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Estados Unidos cosecha en Ucrania los efectos contrarios a los perseguidos

17 de mayo de 2024

Las sanciones debilitan a la Unión Europea y al dólar, no a Rusia

Con una excepción – Estados Unidos ha conseguido desconectar a la Unión Europea de la energía rusa que la alimentaba –  nada de lo planificado en Ucrania ha salido como soñaban los neoconservadores que dirigen la política exterior de Estados Unidos. Esos sociópatas que creen pertenecer a “la única nación indispensable”, según expresión de Barack Obama, destinada a liderar el mundo por designio divino: el dólar es la única moneda del planeta donde aparece inscrita la palabra “Dios”.

Los objetivos de la operación diseñada desde hace más de veinte años para hacer saltar a Rusia en Ucrania no sólo no se han alcanzado, sino que las consecuencias del proyecto han sido exactamente las contrarias de las que perseguían sus arquitectos. Entre ellos, la recién defenestrada Victoria Nuland, a quien algunos llaman “el monstruo de las galletas”, en alusión a las que repartía en Kiev durante el golpe de estado del Maidán.

Aquí van algunos datos que lo demuestran.

Fuente: Fondo Monetario Internacional. World Economic Outlook, abril 2024. https://www.imf.org/en/Publications/WEO/Issues/2024/04/16/world-economic-outlook-april-2024

Las sanciones han debilitado a la Unión Europea, no a Rusia, cuya economía crecerá a un ritmo superior al de todas las avanzadas, un 3,2% este año, según el Fondo Monetario Internacional. La economía rusa creció un 3,6% el año pasado, frente a un raquítico 0,4% de la eurozona y un 0,1% del Reino Unido. La alemana se contrajo un 0,3%.

La Unión Europea, con Alemania a la cabeza, se está desindustrializando. Por el contrario, Rusia se está reindustrializando, y no sólo en el segmento militar. Sobre una base mensual desestacionalizada, la producción industrial se disparó un 8,5%, según datos de Trading Economics de marzo de este año.

Producción industrial de Alemania: en caída desde 2017. Fuente: Robert Bryce at Substack.

Las sanciones han fracasado rotundamente a la hora de perjudicar las fuentes de financiación de Rusia, que tenían el objetivo de parar la máquina de guerra de Putin. Según informa Bloomberg, el gobierno ruso está obteniendo el doble de dinero proveniente de los ingresos del petróleo. El incremento del precio del crudo, provocado por las sanciones y la intervención de intermediarios para esquivarlas, y la dificultad para imponer el tope a su precio por parte de las aseguradoras, ha resultado en un aumento de los ingresos para Rusia. Todo lo contrario de lo que pretendían Estados Unidos y la Unión Europea.

Si Biden proclamaba que el rublo se iba a convertir en escombros gracias a las sanciones, pretendiendo ser gracioso con un juego de palabras intraducible (ruble – rubble), lo que ha conseguido es acelerar el proceso de desdolarización. Dediqué a este tema un artículo anterior, por lo que no me voy a extender. Baste decir que el economista Stephen Jen, un gurú del mercado de divisas, declaraba que “El dólar sufrió un colapso sorprendente en 2022 en su cuota de mercado como moneda de reserva, presumiblemente debido a su uso contundente en las sanciones”. La moneda estadounidense representa ahora alrededor del 58% del total de las reservas oficiales mundiales, frente al 73% en 2001, cuando era la «reserva hegemónica indiscutible».

Evolución del dólar como moneda de reserva. Fuente: Eurizon SLJ Capital.

Vladimir Putin sale reforzado frente a los debilitados líderes europeos

En lugar de haber forzado un cambio de régimen, Vladimir Putin ha salido reforzado. Su índice de aprobación se sitúa por encima del 85%, según el centro independiente Levada. Una cifra cercana al porcentaje de votos obtenido en las últimas elecciones presidenciales, el 87%, donde se registró una participación récord del 77%. Occidente sigue sin entender a Rusia. Sigue sin comprender que Vladimir Putin ha devuelto al pueblo ruso su dignidad, tras haberle sido arrebatada por Boris Yeltsin y su camarilla, al servicio de intereses foráneos. Los resultados electorales son prueba de ello. Otras narrativas, destinadas a socavar la imagen de Putin, y de Rusia en general, carecen de tracción fuera del ámbito occidental.

En negro, el índice de aprobación de Vladimir Putin. En azul, la desaprobación, apenas por encima del 10%. Fuente: levada.ru

Compárense estas cifras por las obtenidas por el candidato apoyado por occidente, Alexei Navalni, en un estudio realizado por el mismo centro demoscópico, Levada. En enero de 2023, sólo un 9% de los encuestados aprobaba las actividades de Navalni. Un 57% las desaprobaba, a un 11% le resultaba difícil contestar, y un 23% ni siquiera le conocía.

A pesar de que, tras su muerte, occidente en pleno se apresuró a culpar a Putin de haberle asesinado, el 27 de abril The Wall Street Journal publicaba que las agencias de inteligencia de Estados Unidos habían llegado a la conclusión de que Putin no había ordenado la muerte del “líder opositor”. Una categoría a la que le aupó occidente, que poco tenía que ver con la realidad.

¿Aprueba o desaprueba las actividades de Alexei Navalni? En negro, el índice de desaprobación.

Comparando el índice de aprobación de Putin con los líderes de la Unión Europea, el contraste es apabullante. En una encuesta realizada en diciembre de 2023, Scholz se quedaba en el 20% de aprobación, mientras que su partido, el SPD, alcanzaba sólo un 14% de intención de voto. Scholz obtenía así el respaldo más bajo cosechado por un canciller desde que se comenzó a realizar el sondeo, en 1997. El FDP, uno de los tres partidos que integra la coalición semáforo, se quedaría fuera del Bundestag, al no alcanzar el 5% requerido. La ultraderecha más nacionalista, AfD, Alternativa para Alemania, quedaría como segunda fuerza política, con un 21% de los votos, detrás de la CDU, con un 32%.

Resultado de la encuesta electoral realizada en Alemania en diciembre de 2023. Fuente: Deutsche Welle.

El ascenso del nacionalismo alemán, encarnado en la AfD, es el resultado de las políticas desplegadas por el gobierno de Olaf Scholz. En lugar de preocuparse de los intereses de Alemania, su gobierno ha acatado sin rechistar la agenda de Washington, lo que se ha traducido en la quiebra del modelo en el que se basaba la prosperidad de Alemania: el acceso a las fuentes de energía baratas, abundantes y próximas, suministradas por Rusia. Un amplio segmento de la población está harto de que su gobierno esté más preocupado por los intereses geopolíticos de Estados Unidos que por su propio bienestar. Sobre todo cuando le tocan la cartera.

¿Cuál está siendo la respuesta del gobierno ante el ascenso de un partido calificado de ultraderecha, que en enero ya alcanzaba un 23% de intención de voto? ¿Qué hacer ante un partido que ya encabeza las encuestas de intención de voto en Sajonia, Turingia y Brandeburgo, donde se celebrarán elecciones regionales en septiembre? Pues una muy democrática: plantearse su ilegalización.

El gobierno de Alemania no está preocupado por el discurso xenófobo y antiinmigración que enarbola AfD. Esa es la excusa para convocar manifestaciones que exigen su ilegalización. La verdadera inquietud radica en que AfD está a favor de iniciar conversaciones que conduzcan a la paz entre Ucrania y Rusia, con garantías de seguridad para ambos países, y eso sí que no se puede permitir. El 18 de enero, una moción de AfD en este sentido fue derrotada en el Bundestag (parlamento) con 605 votos en contra y sólo 75 a favor.

La guerra debe continuar, sí, pero sin poner en peligro las vidas de la ciudadanía europea. La OTAN se apresta a formalizar un documento en el que plasmará su rechazo a enviar tropas a Ucrania. Lo hará en su próxima cumbre, en julio, en Washington.

Antes de la victoria de Giorgia Meloni en 2022, la prensa europea vinculada a Bruselas agitó el mensaje de los peligros de la “ultraderecha”, demonizando a la actual primera ministra italiana. Sin embargo, una vez que Meloni asumió la agenda de Washington para Ucrania, y que se desvinculó de la Ruta de la Seda (era el único país de la UE vinculado con un acuerdo con China en ese marco), el alarmismo desapareció de los medios. El vicepresidente y ministro de Infraestructuras, Matteo Salvini, también vituperado en su momento, ha desaparecido igualmente del foco mediático. La ultraderecha sólo representa un peligro cuando pretende salirse del carril marcado por Washington, como es el caso de Alternativa para Alemania.

El índice de aprobación de otros líderes europeos también está por los suelos, exactamente por los mismos motivos: las sanciones a Rusia se han traducido en un deterioro palpable de las condiciones de vida de la población. Según datos del primer trimestre de este año, la valoración positiva de Ulf Kristersson, primer ministro de Suecia, recién ingresada en la OTAN, era del 33%. Rishi Sunak, del Reino Unido, se quedaba en el 27%. Emmanuel Macron, en el 24% y Olaf Scholz seguía hundido en el 20%.

Explotada por la OTAN, Ucrania queda destrozada

Aunque en la cumbre de la OTAN de 2008 Estados Unidos afirmó que Ucrania y Georgia se incorporarían a la alianza, con fuertes reticencias de sus aliados europeos, su ingreso no se ha producido. Después del golpe de Estado de 2014 en Ucrania, y tras haber provocado a Rusia durante ocho años, bombardeando a la población civil del Donbass, hasta desencadenar la implicación directa de Moscú en la guerra civil ucraniana, el resultado obtenido está lejos de las aspiraciones de la Casa Blanca.

La situación en el frente de batalla “continúa siendo muy difícil”, según afirmaba el propio Zelenski el 12 de mayo.  30.000 soldados rusos han pasado a la ofensiva en Járkov, la segunda capital del país, como la denominan los ucranianos. La línea de defensa allí está colapsando. El Foro Económico Mundial calcula en 486.000 millones de dólares el coste de reconstrucción de Ucrania, lo que indica el nivel de destrucción en el que se halla el país.

Occidente presenta el conflicto de Ucrania contra Rusia, con el patrocinio de la OTAN, como una batalla entre las democracias y las autocracias. Sin embargo, conviene recordar que, en 2011, e incluso más tarde, tras la incorporación de Crimea a Rusia, la gran mayoría de la población de Ucrania se oponía al ingreso de su país en la OTAN.

Así lo señalaba un estudio de la propia organización, con estas palabras:  «El mayor desafío para las relaciones entre Ucrania y la OTAN reside en la percepción de la OTAN entre el pueblo ucraniano. La membresía en la OTAN no cuenta con un amplio apoyo en el país, y algunas encuestas sugieren que el apoyo popular es inferior al 20%». Una encuesta de Gallup realizada en 2014 arrojaba los siguientes resultados, desglosados por regiones:

Deseo de integración de la población de Ucrania en la OTAN, por regiones, en abril de 2014.

Victoria Nuland reconoció en una entrevista que Estados Unidos había invertido 5.000 millones de euros en Ucrania, y que “Ese dinero se ha gastado en apoyar las aspiraciones del pueblo ucraniano de tener un gobierno fuerte y democrático que represente sus intereses”. Quizá esa cifra se invirtió, al menos en parte, en modificar la opinión pública acerca de la pertenencia del país a la OTAN, visto el resultado del sondeo de octubre de 2023, cuando el 89% dijo apoyar el ingreso de Ucrania en la alianza.

Ucrania es un país destrozado, que ha perdido Crimea y su región industrial más importante, el Donbass, y actualmente apenas cuenta con la mitad de la población que tenía cuando se declaró independiente, en 1991, tras la disolución de la Unión Soviética: ha pasado de 52 millones de habitantes a apenas 25.

Ante el fracaso en Ucrania, occidente prepara un nuevo ariete en Georgia

Tras el fiasco en Ucrania, ahora asistimos en Georgia a unas espontáneas protestas, que se oponen a la ley “Sobre la Transparencia de la Influencia Extranjera”, ya aprobada, similar a otra estadounidense: la FARA (Foreign Agents Registration Act). Una medida legislativa que obliga a las ONG a desvelar sus fuentes de financiación, si reciben más de un 20% de su presupuesto del extranjero.

Según publicaba la Unión Europea hace tres años, en Georgia había registradas aproximadamente 10.000 organizaciones no gubernamentales. Una cifra sin duda llamativa, en un país que ya sufrió una revolución de colores en 2003. Parece razonable que el gobierno de Georgia se proteja frente a las injerencias extranjeras que ya ha sufrido y, al menos, pueda identificar quién está financiando a ese enjambre de supuestas ONG. 

Se da la circunstancia de que la Unión Europea también está preparando un proyecto de ley de agentes extranjeros. En marzo de 2023, sin haber sido aprobada, la UE ya estaba requiriendo información a determinados elementos sobre sus fuentes de financiación procedentes de fuera de la Unión Europea.

El proyecto de ley fue finalmente presentado por la Comisión Europea en diciembre. Según Euronews, las empresas de relaciones públicas, los institutos de investigación, los medios de comunicación, las organizaciones de la sociedad civil o las personas que prestan servicios a entidades fuera de la UE con el objetivo de influir en la política o la «vida pública» del bloque se verían afectados.

A pesar de la existencia de leyes similares en Estados Unidos, Australia, Francia, Canadá y decenas de otros países, occidente, la oposición al gobierno georgiano y sus medios afines se han apresurado a calificarla de “controvertida”, de “ley al estilo del Kremlin” o, directamente, de “ley rusa”. Poco importa que la ley haya sido aprobada por 84 votos contra 30 en el parlamento. Jake Sullivan, consejero de seguridad nacional de la Casa Blanca, se mostró muy preocupado por el “retroceso democrático” en Georgia. Los demócratas deben ser los manifestantes que portan banderas de Estados Unidos, la Unión Europea, y Ucrania, en lugar de la de su país.

 

Jake Sullivan también ha manifestado su alarma por la respuesta de las autoridades a las protestas, mientras su gobierno desata la represión en los campus estadounidenses contra los acampados que reclaman el fin del genocidio en Palestina

Los ministros de Asuntos Exteriores de Islandia, Letonia y Estonia viajaron a Tbilisi, capital de Georgia, para trasladar sus “preocupaciones” sobre la nueva ley al presidente del parlamento georgiano. Shalva Papuashvili les transmitió que fondos de la Unión Europea habían sido “gastados parcialmente en Georgia de manera no transparente [y] no para los fines para los cuales deberían gastarse”. Adicionalmente, recalcó que “Hemos recibido la aprobación de varios representantes de la Unión Europea y coinciden con nuestra opinión de que efectivamente existe un problema de transparencia”.

Los ministros de Islandia, Letonia, Estonia y Lituania aprovecharon su estancia en Tbilisi para participar en las manifestaciones contra la aprobación de la nueva ley de transparencia. El presidente del parlamento les acusó de colaborar en la preparación de un golpe de Estado. Papuashvili añadió: “Que funcionarios extranjeros se unan a estas protestas con el pretexto de la democracia y los derechos humanos es una grave falta de respeto a la soberanía y la experiencia diplomática de Georgia, es hipocresía en el mejor de los casos y, en el peor, una provocación”.

Adicionalmente a los ministros mencionados, los presidentes de los Comités de Relaciones Exteriores de los parlamentos de Finlandia, Alemania, Lituania y la República Checa participaron en una manifestación de protesta frente al Parlamento de Georgia. ¿Cuál sería la reacción en el caso de que altos cargos de estados extranjeros participaran en manifestaciones frente al parlamento de cualquier país occidental en contra de una ley aprobada por el mismo, exigiendo “democracia”?

Manifestantes ataviados con la bandera de la Unión Europea despliegan los «valores europeos» intentando asaltar el Parlamento de Georgia.

La aprobación de la ley de agentes extranjeros demuestra que los actuales dirigentes de Georgia han visto lo que le ha ocurrido a Ucrania y no quieren convertirse en el próximo ariete de occidente contra Rusia. Doce ministros de países miembros de la Unión Europea ya han solicitado una “valoración” de la ley que busca la transparencia en la financiación extranjera de las ONG. Quieren evaluar cómo afectaría a su camino hacia el ingreso en la UE. Adicionalmente, cuatro eurodiputados han solicitado a Josep Borrell que vaya “preparando sanciones selectivas contra quienes en Georgia están alejando al país de su futuro europeo”. El chantaje continúa.

Nadie se cree que Georgia vaya a entrar nunca en la Unión Europea. Es una zanahoria agitada para motivar a sus dirigentes a prestarse al sacrificio en el altar de los intereses occidentales, con la vana promesa de ese premio.

Occidente queda aislado, frente al resto del mundo

La guerra instigada por Estados Unidos contra Rusia en Ucrania ha conseguido desgajar a la Unión Europea de sus fuentes de energía, destrozando su modelo industrial, al precio de echar a Moscú en brazos de Pekín, e impulsar el crecimiento de los BRICS, con la incorporación de Irán y Arabia Saudita, antiguos enemigos. La India está jugando un papel fundamental a la hora de esquivar las sanciones al petróleo ruso, convirtiéndose en intermediario para Europa con su comercio. Y también se ha producido un acercamiento entre Rusia y Corea del Norte.

Occidente también ha fracasado en su intento de aislar diplomáticamente a Rusia, sin que los países que se han negado a acatar los dictados de Washington a la hora de aplicar sanciones hayan sufrido represalias. Si la mayoría del mundo se ha negado a aislar a Rusia, habrá que deducir que quien se ha quedado aislado ha sido occidente.

Occidente trató de aislar a Rusia. No funcionó.

La reacción ante el descalabro consiste en repetir el fallido esquema contra China

Ante el rotundo fracaso del “proyecto Ucrania”, ¿cuál está siendo la reacción de las élites que lo impulsaron? En lugar de reconocer su error, tratar de enmendar la situación y adoptar otro enfoque en sus relaciones internacionales, que tenga en cuenta los intereses económicos y de seguridad de las potencias emergentes, Estados Unidos y sus acólitos apuestan por repetir contra China el esquema con el que han fracasado en Rusia. 

Usando esta vez a Taiwán como herramienta, tratando de hundir o, al menos, frenar el desarrollo económico de China con sanciones y aranceles, reclutando nuevamente a la Unión Europea como peón en su estrategia de estrangulamiento, intentando forzar un cambio de régimen, para instalar uno que se pliegue a sus designios, Washington está demostrando que no ha aprendido nada de sus errores frente a Rusia. Un tema que analizaré en el próximo artículo.

Occidente no puede reconocer su error estratégico, porque entonces tendría que asumir el fin de su hegemonía, y colocaría a la población occidental en posición de exigir responsabilidades políticas, como mínimo, a quienes han colocado a la Unión Europea en la senda de la ruina, con consecuencias probablemente irreparables para el bienestar de la ciudadanía a largo plazo. Así que su única vía consiste en la huida hacia adelante, con las ominosas consecuencias que se vislumbran en el horizonte.

El cese de Victoria Nuland y el posible triunfo de Trump desatan el pánico en las élite europeas

1 de abril de 2024

Antony Blinken hace saltar un fusible ante el fracaso en Ucrania

El cese de Victoria Nuland y la posibilidad de un triunfo de Donald Trump en las elecciones de noviembre han desatado una ola de pánico en las élites de la Unión Europea. La salida de la subsecretaria de Estado para Asuntos Europeos, presentada como una dimisión, señala el fracaso del “proyecto Ucrania”, cuya principal promotora era Nuland, de origen ucraniano.

El comunicado de su jefe, Antony Blinken, anunciando el “retiro” de Nuland, deja bien clara la maternidad de la fallida operación. Después de alabar su papel como revitalizadora de la diplomacia estadounidense bajo la presidencia de Biden – caracterizada por las sanciones y las amenazas – Blinken apunta indirectamente a las causas de su cese: “Pero es el liderazgo de Toria en Ucrania lo que los diplomáticos y estudiantes de política exterior estudiarán en los años venideros”.

¿Liderazgo de Toria en Ucrania? ¿Era ella quien mandaba realmente en el país?  Desde luego, fue la impulsora del golpe de Estado de 2014, cuando se la vio en Kiev repartiendo galletas a los manifestantes del Maidán, junto al embajador de Estados Unidos, Geoffrey Pyatt. Nuland fue quien decidió que Arseni Yatseniuk – Yats para los amigos – se convirtiera en primer ministro de Ucrania, en conversación grabada con el citado embajador, donde soltó su famoso “Fuck the EU!”. Algo tendría que ver Nuland también en la fallida contraofensiva ucraniana del verano pasado, cuando en los mentideros de Washington se referían a la operación como “la ofensiva de Vicky Nuland”.

Victoria Nuland reparte galletas a los manifestantes del Maidán en Kiev, 2014, junto al embajador de EEUU, Geoffrey Pyatt. Fotografía: Andrew Kravchenko (AP).

Si alguna lección puede extraerse de tal liderazgo, es que ha hecho aguas por todas partes. Después de 35 años de carrera, ocupando cargos relevantes en política exterior con seis presidentes, Victoria Nuland ha terminado pagando el fracaso de Estados Unidos en Ucrania. Blinken ha hecho saltar un fusible y no parece que Toria vuelva a desempeñar cargos públicos.

Nuland está casada con Robert Kagan, uno de los fundadores, en 1997, del gabinete de ideas neoconservador Project for a New American Century. Kagan es el autor del concepto de “jardín frente a la jungla”, acuñado en su libro “The jungle grows back”. Una metáfora repetida luego por Josep Borrell, que pretendía dárselas de original, cuando se limitaba a repetir el marco construido en Estados Unidos. Para eso ha quedado la Unión Europea.  

Blinken alababa a Nuland en su despedida, refiriéndose a su “capacidad incomparable para utilizar todo el conjunto de herramientas de la diplomacia estadounidense para promover nuestros intereses y valores”.  A lo largo de 35 años, Nuland desplegó esas herramientas en la Rusia de Yeltsin, esa marioneta que permitió la mayor transferencia de riqueza pública a manos privadas de la Historia. Así lo documenta Rafael Poch en su libro La gran transición. Rusia, 1985-2002, recientemente reeditado. 

Victoria Nuland también estuvo detrás de otros proyectos de la diplomacia estadounidense en Libia, Irak y Siria. Dirigió un grupo de trabajo sobre “Rusia, sus vecinos y una OTAN en expansión”, una de las principales causas de la reacción de Putin, en febrero de 2022, junto a la matanza de rusos en Donbass a manos del gobierno de Kiev. En 2008, en la cumbre de la OTAN en Bucarest, Nuland fue quien insistió en ofrecer el ingreso a Ucrania y Georgia, en contra de la opinión de Alemania y Francia. De aquellos polvos, estos lodos…

Estados Unidos relega a Europa y se centra en China

A pesar de su desprecio por la Unión Europea, Victoria Nuland era quien llevaba la interlocución con las élites europeas, la OTAN y la OCDE, en su calidad de Subsecretaria de Estado para Asuntos Europeos y Asiáticos. La salida de Nuland anuncia el viraje de Estados Unidos hacia China, el auténtico rival para la hegemonía estadounidense, lo que suscita un consenso bipartidista en Washington: demócratas y republicanos están de acuerdo en laminar al gigante asiático.

“Demócratas y republicanos están de acuerdo sobre China. Eso es un problema”.

Teniendo en cuenta que algunos señalan a Barak Obama – el del “pivot to Asia” – como el que realmente dirige la Casa Blanca, ante la manifiesta senilidad de Joe Biden; que “Ucrania puede caer muy rápido”, como soltó Macron recientemente en privado; que los 61.000 millones que reclama Biden para seguir alimentando la guerra están bloqueados en el Congreso; y que Donald Trump, que no es partidario de seguir despilfarrando dinero en Kiev, podría ser el próximo presidente de Estados Unidos, es lógico que los dirigentes de la Unión Europea hayan entrado en pánico ante la posibilidad de que Washington les deje colgados de la brocha.

Preparándose para una guerra con China, los marines están redefiniendo cómo van a luchar. Washington Post, 29 marzo.

Es muy probable que la administración de Joe Biden trate de mantener el apoyo a Ucrania para evitar que colapse antes de las elecciones presidenciales, previstas para el próximo noviembre. Otra cosa es que lo logre. Para los republicanos, especialmente para Donald Trump, no tiene mucho sentido ofrecerle ese balón de oxígeno a Biden en año electoral.

Aunque las terminales mediáticas de los demócratas, por si acaso, ya les están poniendo la venda antes de la herida: si Ucrania cae, la culpa será de Trump y los republicanos, por haber bloqueado la financiación reclamada por Biden. Si Ucrania colapsa antes de noviembre, las posibilidades de reelección de Biden, que va detrás de Trump en las encuestas, disminuirán aún más.

“Si Ucrania cae, será el Afganistán de los republicanos”. El autor es miembro del American Enterprise Institute, un gabinete de ideas neoconservador.

En realidad, el argumento demócrata es una falacia. Aunque el Congreso aprobase los 61.000 millones de dólares que Biden exige, la OTAN se enfrenta a problemas que el dinero no puede solucionar. Al menos, no con la rapidez que necesita Ucrania. Jens Stoltenberg, su secretario general, admitía el año pasado que “Nuestras reservas de armas y municiones están agotadas”. Ucrania se está quedando sin soldados, y una nueva ley de reclutamiento está estancada en el parlamento, ante las dudas de varios diputados sobre la constitucionalidad de algunas de las medidas propuestas para quienes evadan la leva forzosa: denegar sus derechos de propiedad, confiscar sus automóviles y bloquear sus cuentas bancarias.

La Unión Europea se enfrenta a la inquietante posibilidad de tener que hacerse cargo del “proyecto Ucrania” sin la ayuda de Estados Unidos: un país destruido por la guerra, con una profunda crisis demográfica, con un futuro más que incierto, a quien las élites europeas le han ofrecido el ingreso en la Unión, con el coste económico y político que eso supondría. Eso es lo que pretende enjaretar Washington a Bruselas.  

La posible victoria de Trump aterra a los dirigentes europeos

La intervención de Trump en un mitin electoral, sacada de contexto, ha servido para encizañar a los ya nerviosos dirigentes europeos ante la perspectiva de su posible regreso a la Casa Blanca. De hecho, en el mitin Trump estaba remitiéndose a una conversación con líderes europeos, cuando era presidente. Entonces, Trump les había advertido que si no contribuían más al presupuesto de la OTAN, Estados Unidos no protegería a quienes no lo hicieran. Los medios, sin embargo, presentaron esta conversación como si acabara de tener lugar.

Como señalé en un artículo anterior, Trump ha manifestado que si él hubiera seguido siendo presidente, la guerra en Ucrania no se habría producido. Además, señaló que estaba dispuesto a acabar con ella en 24 horas, si era reelegido. Esta posibilidad, aunque sea remota, porque hay que tener en cuenta la posición de Rusia, denota una actitud distinta hacia el conflicto. Y eso es lo que ha hecho que los dirigentes europeos entren en pánico.

¿Por qué quería Trump llevarse bien con Rusia y ahora habla de poner fin a la guerra en Ucrania? No es que Trump sea un pacifista, es que es mucho más listo que toda la camarilla que maneja a Biden. La potencia que realmente puede arrebatarle el liderazgo mundial a Estados Unidos es China, no Rusia. Trump pretendía evitar que Rusia acabara en los brazos de China, que es lo que han conseguido los neocon del Partido Demócrata. Porque Rusia y China juntas son invencibles, y su alianza, provocada por la guerra de la OTAN en Ucrania, es mucho más peligrosa para la hegemonía de Washington que otras posibilidades.

Por ejemplo: el mantenimiento del statu quo entre la Unión Europea y Rusia, dos economías complementarias, con la energía rusa alimentando la locomotora alemana, no hubiera supuesto una amenaza al liderazgo estadounidense del calibre de la que representa ahora la amistad sin límites entre Pekín y Moscú. Pero los neocon se empeñaron en meter una cuña entre la Unión Europea y Rusia, lo que les ha salido bien, pero sólo han conseguido destrozar a la UE, al precio de fortalecer a Rusia y reforzar a Putin.

Por eso Trump sigue hablando de acabar con la guerra en Ucrania, para intentar darle la vuelta al desastre provocado por el equipo de Biden para los intereses estadounidenses. El problema es que la voladura de los puentes entre Europa y Rusia ha sido de tal calado que costaría mucho reconstruirlos. No porque Europa se negara a intentarlo si así se lo ordenara Washington – ya sabemos que Bruselas es muy obediente – sino porque a Rusia ya no le interesa regresar al statu quo anterior: no se fía de occidente y, además, no le hace falta. Tiene clientes de sobra para su energía, y la mayoría global a su favor. Occidente se ha quedado aislado.

Los mensajes contradictorios denotan el caos en las élites europeas

Las recientes declaraciones de Josep Borrell, en las que literalmente dice que el apoyo de la OTAN a Ucrania no se debe a razones altruistas, señalan el nivel de ansiedad ante la posibilidad de quedarse solos ante el peligro: “No podemos permitirnos que Rusia gane la guerra, de lo contrario los intereses estadounidenses y europeos se verían perjudicados. No es una cuestión de generosidad, de apoyar a Ucrania porque amamos al pueblo ucraniano. (…) Se trata de nuestro propio interés, se trata también del interés de Estados Unidos como jugador global, que tiene que ser percibido como un socio confiable, proveedor de seguridad para sus aliados”.

Josep Borrell habla sobre los auténticos intereses occidentales detrás de la guerra de Ucrania.

La confesión de Borrell desnuda al emperador en mitad del conflicto: el pueblo ucraniano carece de importancia, lo que está en juego es la hegemonía de Estados Unidos frente a Rusia (y China, aunque no la nombre), y sus mascotas europeas están preocupadas por quedarse sin protección.

Ante la previsible caída de Ucrania en el frente, la nueva narrativa de las élites europeas, dictada desde Estados Unidos, consiste en atemorizar a la población con el mensaje de que si Rusia no es derrotada en Ucrania, seguirá avanzando por el resto de Europa. Los mensajes sobre la inminencia de esa supuesta invasión rusa se suceden sin parar en el viejo continente.

El Institute for the Study of War está dirigido por Kimberly Kagan, la esposa de Frederick Kagan, hermano de Robert, marido de Victoria Nuland. Financiado por las empresas de armamento y otras contratistas del Pentágono, el ISW publicaba el 20 de marzo la siguiente valoración: “Varios indicadores financieros, económicos y militares rusos sugieren que Rusia se está preparando para un conflicto convencional a gran escala con la OTAN, no de manera inminente pero probablemente en un plazo más corto de lo que algunos analistas occidentales han postulado inicialmente”. Un mensaje divulgado rápidamente por la prensa en Ucrania.

ISW: Indicadores económicos y militares sugieren que Rusia se está preparando para una guerra a gran escala con la OTAN.

Mientras los belicistas financiados por los fabricantes de armas agitan el fantasma de la invasión rusa, Josep Borrell debió pensar el otro día que las élites europeas se estaban pasando de frenada. En un brusco giro de guion, el jefe de la diplomacia europea declaraba que “El llamamiento a los europeos para que sean conscientes de los desafíos que afrontan es bueno, pero tampoco tenemos que exagerar. La guerra no es inminente. Oigo algunas voces que dicen que la guerra es inminente. La guerra no es inminente”. 

Cuando el presidente de Polonia, Andrzej Duda, pide aumentar el porcentaje del PIB destinado a gasto militar al 3%  – desde el 2% actual – por parte de los miembros de la OTAN, para evitar que Rusia pueda atacarla en los próximos años,  el presidente del Comité Militar de la Alianza Atlántica también debió pensar que se están cargando demasiado las tintas. El 29 de marzo, el almirante Rob Bauer señalaba que «No hay indicios de que Rusia esté planeando atacar a ningún Estado miembro de la OTAN. No creo que haya una amenaza directa. El problema es que las ambiciones de Rusia van más allá de Ucrania.” ¿Más allá? ¿En qué quedamos?

En este contexto de mensajes contradictorios, la metamorfosis experimentada por Emmanuel Macron merece un análisis. El presidente francés ha pasado de pedir que no se humillara a Rusia, para encontrar una solución diplomática cuando terminara la guerra, a proponer enviar tropas de la OTAN a Ucrania. La sugerencia fue inmediatamente rechazada por Estados Unidos, Alemania, Italia y España. A pesar de esta réplica, dos semanas después Macron insistía en dejar abierta la puerta al envío de tropas “en algún momento”, y recalcaba que su propuesta había sido “meditada”.

Apenas quince días más tarde, Bloomberg publicaba que la proposición de Macron había enfurecido a funcionarios del gobierno estadounidense. Desde el anonimato, sus críticos enfatizaban que sus comentarios tampoco fueron muy inteligentes desde una perspectiva de la seguridad operativa, porque varios países ya tienen algunas tropas estacionadas de forma encubierta en Ucrania. Un extremo confirmado por Radoslaw Sikorski, ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, casado con la rusófoba Anne Applebaum. El mismo que agradeció a Estados Unidos la voladura de los gasoductos Nord Stream, al día siguiente del ataque.

Macron quiere llevar la política exterior de Europa. No todo el mundo está de acuerdo. Bloomberg, 27 de marzo de 2024.

Ante la previsible retirada de Estados Unidos del teatro de operaciones europeo, para volcarse en China, Macron está jugando a convertirse en el líder europeo. Cartas no le faltan. Scholz es un cadáver político: en apenas tres años, ha conseguido meter a Alemania en la senda de la ruina, después de haber consentido la voladura de los gasoductos que alimentaban su industria a manos de su supuesto socio. Dos de cada tres empresas alemanas han trasladado parte de sus operaciones fuera del país, debido a la crisis energética provocada por las sanciones a Rusia, de donde Alemania obtenía la energía barata y abundante que la hacía funcionar eficientemente.

El gobierno liderado por el SPD, en coalición con los verdes caqui, así llamados ya en Alemania por su belicismo, ha reabierto las minas de carbón, un combustible muy ecológico, mientras otro caqui, Robert Habeck, ministro de Economía, reconoce que el desempeño de la economía alemana es “dramáticamente malo” y que está tardando más de lo previsto en recuperarse del shock provocado por la disminución del gas proveniente de Rusia.

En este contexto, con uno de los dos motores históricos de la Unión Europea gripado, Macron pretende alzarse con el liderazgo en el continente, oliéndose que la retirada de Estados Unidos va a precisar una voz cantante en Europa, frente a lo que se viene encima. Scholz no va rendirse de inmediato, como lo demuestran sus últimos movimientos. En una entrevista con un medio alemán, el canciller alemán deslizaba una frase que acaparó titulares aquí.

Titular de El País del 28 de marzo de 2024.

La escalada de la retórica belicista europea trata de ocultar su error estratégico

Detrás de la espiral belicista que están alimentando los dirigentes europeos se esconde el deseo de ocultar el error estratégico de haberse alineado con Estados Unidos en su pugna contra Rusia. Nada de lo previsto en el plan ha funcionado. Ni las sanciones, ni los miles de millones transferidos al gobierno de Zelenski, ni las armas de la OTAN, ni el plan para aislar diplomáticamente a Rusia, ni mucho menos el cambio de régimen en el Kremlin que la estrategia perseguía. Reuters citaba recientemente un estudio propio que cifraba en más de 107.000 millones de dólares las pérdidas ocasionadas a las compañías extranjeras por el abandono del mercado ruso. Pocos me parecen.

Políticamente, la estrategia occidental ha sido otro fracaso. Las sanciones sólo han conseguido reforzar a Vladímir Putin. El escritor francés Vladímir Fedorovski, de origen ruso-ucraniano, acertaba en su análisis: «Putin es popular gracias a la presión de Occidente». La popularidad de Vladímir Putin en Rusia es real, y los resultados de las elecciones fueron el fruto de las sanciones y la anulación de la cultura rusa en los países occidentales, declaraba Fedorovski. Los intentos de «poner a Rusia de rodillas» han provocado que los actores políticos prooccidentales hayan perdido toda influencia. Como resultado, surgirá una nueva élite marcada por el sentimiento antioccidental, orientada hacia Asia, convencida de que es el futuro: «Será una Rusia fortaleza, opuesta a Occidente».

Esto ya ha ocurrido. Un político anteriormente considerado prooccidental, como Dimitri Medvédev, arroja vitriolo en su cuenta en X (Twitter), o se dedica a trolear la “fórmula de paz” de Zelenski. Medvédev ha sido presidente, primer ministro y actualmente es el vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia.

Las élites europeas son conscientes de que la apuesta les ha salido mal, pero no pueden reconocerlo. Sólo les queda la huida hacia adelante, la escalada bélica, aun a riesgo de provocar la tercera guerra mundial. Un término que las élites están manejando con una frivolidad espeluznante, teniendo en cuenta las capacidades nucleares de los contendientes.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Es lo que intenta contestar Rafael Poch en su último artículo. Poch opina que occidente piensa que Putin va de farol. Estados Unidos y la Unión Europea creen que pueden tirar de la cuerda como lo están haciendo, sin que vayan a provocar una respuesta por parte del Kremlin que desborde el marco territorial – y convencional – del actual conflicto. Un enfrentamiento que, sin embargo, Rusia ya califica de guerra, abandonando el eufemismo anterior, lo que resulta significativo. Y ese perderle el miedo a una tercera guerra mundial es extremadamente peligroso, porque los materiales están muy calientes y cualquier chispa podría desatar el incendio. Lleva razón.

A pesar del enorme riesgo, las élites europeas siguen empecinadas en escalar el conflicto. La prensa occidental ha pasado de la euforia por la contraofensiva ucraniana que, supuestamente, iba a provocar la espantá de las tropas rusas, a hablar abiertamente de la caída de Kiev, como titulaba recientemente The Times. Sin embargo, el cambio de guion sirve al mismo objetivo: la solución es suministrar más armas al gobierno de Kiev, ese pozo sin fondo.

Es hora de hablar de la caída de Kiev. Titular de The Times del 27 de marzo de 2024.

En lugar de apostar por organizar una conferencia de paz en serio, Europa y Estados Unidos siguen dedicándose a negociar entre ellos, buscando una salida al callejón en el que se han metido. En el foro de Davos ya se barajaba una posible reunión en Suiza de “líderes mundiales” para darle otra vuelta a la “fórmula de paz” de Zelenski, pero sin la presencia de Rusia. Una idea que ha sido calificada por el portavoz de Putin, Dimitri Peskov, de “extravagante” y “ridícula”. Ciertamente parece chocante pretender alcanzar un acuerdo de paz en ausencia de uno de los contendientes. Así que el objetivo de la reunión debe ser otro.


Análisis del European Council on Foreign Relations.

Europa ha abandonado cualquier pretensión de obtener esa “autonomía estratégica” que reclamaba el veleta Macron. Hasta el European Council on Foreign Relations estima que la profunda dependencia de Estados Unidos supone una “postura imprudente” para Europa. El gabinete alerta de que Washington “espera que la Unión Europea y al Reino Unido se amolden a su estrategia para China, usando su posición de liderazgo para asegurar ese resultado. Que Europa se convierta en vasallo de Estados Unidos es desaconsejable para ambas partes”. Vasallo. Esa palabra, y no otra, es la que utiliza el ECFR para referirse a Europa.

Si los dirigentes europeos pretenden ocultar su error estratégico, o sus problemas domésticos, encadenándose aún más a su señor feudal, lo único que van a conseguir es cavar un foso más hondo. El problema es que a quien están hundiendo es a nosotros, porque las élites tienen la costumbre de salir airosas de sus desmanes, encontrando otros puestos en la burocracia, cada vez más frondosa. Mientras tanto, la ciudadanía está a por uvas, y las guillotinas cogiendo polvo en los desvanes de la Historia…

La OTAN trata de mentalizarnos para una guerra contra Rusia

6 de febrero de 2024

Las élites pretenden convencernos de que Rusia atacará a la OTAN si no es vencida en Ucrania

Después de haber reconocido el fracaso de la contraofensiva de Ucrania, y de admitir que no prevé que el gobierno de Kiev recupere territorios en 2024, Estados Unidos está diseñando una nueva estrategia para la guerra en Ucrania. Por si acaso a alguien todavía le quedaba alguna duda del carácter de guerra subsidiaria del conflicto, que en realidad comenzó en 2014.

Según filtraciones al Washington Post, la nueva estrategia consistiría en “ayudar a Ucrania a defenderse de nuevos avances rusos mientras avanza hacia un objetivo a largo plazo de fortalecer su fuerza de combate y su economía”. Sin embargo, la narrativa que están construyendo los medios de comunicación convencionales para reformular la conflagración, a la vista del fracaso del esfuerzo de los 37 países que han aportado ayuda militar, financiera o humanitaria a Ucrania, es muy distinta. 

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3 de enero de 2024

La Unión Europea pretende sortear el veto de Hungría endeudándose

Después de que Alemania, el primer contribuyente de la Unión Europea, pasara años renegando de los eurobonos, la Unión Europea está valorando ahora un plan para endeudarse y soslayar así el veto de Víktor Orbán a entregar 50.000 millones adicionales a Ucrania. De esa cantidad, 33.000 serían préstamos, y 17.000, ayudas a fondo perdido. En 2011, Ángela Merkel sostenía que los eurobonos supondrían “colectivizar” la deuda. La canciller alemana añadía que desincentivaría que cada país adoptara las medidas pertinentes para estabilizar sus economías. Era la época del austericidio.

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Cuando la misma revista que te encumbró como “persona del año” publica, menos de un año después, un reportaje donde te pone a los pies de los caballos, es que tu destino está echado. Es lo que le acaba de ocurrir a Volodímir Zelenski, protagonista de dos portadas de la revista TIME que, puestas juntas, no dejan lugar a dudas sobre el brusco viraje de occidente con relación a Ucrania. Como anécdota, baste añadir que los ojos del presidente ucraniano fueron azulados en la portada de 2022 para acercar su rostro a los gustos anglosajones.

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