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Qué dijo Merkel sobre los acuerdos de Minsk y por qué los medios lo ignoran

15 de diciembre de 2022

Los medios de comunicación occidentales, salvo los alemanes, están ignorando clamorosamente la entrevista del semanario alemán Die Zeit a Ángela Merkel, publicada el 7 de diciembre. En Rusia, sin embargo, las declaraciones de la excanciller han suscitado reacciones al más alto nivel político, además de ocupar gran espacio en sus medios, censurados por Occidente. ¿A qué se debe esta disparidad de reacciones? ¿Por qué los medios de aquí ocultan lo que acapara la atención en Rusia? Muy sencillo: porque las declaraciones de Merkel dejan en mal lugar a Occidente y por eso conviene enterrarlas. Analicemos qué es lo que ha dicho la excanciller, cuáles han sido las reacciones en Rusia, y la opinión de algunos analistas al respecto.

En la larga entrevista, cuyo texto completo puede descargarse aquí, Ángela Merkel afirma que “el acuerdo de Minsk de 2014 fue un intento de darle tiempo a Ucrania. También aprovechó este tiempo para fortalecerse, como puede verse hoy. La Ucrania de 2014/15 no es la Ucrania de hoy. Como se vio en la batalla de Debaltsevo a principios de 2015, Putin podría haber invadido fácilmente en ese momento. Y dudo mucho que los países de la OTAN pudieran haber hecho tanto como hacen ahora para ayudar a Ucrania”.

Ilustración: Die Zeit. Texto entrecomillado: “También deberíamos de haber reaccionado más rápidamente a la agresividad de Rusia”.

Estas declaraciones suponen admitir que los acuerdos de Minsk fueron una trampa: ni Ucrania ni sus garantes tenían la más mínima intención de cumplirlos, o hacerlos cumplir. Se trataba de un ardid para darle tiempo a Ucrania para “fortalecerse”, mientras se disuadía a Rusia de adoptar un papel más beligerante en la defensa de la población rusa y rusoparlante del este de Ucrania, con la promesa de un alto el fuego y estatutos de autonomía para las regiones del Donbass.

Los acuerdos de Minsk se fraguaron en dos fases. El primer acuerdo se firmó el 5 de septiembre de 2014. Tras el golpe de Estado del Maidán, en febrero de 2014, los territorios poblados mayoritariamente por rusos y rusoparlantes – Crimea, Donetsk y Lugansk – que habían votado en masa por el depuesto presidente, Viktor Yanukóvich, se negaron a aceptar la legitimidad del gobierno golpista, apadrinado por Estados Unidos. Manifestantes tomaron edificios gubernativos y se celebraron referendos para votar la independencia de las regiones orientales. Dio así comienzo una guerra civil en Ucrania entre las repúblicas secesionistas de Donetsk y Lugansk y el gobierno de Kiev: uno de los gérmenes, junto con la expansión de la OTAN, de la actual invasión rusa.

Tras la debacle del ejército de Ucrania en la batalla de Debaltsevo, en febrero de 2015 se firmó la segunda ronda de los acuerdos, cuyos puntos principales son los siguientes:

  • Alto el fuego bilateral inmediato.
  • Supervisión y verificación del alto el fuego por la OSCE.
  • Descentralización del poder, y aprobación de una ley ucraniana sobre el estatuto especial de algunas zonas de Donetsk y Lugansk.
  • Creación de una zona de seguridad en las regiones fronterizas entre Ucrania y Rusia.
  • Liberación de detenidos y ley de amnistía.
  • Realización de elecciones locales en algunas zonas de Donetsk y Lugansk.
  • Retirada de los grupos armados ilegales, equipo militar, así como de los combatientes y de los mercenarios de Ucrania.
  • Garantizar la seguridad personal de los participantes en las negociaciones.

Los acuerdos de Minsk II fueron firmados bajo los auspicios de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), y fueron ratificados por el Consejo de Seguridad de la ONU, pero sus principales padrinos fueron Ángela Merkel y François Hollande, como puede verse en la foto que se hicieron junto a Petro Poroshenko, entonces presidente de Ucrania, Vladimir Putin, y Aleksander Lukashenko, presidente de Bielorrusia, país anfitrión de la firma.

Fotografía: Kremlin.ru, CC BY 3.0 <https://creativecommons.org/licenses/by/3.0>, via Wikimedia Commons

En otro momento de la entrevista, Merkel remacha la verdadera función de los acuerdos: Para todos estaba claro que el conflicto estaba congelado, que el problema no se había resuelto, pero eso le dio a Ucrania un tiempo valioso”. Esto supone recalcar que los acuerdos de Minsk fueron una trampa para Rusia, una artimaña para que los sucesivos gobiernos de Ucrania ganaran tiempo para fortalecerse, con la ayuda de la OTAN, con el objetivo de lanzar una ofensiva para retomar el control del Donbass y Crimea. Por eso los medios occidentales están ignorando ese reconocimiento, porque echa por tierra la narrativa fabricada por Estados Unidos de la “guerra no provocada” y, además, supone fulminar la credibilidad de Occidente de cara a futuros acuerdos.

Las declaraciones de Merkel se suman a las realizadas por Petro Poroshenko en junio de este año, en relación con el auténtico propósito que le llevó a firmar los acuerdos de Minsk: “Conseguimos lo que queríamos. No creíamos en Vladimir Putin, como no creemos ahora. Nuestra tarea era, en primer lugar, evitar la amenaza o al menos posponer la guerra. Arrancamos ocho años para restaurar el crecimiento económico y construir el poder de las Fuerzas Armadas. Esta fue la primera tarea, y se logró”. Unas declaraciones que tampoco veremos en los medios occidentales. Qué casualidad.

Lo que sí encontramos en el propio sitio web de la OTAN es una entrevista con Jens Stoltenberg en la que, el mismo día que Die Zeit publicaba la conversación con Merkel, el secretario general de la Alianza Atlántica afirmaba lo siguiente: Los aliados de la OTAN han apoyado a Ucrania durante muchos años, especialmente desde 2014. Especialmente aliados como Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido han entrenado a las Fuerzas Armadas de Ucrania para que sean mucho más grandes, más fuertes y mejor equipadas ahora, en febrero de 2022, que cuando Rusia invadió por primera vez en 2014”. Por la “invasión” de 2014 supongo que Stoltenberg se refiere a la incorporación de Crimea a la Federación Rusa, tras la celebración de un referéndum.

El 9 de diciembre, preguntado por su opinión acerca de lo dicho por la excanciller alemana, Vladimir Putin respondió: “Pensamos que todavía podríamos estar de acuerdo en el marco de los acuerdos de paz de Minsk. ¿Que puedes decir? Hay una cuestión de confianza. Y la confianza, por supuesto, es casi cero. (…) Resulta que nadie iba a cumplir con todos estos acuerdos de Minsk y el punto era solo hinchar a Ucrania con armas y prepararla para las hostilidades. Después de una declaración como esa, surge la pregunta de cómo negociar, sobre qué, y si se puede negociar con alguien, y dónde están las garantías”. Respecto a la guerra en Ucrania, Putin declaraba que «Habrá que llegar a un acuerdo al final, de todos modos. He dicho muchas veces que estamos listos para estos acuerdos, estamos abiertos, pero esto nos hace pensar con quién estamos tratando».

La portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, María Zajárova, cargaba más las tintas. Las confesiones de la excanciller “expresan lo horrible: el fraude como modus operandi de Occidente: maquinaciones, manipulaciones, todo tipo de distorsión de la verdad, el derecho y la justicia imaginables”.

Las manifestaciones de Ángela Merkel han servido para socavar la escasa credibilidad que, a ojos de Rusia, le quedaba a Occidente. Por lo tanto, como siempre a la hora de analizar cualquier hecho, tenemos que preguntarnos: ¿a quién favorecen en realidad? En primer lugar, parece que a Rusia. Putin se ha mostrado “decepcionado”: «Hablando con franqueza, no esperaba escuchar esto de la excanciller, porque siempre actué con la asunción de que el liderazgo de Alemania se comporta de forma sincera con nosotros». Lo expresado por Merkel acerca del auténtico papel que jugaron los acuerdos de Minsk permite a Rusia presentarse como víctima de un engaño por parte de Occidente y justifican no sólo la invasión de Ucrania, sino que le dan pie a Putin para afirmar que debería haber ocurrido antes.  

Ahora bien, Ángela Merkel es cualquier cosa menos tonta. Entonces, ¿por qué iba a hacer unas declaraciones que favorecieran a Rusia en la actual situación y que dejaran no sólo su credibilidad, sino la de Occidente, a ras de suelo? La respuesta a esta cuestión no es sencilla, porque Merkel incurre en varias contradicciones en la entrevista, como señala acertadamente el blog Moon of Alabama, y que darían para otro artículo. Por una parte, la excanciller afirma que los acuerdos se firmaron para que Ucrania ganara tiempo. Pero por otra, sostiene que su intención era la de evitar la guerra y que “El hecho de que esto no haya tenido éxito no significa que los intentos hayan sido erróneos”.

¿Cuándo tenemos que creer a Ángela Merkel? ¿Cuando dice que los acuerdos de Minsk se firmaron para que Ucrania ganara tiempo, o cuando defiende que su intención era la de evitar la guerra?

Además, los acuerdos de Minsk no se negociaron en el aire, tuvieron un contexto. La propia excanciller se pregunta cómo es posible que se aprobara la construcción del gasoducto Nord Stream 2 en esa coyuntura, y ella misma trata de responderse, aunque lo logra a medias: Ucrania concede gran importancia a seguir siendo un país de tránsito para el gas ruso, porque supone una fuente de ingresos nada desdeñable, y no quería ni oír hablar de un gasoducto que evitara su territorio. Así pues, la construcción del Nord Stream 2 suponía una afrenta política para Kiev. Por aportar un dato al respecto, en diciembre de 2019, Ucrania y Rusia firmaron un contrato de cinco años, por valor de 7.000 millones de dólares, por los derechos de tránsito del gas ruso a través de Ucrania.  En esa fecha, el 40% de los 200 bcm (miles de millones de metros cúbicos) de gas ruso con destino Europa cruzaba territorio ucraniano. 

Merkel recuerda que la aprobación la solicitaron las empresas constructoras al gobierno alemán y que, para rechazar la solicitud, el gobierno federal debería haber promulgado una ley ad hoc:tal negativa en combinación con el acuerdo de Minsk, en mi opinión, habría empeorado peligrosamente el clima con Rusia”. La alemana recuerda que en esa época – hablamos de 2015 – se peleaba por el gas ruso, no como ahora, en que “la gente a veces actúa como si cada molécula de gas ruso fuera del diablo”.

En cuanto a la famosa “dependencia” energética de Europa del gas proveniente de Rusia, que la construcción del Nord Stream 2 estaría fomentando, Merkel se defiende afirmando que “había menos gas disponible de Holanda y Gran Bretaña, y volúmenes limitados en Noruega”. Aunque lo cierto es que el modelo de negocio de Alemania se ha basado, durante décadas, en la energía barata, próxima y abundante procedente de Rusia, porque era lo más eficiente económicamente. Este marco también presentaba ventajas para Rusia, que tenía un cliente próximo al que suministrar las cantidades ingentes de energía que produce, y Europa necesita. Un modelo de negocio sustentado en la complementariedad económica de ambas regiones, que la geografía bendice, y que Putin quería afianzar y profundizar.

“Desde Lisboa hasta Vladivostok”: Putin visualiza una zona de libre comercio entre Rusia y la Unión Europea.

El 25 de noviembre de 2010, Vladimir Putin escribía un artículo en el Süddeutsche Zeitung, inmediatamente antes de un viaje a Alemania para reunirse con Ángela Merkel. En la pieza, Putin proponía “la creación de una comunidad económica armoniosa que se extienda desde Lisboa hasta Vladivostok. En el futuro, podríamos incluso considerar una zona de libre comercio o incluso formas más avanzadas de integración económica. El resultado sería un mercado continental unificado con una capacidad de billones de euros».

Putin subrayaba que «El estado actual de la cooperación entre Rusia y la Unión Europea no es consistente con los desafíos que enfrentamos. Para transformar la situación, debemos aprovechar las ventajas que ya existen y las posibilidades de progreso en la UE y Rusia». En concreto, Putin se refería a la reindustrialización de Europa: «Desde mi punto de vista, debemos abordar la cuestión de cómo podemos desencadenar una nueva ola de industrialización en todo el continente europeo». El presidente de Rusia se refería al acuerdo que estaba negociando con la Unión Europea y pedía valorarlo desde una perspectiva estratégica, a largo plazo, a 20, 30 o incluso 50 años en el futuro.

Precisamente una reindustrialización de Europa es lo que pretende evitar la administración de Joe Biden con la aprobación de la Ley para la Reducción de la Inflación. Una ley bautizada con un eufemismo, que incluye cientos de miles de millones de dólares en créditos fiscales y subvenciones para incentivar a las empresas europeas a trasladar sus fábricas a Estados Unidos, como analicé en un artículo anterior.

“Estados Unidos siempre apoya a sus aliados”. Ilustración: Liu Rui. Global Times.

En opinión del analista estadounidense Andrew Korybko, Putin creía que su visión era compartida por Ángela Merkel, a quien consideraba una estadista con altura de miras, y con quien había forjado una relación personal. Putin habla perfectamente alemán, al igual que Merkel ruso. Desde que se firmaron los acuerdos de Minsk, Putin pensó que Alemania presionaría a Ucrania para que los cumpliera y se transformara en ese puente tan deseable entre Rusia y la Unión Europea, dos economías absolutamente complementarias. Korybko opina que Merkel engañó a Putin, diciéndole lo que quería escuchar para ganar ese tiempo que Ucrania necesitaba para fortalecerse, tal y como ahora reconoce.

Fotografía:  Alexander Nemenov/AFP via Getty Images, publicada en Político.com

No creo que Merkel engañara a Putin, sino más bien ocurrió que Putin no podía creerse que una estadista de alto nivel no compartiera una estrategia tan evidente, con tan solo mirar el mapa, analizar la geografía y constatar la complementariedad de la economía rusa y la de la Unión Europea. Esa simbiosis que llevaba décadas funcionando satisfactoriamente para ambas partes, con unas infraestructuras para el transporte de energía plenamente desarrolladas, que se comenzaron a construir en los años 60 y que en la década de los años 70 cuajaron definitivamente a lomos de la Ostpolitik de Willy Brandt. El resultado: Alemania es la tercera economía exportadora del mundo, tras China y Estados Unidos.

A ojos de Putin, era imposible que Merkel despreciara la posibilidad de incrementar ese inmenso potencial para construir un coloso económico euroasiático que, con toda probabilidad, habría sido uno de los ejes principales del mundo multipolar que se está configurando. Así que Putin aguantó, mientras Ucrania bombardeaba a la población civil del Donbass, rusos como él, con la esperanza de que fraguara esa estrategia que creía compartir con Merkel. En agosto de 2015, Naciones Unidas estimaba en 4.700 la cifra de muertos en Donetsk y Lugansk. En esa fecha, Merkel decía que las sanciones a Rusia (por la anexión de Crimea) sólo se levantarían cuando cumpliera los acuerdos de Minsk, sin mencionar los bombardeos ucranianos. Un mensaje que fue repitiendo a lo largo de los años. En mayo de 2016, las víctimas llegaban a 9.000. En septiembre de 2018, la cifra ya rebasaba los 10.300 muertos. En enero de 2022, antes de que comenzara la invasión rusa, Naciones Unidas calculaba el número de víctimas en Donbass entre 14.200 y 14.400, de las cuales al menos 3.400 eran civiles.

En diciembre de 2021, Rusia advertía que Ucrania había concentrado 125.000 soldados cerca de la línea de contacto en el Donbass. En enero de este año, un mes antes de la invasión rusa, Denis Pushilin, el líder de la República de Donetsk, declaraba que desde hacía tres meses y medio venían observando la acumulación de tropas ucranianas. Es decir, poco antes de que se produjera la invasión rusa de Ucrania, tras ocho años de guerra civil, el gobierno de Kiev se estaba preparando para el asalto final al Donbass, y lo que hizo Rusia fue adelantarse a la ofensiva ucraniana. La negativa de Estados Unidos y la OTAN a negociar unas garantías de seguridad, reclamadas por escrito por Rusia en diciembre de 2021, encajan en este marco. La paciencia de Putin se agotó y el sueño de una unión económica euroasiática, que incluyera a Europa occidental, se volatilizó. Rusia decidió pivotar hacia el Este, sobre todo hacia China, pero también hacia India.   

Retirada de la política activa y escribiendo un libro de memorias, ¿por qué salta ahora Merkel con estas declaraciones? Y sobre todo ¿a quién terminan favoreciendo? En primer lugar, aparentemente a Rusia, dándole argumentos para dejar de fiarse definitivamente de Occidente, tras la trampa que supusieron los acuerdos de Minsk. Se entiende la renuencia de Putin a sentarse a negociar, si lo que se firma vuelve a quedarse en papel mojado: “Fool me once, shame on you. Fool me twice, shame on me”. Si me engañas dos veces, la culpa será mía.

Por otro lado, al desalentar a Putin de acudir a una mesa de negociación para resolver el conflicto en Ucrania, lo que está haciendo Merkel es alargar la contienda. ¿A quién favorece la prolongación del conflicto bélico? Claramente a su promotor: Estados Unidos. Cuanto más dure la guerra, cuantos más paquetes de sanciones aplique la Unión Europea a Rusia – ahora está preparando el noveno – más se profundizará la cuña que Estados Unidos lleva metiendo desde hace décadas entre la Unión Europea y Rusia. El objetivo está claro: dinamitar el proyecto geoestratégico que alentaba Vladimir Putin, la creación de una “comunidad económica armoniosa que se extienda desde Lisboa hasta Vladivostok”.

Esa es la meta de Estados Unidos: impedir el surgimiento de un coloso euroasiático que le haga sombra en su pretensión de alzarse como potencia hegemónica de un mundo unipolar, para seguir imponiendo su voluntad al resto del mundo. Por eso Ángela Merkel, a pesar de que pueda parecer que le echa un cable a Rusia con sus declaraciones, en realidad está colaborando con la hoja de ruta de la Casa Blanca.

Por último, si los acuerdos se firman para tomar ventaja estratégica sobre el adversario, escondiendo la voluntad de incumplirlos, o de salirse de ellos cuando interesa, cabe preguntarse cuál es el modelo de sociedad que proyectan quienes actúan de esa manera. ¿Es este el mundo basado en reglas del que tanto hablan? ¿Unas reglas que en realidad esconden trampas? Si los acuerdos no sirven más que para engañar al adversario, decaerá el interés en firmarlos y prevalecerá la ley del más fuerte. ¿Estos son los valores occidentales? ¿Este es el jardín del que habla Borrell? Yo diría más bien que nos adentramos en la ley de la jungla.

Por qué nada volverá a ser como antes de la guerra en Ucrania

14 de noviembre de 2022

En los últimos días, quienes seguimos con atención los acontecimientos en torno a la guerra en Ucrania estamos leyendo noticias que hablan de conversaciones entre Estados Unidos y Rusia, los verdaderos artífices del conflicto, y de supuestos consejos de la Casa Blanca al gobierno de Zelensky para que se siente a negociar. Sin embargo, simultáneamente, los principales actores del drama que se está desarrollando ante nuestros ojos están enviando señales que indican todo lo contrario: la reciente revisión de la doctrina de defensa de Estados Unidos no descarta un ataque nuclear preventivo, y el jefe de sus fuerzas nucleares tilda la guerra en Ucrania de “calentamiento” de lo que está por venir, advirtiendo de que “lo gordo está llegando”. Nos encontramos ante una encrucijada que hace palidecer la crisis de los misiles de 1962, cuando las potencias enfrentadas se esforzaron para evitar una guerra nuclear, justo lo contrario de lo que estamos presenciando ahora.

¿A qué mensajes debemos dar más credibilidad? ¿Va a haber negociaciones para alcanzar un acuerdo de paz a corto plazo, o vamos directos hacia la tercera guerra mundial? El realineamiento de las potencias y el reposicionamiento de muchos países ocasionado por la contienda en Ucrania ha hecho saltar por los aires los bloques que surgieron en la conferencia de Yalta, en 1945, y un nuevo mundo multipolar está naciendo, por mucho que Estados Unidos se resista. Las grandes potencias se han quitado los guantes y van a por todas. Por eso no cabe hablar de una vuelta a lo de antes, incluso aunque se alcanzara un acuerdo de paz a corto plazo en Ucrania, lo que en estos momentos es altamente improbable. Nos adentramos en un cambio de paradigma.

Que la guerra en Ucrania trasciende el enfrentamiento bélico entre el gobierno de Kiev y Rusia es algo que pocos analistas serios se atreven ya a cuestionar, ni siquiera en el lado occidental, dejando de lado a quienes producen la propaganda para consumo masivo que repiten machaconamente los medios. Poco a poco, las caretas van cayendo. En un discurso pronunciado en octubre, Úrsula von der Leyen afirmó sin ambages que “La guerra en Ucrania no es sólo una guerra europea, es una guerra por el futuro del mundo entero. Por lo tanto, el horizonte de Europa solo puede ser el mundo entero”.

Vídeo: MintPressNews.

Antes de admitir lo que subyace bajo la guerra proxy que Estados Unidos y sus adláteres libran contra Rusia, utilizando como ariete a Ucrania, la presidenta de la Comisión Europea expone en su discurso que el litio y los metales de las tierras raras son vitales para la transición verde y digital que quiere acometer la Unión Europea. No hay aerogeneradores ni paneles solares sin esas materias primas. ¿Cuál es el problema? Que la demanda de dichos materiales va a aumentar exponencialmente y que hay un solo país que domina el mercado global al completo, y se llama China. Después de hablar de colaboración con Canadá, Australia y Chile para “asegurar el control de los recursos que necesitamos”, von der Leyen dice que “debemos movilizar nuestro poder colectivo para modelar los bienes globales y el mundo del mañana.”

Cuando la presidenta de la Comisión Europea habla de “nuestro poder colectivo” obviamente se refiere al del bloque occidental, que se aglutina en torno a Estados Unidos en el combate geopolítico que le enfrenta con el resto del mundo. Además de la Unión Europea, sus aliados incluyen a Canadá, Reino Unido, Australia, Japón y Corea del Sur. Y ahí se acaba la lista. En la otra esquina del cuadrilátero, las cabezas visibles de la oposición a los designios de Washington son Rusia y China. Sin embargo, debemos subrayar el crecimiento que está experimentando el bloque de los BRICS, que oficialmente nació en 2009, aunque sin Sudáfrica, que se incorporó al año siguiente.

El acrónimo BRICS responde a las iniciales de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que conjuntamente ocupan el 30% de la superficie terrestre, agrupan el 40% de la población y el 25% del producto interior bruto mundial. Además, hay otros países con peso político y económico que ya han solicitado su ingreso. Irán y Argentina lo hicieron en junio. Irán ocupa el segundo lugar en reservas de gas en el mundo, después de Rusia, y el cuarto lugar en reservas de petróleo. Arabia Saudita, que posee las segundas mayores reservas de petróleo, tiene asimismo la intención de unirse, según informaba el presidente de Sudáfrica tras una visita al reino.

Turquía y Egipto también han mostrado su interés. Conviene recordar que Turquía es miembro de la OTAN y que Egipto es un aliado tradicional de Estados Unidos, desde que Anwar el Sadat firmara los acuerdos de Camp David, en 1978 y, un año después, Egipto se convirtiera en el primer país árabe que reconociera el Estado de Israel. Washington ha venido apoyando posteriormente las sucesivas dictaduras militares que han gobernado el país. Primero, la de Hosni Mubarak y luego, la de Abdelfatah Al Sisi, con el breve paréntesis del gobierno de los Hermanos Musulmanes entre 2012 y 2013, elegido en las urnas y derrocado por el general Al Sisi.

Indonesia, un país de 276 millones de habitantes, también está sopesando su incorporación a la asociación y Argelia, que es el séptimo exportador de gas del mundo, ha sido el último país en solicitar su ingreso en los BRICS, el 8 de noviembre.

Así que en la órbita de los BRICS tenemos ya a Irán, Argentina, Arabia Saudita, Turquía, Egipto, Indonesia y Argelia. Son palabras mayores, especialmente el caso de Arabia Saudita, el país donde nacieron los petrodólares: Henry Kissinger pactó con la casa de Saúd que Estados Unidos defendería su posición de poder en el país siempre y cuando las compras de petróleo se denominaran en dólares. La fortaleza de la divisa estadounidense se basa, en gran medida, en este compromiso, que arrastró a otros países al uso del dólar en sus transacciones.  

En este realineamiento que se está produciendo, el máximo representante de la política exterior europea, Josep Borrell proclamaba el 10 de octubre la decisión de la Unión Europea de soltar amarras de la región a la que geográficamente pertenece: Eurasia. Con esta contundencia se expresaba: Nuestra prosperidad se ha basado en energía barata proveniente de Rusia. Y el acceso al gran mercado chino para exportaciones e importaciones, para transferencia tecnológica, para inversión y para tener bienes baratos. (…) Así que nuestra prosperidad se basó en la energía y el mercado de China y Rusia. La gente no es consciente de eso, pero el hecho de que Rusia y China ya no sean los que fueron para nuestro desarrollo económico requerirá una fuerte reestructuración de nuestra economía. El acceso a China es cada vez más difícil. El ajuste será duro y esto creará problemas políticos”.

En primer lugar, una decisión estratégica de este calibre, en la que se habla de la prosperidad de la Unión Europea en pasado y se anuncia un ajuste duro, debería haber sido objeto de debate público. Es lo que se espera de unos países que se autocalifican de democráticos, y que proclaman que lo que se ventila en Ucrania es precisamente un conflicto entre los valores democráticos que alberga Occidente, frente a las autocracias de Rusia y China. Sin embargo, nos encontramos que una decisión que ya está deteriorando gravemente el bienestar de la ciudadanía ha sido tomada por las élites, sin importarles la opinión de sus representados.

La Unión Europea ha decidido ligar su destino al de Estados Unidos. Y lo ha hecho hasta el punto de contemplar cómo ha sido destruida la infraestructura a través de la cual importaba esa energía barata de Rusia, los gasoductos Nord Stream, enterrando la investigación bajo el secretismo y sin que quepa descartar la colaboración de algunos de sus miembros, actuales o anteriores, en el ataque. Es decir, tapando lo que ha constituido el ataque más grave a unas infraestructuras en Europa del que tengamos memoria.

Al haber aceptado sin más que los aspavientos de Úrsula von der Leyen la destrucción de los gasoductos, la Unión Europea ha quemado las naves que podrían reconectarla a Rusia. Pero lo ocurrido con los Nord Stream sólo ha sido el corolario de una estrategia para desacoplar a la UE de Rusia y desgajarla de Eurasia. Después de seis rondas presupuestarias, el Fondo Europeo de Apoyo a la Paz ha destinado ya un total de 3.100 millones de euros “para incrementar su apoyo a las capacidades y la resiliencia de las Fuerzas Armadas ucranianas”. Según las cifras publicadas por Statista, el total enviado por las instituciones comunitarias a Ucrania asciende a 16.200 millones de euros. Según la misma fuente, Alemania habría aportado 3.300 millones y Canadá, 3.000.

Este informe de la Cámara de los Comunes del Reino Unido aporta información detallada de sus contribuciones a Ucrania, además de las de Estados Unidos y otros miembros de la OTAN. Según este documento, Estados Unidos ha inyectado 18.200 millones en Ucrania en asistencia militar desde el inicio de la guerra, aunque según The New York Times, el total de la ayuda asciende a 54.000 millones de dólares. El Reino Unido ha enviado 2.300 millones de libras con el mismo concepto, aunque según Statista el total aportado por Londres a Kiev asciende a 6.700 millones de euros. Aquí podemos leer la recopilación del armamento enviado por Washington a Kiev, actualizada al 4 de noviembre.  

Aunque el 30 de septiembre el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, afirmara en rueda de prensa que “la OTAN no es parte del conflicto”, tan solo once días más tarde reconocía que la victoria de Rusia en Ucrania significaría la derrota de la OTAN. Curioso, lo de no considerarse parte de un conflicto que está alimentando. La relación de Ucrania con la organización militar dirigida por Estados Unidos comenzó en 1991, con la independencia del país, según podemos leer en el sitio web de la OTAN, y se ha ido incrementando con el tiempo, especialmente desde el golpe de Estado de 2014.

El 24 de marzo, Sergei Lavrov declaraba “muertas” las relaciones con la Unión Europea como organización, y anunciaba que Rusia sólo se relacionaría individualmente con sus estados miembro. La estrategia de sanciones dictada por Estados Unidos, y seguida fielmente por la UE, no sólo ha buscado abiertamente destruir la economía de Rusia, debilitarla, y propiciar un “cambio de régimen”. Las sanciones han abarcado todo lo que tuviera que ver con Rusia: han bloqueado sus medios de comunicación, han impedido a sus deportistas participar en competiciones internacionales, han cancelado eventos culturales relacionados con sus músicos, literatos y artistas en general, han afectado a las cuentas bancarias de ciudadanos rusos en el extranjero, han entorpecido la emisión de visados o la han suprimido directamente. En definitiva, han supuesto la humillación no sólo de los dirigentes responsables de la invasión, sino del pueblo ruso en general. En estas circunstancias, no sorprende que Sergei Lavrov haya anunciado que Rusia se está replanteando mantener las embajadas en Occidente.

La guerra no ha hecho disminuir el apoyo de la población rusa a Vladimir Putin, sino todo lo contrario. Su porcentaje de aprobación, medido por el centro Levada, se elevó desde los 71 puntos de febrero hasta los 83 tras comenzar la invasión. Se mantuvo estable en torno a esa cifra hasta que bajó seis puntos, desde el 83% hasta el 77% tras decretarse la movilización de 300.000 reservistas en septiembre. En la encuesta de octubre, repuntó hasta el 79%. Levada es un gabinete de investigación social clasificado por el Kremlin como “agente extranjero” en 2016.

Ilustración: www.levada.ru

A estas alturas del conflicto, ninguna de las dos partes está en disposición de aceptar un acuerdo que ponga fin al conflicto en Ucrania, porque la meta está mucho más lejos. Si nos ceñimos al campo de batalla, Kiev no puede asumir la pérdida de territorios, porque ni los ultranacionalistas, que dieron la vuelta al programa electoral pacifista de Zelenski, ni la Casa Blanca lo consentirían. Aunque el jefe del Estado Mayor no piensa lo mismo. De otro lado, Rusia tampoco puede traicionar a la población rusa que vive en el Este de Ucrania, que lleva siendo masacrada desde 2014 ante la indiferencia de la “comunidad internacional”. La opción que contemplaban los acuerdos de Minsk, una autonomía para Donetsk y Lugansk dentro de Ucrania, nació muerta y ahora nadie está interesado en resucitarla. De Crimea para qué vamos a hablar: es una línea roja absoluta para el Kremlin. La opción de la neutralidad de Kiev ya venció y Rusia no contempla otro escenario que no sea la desactivación de Ucrania como amenaza. Lo que implica un cambio de régimen en Kiev: una opción que pasa por la derrota total de Zelenski y la rendición de su ejército.

El reciente viaje del asesor de seguridad nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, a Kiev “para tantear el terreno”, ante la constatación de que ni Rusia ni Ucrania están en disposición de conseguir todos sus objetivos, y el hecho de que los medios occidentales estén usando la palabra “negociación” no debe confundirnos. El Washington Post explica que la Casa Blanca no pretende empujar a Kiev a una mesa de negociación ahora, sino que Ucrania aparezca como moralmente superior a Rusia al mostrarse aparentemente interesada en dialogar. El objetivo sería no perder el apoyo económico de los países que están sufriendo las consecuencias de las sanciones a Rusia, mientras evidencian el fracaso de esa estrategia para detener la guerra y su población comienza a salir a las calles para protestar contra la carestía de alimentos y energía.

Por lo tanto, de producirse un compás de espera en la guerra, se trataría de una pausa táctica, que no estratégica. Tras la implosión de la Unión Soviética, Estados Unidos se las prometía muy felices en su papel de potencia hegemónica victoriosa, con el mundo a sus pies. Sin embargo, tras “los años de la anarquía”, como denominan los rusos a los vividos bajo el mandato de Yeltsin, Rusia se ha recuperado en las dos últimas décadas del latrocinio al que fue sometida, con la inestimable ayuda del Fondo Monetario Internacional.

En estos últimos veinte años, China se ha convertido en la segunda economía del mundo en términos de PIB, con un crecimiento de hasta dos dígitos (2004 – 2007) y siempre por encima del 6%, excepto en 2020. La expansión de la OTAN hasta las fronteras de Rusia empujó al Kremlin hacia el Este, como expuse en un artículo anterior, y ahora Estados Unidos está pagando las consecuencias de su error estratégico, al haber propiciado un acercamiento entre ambas potencias euroasiáticas.

El tanto que sí se está apuntando Estados Unidos en esta partida es la aniquilación de la Unión Europea como actor independiente en el tablero geopolítico, eliminando la posibilidad de convertirse en un posible competidor. Bruselas ha decidido dejar su futuro a merced de los designios de la Casa Blanca en la lucha por los recursos naturales, con la esperanza de compartirlos. Aun en el caso de que la potencia allende el Atlántico resultara victoriosa, lo que está por verse, a Europa no le iba a dejar ni las migajas. Lo estamos viendo con los precios abusivos que las compañías estadounidenses le cobran por el gas a Europa, como expuse en el artículo anterior. Y lo estamos viendo con las tensiones surgidas en Bruselas tras la aprobación en Washington de la Ley para la Reducción de la Inflación. Respecto a esta ley, dotada con 430.000 millones de dólares, la UE ha manifestado “que condiciona las exenciones fiscales al contenido fabricado en EE. UU., pone en desventaja a las empresas automovilísticas europeas y a las que producen una amplia gama de bienes del sector de la «economía verde», incluidas baterías, hidrógeno y equipos de energía renovable”, según informa Reuters.

Es decir, que los partidarios del “free market” han tirado de chequera para subvencionar a las empresas que monten sus fábricas en Estados Unidos para producir coches eléctricos y otros bienes, en lugar de hacerlo en otros países como, por ejemplo, los de la Unión Europea. El ministro francés de Economía acaba de lanzar un aviso sobre el profundo enfado que esta ley ha provocado en sus, en teoría, socios europeos.

Sólo ahora parecen darse cuenta los dirigentes europeos de cuál es el verdadero plan de Estados Unidos: para competir con China, necesita reindustrializarse. Su hoja de ruta incluye:

  • Desconectar a la Unión Europea de la energía barata de Rusia, y, además, venderle su gas natural licuado, mucho más caro, para que la industria europea deje de ser competitiva.
  • Subvencionar la instalación de fábricas en su territorio mediante la Ley de Reducción de la Inflación, así como la industria de semiconductores con la Ley CHIP, para contrarrestar a China.
  • Provocar inestabilidad política en Europa, instigando la guerra en Ucrania, para terminar de incentivar el traslado de las industrias al otro lado del Atlántico, ahuyentadas por los altos costes energéticos y el riesgo político de que la guerra se extienda por el continente.

La Casa Blanca acaba de avisar a Europa de que un conflicto por Taiwán podría provocar un shock económico global. Es otro ejemplo de que la agenda de Washington sigue su propio curso, sin importarle lo más mínimo las consecuencias que su agresiva política exterior puedan tener para el resto del mundo, incluyendo a sus aliados.

Que la geopolítica trata sobre el control de los recursos del mundo no es ninguna novedad, pero que Estados Unidos haya decidido lanzarse a una ofensiva contra dos potencias nucleares a la vez sí que lo es. En un artículo anterior hablé de las razones que podían estar llevando a Estados Unidos a esta escalada: si el dólar pierde su papel de moneda de reserva mundial, y hay muchos movimientos por parte de varios actores de peso para que lo haga, entrará en quiebra.

US Debt Clock es un sitio web donde podemos ver en tiempo real la evolución de los principales parámetros de la deuda de Estados Unidos. En el momento de escribir este artículo, la deuda pública se sitúa en más de 31 billones de dólares, la deuda total está por encima de los 93 billones y los pasivos no financiados ascienden a más 172 billones. Los pasivos no financiados son obligaciones de deuda que no tienen fondos suficientes reservados para pagarlas. O sea, un agujero negro de proporciones masivas.

El mundo se está resquebrajando en bloques y se apresta a una guerra abierta por el control de los recursos naturales, porque la antaño potencia hegemónica es un gigante con los pies de barro, y lo sabe. No tiene otra estrategia que proseguir su huida hacia adelante, y las consecuencias para el planeta serán funestas, a menos que otro paradigma consiga imponerse: el de la colaboración, en lugar de la imposición. Por eso nada volverá a ser como antes.

¿A quién beneficia la voladura de los gasoductos Nord Stream?

17 de octubre de 2022

El 12 de noviembre de 2015, la gasista estatal rusa Gazprom informaba del hallazgo de un “objeto de munición” junto al gasoducto Nord Stream, a 40 metros de profundidad. El artefacto, que resultó ser un destructor de minas perteneciente a la OTAN, como Gazprom acaba de recordar, fue retirado por el ejército de Suecia, ya que fue encontrado en la Zona Económica Exclusiva sueca. La empresa agradecía su colaboración a las fuerzas armadas suecas y el asunto no despertó reacción alguna. Alguien debió haber olvidado ese destructor de minas en algunas de las maniobras que la OTAN viene celebrando en el Mar Báltico desde 1972, denominadas “Baltops”, a las órdenes de la Armada de Estados Unidos.

Destructor de minas Seafox encontrado junto al gasoducto Nord Stream 1 en el año 2015. Ilustración: Top War.

Siete años después del hallazgo del destructor de minas junto al Nord Stream 1, el sabotaje a una infraestructura energética de la que dependían dos quintas partes de sus importaciones de gas, sólo puede calificarse de acto de guerra contra la Unión Europea. Las explosiones que volaron los gasoductos Nord Stream 1 y 2, para las que fueron precisos cientos de kilos de dinamita, según un informe enviado a la ONU por Dinamarca y Suecia, coincidieron con la inauguración del “Baltic Pipe”, un gasoducto que permitirá el envío de 10.000 millones de metros cúbicos, o 10 bcm, (billion cubic meters) de gas anuales desde Noruega a Polonia, atravesando Dinamarca y el Mar Báltico.

Recorrido del gasoducto Baltic Pipe. Ilustración: Expronews.com

“Cui prodest scelus, is fecit”. Fue Séneca quien utilizó esta expresión en su tragedia “Medea”. “Aquel a quien beneficia el crimen, fue quien lo cometió”, sería la traducción. Veamos ahora a quién beneficia dañar unos gasoductos que permitían que la Unión Europea y, significativamente, Alemania, tuvieran la posibilidad de seguir importando gas desde Rusia, en el caso de que se produjera un vuelco en sus actuales posiciones. Esta hipótesis resulta muy remota en este momento, pero tampoco es descartable que pudiera materializarse en un futuro, teniendo en cuenta que no existe en el mercado gas suficiente para reemplazar las importaciones provenientes de Rusia, como señalé en un artículo anterior.

Quienes quiera que hayan sido los autores de lo que Suecia, tras haber analizado los daños, ha descrito como “sabotaje”, con la participación de actores estatales, estaría buscando que Alemania se encontrara ante la imposibilidad física de importar gas desde Rusia a través de dos gasoductos que, conjuntamente, podrían suministrar 110 bcm de gas al año, según un informe del Congreso de Estados Unidos. Compárese esta cantidad con los 10 bcm anuales que Noruega va a enviar a Polonia a través del “Baltic Pipe”.

El 7 de febrero, Joe Biden advertía que si Rusia invadía Ucrania, “entonces ya no habrá más un Nord Stream 2. Le pondremos fin”. A preguntas de una periodista sobre cómo pensaba evitar Estados Unidos el uso de una infraestructura cuya autorización administrativa dependía de Alemania, el presidente de Estados Unidos se limitó a decir que encontrarían la manera de hacerlo. A su lado, impávido, se encontraba Olaf Scholz. Mi impresión es que Angela Merkel no habría tolerado una injerencia de este nivel, como hizo Scholz, que se limitó a hablar de unidad cuando los periodistas le preguntaron por el futuro del gasoducto.

El 30 de septiembre, cuatro días después del presunto sabotaje, el Secretario de Estado, Antony Blinken, afirmaba en una rueda de prensa que la voladura de los gasoductos “Es una gran oportunidad para eliminar de una vez por todas la dependencia de la energía rusa”.

El 2 de octubre, Douglas Macgregor, un coronel retirado, asesor del Pentágono con Donald Trump, declaró en referencia a los ataques a los gasoductos que “Tienes que ver quiénes son los actores estatales que tienen la capacidad de hacer esto, y eso significa la Marina Real, la Marina de los Estados Unidos, las operaciones especiales”. Washington calificó de “vuelo de rutina” la presencia de un avión de reconocimiento de la Marina estadounidense, sólo horas después, sobre la zona del Mar Báltico donde ocurrieron las supuestas explosiones. En la misma línea, el economista Jeffrey Sachs, uno de los responsables de aplicar la terapia de shock en la Rusia de Yeltsin, también opinó que lo más probable es que Estados Unidos estuviera detrás de los ataques: “Sé que esto va en contra de nuestra narrativa, no se permite decir estas cosas en Occidente, pero el hecho es que, en todo el mundo, cuando hablo con la gente, piensan que Estados Unidos lo hizo”, declaró en una entrevista con Bloomberg, ante los aspavientos de quien le hacía las preguntas.

El mismo día de los ataques a los gasoductos, Radek Sikorski, un eurodiputado polaco que preside la delegación Unión Europea – Estados Unidos, publicaba un tuit en el que, sobre la foto de la fuga de gas en el Mar Báltico, daba las gracias a Estados Unidos. Sikorski tuvo que renunciar como ministro de Asuntos Exteriores de Polonia tras un escándalo: se fue de la lengua en un restaurante y la conversación fue grabada. Radek Sikorski borró el tuit posteriormente.

Sikorski es el marido de Anne Appelbaum, columnista del Washington Post y The Atlantic; miembro del Council of Foreign Relations; integrante de CEPA, un think tank subvencionado por el Departamento de Estado, por fabricantes de armas y por el National Endowment for Democracy, al que también pertenece Appelbaum. El NED es uno de los organismos estadounidenses que impulsó la revolución naranja en Ucrania, en 2004, y el golpe de Estado del Maidán, en 2014. Appelbaum se ha mostrado partidaria de derrotar y humillar a Putin como única salida a la guerra de Ucrania, despreciando la diplomacia.

Estados Unidos se ha convertido este año en el primer exportador de gas licuado del mundo, y ya es el primer exportador de gas a Europa, desbancando a Rusia. Como vemos en este gráfico de la US Energy Information Administration, las exportaciones de Estados Unidos han venido experimentando un aumento espectacular desde hace unos pocos años. Las sanciones de la Unión Europea a Rusia y la consiguiente respuesta del Kremlin, en forma de disminución de las exportaciones, han elevado a Estados Unidos al puesto de primer proveedor de gas al club del euro.

Noruega es otra de las beneficiadas de los ataques a los gasoductos rusos. El país nórdico ya es el primer suministrador europeo de gas a la Unión Europea, asociación a la que no pertenece. Sin embargo, el aumento del 8% en sus exportaciones, hasta alcanzar un 20% del gas que recibe la UE, se queda en la mitad del 40% que le aportaba Rusia. Noruega se beneficia de un incremento en sus exportaciones, a un precio mucho más caro, pero la Unión Europea sigue quedando en una posición precaria.

Recorrido y lugar de los ataques en los gasoductos Nord Stream 1 y 2. Días después, Suecia encontró una cuarta fuga en el Nord Stream 2. Ilustración: The Cradle.

Según fuentes citadas en The Cradle, Alemania y Rusia estarían negociando en secreto la reactivación de los gasoductos Nord Stream antes de que se produjera el sabotaje. Esta posibilidad tiene sentido, ya que los exportadores actuales carecen de la capacidad de producción necesaria para reemplazar el gas que Rusia suministraba a la Unión Europea. El gasoducto Baltic Pipe sólo puede aportar 10 bcm de gas adicional, procedente de Noruega. Eso es menos del 10% del gas que llegaba a Europa desde Rusia, antes de iniciarse la guerra en Ucrania.  

El año pasado, Estados Unidos exportó 22 bcm de gas a la Unión Europea. Rusia, por su parte, exportó 155 bcm. Aunque Joe Biden se comprometió ante Úrsula von der Leyen a aumentar las exportaciones de gas en 15 bcm anuales, aunque pudiera llegar a esa cifra, algo que descartan hasta los medios occidentales, no compensaría ni por asomo la cantidad que la Unión Europea recibía de Rusia. A Estados Unidos no le importa ser incapaz de reemplazar los suministros que recibía la UE desde Rusia, porque su objetivo es desvincular a la Unión Europea de la estación de servicio más cercana, Rusia, para que se quede sin energía y hundir a ambos.

Siguiendo con los posibles beneficiados por la voladura de los gasoductos rusos, en medios occidentales hemos llegado a leer que sería la propia Rusia la que obtendría un beneficio por la destrucción de las canalizaciones. Según estas interpretaciones, al haber saboteado sus propios gasoductos, el mensaje que habría enviado Rusia a Occidente sería que: “cuidado, tengo la capacidad de destruir tus gasoductos”. Con más de 60 submarinos a su disposición, no creo que Rusia necesite destrozar la infraestructura que tanto le costó construir para enviar ese recado.

Otras hipótesis hablan de submarinos rusos “suicidas”. Citando fuentes tan imparciales como los servicios de inteligencia británicos, leemos que Rusia dispone de capacidad para haber volado los gasoductos, pero en ningún momento justifica el artículo la motivación que podría tener Rusia para hacerlo. Eso sí, el autor nos recuerda que la CIA ya había advertido al gobierno de Alemania sobre posibles ataques a las tuberías, semanas antes de que ocurrieran. La mera advertencia tampoco proporciona una motivación creíble que justificara la destrucción de una formidable palanca de presión por parte de quien la construyó.

¿Qué interés podría tener Rusia en dinamitar unas infraestructuras que le permiten presionar a la Unión Europea con tan sólo abrir o cerrar el grifo? El gasoducto Nord Stream 2, propiedad de  Gazprom, en cuya construcción participaron también empresas europeas, tuvo un coste de 11.000 millones de dólares y tuvo que sortear un aluvión de sanciones estadounidenses para ser construido. Hace sólo tres años, Ángela Merkel se posicionó “en contra de las sanciones extraterritoriales” contra el proyecto, y su ministro de Exteriores, Heiko Maas, las calificó de “interferencia en las decisiones autónomas tomadas en Europa».

¿Por qué iba Rusia a dañar una infraestructura que podría ser utilizada en un futuro, si las actuales tornas cambiaran? En el hipotético caso de que hubiera decidido dinamitarlo ¿por qué habría de hacerlo en una zona del Mar Báltico tan cercana a Dinamarca, Polonia y Suecia, estrechamente vigilada por la OTAN? Pero sobre todo, ¿por qué iba a hacer algo Rusia que supusiera otorgarle una ventaja a Estados Unidos, algo que beneficiara a quien alimenta la guerra contra ella en Ucrania, en detrimento propio?

Putin anunció el 12 de octubre que Rusia podría redirigir los suministros destinados a los gasoductos dañados al Mar Negro, para crear un centro de distribución de gas en Turquía, o incluso usar la única parte intacta del Nord Stream 2 para abastecer a la Unión Europea. Putin también señaló que estimaba posible reparar los gasoductos y que debía ser la Unión Europea la que eligiera su destino: «Rusia está lista para comenzar tales entregas. La pelota, como dicen, está en la cancha de la Unión Europea», afirmó el presidente de Rusia. Esta nueva proposición es incompatible con la hipótesis de un ataque de Rusia a sus propias infraestructuras de distribución de gas.

Conviene recordar que Estados Unidos lleva persiguiendo desconectar a la península europea de Rusia, en términos energéticos, desde los años 60 del siglo pasado. Como documenté en un artículo en marzo, fue John Fitzgerald Kennedy quien promulgó un embargo que afectaba al suministro de tuberías de formato ancho a la URSS, que entonces construía el oleoducto “Druzhba” (Amistad), que sigue siendo el más largo del mundo. Las sanciones estadounidenses tuvieron un efecto indeseado: fomentaron el desarrollo industrial de los países del bloque del Este y el oleoducto se completó en 1964, llevando el petróleo ruso a Alemania, Polonia, Checoslovaquia y Hungría.

Ilustración: eleconomista.es

Estados Unidos lo volvió a intentar veinte años más tarde. En 1981, Ronald Reagan prohibió la venta de alta tecnología a la URSS, ampliando la lista de productos que necesitaban autorizaciones especiales para ser exportados. En aquella ocasión, Alemania se plantó: el gasoducto previsto entre Rusia y Europa se construiría con o sin la aprobación de los Estados Unidos. Y no sólo Alemania, Francia también. Hasta el Reino Unido desafió a su antigua colonia. Margaret Thatcher declaró que Gran Bretaña se sentía “profundamente herida” por las sanciones “de un amigo”. En junio de 1982, la Comisión Económica Europea declaró ilegal la extensión de las sanciones que Estados Unidos impuso a sus subsidiarias en Europa. La construcción del gasoducto era vista como la oportunidad para revitalizar la industria del acero y la ingeniería europeas, así como una manera de diversificar las fuentes de energía, al margen de la OPEP. Las sanciones de Estados Unidos, de haber sido aceptadas, habrían supuesto el incumplimiento de contratos con la Unión Soviética, algo que Margaret Thatcher declaró que no estaba dispuesta a hacer, pero no por eso, sino porque hubiera supuesto ahogar las posibilidades de crecimiento económico de Europa.

El gasoducto objeto de las sanciones estadounidenses ha tenido una vida accidentada. El 7 de mayo de 2007, una explosión destruyó una sección de 30 metros en un punto situado 100 kilómetros al sur de Kiev, Ucrania. El 12 de mayo de 2014 dos explosiones, que los servicios secretos de Ucrania calificaron de actos terroristas, causaron daños en el gasoducto. Sólo un mes después, el Ministerio del Interior ucraniano atribuyó a una bomba otra explosión que voló el gasoducto en la región de Poltava. Meses antes, Dmytro Yarosh, el líder de “Pravy Sektor” (Sector Derecho, un partido neonazi ucraniano) había amenazado con destruir el gasoducto “para evitar la Tercera Guerra Mundial”.

La disminución de las exportaciones de gas desde Rusia a la Unión Europea – una reacción a las sanciones impuestas por Bruselas – se ha traducido en un incremento exponencial de los precios del gas en Asia y en Europa. No así en Estados Unidos, como productor y exportador de gas que es, tal y como vemos en este gráfico.

Los precios de referencia del gas han subido como un cohete en Asia y Europa. Ilustración: Bloomberg.

El 6 de octubre, la agencia Euroefe recogía el malestar de varias capitales europeas por los altísimos beneficios que estaban obteniendo Estados Unidos y Noruega en sus exportaciones a la Unión Europea, afeándoles su falta de “solidaridad” en momentos de grave crisis energética. El ministro de Economía de Alemania se sumaba ese día a la petición de Polonia de abrir una negociación para reducir los precios del gas que la UE importa de EE.UU. y Noruega. Robert Habeck se quejaba de que “Algunos países, incluso amigos, están consiguiendo precios astronómicos en algunos casos”, y continuaba diciendo que “Esto conlleva naturalmente problemas, acerca de los cuales es necesario hablar”.

Cinco días más tarde, el 11 de octubre, Bruno Le Maire, ministro de Economía de Francia, intervino en el debate presupuestario en la Asamblea Nacional. Su mensaje fue muy claro: “Tampoco es conveniente que dejemos que el conflicto en Ucrania resulte en la dominación económica estadounidense y el debilitamiento europeo. No podemos aceptar que nuestro socio estadounidense venda su gas natural licuado a un precio cuatro veces superior al que se lo vende a sus propias empresas. Un debilitamiento económico de Europa no le interesa a nadie. Un debilitamiento económico de Europa no interesa a nuestros socios americanos. Debemos encontrar relaciones económicas más equilibradas en el tema energético entre nuestros aliados americanos y el continente europeo”.

Los dirigentes europeos parecen aquejados de una grave miopía geopolítica. La invasión rusa de Ucrania, instigada por Estados Unidos desde el golpe de Estado del Maidán en 2014, y la política de sanciones iniciada por Washington desde la presidencia de Obama, tiene dos vertientes. Una, dirigida contra Rusia, busca hundir su economía, provocar un descontento popular y, en último término, un cambio de régimen para instalar una marioneta, al estilo de Yeltsin, que le permita esquilmar sus inconmensurables recursos naturales. La otra vertiente va dirigida contra la propia Unión Europea, con la ayuda inestimable de un Reino Unido que ya no forma parte de ella. Los efectos contraproducentes de las sanciones a Rusia, cuyas previsiones económicas acaban de ser revisadas al alza por el FMI, están abocando a la Unión Europea a la recesión. Por eso el ministro de Economía francés se equivoca cuando afirma que “Un debilitamiento económico de Europa no le interesa a nadie”. Al contrario, un debilitamiento económico de Europa es precisamente lo que está buscando Estados Unidos con su estrategia de desconectar a la Unión Europea de su principal proveedor energético.

Cuando Bruno Le Maire de repente se da cuenta de que Estados Unidos le está vendiendo el gas a la Unión Europea a un precio cuatro veces superior al que lo hace a las empresas estadounidenses, debería empezar a preguntarse si ese país al que denomina “socio” no es, en realidad, su enemigo. El enemigo de toda Europa.

¿A quién le interesa que Rusia deje de vender gas a Europa? Cui prodest scelus, is fecit.

Las sanciones a Rusia meten a la Unión Europea en un callejón sin salida

15 de septiembre de 2022

Estamos en manos de inútiles. La comparecencia de Christine Lagarde, el 8 de septiembre en Frankfurt, vino a confirmarlo. Por un lado, la presidenta del Banco Central Europeo anunció una subida del tipo de interés de 75 puntos básicos (0,75%), advirtió que se producirían más incrementos en cada una de las próximas reuniones del Consejo de Gobierno del BCE y declaró que el objetivo es reducir la inflación, hasta dejarla en el 2%. Sin embargo, en la eurozona, la inflación depende en un 42% de la oferta, en un 15% de la demanda, y en un 43% de la energía. Las subidas de tipos de interés sólo pueden actuar deprimiendo la demanda y, en menor medida, la oferta. Pero en ningún caso las subidas de los tipos de interés podrán frenar los precios del gas y del petróleo, que dependen de factores fuera del alcance de la política monetaria del BCE.

Por otro lado, la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, anunciaba el 29 de agosto una intervención de emergencia en el mercado eléctrico y una reforma estructural. Se lo está tomando con calma. Esta vez, los Estados van a tener que salir al rescate de la ciudadanía, siquiera parcialmente, para que podamos pagar los recibos de la energía eléctrica, que han subido de forma desorbitada. En Bruselas se está discutiendo la manera de repartir esos costes entre los Estados y las compañías eléctricas y, a juzgar por el discurso de la presidenta de la Comisión del 14 de septiembre, el conejo está todavía dentro de la chistera, bastante mareado: von der Leyen no pasó de anunciar generalidades.

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Las sanciones contra Rusia levantan un nuevo telón de acero en Europa

29 de junio de 2022

Las sanciones impulsadas por Estados Unidos contra Rusia, en represalia por su invasión de Ucrania, están siendo impuestas con ardor por la Unión Europea, en contra de los propios intereses geopolíticos de esta península del continente euroasiático. La estrategia de castigar a Rusia por la vía económica se está demostrando como un fracaso absoluto para lograr su supuesto objetivo: parar la maquinaria de guerra rusa, que continúa devorando territorio en Ucrania. El mejor termómetro para calibrar las consecuencias de este error político lo constituye el cambio de narrativa que comienza a despuntar en algunos medios de comunicación occidentales, poco sospechosos de mostrar veleidades prorrusas. En primer lugar, vemos artículos que llaman a la negociación para poner fin a la guerra, insistiendo en que esa posición no supone ningún tipo de apaciguamiento del Kremlin (las comparaciones históricas son odiosas).  Por otro lado, surgen filtraciones de la Casa Blanca en la que se habla abiertamente de que Zelensky podría tener que renunciar a territorios para firmar un acuerdo que acabe con la contienda. Y por último, el propio Joe Biden ha abierto la veda en la búsqueda de cabezas de turco, y lo ha hecho apuntando a Zelensky, a quien acusa de no haber escuchado las advertencias de Estados Unidos acerca de la inminente invasión rusa.

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