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Qué dijo Merkel sobre los acuerdos de Minsk y por qué los medios lo ignoran

15 de diciembre de 2022

Los medios de comunicación occidentales, salvo los alemanes, están ignorando clamorosamente la entrevista del semanario alemán Die Zeit a Ángela Merkel, publicada el 7 de diciembre. En Rusia, sin embargo, las declaraciones de la excanciller han suscitado reacciones al más alto nivel político, además de ocupar gran espacio en sus medios, censurados por Occidente. ¿A qué se debe esta disparidad de reacciones? ¿Por qué los medios de aquí ocultan lo que acapara la atención en Rusia? Muy sencillo: porque las declaraciones de Merkel dejan en mal lugar a Occidente y por eso conviene enterrarlas. Analicemos qué es lo que ha dicho la excanciller, cuáles han sido las reacciones en Rusia, y la opinión de algunos analistas al respecto.

En la larga entrevista, cuyo texto completo puede descargarse aquí, Ángela Merkel afirma que “el acuerdo de Minsk de 2014 fue un intento de darle tiempo a Ucrania. También aprovechó este tiempo para fortalecerse, como puede verse hoy. La Ucrania de 2014/15 no es la Ucrania de hoy. Como se vio en la batalla de Debaltsevo a principios de 2015, Putin podría haber invadido fácilmente en ese momento. Y dudo mucho que los países de la OTAN pudieran haber hecho tanto como hacen ahora para ayudar a Ucrania”.

Ilustración: Die Zeit. Texto entrecomillado: “También deberíamos de haber reaccionado más rápidamente a la agresividad de Rusia”.

Estas declaraciones suponen admitir que los acuerdos de Minsk fueron una trampa: ni Ucrania ni sus garantes tenían la más mínima intención de cumplirlos, o hacerlos cumplir. Se trataba de un ardid para darle tiempo a Ucrania para “fortalecerse”, mientras se disuadía a Rusia de adoptar un papel más beligerante en la defensa de la población rusa y rusoparlante del este de Ucrania, con la promesa de un alto el fuego y estatutos de autonomía para las regiones del Donbass.

Los acuerdos de Minsk se fraguaron en dos fases. El primer acuerdo se firmó el 5 de septiembre de 2014. Tras el golpe de Estado del Maidán, en febrero de 2014, los territorios poblados mayoritariamente por rusos y rusoparlantes – Crimea, Donetsk y Lugansk – que habían votado en masa por el depuesto presidente, Viktor Yanukóvich, se negaron a aceptar la legitimidad del gobierno golpista, apadrinado por Estados Unidos. Manifestantes tomaron edificios gubernativos y se celebraron referendos para votar la independencia de las regiones orientales. Dio así comienzo una guerra civil en Ucrania entre las repúblicas secesionistas de Donetsk y Lugansk y el gobierno de Kiev: uno de los gérmenes, junto con la expansión de la OTAN, de la actual invasión rusa.

Tras la debacle del ejército de Ucrania en la batalla de Debaltsevo, en febrero de 2015 se firmó la segunda ronda de los acuerdos, cuyos puntos principales son los siguientes:

  • Alto el fuego bilateral inmediato.
  • Supervisión y verificación del alto el fuego por la OSCE.
  • Descentralización del poder, y aprobación de una ley ucraniana sobre el estatuto especial de algunas zonas de Donetsk y Lugansk.
  • Creación de una zona de seguridad en las regiones fronterizas entre Ucrania y Rusia.
  • Liberación de detenidos y ley de amnistía.
  • Realización de elecciones locales en algunas zonas de Donetsk y Lugansk.
  • Retirada de los grupos armados ilegales, equipo militar, así como de los combatientes y de los mercenarios de Ucrania.
  • Garantizar la seguridad personal de los participantes en las negociaciones.

Los acuerdos de Minsk II fueron firmados bajo los auspicios de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), y fueron ratificados por el Consejo de Seguridad de la ONU, pero sus principales padrinos fueron Ángela Merkel y François Hollande, como puede verse en la foto que se hicieron junto a Petro Poroshenko, entonces presidente de Ucrania, Vladimir Putin, y Aleksander Lukashenko, presidente de Bielorrusia, país anfitrión de la firma.

Fotografía: Kremlin.ru, CC BY 3.0 <https://creativecommons.org/licenses/by/3.0>, via Wikimedia Commons

En otro momento de la entrevista, Merkel remacha la verdadera función de los acuerdos: Para todos estaba claro que el conflicto estaba congelado, que el problema no se había resuelto, pero eso le dio a Ucrania un tiempo valioso”. Esto supone recalcar que los acuerdos de Minsk fueron una trampa para Rusia, una artimaña para que los sucesivos gobiernos de Ucrania ganaran tiempo para fortalecerse, con la ayuda de la OTAN, con el objetivo de lanzar una ofensiva para retomar el control del Donbass y Crimea. Por eso los medios occidentales están ignorando ese reconocimiento, porque echa por tierra la narrativa fabricada por Estados Unidos de la “guerra no provocada” y, además, supone fulminar la credibilidad de Occidente de cara a futuros acuerdos.

Las declaraciones de Merkel se suman a las realizadas por Petro Poroshenko en junio de este año, en relación con el auténtico propósito que le llevó a firmar los acuerdos de Minsk: “Conseguimos lo que queríamos. No creíamos en Vladimir Putin, como no creemos ahora. Nuestra tarea era, en primer lugar, evitar la amenaza o al menos posponer la guerra. Arrancamos ocho años para restaurar el crecimiento económico y construir el poder de las Fuerzas Armadas. Esta fue la primera tarea, y se logró”. Unas declaraciones que tampoco veremos en los medios occidentales. Qué casualidad.

Lo que sí encontramos en el propio sitio web de la OTAN es una entrevista con Jens Stoltenberg en la que, el mismo día que Die Zeit publicaba la conversación con Merkel, el secretario general de la Alianza Atlántica afirmaba lo siguiente: Los aliados de la OTAN han apoyado a Ucrania durante muchos años, especialmente desde 2014. Especialmente aliados como Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido han entrenado a las Fuerzas Armadas de Ucrania para que sean mucho más grandes, más fuertes y mejor equipadas ahora, en febrero de 2022, que cuando Rusia invadió por primera vez en 2014”. Por la “invasión” de 2014 supongo que Stoltenberg se refiere a la incorporación de Crimea a la Federación Rusa, tras la celebración de un referéndum.

El 9 de diciembre, preguntado por su opinión acerca de lo dicho por la excanciller alemana, Vladimir Putin respondió: “Pensamos que todavía podríamos estar de acuerdo en el marco de los acuerdos de paz de Minsk. ¿Que puedes decir? Hay una cuestión de confianza. Y la confianza, por supuesto, es casi cero. (…) Resulta que nadie iba a cumplir con todos estos acuerdos de Minsk y el punto era solo hinchar a Ucrania con armas y prepararla para las hostilidades. Después de una declaración como esa, surge la pregunta de cómo negociar, sobre qué, y si se puede negociar con alguien, y dónde están las garantías”. Respecto a la guerra en Ucrania, Putin declaraba que «Habrá que llegar a un acuerdo al final, de todos modos. He dicho muchas veces que estamos listos para estos acuerdos, estamos abiertos, pero esto nos hace pensar con quién estamos tratando».

La portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, María Zajárova, cargaba más las tintas. Las confesiones de la excanciller “expresan lo horrible: el fraude como modus operandi de Occidente: maquinaciones, manipulaciones, todo tipo de distorsión de la verdad, el derecho y la justicia imaginables”.

Las manifestaciones de Ángela Merkel han servido para socavar la escasa credibilidad que, a ojos de Rusia, le quedaba a Occidente. Por lo tanto, como siempre a la hora de analizar cualquier hecho, tenemos que preguntarnos: ¿a quién favorecen en realidad? En primer lugar, parece que a Rusia. Putin se ha mostrado “decepcionado”: «Hablando con franqueza, no esperaba escuchar esto de la excanciller, porque siempre actué con la asunción de que el liderazgo de Alemania se comporta de forma sincera con nosotros». Lo expresado por Merkel acerca del auténtico papel que jugaron los acuerdos de Minsk permite a Rusia presentarse como víctima de un engaño por parte de Occidente y justifican no sólo la invasión de Ucrania, sino que le dan pie a Putin para afirmar que debería haber ocurrido antes.  

Ahora bien, Ángela Merkel es cualquier cosa menos tonta. Entonces, ¿por qué iba a hacer unas declaraciones que favorecieran a Rusia en la actual situación y que dejaran no sólo su credibilidad, sino la de Occidente, a ras de suelo? La respuesta a esta cuestión no es sencilla, porque Merkel incurre en varias contradicciones en la entrevista, como señala acertadamente el blog Moon of Alabama, y que darían para otro artículo. Por una parte, la excanciller afirma que los acuerdos se firmaron para que Ucrania ganara tiempo. Pero por otra, sostiene que su intención era la de evitar la guerra y que “El hecho de que esto no haya tenido éxito no significa que los intentos hayan sido erróneos”.

¿Cuándo tenemos que creer a Ángela Merkel? ¿Cuando dice que los acuerdos de Minsk se firmaron para que Ucrania ganara tiempo, o cuando defiende que su intención era la de evitar la guerra?

Además, los acuerdos de Minsk no se negociaron en el aire, tuvieron un contexto. La propia excanciller se pregunta cómo es posible que se aprobara la construcción del gasoducto Nord Stream 2 en esa coyuntura, y ella misma trata de responderse, aunque lo logra a medias: Ucrania concede gran importancia a seguir siendo un país de tránsito para el gas ruso, porque supone una fuente de ingresos nada desdeñable, y no quería ni oír hablar de un gasoducto que evitara su territorio. Así pues, la construcción del Nord Stream 2 suponía una afrenta política para Kiev. Por aportar un dato al respecto, en diciembre de 2019, Ucrania y Rusia firmaron un contrato de cinco años, por valor de 7.000 millones de dólares, por los derechos de tránsito del gas ruso a través de Ucrania.  En esa fecha, el 40% de los 200 bcm (miles de millones de metros cúbicos) de gas ruso con destino Europa cruzaba territorio ucraniano. 

Merkel recuerda que la aprobación la solicitaron las empresas constructoras al gobierno alemán y que, para rechazar la solicitud, el gobierno federal debería haber promulgado una ley ad hoc:tal negativa en combinación con el acuerdo de Minsk, en mi opinión, habría empeorado peligrosamente el clima con Rusia”. La alemana recuerda que en esa época – hablamos de 2015 – se peleaba por el gas ruso, no como ahora, en que “la gente a veces actúa como si cada molécula de gas ruso fuera del diablo”.

En cuanto a la famosa “dependencia” energética de Europa del gas proveniente de Rusia, que la construcción del Nord Stream 2 estaría fomentando, Merkel se defiende afirmando que “había menos gas disponible de Holanda y Gran Bretaña, y volúmenes limitados en Noruega”. Aunque lo cierto es que el modelo de negocio de Alemania se ha basado, durante décadas, en la energía barata, próxima y abundante procedente de Rusia, porque era lo más eficiente económicamente. Este marco también presentaba ventajas para Rusia, que tenía un cliente próximo al que suministrar las cantidades ingentes de energía que produce, y Europa necesita. Un modelo de negocio sustentado en la complementariedad económica de ambas regiones, que la geografía bendice, y que Putin quería afianzar y profundizar.

“Desde Lisboa hasta Vladivostok”: Putin visualiza una zona de libre comercio entre Rusia y la Unión Europea.

El 25 de noviembre de 2010, Vladimir Putin escribía un artículo en el Süddeutsche Zeitung, inmediatamente antes de un viaje a Alemania para reunirse con Ángela Merkel. En la pieza, Putin proponía “la creación de una comunidad económica armoniosa que se extienda desde Lisboa hasta Vladivostok. En el futuro, podríamos incluso considerar una zona de libre comercio o incluso formas más avanzadas de integración económica. El resultado sería un mercado continental unificado con una capacidad de billones de euros».

Putin subrayaba que «El estado actual de la cooperación entre Rusia y la Unión Europea no es consistente con los desafíos que enfrentamos. Para transformar la situación, debemos aprovechar las ventajas que ya existen y las posibilidades de progreso en la UE y Rusia». En concreto, Putin se refería a la reindustrialización de Europa: «Desde mi punto de vista, debemos abordar la cuestión de cómo podemos desencadenar una nueva ola de industrialización en todo el continente europeo». El presidente de Rusia se refería al acuerdo que estaba negociando con la Unión Europea y pedía valorarlo desde una perspectiva estratégica, a largo plazo, a 20, 30 o incluso 50 años en el futuro.

Precisamente una reindustrialización de Europa es lo que pretende evitar la administración de Joe Biden con la aprobación de la Ley para la Reducción de la Inflación. Una ley bautizada con un eufemismo, que incluye cientos de miles de millones de dólares en créditos fiscales y subvenciones para incentivar a las empresas europeas a trasladar sus fábricas a Estados Unidos, como analicé en un artículo anterior.

“Estados Unidos siempre apoya a sus aliados”. Ilustración: Liu Rui. Global Times.

En opinión del analista estadounidense Andrew Korybko, Putin creía que su visión era compartida por Ángela Merkel, a quien consideraba una estadista con altura de miras, y con quien había forjado una relación personal. Putin habla perfectamente alemán, al igual que Merkel ruso. Desde que se firmaron los acuerdos de Minsk, Putin pensó que Alemania presionaría a Ucrania para que los cumpliera y se transformara en ese puente tan deseable entre Rusia y la Unión Europea, dos economías absolutamente complementarias. Korybko opina que Merkel engañó a Putin, diciéndole lo que quería escuchar para ganar ese tiempo que Ucrania necesitaba para fortalecerse, tal y como ahora reconoce.

Fotografía:  Alexander Nemenov/AFP via Getty Images, publicada en Político.com

No creo que Merkel engañara a Putin, sino más bien ocurrió que Putin no podía creerse que una estadista de alto nivel no compartiera una estrategia tan evidente, con tan solo mirar el mapa, analizar la geografía y constatar la complementariedad de la economía rusa y la de la Unión Europea. Esa simbiosis que llevaba décadas funcionando satisfactoriamente para ambas partes, con unas infraestructuras para el transporte de energía plenamente desarrolladas, que se comenzaron a construir en los años 60 y que en la década de los años 70 cuajaron definitivamente a lomos de la Ostpolitik de Willy Brandt. El resultado: Alemania es la tercera economía exportadora del mundo, tras China y Estados Unidos.

A ojos de Putin, era imposible que Merkel despreciara la posibilidad de incrementar ese inmenso potencial para construir un coloso económico euroasiático que, con toda probabilidad, habría sido uno de los ejes principales del mundo multipolar que se está configurando. Así que Putin aguantó, mientras Ucrania bombardeaba a la población civil del Donbass, rusos como él, con la esperanza de que fraguara esa estrategia que creía compartir con Merkel. En agosto de 2015, Naciones Unidas estimaba en 4.700 la cifra de muertos en Donetsk y Lugansk. En esa fecha, Merkel decía que las sanciones a Rusia (por la anexión de Crimea) sólo se levantarían cuando cumpliera los acuerdos de Minsk, sin mencionar los bombardeos ucranianos. Un mensaje que fue repitiendo a lo largo de los años. En mayo de 2016, las víctimas llegaban a 9.000. En septiembre de 2018, la cifra ya rebasaba los 10.300 muertos. En enero de 2022, antes de que comenzara la invasión rusa, Naciones Unidas calculaba el número de víctimas en Donbass entre 14.200 y 14.400, de las cuales al menos 3.400 eran civiles.

En diciembre de 2021, Rusia advertía que Ucrania había concentrado 125.000 soldados cerca de la línea de contacto en el Donbass. En enero de este año, un mes antes de la invasión rusa, Denis Pushilin, el líder de la República de Donetsk, declaraba que desde hacía tres meses y medio venían observando la acumulación de tropas ucranianas. Es decir, poco antes de que se produjera la invasión rusa de Ucrania, tras ocho años de guerra civil, el gobierno de Kiev se estaba preparando para el asalto final al Donbass, y lo que hizo Rusia fue adelantarse a la ofensiva ucraniana. La negativa de Estados Unidos y la OTAN a negociar unas garantías de seguridad, reclamadas por escrito por Rusia en diciembre de 2021, encajan en este marco. La paciencia de Putin se agotó y el sueño de una unión económica euroasiática, que incluyera a Europa occidental, se volatilizó. Rusia decidió pivotar hacia el Este, sobre todo hacia China, pero también hacia India.   

Retirada de la política activa y escribiendo un libro de memorias, ¿por qué salta ahora Merkel con estas declaraciones? Y sobre todo ¿a quién terminan favoreciendo? En primer lugar, aparentemente a Rusia, dándole argumentos para dejar de fiarse definitivamente de Occidente, tras la trampa que supusieron los acuerdos de Minsk. Se entiende la renuencia de Putin a sentarse a negociar, si lo que se firma vuelve a quedarse en papel mojado: “Fool me once, shame on you. Fool me twice, shame on me”. Si me engañas dos veces, la culpa será mía.

Por otro lado, al desalentar a Putin de acudir a una mesa de negociación para resolver el conflicto en Ucrania, lo que está haciendo Merkel es alargar la contienda. ¿A quién favorece la prolongación del conflicto bélico? Claramente a su promotor: Estados Unidos. Cuanto más dure la guerra, cuantos más paquetes de sanciones aplique la Unión Europea a Rusia – ahora está preparando el noveno – más se profundizará la cuña que Estados Unidos lleva metiendo desde hace décadas entre la Unión Europea y Rusia. El objetivo está claro: dinamitar el proyecto geoestratégico que alentaba Vladimir Putin, la creación de una “comunidad económica armoniosa que se extienda desde Lisboa hasta Vladivostok”.

Esa es la meta de Estados Unidos: impedir el surgimiento de un coloso euroasiático que le haga sombra en su pretensión de alzarse como potencia hegemónica de un mundo unipolar, para seguir imponiendo su voluntad al resto del mundo. Por eso Ángela Merkel, a pesar de que pueda parecer que le echa un cable a Rusia con sus declaraciones, en realidad está colaborando con la hoja de ruta de la Casa Blanca.

Por último, si los acuerdos se firman para tomar ventaja estratégica sobre el adversario, escondiendo la voluntad de incumplirlos, o de salirse de ellos cuando interesa, cabe preguntarse cuál es el modelo de sociedad que proyectan quienes actúan de esa manera. ¿Es este el mundo basado en reglas del que tanto hablan? ¿Unas reglas que en realidad esconden trampas? Si los acuerdos no sirven más que para engañar al adversario, decaerá el interés en firmarlos y prevalecerá la ley del más fuerte. ¿Estos son los valores occidentales? ¿Este es el jardín del que habla Borrell? Yo diría más bien que nos adentramos en la ley de la jungla.

Democracia, libertad de expresión, valores occidentales y otras leyendas urbanas

1 de diciembre de 2022

A la gallina le dejan elegir la salsa en que la van a cocinar, pero seguro que acaba en la cazuela. De esta forma describía Eduardo Galeano las democracias occidentales en uno de sus libros. La gallina es, obviamente, la metáfora de la ciudadanía. Nos están tratando de convencer de que por introducir un papel en una urna cada cierto tiempo, dejándonos escoger entre distintos tipos de salsa, vamos a escapar de la cazuela, y nada más lejos de la realidad. Con el advenimiento de las redes sociales, se ha agudizado la faceta guiñolesca de la política: personajillos mediocres que simulan atizarse con una garrota con el fin de ganar adeptos para la causa… de quienes manejan sus hilos.  Las escaramuzas se organizan siempre en torno a temas accesorios, porque nadie está dispuesto a tratar lo que al titiritero no le interesa: el modelo económico, la distribución de la riqueza. Hay vacas sagradas que quedan fuera de la gresca. A este trampantojo lo llaman democracia y cualquier reminiscencia de su etimología – gobierno del pueblo – hace tiempo que se perdió.

Es cierto que, formalmente, hemos progresado desde los tres estamentos del feudalismo – nobleza, clero y campesinado – pero lo hemos hecho porque la sociedad es más compleja y porque en 1789 se cortaron algunas cabezas. Nos guste o no, “La violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva”, como dejó escrito Carlos Marx. Por lo que tenemos que preguntarnos quién está ejerciendo esa violencia, con mecanismos más sutiles, que en muchas ocasiones no precisan el derramamiento de sangre, para conseguir sus objetivos de manera más artera que en la sociedad feudal. Porque los objetivos de quienes detentan el poder económico siguen siendo los mismos que antes de que María Antonieta subiera al cadalso.

Para pasar de los estamentos a los parlamentos se derramó mucha sangre, pero los campesinos se transformaron en asalariados a los que extraer la plusvalía de otro modo. De los reyes absolutistas pasamos al sufragio universal, pero es nuestro deber preguntarnos si el derecho al voto en unas elecciones, con un sistema de partidos muy reglado y listas cerradas, significa realmente que el pueblo decida su destino. O si lo siguen decidiendo los de siempre: los que nunca se presentan a las elecciones, porque no les hace falta. Cuenta Naomi Klein en “La doctrina del shock” que, tras asumir Nelson Mandela el cargo, “en las dependencias presidenciales se solía comentar, a modo de broma: “¡Eh, tenemos el Estado! ¿Dónde está el poder?”. El capítulo que la periodista canadiense dedica a cómo se gestionó la transición en Sudáfrica, tras la victoria del ANC, el partido de Mandela, es paradigmático a la hora de exponer cómo ganar unas elecciones no significa, ni mucho menos, alcanzar el poder.

En las democracias, tener el gobierno no significa tener el poder. Existen escasísimas excepciones, que son sometidas a todo tipo de presiones para hacerlas descarrilar, precisamente por parte de ese Occidente que presume de valores democráticos: de entrada, se les niega su carácter democrático. Las elecciones sólo son “libres” cuando ganan los candidatos prooccidentales; si no, es que ha habido pucherazo. Tampoco se respeta el derecho de cada pueblo a organizarse como les parezca conveniente. Todos deben de ajustarse a la receta occidental, como si eso fuera garantía de que gobernara el pueblo. Posteriormente, a los díscolos se les aplican sanciones económicas, embargos, confiscación de activos, de las reservas de oro, etc. Se busca quebrar su economía para que vuelvan al paradigma ortodoxo: el capitalismo, dentro de los esquemas occidentales. Fuera de estos casos, en que los gobernantes se afanan en construir un modelo económico que priorice las necesidades del pueblo, tener el gobierno significa trabajar para el poder, que no es lo mismo que tenerlo.

Parte de esa tarea consiste en enmarcar los hechos con una determinada narrativa, como está ocurriendo con la invasión de Ucrania, donde se ha desatado otra guerra paralela: la del relato. Una contienda al menos tan importante como la del campo de batalla, puesto que la construcción del marco adecuado es fundamental a la hora de conquistar las mentes de la ciudadanía, tal y como reconocía recientemente Josep Borrell.

El relato con el que nos están bombardeando los gobiernos occidentales y sus medios de comunicación es de brocha gorda: en Ucrania asistimos a una contienda entre la democracia y las autocracias rusa y china, personificadas por Vladimir Putin y Xi Jinping. Una batalla en la que nos jugamos la libertad colectiva de Occidente, frente a las amenazas autoritarias provenientes de Eurasia y el riesgo de que la invasión rusa vaya más allá de Ucrania. Es por ello que debemos asumir la pérdida de prosperidad que este enfrentamiento nos va a provocar – el ajuste será duro,  Borrell dixit – al renunciar a la energía barata, próxima y abundante procedente de Rusia, porque el objetivo merece la pena: seguir viviendo en democracia y libertad, como las que disfrutamos ahora en Occidente.

El 10 de octubre, el jefe de la diplomacia europea regañaba a los embajadores que la Unión Europea tiene destacados por el mundo porque, a su juicio, no hacían los esfuerzos suficientes para transmitir el relato con el que Bruselas quiere justificar las políticas que está aplicando en relación con el conflicto en Ucrania: “La comunicación es nuestro campo de batalla. No peleamos con armas, gracias a Dios. Pero tenemos que luchar en comunicación (…) Esta es una batalla que no estamos ganando porque no estamos peleando lo suficiente. Es una pelea. Además de conquistar espacios, hay que conquistar las mentes”.

Así pues, se nos trata de convencer de que las democracias occidentales y su sistema de partidos, con listas cerradas, que concurren a elecciones con programas electorales que sistemáticamente incumplen, son el sistema político en el que la ciudadanía manda. Nada más lejos de la realidad.

Como señalé en el artículo anterior, una decisión estratégica con las consecuencias que describe Borrell – pérdida de la prosperidad y reestructuración de la economía, con ajuste duro – debería haber sido objeto de debate público. Desconectarnos de los tubos que mantienen con vida a la economía europea – los gasoductos y oleoductos provenientes de Rusia – sin disponer de una alternativa para reemplazar en su totalidad ese suministro, constituye una temeridad que las élites están cometiendo sin consultar a la ciudadanía. Si se nos está advirtiendo de la posibilidad de apagones, racionamiento de la energía y de planes de emergencia para retirar efectivo de los cajeros, es que no hay alternativa a la energía proveniente de Rusia, por mucho que algunos se empeñen en convencernos de lo contrario, como Olaf Scholz.

Si vivimos en democracia ¿por qué no se consulta con la ciudadanía la toma de decisiones que nos afectan directamente, en asuntos tan fundamentales como mantener nuestros hogares calientes en invierno o disponer de energía eléctrica?  ¿Por qué no se nos ha consultado sobre la conveniencia de adoptar las sanciones contra Rusia, dictadas por Estados Unidos, que han provocado la crisis energética y un incremento desbocado de la inflación? ¿Por qué no se nos pregunta si estamos de acuerdo con desindustrializar Europa, en beneficio de Estados Unidos, al trasladarse las empresas europeas al otro lado del Atlántico debido a sus menores costes energéticos? Las consecuencias de las decisiones políticas tomadas al margen de la ciudadanía están repercutiendo no en las élites que las han tomado, que tienen el riñón bien cubierto, sino en la población, cuya opinión ha sido ignorada. ¿Qué tipo de democracia es ésta?

El vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, ha declarado que «la política fiscal (de los gobiernos nacionales) no debe contradecir al Banco Central Europeo». Como acertadamente señala Juan Torres López, “Aunque lo que viene ocurriendo sea que poderes no democráticos se impongan sobre parlamentos y gobiernos, decir que eso es lo que debe ocurrir y que los parlamentos solo pueden aprobar Presupuestos Generales que no contradigan lo que establezca el banco central, una autoridad no elegida por nadie, es una fractura material de la democracia”. Y que eso lo diga el vicepresidente de la Comisión Europea, delata cuál es el concepto de “democracia” con el que trabajan en Bruselas.

Los dirigentes de la Unión Europea no sólo no nos han consultado sobre el rumbo que han emprendido, sino que están obsesionados con acallar las opiniones en contra de sus decisiones, con suprimir las narrativas que cuestionan su relato de brocha gorda o los mensajes que contradicen sus políticas. Los medios de comunicación rusos fueron los primeros en sufrir la censura, al suspender la Unión Europea las emisiones de RT en español y Sputnik news en su territorio. Una medida que ya critiqué en un artículo anterior. Bruselas no podía tolerar que la ciudadanía tuviera acceso a un punto de vista distinto sobre lo que está sucediendo en la guerra de Ucrania. Nos tratan como a niños a los que hay que proteger de la “desinformación”. Les aterra la posibilidad de que la ciudadanía acceda a informaciones distintas a las de los medios occidentales para formarse una opinión, porque el objetivo, como dice Borrell, es “conquistar las mentes”. Su concepto de “ciudadanos libres” es el de aquellos que sólo reciben información desde un emisor, y todos los demás se censuran o se demonizan, o son tildados de propaganda, “fake news” o desinformación. Y no hablamos únicamente de los medios de comunicación rusos. Nos referimos a las personas y medios que se salen del relato diseñado en la Casa Blanca – y repicado por la Unión Europea y sus respectivos altavoces mediáticos – que están sufriendo acoso y derribo en las redes sociales y difamaciones personales en los medios. 

En una nueva vuelta de tuerca a la maltrecha libertad de expresión, la Unión Europea ha aprobado, el 19 de octubre, el Reglamento de Servicios Digitales, donde la palabra “desinformación” aparece trece veces. Según leemos en la nota de prensa del Parlamento Europeo, “Las plataformas en línea muy grandes deberán cumplir con obligaciones más estrictas en virtud de la Ley de Servicios Digitales, en proporción a los importantes riesgos sociales que plantean al difundir contenido ilegal y dañino, incluida la desinformación”.  Asimismo, la Ley prevé la aplicación de “Medidas especiales en tiempos de crisis: cuando ocurre una crisis, como una amenaza a la salud o la seguridad pública, la Comisión puede requerir a las plataformas muy grandes para que limiten cualquier amenaza urgente en sus plataformas. Estas acciones específicas se limitan a tres meses”.

Según Borja Adsuara, abogado experto en comunicación digital, en la práctica la Ley “da una base legal a las actuaciones que llevó a cabo la Comisión respecto de la desinformación durante la pandemia del Covid y la propaganda rusa en la invasión de Ucrania. En la práctica permite una censura indirecta por la Comisión y los Gobiernos más allá de esos 3 meses”, según leemos en su cuenta de Twitter.

Bruselas también se muestra muy preocupada por los delitos de incitación al odio y exige a las plataformas y a los buscadores en línea que evalúen lo que califica de “riesgo sistémico”. También califica de “riesgo” la difusión de contenidos con “efectos negativos reales o previsibles sobre los procesos democráticos, el discurso cívico y los procesos electorales, así como la seguridad pública”.

¿Quién decide qué es un delito de incitación al odio y cuáles son los presuntos efectos negativos – reales o previsibles – de los contenidos en línea sobre los procesos democráticos? Es todo de una subjetividad que aterra. Pero la Unión Europea no se para ahí. En la presentación del Plan de Acción para la Democracia Europea podemos leer un texto digno de un publicista: “En una democracia saludable y próspera, los ciudadanos pueden expresar libremente sus puntos de vista, elegir a sus líderes políticos y opinar sobre su futuro. (…) Los medios de comunicación libres, el mundo académico y la sociedad civil deberían poder desempeñar su papel en la estimulación de un debate abierto, libre de interferencias malignas, ya sean extranjeras o nacionales”.

Si vivimos en una democracia saludable y próspera, ¿por qué no dejan opinar a la ciudadanía sobre nuestro futuro? ¿Por qué la Comisión Europea se arroga la potestad de decidir cuáles son las “interferencias malignas”? ¿Acaso nos consideran menores de edad que necesitan un tutor que nos muestre cuál es el bien y cuál es el mal? Si podemos expresar libremente nuestros puntos de vista, ¿por qué se suspenden las cuentas en redes sociales que sostienen puntos de vista discordantes con la versión oficial?

En junio de este año Věra Jourová, vicepresidenta para Valores y Transparencia, presentaba un código reforzado de prácticas sobre la desinformación con estas palabras: “Este nuevo Código contra la desinformación llega en un momento en que Rusia está utilizando la desinformación como arma como parte de su agresión militar contra Ucrania, pero también cuando vemos ataques a la democracia en general”.

El último episodio de desinformación, que casi desata la tercera guerra mundial, no provino de Rusia, sino de la agencia Associated Press. El 15 de noviembre, AP publicaba que Un alto funcionario de inteligencia de Estados Unidos dice que misiles rusos cruzaron a Polonia, miembro de la OTAN, y mataron a dos personas”. Finalmente, la propia Casa Blanca descartaba la procedencia rusa y los misiles resultaron haber sido disparados por la defensa antiaérea de Ucrania. El periodista que escribió la nota fue despedido – hacía falta una cabeza de turco – pero lo relevante es que la información fue sometida a la opinión de dos editores, antes de ser publicada, y uno de ellos se mostró partidario de sacarla, como así fue, con el argumento de que “no podía imaginarse que un oficial de inteligencia de Estados Unidos pudiera equivocarse en un asunto así”. Este editor ha conservado su puesto de trabajo, a pesar de que parece dispuesto a publicar cualquier cosa que le filtre la CIA, sin contrastar la información. La pregunta obvia es: ¿por qué ese oficial de inteligencia estadounidense “plantó” esa falsedad en la agencia AP? ¿Pretendía involucrar directamente a la OTAN – indirectamente ya lo está – en la guerra de Ucrania, a través de su famoso artículo 5, que establece que si cualquier miembro es atacado, los demás actuarán en su defensa?

 

La respuesta nos conecta con los tan cacareados valores occidentales que sirven de coartada a Estados Unidos y sus vasallos para colocarse en un plano de superioridad moral sobre sus antagonistas euroasiáticos. Esos valores con los que se les llena la boca constantemente: democracia, libertad de expresión, derechos humanos, mercado libre, libertad individual. Unos valores que constantemente pisotean y a los que sin embargo se adhieren, para envolverse de legitimidad.

El ejemplo más actual de cómo los paladines de los valores occidentales se limitan a defenderlos en la arena mediática, que no en la realidad, nos lo proporciona el caso de Julian Assange. El 2 de noviembre, el Secretario de Estado Antony Blinken tuiteaba que “Ningún miembro de la prensa debe ser amenazado, acosado, atacado, arrestado o asesinado por hacer su trabajo. En el Día Internacional para Poner Fin a la Impunidad de los Crímenes contra Periodistas, nos comprometemos a seguir protegiendo y promoviendo los derechos de una prensa libre y la seguridad de los periodistas”.

Esto lo tuitea un miembro del gobierno que está intentando extraditar a un periodista australiano desde el Reino Unido, donde lleva encarcelado tres años y medio, sometido a tortura psicológica según un experto de la ONU, a los que se suman los siete años que pasó tratando de evitar la extradición desde la embajada de Ecuador en Londres, una situación que fue calificada como detención arbitraria por un panel de Naciones Unidas. Julian Assange está atravesando este calvario por publicar los crímenes de guerra que militares de Estados Unidos y el Reino Unido cometieron en Irak y Afganistán. Un “crimen” por el que se podría enfrentar a 175 años de cárcel en Estados Unidos.

Por si quedaba alguna duda de cómo promueve la Casa Blanca la defensa de la libertad de prensa y la seguridad de los periodistas, esos valores occidentales que estamos defendiendo las democracias frente a Rusia en Ucrania, el 17 de noviembre el Departamento de Estado otorgaba la inmunidad al príncipe saudita Mohammed bin Salman, al mismo tiempo que condenaba el “odioso crimen” del periodista Jamal Khassoggi. La novia del periodista y un grupo de derechos humanos fundado por Khassoggi habían presentado una demanda contra el príncipe saudita. En su campaña electoral, Biden prometió que convertiría a Arabia Saudita en un Estado “paria” tras el asesinato del periodista del Washington Post. Tras tomar posesión, Biden leyó un informe de la CIA que atribuía a MBS la orden de asesinar a Khashoggi, que habría ejecutado el jefe de seguridad personal del ahora primer ministro de Arabia Saudita. Un cargo que asumió en septiembre, y que sería la causa del otorgamiento de la inmunidad.

La lista de ejemplos de cómo esos valores occidentales son de quita y pon darían para escribir no un artículo en un blog, sino libros enteros. Pero rematemos con la manera en que se caracteriza el gobierno de Zelenski en Ucrania. Según Úrsula von der Leyen, «En Ucrania la democracia se enfrenta a la autocracia». Sin embargo, desde el comienzo de la invasión rusa, en Ucrania se han ilegalizado doce partidos políticos, la mayoría de izquierdas, por decreto presidencial: el Bloque de Oposición – el principal partido de la oposición al gobernante Servidor del Pueblo –, el Partido Socialista de Ucrania, el Partido Comunista de Ucrania, Socialistas, Justicia y Desarrollo, Nashi, el Bloque de Volodímir Saldo, la Oposición de Izquierdas, el Partido de Sharí, la Unión de Fuerzas de Izquierdas, la Plataforma de Oposición-Por la vida, y el Partido Socialista Progresista de Ucrania. 

El 21 de marzo, un mes después del comienzo de la invasión, Zelenski firmó otro decreto presidencial por el que ordenó “combinar todos los canales de televisión nacionales, cuyo contenido de programación consiste principalmente en programas de información y/o de análisis de información, en una única plataforma de información de comunicación estratégica”. La plataforma lleva el nombre de “United News”.

El 8 de abril, tras reunirse en Kiev con Zelenski, la presidenta de la Comisión Europea, le prometió acelerar el proceso para que Ucrania se convierta en miembro de la Unión Europea, porque “comparte los valores” de la UE. ¿Ilegalizar partidos políticos y acabar con la pluralidad informativa son los valores compartidos entre Ucrania y la Unión Europea?

La World Government Summit es un evento que se celebra anualmente en Dubai. Según su sitio web, el tema de este año era “Dando forma a los futuros gobiernos” y prometía reunir “a líderes de opinión de todo el mundo para dar forma a la próxima generación de gobiernos”. Uno de los paneles fue denominado “¿Estamos listos para un nuevo orden mundial?”. Unos meses después, en la reciente cumbre de la APEC (Foro de Cooperación Asia – Pacífico), Emmanuel Macron se despachó con la siguiente advertencia: “Necesitamos un único orden global”. ¿Nos van a consultar las élites acerca de sus planes para este nuevo orden mundial o van a seguir decidiéndolo todo en nuestra democracia consolidada?

 

¿A quién beneficia la voladura de los gasoductos Nord Stream?

17 de octubre de 2022

El 12 de noviembre de 2015, la gasista estatal rusa Gazprom informaba del hallazgo de un “objeto de munición” junto al gasoducto Nord Stream, a 40 metros de profundidad. El artefacto, que resultó ser un destructor de minas perteneciente a la OTAN, como Gazprom acaba de recordar, fue retirado por el ejército de Suecia, ya que fue encontrado en la Zona Económica Exclusiva sueca. La empresa agradecía su colaboración a las fuerzas armadas suecas y el asunto no despertó reacción alguna. Alguien debió haber olvidado ese destructor de minas en algunas de las maniobras que la OTAN viene celebrando en el Mar Báltico desde 1972, denominadas “Baltops”, a las órdenes de la Armada de Estados Unidos.

Destructor de minas Seafox encontrado junto al gasoducto Nord Stream 1 en el año 2015. Ilustración: Top War.

Siete años después del hallazgo del destructor de minas junto al Nord Stream 1, el sabotaje a una infraestructura energética de la que dependían dos quintas partes de sus importaciones de gas, sólo puede calificarse de acto de guerra contra la Unión Europea. Las explosiones que volaron los gasoductos Nord Stream 1 y 2, para las que fueron precisos cientos de kilos de dinamita, según un informe enviado a la ONU por Dinamarca y Suecia, coincidieron con la inauguración del “Baltic Pipe”, un gasoducto que permitirá el envío de 10.000 millones de metros cúbicos, o 10 bcm, (billion cubic meters) de gas anuales desde Noruega a Polonia, atravesando Dinamarca y el Mar Báltico.

Recorrido del gasoducto Baltic Pipe. Ilustración: Expronews.com

“Cui prodest scelus, is fecit”. Fue Séneca quien utilizó esta expresión en su tragedia “Medea”. “Aquel a quien beneficia el crimen, fue quien lo cometió”, sería la traducción. Veamos ahora a quién beneficia dañar unos gasoductos que permitían que la Unión Europea y, significativamente, Alemania, tuvieran la posibilidad de seguir importando gas desde Rusia, en el caso de que se produjera un vuelco en sus actuales posiciones. Esta hipótesis resulta muy remota en este momento, pero tampoco es descartable que pudiera materializarse en un futuro, teniendo en cuenta que no existe en el mercado gas suficiente para reemplazar las importaciones provenientes de Rusia, como señalé en un artículo anterior.

Quienes quiera que hayan sido los autores de lo que Suecia, tras haber analizado los daños, ha descrito como “sabotaje”, con la participación de actores estatales, estaría buscando que Alemania se encontrara ante la imposibilidad física de importar gas desde Rusia a través de dos gasoductos que, conjuntamente, podrían suministrar 110 bcm de gas al año, según un informe del Congreso de Estados Unidos. Compárese esta cantidad con los 10 bcm anuales que Noruega va a enviar a Polonia a través del “Baltic Pipe”.

El 7 de febrero, Joe Biden advertía que si Rusia invadía Ucrania, “entonces ya no habrá más un Nord Stream 2. Le pondremos fin”. A preguntas de una periodista sobre cómo pensaba evitar Estados Unidos el uso de una infraestructura cuya autorización administrativa dependía de Alemania, el presidente de Estados Unidos se limitó a decir que encontrarían la manera de hacerlo. A su lado, impávido, se encontraba Olaf Scholz. Mi impresión es que Angela Merkel no habría tolerado una injerencia de este nivel, como hizo Scholz, que se limitó a hablar de unidad cuando los periodistas le preguntaron por el futuro del gasoducto.

El 30 de septiembre, cuatro días después del presunto sabotaje, el Secretario de Estado, Antony Blinken, afirmaba en una rueda de prensa que la voladura de los gasoductos “Es una gran oportunidad para eliminar de una vez por todas la dependencia de la energía rusa”.

El 2 de octubre, Douglas Macgregor, un coronel retirado, asesor del Pentágono con Donald Trump, declaró en referencia a los ataques a los gasoductos que “Tienes que ver quiénes son los actores estatales que tienen la capacidad de hacer esto, y eso significa la Marina Real, la Marina de los Estados Unidos, las operaciones especiales”. Washington calificó de “vuelo de rutina” la presencia de un avión de reconocimiento de la Marina estadounidense, sólo horas después, sobre la zona del Mar Báltico donde ocurrieron las supuestas explosiones. En la misma línea, el economista Jeffrey Sachs, uno de los responsables de aplicar la terapia de shock en la Rusia de Yeltsin, también opinó que lo más probable es que Estados Unidos estuviera detrás de los ataques: “Sé que esto va en contra de nuestra narrativa, no se permite decir estas cosas en Occidente, pero el hecho es que, en todo el mundo, cuando hablo con la gente, piensan que Estados Unidos lo hizo”, declaró en una entrevista con Bloomberg, ante los aspavientos de quien le hacía las preguntas.

El mismo día de los ataques a los gasoductos, Radek Sikorski, un eurodiputado polaco que preside la delegación Unión Europea – Estados Unidos, publicaba un tuit en el que, sobre la foto de la fuga de gas en el Mar Báltico, daba las gracias a Estados Unidos. Sikorski tuvo que renunciar como ministro de Asuntos Exteriores de Polonia tras un escándalo: se fue de la lengua en un restaurante y la conversación fue grabada. Radek Sikorski borró el tuit posteriormente.

Sikorski es el marido de Anne Appelbaum, columnista del Washington Post y The Atlantic; miembro del Council of Foreign Relations; integrante de CEPA, un think tank subvencionado por el Departamento de Estado, por fabricantes de armas y por el National Endowment for Democracy, al que también pertenece Appelbaum. El NED es uno de los organismos estadounidenses que impulsó la revolución naranja en Ucrania, en 2004, y el golpe de Estado del Maidán, en 2014. Appelbaum se ha mostrado partidaria de derrotar y humillar a Putin como única salida a la guerra de Ucrania, despreciando la diplomacia.

Estados Unidos se ha convertido este año en el primer exportador de gas licuado del mundo, y ya es el primer exportador de gas a Europa, desbancando a Rusia. Como vemos en este gráfico de la US Energy Information Administration, las exportaciones de Estados Unidos han venido experimentando un aumento espectacular desde hace unos pocos años. Las sanciones de la Unión Europea a Rusia y la consiguiente respuesta del Kremlin, en forma de disminución de las exportaciones, han elevado a Estados Unidos al puesto de primer proveedor de gas al club del euro.

Noruega es otra de las beneficiadas de los ataques a los gasoductos rusos. El país nórdico ya es el primer suministrador europeo de gas a la Unión Europea, asociación a la que no pertenece. Sin embargo, el aumento del 8% en sus exportaciones, hasta alcanzar un 20% del gas que recibe la UE, se queda en la mitad del 40% que le aportaba Rusia. Noruega se beneficia de un incremento en sus exportaciones, a un precio mucho más caro, pero la Unión Europea sigue quedando en una posición precaria.

Recorrido y lugar de los ataques en los gasoductos Nord Stream 1 y 2. Días después, Suecia encontró una cuarta fuga en el Nord Stream 2. Ilustración: The Cradle.

Según fuentes citadas en The Cradle, Alemania y Rusia estarían negociando en secreto la reactivación de los gasoductos Nord Stream antes de que se produjera el sabotaje. Esta posibilidad tiene sentido, ya que los exportadores actuales carecen de la capacidad de producción necesaria para reemplazar el gas que Rusia suministraba a la Unión Europea. El gasoducto Baltic Pipe sólo puede aportar 10 bcm de gas adicional, procedente de Noruega. Eso es menos del 10% del gas que llegaba a Europa desde Rusia, antes de iniciarse la guerra en Ucrania.  

El año pasado, Estados Unidos exportó 22 bcm de gas a la Unión Europea. Rusia, por su parte, exportó 155 bcm. Aunque Joe Biden se comprometió ante Úrsula von der Leyen a aumentar las exportaciones de gas en 15 bcm anuales, aunque pudiera llegar a esa cifra, algo que descartan hasta los medios occidentales, no compensaría ni por asomo la cantidad que la Unión Europea recibía de Rusia. A Estados Unidos no le importa ser incapaz de reemplazar los suministros que recibía la UE desde Rusia, porque su objetivo es desvincular a la Unión Europea de la estación de servicio más cercana, Rusia, para que se quede sin energía y hundir a ambos.

Siguiendo con los posibles beneficiados por la voladura de los gasoductos rusos, en medios occidentales hemos llegado a leer que sería la propia Rusia la que obtendría un beneficio por la destrucción de las canalizaciones. Según estas interpretaciones, al haber saboteado sus propios gasoductos, el mensaje que habría enviado Rusia a Occidente sería que: “cuidado, tengo la capacidad de destruir tus gasoductos”. Con más de 60 submarinos a su disposición, no creo que Rusia necesite destrozar la infraestructura que tanto le costó construir para enviar ese recado.

Otras hipótesis hablan de submarinos rusos “suicidas”. Citando fuentes tan imparciales como los servicios de inteligencia británicos, leemos que Rusia dispone de capacidad para haber volado los gasoductos, pero en ningún momento justifica el artículo la motivación que podría tener Rusia para hacerlo. Eso sí, el autor nos recuerda que la CIA ya había advertido al gobierno de Alemania sobre posibles ataques a las tuberías, semanas antes de que ocurrieran. La mera advertencia tampoco proporciona una motivación creíble que justificara la destrucción de una formidable palanca de presión por parte de quien la construyó.

¿Qué interés podría tener Rusia en dinamitar unas infraestructuras que le permiten presionar a la Unión Europea con tan sólo abrir o cerrar el grifo? El gasoducto Nord Stream 2, propiedad de  Gazprom, en cuya construcción participaron también empresas europeas, tuvo un coste de 11.000 millones de dólares y tuvo que sortear un aluvión de sanciones estadounidenses para ser construido. Hace sólo tres años, Ángela Merkel se posicionó “en contra de las sanciones extraterritoriales” contra el proyecto, y su ministro de Exteriores, Heiko Maas, las calificó de “interferencia en las decisiones autónomas tomadas en Europa».

¿Por qué iba Rusia a dañar una infraestructura que podría ser utilizada en un futuro, si las actuales tornas cambiaran? En el hipotético caso de que hubiera decidido dinamitarlo ¿por qué habría de hacerlo en una zona del Mar Báltico tan cercana a Dinamarca, Polonia y Suecia, estrechamente vigilada por la OTAN? Pero sobre todo, ¿por qué iba a hacer algo Rusia que supusiera otorgarle una ventaja a Estados Unidos, algo que beneficiara a quien alimenta la guerra contra ella en Ucrania, en detrimento propio?

Putin anunció el 12 de octubre que Rusia podría redirigir los suministros destinados a los gasoductos dañados al Mar Negro, para crear un centro de distribución de gas en Turquía, o incluso usar la única parte intacta del Nord Stream 2 para abastecer a la Unión Europea. Putin también señaló que estimaba posible reparar los gasoductos y que debía ser la Unión Europea la que eligiera su destino: «Rusia está lista para comenzar tales entregas. La pelota, como dicen, está en la cancha de la Unión Europea», afirmó el presidente de Rusia. Esta nueva proposición es incompatible con la hipótesis de un ataque de Rusia a sus propias infraestructuras de distribución de gas.

Conviene recordar que Estados Unidos lleva persiguiendo desconectar a la península europea de Rusia, en términos energéticos, desde los años 60 del siglo pasado. Como documenté en un artículo en marzo, fue John Fitzgerald Kennedy quien promulgó un embargo que afectaba al suministro de tuberías de formato ancho a la URSS, que entonces construía el oleoducto “Druzhba” (Amistad), que sigue siendo el más largo del mundo. Las sanciones estadounidenses tuvieron un efecto indeseado: fomentaron el desarrollo industrial de los países del bloque del Este y el oleoducto se completó en 1964, llevando el petróleo ruso a Alemania, Polonia, Checoslovaquia y Hungría.

Ilustración: eleconomista.es

Estados Unidos lo volvió a intentar veinte años más tarde. En 1981, Ronald Reagan prohibió la venta de alta tecnología a la URSS, ampliando la lista de productos que necesitaban autorizaciones especiales para ser exportados. En aquella ocasión, Alemania se plantó: el gasoducto previsto entre Rusia y Europa se construiría con o sin la aprobación de los Estados Unidos. Y no sólo Alemania, Francia también. Hasta el Reino Unido desafió a su antigua colonia. Margaret Thatcher declaró que Gran Bretaña se sentía “profundamente herida” por las sanciones “de un amigo”. En junio de 1982, la Comisión Económica Europea declaró ilegal la extensión de las sanciones que Estados Unidos impuso a sus subsidiarias en Europa. La construcción del gasoducto era vista como la oportunidad para revitalizar la industria del acero y la ingeniería europeas, así como una manera de diversificar las fuentes de energía, al margen de la OPEP. Las sanciones de Estados Unidos, de haber sido aceptadas, habrían supuesto el incumplimiento de contratos con la Unión Soviética, algo que Margaret Thatcher declaró que no estaba dispuesta a hacer, pero no por eso, sino porque hubiera supuesto ahogar las posibilidades de crecimiento económico de Europa.

El gasoducto objeto de las sanciones estadounidenses ha tenido una vida accidentada. El 7 de mayo de 2007, una explosión destruyó una sección de 30 metros en un punto situado 100 kilómetros al sur de Kiev, Ucrania. El 12 de mayo de 2014 dos explosiones, que los servicios secretos de Ucrania calificaron de actos terroristas, causaron daños en el gasoducto. Sólo un mes después, el Ministerio del Interior ucraniano atribuyó a una bomba otra explosión que voló el gasoducto en la región de Poltava. Meses antes, Dmytro Yarosh, el líder de “Pravy Sektor” (Sector Derecho, un partido neonazi ucraniano) había amenazado con destruir el gasoducto “para evitar la Tercera Guerra Mundial”.

La disminución de las exportaciones de gas desde Rusia a la Unión Europea – una reacción a las sanciones impuestas por Bruselas – se ha traducido en un incremento exponencial de los precios del gas en Asia y en Europa. No así en Estados Unidos, como productor y exportador de gas que es, tal y como vemos en este gráfico.

Los precios de referencia del gas han subido como un cohete en Asia y Europa. Ilustración: Bloomberg.

El 6 de octubre, la agencia Euroefe recogía el malestar de varias capitales europeas por los altísimos beneficios que estaban obteniendo Estados Unidos y Noruega en sus exportaciones a la Unión Europea, afeándoles su falta de “solidaridad” en momentos de grave crisis energética. El ministro de Economía de Alemania se sumaba ese día a la petición de Polonia de abrir una negociación para reducir los precios del gas que la UE importa de EE.UU. y Noruega. Robert Habeck se quejaba de que “Algunos países, incluso amigos, están consiguiendo precios astronómicos en algunos casos”, y continuaba diciendo que “Esto conlleva naturalmente problemas, acerca de los cuales es necesario hablar”.

Cinco días más tarde, el 11 de octubre, Bruno Le Maire, ministro de Economía de Francia, intervino en el debate presupuestario en la Asamblea Nacional. Su mensaje fue muy claro: “Tampoco es conveniente que dejemos que el conflicto en Ucrania resulte en la dominación económica estadounidense y el debilitamiento europeo. No podemos aceptar que nuestro socio estadounidense venda su gas natural licuado a un precio cuatro veces superior al que se lo vende a sus propias empresas. Un debilitamiento económico de Europa no le interesa a nadie. Un debilitamiento económico de Europa no interesa a nuestros socios americanos. Debemos encontrar relaciones económicas más equilibradas en el tema energético entre nuestros aliados americanos y el continente europeo”.

Los dirigentes europeos parecen aquejados de una grave miopía geopolítica. La invasión rusa de Ucrania, instigada por Estados Unidos desde el golpe de Estado del Maidán en 2014, y la política de sanciones iniciada por Washington desde la presidencia de Obama, tiene dos vertientes. Una, dirigida contra Rusia, busca hundir su economía, provocar un descontento popular y, en último término, un cambio de régimen para instalar una marioneta, al estilo de Yeltsin, que le permita esquilmar sus inconmensurables recursos naturales. La otra vertiente va dirigida contra la propia Unión Europea, con la ayuda inestimable de un Reino Unido que ya no forma parte de ella. Los efectos contraproducentes de las sanciones a Rusia, cuyas previsiones económicas acaban de ser revisadas al alza por el FMI, están abocando a la Unión Europea a la recesión. Por eso el ministro de Economía francés se equivoca cuando afirma que “Un debilitamiento económico de Europa no le interesa a nadie”. Al contrario, un debilitamiento económico de Europa es precisamente lo que está buscando Estados Unidos con su estrategia de desconectar a la Unión Europea de su principal proveedor energético.

Cuando Bruno Le Maire de repente se da cuenta de que Estados Unidos le está vendiendo el gas a la Unión Europea a un precio cuatro veces superior al que lo hace a las empresas estadounidenses, debería empezar a preguntarse si ese país al que denomina “socio” no es, en realidad, su enemigo. El enemigo de toda Europa.

¿A quién le interesa que Rusia deje de vender gas a Europa? Cui prodest scelus, is fecit.

Las sanciones a Rusia meten a la Unión Europea en un callejón sin salida

15 de septiembre de 2022

Estamos en manos de inútiles. La comparecencia de Christine Lagarde, el 8 de septiembre en Frankfurt, vino a confirmarlo. Por un lado, la presidenta del Banco Central Europeo anunció una subida del tipo de interés de 75 puntos básicos (0,75%), advirtió que se producirían más incrementos en cada una de las próximas reuniones del Consejo de Gobierno del BCE y declaró que el objetivo es reducir la inflación, hasta dejarla en el 2%. Sin embargo, en la eurozona, la inflación depende en un 42% de la oferta, en un 15% de la demanda, y en un 43% de la energía. Las subidas de tipos de interés sólo pueden actuar deprimiendo la demanda y, en menor medida, la oferta. Pero en ningún caso las subidas de los tipos de interés podrán frenar los precios del gas y del petróleo, que dependen de factores fuera del alcance de la política monetaria del BCE.

Por otro lado, la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, anunciaba el 29 de agosto una intervención de emergencia en el mercado eléctrico y una reforma estructural. Se lo está tomando con calma. Esta vez, los Estados van a tener que salir al rescate de la ciudadanía, siquiera parcialmente, para que podamos pagar los recibos de la energía eléctrica, que han subido de forma desorbitada. En Bruselas se está discutiendo la manera de repartir esos costes entre los Estados y las compañías eléctricas y, a juzgar por el discurso de la presidenta de la Comisión del 14 de septiembre, el conejo está todavía dentro de la chistera, bastante mareado: von der Leyen no pasó de anunciar generalidades.

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Estados Unidos desgaja a la Unión Europea de Eurasia, condenándola a la miseria

11 de julio de 2022

La OTAN se creó para “mantener a la Unión Soviética afuera, a los estadounidenses adentro y a los alemanes abajo”. Lo dijo el primer secretario general de la organización, el británico Lord Hastings Lionel Ismay, y el dato lo seguimos encontrando en el propio sitio web de la OTAN. A pesar de esta rotunda declaración de intenciones, los dirigentes de la Unión Europea acaban de someterse al último dictado de Washington, plasmado en el nuevo concepto estratégico de la organización militar. Su propósito no es otro que el de desgajar económicamente a la Unión Europea del resto del continente euroasiático, para hacerla depender de la potencia situada al otro lado del Atlántico. Así lo acaba de explicitar Mike Pompeo, exdirector de la CIA y exsecretario de Estado, en un reciente discurso en el Hudson Institute, uno de los muchos think tanks financiados por los fabricantes de armas (en este caso, por Lockheed Martin y Northrop Grumman): Debemos prevenir la formación de un coloso paneuropeo, euroasiático, que incorpore a Rusia pero dirigido por China. Para conseguirlo, debemos reforzar la OTAN, asegurarnos de que nada entorpece la entrada de Suecia y Finlandia”.

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