquen el colapso del ejército ucraniano, por no haber hecho lo suficiente. Algo que probablemente va a ocurrir de cualquier modo.

A estas alturas, tras el estrepitoso fracaso del proyecto de Obama y Biden, a lo único que puede aspirar Trump es a una estrategia de contención de daños. La alternativa es dejarse arrastrar por las marionetas de los neoconservadores – Zelenski y los europeos – hacia una derrota aún más ignominiosa.

Trump desnuda al imperio y sus vasallos

8 de agosto de 2025

Por qué a las élites no les gusta Trump

Desde que comenzó su carrera política en 2015, tras haberse convertido en un personaje público gracias a su programa televisivo The apprentice, Donald Trump ha sido objeto de reiteradas campañas, a todos los niveles, para descalificarle. Con la excepción de sus aliados, y no siempre, el actual presidente de Estados Unidos sólo ha recibido reprobaciones y persecución judicial por parte de sus adversarios políticos, críticas de la inmensa mayoría de los medios de comunicación occidentales y, hasta el inicio de su segundo mandato, también de la Unión Europea. Por no hablar de los intentos de asesinarle.

Pero las críticas no se centran tanto en las motivaciones que impulsan sus erráticas y contradictorias decisiones políticas, como en las formas que despliega el voluble Donald Trump. Lo que repele de Trump a quienes atesoran en realidad el poder son sus formas, soeces en ocasiones, que dejan al desnudo la realidad del imperio.

Donald Trump señalándole al mundo lo que tiene que hacer.

Las élites que manejan las decisiones políticas de largo alcance no soportan que un personaje salido de un programa de telerrealidad, mal encarado y peor hablado, ocupe la Casa Blanca y manifieste a las claras cuáles son las verdaderas intenciones de Estados Unidos, tanto desde el despacho oval, como desde su perfil en una red social.

Las élites que diseñan, entre bambalinas, los designios del imperio detestan que Donald Trump actúe sin tapujos, proclamando la inequívoca voluntad de Estados Unidos de regir un mundo unipolar, donde solo tolera vasallos.

La invisible casta que detenta el poder real prefería la hipocresía del Partido Demócrata, y su narrativa centrada en la trilogía de democracia, libertad y derechos humanos, repetida ad nauseam por los obedientes medios de comunicación a su servicio. Las élites también preferían la estrategia del Partido Demócrata, enfocada en las políticas identitarias para dividir y enfrentar a la clase trabajadora, antes que la utilización de los inmigrantes como chivo expiatorio y cortina de humo para ocultar la dominación de la oligarquía estadounidense.

Princeton concluye qué clase de gobierno tiene América realmente, y no es una democracia.

Este es el principal objetivo de lo que se ha dado en llamar woke, o wokismo en el ámbito hispanohablante: relegar la lucha de clases al baúl de los recuerdos para sustituirla por las políticas identitarias, con la intención de impedir la unidad de la clase trabajadora. Esa es su receta para desviar la atención de lo que realmente importa: el incremento de la desigualdad en beneficio de la oligarquía. Así es como define un estudio de la Universidad de Princeton el régimen de Estados Unidos.

A las élites no les gusta nada que Donald Trump pretenda sustituir la ideología woke por la xenofobia, o que coquetee con el supremacismo blanco, en un país donde los blancos se hallan en minoría y franco declive. No porque los inmigrantes irregulares les importen nada, más allá de su papel para tirar de los salarios a la baja, sino porque el odio al extranjero es difícil de vender en un país que surgió de la emigración europea, tras la aniquilación de la población autóctona. Y además queda feo. 

Las élites, el estado profundo, los grupos de poder, o como prefiramos denominar a quienes mandan de verdad, sin necesidad de presentarse a unas elecciones, prefieren la hipocresía y los trampantojos a la verdad descarnada que profiere Trump cada vez que abre la boca, o escribe en Truth Social.

Las élites son más partidarias de transmutar un discurso de Martin Luther King, que proclamaba la necesidad de “permanecer despiertos” frente a la gran revolución social que estaba barriendo el orden colonial, en una herramienta políticamente correcta para dividir a la clase trabajadora. La expresión “remain awake” fue transformada posteriormente en “stay woke” por la cantante afroamericana Erykha Badu.

Cita del discurso de Martin Luther King “Remaining Awake Through a Great Revolution”.

La capacidad del sistema capitalista para absorber, reciclar y transformar los movimientos sociales en su contra en herramientas para consolidar su dominación recuerda la filosofía del judo: aprovechar la fuerza del adversario a tu favor. Hay que reconocer que lo borda.

Las élites son mucho más partidarias de la hipocresía cínica para ocultar la verdadera naturaleza de sus intenciones que del estilo descarnado de Donald Trump.  Por eso no le tragan, por eso hicieron cuanto estaba en su mano para sabotear su primer mandato, echando mano de la conspiración del Russiagate. Por eso echaron mano del lawfare para tratar de impedir que volviera a la Casa Blanca. Por eso trataron dos veces de asesinarle, y por eso siguen empeñadas en reconducir sus políticas, cuando van en contra de sus designios. Como está ocurriendo en relación con la guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania, por poner el ejemplo más obvio.

Cuando los aranceles se convierten en armas geopolíticas

Los aranceles fueron la principal herramienta usada por las potencias coloniales para alzarse a la categoría de hegemónicas. Sobre aranceles se construyó el imperio británico, y sobre aranceles pretende Donald Trump seguir basando la dominación mundial de Estados Unidos, transformando una herramienta económica en una de carácter geopolítico.

Los aranceles que pretende imponer Trump al resto del mundo, con erráticos criterios, no sólo buscan compensar la merma de ingresos para el estado provocada por la bajada de impuestos de su “Big Beautiful Bill”, sino poner de manifiesto la superioridad política de Estados Unidos sobre el resto del mundo, incluidos sus supuestos aliados. La humillación pública forma parte del objetivo ejemplarizante de la estrategia, como la que acaba de sufrir la Unión Europea.

El hecho de que Úrsula von der Leyen claudicara, en presencia de los medios, ante Donald Trump, aceptando las imposiciones que éste le dictaba en un campo de golf de su propiedad, en Escocia, supone otra afrenta al estilo hipócrita que prefieren las élites, más partidarias del fariseísmo.

En manos de Trump, los aranceles se han convertido en la cachiporra que utiliza el autoproclamado bueno para castigar a los malos por contradecir sus dictados. El nivel de maniqueísmo que está alcanzando la política internacional está perforando el suelo del guiñol. Trump dicta unos aranceles del 50% para Brasil porque un amigo suyo, Jair Bolsonaro, es acusado de intento de golpe de estado, y sanciona al juez encargado del caso, utilizando una ley por la que el imperio se auto concede soberanía más allá de sus fronteras.

En efecto, la ley Magnitsky es la ejemplificación más obscena del carácter imperial de Estados Unidos, al atribuirse competencias para infligir castigos a quien considere oportuno, basándose en criterios tan relativos y maleables como la grave violación de derechos humanos, o la persecución de quienes promueven el derecho a un juicio justo, o a elecciones democráticas. Unas categorías cuya vaguedad permite la aplicación de un doble rasero, la especialidad de occidente en sus relaciones internacionales.

Trump amenaza a China e India con imponer aranceles de un 100% a sus productos si siguen comprando gas y petróleo a Rusia porque, argumenta un miembro de su gabinete, no puede consentir que de este modo estén financiando la “guerra de Putin” contra Ucrania.

Trump amenaza a Canadá con la imposición de aranceles de un 35%, tras acusarle de no hacer lo necesario para impedir un flujo de fentanilo. Un argumento utilizado igualmente con México. Dos países con los que Trump ya renegoció el acuerdo de libre comercio preexistente, en su anterior legislatura. Con estas actuaciones, Trump trata de visibilizar la superioridad estadounidense sobre sus vecinos.

En el caso de la Unión Europea, la estrategia le ha funcionado con sus vasallos vocacionales. El nivel de servilismo y sumisión frente a Estados Unidos al que Úrsula von der Leyen, y quienes la sostienen en su segundo mandato, están arrojando a Europa es difícilmente superable. Tras desguazar la economía europea, al privarle de las fuentes de energía que la sostenían, con un daño calculado en un billón de euros, la reina de Bruselas acaba de hipotecar el futuro europeo al avenirse a adquirir a Estados Unidos 600.000 millones en productos energéticos en los próximos tres años, después de haber aceptado unos aranceles del 15% para los europeos, a cambio de barra libre para los estadounidenses en Europa.

Titular de Izvestia del 4 de agosto de 2025.

Úrsula von der Leyen intentó justificar su rendición con los endebles argumentos de que, al menos, se había evitado una guerra comercial con Estados Unidos, se conseguía estabilidad y predictibilidad, y que el acuerdo no era tan malo porque Trump había amenazado con el 30% de aranceles. Tremenda capacidad de negociación la de Úrsula. 

No contento con haber humillado a la presidenta de la Comisión Europea en tierras europeas, Donald Trump amenaza ahora con incrementar el porcentaje de los aranceles hasta el 35% si la muy ecológica Unión Europea no cumple con su compromiso de comprarle combustibles fósiles a Estados Unidos por los citados 600.000 millones. Una cifra difícilmente alcanzable por ambas partes: ni el imperio es capaz de producir tanta energía, ni Europa tiene la capacidad económica, ni política, para imponer tal acuerdo a las empresas energéticas europeas, mayoritariamente privadas.

La «fantástica» promesa energética de 750.000 millones de dólares de la UE a Trump. Politico, 29 de julio de 2025.

Algo parecido ocurre con el pretendido acuerdo por el que Estados Unidos le venderá armamento a la OTAN, pero Europa pagará la factura. Varios países ya se han descolgado públicamente del pacto que supuestamente alcanzó Mark Rutte con Trump, del que algunos se enteraron por la prensa, cuando fue anunciado.

Existen grandes dosis de farsa en este tipo de acuerdos políticos, que ocupan vistosos titulares y contribuyen a fijar una imagen en el subconsciente colectivo que presenta a Estados Unidos como la potencia hegemónica, ante la cual sus súbditos rinden pleitesía, con mayor o menor agrado.

Trump siempre se acobarda y los BRICS no se arrugan

La estrategia de Trump no siempre funciona. El columnista del Financial Times Robert Armstrong acuñó la expresión “TACO trade”, para señalar que Trump siempre se acobarda: juega mucho de farol y, cuando sus adversarios amenazan con vérselo, decide retirarlo. TACO son las abreviaturas de Trump Always Chickens Out. 

Titular de France 24 del 25 de mayo de 2025.

Es lo que está ocurriendo hasta ahora con los amagos de imponer aranceles a China, que Trump pausó tras unas conversaciones celebradas en Suiza. Y es lo que algunos analistas predicen que va a ocurrir con las amenazas de imponer aranceles del 100% a los países que compren combustibles fósiles a Rusia, siendo estos mayoritariamente China, India y Brasil, pero también Turquía, miembro de la OTAN.

China ya ha contestado a las amenazas de manera muy asertiva: sus decisiones son soberanas y no va a permitir que Estados Unidos dicte a quién compra o deja de comprar los productos energéticos. Un portavoz del gobierno chino recalcó que “Las decisiones de compra de China son propias y no sacrificaremos la independencia energética”.

Titular de The Daily Guardian del 30 de julio de 2025: China replica a los aranceles propuestos para los compradores de petróleo ruso, “Nuestras decisiones de compra son soberanas”.

Por su parte, el ministerio de Asuntos Exteriores de India publicaba un comunicado en el que recalcaba que “atacar a la India es injustificado e irrazonable. Como cualquier gran economía, la India tomará todas las medidas necesarias para salvaguardar sus intereses nacionales y su seguridad económica”.

El gobierno indio también subrayaba el habitual doble rasero de occidente, dando cifras: en 2024, el comercio bilateral de la Unión Europea con Rusia ascendió a 67.500 millones de euros. En el sector servicios, la cifra alcanzó 17.200 millones de euros en 2023. Las importaciones europeas de gas natural licuado ruso en 2024 alcanzaron la cifra récord de 16,5 millones de toneladas, superando el anterior de 15,21 millones de toneladas en 2022.

El comunicado recordaba que “El comercio entre Europa y Rusia incluye no solo energía, sino también fertilizantes, productos mineros, productos químicos, hierro y acero, maquinaria y equipos de transporte”. En cuanto a Estados Unidos, continúa importando de Rusia “hexafluoruro de uranio para su industria nuclear, paladio para su industria de vehículos eléctricos, fertilizantes y productos químicos”.

India comprará petróleo ruso a pesar de las amenazas de Trump, dicen funcionarios. New York Times, 2 de agosto de 2025.

La imposición de unos aranceles del 100% supondría, en la práctica, un embargo a los productos provenientes de China, India y Brasil. Es una medida que Estados Unidos no puede permitirse aplicar, a riesgo de que las estanterías de sus grandes almacenes y comercios al por menor se vieran vacías. Trump va de farol, y China e India lo saben.

El borrador de una ley impulsada por los senadores Lindsey Graham y Richard Blumenthal para imponer aranceles de hasta un 500% a quienes compren productos energéticos a Rusia lleva meses cogiendo polvo. Cuando Trump anunció su intención de castigar con unos aranceles del 100% a quienes lo hicieran, lo metieron en un cajón, alegando que convenía dejar la iniciativa política en este ámbito al presidente.

El secretario del Tesoro, Scott Bessent, parecía mostrarse sorprendido por el hecho de que los chinos se tomaran muy en serio su soberanía, pero continuaba con el farol de los aranceles del 100%, tras dos días de negociaciones en Estocolmo. Bessent también amagaba con achuchar a sus vasallos europeos contra China, al afirmar que su supuesta contribución a una guerra en la frontera europea estaba perjudicando mucho la percepción pública del gigante asiático en Europa.

Trump también se acobarda con relación a Ucrania

Tras su victoria electoral, Trump disponía del capital político necesario para ser coherente con el discurso que desplegó en campaña con relación a Ucrania: esta es la guerra de Biden, no es mi guerra. Además, mantener la financiación al gobierno de Kiev a la larga va en contra de los intereses de Estados Unidos, ya que nos interesa tener unas relaciones aseadas con Rusia. Sin olvidar que Ucrania está perdiendo la guerra de desgaste y que nosotros ya hemos hecho todo lo que hemos podido: nuestros arsenales y los de la OTAN están tiritando.

Además de ajustarse a la situación bélica y adaptarse a la realidad del mundo multipolar que está naciendo, Trump habría sido honesto con sus bases del sector MAGA, y con la mayoría de sus electores, a los que sedujo con la promesa de acabar con las guerras eternas.

El problema es que la adopción de tal política hubiera significado asumir la derrota de la OTAN frente a Rusia, aunque tal hecho hubiera sido edulcorado con los argumentos anteriormente citados. Y eso los neoconservadores, que siguen copando posiciones políticas de peso en el gobierno, y fuera de él, no están dispuestos a permitirlo. De ahí que un personaje como Lindsey Graham esté tratando de convertir a Donald Trump en un Joe Biden Segundo.

El hecho de que 85 senadores, de un total de 100, apoyen el proyecto de imponer sanciones secundarias en forma de aranceles de hasta un 500% a quienes compren petróleo o gas ruso representa una espada de Damocles sobre la cabeza de Trump. Esos 85 senadores conforman una mayoría bipartidista aplastante, que envía el nada sutil mensaje de que el senado podría tomar cartas no sólo en este asunto, sino en otros, tal como un impeachment, en el caso de que Trump no se avenga a seguir la estela de Biden en busca de la derrota de Rusia. O, al menos, de seguir provocándole una sangría.

En el mismo sentido bipartidista y neoconservador va la última propuesta de dos senadoras, una demócrata y otra republicana, de destinar otros 55.000 millones de dólares al gobierno de Ucrania.

John Bolton es uno de los más belicistas entre los neoconservadores. Ejerció de consejero de seguridad nacional en el primer mandato de Trump, pero acabó tarifando con él. En un reciente artículo, Bolton recriminaba a Trump que arrastrara los pies en Ucrania. Tras calificar de “risibles” las amenazas de imponer aranceles en forma de sanciones secundarias a China e India,  recordando que los mercados no se las han creído, Bolton presiona para que Trump aumente más aún el presupuesto militar, arme hasta los dientes a Ucrania, deje de ver la guerra allí como un asunto de los europeos, y haga frente a Putin, restregándole el eslogan “paz a través de la fuerza”

Trump arma a Ucrania, pero todavía quiere salirse. Artículo de John Bolton en The Wall Street Journal.

John Bolton opina que Trump se está buscando una salida del conflicto de Ucrania, y por ahí los neoconservadores no están dispuestos a pasar. Bolton también dice que los intereses geoestratégicos de Estados Unidos deben primar sobre los aspectos financieros. A los neoconservadores no les importa seguir inflando el astronómico déficit presupuestario estatal, porque piensan, tal y como dijo Joe Biden en una rueda de prensa, que “Somos los Estados Unidos. No hay nada fuera de nuestro alcance”.

La ventana de oportunidad para evitar la debacle en Ucrania se acaba

Tras siete meses en la presidencia, el hecho de que Trump no haya cortado por lo sano con Ucrania y esté tratando de nadar y guardar la ropa revela las enormes presiones que está sufriendo por parte de los neoconservadores – un escenario para el que debía haberse preparado con antelación – pero también la falta de coraje para usar su enorme capital político, dar un volantazo y dejar de querer contentar a tirios y troyanos.

La reunión que mantuvo su enviado especial Steve Witkoff en Moscú con Vladímir Putin, el 6 de agosto, que se prolongó durante tres horas, revela que Trump está intentando reconstruir las relaciones con Rusia, por mucho que amenace con ultimátums de plazos decrecientes al Kremlin, si no se aviene a decretar un alto el fuego.

Kirill Dmitriev es el director general del Fondo de Inversiones Directas de Rusia y enviado especial para la inversión y la cooperación económica. Un pez gordo, interlocutor habitual con Estados Unidos. Tras la reunión de Putin con Witkoff, señaló en redes sociales que “el diálogo prevalecerá”, lo que indica que Moscú también está interesada en reconstruir los puentes con Washington. Posteriores publicaciones de Dmitriev iban en la misma línea de recomponer las relaciones entre ambas potencias.

Trump comenta elogiosamente la reunión de Witkoff con Putin.

Donald Trump también hacía un balance positivo de la reunión, aunque enviaba mensajes contradictorios. Por una parte, reconocía que no se habían producido avances significativos, pero se mostraba dispuesto a reunirse con Putin y Zelenski. El Kremlin ya ha dejado claro que un encuentro entre los presidentes de Rusia y Ucrania sólo se celebraría para firmar un acuerdo previamente trabajado, aunque Rusia también ha señalado que existen problemas de legitimidad para Zelenski, tras haber rebasado el límite de su mandato.

El 7 de agosto, Yuri Ushakov, un asesor presidencial, confirmó que la reunión entre Putin y Trump se produciría en los próximos días, y manifestó que, tras la reunión con Witkoff, “Se señaló nuevamente que las relaciones ruso-estadounidenses pueden construirse según un escenario completamente diferente y mutuamente beneficioso, significativamente diferente de cómo se han desarrollado en los últimos años”. Los Emiratos Árabes Unidos sonaban como posible lugar del encuentro.

El Kremlin dice que Putin y Trump se encontrarán en los próximos días. Titular de Reuters del 7 de agosto de 2025.

Tras hablar con Witkoff sobre la reunión, Marco Rubio declaró que, por primera vez desde que tomó posesión, la administración de Trump tenía “ejemplos concretos” de la clase de cosas que Rusia reclamaba para poner fin a la guerra en Ucrania. Sin embargo, la posición de Rusia es sobradamente conocida, y ha sido reiterada sin margen de duda en múltiples ocasiones. La Casa Blanca está intentando ganar tiempo con este tipo de declaraciones.

Trump sigue queriendo jugar con dos barajas, quizá esperando a que la situación en el campo de batalla le resuelva la papeleta. La cuestión es en qué posición política va a quedar Trump si las tropas del Kremlin se plantan en Kiev. Porque los neoconservadores le van a echar toda la culpa de la debacle en Ucrania, por no haber echado toda la carne en el asador. A la vista de los avances del ejército ruso, la ventana de oportunidad para dar un volantazo se está cerrando para Trump. Veremos si la aprovecha, o sigue gesticulando entre contradicciones, mientras los neoconservadores tratan de arruinarle la presidencia.