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Las sanciones a Rusia meten a la Unión Europea en un callejón sin salida

Estamos en manos de inútiles. La comparecencia de Christine Lagarde, el 8 de septiembre en Frankfurt, vino a confirmarlo. Por un lado, la presidenta del Banco Central Europeo anunció una subida del tipo de interés de 75 puntos básicos (0,75%), advirtió que se producirían más incrementos en cada una de las próximas reuniones del Consejo de Gobierno del BCE y declaró que el objetivo es reducir la inflación, hasta dejarla en el 2%. Sin embargo, en la eurozona, la inflación depende en un 42% de la oferta, en un 15% de la demanda, y en un 43% de la energía. Las subidas de tipos de interés sólo pueden actuar deprimiendo la demanda y, en menor medida, la oferta. Pero en ningún caso las subidas de los tipos de interés podrán frenar los precios del gas y del petróleo, que dependen de factores fuera del alcance de la política monetaria del BCE.

Por otro lado, la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, anunciaba el 29 de agosto una intervención de emergencia en el mercado eléctrico y una reforma estructural. Se lo está tomando con calma. Esta vez, los Estados van a tener que salir al rescate de la ciudadanía, siquiera parcialmente, para que podamos pagar los recibos de la energía eléctrica, que han subido de forma desorbitada. En Bruselas se está discutiendo la manera de repartir esos costes entre los Estados y las compañías eléctricas y, a juzgar por el discurso de la presidenta de la Comisión del 14 de septiembre, el conejo está todavía dentro de la chistera, bastante mareado: von der Leyen no pasó de anunciar generalidades.

¿Cómo financiarían los Estados las ayudas a la ciudadanía? Pues, además de lo que pueda transferirles la Comisión Europea de lo que obtenga de las compañías eléctricas, moderando sus beneficios o a través de impuestos, que eso está por verse, la otra vía sería emitiendo deuda pública. ¿Y quién la compraría? ¿La banca privada? Difícilmente podría asumir esa cantidad, ni aunque tuviera voluntad de hacerlo, lo que está por ver. Entonces ¿quién queda? Efectivamente: el Banco Central Europeo.

Nos encontramos entonces con la siguiente contradicción: por una parte, el BCE sube los tipos de interés para intentar doblegar la inflación – un fenómeno que hasta hace poco consideraba transitorio – restringiendo la política monetaria. Y por otro lado, tras años inyectando liquidez a los mercados para paliar el parón de la economía motivado por la pandemia – es decir, imprimiendo moneda, lo que ha contribuido al incremento de la inflación – el BCE va a terminar dándole otra vez a la impresora. En definitiva: por un lado, le echo agua al fuego de la inflación, subiendo tipos y, por otro, le echo gasolina, asumiendo deuda pública de los Estados. ¿Qué puede salir mal?

En Estados Unidos el desbarajuste provocado por quienes detentan los puestos de más alta responsabilidad económica no pinta mejor. Desde que comenzó la pandemia, la Reserva Federal ha impreso más dinero que en toda la historia anterior del país. La anterior presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, al igual que su colega Christine Lagarde, se hartó de decir que la inflación era un fenómeno transitorio, por el que no había que preocuparse. Ahora Yellen es la Secretaria del Tesoro de Estados Unidos, reconoce que se equivocó y admite que la Reserva Federal va a necesitar gran habilidad, y mucha suerte, para conseguir un aterrizaje suave de la inflación, sin provocar una recesión por la subida de los tipos de interés. ¿Mucha suerte? Si los máximos responsables de la política monetaria en Estados Unidos están ligando su desempeño a la suerte, estamos apañados. Sobre su habilidad, vistos sus antecedentes, mejor no explayarse.

Las sanciones promovidas por Estados Unidos y acatadas con entusiasmo por los dirigentes europeos, sintetizan la ineptitud de los dirigentes occidentales. Los ejecutores de la Unión Europea nos han metido en un callejón sin salida por una simple razón: no existe en el mundo una alternativa, a corto plazo, a las fuentes energéticas que procedían de Rusia, próximas, abundantes y baratas, sobre las que se asentaba el modelo económico de esta península de Eurasia denominada Europa. Y de donde no hay, no se puede sacar.

Como los burócratas de Bruselas saben perfectamente que no se pueden sustituir los productos energéticos rusos con lo que pudieran aportar otros países, porque su producción no alcanza para hacerlo, nos están sorprendiendo con soluciones imaginativas para salir del atolladero en el que se han metido, en el que nos han metido. Hace tan solo una semana, Úrsula von der Leyen se mostraba entusiasmada con la nueva ocurrencia de Estados Unidos: poner un tope a los precios del petróleo ruso. Y lo estaba tanto que propuso hacer lo mismo con el gas. Una idea que no mencionó en su discurso sobre el estado de la Unión, vista la oposición de países como Alemania, Austria o la República Checa.

Los intentos de poner un tope a los precios del gas o del petróleo rusos tienen las mismas posibilidades de prosperar que las que tenemos nosotros cuando entramos a un bar a tomar un café y pretendemos decirle al camarero cuánto estamos dispuestos a pagar por el cortado, y exigimos que nos lo sirva a ese precio, y deprisita.

Los promotores de este disparate pretenden fijar un rango de precios al petróleo ruso entre 40 y 60 dólares por barril. La banda baja estaría cerca del coste de extracción en Rusia. ¿Cómo pretenden hacerlo? Aprovechando que la mayoría de las compañías aseguradoras son estadounidenses y británicas, plantean denegar el seguro a aquellos tanqueros que transporten crudo ruso por encima del precio tope fijado. Y aquí empiezan los problemas del dislate:

  • Las aseguradoras no tienen capacidad para fiscalizar el origen del crudo.
  • Existen serias dificultades para que los impulsores de la medida consigan averiguar si el petróleo transportado ha sido vendido por encima del tope, por mucho que se requieran atestados de la carga a los tanqueros. Siempre existe la posibilidad de usar un canal B para efectuar pagos complementarios, opacos a las inspecciones.
  • Las presiones y las trabas a la operación normal de aseguradoras y flotas tanqueras conseguirían que el precio del transporte marítimo de petróleo subiera, lo que repercutiría al alza en la cotización del barril.
  • Rusia es el segundo productor de petróleo del mundo y ya ha anunciado que no va a vender ni petróleo, ni gas, ni carbón, ni nada, a nadie que pretenda fijarle el precio al que va a comprar sus productos.
  • Para que el bombillazo funcionara, los topes deberían ser impuestos por una amplia mayoría de países, lo que no parece que vaya a ocurrir. En el caso de que esto sucediera, Rusia dejaría de vender a más Estados, con lo que habría menos petróleo en el mercado, y su precio se dispararía aún más.
  • India y China ya están comprando petróleo ruso y revendiéndolo a Europa, cobrándoles un sobrecoste.

Conclusión: incluso si la ocurrencia de la Casa Blanca, formalmente impulsada por el G7, tuviera éxito, lo cual no parece factible, sus consecuencias no serían la bajada de los precios del petróleo, sino una subida. Janet Yellen ha declarado que el objetivo del plan es aminorar la cantidad que Rusia percibe por las ventas de su petróleo, sin reducir la cantidad de petróleo disponible en el mercado. Los analistas, sin embargo, no creen en los unicornios. JP Morgan estima que, en el caso de que Rusia cortara el suministro de crudo, la subida sería “estratosférica”: alcanzaría los 380 dólares por barril.

Noruega es el segundo proveedor de gas a Europa, después de Rusia, y aporta un 25% del consumo europeo. Su primer ministro, Jonas Gahr Stoere, afirma que “Un precio máximo no resolvería el problema de fondo, que es que hay muy poco gas en Europa” y se ha declarado escéptico acerca de la posibilidad de implementarlo. 

El primer ministro noruego pone el foco acertadamente en la cuestión principal. Las sanciones tenían, supuestamente, el propósito de parar la guerra en Ucrania, cortando las fuentes de financiación a Rusia. Sin embargo, lo que está ocurriendo es que las sanciones han disparado el precio del petróleo y, sobre todo, del gas, por lo que Rusia está ingresando mucho más dinero que antes por este capítulo. Al desconectarse de las fuentes de energía que la venían alimentando desde hace décadas, la Unión Europea está cometiendo un suicidio económico, porque no existen alternativas para rellenar las carencias que sus decisiones políticas han ocasionado.

Como el asunto no tiene solución, o la solución que quizás tendría, poner fin a las sanciones a Rusia, es algo que en Bruselas ni se plantean – “las sanciones están aquí para quedarse”, von der Leyen dixit – los dirigentes europeos van como pollos sin cabeza. Para rematar su incompetencia, las ocurrencias, de llegarse a implantar, lo único que conseguirían sería empeorar, más aún, la situación crítica a la que han abocado a la Unión Europea, a la que van a sacrificar en el altar de los intereses geopolíticos de Estados Unidos, causando la ruina a la ciudadanía a la que, supuestamente, representan y cuyos intereses deberían defender a capa y espada.

El primer ministro de Bélgica, Alexander De Croo, ha advertido que «Unas cuantas semanas así y la economía europea se detendrá por completo”, alertando del riesgo de desindustrialización y de malestar social, a menos que se intervengan los mercados. Estamos asistiendo a un drenaje de la prosperidad en la Unión Europea, concluye De Croo. Espectacular, el resultado de las sanciones. ¿Cómo pretenden cambiar los dirigentes europeos la situación en “unas cuantas semanas”? ¿Van a sacar una varita mágica que hará brotar gas de las canteras?

Al menos, el belga no nos miente, a diferencia de Olaf Scholz, que declaró recientemente que Alemania está preparada para el corte del gas ruso, porque ha logrado alternativas energéticas al mismo. No es de la misma opinión el consejero delegado del Deutsche Bank, que piensa que es imposible evitar una recesión en Alemania, porque “el gas y la electricidad son escasos y extremadamente caros”. Los analistas de ING y Commerzbank coinciden con el diagnóstico: los 65.000 millones prometidos por Scholz no bastarán para evitar la recesión en Alemania

Tampoco es optimista Eurometaux, la asociación de productores de metales no ferrosos, que habla de una “crisis existencial” para el sector, a menos que se reduzcan los costes energéticos urgentemente. El sector del aluminio y el zinc ya ha reducido su capacidad en un 50% en Europa, ya que es una industria intensiva en el uso de electricidad. En el sector del acero, las cosas no están mejor. Este es el mapa de las plantas de acero inactivas actualmente en Europa, debido al incremento de los costes energéticos provocado por las sanciones a Rusia.

 

Por su parte, el consejero delegado de Uniper, la mayor importadora de gas ruso en Alemania, que ha precisado un rescate estatal de 15.000 millones de euros, avisa de que “lo peor está por llegar”

Ante este dantesco panorama, produce auténtico sonrojo tener que escuchar algunas propuestas, más propias de un concurso de disparates en un jardín de infancia que de adultos que ocupan puestos de la más alta responsabilidad. ¿Estos no eran los defensores del “libre mercado”? Ahora resulta que apuestan por “intervenir los mercados” y poner límites a los precios de los productos que otros venden. Úrsula von der Leyen ahora habla de la “subida vertiginosa de los precios de la electricidad que está poniendo al descubierto las limitaciones de nuestro actual diseño de mercado” (que) “estaba diseñado para circunstancias diferentes”. ¿Qué quiere decir que el modelo estaba diseñado “para circunstancias diferentes”?

Conviene recordar que estamos pagando la electricidad al precio más alto de todas las fuentes que intervienen en su producción: el orden de mérito, según el eufemismo de la Comisión Europea, artífice del esquema. Es como si fuéramos al súper, compráramos una berenjena, un litro de leche, un cartón de huevos y una botella de vino de reserva y pagáramos todo al precio del vino. Esta directiva europea es la que ha traído los famosos “beneficios caídos del cielo” a las compañías productoras de electricidad. ¿Que las circunstancias ahora sean diferentes quiere decir que, en ausencia de la guerra en Ucrania, a la Comisión Europea le parecía correcto que las eléctricas nos cobraran la leche a precio de vino del bueno? No es Rusia la que está manipulando nuestro mercado energético, como insiste von der Leyen, sino que fue la propia Comisión la que diseñó este sistema. ¿O acaso el brazo de Putin es tan largo como para redactar las directivas europeas? Rusia se está limitando a responder al castigo de las sanciones y al suministro de armas a Ucrania. ¿O alguien pensaba que se iba a quedar cruzada de brazos?

Según Nadia Calviño, en la Unión Europea hay “unanimidad” para desacoplar el precio del gas del de la electricidad. Y eso lo dijo el 26 de febrero. Si tan grave es la situación ¿a qué espera la Comisión Europea para hacerlo, en lugar de seguir dando largas al tema? Las compañías eléctricas nos siguen robando, amparadas en el “orden de mérito”, con la complicidad de la Comisión, que es quien tiene la potestad de proponer iniciativas legislativas.

Hablando del origen de las sanciones: la guerra en Ucrania. ¿No se supone que iban a servir para detenerla? Porque la guerra continúa y, con los vaivenes propios de toda contienda bélica, por el momento parece que la balanza se inclina hacia el lado ruso. Da la sensación de que las sanciones, en lugar de una herramienta para alcanzar un fin, se han convertido en un objetivo en sí mismas. Después de seis meses de guerra, está bastante claro que las sanciones no van a detener los planes que Rusia pueda tener en mente, pero sí están erosionando gravemente las condiciones de vida de la ciudadanía en la Unión Europea. Y el invierno aún está por llegar. El primer ministro belga declaraba que “Europa tiene cinco o diez inviernos muy duros por delante”. ¿Cinco o diez? No saben ni por dónde se andan. 

A todo esto, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, reconocía que la organización ofensiva lleva armando y entrenando al ejército de Ucrania desde 2014, cuando Estados Unidos promovió el golpe de Estado del Maidán. Para que luego digan que la invasión rusa de Ucrania ha sido “no provocada”.

Y para rematar, el mismo personaje escribía en el Financial Times que Europa tendrá que pagar un precio este invierno por su apoyo a Ucrania, pero matizaba que “lo que pagamos se cuenta en dólares, euros y libras, mientras que los ucranianos lo pagan con sus vidas”. ¿En qué lugar deja eso a Zelensky? La reciente contraofensiva del ejército de Ucrania ha sido planificada juntamente con oficiales estadounidenses, según recoge el New York Times, y el propio Secretario de Estado, Antony Blinken, ha declarado que la operación se ha visto beneficiada por el respaldo militar de Estados Unidos a Kiev.

A estas alturas, ¿a alguien le queda alguna duda de que Estados Unidos está librando una guerra proxy contra Rusia en el territorio de Ucrania, con la connivencia de su presidente? ¿Y qué tiene que ganar la Unión Europea en todo esto? Absolutamente nada. Ucrania está poniendo los muertos, y a la ciudadanía europea nos va a tocar poner la miseria, a mayor gloria de los intereses geopolíticos de Estados Unidos.

La Comisión Europea ya ha anunciado que va a proponer una reducción obligatoria del consumo eléctrico, en una franja entre tres y cuatro horas al día. En otras palabras: llega el racionamiento de la energía. Deberíamos preguntarnos cuál es la verdadera motivación que instiga a los dirigentes que se congregan en Bruselas, que declaran abiertamente que seguirán “apoyando” a Ucrania, digan lo que digan sus votantes, como acaba de hacer Annalena Baerbock, ministra de Asuntos Exteriores de Alemania.

 

 

Las sanciones contra Rusia levantan un nuevo telón de acero en Europa

Las sanciones impulsadas por Estados Unidos contra Rusia, en represalia por su invasión de Ucrania, están siendo impuestas con ardor por la Unión Europea, en contra de los propios intereses geopolíticos de esta península del continente euroasiático. La estrategia de castigar a Rusia por la vía económica se está demostrando como un fracaso absoluto para lograr su supuesto objetivo: parar la maquinaria de guerra rusa, que continúa devorando territorio en Ucrania. El mejor termómetro para calibrar las consecuencias de este error político lo constituye el cambio de narrativa que comienza a despuntar en algunos medios de comunicación occidentales, poco sospechosos de mostrar veleidades prorrusas. En primer lugar, vemos artículos que llaman a la negociación para poner fin a la guerra, insistiendo en que esa posición no supone ningún tipo de apaciguamiento del Kremlin (las comparaciones históricas son odiosas).  Por otro lado, surgen filtraciones de la Casa Blanca en la que se habla abiertamente de que Zelensky podría tener que renunciar a territorios para firmar un acuerdo que acabe con la contienda. Y por último, el propio Joe Biden ha abierto la veda en la búsqueda de cabezas de turco, y lo ha hecho apuntando a Zelensky, a quien acusa de no haber escuchado las advertencias de Estados Unidos acerca de la inminente invasión rusa.

Si juntamos estas tres piezas, nos sale rápidamente el puzle: la guerra en Ucrania no va bien desde el punto de vista occidental. La reciente visita de Scholz, Macron y Draghi a Zelensky, además de hacerse la foto, tenía el objetivo de mostrar su apoyo a la candidatura de Ucrania a su ingreso en la Unión Europea. Sin embargo, el día anterior de su viaje a Kiev, Macron había declarado que «El presidente ucraniano va a tener que negociar con Rusia, y nosotros, los europeos, estaremos presentes en esa mesa para ofrecer garantías de seguridad». Así que caben pocas dudas de que el mismo mensaje le fue trasladado personalmente a Zelensky quien, a juzgar por su lenguaje no verbal en la comparecencia conjunta, no le gustó ni un pelo.

Fotografía: Ludovic MARIN POOL/AFP

Sin embargo, frente a este giro en la narrativa occidental, se siguen produciendo intervenciones belicistas por parte del mismo bando, lo que indica que debe de estar produciéndose un intenso debate sobre la estrategia para salir del fangal en el que se han metido. Al día siguiente de la visita de los líderes europeos, Boris Johnson se presentó en Kiev por sorpresa. El premier británico, fiel emisario de la colonia devenida en metrópoli, le dijo a Zelensky que ni hablar de negociación, y le ofreció un programa de entrenamiento para las tropas ucranianas. Otro más que sumar al que lleva desarrollando la OTAN durante años. Johnson anunció que Occidente debería prepararse para una larga contienda. En la misma línea, Jens Stoltenberg declaraba, en días previos a la cumbre de la OTAN en Madrid, que la guerra en Ucrania durará años, mientras anuncia mayores aportes de armas pesadas y de largo alcance. Simultáneamente, Stoltenberg reconoce que la prolongación de la guerra tendrá costes no sólo militares, sino en los precios de la energía.

Un titular de cuando parecía que a Ucrania le iba bien en el frente, y la OTAN quería colgarse la medalla.

Independientemente de qué facción del bando occidental haga prevalecer sus postulados, si los partidarios de la negociación, o los belicistas que, como Patrick Sanders, general al mando del ejército británico, pide a sus huestes que se preparen para la tercera guerra mundial, habrá que tener en cuenta cuál es la posición de Moscú.

En mi opinión, el bloque occidental quemó las naves de la negociación cuando rechazó sentarse a discutir las propuestas que Rusia envió a Estados Unidos y a la OTAN en diciembre pasado. La negativa a dialogar fue la espoleta que disparó la invasión de Rusia, que ya estaba peligrosamente caliente tras las sucesivas expansiones de la OTAN hacia el Este, los incumplimientos de los acuerdos de Minsk y los ocho años de bombardeos sobre la población rusa del Donbass.

Desde que comenzó la invasión rusa de Ucrania, la estrategia de Estados Unidos, sus vasallos europeos (así los calificaba Zbigniew Brzezinski) y otros adláteres (Reino Unido, Japón, Australia y Corea del Sur) se ha desplegado en los siguientes vectores:

  1. Intentar hundir la economía de Rusia, mediante la imposición de sanciones nunca vistas, con la finalidad de provocar un levantamiento de la población que acabara derrocando a Putin.
  2. Alimentar la contienda enviando miles de millones de dólares en armamento a Ucrania y proporcionando información de inteligencia con el objetivo declarado de prolongar la guerra e impedir la victoria de Rusia.
  3. Una campaña de rusofobia y de cancelación de la cultura y el deporte rusos a todos los niveles, fomentando el aislamiento internacional de Rusia.
  4. La censura total de los medios de comunicación rusos.
  5. La atribución a Rusia de toda la responsabilidad en la crisis alimentaria que la guerra, pero también las sanciones, están provocando en el mundo, especialmente en los países más pobres.

Los resultados que está consiguiendo esta estrategia son exactamente los opuestos a los que pretendía:

  1. El incremento de precios del gas y del petróleo provocado por la guerra – y por las sanciones – se está traduciendo en mayores ingresos para Rusia por su venta, y en récords de superávit comercial, como señalé en un artículo anterior.
  2. Las sanciones están perjudicando, sobre todo, a la Unión Europea. Por si quedaba alguna duda respecto a quién está pagando el pato, Joe Biden acaba de declarar respecto a la guerra en Ucrania que “en algún momento, esto va a ser un poco como un juego de espera: lo que los rusos pueden sostener y lo que Europa estará dispuesta a sostener. Estados Unidos es un exportador neto de energía, mientras que la UE es un importador neto. Hasta el momento, la UE ha sido incapaz de sustituir las importaciones de energía procedente de Rusia, porque no hay alternativas suficientes para reemplazar dichas fuentes. Ahora la UE está pagando un 40% más caro el gas licuado que compra a Estados Unidos, y acaba de anunciar que va a recurrir a quemar carbón, algo muy coherente con sus políticas supuestamente verdes. Estados Unidos ha endosado las consecuencias de las sanciones en mayor medida a la Unión Europea, y parece mentira que sus líderes hayan abrazado el papel de sufridores del conflicto, en detrimento de los intereses de la Unión, y a pesar del daño que están provocando a la ciudadanía.
  3. La popularidad de Vladimir Putin está en el 83%, muy por encima de la de cualquier líder occidental, comenzando por la del propio Joe Biden, que se ha desplomado hasta el 36%.
  4. Las pretensiones de aislar internacionalmente a Rusia sólo están encontrando eco en el bloque occidental. En una reciente reunión promovida por Zelenski con los países de la Unión Africana, sólo se presentaron cuatro máximos mandatarios, aunque todos los del continente estaban invitados. Las demás representaciones iban del nivel ministerial hacia abajo. A la censura de los medios de comunicación rusos y de la omnipresente propaganda rusófoba en los occidentales hay que sumar la obstaculización que están sufriendo quienes no comparten esa estrategia, con suspensiones de sus cuentas en redes sociales y de sus cuentas en PayPal. A pesar de todo ello, una encuesta realizada por el European Council on Foreign Relations muestra que, en la propia Europa, solo 1 de cada 4 personas cree que el objetivo más apremiante es castigar a Rusia (etiquetadas como Justice Camp), mientras 1 de cada 3 es más partidaria de llegar a un acuerdo que ponga fin a la guerra, lo antes posible (Peace Camp).

En los países árabes, la propaganda de los medios occidentales ha fracasado completamente, lo que no tiene nada de extraño, dadas las intervenciones promovidas por Estados Unidos en Libia, Irak, Siria, Somalia, etc., las sanciones a Irán y el apoyo de Washington a Israel frente a Palestina. Una encuesta realizada por Arab News arrojó los siguientes resultados: casi una cuarta parte de las 7.835 personas encuestadas (24%) echaron la culpa de la guerra en Ucrania a la OTAN, mientras que el 13% achacó la responsabilidad directamente a Joe Biden. Solamente el 16% culpó a Rusia. En general, el dato más llamativo es la falta de posicionamiento frente al conflicto.

Las divisiones que se están produciendo en el bloque occidental son lógicas, dado el fracaso de la estrategia de las sanciones contra Rusia: no sólo no están parando la guerra, sino que están disparando los precios de la energía y la inflación en Occidente, además de provocar una crisis alimentaria, de la que se intenta culpar a Rusia y que, sin embargo, responde a causas diversas.

Pero la pregunta que viene ahora es cuál sería la respuesta del Kremlin en el caso de que Estados Unidos permitiera al gobierno de Ucrania un intento real de negociación, con la finalidad de poner fin a la guerra. Algo que no ha ocurrido hasta ahora.

En mi opinión, Rusia no está interesada actualmente en sentarse a negociar nada, por los siguientes motivos:

  1. Rusia está ganando la guerra en el frente militar. En el canal Military Summary se puede comprobar, a diario, la situación de las tropas rusas y de las ucranianas, y los mapas que muestran no dejan lugar a dudas. Nadie que esté ganando una guerra se sienta a ceder territorios que acaba de conquistar, y menos los que controla de facto desde hace años, como pretende Zelensky, lo que indica su falta de voluntad real de negociar.
  2. Rusia está ganando la guerra en el frente económico: está ampliando los mercados para sus productos en Asia, el superávit de cuenta bate récords y el rublo es la moneda con mejor desempeño en el mercado de divisas. Rusia no necesita al resto de Europa para sobrevivir. Europa a Rusia, sí. Ahora, la Unión Europea acusa a Rusia de usar el gas como arma política al reducir el flujo que llega por los gasoductos. Sin embargo, ha sido la UE la que anunció su intención de prescindir, lo antes posible, del petróleo y del gas rusos. ¿En este caso, no se está usando la energía como arma política? ¿En qué quedamos? ¿En que no queremos nada de los rusos, pero nos quejamos cuando dejan de vendernos lo que necesitamos? El ministro de Economía de Alemania, Robert Habeck, ha reconocido que «Si el gas no es suficiente, ciertos sectores industriales que necesitan gas tendrían que cerrarse» (por lo que) “las empresas tienen que detener la producción, despedir a sus trabajadores, las cadenas de suministro colapsan, la gente se endeuda para pagar sus facturas de calefacción, la gente se vuelve más pobre, la frustración se extiende por todo el país”. Una de las razones fundamentales del éxito de la industria alemana ha consistido en disponer de energía barata desde hace décadas: el gas ruso. Ahora, debido a las sanciones, y a la respuesta de Rusia, Alemania va a tener que racionar el gas, elegir entre mantener las fábricas abiertas o encender la calefacción. ¿Quiénes son entonces los perjudicados por las sanciones? ¿Los rusos, que siguen avanzando en Ucrania, o la industria y la población de Alemania? Si la industria alemana, que es la locomotora económica de la Unión Europea, se gripa, la recesión está garantizada. 
  1. Después de la experiencia de los acuerdos de Minsk, Rusia no puede confiar en Occidente. El anterior presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, acaba de declarar que, aunque fue él quien firmó los acuerdos, nunca tuvo la intención de cumplirlos. Los hechos le dan la razón. ¿Para qué va a firmar Rusia acuerdos con Occidente, si sabe que no los cumple? La confianza es algo que se tarda mucho en ganar, y muy poco en perder, generalmente de manera irrecuperable.

Las sanciones dictadas por Estados Unidos, impuestas con entusiasmo suicida por la Unión Europea, han construido un nuevo telón de acero que, esta vez, será muy difícil de derribar, sino imposible. No son sólo las sanciones, sino la rusofobia rampante en los medios de comunicación occidentales, y sus propagandistas en las redes sociales, lo que ha provocado en el pueblo ruso, y en sus dirigentes, un rechazo visceral hacia lo que perciben como agresiones a su país. Un político considerado hasta hace poco prooccidental, el expresidente y ex primer ministro Dmitri Medvedev, ahora suelta vitriolo contra Occidente en su canal de Telegram de manera regular.

Al otorgar el estatus de países candidatos a Ucrania, Moldavia y Georgia para formar parte de la Unión Europea, Bruselas le ha propinado otra bofetada política a Moscú. Josep Borrell ya declaraba a principios de año que La delimitación de las esferas de influencia de las dos grandes potencias no corresponde a 2022”. Se ve que ese discurso sólo se aplica a Rusia, mientras que el bloque occidental no cesa de ampliar sus esferas de influencia, tanto por la vía militar, con la expansión de la OTAN, como por la política, a través de la ampliación de la Unión Europea. Los rusos son poco amigos, afortunadamente, de las reacciones viscerales, pero esto no quiere decir que la acumulación de afrentas vaya a quedarse sin respuesta. La última provocación ha sido las restricciones impuestas por Lituania al tránsito ferroviario ruso con el enclave de Kaliningrado, donde viven cerca de un millón de rusos.

Ilustración: Mauro Entrialgo. elsaltodiario.com

El problema para los ciudadanos de la Unión Europea, víctimas de las decisiones políticas erróneas que se toman en Bruselas, radica en que cuando Rusia dé definitivamente la espalda a la UE en el ámbito comercial, y deje de vendernos petróleo, gas, trigo, titanio, etc., lo que va a ocurrir más pronto que tarde, los habitantes de esta península de Eurasia vamos a tener serios problemas para sobrevivir. Y quienes lo consigan, van a vivir con muchísimas más estrecheces de las actuales.

 

Los medios de comunicación ya han comenzado la labor de mentalizar a la población para que asuma las consecuencias de las decisiones erróneas de nuestros políticos: vienen tiempos duros, y vienen para quedarse. Este titular no puede entenderse de otra manera: ¿Alguien le dirá a Europa que la era de la vida barata ha terminado?”

 

Pero ni Úrsula von der Leyen, ni Josep Borrell, ni Charles Michel, ni Jens Stoltenberg, ni nadie de esa élite que toma las decisiones que afectan a la vida de los ciudadanos se van a preocupar, porque saben que obedeciendo las órdenes que les dan en la Casa Blanca tienen el futuro asegurado. Y eso es lo único que les importa: sus carreras políticas. La ciudadanía se la trae al pairo. Stoltenberg ya tiene asegurado su puesto como gobernador del Banco Central de Noruega cuando deje su cargo en la OTAN.

Los políticos europeos han olvidado que están al servicio de los ciudadanos que les eligieron para sus cargos (directa, o muy indirectamente, en el caso de los burócratas de Bruselas). En lugar de ello, se han puesto a las órdenes de una potencia extranjera, cuyos intereses geopolíticos pasan por la destrucción de la Unión Europea, porque la consideran un adversario en su apuesta por un mundo unipolar. El levantamiento de un nuevo telón de acero por parte de los líderes de la UE entre dos partes de Europa absolutamente simbióticas representa una traición a los intereses de los ciudadanos que deberían defender. La ciudadanía debería tomar buena nota y actuar en consecuencia.

Cómo se podía haber evitado la guerra en Ucrania

La actual guerra en Ucrania es la consecuencia de la decisión estratégica que tomó Estados Unidos cuando Gorbachov disolvió la Unión Soviética. Después de cuarenta años de guerra fría, Washington tenía ante sí dos opciones: cambiar la mentalidad y tratar de incorporar a Rusia a Occidente o, por el contrario, continuar con el marco vigente durante cuatro décadas, declararse vencedor de la contienda y proceder a expoliar sus inconmensurables riquezas. Haciendo caso omiso a sus propios expertos en geopolítica, que aconsejaban integrar a Rusia de algún modo a la esfera occidental, y advertían contra la tentación de humillarla, (y siguen haciéndolo, como Kissinger recientemente en Davos), Estados Unidos optó por colocarse los laureles de ganador de la fría contienda e ir no sólo a por Rusia, sino a por todo el planeta.

En papel mojado quedaron las promesas hechas a Gorbachov por parte de los líderes occidentales de que la OTAN no se expandiría “ni una pulgada” hacia el Este si la URSS consentía la unificación de Alemania. En papel mojado quedó también la “Carta de París para la nueva Europa”, firmada por Estados Unidos, la URSS, Canadá y los jefes de Estado europeos, que proclamaba el arrumbamiento de la dinámica de bloques de la guerra fría y el fin de la división de Europa que trajo el telón de acero. En papel mojado quedaron pactos y promesas, porque su cumplimiento hubiera significado la renuncia de Estados Unidos a convertirse en la potencia hegemónica del mundo. ¿Por qué se hicieron esas promesas y se firmaron esos pactos? Porque si existe una palabra para definir la política de Estados Unidos, esa es la hipocresía.

En diciembre del año pasado, Rusia hizo públicos dos documentos. Uno, el que había enviado a Estados Unidos y otro, a la OTAN, en el que presentaba dos borradores de acuerdo, con la intención de negociar sus propuestas de seguridad. Aunque eran ciertamente maximalistas (una retirada de la OTAN a sus posiciones anteriores a la expansión, desde 1997, hacia el Este de Europa; la renuncia a que Ucrania y Georgia entraran en la OTAN; y garantías jurídicas por escrito de todo ello), los rusos subrayaron que se trataba de unas propuestas que estaban dispuestos a negociar.  El viceministro de Exteriores, Sergei Ryabkov lo dejaba claro, al mismo tiempo que advertía sobre la trascendencia del asunto: “No se trata de que estemos dando algún tipo de ultimátum, no lo hay. Lo que pasa es que no se debe subestimar la seriedad de nuestra advertencia”.

¿Cuál fue la respuesta de Estados Unidos? Pues básicamente que lo único que estaban dispuestos a negociar era de qué color pintaban los misiles, subrayando que la adhesión de Ucrania a la OTAN no era asunto que le incumbiera a Rusia, y rechazando de plano entablar un diálogo sobre sus principales demandas. Radio Free Europe/Radio Liberty, el órgano de propaganda de Estados Unidos durante la guerra fría, que sigue activo, desacreditaba las propuestas rusas tildándolas de “lista de deseos”. Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, se apresuraba a descalificar el intento de negociación de Rusia, alegando que no tenía nada que opinar en relación con la pertenencia de Ucrania a la organización atlantista.  William Courtney, un exfuncionario del Departamento de Estado que ahora trabaja para la RAND Corporation (un think tank financiado por el gobierno estadounidense, autor de un estudio para desequilibrar a Rusia mediante sanciones) alegaba que negociar las propuestas rusas significaría una forma de «formalizar esferas de influencia», algo inaceptable para Estados Unidos y Europa.

La propuesta de Rusia cayó en saco roto, la negociación que reclamaba no se produjo y Estados Unidos optó por tratar al país más grande y rico del mundo, a una potencia que cuenta con misiles hipersónicos capaces de transportar sus más de 6.000 ojivas nucleares, como si fuera un país del Sahel: con prepotencia y desdén.

Fuente: SIPRI. Stockholm International Peace Research Institute.

Estados Unidos es un país asaltador de países, como demuestra su amplia historia de intervenciones en otros Estados con el objetivo de expoliar sus recursos naturales, sean estos la fruta (el primer golpe de Estado organizado por la CIA tuvo lugar en Guatemala, porque al presidente Jacobo Arbenz se le ocurrió nacionalizar las tierras de la United Fruit Company, a cambio de una compensación); el cobre (como ocurrió con el golpe de Estado de Pinochet, apadrinado por Washington); o el petróleo (como pasó con el ataque de la OTAN a Irak, después de habernos contado el cuento de las inexistentes armas de destrucción masiva que albergaba el malo de turno, Saddam Hussein).

Intervenciones de Estados Unidos en Iberoamérica en los siglos XX y XXI. 

En el caso de Rusia, con Yeltsin a Estados Unidos le fue de perlas. Después de haber etiquetado como “demócrata” al responsable de haber cañoneado al primer parlamento democráticamente elegido tras la disolución de la URSS, los años 90 fueron de vino y rosas para los intereses de Washington y el Fondo Monetario Internacional, que actúa bajo su égida. Tan bien le iba con Yeltsin, que asesores de Estados Unidos trabajaron en la campaña electoral de 1996 para lograr su reelección. Lo que consiguieron, para satisfacción de quienes diseñaron el plan para expoliar las riquezas del país eslavo, en lo que puede calificarse como la mayor transferencia de riqueza pública a manos privadas de la Historia.

Cuando Vladimir Putin fue cooptado por Yeltsin para presidir Rusia, en un principio intentó llevarse bien con Occidente. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Putin fue el primer jefe de Estado que llamó a George H. Bush para expresarle sus condolencias, y brindarle su colaboración. Putin ofreció a Bush establecer bases estadounidenses en Asia central para su guerra contra Afganistán. Justo un año antes, Putin había comentado la posibilidad de que Rusia formara parte de la OTAN. Sin embargo, si Estados Unidos hubiera aceptado incorporar a Rusia a Occidente, habría tenido que aceptar de algún modo un liderazgo compartido con la otra gran potencia nuclear, algo que no entraba en sus planes. Estados Unidos aspiraba a la hegemonía mundial, entonces y ahora.

La doctrina Monroe, el destino manifiesto, el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, la única nación indispensable… muchas han sido las coartadas fabricadas por Estados Unidos para intentar dotar de un armazón ideológico a lo que no es otra cosa que su intención de implantar su hegemonía para controlar los recursos naturales del planeta, a mayor gloria de las corporaciones que diseñan su política exterior. 

Desde esos presupuestos ideológicos, Estados Unidos desechó la idea de reiniciar las relaciones internacionales tras la caída de la Unión Soviética, conservó el mismo marco mental de la guerra fría y emprendió la expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia. Ya en el año 2004, durante la revolución naranja en Ucrania, el columnista conservador Charles Krauthammer anticipó lo que Estados Unidos venía tramando: “Se trata de Rusia en primer lugar, la democracia en segundo lugar…. Occidente quiere terminar el trabajo iniciado con la caída del Muro de Berlín y continuar la marcha de Europa hacia el este…. El gran premio es Ucrania.

De todos los asesores en geopolítica con que ha contado, Estados Unidos prefirió seguir la línea del ya difunto Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional con Jimmy Carter, y que en 1997 expuso en su libro “El gran tablero: la primacía americana y sus imperativos geoestratégicos” su proyecto para Rusia: trocearla en tres repúblicas. La parte europea estaría controlada por sus vecinos europeos occidentales; la segunda república, la siberiana, integrada en Asia Central, sería tutelada por Turquía, y una tercera república, en el extremo oriente, estaría bajo control japonés, un fiel aliado de Estados Unidos. Brzezinski denominaba “vasallos” a los países europeos, a Turquía y a Japón. Algo que, en el caso de la Unión Europea, se ha mostrado como una realidad, a la vista de lo ocurrido con su seguidismo de las sanciones contra Rusia, impulsadas por Estados Unidos, que van en contra de los intereses europeos.

Veinte años después, se podía encontrar la influencia de las ideas de Brzezinski en la prensa de Kiev, aunque en 2014 se planteaba despiezar a Rusia en partes más pequeñas y manejables.

A la luz de estos antecedentes, ¿Cómo se podía haber evitado la guerra en Ucrania?  En primer lugar, Estados Unidos debería de haber renunciado a su pretensión de erigirse en la única potencia de un mundo unipolar, y haber apostado por construir relaciones económicas y comerciales que supusieran un beneficio mutuo para todos los participantes en ellas. Estados Unidos debería haber asumido que en el mundo, aparte de Rusia, han surgido otras potencias, como China, y otras que están saliendo del subdesarrollo, como India, con las que hay que contar a la hora de organizar ese mundo basado en reglas del que Estados Unidos tanto habla pero que, a la hora de la verdad, pretende basar no en reglas, sino en las arbitrariedades que mejor se acomodan a sus intereses. Baste como muestra de esas arbitrariedades la próxima visita de Joe Biden a Arabia Saudita, régimen autoritario y antidemocrático donde los haya: lo importante en este caso es el petróleo, no los derechos humanos. 

Estados Unidos debería haber sabido leer a Rusia. Debería haberse dado cuenta de que esta potencia había salido del hoyo en el que fue sumida en los años 90, y que la expansión de la OTAN hasta sus mismas fronteras iba a desatar una reacción de autodefensa por parte de una nación con armamento nuclear. Una nación que se sentía acorralada, como ya habían advertido gran parte de los politólogos estadounidenses, que anticiparon ese comportamiento si la OTAN amenazaba con fichar a Ucrania para el equipo construido por Estados Unidos para alzarse con la hegemonía mundial.

Para haber evitado la guerra proxy de Estados Unidos contra Rusia en Ucrania, los dirigentes ucranianos deberían haber cumplido los acuerdos que firmaron en Minsk, en 2014 y 2015, que establecían un alto el fuego bilateral inmediato y un estatus de autonomía, dentro de Ucrania, para las regiones del Donbass. Unos acuerdos que los sucesivos gobiernos de Ucrania no sólo no cumplieron, sino que se dedicaron, en su lugar, a bombardear a la población civil del Donbass, provocando más de 14.000 muertos y 30.000 heridos.

Para haber evitado la invasión rusa de Ucrania, los dirigentes europeos que apadrinaron los acuerdos de Minsk (Angela Merkel y François Hollande) deberían haber presionado a Kiev para cumplirlos, en vez de mirar hacia otro lado.

Mucho se ha hablado en los medios occidentales de la acumulación de fuerzas rusas en la vecindad de la frontera con Ucrania, pero poco, o nada, de la concentración de efectivos ucranianos en las proximidades de la línea de contacto en Donbass, que indicaban la alta probabilidad de un asalto definitivo en febrero a las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, tras ocho años de bombardeos.

Para haber evitado la invasión rusa de Ucrania, su presidente actual, Volodimir Zelensky, debería haber rechazado el papel de proxy que, sin embargo, ha abrazado con ardor, para desgracia del pueblo ucraniano. Un candidato que ganó las elecciones con un programa de paz, apoyado por el 70% de los votantes, que afirmó que acabar con la guerra (en el Donbass) era tan sencillo como dejar de disparar. Ya como presidente hizo todo lo contrario de lo prometido en campaña, rematando su vuelco brutal cuando subrayó, en la Conferencia de Seguridad celebrada de Múnich el 19 de febrero, cinco días antes de la invasión rusa, que Ucrania no tenía por qué seguir renunciando a albergar armas nucleares. Quizá ésta fue la espoleta que terminó provocando la invasión.

En el reciente foro de Davos, el director del Organismo Internacional de la Energía Atómica, Rafael Grossi, desveló, ante la estupefacción de los panelistas, que Ucrania alberga en la central nuclear de Zaporiyia, la más grande de Europa, varios cientos de kilos de material con el grado suficiente de enriquecimiento para convertirse en armas nucleares. Así que cuando Zelensky advirtió en Múnich que Ucrania estaba dispuesta a salirse del Memorándum de Budapest, firmado en 1994, por el que Ucrania renunció a albergar armas nucleares, además de abrir la puerta a que alguien estacionara bombas atómicas en su país, sabía que Ucrania ya está en disposición de fabricarlas.

Para haber evitado que la guerra civil en Ucrania se transformara en una guerra abierta en el corazón de Europa, con enormes riesgos de que degenere en una conflagración mundial, habría hecho falta voluntad política para evitarlo. Sin embargo, la voluntad política de Estados Unidos iba en la dirección contraria. Desde que organizó el golpe de Estado del Maidán en 2014, el objetivo de Washington era utilizar como ariete a Ucrania para provocar la invasión rusa, lo que finalmente ha conseguido.

Para haber evitado la guerra en Ucrania, la Unión Europea debería haber apostado por la vía diplomática, en lugar de seguir ciegamente la estrategia de sanciones impulsada por Estados Unidos. Una estrategia que se está demostrando como un auténtico fracaso a la hora de detener la guerra, que está golpeando a los hogares más pobres de los países que aplican las sanciones y consiguiendo un enriquecimiento de Rusia, debido al incremento desorbitado de los precios del gas y del petróleo. Además, Rusia está sorteando las sanciones vendiendo más gas y petróleo en Asia. ¿Pero cómo podía haber apostado la Unión Europea por la negociación cuando el jefe de su diplomacia, Josep Borrell, afirma que “la guerra tendrá que decidirse en el campo de batalla”? Rusia no sólo está ganando la guerra militarmente, sino que podría estarla ganando incluso en el terreno mediático. Así que con figuras como Borrell, vamos apañados.

Estados Unidos está inmerso en una fuga hacia adelante. Ahora ya no es sólo su guerra contra Rusia en Ucrania. También ha abierto otro frente con China, a quien ha amenazado con una intervención militar si intenta tomar la isla de Taiwán por la fuerza. Un desafío que ya ha sido contestado por China de la manera más asertiva posible: no dudará en ir a la guerra por Taiwán.

¿A qué responde esta actitud cada vez más beligerante de Estados Unidos? Estos dos gráficos quizá nos puedan dar la respuesta. La deuda federal ascendió en 2021 a más de 28 billones, con B, de dólares. Esa cifra representa un endeudamiento equivalente al 137,2% de su PIB (Producto Interior Bruto), cuando hace diez años representaba un 100% del PIB. Si en lugar de tratarse de Estados Unidos, estuviéramos hablando de otro país, que no tuviera la capacidad de imprimir billetes sabiendo que habría demanda de su moneda, ese país estaría en vísperas de ser rescatado por el FMI. Con la diferencia de que en el caso de Estados Unidos, su deuda es sencillamente impagable.

Deuda Federal de Estados Unidos en porcentaje del PIB

Deuda federal de Estados Unidos en millardos de dólares. (Billions en inglés).

La política del quantitative easing” desarrollada por la Reserva Federal, el eufemismo empleado por los economistas para designar a la máquina de imprimir billetes, es una de las responsables de que Estados Unidos esté batiendo récords de inflación actualmente. Janet Yellen, la responsable de la Reserva Federal desde 2014 a 2018, y actual Secretaria del Tesoro, acaba de reconocer que se equivocó cuando afirmó que la inflación elevada no iba a representar un problema a largo plazo. Que mediocridades de este nivel detenten los más altos cargos económicos gubernamentales nos dice mucho de ese país que se proclama faro del mundo libre.

La otra responsable de la inflación que actualmente está devastando el poder adquisitivo de la clase trabajadora es la huida hacia delante de un imperio en decadencia, incapaz de asumir que es un gigante con los pies de barro y opuesto a construir otro tipo de relaciones internacionales que no se basen en la agresividad perpetua. Cuando los imperios se derrumban, son tremendamente peligrosos. Y cuando tratan de ocultar sus problemas internos fabricando enemigos externos, las consecuencias pueden ser letales para el planeta.

Por qué la guerra en Ucrania está alumbrando un mundo multipolar

La invasión rusa de Ucrania está precipitando movimientos de realineación en el planeta que basculan claramente hacia el Este, tomando como referencia el habitual eurocentrismo a la hora de hablar de puntos cardinales. Las sanciones de las que está siendo objeto Rusia y el comportamiento de Washington a la hora de exigir al resto del mundo que se acomode a sus intereses económicos y geoestratégicos bajo amenaza, a su vez, de nuevas sanciones a quienes se resistan, están provocando, entre otros factores que analizaremos a continuación, el alumbramiento de un nuevo mundo multipolar.

Y es que, si bien Estados Unidos está consiguiendo uno de sus objetivos estratégicos al separar a Rusia de la Unión Europea aprovechando el pretexto de la invasión de Ucrania, también es cierto que el mundo no se acaba en esta península del continente euroasiático llamada Europa. Existen otros actores en el tablero geopolítico y los movimientos se están precipitando, provocando realineamientos que presagian problemas para la pretensión de Estados Unidos de mantener su hegemonía, y la del dólar, en el mundo.

Un reciente artículo en la revista alemana Der Spiegel del economista alemán Henrik Müller considera que “la congelación de los activos del banco central de Rusia tiene el potencial de poner en peligro la confianza en el dólar como moneda de reserva”. El argumento es fácil de seguir: “para los países con grandes reservas de divisas, surge la pregunta de si sus activos con la Fed (y otros bancos centrales occidentales que ahora participan en las sanciones) aún están seguros”. Es decir, si hoy le congelan los activos a Rusia, mañana me puede pasar a mí. El economista predice “la inminente desintegración del mundo en bloques” y ve a China en el camino de “establecer su propio hemisferio”, en un contexto en el que “la tectónica del poder económico está alejándose de las instituciones globales inspiradas en EE.UU. hacia una nueva formación de bloques con mercados financieros fragmentados. No sería de extrañar que este cambio se reflejara en el mercado de divisas”, concluye el economista.

El análisis teórico de Henrik Müller se ve ratificado por los hechos. El 18 de marzo, la Unión Económica Euroasiática (EAEU) y China acordaron diseñar el mecanismo para un sistema monetario y financiero internacional independiente. La EAEU está formada por Rusia, Kazajistán, Kirguistán, Bielorrusia y Armenia. Esta asociación está estableciendo acuerdos de libre comercio con otras naciones euroasiáticas y se está interconectando progresivamente con la Nueva Ruta de la Seda, como se ha traducido al español la “Belt and Road Initiative” de China.

La Unión Económica Euroasiática contempla además la creación de “una nueva moneda internacional”, con el yuan como referencia probable. El valor de la nueva divisa se obtendría calculando un índice de las monedas nacionales de los países participantes, teniendo en cuenta también los precios de las materias primas. El primer borrador del proyecto se discutirá tan pronto como a finales de marzo.

Con datos de febrero de este año, 144 países han firmado acuerdos de cooperación con China en el marco de la Nueva Ruta de la Seda.  Ilustración: Green Finance and Development Center

El 15 de marzo, altos funcionarios estadounidenses, que incluían a Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, se reunieron con funcionarios chinos en Roma para advertirles de serias consecuencias en el caso de que China proporcionara ayuda militar o financiera que ayudara a Rusia a mitigar el impacto de las sanciones, solicitándoles incluso que China cortara sus vínculos con Rusia. En el mismo sentido se manifestó Joe Biden en su conversación con Xi Jinping tres días más tarde.

Esta actitud es la que despliega tradicionalmente Estados Unidos con todos aquellos gobiernos, empresas o individuos que no se avengan a atenerse a sus designios: amenazar con sanciones que impidan la viabilidad de Estados, compañías o, en el caso de las personas, hacerles la vida muy difícil. Pongamos el ejemplo de la empresa Allseas, una empresa suiza puntera en la construcción de conductos submarinos, y una de las participantes en la ejecución del gasoducto Nord Stream 2. Los senadores Ted Cruz y Ron Johnson escribieron una carta al director ejecutivo de AllSeas, Edward Heerema, advirtiéndole que la compañía enfrentaría sanciones «aplastantes y potencialmente fatales» si continuaba trabajando en el gasoducto. “Las consecuencias de que su empresa continúe haciendo el trabajo, incluso un solo día después de que el presidente firme la legislación de sanciones, expondría a su empresa a sanciones legales y económicas aplastantes y potencialmente fatales”, escribieron ambos, con un tono que no deja lugar a dudas. La empresa suiza anunció su retirada del Nord Stream 2 en un comunicado de tres líneas en su página web.

Por aquel entonces, diciembre de 2019, bajo la presidencia de Donald Trump, Alemania calificó de «incomprensibles» las sanciones de Estados Unidos a las empresas que trabajaban en el gasoducto, advirtiendo que interferían en sus asuntos internos y afectaban a empresas alemanas y europeas. Otras compañías golpeadas por las amenazas de sanciones, y que se retiraron del proyecto, fueron la aseguradora Zurich Insurance, el holding noruego Det Norske Veritas, y Ramboll, una empresa de ingeniería danesa. Todas ellas grandes empresas, líderes en sus respectivos sectores.

Sólo dos años después, el nuevo canciller, Olaf Scholz, comparecía en una rueda de prensa con Joe Biden en la que éste proclamaba que encontraría la forma de paralizar el Nord Stream 2, aunque las competencias sobre el mismo estuvieran en manos de Alemania: «Lo haremos, se lo prometo, podremos hacerlo», se limitó a responder Joe Biden a las preguntas de un periodista sobre la manera en que Washington podría paralizar un proyecto en el que no participaba. A pesar de haber considerado dos años antes que las sanciones estadounidenses a un proyecto alemán eran “incomprensibles”, Alemania decidía paralizar recientemente la puesta en funcionamiento del gasoducto que hubiera supuesto el aporte de 55 mil millones de metros cúbicos de gas anuales a un precio un 40% inferior al del gas licuado estadounidense. Nótese además que Alemania no dispone de ninguna planta de regasificación, por lo que depende de instalaciones de ese tipo situadas en otros países hasta que construya dos, actualmente en proyecto, para poder usar gas natural licuado.   

Otro país que está recibiendo presiones para tomar decisiones en contra de sus intereses es Bulgaria. El 7 de marzo, su primer ministro, Kiril Petkov afirmaba que su país apoyaba las sanciones contra Rusia pero que probablemente pediría dejar fuera las importaciones de gas y petróleo. Bulgaria depende al 100% del gas ruso, mientras que el 60% por ciento del combustible que se consume en el país procede de su única refinería, propiedad de la empresa rusa Lukoil. Sólo once días más tarde, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd J. Austin III, visitó Bulgaria y se entrevistó con Kiril Petkov y el ministro de Defensa búlgaro. En un comunicado del Ministerio de Defensa estadounidense sobre la visita, se ponía el énfasis en la unidad de los aliados de la OTAN frente a la invasión rusa de Ucrania, a la que se calificaba de no provocada, y se agradecía a Bulgaria por albergar a un nuevo grupo de combate de la organización. El mismo día de la llegada de Lloyd J. Austin III a Sofía, Bulgaria expulsó a diez diplomáticos rusos del país.

En cuanto a los motivos que llevaron a desplazarse a todo un secretario estadounidense, general retirado por más señas, a un país como Bulgaria, aparte de cerrar filas, conviene recordar que Lloyd J. Austin III era miembro del consejo de administración de Raytheon, uno de los mayores fabricantes de armas del mundo, entre ellas misiles de crucero para ojivas nucleares, y era socio de una compañía inversora en empresas vinculadas con la defensa: Pine Island Capital. Se da la circunstancia de que Anthony Blinken, secretario de Estado, también formaba parte del consejo de administración de Pine Island Capital, que recientemente ha adquirido varias empresas de armamento. Los anteriores secretarios de Defensa estadounidenses también estaban vinculados a empresas del sector de las armas: James N. Matis, nombrado por Donald Trump, era miembro del consejo de General Dynamics. Su sucesor Mark T. Esper, era el jefe del lobby de Raytheon.

Sin embargo, no todos los países aceptan las presiones de los enviados de la Casa Blanca. Washington manifestó en un comunicado estar “decepcionado” por la visita de Bashar al Assad a los Emiratos Árabes, que se produjo el 18 de marzo, a la que calificó de “aparente intento de legitimar” al presidente de Siria. La visita de Bashar al Assad a los Emiratos era la primera que efectuaba a un país árabe desde el inicio del conflicto en Siria, hace once años. Días antes, Estados Unidos, junto a Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia, habían publicado un comunicado advirtiendo que no apoyaban la “rehabilitación” de al Assad, ni la normalización de las relaciones con él.  Aun así, la reunión se produjo. La agencia de noticias de los Emiratos resaltó las declaraciones del jeque Mohammed bin Zayed, al frente del país: “Siria es un pilar fundamental de la seguridad árabe, y los EAU están dispuestos a fortalecer la cooperación con ellos para lograr las aspiraciones del hermano pueblo sirio hacia la estabilidad y el desarrollo”.

En el mismo sentido de “rebelión” frente a los dictados de Washington, el diario Wall Street Journal publicaba la semana pasada que Arabia Saudí estaba considerando aceptar los pagos en yuanes para las ventas de petróleo a China. Durante su campaña electoral, Joe Biden prometió tratar al reino como un estado «paria». Es más, una vez en la oficina, Biden presumía de estar ignorando las peticiones de hablar con él por parte de “mucha gente de Oriente Medio” y ha rechazado atender llamadas telefónicas de Mohamed bin Salmán. Sin embargo, en las últimas semanas ha sido Biden quien ha solicitado conversar tanto con el jeque que gobierna los Emiratos Árabes Unidos, como con el príncipe saudí, pero estos han rechazado la posibilidad de organizar llamadas telefónicas con Joe Biden en las últimas semanas. Para ablandar los oídos de los jeques, ayer trascendió que Estados Unidos había enviado una remesa de misiles Patriot a Arabia Saudí, para ser utilizados en la guerra proxy que el reino alauí y los Emiratos Árabes, con el apoyo de Washington, están librando contra Irán en Yemen, para desgracia de sus habitantes.

La administración de Estados Unidos está buscando fuentes alternativas al petróleo ruso, una vez que ha decidido dejar de comprar oro negro, gas y carbón al país eslavo. De momento, está cosechando una negativa tras otra por parte de los principales productores del mundo. Una delegación estadounidense se desplazó en secreto a Venezuela, que alberga las mayores reservas de petróleo del mundo, para negociar con el gobierno de Nicolás Maduro la compra de petróleo venezolano. Washington no informó del viaje a Juan Guaidó, quien se supone que es el legítimo presidente de Venezuela, según el relato de la Casa Blanca.

Si esperaban salir con un acuerdo debajo del brazo, la reunión en Caracas no fue bien para los intereses de Estados Unidos. Después de años de demonización del “régimen” venezolano, cuyo petróleo está sometido a sanciones desde 2019, estamos seguros de que el gobierno de Venezuela aprovechó el encuentro para poner sobre la mesa el tema de las reservas de oro venezolanas bloqueadas en el Banco Central de Inglaterra. La negativa del banco inglés a entregar los lingotes responde a presiones de altos funcionarios de Estados Unidos. Que nosotros sepamos, el único resultado tangible de la reunión se saldó con la puesta en libertad de dos ciudadanos estadounidenses que estaban presos en Venezuela, como gesto de buena voluntad del gobierno de Maduro, y un emplazamiento por ambas partes a seguir dialogando.

Otro país que también está ignorando las presiones de Estados Unidos para abstenerse de hacer negocios con Rusia es la India. La semana pasada, la compañía estatal Indian Oil Corp. compró tres millones de barriles de petróleo a Rusia, con un descuento del 20% sobre el precio de referencia. Un funcionario del gobierno indio advirtió que India seguiría comprando petróleo ruso. Pero lo más importante no es el hecho de la compra en sí, sino que un organismo empresarial indio ha pedido al gobierno que establezca un mecanismo de rupia-rublo para facilitar el comercio entre ambos países, esquivando así el dólar como divisa para las transacciones. Un funcionario del gobierno indio confirmó, bajo condición de anonimato, que se estaba trabajando en ese esquema de intercambio usando las monedas locales para pagar no sólo el petróleo, sino otros bienes.

A pesar de todos estos movimientos, que tienen por objeto esquivar el área de influencia de Estados Unidos, representada por su moneda, el dólar continúa representando en torno al 60% de las reservas mundiales de divisas y la deuda internacional pendiente, el 55% del crédito bancario transfronterizo y más del 40% de las transacciones comerciales y de divisas, nos recuerda el economista Henrik Müller. Es muy pronto para decretar, por tanto, el fin de la hegemonía de la divisa americana. Pero también es cierto que la decisión de congelar los activos de Rusia depositados en bancos occidentales puede marcar no sólo un punto crucial en la evolución del dólar como moneda de referencia mundial, sino acelerar los movimientos tectónicos de un mundo globalizado que podría verse resquebrajado en bloques.

Por qué Estados Unidos va ganando la guerra contra Rusia en Ucrania

Vladímir Fedorovski, un diplomático del equipo de Gorbachov, cuenta en una entrevista que, al final de la guerra fría, había dos opciones: “Una era asociar a Rusia con occidente. La quería Mitterrand. La otra era olvidarla, porque asociarla sería contraproducente y dañino para el dominio estadounidense. Se optó por la segunda opción. Fue un gran error. Uno de los grandes teóricos de la guerra fría, George Kennan, me dijo que estaba furioso de que Occidente humillara a Rusia. “Es el peor error de Occidente desde Jesucristo y lo pagará caro”, fue su frase”.

En un artículo escrito para The Washington Post en 2014, Henry Kissinger rechazaba el ingreso de Ucrania en la OTAN y advertía sobre el error que suponía utilizarla para separar los dos bloques: consideraba que debía servir como puente entre ellos. Asimismo, Kissinger señalaba que “Estados Unidos necesita evitar tratar a Rusia como un ente aberrante al cual se le tiene que enseñar reglas de conducta establecidas por Washington”.

Ignorando los consejos de sus propios diplomáticos, buscando la hegemonía absoluta desde el fin de la guerra fría, después de treinta años disparándole perdigones al oso ruso, Estados Unidos ha conseguido sus propósitos: despertarle y que diera un zarpazo donde quería, en el corazón de Europa. Ucrania está siendo la desgraciada víctima del ataque que Rusia está perpetrando, una reacción que Estados Unidos lleva tres décadas instigando con las sucesivas ampliaciones de la OTAN hacia el este de Europa, hasta las mismas lindes rusas. La Unión Europea se ha alineado con la defensa de los intereses geopolíticos de Estados Unidos y parece no querer ver la cuña que están metiendo desde el otro lado del Atlántico entre las dos partes de Europa, ni los tremendos costes económicos y sociales que van a representar las sanciones. El Real Instituto Elcano, un think tank muy beligerante contra el Kremlin, alertaba ya en 2014, cuando se implementaron las primeras sanciones a Rusia en relación con Ucrania, que la que saldría perdiendo sería la Unión Europea.

En 2009, Joe Biden, a la sazón vicepresidente con Barack Obama, declaraba que “no aceptaremos que ninguna nación tenga una esfera de influencia”.Doce años más tarde, en diciembre de 2021, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, golpeando el atril desde el que ofrecía una rueda de prensa en Riga, capital de Letonia, insistía en el mismo mensaje, con el argumento de que “Rusia no puede intentar controlar a sus vecinos”. Stoltenberg fue incluso más allá, al afirmar que “No queremos volver al mundo en el que los estados estaban limitados por las esferas de influencia de las superpotencias”.

«¡Oye! ¿Quién te crees que eres?»
Fuente: político.com Ilustración: M. Wuerker

Desde que el bloque occidental asumiera la hoja de ruta elaborada por Washington tras el fin de la guerra fría, además de la ampliación de la OTAN en sucesivas oleadas hasta las mismas fronteras rusas, en el último año y medio se han producido dos movimientos geopolíticos, en Bielorrusia y Kazajistán, que engarzan con la expansión de la OTAN y que, de haber tenido éxito en su propósito de instalar gobiernos prooccidentales, habrían significado estrechar el cerco aún más sobre Rusia.

Aunque los intentos de regime change fracasaron en estos dos países, si los sumamos a la situación que sufría la población de origen ruso en Ucrania durante ocho años, añadimos el desplante que recibió Rusia cuando solicitó negociar asuntos de seguridad en diciembre de 2021, más la voluntad de ingresar en la OTAN por parte de Ucrania y su disposición a albergar armas nucleares, todo ello ha catalizado en la reciente invasión rusa del país centroeuropeo. Sin embargo, hasta el momento, el país que está alcanzando sus objetivos estratégicos es claramente Estados Unidos, como veremos tras analizar lo ocurrido en Bielorrusia y Kazajistán. 

En el caso de las protestas surgidas en Bielorrusia en torno a la reelección de Aleksander Lukashenko, en agosto de 2020, estas tenían el sello de las revoluciones que utilizan colores o símbolos fácilmente reconocibles. Entre ellas, la revolución naranja en Ucrania de 2004, tal y como muestra el documental “Estados Unidos a la conquista del Este”, o la de los paraguas en Hong Kong, dirigida contra China. Fue Radio Free Europe/Radio Liberty, fundada en 1949 como fuente de propaganda anticomunista y financiada por Estados Unidos, la que se apresuró a bautizar las protestas en Bielorrusia como “la revolución de las zapatillas”.

«La ‘revolución de las zapatillas’ busca acabar con Lukashenko. ¿Está él en peligro?»
Fuente: Radio Free Europe/Radio Liberty. Fotografía: Vasily Fedosenko (Reuters).

Teniendo en cuenta la posición geográfica de Bielorrusia, un cambio de régimen en dicho país por uno prooccidental hubiera significado incrementar la presión sobre Rusia en su frontera occidental, al sumar Bielorrusia a la que ya ejercen los miembros más orientales de la OTAN, por un lado, y Ucrania, por otro, que desde el golpe de estado del Euromaidán, en 2014, se postula como candidato a ingresar en la OTAN.

Aunque las protestas no consiguieron el objetivo de deponer a Lukashenko, que continúa en el poder y sólo cosechó una nueva ronda de sanciones por parte de la Unión Europea y de Estados Unidos, estamos seguros de que el Kremlin tomó buena nota de este nuevo intento de derribar a un tradicional aliado, con quien comparte mil kilómetros de frontera y constituye su principal socio comercial: Rusia es el principal cliente y proveedor de Bielorrusia (48 y 56% de los intercambios, respectivamente).

Al fracasado intento de regime change en Bielorrusia hay que sumar los disturbios sucedidos en Kazajistán en enero de este año, donde se produjeron más de 200 muertos. El presidente del país calificó de intento de golpe de estado dichas alteraciones del orden público, en las que grupos de manifestantes armados intentaron asaltar tres edificios administrativos, la sede de la policía de Almaty y diversas unidades regionales de la policía. Mientras tanto, Josep Borrell, el Alto Representante para Asuntos Exteriores de la Unión Europea tildaba de protestas pacíficas unas revueltas que se saldaron con 13 policías muertos, dos de ellos decapitados, y más de 350 agentes heridos.

Las protestas se apoyaron en el descontento popular tras el alza del precio de los combustibles, al retirar la subvención estatal el presidente Kassym Jomart Tokayev, que denunció que los protagonistas de los violentos incidentes habían recibido entrenamiento en el exterior del país y calificó los disturbios de intento planificado de golpe de estado. El gobierno kazajo solicitó la ayuda de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) para restablecer la paz y un contingente formado por tropas rusas, armenias, bielorrusas y tayikas entró en el país con ese objetivo, abandonándolo días después, una vez restituido el orden.

Kazajistán y Rusia comparten más de 7.500 kilómetros de frontera, la segunda más larga del planeta. Tres millones y medio de sus habitantes son de origen ruso, lo que supone un 18% de su población. Rusia es el primer socio comercial, con un 33% de los intercambios, y el país centroasiático tiene unas reservas de 30.000 millones de barriles de petróleo. Además, China es el segundo socio comercial de Kazajistán, con quien tiene una frontera de 1.200 kilómetros. Kazajistán es el noveno mayor país del mundo, situado en el centro de Eurasia.

Camiseta con las revoluciones de colores ya realizadas y las pendientes. (TBD: to be done).
Fuente: Captura de pantalla del documental Estados Unidos a la conquista del este.

Titulábamos que Estados Unidos va ganando la guerra que libra contra Rusia en Ucrania porque está consiguiendo uno de sus objetivos principales, el que lleva persiguiendo treinta años, desde la disolución de la Unión Soviética a manos de Gorbachov: meter una cuña insalvable entre la Unión Europea y Rusia.

Las maniobras de Estados Unidos para empujar a Rusia a iniciar una guerra en toda regla en Europa vienen de lejos. Comenzaron el 21 de noviembre de 1990, cuando los jefes de Estado europeos, los de Canadá, la URSS y Estados Unidos firmaron en el Palacio del Elíseo la “Carta de París para la nueva Europa”, que supuestamente iba a suponer dejar atrás la guerra fría. La carta proclamaba “el fin de la división de Europa” y anunciaba que la caída del telón de acero “conducirá a un nuevo concepto de la seguridad europea y dará una nueva calidad” a las relaciones de sus estados. Finalmente, la carta proclamaba que la seguridad de cada uno de los estados estaría “inseparablemente vinculada” con la de los demás, tal y como recoge Rafael Poch-de-Feliu en su libro “Entender la Rusia de Putin”, a quien seguimos en los siguientes párrafos:

  • El cumplimiento de esta Carta de París para la nueva Europa hubiera significado la obsolescencia de la OTAN y, por tanto, el fin de la hegemonía estadounidense en el continente europeo. Nada más lejos de la realidad. La OTAN fue ocupando el espacio que dejó la URSS tras su disolución y Clinton incumplió la promesa de que la OTAN no se movería ni una pulgada hacia el Este.
  • Posteriormente, bajo el mandato de George W. Bush, en 2002 Estados Unidos abandonó el tratado ABM (Anti-Misiles Balísticos) después de haber estado 30 años en vigor, y procedió a instalar bases antimisiles en Alaska, California, Europa del Este, Japón y Corea del Sur, creando un cinturón alrededor de Rusia.
  • Bajo la presidencia de Barack Obama se produjo el golpe de Estado en Ucrania para instalar un gobierno prooccidental, con el objetivo de controlar el Mar Negro y expulsar a Rusia de sus bases en dicho mar, el único caliente al que tiene acceso Rusia.
  • Además, todos los países de Oriente Medio y norte de África que contaban con gobiernos reacios a alinearse con occidente y mantenían buenas relaciones con Moscú fueron objeto de intervenciones militares para provocar un cambio de régimen: Iraq, Libia y Siria. Afganistán, también colindante con el patio trasero ruso (las repúblicas centroasiáticas), ha estado ocupada militarmente por Estados Unidos durante veinte años.

La maniobra de embolsamiento de Rusia, a escala planetaria, por parte de Estados Unidos lleva tres décadas en marcha, con el doble objetivo de acorralarla y forzar su respuesta al cerco, como lamentablemente acaba de ocurrir en Ucrania.

La Unión Europea ha abrazado con entusiasmo la reconstrucción del telón de acero, a pesar de que, como están reconociendo los mismos que impulsan las sanciones, éstas se van a volver contra la ciudadanía y la industria europea, que son muy dependientes de las materias primas energéticas importadas de Rusia. El encarecimiento del gas y el petróleo está disparando los costes de producción en la industria europea. La inflación, que ya estaba en una fase alcista, se va a disparar: los mercados de futuros negocian opciones a 150 dólares el barril de petróleo. Las sanciones van a significar la ruina para Europa, que es otro de los objetivos no declarados de Estados Unidos: debilitar a la Unión Europea para que sea más dependiente de Washington y aún más dócil.

Ninguna otra guerra ilegal ha traído aparejada una oleada de cancelaciones como la que estamos presenciando actualmente con todo lo que provenga de Rusia, sean deportistas, conciertos, árboles o animales de compañía. Ninguna otra guerra ha provocado una campaña mediática como la que está teniendo lugar con ocasión de la invasión rusa de Ucrania. Se busca abrir un abismo entre la Unión Europea y Rusia a todos los niveles: no sólo el económico, sino el cultural, el social. Costará años, si no décadas, reparar las brechas que está abriendo esta campaña de cancelación, aun en el caso de que el conflicto bélico se resuelva pronto, lo que parece improbable: Putin no puede salir de Ucrania sin al menos una garantía de neutralidad.  

Las sanciones no van a conseguir que Rusia detenga la invasión. Bien al contrario. Las sanciones están consiguiendo exacerbar las tensiones entre los antiguos bloques de la guerra fría, que es lo que realmente pretende su promotor. Las sanciones van a golpear muy duro a Rusia, sí, pero también a la Unión Europea. La diferencia es que Rusia puede mirar hacia el Este, hacia China, como está haciendo, hacia países con los que comparte frontera, mientras que la Unión Europea sólo puede mirar hacia el otro lado del Atlántico, que está a miles de kilómetros.

Estados Unidos quería otro Yeltsin como presidente de Rusia, otro pelele al que pudiera manejar para esquilmar los recursos naturales del país y rematar la faena de descabezar a un adversario con armamento nuclear, tras la desintegración de la Unión Soviética. Sin embargo, la humillación a la que sometió a Rusia durante los años 90 creó su producto: Vladimir Putin. La invasión de Ucrania ha conseguido que un personaje que ya había sido demonizado por occidente, por no haberle podido manejar como a Yeltsin, sea considerado ahora el mismísimo diablo. Es muy pronto para saber si Putin ha cometido un error estratégico o no al invadir Ucrania. De momento, el rechazo que está provocando esta guerra, alentada por una cobertura mediática con un relato monocolor, ha conseguido otro tanto para Estados Unidos en este enfrentamiento contra Rusia que se está dirimiendo en Ucrania, para desgracia de sus habitantes.

Sin embargo, existen otras guerras en el mundo sobre las que los medios de comunicación evitan la mirada, evitan que miremos. La última actualización sobre la guerra que protagoniza Estados Unidos, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos contra Yemen en la página de Amnistía Internacional es de hace seis meses y se limita a una campaña de recogida de firmas. Un conflicto que dura ya siete años y hasta la fecha se ha cobrado 377.000 muertos, según un informe de la ONU y que ha matado o mutilado a 10.000 niños, según otro informe de UNICEF.

¿Quién sabe qué colores tiene la bandera de Yemen?

Las sanciones bumerán vuelven con terapia de shock para la ciudadanía

“Estamos en una guerra”, así lo advertía Josep Borrell el 28 de febrero tras una reunión de los ministros de Defensa de la Unión Europea. El Alto Representante para Asuntos Exteriores advertía a renglón seguido de que “Esto tiene un precio, no sale gratis, las sanciones repercutirán en nosotros, tienen un coste, hay que estar dispuestos a pagar ahora este precio porque si no mañana será mucho más alto”. En la misma tónica, la exministra de Asuntos Exteriores de España, Arancha González Laya, avisa que las medidas tomadas por la Unión Europea contra Rusia “son sanciones bumerán, porque vivimos en un mundo de interdependencia”. O sea, que se van a volver contra la ciudadanía.

La Unión Europea se ha dado mucha prisa por apuntarse al carro de la guerra que Estados Unidos y Rusia están librando indirectamente en Ucrania. El congresista demócrata Adam Schiff lo dejaba bien claro en enero de 2020: «Estados Unidos ayuda a Ucrania y a su gente para que podamos luchar contra Rusia allí y no tengamos que luchar contra Rusia aquí». Hace dos años Estados Unidos ya ubicaba en Europa el área de conflicto con Rusia, sin tapujos, y la Unión Europea responde a esa estrategia aplicando sanciones que van en contra de nuestros intereses. No sólo eso, sino que ha asumido el papel de líder de las sanciones, muy por delante de Estados Unidos.

En su libro “La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre”, Naomi Klein documentaba cómo el capitalismo aprovecha los desastres para aplicar políticas que, en un contexto más benigno, hubieran sido inaceptables para la población. Los atentados del 11-S en Estados Unidos son el paradigma de dicha doctrina: la aprobación del Patriot Act, que permitía las escuchas de las conversaciones telefónicas de sus ciudadanos habría sido impensable de no haber mediado los ataques perpetrados por terroristas saudíes. Sin embargo, un contexto donde la ciudadanía está atenazada por el miedo proporciona el momento adecuado para implementar medidas que tienen como objetivo aumentar el grado de control social por parte de los Estados – como hemos visto durante la pandemia de Covid-19 – incrementar las plusvalías de los propietarios de los medios de producción, o conseguir cualquier otro objetivo que beneficie a quienes detentan el poder.

Tras la invasión del ejército ruso, la nueva fase de la guerra en Ucrania ha propiciado la excusa para que la Unión Europea se aprestara a declarar que “estamos en guerra”, lo cual significa una situación de excepcionalidad que permite la aplicación de medidas igualmente excepcionales bajo el paraguas, en este caso, de un conflicto bélico en plena Europa.

El 28 de febrero, Borrell declaraba: «La guerra no para y no se puede esperar a los trámites burocráticos». De este modo, se prepara el terreno para la toma de decisiones al margen de los procedimientos de la Unión Europea. En ausencia de respeto a las normas, nos adentramos en el terreno del todo vale. Por otra parte, el presidente del gobierno español advierte de que “el conflicto será largo”, lo que significa que la situación de excepcionalidad se dilatará en el tiempo.

En este contexto, el 1 de marzo Josep Borrell anunciaba el nacimiento de la Europa geopolítica: el ataque ruso a Ucrania había servido para unificar la dispersión de intereses habitual en la Unión y las medidas que buscan hundir la economía rusa se habían tomado de manera inusualmente rápida y unánime. Lamentablemente, las primeras acciones tras el nacimiento como actor geopolítico de la Unión Europea denotan su papel subordinado a los intereses de Estados Unidos. Después de haber cerrado el gasoducto Nord Stream 2, recién construido, tras las presiones de Joe Biden, en un momento en el que Estados Unidos y la Unión Europea estudian imponer sanciones también a los combustibles fósiles rusos, lo que ha provocado una subida descomunal de los precios del gas y el petróleo, el canciller alemán Olaf Scholz reconocía el 7 de marzo que «el suministro de energía en Europea para la producción de calor, movilidad, electricidad e industria no puede garantizarse de otra manera en este momento» (sin el concurso de las importaciones provenientes de Rusia). Scholz agregó que Alemania trabaja «con sus socios de la UE y no solo de la UE para encontrar alternativas a la energía rusa, pero esto no puede lograrse de un día para otro».

Fuente: preciogas.com

La economía de Alemania ya había caído un 0,7% en el último trimestre de 2021 y, teniendo en cuenta el papel de locomotora del país germano, con los precios de la energía disparados, las perspectivas de recuperación económica de la Unión Europea tras la pandemia se disipan a marchas forzadas. La renuncia al petróleo y el gas rusos supondría incrementar enormemente la factura energética en el mejor de los casos, o tener que paralizar la industria no esencial en el peor de ellos.

Debemos recordar que Estados Unidos tiene una menor dependencia del petróleo ruso, ya que sólo importa el 7,9% desde ese país. Sin embargo, la Unión Europea importa el 27% del petróleo de Rusia. También debemos subrayar que Europa está comprando gas a Estados Unidos un 40% más caro que el gas ruso.

De momento, a quien están beneficiando las sanciones es a Estados Unidos. Quien está pagando el pato cada vez que echamos gasolina o diésel al coche, ponemos una lavadora o subimos el termostato de la calefacción es la ciudadanía de la Unión Europea. El incremento de los costes energéticos es el principal responsable del incremento de la inflación, que alcanzó el 5,1% en enero en la eurozona, y el Banco Central Europeo alerta sobre una próxima subida de los tipos de interés.

Evolución reciente del precio del petróleo. Fuente: Reuters.com

La adopción de sanciones contra Rusia por la invasión de Ucrania se nos está presentando como parte de una guerra entre los valores democráticos occidentales y la autocracia que representa “la Rusia de Putin”. También se afirma que Ucrania es un país plenamente democrático. Sin embargo, no todo es blanco o negro en este asunto. El gobierno de Ucrania cerró tres cadenas de televisión muy populares entre la población rusófona, sin mediar sentencia judicial, por decreto del actual presidente, Zelensky. El propietario era el diputado Taras Kozak, de la “Plataforma de la Oposición – Por la vida”, y tuvo que salir huyendo del país bajo acusaciones de “traición”. El líder del mismo partido, que fue el segundo más votado en las últimas elecciones a la Rada (parlamento), Víktor Medvedchuk, está en arresto domiciliario desde mayo de 2021, acusado igualmente de “traición”, aunque el plazo máximo legal para ese tipo de arresto es de seis meses. El mes pasado, el Consejo de Seguridad y Defensa Nacional también cerró el canal de televisión Nash, vinculado a Yevgeny Muraev, un político opositor al gobierno actual.

En diciembre de 2015, Ucrania ilegalizó el partido comunista, en una medida criticada por Amnistía Internacional. En las elecciones a la Rada de 2012, estos fueron los resultados obtenidos por el Partido Comunista de Ucrania:

Fuente: @Amos8125

Como se aprecia en la ilustración, la ilegalización del Partido Comunista de Ucrania supuso que entre un 13 y un 25% de la población del este del país vio como el partido que había votado era literalmente borrado del mapa, y se quedaba sin ser representada.

La agresión militar de Rusia a Ucrania constituye una clara violación de la Carta de las Naciones Unidas, en concreto del artículo 2.4: “Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”. No cabe duda de que nos enfrentamos a un hecho condenable. Sin embargo, Europa se ha enfrentado a otras violaciones de dicho precepto por parte de otros Estados que no han provocado la adopción de ningún tipo de sanciones. Es más, Europa no sólo no ha reaccionado con rechazo y castigos ante otras violaciones de la Carta de las Naciones Unidas, sino que las ha protagonizado.

El bombardeo de Yugoslavia por parte de la OTAN ejemplifica que los “valores democráticos occidentales” resultan de aplicación variable, según convenga a los intereses geopolíticos de los actores implicados en cada momento. Para poder erigirse en referente moral, con algún tipo de legitimidad, quienes dicen defender los valores democráticos deben hacer de ellos sus principios, que por definición deben ser algo constante y permanente, no un acordeón.

En 1999, países europeos miembros de la OTAN, entre ellos España, participaron junto a Estados Unidos en el bombardeo de Yugoslavia, con el argumento de parar la limpieza étnica que los serbios estaban cometiendo, supuestamente, contra los kosovares. Esta intervención militar se produjo sin autorización previa del Consejo de Seguridad de la ONU y sin declaración previa de guerra. La operación duró 78 días y provocó miles de víctimas civiles (entre 1.200 y 5.700). Previamente, el Ejército de Liberación de Kósovo (ELK) había pasado de ser calificado de “grupo terrorista” por parte de Estados Unidos a mantener reuniones con Robert Gelbard, enviado especial del gobierno de Washington a los Balcanes.

Los servicios secretos de Alemania y Estados Unidos participaron activamente en la creación del ELK, porque favorecía a sus intereses geopolíticos: derribar a Milosevic, presidente de Yugoslavia, tradicional aliado de Rusia. No les importó que el ELK se financiara con el tráfico de órganos humanos y de heroína. Tras el abandono de Kosovo por parte de los observadores de la OSCE, sus equipos de transmisiones fueron entregados a miembros del ELK. Algunos de sus líderes tenían el número del teléfono móvil del entonces secretario general de la OTAN, el general Wesley Clark.

En esta guerra no declarada que enfrenta a Estados Unidos y la Unión Europea contra Rusia, más allá del escenario bélico que se sufre en Ucrania, estamos viendo cómo se vuelven a vulnerar los valores democráticos que se dice defender, precisamente con el objetivo de preservarlos. No cabe mayor contradicción.

Uno de los valores por antonomasia de las democracias occidentales es la libertad de expresión. Al menos en teoría. El artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos estipula que «todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión», un derecho que «incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión». El artículo 20 de la constitución española reconoce y protege los derechos «a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción», y «a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión».

Sin embargo, una de las sanciones de la Unión Europea contra Rusia ha consistido en cerrar la cadena de televisión Russia Today y el canal de noticias Sputnik. Twitter también ha “retenido” las cuentas de dichos medios de comunicación, en virtud de una demanda legal, y Telegram advierte que los canales de ambos medios no pueden ser mostrados porque violan las leyes locales. Es obvio que no ha habido tiempo material para acometer cambios legislativos en todos los países de la Unión Europea, ningún proyecto de ley en tal sentido ha sido aprobado por el parlamento español, así que debe ser esto a lo que se refería Josep Borrell cuando dice que no hay tiempo para los “trámites burocráticos”.

En estos momentos de censura en nombre, paradójicamente, de la defensa de los valores democráticos, se hace imprescindible rescatar esta frase, atribuida a Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Si la Unión Europea pretende situarse en un plano de superioridad moral para erigirse en baluarte de la defensa de los valores democráticos, debería comenzar por respetarlos, por mucho que le repugne lo que expresen sus adversarios. 

¿Por qué Estados Unidos y Rusia están chocando en Ucrania?

“No hay nada más ofensivo que un ruso a la defensiva”. La frase corresponde a Strobe Talbott, vicesecretario de Estado de Bill Clinton, y describe a la perfección los motivos que han llevado a Rusia a implicarse de lleno en la guerra en Ucrania, que comenzó en 2014: no ha habido voluntad política para crear un sistema de seguridad en Europa que incluyera a Rusia, sino todo lo contrario. Las sucesivas ampliaciones de la OTAN han cercado a esta potencia nuclear, colocándola a la defensiva, y las últimas demandas rusas para que sus intereses fueran escuchados se han topado con la negativa de Estados Unidos y el rechazo de la OTAN, que sólo se mostraron dispuestos a discutir cuestiones relativas al control de armamento, rechazando la cuestión de fondo: la expansión de la OTAN hasta las fronteras con Rusia.

Según un documento filtrado por Wikileaks, en 2008 Estados Unidos ya era consciente de que la expansión de la OTAN a Ucrania significaba cruzar las líneas rojas de Moscú, podría dividir el país en dos y provocar una guerra civil, lo que obligaría a Rusia a tener que posicionarse. El documento en cuestión es un cable de 2008 cursado por el entonces embajador de Estados Unidos en Rusia, William Burns, que es el actual director de la CIA. Sin embargo, la OTAN ha estado coqueteando últimamente con la posibilidad del ingreso de Ucrania en la organización, citando su política de puertas abiertas para cualquiera que quiera integrarse en ella.

La intensificación de los bombardeos del ejército de Ucrania sobre sus compatriotas residentes en Donetsk y Lugansk sólo ha sido uno de los motivos, y no el principal, de la intervención militar rusa en Ucrania. Para encontrar las razones de fondo es necesario regresar a los años 90 para constatar que lo que el bloque occidental le decía primero a la URSS, y luego a Rusia, estaba en las antípodas de lo que hacía. Como analizaremos a continuación, después de 30 años de largas,  mentiras, portazos y patadas en las espinillas, Estados Unidos ha conseguido despertar al oso ruso, que era lo que se proponía, porque interesa a sus objetivos geopolíticos: evitar la alianza del potencial tecnológico de la Unión Europea con los recursos de Rusia y, de este modo, ejercer un mayor control económico y político sobre una Unión Europea más débil y manejable. Lamentablemente, la Unión Europea se está prestando al juego, en contra de sus propios intereses. Desgraciadamente también, Rusia ha perdido la paciencia y nos encontramos con una guerra en Europa, bien lejos de Estados Unidos.

Desde la caída de la Unión Soviética, la estrategia estadounidense ha consistido en la ampliación de la OTAN para cercar a Rusia, en contra de las promesas dadas a Gorbachov en sentido inverso, desde George Bush hasta Margaret Thatcher, pasando por Manfred Woerner, secretario general de la OTAN.  A pesar de los desmentidos occidentales de que tales promesas llegaran a hacerse, lo cierto es que existen numerosos documentos que prueban la existencia del famoso “ni una pulgada hacia el este”, pronunciado por James Baker, secretario de estado, el 9 de febrero de 1990. Documentos que dan prueba de esa, y de otras promesas en el mismo sentido por parte de los máximos dirigentes occidentales antes citados. François Mitterrand llegó a comentar a Gorbachov que él personalmente estaba a favor de “desmantelar los bloques militares”. Este es el último documento sobre el tema, publicado por Der Spiegel.

Fuente: Der Spiegel.

Según documentos del Departamento de Estado recientemente desclasificados, durante los años 90 Estados Unidos estuvo jugando con dos barajas. De un lado, Clinton intentaba convencer a Yeltsin de que el programa de la OTAN denominado Asociación para la Paz, lanzado en 1994, iba a ser una nueva estructura de seguridad que integraría a Rusia. Esta era la nueva versión del esquema que George Bush le había colocado a Gorbachov, solo que esta vez se sustituía la CSCE (la Conferencia para la Seguridad y Cooperación en Europa) por la Asociación para la Paz. El 17 de julio de 1990 Bush le aseguró a Gorbachov que “Transmitimos la idea de una CSCE ampliada y más fuerte con nuevas instituciones en las que la URSS pueda compartir y ser parte de la nueva Europa”. La CSCE se transformó luego en la OSCE, un artilugio vacío de contenido político.

La Asociación para la Paz no pasó de ser una especie de lista de espera de candidatos a ingresar en la OTAN, ya que catorce países firmantes del documento marco terminaron integrándose en la organización.  Para Estados Unidos la cuestión de si la OTAN iba a ampliarse no se trataba de un si sino de un cuándo. Las aparentemente buenas relaciones entre Clinton y Yeltsin sufrieron un súbito deterioro cuando este último advirtió que le estaban tomando el pelo, porque la expansión de la OTAN era la prioridad número uno de la agenda de su interlocutor, y la Asociación para la Paz, un nuevo ardid. En la cumbre de Budapest, en diciembre de 1994, a la que asistieron 52 naciones, Yeltsin enviaba un mensaje nítido: la expansión de la OTAN perseguía dividir Europa, y conseguir el dominio de Estados Unidos sobre el mundo. 

Fuente: The New York Times

Tras el estallido de Yeltsin en Budapest, Clinton le envió una carta para intentar reconducir la situación. En ella puede leerse lo siguiente: “Nuestro objetivo común debería ser lograr una integración total entre Rusia y Occidente, incluidos vínculos fortalecidos con la OTAN, sin nuevas divisiones en Europa”. Clinton aceptó aplazar la ampliación de la OTAN hasta que se celebraran las elecciones a la Duma, en 1995, y las presidenciales en Rusia, en 1996, en las que Yeltsin se jugaba la reelección. Después de la visita de Clinton a Moscú en 1995, para la celebración de los 50 años de la victoria en la gran guerra patriótica (como se denomina en Rusia a la segunda guerra mundial) Yeltsin aceptó a regañadientes firmar la integración de Rusia en la Asociación para la Paz. Rusia reclamaba garantías (guarantees) que atendieran sus demandas en materia de seguridad, pero Estados Unidos se limitaba a ofrecer otro tipo de “garantías” (assurances). El matiz en inglés es importante.

Finalmente, Yeltsin se avino a aceptar la ampliación de la OTAN en 1997, ante la evidencia de que la ampliación hacia el este se iba a producir con el visto bueno de Rusia, o sin él. El Acta Fundacional sobre Relaciones Mutuas, Cooperación y Seguridad entre la OTAN y la Federación Rusa (así se denominó al pacto) no tiene rango de acuerdo con garantías legalmente vinculantes, por lo que, aunque fue presentado como una victoria por Yevgueni Primakov, ministro de asuntos exteriores de Yeltsin, supuso la claudicación de Rusia ante Estados Unidos. Básicamente consiste en una declaración de intenciones que, además, se han ignorado por parte de su promotor.

Clinton y Yeltsin estrechan sus manos en la cumbre de Helsinki de marzo de 1997, donde se habló de la expansión de la OTAN hacia el Este, que Yeltsin terminaría aceptando en mayo. Foto: Heikki Saukkomaa/Lehtikuva via AP.

Lord Hastings Ismay, el primer secretario general de la OTAN, afirmó que la organización se había creado  «to keep the Soviet Union out, the Americans in, and the Germans down”. Los propósitos de la Alianza estaban claros desde el principio: se trataba de un mecanismo para que los Estados Unidos ejercieran el control en Europa, estableciendo una división estratégica entre el oriente y el occidente, que asegurara su hegemonía, y para mantener a raya a Alemania, que es quien tiene el potencial de erigirse en rival geopolítico.

En marzo de 1992, el New York Times recibía la filtración de un documento elaborado por el Pentágono, en el que el Departamento de Defensa, encabezado por Dick Cheney y Paul Wolfowitz, planteaba que la misión militar y política de Estados Unidos en la era posterior a la guerra fría era asegurarse de que no se permitiría el surgimiento de ninguna superpotencia rival en Europa Occidental, Asia o el territorio de la antigua Unión Soviética. Para ello, había que “convencer a los potenciales competidores de que no necesitan aspirar a asumir un mayor papel o perseguir una postura más agresiva para proteger sus legítimos intereses”. Dicho sin eufemismos: había que doblegarles por todos los medios posibles. La estrategia para “convencer” a las potencias rivales para que acepten la hegemonía de los Estados Unidos ha sido la ampliación de la OTAN y la utilización de guerras proxy, una táctica habitual en la guerra fría. Esta vez le ha tocado a Ucrania el papel de peón en el tablero geopolítico.

Fuente: The New York Times

Por recapitular, la ambigüedad con la que la OTAN ha tratado las pretensiones de Ucrania de adherirse a la organización, el incremento en las últimas semanas de los bombardeos del ejército ucraniano a la población civil en el Donbass,  la posibilidad de que Ucrania revisara su renuncia a albergar armas nucleares, según anunció Zelensky en la Conferencia de Seguridad de Munich, unido al caldo de cultivo fomentado por el comportamiento de Estados Unidos y la OTAN en las tres últimas décadas, han llevado a Rusia a tomar la decisión de lanzar una operación militar en Ucrania. El nuevo escenario, fruto del choque de dos potencias nucleares, nos sitúa al borde del abismo y sus consecuencias son imprevisibles, aunque trataremos de analizarlas en un próximo artículo. De entrada, Estados Unidos ha conseguido afianzar la cuña entre la Unión Europea y Rusia, que es su objetivo estratégico, gracias a la reacción de animal acorralado de Rusia. 

Queremos finalizar este artículo subrayando que en este blog intentamos analizar los motivos que impulsan a los grandes actores del tablero de la geopolítica. Nuestro objetivo es describir los hechos, ponerlos en su contexto e indagar en los antecedentes históricos que los provocan. Los lectores sacaréis vuestras propias conclusiones. Explicar en ningún caso significa justificar. Estamos en contra de la guerra, de esta guerra, y de todas las guerras, y no sólo de las que salen en los telediarios. A una parte significativa de la población parece ser que estas últimas son las únicas que le incomodan.