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Estados Unidos sigue su estrategia de guerra permanente en China e Irán

“El objetivo es tener una guerra permanente, no una guerra exitosa”. Son las palabras de Julian Assange para describir cuál es la estrategia de Estados Unidos con sus inacabables guerras para extender la “democracia” por el mundo. El hecho de que Assange esté preso por haber denunciado los crímenes de guerra de Washington debería bastar para desmontar este cuento para niños con el que nos están vendiendo la actual guerra en Ucrania, y nos han querido colocar otras. Una narrativa más propia de un guiñol, donde los demócratas buenos atizan con una cachiporra a los autócratas malos, que demuestra el profundo desprecio con el que las élites tratan a la ciudadanía.

Costs of war (Los costes de la guerra) es un proyecto multidisciplinar del Watson Institute, en la Universidad de Brown, que analiza el gasto militar de Estados Unidos en las múltiples guerras que sostiene por el mundo. Las cifras son desorbitantes, sobre todo cuando se comparan con lo que el gobierno de Washington dedica a otras partidas presupuestarias. Desde el comienzo de la guerra en Afganistán, el Pentágono se ha gastado 14 billones, con b, de dólares, un tercio de los cuales ha ido a parar a los bolsillos de los contratistas. Entre ellos, la parte del león se la han llevado cinco fabricantes de armas: Lockheed Martin, Boeing, General Dynamics, Raytheon, y Northrop Grumman. Estas empresas se han gastado 2.500 millones de dólares en hacer lobby en los últimos 20 años, y han empleado a más de 700 lobistas, de media, cada año, en los últimos cinco años. Esto significa que a cada congresista le toca más de un lobista. En 2011, la Comisión de Contratación en Tiempos de Guerra en Irak y Afganistán estimó que el despilfarro, el fraude y el abuso totalizaron entre 31.000 y 60.000 millones de dólares.

Presupuesto del Pentágono desde 1948 a 2020, ajustado a dólares constantes de 2021. Fuente: Costs of War.

Según esta misma fuente, las guerras provocadas por Estados Unidos en Afganistán, Pakistán, Irak, Siria, Yemen y otros países, han causado entre 897.000 y 929.000 muertos, de los cuales entre 364.000 y 387.000 han sido civiles. A los fabricantes de armas contratistas del Pentágono no creo que les importen mucho estas cifras. Viven de ellas.

Nadie se cree que Ucrania sea capaz de derrotar militarmente a Rusia. Sin embargo, Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares en enviar armamento al gobierno de Zelensky, porque el objetivo no es ganar la guerra, sino alimentarla. Varios son los propósitos que persigue Washington en Ucrania, desde que patrocinara el golpe de Estado de 2014 para colocar un gobierno títere, como colofón a la estrategia de ampliación de la OTAN hacia el Este. El primero es desgastar a Rusia y, si fuera posible, derribar a Putin para colocar otra marioneta al estilo de Yeltsin, con el fin último de esquilmar los recursos del país más rico de la tierra. El segundo, debilitar lo más posible a la Unión Europea, que podría ser un competidor geopolítico en el mundo multipolar que está naciendo. El tercero, y no por ello menos importante, es incrementar las plusvalías del complejo militar-industrial que, de facto, impulsa la estrategia de la guerra permanente en su propio beneficio.

La guerra en Ucrania está perdida, lo que no significa que haya terminado, como explica Richard Black, coronel retirado del ejército estadounidense, en este esclarecedor vídeo. Ucrania está sufriendo bajas equivalentes a 60 veces las que sufrió el ejército de Estados Unidos en Vietnam. Es sólo uno de los muchos datos que aporta este militar para argumentar su vaticinio.

El hecho de que Ucrania no tenga ninguna posibilidad de ganar la guerra contra el ocupante no significa que Estados Unidos y la Unión Europea no la vayan a seguir alimentando, probablemente hasta el colapso del ejército ucraniano, porque en ningún momento se trataba de ganar esta guerra proxy de Washington contra Moscú, sino de crear todas las condiciones para provocarla y, una vez conseguida la invasión que se buscaba, alimentarla, con los objetivos antes mencionados.

Siguiendo con su estrategia de guerra permanente, Estados Unidos ha decidido reactivar el frente que abrió con las sanciones a Irán, allá por 1979, cuando Washington “congeló” 11.000 millones de dólares de activos iraníes, entre otros “castigos”, tras la crisis de los rehenes en la embajada estadounidense. El último episodio de esta guerra larvada contra la república islámica comenzó en 2006, cuando Estados Unidos y la Unión Europea adoptaron una nueva batería de sanciones contra Irán con el fin de impedir el enriquecimiento de uranio que este país estaba llevando a cabo. Irán siempre ha defendido que perseguía únicamente fines civiles, relacionados con la energía. En 2015 se alcanzó un acuerdo con Teherán, denominado Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), (Joint Comprehensive Plan of Action, JCPOA), que fue avalado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. A raíz de dicho acuerdo, se levantaron las sanciones relacionadas con el material nuclear, aunque se mantuvieron restricciones a la transferencia de bienes sensibles a la proliferación, los embargos de armas y misiles balísticos y medidas restrictivas contra algunas personas y entidades.

En mayo de 2018, Estados Unidos se salió del acuerdo firmado con Irán para limitar su programa nuclear y restauró las sanciones contra la república islámica. Donald Trump tildó dicho pacto de “decadente y defectuoso”, a la vez que advertía que «cualquier país que ayude a Irán también podría ser sancionado». La Unión Europea se mostró en contra de dicho descuelgue, así como Barack Obama, bajo cuyo mandato se alcanzó el acuerdo. En febrero de 2019, Estados Unidos pidió a la Unión Europea que se retirara del acuerdo, pero esta vez Bruselas no siguió sus dictados. Bien al contrario, en marzo de 2019, los signatarios se reunieron en Viena para reafirmar su compromiso para implementar el pacto. Como respuesta, al mes siguiente Estados Unidos designó al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica como “organización terrorista extranjera”. La réplica de Irán, al día siguiente, fue el anuncio de la instalación de nuevas centrifugadoras de uranio en la planta nuclear de Natanz. El sitio web armscontrol.org tiene un calendario muy detallado de todos los avatares de la negociación con Irán, desde 1970 hasta la actualidad.

Desde 2019 se han mantenido varias rondas de negociación en Viena, con el fin de revitalizar el acuerdo y conseguir que Estados Unidos vuelva a incorporarse al mismo. Sin embargo, la reciente visita de Joe Biden a Israel dejó bien a las claras que no existe voluntad política de llegar a un acuerdo con Irán, sino todo lo contrario. Estados Unidos e Israel firmaron la Declaración de Jerusalén, por la que el primero se comprometió a evitar que Irán obtenga armas nucleares utilizando para ello “todos los elementos de su poder nacional”. Denominar a la declaración “de Jerusalén” ya supone una toma de posición muy clara sobre la política de ocupación de los territorios palestinos que perpetra Israel desde hace décadas. Declarar, como hizo Biden, que “no hace falta ser judío para ser sionista”, no deja ya lugar a dudas. Por su parte, el primer ministro de Israel aseveró que actualmente la actividad de las fuerzas armadas de Israel es prepararse para un ataque contra Irán.

El presidente de Irán, Ebrahim Raisi, considera que es Occidente quien está obstruyendo las conversaciones de Viena para impedir un acuerdo. En este sentido, atribuyó una motivación política al comunicado emitido por la Organización Internacional de la Energía Atómica en junio, que acusaba a Irán de no justificar el origen de unas trazas radioactivas halladas en lugares no declarados como nucleares, un hecho que Irán atribuyó a un sabotaje de Israel. El científico Mohsen Fakhrizadeh, uno de los arquitectos del programa nuclear de Irán, fue asesinado por el Mossad, según el periódico The Jewish Chronicle. Este atentado se suma a otros asesinatos de científicos iraníes, que Irán ha atribuido a Israel. Benny Gantz, ministro de Defensa israelí, declaraba el 26 de julio que “somos capaces de golpear duro y retrasar el programa nuclear”. Según Nuclear Threat Initiative, Israel posee armas nucleares desde la década de 1960, pero mantiene una política de opacidad al respecto, sin confirmar nunca oficialmente la existencia de su programa. En consecuencia, Israel nunca ha firmado el Tratado de No Proliferación.

En noviembre de 2011, Barack Obama anunció el pivot to Asia” en un discurso ante el parlamento de Australia, remarcando que Estados Unidos iba a dirigir su atención “al vasto potencial de la región de Asia Pacífico”. Un mes antes, Hillary Clinton, entonces secretaria de Estado, ya había proclamado en Foreign Policy el nacimiento del “siglo del Pacífico de Estados Unidos”, subrayando que el futuro de la política se decidiría en Asia, no en Irak o Afganistán. Donald Trump reinterpretó ese giro hacia el continente asiático iniciando una guerra comercial con China, cuando en marzo de 2018 subió los aranceles a las importaciones de acero y aluminio, que fue contestada por China con la subida de los impuestos a 128 productos estadounidenses. Aunque en enero de 2021 China y Estados Unidos firmaron un acuerdo para poner fin a la guerra comercial, la Casa Blanca de Biden ha vuelto a la carga contra Pekín, esta vez usando a Taiwán como ariete.

En primer lugar, debería llamar profundamente la atención el hecho de que el Pentágono haya dividido el mundo en regiones, a cada una de las cuales ha asignado una parte de su ejército. Así, nos encontramos que hay generales norteamericanos a cargo de cada una de las áreas geográficas en las que Estados Unidos ha troceado el planeta.  Sin embargo, este hecho se contempla con la naturalidad con que se sufren determinados fenómenos meteorológicos, pero sin aspavientos. Indudablemente los medios de comunicación han contribuido enormemente a la normalización del hecho de que exista un solo país que tenga desplegado a un ejército de ocupación por todo el planeta.

Fuente: Wikipedia.

Como queda claro tras la intervención de la jefa del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos en la conferencia de seguridad de Aspen, la división del mundo se explica en las intenciones declaradas de Estados Unidos de esquilmar los recursos naturales de cada una de estas regiones. Laura Richardson se refiere en el video a América Latina como “nuestro barrio”, tan rico en recursos que se sale de los gráficos (“off the charts”). Le falta salivar. 

Estados Unidos también está poniendo el foco en la región denominada Indo Pacífico y, singularmente, en Taiwán, no por casualidad. La isla es líder en la fabricación de semiconductores del mundo: controla el 48 por ciento del mercado de fundición y el 61 por ciento de la capacidad mundial para construir semiconductores de 16 nanómetros o más. Janet Yellen, la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, estuvo en Corea del Sur para convencer a su gobierno de que debía integrarse en la alianza “Chip 4”, junto a Taiwán y Japón y los propios Estados Unidos. Corea del Sur es reticente, puesto que tanto Samsung como SK Hynix dependen tanto de importaciones procedentes de China como de sus fábricas. China contempla dicho proyecto, acertadamente, como un intento de debilitar a su industria de semiconductores por lo que, a su vez, está presionando a Corea del Sur para que desista de incorporarse a la alianza.

Por otra parte, el principal canal de navegación entre el Océano Pacífico y el Índico es el estrecho de Malaca, por donde transitan una cuarta parte de las mercancías comercializadas en el mundo y una cuarta parte del petróleo transportado por mar. La zona está siendo patrullada por el portaviones de propulsión nuclear Ronald Reagan y su escolta de buques de guerra, como muestra esta imagen proporcionada por South China Sea Strategic Situation Probing Initiative.

La táctica de achacar a tu adversario político las características de tu propio comportamiento es muy vieja y efectiva. Usando esta estratagema, Estados Unidos está incrementando la retórica agresiva contra China. Recientemente, el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto, dijo que el ejército chino se ha vuelto mucho más agresivo y peligroso en la región del Pacífico en los últimos cinco años. Esto lo hizo durante una visita a Indonesia, donde se ubica el estrecho de Malaca, donde pretextó supuestos planes de China para tomar el control de Taiwán en 2027.

En este contexto, el diario Financial Times informó de la intención de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, y tercera autoridad del país, Nancy Pelosi, de visitar Taiwán. El propio Joe Biden comentó que a los militares estadounidenses no les parecía una buena idea. Aun así, el Pentágono está aireando la posibilidad de que aviones de combate escolten la aeronave en la que viajara Pelosi. El anuncio del viaje ha sido considerado por China como una provocación en toda regla. El ministro de Defensa chino se ha apresurado a señalar que el ejército no se quedaría cruzado de brazos ante la visita y que se tomarían “fuertes medidas”. En la conversación mantenida el 28 de julio entre Biden y Xi Jinping, la agencia estatal de noticias china reporta que el presidente chino advirtió al estadounidense que quien juega con fuego acaba quemándose.

Teniendo en cuenta la agresividad que está desplegando la administración de Joe Biden, de manera simultánea, contra Rusia en Europa, inundando de armas Ucrania; contra China en Asia, amenazando con una intervención militar por Taiwán; y contra Irán en Oriente Medio, con Israel clamando por un ataque directo, no es de extrañar que Stephen Lovegrove, consejero de seguridad nacional del Reino Unido, haya advertido del creciente riesgo de una guerra atómica contra Rusia y China. El político también ha avisado de que los canales de comunicación que se mantuvieron durante la guerra fría ya no funcionan, precisamente en una coyuntura en la que el aumento de los riesgos de una confrontación los haría más necesarios que nunca.

El presidente de JUST, International Movement for a Just World, el politólogo Chandra Muzaffar, ya advirtió en 2010 que, históricamente, los imperios son más peligrosos cuando están en decadencia que cuando se hallan en su apogeo.  El imperio americano se niega a aceptar su declive, lo que le vuelve más peligroso aún. Su actual fuga hacia adelante amenaza con abocar al mundo al holocausto nuclear. Todo, por un puñado de dólares.

Estados Unidos desgaja a la Unión Europea de Eurasia, condenándola a la miseria

La OTAN se creó para “mantener a la Unión Soviética afuera, a los estadounidenses adentro y a los alemanes abajo”. Lo dijo el primer secretario general de la organización, el británico Lord Hastings Lionel Ismay, y el dato lo seguimos encontrando en el propio sitio web de la OTAN. A pesar de esta rotunda declaración de intenciones, los dirigentes de la Unión Europea acaban de someterse al último dictado de Washington, plasmado en el nuevo concepto estratégico de la organización militar. Su propósito no es otro que el de desgajar económicamente a la Unión Europea del resto del continente euroasiático, para hacerla depender de la potencia situada al otro lado del Atlántico. Así lo acaba de explicitar Mike Pompeo, exdirector de la CIA y exsecretario de Estado, en un reciente discurso en el Hudson Institute, uno de los muchos think tanks financiados por los fabricantes de armas (en este caso, por Lockheed Martin y Northrop Grumman): Debemos prevenir la formación de un coloso paneuropeo, euroasiático, que incorpore a Rusia pero dirigido por China. Para conseguirlo, debemos reforzar la OTAN, asegurarnos de que nada entorpece la entrada de Suecia y Finlandia”.

El interés de Washington en impedir, a toda costa, la formación de ese “coloso” al que alude Mike Pompeo, es perfectamente comprensible, dada su aspiración a potencia hegemónica en un mundo unipolar. Si se produjera la alianza euroasiática que recomienda la geografía, Estados Unidos se convertiría en un actor secundario en el tablero mundial.  Lo que no se entiende es que los líderes de la Unión Europea hayan abrazado con alborozo las políticas impulsadas desde Washington, desde las sanciones a Rusia hasta el nuevo concepto estratégico de la OTAN: están empuñando con denuedo las palas para cavar nuestra fosa, la de los europeos, al cortar los flujos de energía necesarios para mantenernos con vida.

Alemania es la locomotora de la Unión Europea. Con un PIB que representa más del 25% del total de la UE, (3,75 billones de euros, frente a un PIB total de 14,45 billones en 2021) su modelo de negocio industrial se basa, desde los años 70, como analicé en otro artículo, en el suministro de gas ruso, barato y abundante. Esto nos lo acaba de recordar hasta el Wall Street Journal, poco sospechoso de connivencia con el Kremlin, cuando pone como ejemplo los desafíos que afronta el grupo químico BASF. En concreto, su gigantesco centro en Ludwigshafen, uno de los mayores del mundo, compuesto por 200 plantas de producción. Sus directivos se están planteando su cierre en el caso de que el gas ruso deje de fluir para alimentarlo. Un estudio de la Universidad de Mannheim estima que el PIB de Alemania podría caer hasta un 12% en el peor escenario, el de ausencia total de suministro de gas por parte de Rusia, ya que el 50% del gas que consume Alemania proviene de allí.

El titular del Wall Street Journal nos hace reflexionar sobre la vulnerabilidad de la Unión Europea en materia de energía, y sobre la forma en que los medios enmarcan su “dependencia” del gas y el petróleo procedentes de Rusia. Por un lado, a raíz de la invasión de Ucrania, la Unión Europea ha declarado su objetivo de dejar de comprar gas y petróleo a Rusia, lo antes posible. Esto lo ha hecho por presiones de Estados Unidos, a la vista de todos. El resultado de querer “acabar con la dependencia” de las fuentes de energía procedentes de Rusia (cercanas, baratas y abundantes) lo estamos viendo ya en la economía europea: subida de precios del 700% en el gas, según Bloomberg, anuncios de restricciones en el consumo en Alemania, y de escenarios apocalípticos para toda la Unión Europea, en el caso de que Rusia decida cortar el suministro de gas. Por otro lado, cuando Rusia reacciona con una disminución del suministro de gas a quienes la quieren arruinar, dejándolo de comprar, entonces salta Úrsula von der Leyen con que Rusia está usando la energía como un arma política. Si la situación a la que nos están arrastrando los dirigentes de la Unión Europea no fuera tan dramática, el nivel de la argumentación, a la altura de un guiñol, sería para reírse.

Después de haber cancelado la entrada en funcionamiento del gasoducto Nord Stream 2, una obra de ingeniería de 11.000 millones de euros inutilizada por presiones de Estados Unidos, Alemania se queja ahora de que Rusia disminuya el suministro que envía por el Nord Stream 1, o incluso llegara a bloquearlo, mientras la presidenta de la Comisión Europea hace aspavientos sobre “planes de emergencia” ante un hipotético corte del gas por parte de Rusia. Da la impresión de que la Unión Europea primero sanciona, y sólo después se para a pensar en las consecuencias de sus actos.

A pesar de que Úrsula von der Leyen reconoce que los envíos de gas natural licuado (GNL) desde Estados Unidos, a un precio muy superior al ruso, se han triplicado, el consejero delegado de Shell advierte que: «Creo que será imposible cubrir toda la capacidad de gas del gasoducto que procede de Rusia con GNL”. Más claro, agua. No hay gas en el mundo capaz de rellenar el hueco que dejaría Rusia. Ni con los aportes de Noruega, cuyos trabajadores del sector acaban de comenzar una huelga que va a reducir el suministro, ni con los de Qatar, que ya ha declarado que es imposible sustituir el gas ruso con rapidez; ni con los de Argelia – con quien no está el horno para bollos, después del reconocimiento de Estados Unidos y de España de la soberanía de Marruecos en el Sáhara – ni con los de Azerbaiyán.

En este contexto, hasta los órganos de propaganda del Partido Demócrata en Estados Unidos, el más insigne de ellos el New York Times, no tienen más remedio que reconocer que la estrategia de las sanciones no está funcionando. En un artículo publicado el 24 de junio, el rotativo neoyorkino alertaba de la frustración y el daño que las sanciones están causando a la “alianza dirigida por Estados Unidos”. En un ejercicio de sinceridad, el texto señalaba que “Pocos funcionarios de Biden, si es que alguno, esperaban que las sanciones detuvieran la guerra de inmediato. Pero la administración y sus contrapartes europeas tampoco esperaban la presión económica que ahora están experimentando”.

El artículo repasa además el nulo efecto de otras baterías de sanciones contra Rusia, como las decretadas por Barack Obama en 2015 tras la anexión de Crimea, así como las impuestas a otros países, a la hora de “corregir” sus políticas para adecuarlas a los intereses de Estados Unidos. Esto nos lleva a hacernos dos preguntas:

  1. Si los propios promotores de las sanciones son conscientes de que no consiguen variar las políticas de los gobiernos e, incluso, contribuyen a reforzarlas ¿por qué las imponen?
  2. ¿Quién va a asumir las responsabilidades políticas por la adopción de una estrategia que se ha vuelto como un bumerán contra los países que están imponiendo las sanciones, en forma de carestía de vida y escasez de energía y alimentos, imprescindibles para el bienestar de la ciudadanía y el desenvolvimiento de la economía? ¿Acaso no sabían los dirigentes de la “alianza liderada por Estados Unidos” que las sanciones se podían volver en su contra? ¿Ni siquiera lo sospechaban? ¿De verdad hay alguien al volante en Occidente?

En el caso de Estados Unidos, la adopción de la estrategia de expandir la OTAN hacia el Este, hasta las mismas fronteras de Rusia, tiene la lógica de un imperio que aspira a la hegemonía en su fantasía de mundo unipolar, donde el resto se somete a sus designios. Una lógica neocolonial, despegada de los hechos, porque no tiene en cuenta los profundos cambios que han acaecido en el mundo desde que Washington se declarara vencedor de la guerra fría y decidiera ir a por todas. Las sanciones forman parte de esa manera de ver el mundo que tienen los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca, sean del signo político que sean: quien no se pliega a sus deseos, que son órdenes, ha de atenerse a las consecuencias. Sea en forma de sanciones, o de intervenciones militares directas, o a través de un proxy, como está ocurriendo ahora, para desgracia de los habitantes de Ucrania.

Pero lo que no se entiende es que la Unión Europea esté abrazando con un entusiasmo, que sólo cabe calificar de suicida, la agenda imperial de Estados Unidos. Por varios motivos. En primer lugar, porque para diseñar la estrategia geopolítica de un actor con aspiraciones a serlo de primer orden, lo primero que deberían hacer los dirigentes europeos es mirar el mapa. A juzgar por sus decisiones, parece que hace mucho tiempo que no se molestan en hacerlo.

Para subrayar la posición y el tamaño de la Unión Europea en relación con Rusia, he recortado el mapa de Eurasia para dejar ambas unidades políticas solas, frente a frente.

Lo primero que debería llamar la atención de los dirigentes de la Unión Europea es que lo que llamamos Europa no deja de ser una península de la gran masa euroasiática, y que hacia el Este lo único que tenemos es Rusia. Vamos con el tamaño: la superficie de la Unión Europea es de 4,23 millones de kilómetros cuadrados, frente a 17,1 millones de Rusia. Pero con ser importante, el tamaño no es lo fundamental. La clave radica en que las fuentes de energía que la Unión Europea precisa para subsistir, unas fuentes abundantes, próximas y baratas, con toda la logística en funcionamiento, transportándolas desde hace décadas, están en Rusia, aquí al lado.

A raíz de la invasión rusa de Ucrania, una guerra ilegal y execrable, que contraviene lo dispuesto en la Carta de las Naciones Unidas, y que no ha recibido la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU – al igual que muchas otras, que no generan ni una sombra de las reacciones que está provocando ésta – estamos asistiendo a un intento de desgajar política y económicamente a esa península, ocupada por la Unión Europea, del resto del continente euroasiático, principalmente de Rusia, pero también de China. A la primera, el nuevo concepto estratégico de la OTAN la califica de “la mayor amenaza directa a la seguridad, paz y estabilidad en el área euroatlántica”. Y a la segunda, como “desafío sistémico” que “amenaza a los intereses, la seguridad y los valores”.

Según datos del World Economic Forum, en 2021 dos quintas partes del gas y más de una cuarta parte del petróleo que consume Europa procedieron de Rusia. Este país fue el quinto socio comercial de la Unión Europea, en lo que se refiera a exportaciones de bienes, después de Estados Unidos, Reino Unido, China y Suiza. El año pasado Rusia fue el tercer socio comercial para las importaciones de bienes de la UE, después de China y Estados Unidos. Según datos de Eurostat, China superó al año pasado a Estados Unidos como primer socio comercial de la Unión Europea.

Quien está pretendiendo separar a la península europea del resto de Eurasia es Estados Unidos, porque quiere evitar a toda costa el surgimiento del eje Pekín – Moscú – Berlín. Hace dos años, Asia Times publicaba un artículo titulado “La alianza euroasiática definitiva está más cerca de lo que piensas”. Y subtitulaba: “Beijing-Moscú ya está en marcha; Berlín-Beijing es un trabajo en progreso; el eslabón perdido pero no lejano es Berlín-Moscú”.

La alianza euroasiática que presagiaba el autor del artículo tiene todo el sentido del mundo, desde el punto de vista geográfico y de la complementariedad que presentan sus integrantes: la Unión Europea aporta el know how; Alemania e Italia, la industria de alto valor añadido. China, además de poner las fábricas que la globalización situó en su territorio, también puede hacer ya sus aportaciones en materia de investigación y desarrollo (recordemos los esfuerzos de Estados Unidos para boicotear la tecnología 5G de Huawei). Por su parte, Rusia suministra la energía para que el tren avance, aunque tampoco debemos subestimar sus aportaciones tecnológicas (medicina, armamento, sector aeroespacial, etc.). En el caso de que la alianza cuajara, Estados Unidos no sólo tendría que olvidarse de su sueño de convertirse en la potencia hegemónica de un mundo unipolar, sino que se quedaría poco menos que en enano político, con influencias, a lo sumo, en lo que considera su patio trasero: América Latina. O delantero, en palabras recientes de Joe Biden.

Ante los ataques económicos que está recibiendo desde el Oeste, Rusia está basculando hacia el Este y el Sur. Quienes piensen que Rusia está acabada si pierde como clientes de su energía a los países occidentales, se equivocan. La población de la Unión Europea era de 441 millones de habitantes en 2021. Con una población mundial que se acerca a los 8.000 millones en este momento, el porcentaje que representamos los europeos no llega al 5%. Rusia está desarrollando más proyectos con China para redirigir sus fuentes de energía hacia clientes más amistosos, más poblados y, a diferencia de Europa, en plena pujanza económica.

Desde 2019, Rusia está suministrando gas a China a través del gasoducto “Fuerza de Siberia”. Ahora su flujo de gas acaba de aumentar. Adicionalmente, Rusia, China y Mongolia han llegado a un acuerdo para construir el gasoducto “Fuerza de Siberia 2”, que enviará gas a China desde los yacimientos rusos de Yamal, cerca del Ártico, atravesando Mongolia. El gasoducto ha entrado en su fase práctica, la de diseño, según Alexei Miller, presidente de Gazprom. Con este nuevo proyecto, Rusia podrá suministrar hasta 50.000 millones de metros cúbicos de gas al año a China.

Según afirma la consultora Independent Commodity Intelligence Services, la construcción del gasoducto «Fuerza de Siberia 2» lo conectaría a la red interna de gasoductos de Rusia, lo que significaría que este país tendría la capacidad de desviar hacia China el gas que ahora destina a Europa.

Teniendo en cuenta las palabras del consejero delegado de Shell, de que actualmente no hay gas en el mundo para suplir el que llega a Europa desde Rusia, y que en un futuro cercano ésta se las puede arreglar colocando todos sus productos energéticos en otros mercados, ¿Cuál es el futuro que nos aguarda a los ciudadanos de la Unión Europea? Francia acaba de dar prácticamente por sentado que Rusia va a cortar por completo el suministro de gas a Europa. ¿Vamos a tener que quemar los muebles este invierno para calentarnos? ¿Y aparte de quemar carbón, tienen alguna otra brillante idea nuestros dirigentes para proveer de energía a las empresas que funcionan con gas? Nos llevan directos a la miseria y lo saben. Cuanto más tiempo tarden en rectificar, más nos va a costar conseguirlo. Si es que aún estamos a tiempo, que lo dudo. 

 

Las sanciones contra Rusia levantan un nuevo telón de acero en Europa

Las sanciones impulsadas por Estados Unidos contra Rusia, en represalia por su invasión de Ucrania, están siendo impuestas con ardor por la Unión Europea, en contra de los propios intereses geopolíticos de esta península del continente euroasiático. La estrategia de castigar a Rusia por la vía económica se está demostrando como un fracaso absoluto para lograr su supuesto objetivo: parar la maquinaria de guerra rusa, que continúa devorando territorio en Ucrania. El mejor termómetro para calibrar las consecuencias de este error político lo constituye el cambio de narrativa que comienza a despuntar en algunos medios de comunicación occidentales, poco sospechosos de mostrar veleidades prorrusas. En primer lugar, vemos artículos que llaman a la negociación para poner fin a la guerra, insistiendo en que esa posición no supone ningún tipo de apaciguamiento del Kremlin (las comparaciones históricas son odiosas).  Por otro lado, surgen filtraciones de la Casa Blanca en la que se habla abiertamente de que Zelensky podría tener que renunciar a territorios para firmar un acuerdo que acabe con la contienda. Y por último, el propio Joe Biden ha abierto la veda en la búsqueda de cabezas de turco, y lo ha hecho apuntando a Zelensky, a quien acusa de no haber escuchado las advertencias de Estados Unidos acerca de la inminente invasión rusa.

Si juntamos estas tres piezas, nos sale rápidamente el puzle: la guerra en Ucrania no va bien desde el punto de vista occidental. La reciente visita de Scholz, Macron y Draghi a Zelensky, además de hacerse la foto, tenía el objetivo de mostrar su apoyo a la candidatura de Ucrania a su ingreso en la Unión Europea. Sin embargo, el día anterior de su viaje a Kiev, Macron había declarado que «El presidente ucraniano va a tener que negociar con Rusia, y nosotros, los europeos, estaremos presentes en esa mesa para ofrecer garantías de seguridad». Así que caben pocas dudas de que el mismo mensaje le fue trasladado personalmente a Zelensky quien, a juzgar por su lenguaje no verbal en la comparecencia conjunta, no le gustó ni un pelo.

Fotografía: Ludovic MARIN POOL/AFP

Sin embargo, frente a este giro en la narrativa occidental, se siguen produciendo intervenciones belicistas por parte del mismo bando, lo que indica que debe de estar produciéndose un intenso debate sobre la estrategia para salir del fangal en el que se han metido. Al día siguiente de la visita de los líderes europeos, Boris Johnson se presentó en Kiev por sorpresa. El premier británico, fiel emisario de la colonia devenida en metrópoli, le dijo a Zelensky que ni hablar de negociación, y le ofreció un programa de entrenamiento para las tropas ucranianas. Otro más que sumar al que lleva desarrollando la OTAN durante años. Johnson anunció que Occidente debería prepararse para una larga contienda. En la misma línea, Jens Stoltenberg declaraba, en días previos a la cumbre de la OTAN en Madrid, que la guerra en Ucrania durará años, mientras anuncia mayores aportes de armas pesadas y de largo alcance. Simultáneamente, Stoltenberg reconoce que la prolongación de la guerra tendrá costes no sólo militares, sino en los precios de la energía.

Un titular de cuando parecía que a Ucrania le iba bien en el frente, y la OTAN quería colgarse la medalla.

Independientemente de qué facción del bando occidental haga prevalecer sus postulados, si los partidarios de la negociación, o los belicistas que, como Patrick Sanders, general al mando del ejército británico, pide a sus huestes que se preparen para la tercera guerra mundial, habrá que tener en cuenta cuál es la posición de Moscú.

En mi opinión, el bloque occidental quemó las naves de la negociación cuando rechazó sentarse a discutir las propuestas que Rusia envió a Estados Unidos y a la OTAN en diciembre pasado. La negativa a dialogar fue la espoleta que disparó la invasión de Rusia, que ya estaba peligrosamente caliente tras las sucesivas expansiones de la OTAN hacia el Este, los incumplimientos de los acuerdos de Minsk y los ocho años de bombardeos sobre la población rusa del Donbass.

Desde que comenzó la invasión rusa de Ucrania, la estrategia de Estados Unidos, sus vasallos europeos (así los calificaba Zbigniew Brzezinski) y otros adláteres (Reino Unido, Japón, Australia y Corea del Sur) se ha desplegado en los siguientes vectores:

  1. Intentar hundir la economía de Rusia, mediante la imposición de sanciones nunca vistas, con la finalidad de provocar un levantamiento de la población que acabara derrocando a Putin.
  2. Alimentar la contienda enviando miles de millones de dólares en armamento a Ucrania y proporcionando información de inteligencia con el objetivo declarado de prolongar la guerra e impedir la victoria de Rusia.
  3. Una campaña de rusofobia y de cancelación de la cultura y el deporte rusos a todos los niveles, fomentando el aislamiento internacional de Rusia.
  4. La censura total de los medios de comunicación rusos.
  5. La atribución a Rusia de toda la responsabilidad en la crisis alimentaria que la guerra, pero también las sanciones, están provocando en el mundo, especialmente en los países más pobres.

Los resultados que está consiguiendo esta estrategia son exactamente los opuestos a los que pretendía:

  1. El incremento de precios del gas y del petróleo provocado por la guerra – y por las sanciones – se está traduciendo en mayores ingresos para Rusia por su venta, y en récords de superávit comercial, como señalé en un artículo anterior.
  2. Las sanciones están perjudicando, sobre todo, a la Unión Europea. Por si quedaba alguna duda respecto a quién está pagando el pato, Joe Biden acaba de declarar respecto a la guerra en Ucrania que “en algún momento, esto va a ser un poco como un juego de espera: lo que los rusos pueden sostener y lo que Europa estará dispuesta a sostener. Estados Unidos es un exportador neto de energía, mientras que la UE es un importador neto. Hasta el momento, la UE ha sido incapaz de sustituir las importaciones de energía procedente de Rusia, porque no hay alternativas suficientes para reemplazar dichas fuentes. Ahora la UE está pagando un 40% más caro el gas licuado que compra a Estados Unidos, y acaba de anunciar que va a recurrir a quemar carbón, algo muy coherente con sus políticas supuestamente verdes. Estados Unidos ha endosado las consecuencias de las sanciones en mayor medida a la Unión Europea, y parece mentira que sus líderes hayan abrazado el papel de sufridores del conflicto, en detrimento de los intereses de la Unión, y a pesar del daño que están provocando a la ciudadanía.
  3. La popularidad de Vladimir Putin está en el 83%, muy por encima de la de cualquier líder occidental, comenzando por la del propio Joe Biden, que se ha desplomado hasta el 36%.
  4. Las pretensiones de aislar internacionalmente a Rusia sólo están encontrando eco en el bloque occidental. En una reciente reunión promovida por Zelenski con los países de la Unión Africana, sólo se presentaron cuatro máximos mandatarios, aunque todos los del continente estaban invitados. Las demás representaciones iban del nivel ministerial hacia abajo. A la censura de los medios de comunicación rusos y de la omnipresente propaganda rusófoba en los occidentales hay que sumar la obstaculización que están sufriendo quienes no comparten esa estrategia, con suspensiones de sus cuentas en redes sociales y de sus cuentas en PayPal. A pesar de todo ello, una encuesta realizada por el European Council on Foreign Relations muestra que, en la propia Europa, solo 1 de cada 4 personas cree que el objetivo más apremiante es castigar a Rusia (etiquetadas como Justice Camp), mientras 1 de cada 3 es más partidaria de llegar a un acuerdo que ponga fin a la guerra, lo antes posible (Peace Camp).

En los países árabes, la propaganda de los medios occidentales ha fracasado completamente, lo que no tiene nada de extraño, dadas las intervenciones promovidas por Estados Unidos en Libia, Irak, Siria, Somalia, etc., las sanciones a Irán y el apoyo de Washington a Israel frente a Palestina. Una encuesta realizada por Arab News arrojó los siguientes resultados: casi una cuarta parte de las 7.835 personas encuestadas (24%) echaron la culpa de la guerra en Ucrania a la OTAN, mientras que el 13% achacó la responsabilidad directamente a Joe Biden. Solamente el 16% culpó a Rusia. En general, el dato más llamativo es la falta de posicionamiento frente al conflicto.

Las divisiones que se están produciendo en el bloque occidental son lógicas, dado el fracaso de la estrategia de las sanciones contra Rusia: no sólo no están parando la guerra, sino que están disparando los precios de la energía y la inflación en Occidente, además de provocar una crisis alimentaria, de la que se intenta culpar a Rusia y que, sin embargo, responde a causas diversas.

Pero la pregunta que viene ahora es cuál sería la respuesta del Kremlin en el caso de que Estados Unidos permitiera al gobierno de Ucrania un intento real de negociación, con la finalidad de poner fin a la guerra. Algo que no ha ocurrido hasta ahora.

En mi opinión, Rusia no está interesada actualmente en sentarse a negociar nada, por los siguientes motivos:

  1. Rusia está ganando la guerra en el frente militar. En el canal Military Summary se puede comprobar, a diario, la situación de las tropas rusas y de las ucranianas, y los mapas que muestran no dejan lugar a dudas. Nadie que esté ganando una guerra se sienta a ceder territorios que acaba de conquistar, y menos los que controla de facto desde hace años, como pretende Zelensky, lo que indica su falta de voluntad real de negociar.
  2. Rusia está ganando la guerra en el frente económico: está ampliando los mercados para sus productos en Asia, el superávit de cuenta bate récords y el rublo es la moneda con mejor desempeño en el mercado de divisas. Rusia no necesita al resto de Europa para sobrevivir. Europa a Rusia, sí. Ahora, la Unión Europea acusa a Rusia de usar el gas como arma política al reducir el flujo que llega por los gasoductos. Sin embargo, ha sido la UE la que anunció su intención de prescindir, lo antes posible, del petróleo y del gas rusos. ¿En este caso, no se está usando la energía como arma política? ¿En qué quedamos? ¿En que no queremos nada de los rusos, pero nos quejamos cuando dejan de vendernos lo que necesitamos? El ministro de Economía de Alemania, Robert Habeck, ha reconocido que «Si el gas no es suficiente, ciertos sectores industriales que necesitan gas tendrían que cerrarse» (por lo que) “las empresas tienen que detener la producción, despedir a sus trabajadores, las cadenas de suministro colapsan, la gente se endeuda para pagar sus facturas de calefacción, la gente se vuelve más pobre, la frustración se extiende por todo el país”. Una de las razones fundamentales del éxito de la industria alemana ha consistido en disponer de energía barata desde hace décadas: el gas ruso. Ahora, debido a las sanciones, y a la respuesta de Rusia, Alemania va a tener que racionar el gas, elegir entre mantener las fábricas abiertas o encender la calefacción. ¿Quiénes son entonces los perjudicados por las sanciones? ¿Los rusos, que siguen avanzando en Ucrania, o la industria y la población de Alemania? Si la industria alemana, que es la locomotora económica de la Unión Europea, se gripa, la recesión está garantizada. 
  1. Después de la experiencia de los acuerdos de Minsk, Rusia no puede confiar en Occidente. El anterior presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, acaba de declarar que, aunque fue él quien firmó los acuerdos, nunca tuvo la intención de cumplirlos. Los hechos le dan la razón. ¿Para qué va a firmar Rusia acuerdos con Occidente, si sabe que no los cumple? La confianza es algo que se tarda mucho en ganar, y muy poco en perder, generalmente de manera irrecuperable.

Las sanciones dictadas por Estados Unidos, impuestas con entusiasmo suicida por la Unión Europea, han construido un nuevo telón de acero que, esta vez, será muy difícil de derribar, sino imposible. No son sólo las sanciones, sino la rusofobia rampante en los medios de comunicación occidentales, y sus propagandistas en las redes sociales, lo que ha provocado en el pueblo ruso, y en sus dirigentes, un rechazo visceral hacia lo que perciben como agresiones a su país. Un político considerado hasta hace poco prooccidental, el expresidente y ex primer ministro Dmitri Medvedev, ahora suelta vitriolo contra Occidente en su canal de Telegram de manera regular.

Al otorgar el estatus de países candidatos a Ucrania, Moldavia y Georgia para formar parte de la Unión Europea, Bruselas le ha propinado otra bofetada política a Moscú. Josep Borrell ya declaraba a principios de año que La delimitación de las esferas de influencia de las dos grandes potencias no corresponde a 2022”. Se ve que ese discurso sólo se aplica a Rusia, mientras que el bloque occidental no cesa de ampliar sus esferas de influencia, tanto por la vía militar, con la expansión de la OTAN, como por la política, a través de la ampliación de la Unión Europea. Los rusos son poco amigos, afortunadamente, de las reacciones viscerales, pero esto no quiere decir que la acumulación de afrentas vaya a quedarse sin respuesta. La última provocación ha sido las restricciones impuestas por Lituania al tránsito ferroviario ruso con el enclave de Kaliningrado, donde viven cerca de un millón de rusos.

Ilustración: Mauro Entrialgo. elsaltodiario.com

El problema para los ciudadanos de la Unión Europea, víctimas de las decisiones políticas erróneas que se toman en Bruselas, radica en que cuando Rusia dé definitivamente la espalda a la UE en el ámbito comercial, y deje de vendernos petróleo, gas, trigo, titanio, etc., lo que va a ocurrir más pronto que tarde, los habitantes de esta península de Eurasia vamos a tener serios problemas para sobrevivir. Y quienes lo consigan, van a vivir con muchísimas más estrecheces de las actuales.

 

Los medios de comunicación ya han comenzado la labor de mentalizar a la población para que asuma las consecuencias de las decisiones erróneas de nuestros políticos: vienen tiempos duros, y vienen para quedarse. Este titular no puede entenderse de otra manera: ¿Alguien le dirá a Europa que la era de la vida barata ha terminado?”

 

Pero ni Úrsula von der Leyen, ni Josep Borrell, ni Charles Michel, ni Jens Stoltenberg, ni nadie de esa élite que toma las decisiones que afectan a la vida de los ciudadanos se van a preocupar, porque saben que obedeciendo las órdenes que les dan en la Casa Blanca tienen el futuro asegurado. Y eso es lo único que les importa: sus carreras políticas. La ciudadanía se la trae al pairo. Stoltenberg ya tiene asegurado su puesto como gobernador del Banco Central de Noruega cuando deje su cargo en la OTAN.

Los políticos europeos han olvidado que están al servicio de los ciudadanos que les eligieron para sus cargos (directa, o muy indirectamente, en el caso de los burócratas de Bruselas). En lugar de ello, se han puesto a las órdenes de una potencia extranjera, cuyos intereses geopolíticos pasan por la destrucción de la Unión Europea, porque la consideran un adversario en su apuesta por un mundo unipolar. El levantamiento de un nuevo telón de acero por parte de los líderes de la UE entre dos partes de Europa absolutamente simbióticas representa una traición a los intereses de los ciudadanos que deberían defender. La ciudadanía debería tomar buena nota y actuar en consecuencia.

Cómo se podía haber evitado la guerra en Ucrania

La actual guerra en Ucrania es la consecuencia de la decisión estratégica que tomó Estados Unidos cuando Gorbachov disolvió la Unión Soviética. Después de cuarenta años de guerra fría, Washington tenía ante sí dos opciones: cambiar la mentalidad y tratar de incorporar a Rusia a Occidente o, por el contrario, continuar con el marco vigente durante cuatro décadas, declararse vencedor de la contienda y proceder a expoliar sus inconmensurables riquezas. Haciendo caso omiso a sus propios expertos en geopolítica, que aconsejaban integrar a Rusia de algún modo a la esfera occidental, y advertían contra la tentación de humillarla, (y siguen haciéndolo, como Kissinger recientemente en Davos), Estados Unidos optó por colocarse los laureles de ganador de la fría contienda e ir no sólo a por Rusia, sino a por todo el planeta.

En papel mojado quedaron las promesas hechas a Gorbachov por parte de los líderes occidentales de que la OTAN no se expandiría “ni una pulgada” hacia el Este si la URSS consentía la unificación de Alemania. En papel mojado quedó también la “Carta de París para la nueva Europa”, firmada por Estados Unidos, la URSS, Canadá y los jefes de Estado europeos, que proclamaba el arrumbamiento de la dinámica de bloques de la guerra fría y el fin de la división de Europa que trajo el telón de acero. En papel mojado quedaron pactos y promesas, porque su cumplimiento hubiera significado la renuncia de Estados Unidos a convertirse en la potencia hegemónica del mundo. ¿Por qué se hicieron esas promesas y se firmaron esos pactos? Porque si existe una palabra para definir la política de Estados Unidos, esa es la hipocresía.

En diciembre del año pasado, Rusia hizo públicos dos documentos. Uno, el que había enviado a Estados Unidos y otro, a la OTAN, en el que presentaba dos borradores de acuerdo, con la intención de negociar sus propuestas de seguridad. Aunque eran ciertamente maximalistas (una retirada de la OTAN a sus posiciones anteriores a la expansión, desde 1997, hacia el Este de Europa; la renuncia a que Ucrania y Georgia entraran en la OTAN; y garantías jurídicas por escrito de todo ello), los rusos subrayaron que se trataba de unas propuestas que estaban dispuestos a negociar.  El viceministro de Exteriores, Sergei Ryabkov lo dejaba claro, al mismo tiempo que advertía sobre la trascendencia del asunto: “No se trata de que estemos dando algún tipo de ultimátum, no lo hay. Lo que pasa es que no se debe subestimar la seriedad de nuestra advertencia”.

¿Cuál fue la respuesta de Estados Unidos? Pues básicamente que lo único que estaban dispuestos a negociar era de qué color pintaban los misiles, subrayando que la adhesión de Ucrania a la OTAN no era asunto que le incumbiera a Rusia, y rechazando de plano entablar un diálogo sobre sus principales demandas. Radio Free Europe/Radio Liberty, el órgano de propaganda de Estados Unidos durante la guerra fría, que sigue activo, desacreditaba las propuestas rusas tildándolas de “lista de deseos”. Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, se apresuraba a descalificar el intento de negociación de Rusia, alegando que no tenía nada que opinar en relación con la pertenencia de Ucrania a la organización atlantista.  William Courtney, un exfuncionario del Departamento de Estado que ahora trabaja para la RAND Corporation (un think tank financiado por el gobierno estadounidense, autor de un estudio para desequilibrar a Rusia mediante sanciones) alegaba que negociar las propuestas rusas significaría una forma de «formalizar esferas de influencia», algo inaceptable para Estados Unidos y Europa.

La propuesta de Rusia cayó en saco roto, la negociación que reclamaba no se produjo y Estados Unidos optó por tratar al país más grande y rico del mundo, a una potencia que cuenta con misiles hipersónicos capaces de transportar sus más de 6.000 ojivas nucleares, como si fuera un país del Sahel: con prepotencia y desdén.

Fuente: SIPRI. Stockholm International Peace Research Institute.

Estados Unidos es un país asaltador de países, como demuestra su amplia historia de intervenciones en otros Estados con el objetivo de expoliar sus recursos naturales, sean estos la fruta (el primer golpe de Estado organizado por la CIA tuvo lugar en Guatemala, porque al presidente Jacobo Arbenz se le ocurrió nacionalizar las tierras de la United Fruit Company, a cambio de una compensación); el cobre (como ocurrió con el golpe de Estado de Pinochet, apadrinado por Washington); o el petróleo (como pasó con el ataque de la OTAN a Irak, después de habernos contado el cuento de las inexistentes armas de destrucción masiva que albergaba el malo de turno, Saddam Hussein).

Intervenciones de Estados Unidos en Iberoamérica en los siglos XX y XXI. 

En el caso de Rusia, con Yeltsin a Estados Unidos le fue de perlas. Después de haber etiquetado como “demócrata” al responsable de haber cañoneado al primer parlamento democráticamente elegido tras la disolución de la URSS, los años 90 fueron de vino y rosas para los intereses de Washington y el Fondo Monetario Internacional, que actúa bajo su égida. Tan bien le iba con Yeltsin, que asesores de Estados Unidos trabajaron en la campaña electoral de 1996 para lograr su reelección. Lo que consiguieron, para satisfacción de quienes diseñaron el plan para expoliar las riquezas del país eslavo, en lo que puede calificarse como la mayor transferencia de riqueza pública a manos privadas de la Historia.

Cuando Vladimir Putin fue cooptado por Yeltsin para presidir Rusia, en un principio intentó llevarse bien con Occidente. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Putin fue el primer jefe de Estado que llamó a George H. Bush para expresarle sus condolencias, y brindarle su colaboración. Putin ofreció a Bush establecer bases estadounidenses en Asia central para su guerra contra Afganistán. Justo un año antes, Putin había comentado la posibilidad de que Rusia formara parte de la OTAN. Sin embargo, si Estados Unidos hubiera aceptado incorporar a Rusia a Occidente, habría tenido que aceptar de algún modo un liderazgo compartido con la otra gran potencia nuclear, algo que no entraba en sus planes. Estados Unidos aspiraba a la hegemonía mundial, entonces y ahora.

La doctrina Monroe, el destino manifiesto, el Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, la única nación indispensable… muchas han sido las coartadas fabricadas por Estados Unidos para intentar dotar de un armazón ideológico a lo que no es otra cosa que su intención de implantar su hegemonía para controlar los recursos naturales del planeta, a mayor gloria de las corporaciones que diseñan su política exterior. 

Desde esos presupuestos ideológicos, Estados Unidos desechó la idea de reiniciar las relaciones internacionales tras la caída de la Unión Soviética, conservó el mismo marco mental de la guerra fría y emprendió la expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia. Ya en el año 2004, durante la revolución naranja en Ucrania, el columnista conservador Charles Krauthammer anticipó lo que Estados Unidos venía tramando: “Se trata de Rusia en primer lugar, la democracia en segundo lugar…. Occidente quiere terminar el trabajo iniciado con la caída del Muro de Berlín y continuar la marcha de Europa hacia el este…. El gran premio es Ucrania.

De todos los asesores en geopolítica con que ha contado, Estados Unidos prefirió seguir la línea del ya difunto Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional con Jimmy Carter, y que en 1997 expuso en su libro “El gran tablero: la primacía americana y sus imperativos geoestratégicos” su proyecto para Rusia: trocearla en tres repúblicas. La parte europea estaría controlada por sus vecinos europeos occidentales; la segunda república, la siberiana, integrada en Asia Central, sería tutelada por Turquía, y una tercera república, en el extremo oriente, estaría bajo control japonés, un fiel aliado de Estados Unidos. Brzezinski denominaba “vasallos” a los países europeos, a Turquía y a Japón. Algo que, en el caso de la Unión Europea, se ha mostrado como una realidad, a la vista de lo ocurrido con su seguidismo de las sanciones contra Rusia, impulsadas por Estados Unidos, que van en contra de los intereses europeos.

Veinte años después, se podía encontrar la influencia de las ideas de Brzezinski en la prensa de Kiev, aunque en 2014 se planteaba despiezar a Rusia en partes más pequeñas y manejables.

A la luz de estos antecedentes, ¿Cómo se podía haber evitado la guerra en Ucrania?  En primer lugar, Estados Unidos debería de haber renunciado a su pretensión de erigirse en la única potencia de un mundo unipolar, y haber apostado por construir relaciones económicas y comerciales que supusieran un beneficio mutuo para todos los participantes en ellas. Estados Unidos debería haber asumido que en el mundo, aparte de Rusia, han surgido otras potencias, como China, y otras que están saliendo del subdesarrollo, como India, con las que hay que contar a la hora de organizar ese mundo basado en reglas del que Estados Unidos tanto habla pero que, a la hora de la verdad, pretende basar no en reglas, sino en las arbitrariedades que mejor se acomodan a sus intereses. Baste como muestra de esas arbitrariedades la próxima visita de Joe Biden a Arabia Saudita, régimen autoritario y antidemocrático donde los haya: lo importante en este caso es el petróleo, no los derechos humanos. 

Estados Unidos debería haber sabido leer a Rusia. Debería haberse dado cuenta de que esta potencia había salido del hoyo en el que fue sumida en los años 90, y que la expansión de la OTAN hasta sus mismas fronteras iba a desatar una reacción de autodefensa por parte de una nación con armamento nuclear. Una nación que se sentía acorralada, como ya habían advertido gran parte de los politólogos estadounidenses, que anticiparon ese comportamiento si la OTAN amenazaba con fichar a Ucrania para el equipo construido por Estados Unidos para alzarse con la hegemonía mundial.

Para haber evitado la guerra proxy de Estados Unidos contra Rusia en Ucrania, los dirigentes ucranianos deberían haber cumplido los acuerdos que firmaron en Minsk, en 2014 y 2015, que establecían un alto el fuego bilateral inmediato y un estatus de autonomía, dentro de Ucrania, para las regiones del Donbass. Unos acuerdos que los sucesivos gobiernos de Ucrania no sólo no cumplieron, sino que se dedicaron, en su lugar, a bombardear a la población civil del Donbass, provocando más de 14.000 muertos y 30.000 heridos.

Para haber evitado la invasión rusa de Ucrania, los dirigentes europeos que apadrinaron los acuerdos de Minsk (Angela Merkel y François Hollande) deberían haber presionado a Kiev para cumplirlos, en vez de mirar hacia otro lado.

Mucho se ha hablado en los medios occidentales de la acumulación de fuerzas rusas en la vecindad de la frontera con Ucrania, pero poco, o nada, de la concentración de efectivos ucranianos en las proximidades de la línea de contacto en Donbass, que indicaban la alta probabilidad de un asalto definitivo en febrero a las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, tras ocho años de bombardeos.

Para haber evitado la invasión rusa de Ucrania, su presidente actual, Volodimir Zelensky, debería haber rechazado el papel de proxy que, sin embargo, ha abrazado con ardor, para desgracia del pueblo ucraniano. Un candidato que ganó las elecciones con un programa de paz, apoyado por el 70% de los votantes, que afirmó que acabar con la guerra (en el Donbass) era tan sencillo como dejar de disparar. Ya como presidente hizo todo lo contrario de lo prometido en campaña, rematando su vuelco brutal cuando subrayó, en la Conferencia de Seguridad celebrada de Múnich el 19 de febrero, cinco días antes de la invasión rusa, que Ucrania no tenía por qué seguir renunciando a albergar armas nucleares. Quizá ésta fue la espoleta que terminó provocando la invasión.

En el reciente foro de Davos, el director del Organismo Internacional de la Energía Atómica, Rafael Grossi, desveló, ante la estupefacción de los panelistas, que Ucrania alberga en la central nuclear de Zaporiyia, la más grande de Europa, varios cientos de kilos de material con el grado suficiente de enriquecimiento para convertirse en armas nucleares. Así que cuando Zelensky advirtió en Múnich que Ucrania estaba dispuesta a salirse del Memorándum de Budapest, firmado en 1994, por el que Ucrania renunció a albergar armas nucleares, además de abrir la puerta a que alguien estacionara bombas atómicas en su país, sabía que Ucrania ya está en disposición de fabricarlas.

Para haber evitado que la guerra civil en Ucrania se transformara en una guerra abierta en el corazón de Europa, con enormes riesgos de que degenere en una conflagración mundial, habría hecho falta voluntad política para evitarlo. Sin embargo, la voluntad política de Estados Unidos iba en la dirección contraria. Desde que organizó el golpe de Estado del Maidán en 2014, el objetivo de Washington era utilizar como ariete a Ucrania para provocar la invasión rusa, lo que finalmente ha conseguido.

Para haber evitado la guerra en Ucrania, la Unión Europea debería haber apostado por la vía diplomática, en lugar de seguir ciegamente la estrategia de sanciones impulsada por Estados Unidos. Una estrategia que se está demostrando como un auténtico fracaso a la hora de detener la guerra, que está golpeando a los hogares más pobres de los países que aplican las sanciones y consiguiendo un enriquecimiento de Rusia, debido al incremento desorbitado de los precios del gas y del petróleo. Además, Rusia está sorteando las sanciones vendiendo más gas y petróleo en Asia. ¿Pero cómo podía haber apostado la Unión Europea por la negociación cuando el jefe de su diplomacia, Josep Borrell, afirma que “la guerra tendrá que decidirse en el campo de batalla”? Rusia no sólo está ganando la guerra militarmente, sino que podría estarla ganando incluso en el terreno mediático. Así que con figuras como Borrell, vamos apañados.

Estados Unidos está inmerso en una fuga hacia adelante. Ahora ya no es sólo su guerra contra Rusia en Ucrania. También ha abierto otro frente con China, a quien ha amenazado con una intervención militar si intenta tomar la isla de Taiwán por la fuerza. Un desafío que ya ha sido contestado por China de la manera más asertiva posible: no dudará en ir a la guerra por Taiwán.

¿A qué responde esta actitud cada vez más beligerante de Estados Unidos? Estos dos gráficos quizá nos puedan dar la respuesta. La deuda federal ascendió en 2021 a más de 28 billones, con B, de dólares. Esa cifra representa un endeudamiento equivalente al 137,2% de su PIB (Producto Interior Bruto), cuando hace diez años representaba un 100% del PIB. Si en lugar de tratarse de Estados Unidos, estuviéramos hablando de otro país, que no tuviera la capacidad de imprimir billetes sabiendo que habría demanda de su moneda, ese país estaría en vísperas de ser rescatado por el FMI. Con la diferencia de que en el caso de Estados Unidos, su deuda es sencillamente impagable.

Deuda Federal de Estados Unidos en porcentaje del PIB

Deuda federal de Estados Unidos en millardos de dólares. (Billions en inglés).

La política del quantitative easing” desarrollada por la Reserva Federal, el eufemismo empleado por los economistas para designar a la máquina de imprimir billetes, es una de las responsables de que Estados Unidos esté batiendo récords de inflación actualmente. Janet Yellen, la responsable de la Reserva Federal desde 2014 a 2018, y actual Secretaria del Tesoro, acaba de reconocer que se equivocó cuando afirmó que la inflación elevada no iba a representar un problema a largo plazo. Que mediocridades de este nivel detenten los más altos cargos económicos gubernamentales nos dice mucho de ese país que se proclama faro del mundo libre.

La otra responsable de la inflación que actualmente está devastando el poder adquisitivo de la clase trabajadora es la huida hacia delante de un imperio en decadencia, incapaz de asumir que es un gigante con los pies de barro y opuesto a construir otro tipo de relaciones internacionales que no se basen en la agresividad perpetua. Cuando los imperios se derrumban, son tremendamente peligrosos. Y cuando tratan de ocultar sus problemas internos fabricando enemigos externos, las consecuencias pueden ser letales para el planeta.

La hoja de ruta de Estados Unidos hacia la hegemonía mundial se tuerce en Ucrania

Los planes de Estados Unidos para evitar el surgimiento de un mundo multipolar y erigirse en la potencia hegemónica global se están torciendo en Ucrania. Después de más de 20 años acorralando a Rusia con sucesivas ampliaciones de la OTAN, Washington sí ha conseguido despertar al oso ruso, y meter una cuña, hasta el momento, entre la Unión Europea y Rusia, como comentaba en un artículo anterior. Sin embargo, su hoja de ruta se ha topado con problemas en los demás frentes, empezando por el bélico, y siguiendo con los “daños colaterales”: el incremento meteórico de los precios de la energía, el aumento de la inflación hasta niveles récord, la escasez de comida y las consiguientes revueltas sociales, como en Sri Lanka. La falta de apoyo a las sanciones de un número significativo de países con peso político, y densamente poblados, tales como China, India, México, Brasil o Indonesia, es otro obstáculo, éste quizás insalvable, en la hoja de ruta diseñada por los cerebros instalados en la Casa Blanca para hacerse con el mundo.

Aunque desde el minuto uno estaba claro que lo que se está produciendo en Ucrania es una guerra proxy, al viejo estilo de la guerra fría, entre Washington y Moscú, en Estados Unidos han tardado un tiempo en reconocer la evidencia. Ahora ya se admite abiertamente en foros internacionales, como el reciente de Davos, donde un senador norteamericano, Joe Manchin, se despachó del siguiente modo:   «Creo firmemente que nunca he visto, y las personas con las que hablo estratégicamente nunca han visto, una oportunidad más grande que ésta, para hacer lo que debe hacerse. Y Ucrania tiene la determinación de hacerlo. Deberíamos tener el compromiso de apoyar eso.» Por “hacer lo que debe hacerse” Manchin dejó claro que se refería a deshacerse de Putin. El senador descartó de plano la posibilidad de parar la guerra mediante un acuerdo negociado, y fijó el objetivo militar para Ucrania en la recuperación de la totalidad del territorio actualmente bajo control ruso, incluyendo los territorios que Ucrania perdió de facto tras el golpe de Estado de 2014: Crimea y parte de Donbass.

Por si quedaba alguna duda acerca de lo que el senador apuntaba, el Washington Post recalcaba en un artículo de Hal Brands, catedrático en la School of Advanced International Studies (SAIS), que “Rusia lleva razón: Estados Unidos está librando una guerra proxy en Ucrania”

Nadie con un mínimo de sentido común, comenzando por quienes instigaron la guerra en Ucrania y la están alimentando con el envío de armas, puede creerse que los objetivos militares que fijaba Joe Manchin en Davos estén al alcance de Ucrania. Actualmente, Rusia controla unos 100.000 kilómetros cuadrados arrebatados a Ucrania, según El País. Después de un repliegue hacia el Este y el Sur, Rusia domina ahora el acceso al Mar de Azov y avanza en los territorios del Donbass, donde el propio Zelensky reconoce que la situación es “muy complicada”.  Rusia tiene la capacidad nuclear para convertir no solo a Ucrania, sino al planeta, en cenizas en cuestión de horas, pero su estrategia y sus intereses son otros. Sus tiempos, también.

Lo que delata que la hoja de ruta de Washington en su guerra proxy contra Rusia se está torciendo es la aparición, en las últimas semanas, de algunos artículos de opinión en los medios de comunicación norteamericanos más influyentes que alertan de los errores de la estrategia estadounidense en Ucrania. Abrió el fuego contra la Casa Blanca la revista Foreign Policy, con un titular muy agresivo: “El peligroso nuevo resultado final para Ucrania de Biden: Sin final”. En el artículo, George Beebe, exjefe de análisis de Rusia para la CIA, advertía que la administración de Joe Biden podría estar olvidando que “el interés nacional más importante que tiene Estados Unidos es evitar un conflicto nuclear con Rusia”. También se decantaba por la negociación: “Necesitamos encontrar una manera de transmitir discretamente a los rusos que estaríamos dispuestos a aliviar las sanciones en el contexto de un acuerdo internacional». Estas afirmaciones suponen un cambio clarísimo en la narrativa que predomina en los medios de comunicación occidentales, en las que se nos vende a diario que Ucrania va ganando la guerra, se presentan las rendiciones de unidades del ejército ucraniano, como la del batallón Azov en Azovstal, como “evacuaciones”, y se pinta a un ejército ruso en retroceso, dando la victoria final de Ucrania en el conflicto como poco menos que asegurada.

Semanas después, el New York Times publicaba un artículo de opinión de su consejo editorial titulado “La guerra en Ucrania se está complicando y América no está preparada”. Tras la retórica habitual sobre el objetivo de liberar a Ucrania, el editorial se preguntaba si adentrarse en una guerra total contra Rusia iba a favor de los intereses norteamericanos, y deslizaba la posibilidad de una paz negociada en la que Ucrania tuviera que tomar “decisiones duras”. Calificando el momento actual de “confuso”, el diario urgía a Biden a aclarar si el fin de la guerra continuaba siendo alcanzar la paz y la seguridad, y no otros objetivos, como debilitar a Rusia de manera permanente o derribar a Putin. Sin clarificar sus verdaderas intenciones, la Casa Blanca estaba poniendo en riesgo no sólo el apoyo de los votantes – aviso a Biden antes de las elecciones de noviembre desde un medio demócrata – sino la paz y la seguridad en el continente europeo.

El New York Times tildaba de irreal el objetivo de que Ucrania recobrara el territorio que Rusia controla de facto desde 2014, y advertía de que unas expectativas poco realistas podrían enfangar al país en una guerra sin fin. Recordando que Rusia es una potencia nuclear, el diario apuntaba que debían ser los ucranianos quienes debían tomar esas “decisiones territoriales duras” a las que aludía previamente, lo que entre líneas se lee como una llamada a que los Estados Unidos permitan al gobierno de Ucrania que, por una vez, tome sus decisiones.  Finalizaba el NYT emplazando a Biden a que dejara claro a Zelensky que hay un límite hasta el que puede llegar Estados Unidos en su apoyo, y que las decisiones deberían tomarse en base a valoraciones realistas, no en función de una “victoria ilusoria”. En el foro de Davos, hasta Henry Kissinger aconsejó a Ucrania ceder territorio para firmar un acuerdo de paz con Rusia.

En el diario Washington Post, Katrina vanden Heuvel toca otro tema sensible en relación con la guerra de Ucrania: la necesidad de abrir un debate a fondo sobre la estrategia de Estados Unidos en el conflicto. Tal y como venía denunciando Stephen F. Cohen en numerosos artículos, en la sociedad norteamericana se ha instalado una corriente de pensamiento en torno a la relación con Rusia que no admite la más mínima discrepancia. Apoyándose en falsedades, como el dossier Steele, un documento que hasta el Wall Street Journal tildó de engaño, y que alimentó el Russiagate – la supuesta injerencia de Rusia en las elecciones de 2016 – el establishment estadounidense ha cercenado de raíz cualquier debate sobre la política que Estados Unidos debe mantener con Rusia: sólo cabe la mano dura y la demonización de Putin. Cualquier referencia a una posible distensión con el Kremlin es calificada poco menos que de traición. En el olvido quedan los acuerdos para reducir el arsenal nuclear que Ronald Reagan firmó con Gorbachov, en 1987, cuando existía la Unión Soviética, por poner sólo un ejemplo.

Katrina vanden Heuvel comienza su artículo de manera tajante: “Ha llegado la hora de desafiar el punto de vista ortodoxo sobre la guerra en Ucrania”. Dado que Estados Unidos está en una guerra proxy con Rusia, la autora se pregunta cómo es posible que sus peligros, ramificaciones y múltiples costes no estén siendo un tema central en los medios, ni objeto de análisis, discusión y debate. La columnista, que es miembro del Council on Foreign Relations, denuncia que aquellos que se apartan de la línea de pensamiento ortodoxa sobre el tema son excluidos o marginalizados en los grandes medios de comunicación, por lo que califica de poco saludable el “sesgo de confirmación” al que tiene que hacer frente el ciudadano cuando trata de informarse sobre la guerra en Ucrania.

Después de resaltar que quienes sacan determinados temas en relación con Ucrania, como el papel de los neonazis, son inmediatamente desprestigiados, y de recordar que los ucranianos ponen los muertos mientras las grandes empresas de armamento estadounidenses se están forrando con la guerra, la autora reclama la presencia de voces alternativas en los medios de comunicación, recordando la sentencia del periodista Walter Lippmann: “Cuando todos piensan parecido, nadie está pensando mucho”.

“Tiempo para una pausa estratégica en la expansión de la OTAN”, titulaba The Hill el 21 de mayo, en referencia a la reciente solicitud de Finlandia y Suecia para adherirse a la OTAN, bloqueada hasta el momento por Turquía. “(…) el deseo de humillar a Putin y reforzar el dominio militar global de Estados Unidos es miope y peligroso. Corre el riesgo de escalar, expandir y prolongar la guerra en Ucrania. Aumentará enormemente la probabilidad de un intercambio nuclear, que fácilmente podría convertirse en un holocausto global”.

“Estados Unidos no puede obligar al resto del mundo a apoyar a Ucrania. Este es el porqué”, rezaba un artículo en Politico. Los dos autores, empleados en distintos think tanks, ponen el dedo en la llaga: “No ayuda que Washington defienda sus sanciones sobre la base de que son necesarias para castigar a los países que amenazan el orden global basado en reglas. Para gran parte del Sur Global, esta línea de argumentación es hipócrita dada la historia de Washington de deshacerse de estos mismos principios cuando es conveniente”.

La hipocresía es la clave de este asunto. El relato hollywoodiense con el que Estados Unidos nos está vendiendo su guerra proxy contra Rusia en Ucrania cada vez cuela menos. Los políticos occidentales, y los medios de comunicación que les sirven de altavoces, nos presentan el conflicto como una contraposición entre los “valores democráticos” de un “mundo basado en reglas” frente al “autoritarismo” de Vladimir Putin.  Sin embargo, Estados Unidos mantiene relaciones fluidas con regímenes tan autoritarios como la “Rusia de Putin”, si no más. Por ejemplo, con todas las monarquías del Golfo Pérsico, donde no han oído hablar ni de partidos políticos ni de elecciones, con las que Estados Unidos no sólo cultiva relaciones diplomáticas y comerciales, sino que jamás les ha planteado ningún tipo de “exigencias democráticas”. Esas se reservan, de manera muy selectiva, para aquellos países que optan por modelos económicos y políticos distintos que, casualmente, chocan con los intereses económicos, políticos o geoestratégicos de Estados Unidos. Es muy larga la lista donde la intervención de Estados Unidos ha consistido en una inversión del relato maniqueo de demócratas contra dictadores. Tan larga como la de los golpes de Estado en los que participó la CIA en el siglo XX, tal y como detalla Tim Weiner, ganador del premio Pulitzer, en “Legado de cenizas. La historia de la CIA”.  

A juzgar por los artículos reseñados, en Estados Unidos voces mediáticas muy cualificadas están demandando un giro de la estrategia en Ucrania. Tal y como se está desarrollando la guerra, es probable que ese cambio se produzca. Si finalmente ocurre así, ¿en qué posición va a quedar la Unión Europea? Hasta el momento, la subordinación de Bruselas a los intereses geoestratégicos de Washington ha sido completa, a pesar de que los “daños colaterales” de las sanciones están afectando en mayor proporción a la UE que a Estados Unidos, por una simple razón: la proximidad geográfica a Rusia, que ha estimulado el abastecimiento de energía desde las fuentes más cercanas. Esto que ahora los medios tratan de vendernos con el término “dependencia”, de connotaciones negativas, y que responde, por el contrario, a la lógica económica: comprar más cerca y más barato, y no más caro y más lejos, como ya está haciendo la Unión Europea con el gas natural licuado de Estados Unidos. Un suministro que nos sale un 40% más caro y que, además, es incapaz de satisfacer las necesidades actuales de consumo de la UE.

El sexto paquete de sanciones, aprobado el 30 de mayo en el Consejo Europeo, supone un acuerdo de mínimos que contempla el embargo parcial al petróleo ruso, pero con excepciones para Hungría, la República Checa y Eslovaquia, y periodos transitorios sin especificar. Da la sensación de que los líderes europeos primero sancionan y luego piensan en cómo salir del atolladero en que se han metido. En el que han metido a la ciudadanía europea. Lo único que va a conseguir esta nueva andanada de sanciones bumerán será incrementar el precio del petróleo, como ocurrió nada más aprobarse el paquete: un incremento del 2%, con el barril de Brent ya por encima de 120 dólares. Las sanciones impuestas por Estados Unidos, la Unión Europea, y algunos países más, lo único que han conseguido es que Rusia gire hacia el Este y gane más dinero vendiendo gas y petróleo, ante el aumento de sus precios en el mercado mundial.

El balance por cuenta corriente de Rusia ha arrojado un superávit de 95.800 millones de dólares en los cuatro primeros meses de este año, frente a los 27.500 millones en el mismo periodo en el año anterior, alcanzando la mayor cota desde 1994. Incluso con restricciones a la exportación de petróleo, Capital Economics calcula que el superávit podría alcanzar los 264.000 millones de dólares este año.

Fuente: Bloomberg, 16 de mayo de 2022

Además, las medidas adoptadas por el gobierno ruso para proteger su moneda, junto al incremento del precio de la energía, han propiciado que el rublo sea la moneda con mejor desempeño en el mundo en lo que va de año. Aunque se ha producido un descenso en el volumen de las exportaciones rusas debido a las sanciones, el aumento en los precios de las materias primas compensa con creces estas caídas.

Fuente: https://www.cambioeuro.es/grafico-euro-rublo/

En el frente oriental, a la administración Biden tampoco le están saliendo las cosas muy bien. En la cumbre celebrada en Washington con los países de la ASEAN, la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental, a pesar de los esfuerzos de Estados Unidos por conseguir un comunicado duro de condena a la invasión rusa de Ucrania, la declaración conjunta de clausura sólo contenía un llamado para poner fin a los combates, brindar asistencia humanitaria y defender los principios de “soberanía, independencia política e integridad territorial”, sin mencionar siquiera a Rusia. Quizá frustrado por este fracaso, días después Biden amenazaba a China con una intervención militar si se atrevía a tomar Taiwán por la fuerza. Sin embargo, la potencia asiática continúa ascendiendo. Una reciente encuesta realizada por Japón mostraba que los países de la ASEAN consideraban a China como el socio comercial más importante en el futuro, en detrimento del propio Japón, que caía ocho puntos en la encuesta y bajaba al segundo lugar, y de Estados Unidos, que se quedaba en el tercero.

A Estados Unidos tampoco le fue mejor en el cónclave de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), celebrado en Bangkok posteriormente, al que asistieron 21 países. Cuando el ministro de desarrollo económico de Rusia, Maxim Reshetnikov, se preparaba para intervenir, los únicos representantes que se levantaron de la reunión fueron los de Estados Unidos, Australia, Canadá, Japón y Nueva Zelanda. Los asistentes de los otros 16 países permanecieron en sus asientos para escuchar al ruso. 

En el tablero geopolítico actual, los dirigentes de la Unión Europea están tomando decisiones políticas erróneas, porque van en contra de los intereses económicos, políticos y geoestratégicos de la propia Unión. Son decisiones que sólo benefician a Estados Unidos, cuyo objetivo es debilitar a cualquier competidor que pueda hacerle sombra en su carrera hacia la hegemonía mundial, incluyendo a la propia Europa.

Las consecuencias de estos errores las estamos pagando ya los ciudadanos de a pie, en forma de inflación, que ha llegado a un máximo histórico en la zona euro: 8,1% interanual en mayo. La energía ha subido un 39,2% este mes, frente al 37,5% de abril. Los alimentos, un 7,5%, frente al 6,3% del mes anterior. Y lo malo es que esto es sólo el principio: lo peor está aún por llegar.  

Ucrania y las Islas Salomón: líneas rojas y doble rasero

El 24 de abril, tan sólo 5 días después de que las Islas Salomón y China firmaran un acuerdo de seguridad, el primer ministro australiano, Scott Morrison, declaró que la hipotética construcción de una base militar china en el archipiélago constituía una línea roja para Australia y para los Estados Unidos. A pesar de que la posibilidad sugerida por Morrison fue desmentida tanto por el gobierno de las Islas Salomón como por China, el primer ministro del archipiélago, Manasseh Sogavare, denunció el 5 de mayo que había recibido amenazas veladas de una invasión por parte de los oponentes al acuerdo con China: “Deploramos la continua demostración de falta de confianza de las partes interesadas y la advertencia tácita de una intervención militar en las Islas Salomón si su interés nacional se ve socavado.

Con una población diseminada de 650.000 habitantes en un archipiélago de más de 900 islas e islotes, la antigua colonia británica obtuvo su independencia en 1978. Las Islas Salomón forman parte de la Commonwealth y su soberana sigue siendo la reina de Inglaterra. A tenor de las declaraciones del primer ministro australiano, la emancipación de la excolonia británica no ha sido asumida por Australia ni por Estados Unidos. Tan sólo tres días después de que el gobierno del archipiélago firmara el acuerdo con China, una delegación norteamericana de alto nivel aterrizaba en las islas. El objetivo: organizar un “diálogo estratégico de alto nivel”, así como acelerar la apertura de una embajada, ya que el acuerdo con China presenta “potenciales implicaciones de seguridad, tanto para Estados Unidos como para sus aliados”.

En dicha reunión, los altos funcionarios estadounidenses explicaron a los gobernantes de las Islas Salomón que respetaban su soberanía, pero que “Si se toman medidas para establecer una presencia militar permanente de facto, capacidades de proyección de poder o una instalación militar, la delegación señaló que Estados Unidos tendría preocupaciones importantes y respondería en consecuencia, tal y como señalaba con posterioridad al encuentro un comunicado de la Casa Blanca.

Fuente: Google Maps

El acuerdo firmado con China supone avanzar en el giro estratégico que las Islas Salomón dieron en 2019, cuando dejaron de lado sus relaciones con Taiwán para iniciarlas con Pekín. Con motivo de ese cambio, el primer ministro afirmó que había «colocado al país en el lado correcto de la historia». Dos años más tarde, en noviembre de 2021, cuando comenzó a rumorearse la plasmación de un acuerdo de seguridad con China, una oleada de disturbios provocó saqueos, incendios y víctimas mortales en la capital, Honiara. La mayoría de los asaltantes provenían de otra isla, Malaita, en la provincia más poblada del archipiélago, cuya administración había recibido fondos de Estados Unidos, al margen del gobierno central, tras mostrarse en contra del giro estratégico del primer ministro hacia China, en detrimento de Taiwán. Malaita recibió 25 millones de dólares de Estados Unidos, lo que supone una cantidad 50 veces superior a la ayuda proveniente de donantes el año anterior, según un investigador australiano. Chad Morris, el funcionario para Asuntos Públicos de la Embajada de Estados Unidos en Papúa-Nueva Guinea, declaró al respecto de los fondos suministrados por su país que «Al igual que con los muchos programas con el gobierno de EE. UU., hay un proceso bastante largo por recorrer… no hay intención de hacer de esto un movimiento político«.

El acuerdo de seguridad entre las Islas Salomón y China tiene vertientes distintas a las que pretenden buscarle los Estados Unidos y Australia. Según Marcos Bosschart, un experto en la zona que escribe en El siglo de Asia, «Muchos países de la región son de los más bajos del mundo sobre el nivel del mar, islas, archipiélagos, y por lo tanto los primeros amenazados de desaparecer ante el cambio climático. Muchos de ellos buscan socios para poder luchar contra el cambio climático e incluso, si llegara a ser necesario evacuar el país. Las Islas Salomón han firmado este acuerdo no solo para “pacificar” sus constantes revueltas multiétnicas y sociales, sino también como una posible respuesta ante los desastres naturales en su territorio. Para que China pueda asistirles de una manera más eficiente, de lo que podrían hacerlo con sus propios recursos».

El criterio aplicado a las Islas Salomón por parte de Estados Unidos y su aliado en el Pacífico Sur contrasta con el que utilizan con Ucrania. Mientras se amenaza, de manera poco velada, con intervenciones directas en el archipiélago si el acuerdo de seguridad con China derivara en la construcción de instalaciones militares, Washington ha afirmado en repetidas ocasiones que Ucrania “está en su derecho” de escoger sus alianzas en el plano internacional y, por tanto, de formar parte de la OTAN, recriminando siempre a Rusia que tildara de línea roja la adhesión de Ucrania a la alianza, tratando así de interferir con tal decisión soberana. Sin embargo, Australia, erigida en portavoz de Estados Unidos, usa la misma terminología, línea roja, para calificar una intención negada por los firmantes del acuerdo: la construcción de una hipotética base China en las Islas Salomón. El doble rasero a la hora de manejar el término resulta flagrante: los mismos que se arrogan el derecho de establecer líneas rojas para las alianzas internacionales se lo niegan a otros.

Adicionalmente, la carta fundacional de la OTAN no determina que los países, en general, tienen “derecho” a formar parte de la organización militar, sino que su artículo 10 estipula lo siguiente: Las Partes pueden, por acuerdo unánime, invitar a ingresar a cualquier Estado europeo que esté en condiciones de favorecer el desarrollo de los principios del presente Tratado y de contribuir a la seguridad de la zona del Atlántico Norte”.  Como vemos, la iniciativa debe partir necesariamente de los países que ya conforman la OTAN, y debe producirse por unanimidad, como demuestra lo que está ocurriendo con Finlandia y Suecia. Tras mostrar estos sus intenciones de solicitar su ingreso a la alianza atlántica, Turquía se había posicionado en contra, lo que amenazaba la adhesión de estos países. Una conversación telefónica de Jens Stoltenberg con el ministro de Asuntos Exteriores de Turquía, Mevlüt Çavuşoglu, sumada al reconocimiento por parte de funcionarios de Estados Unidos de que estaban trabajando para “aclarar la posición” de Turquía, parecía haber hecho cambiar de criterio a Recep Tayyip Erdogan durante el pasado fin de semana. Sin embargo, el lunes 16 de mayo, el presidente de Turquía volvía a mostrar su oposición al ingreso de Finlandia y, sobre todo, Suecia, debido a la política de asilo a miembros del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), a quien Ankara considera una organización terrorista. A la hora de publicar este artículo, el asunto seguía en el aire, aunque está claro que Turquía está tratando de obtener contrapartidas a cambio de levantar su veto al ingreso de Suecia y Finlandia. 

La posición geográfica de las Islas Salomón, situadas al noreste de Australia, colocan al archipiélago en la retaguardia del cerco militar que Estados Unidos ha venido construyendo alrededor de China desde el final de la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo con David Vine, el mayor experto estadounidense sobre el tema, los Estados Unidos cuentan con 119 bases en Japón, donde tiene desplegados de manera permanente 63.690 soldados. La gran mayoría de las bases norteamericanas en Japón fueron instaladas en 1945, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, y en los años inmediatamente posteriores. En Corea del Sur, son 28.503 los efectivos estacionados, de manera constante, en las 76 instalaciones militares con las que cuenta Washington en aquel país.  A estos efectivos hay que sumar los 11.295 desplegados en las 47 bases que mantiene en la isla de Guam, las 12 bases instaladas en las Islas Marshall, las 8 que tiene en Filipinas, 7 en la propia Australia, 5 en las Islas Marianas, y otras desperdigadas por Tailandia, Camboya, Indonesia, etc. En total, Estados Unidos dispone de alrededor de 750 bases en todo el mundo, con 175.000 soldados desplegados de manera constante fuera de su territorio.

Días antes de la invasión rusa de Ucrania, la revista Foreign Policy publicaba un artículo titulado “Washington debe prepararse para una guerra con Rusia y China”. El autor, Matthew Kroenig, es el subdirector del Atlantic Council’s Scowcroft Center for Strategy and Security, uno de los think tanks más influyentes a la hora de delinear la política exterior de Estados Unidos, junto con el Council on Foreign Relations (CFE) y el Center for a New American Security (CNAS). Es decir, que conviene tomarse en serio sus publicaciones. En el artículo, el autor afirma sin rodeos que “Estados Unidos sigue siendo la principal potencia mundial con intereses globales y no puede darse el lujo de elegir entre Europa y el Indo-Pacífico. En cambio, Washington y sus aliados deberían desarrollar una estrategia de defensa capaz de disuadir y, si es necesario, derrotar a Rusia y China al mismo tiempo”.

Para conseguir el objetivo de “derrotar a Rusia y a China en espacios de tiempo superpuestos”, el autor aboga por incrementar el gasto militar en Estados Unidos hasta doblarlo, llegando así al 5,6% del PIB. También propone impulsar el QSD, Quadrilateral Security Dialogue, también conocido como QUAD, una iniciativa que partió de Japón, al menos sobre el papel, y que incluye a India, Australia y Estados Unidos. El QSD desarrolló maniobras militares navales de envergadura el año pasado en la costa de Malabar, en India, tras las cuales China se apresuró a calificar a la alianza como la OTAN asiática.

Estados Unidos se está inclinando por incrementar la presión sobre China apoyándose en herramientas ad hoc. El 15 de septiembre de 2021 se anunció la creación de AUKUS, un pacto entre Washington, Australia y el Reino Unido para compartir tecnología militar avanzada. El acuerdo significó una bofetada en el rostro a Francia, miembro de la OTAN, puesto que supuso la cancelación por parte de Australia de un contrato para adquirir submarinos franceses convencionales y comprar, en su lugar, submarinos estadounidenses con propulsión nuclear. El monto del contrato perdido por Francia se calcula en unos 56.000 millones de euros, aunque la valoración fluctúa según las fuentes.

A resultas de la cancelación del contrato por parte de Australia, que París calificó de “puñalada por la espalda”, Francia llamó a consultas a sus embajadores en Canberra y Washington, anunció que lo ocurrido tendría consecuencias en la OTAN, acusó de mentir a Estados Unidos, y habló de “crisis grave”. Por su parte, la Unión Europea mostró su enfado por no haber sido avisada con anterioridad de la creación de AUKUS, que nació el mismo día que Josep Borrell presentaba la estrategia de la Unión Europea para la región Indo-Pacífico. Sin embargo, a pesar de las alharacas, las aguas volvieron a su cauce: la sumisión por parte de la Unión Europea a los postulados de los Estados Unidos. Así lo estamos viendo con ocasión de la estrategia de sanciones diseñada por Washington con el objetivo de debilitar la economía rusa y propiciar un cambio de régimen allí, tal y como se le escapó a Joe Biden en un discurso pronunciado en Polonia.

Da igual que los tres países miembros de AUKUS hayan anunciado el desarrollo de armas hipersónicas, y que hayan dejado claro que en este asunto no van a incluir ni a la OTAN ni, por supuesto, a la Unión Europea. A pesar de las humillaciones, Bruselas continúa con el seguidismo de una estrategia que supone un claro perjuicio para la economía y el bienestar de los ciudadanos europeos, tal y como está siendo advertido por dirigentes y medios de comunicación de la propia Europa, y reconocido por los burócratas de Bruselas que instigan la subordinación ante Washington, en contra de los intereses europeos. 

El presidente de Bulgaria, Rumen Radev, denunciaba recientemente que la falta de conversaciones de paz y la apuesta por alimentar la guerra con el suministro de armas a Ucrania significan “la autodestrucción económica de Europa”.

Una encuesta realizada en Alemania arrojaba datos más que preocupantes: un 49% de los alemanes tenía que realizar recortes financieros debido al alza de los precios de la energía y de los alimentos. Además, el 46% de los más de 5.000 alemanes encuestados se declararon en contra de tener que asumir personalmente los costos adicionales de la política de sanciones.

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, recientemente reelegido, advirtió en su discurso al tomar el cargo queHungría no impedirá las sanciones en aras de la unidad europea hasta que cruce la línea roja, poniendo en peligro la seguridad energética del país”. La sexta ronda de sanciones contra Rusia que preparaba la Unión Europea ha sido vetada precisamente por Hungría. El embargo que la Unión pretendía imponer al petróleo ruso ha sido la línea roja que Orbán no ha querido cruzar, que ha calificado de “bomba atómica” para la economía de su país la adopción de un embargo a los productos energéticos rusos: el 85% del gas y el 60% del petróleo que recibe Hungría provienen de Rusia.

Hungría carece de salida al mar, por lo que necesitaría un periodo de cinco años, y miles de millones de euros, para adaptar su infraestructura y poder recibir gas y petróleo de proveedores alternativos a Rusia. Sin embargo, Lituania ha acusado a Viktor Orban de tener como “rehén” a la Unión Europea por negarse a cometer lo que sería un suicidio económico para su país, y el resto de miembros está redoblando su presión sobre Hungría.  Eslovaquia y la República Checa también han solicitado un periodo transitorio de dos años para dejar de comprar petróleo a Rusia.

Ante la negativa de Hungría a suicidarse, el propio Josep Borrell reconocía que “Las sanciones hacen daño a quien se sanciona, en primer lugar, y tiene efectos colaterales indirectos en quienes imponen esas sanciones”. Una afirmación muy discutible en lo que respecta a quién sufre el mayor daño, en el caso de algunos países de la Unión Europea. Pero Borrell no se paraba ahí, sino que continuaba: “Tenemos que acabar con la dependencia energética de Rusia, y se tiene que hacer gradualmente y a buen ritmo. Pero se tiene que hacer sí o sí. Los debates van a seguir para responder al cómo, al cuándo y a qué coste tendrá que soportar cada Estado miembro”. Tras referirse al gasto necesario para modificar las infraestructuras, Borrell terminaba reconociendo que hay un coste estructural permanente, que tiene que ver con la diferencia de precio entre el crudo ruso y otros crudos que cuestan más.

Por lo que estamos viendo, se pretende hurtar a Hungría su derecho a tomar sus propias decisiones, incluso si de ellas depende su propia viabilidad económica. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ya ha anunciado que está a favor de reformar los tratados de la Unión Europea para evitar el engorro de tener que tomar decisiones por unanimidad en ciertos asuntos clave. La soberanía de los países viene a ser una cuestión elástica, dependiendo de las decisiones que pretendan tomar, porque hay cosas que se tienen que hacer sí o sí, como dice Borrell. Luego lo llamarán democracia.

Por qué las sanciones a Rusia no detendrán la guerra en Ucrania, pero sí dañan la economía global

“Las sanciones son una gran parte de la estrategia de Estados Unidos. No es probable que derroten a Rusia, pero es probable que impongan altos costos en todo el mundo”. La frase no corresponde a ningún portavoz alineado con el Kremlin, sino que forma parte de un reciente artículo de Jeffrey Sachs en el sitio web de la CNN, un medio de claras simpatías por el Partido Demócrata. Este economista, formado en Harvard, fue uno de los ideólogos del proceso de privatización – ¿o habría que denominarlo saqueo? – que el Fondo Monetario Internacional implementó en Rusia durante el mandato de Boris Yeltsin. Que uno de los intelectuales estadounidenses más reputados se explaye contra las sanciones impulsadas por su propio país, seguidas ciegamente por la Unión Europea, y lo haga además en la CNN, significa que se empiezan a abrir grietas en el muro del relato que presentan los medios de comunicación occidentales.

Jeffrey Sachs enumera las causas por las que las sanciones no sólo no van a conseguir su presunto objetivo, detener la guerra en Ucrania, sino que, unidas al suministro masivo de armas al país invadido, están empujando a Rusia hacia una escalada que podría incitarle a hacer uso de armamento nuclear.

Estos son los problemas que presenta la estrategia diseñada por Estados Unidos, según el economista de Harvard. Unos inconvenientes que, como veremos más adelante, también son subrayados por The Economist, otro medio poco sospechoso de simpatizar con Putin:

  1. Las sanciones no funcionan como herramienta para cambiar las políticas de determinados países, por mucho daño económico que les causen. Ahí tenemos los ejemplos de Cuba, Corea del Norte o Irán, todos ellos sometidos a férreas sanciones y que, partiendo de realidades económicas y políticas muy dispares, han continuado por sus respectivas sendas.
  2. Existen métodos para evadir unas sanciones que son más efectivas cuando se aplican a transacciones denominadas en dólares. Tanto Rusia como los países con los que sigue comerciando están implantando vías de pago a través de otras divisas. Lo que unido a la decisión de confiscar la mitad de los activos de Rusia depositados en bancos occidentales está contribuyendo a socavar el poder del dólar.
  3. La mayoría de los países del mundo ha rechazado subirse al carro estadounidense de las sanciones. Según Sachs, la población conjunta de los estados que las aplican es de sólo el 14% de la mundial.
  4. El efecto bumerán es otro de los problemas que presentan las sanciones que pretenden, supuestamente, destruir la economía rusa para forzar a Putin a detener la guerra. Jeffrey Sachs alerta de lo obvio: las sanciones van a dañar a toda la economía mundial, provocarán interrupciones en la cadena de suministro, aumentarán la inflación, que ya venía disparada, y ocasionarán escasez de alimentos.
  5. La falta de elasticidad de la demanda de productos energéticos y alimenticios provenientes de Rusia llevará a un incremento de los precios de estas materias primas, lo que puede redundar en que, aun vendiendo menos, Rusia obtenga un mayor beneficio.
  6. El último problema que generan las sanciones, pero no el menos importante, es geopolítico. Hay muchos países, entre ellos China, que ven la guerra como la plasmación de la resistencia rusa a la ampliación de la OTAN hasta Ucrania, y que consideran legítimos los intereses de seguridad rusos que se estarían ventilando en esta contienda, tras haberse negado Estados Unidos, y la propia OTAN, a abrir una negociación sobre las propuestas de Rusia de diciembre pasado.

Después de esta crítica a la estrategia de las sanciones, y tras poner en solfa el carácter supuestamente defensivo de la OTAN, las conclusiones de Jeffrey Sachs resultan obvias: la única manera de parar la guerra es negociar con Rusia un acuerdo de paz, que incluya la garantía de que Ucrania no ingresará en la OTAN. Por muy difícil que esto pueda resultar, dadas las posiciones de los contendientes de la guerra proxy sobre suelo ucraniano, hay que intentarlo con todas las fuerzas, porque no queda otra, concluye Sachs.

Otra publicación nada sospechosa de connivencia con el Kremlin, The Economist, titulaba el 16 de abril: Por qué gran parte del mundo no hará frente a Rusia. Ilustrado con una foto en la que Vladimir Putin y Narendra Modi, primer ministro de la India, se saludan con efusividad, el artículo adelantaba los motivos bajo el titular: “El aumento de los precios de los alimentos y una historia de hipocresía y egoísmo occidentales no están ayudando”. En el desarrollo de la segunda causa, The Economist subraya que Occidente está obsesionado por un conflicto europeo que no representa una preocupación global, “mientras minimiza o ignora los abusos de derechos humanos en otros lugares”. El doble rasero que está aplicando Occidente en el caso de Ucrania resulta flagrante y sus preocupaciones, “egoístas e hipócritas”, sobre todo cuando se compara “la bienvenida cálida de Europa a los refugiados europeos, comparada con la que fue concedida a los refugiados sirios”. Dada la uniformidad que presentan en su argumentario, parece mentira que estemos leyendo a un medio de comunicación occidental, además de los más influyentes. Otra grieta en el muro, que suena a aviso a navegantes.

Fuente: The Economist.

Para tener alguna oportunidad de ser efectivas, las sanciones contra Rusia deberían ser adoptadas de manera si no unánime, algo harto improbable, sí al menos mayoritaria. Pero no es el caso. Las refinerías estatales de la India acaban de anunciar que comprarán la mayor cantidad de petróleo ruso posible, después de haber adquirido ya más de 15 millones de barriles desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania. Además, lo están adquiriendo con un descuento de entre 10 y 15 dólares por barril sobre el precio de referencia del mercado.

China ya ha declarado, en boca de su presidente, Xi Jinping, que “ampliar las sanciones pondría en riesgo la economía mundial, el orden y el bienestar público”. En su conversación con Joe Biden, Xi Jinping le espetó que las sanciones sólo conseguirían que la gente sufriera. Tales medidas solo harán que la crisis dure aún más, romperán las reglas y el orden internacional, empeorarán los medios de subsistencia de las personas y agravarán la tragedia humanitaria, según fuentes oficiales chinas.

Brasil es la primera economía de América Latina y su ministro de Economía, Paulo Guedes, afirmó recientemente que “Estamos contra la guerra y contra las consecuencias económicas de la guerra, que son las sanciones”, al mismo tiempo que se pronunciaba en contra de excluir a Rusia del G-20, tal y como propuso Joe Biden en una reciente visita a Bruselas.

Argentina es la segunda economía de América Latina, en términos de PIB por poder adquisitivo. Pues bien, su ministro de Asuntos Exteriores, Santiago Cafiero, declaraba recientemente que “lo que Argentina busca y propone es una vuelta al diálogo, pacificar la situación, y honestamente no creemos que repartir sanciones o bloqueos vaya a ser productivo para que se impongan la paz, el diálogo y la negociación diplomática”.

Sudáfrica, por su parte, se abstuvo en la votación de la Asamblea General de la ONU, celebrada el 2 de marzo, en la que la mayoría de los países participantes aprobó una resolución condenatoria de la invasión rusa de Ucrania, pero que contó con 5 votos en contra y 35 abstenciones.

Las sanciones a Rusia lo único que van a conseguir es que el Kremlin bascule hacia Oriente y el resto del mundo. Es lo que ha advertido el Fondo Monetario Internacional en su último informe: la guerra en Ucrania, y sus consecuencias, va a producir un desacople en la aldea global, una escisión en dos bloques. Por una parte, el occidental, formado por Estados Unidos y la Unión Europea, y por otra, el oriental, liderado por China en el terreno tecnológico, empresarial y productivo, con Rusia como socio principal. Pero las sanciones no van a conseguir que Rusia detenga su invasión, porque le queda mucho mundo con quien comerciar.

El periódico británico The Guardian también publicaba un editorial sobre el efecto que las sanciones a Rusia tendrán sobre otros países, especialmente los más pobres. Haciéndose eco de una publicación de UNCTAD, la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, el diario recogía las advertencias de este organismo acerca de las consecuencias de la guerra y de las restricciones en el comercio, provocada por las sanciones, en los países en desarrollo: un “malestar social profundo” y “una espiral descendente de insolvencia, recesión y desarrollo detenido”. En la primera frase de su informe, la UNCTAD, al igual que Jeffrey Sachs, se pronuncia a favor de la consecución de un acuerdo de paz en Ucrania. En relación con las sanciones a Rusia, el informe subraya específicamente que, aunque “no han desencadenado inmediatamente una crisis financiera internacional o efectos de contagio que indicarían una crisis para los mercados emergentes, esto no se puede descartar”.

La visión de The Guardian sobre el cerco de las sanciones: el dolor se siente mucho más allá de Rusia.

El informe de UNCTAD también alerta sobre el efecto disruptivo de las sanciones en la economía de Alemania, y añade que el anunciado incremento en el gasto militar sólo supondrá “una adición moderada a la demanda agregada”. El Bundesbank ya ha advertido de que un embargo a la energía rusa sumiría a Alemania en una recesión. De momento, el gobierno alemán va a solicitar un crédito de 40.000 millones de euros para paliar los problemas económicos derivados del suministro de armas a Ucrania y del incremento de los precios de la energía. El ministro de Finanzas alemán, Christian Lindner, advirtió de una “pérdida de prosperidad” como consecuencia de la guerra en Ucrania y las sanciones “sin precedentes” impuestas a Rusia.

En este contexto, el ajuste monetario anunciado por el Banco Central Europeo debilitará aún más el crecimiento del consumo y la inversión. En resumen, según UNCTAD, “La economía global está, literal y metafóricamente, mirando por el cañón de un arma”.

El ministro de Finanzas de Austria, Magnus Brunner, ha resumido en una frase el absurdo que representan las sanciones que conllevan un efecto bumerán: “Si una sanción te golpea más que al [país que era] objetivo de la sanción, creo que no tiene mucho sentido”. En la misma línea se pronunció el canciller austriaco, Karl Nehammer, cuando afirmó que es imposible en estos momentos rechazar las importaciones de gas ruso, y que la Unión Europea debía centrarse en sanciones que perjudiquen más a Rusia que al bloque.

Alemania, Austria, Hungría y Bulgaria ya han señalado que no van a renunciar a seguir importando gas de Rusia, ya que sus industrias necesitan dicha materia prima para funcionar. Las decisiones en estos asuntos han de tomarse por unanimidad en el Consejo Europeo, por lo que, ante la falta de ella, al Consejo no le ha quedado otra que dejar a cada Estado que decida cuál va a ser su posición sobre el embargo a las materias primas energéticas procedentes de Rusia, solicitado por el Parlamento Europeo.

El consorcio europeo Airbus también ha solicitado eximir al titanio, un metal estratégico para la industria aeronáutica, de los productos incluidos en las sanciones a Rusia. El argumento es similar al esgrimido por Austria: prohibir la importación de titanio dañaría al constructor de aviones europeos, mientras que apenas lo haría a Rusia.

Las sanciones dirigidas a dañar la economía rusa no sólo pueden tener un efecto bumerán, sino que pueden provocar el efecto contrario al que buscan: incrementar los beneficios del país que buscan dañar. Pongamos un ejemplo: la desconexión de Visa y Mastercard de sus tarjetas de crédito en Rusia. Esto ya ocurrió en 2014, por lo que Rusia implementó un Sistema Nacional de Tarjetas de Pago, conocido por sus iniciales NSPK. Visa y Mastercard se sumaron al sistema. En 2015, Rusia forzó el uso de tarjetas Mir basadas en el sistema NSPK. Esas tarjetas no utilizan el sistema de pago de Estados Unidos. Como consecuencia de las sanciones de Visa y Mastercard, en esa ocasión el banco central de Rusia recaudó 8.200 millones de rublos en ganancias netas, o alrededor de 94 millones de dólares al tipo de cambio actual. Rusia, en realidad, se benefició del supuesto castigo a su economía. En la actualidad, los bancos rusos están estudiando emitir tarjetas utilizando el sistema chino Union Pay, de manera coordinada con el sistema ruso Mir, por lo que serán los propios bancos rusos y chinos, en vez de los estadounidenses, quienes se lleven las comisiones de las tarjetas. Desde que cortó sus operaciones en Rusia a raíz de la invasión, VISA ha perdido 60 millones de euros en ese mercado, así como un 4% de sus ingresos. 

Otro de los problemas de las sanciones, como recordaba Jeffrey Sachs, es que existen métodos para sortearlas. El petróleo que sale de los puertos rusos se envía cada vez más bajo la etiqueta “Destino desconocido”. En lo que va de abril, se cargaron más de 11,1 millones de barriles en petroleros sin una ruta planificada, más que a cualquier país. Antes de la invasión rusa de Ucrania, esa cifra era próxima a cero. El uso de la etiqueta de “destino desconocido” es una señal de que el petróleo se transporta a barcos más grandes en el mar, donde el crudo ruso se mezcla con el que ya trae el barco, lo que difumina su procedencia. Esta es una práctica que ya ha sido utilizada por otros países objeto de sanciones por parte de Estados Unidos, como Irán y Venezuela.

Además, desde que comenzó abril, las exportaciones de petróleo desde puertos rusos con destino a países de la Unión Europea han aumentado a un promedio de 1,6 millones de barriles diarios.

Fuente: TankerTrackers.com reproducido en Mishtalk.com

Sintetizando lo expuesto hasta ahora, si parece claro que las sanciones presentan más problemas que soluciones y no van a servir para detener la guerra en Ucrania, ¿de dónde surge tanto interés por parte de Estados Unidos en implementarlas, presionando a lo largo y ancho del mundo a todos quienes se niegan para que lo hagan? Quizás se trate de que el objetivo de las sanciones no sea tanto detener la guerra en Ucrania, un conflicto que Estados Unidos está alimentando con el suministro continuo y en ascenso de armamento, sino que lo que se esté buscando es otra cosa: debilitar a Europa en su conjunto, así como impedir el buen entendimiento entre dos vecinos geográficos y complementarios, estratégicamente hablando: Rusia y la Unión Europea.

Viene al caso una frase que pronunció el presidente de Estados Unidos en 1941, Harry Truman, quien ordenó posteriormente el bombardeo atómico contra Hiroshima y Nagasaki, en relación con el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial: «Si vemos que Alemania está ganando, debemos ayudar a Rusia, y si Rusia está ganando, debemos ayudar a Alemania, y así dejar que maten a la mayor cantidad posible, aunque no quiero ver a Hitler victorioso bajo ninguna circunstancia».

Una frase que debería incitarnos a reflexionar frente al relato monolítico con el que nos bombardean a diario los medios de comunicación hegemónicos, con contadas excepciones.

Más gasto militar, menos inversión social: la Unión Europea se americaniza

Los gobiernos de los países de la Unión Europea acordaron el pasado 11 de marzo elevar sustancialmente el gasto militar. Ursula von der Leyen se felicitaba por el hecho de que los gobiernos le hubieran encargado detectar las lagunas que presenta la inversión en defensa y Charles Michel, el presidente del Consejo Europeo, celebraba el nacimiento de la defensa europea. Sólo cuatro días más tarde, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, presionaba para aumentar el gasto militar de todos los miembros de la organización hasta el 2%. Una propuesta que languidecía desde 2014 y que la invasión rusa de Ucrania ha revitalizado con fuerza.

Fuente: Statista

Previamente a la cumbre europea del 11 de marzo, Alemania ya marcaba el camino al anunciar un incremento en el gasto militar de 100.000 millones de euros. El canciller Olaf Scholz no sólo comunicaba un desembolso en defensa superior al 2% del PIB que reclamaba la OTAN, sino que proponía consagrar tal aumento mediante una reforma de la constitución. Y todo esto lo hacía “para proteger nuestra libertad y nuestra democracia”.

Sin embargo, la decisión de incrementar exponencialmente el gasto militar no se corresponde con la opinión de la población alemana, así que cabría preguntarse qué entiende Scholz por “democracia”. Estos son los datos que recoge el excorresponsal en Berlín Rafael Poch al respecto:

  • El 82% de los alemanes está a favor de que la OTAN retire las 20 bombas nucleares que alberga en la base aérea de Büchel.
  • El 72% de los alemanes está en contra de estacionar nuevas bombas nucleares en su territorio, y en contra de contribuir a pagar, junto con Estados Unidos, el coste de los 45 aviones F-18 encargados de transportarlas, que asciende a 8.000 millones de euros, tal y como establece un acuerdo del gobierno de Scholz con Estados Unidos.
  • El 94% de los alemanes opinaba, en 2018, que era “importante” mantener unas buenas relaciones con Rusia.

La invasión rusa de Ucrania ha proporcionado a Alemania el argumento para ir en contra de la opinión de la ciudadanía alemana, mayoritariamente antibelicista. Proponer una modificación de la constitución que va diametralmente en contra de lo que ésta proclama actualmente en relación con los conflictos bélicos, aprovechando la guerra proxy que libran Estados Unidos y Rusia en Ucrania, denota que Alemania, uno de los motores de la Unión Europea, está impulsando una americanización de las políticas del viejo continente.

¿Por qué decimos americanización? Porque tras el largo periodo de “austeridad” dictado por Bruselas, que ya ha recortado el estado del bienestar que, con enormes diferencias entre países, caracteriza a los más desarrollados de la Unión Europea, el incremento en el gasto militar supone seguir copiando el modelo de Estados Unidos: el mayor desembolso en armas y ejércitos sólo puede provenir de dos fuentes, o de una combinación de ambas. Una, del detrimento de las inversiones en otros capítulos presupuestarios: sanidad, educación, protección social, pensiones, etc. Otra, de un incremento en los impuestos. En ambos casos, de un modo u otro, será la ciudadanía la que terminará pagando el cambio de paradigma para adoptar el modelo americano. Un país donde no existe la cobertura sanitaria universal, y los seguros médicos privados son carísimos: desde 456 dólares mensuales para un individuo hasta 1.152 para una familia, según un estudio de eHealth.

El gasto social en Estados Unidos está por debajo de la media de los países de la OCDE, y supone diez puntos porcentuales menos que lo que destinan a inversión social los cinco países más avanzados de la Unión Europea en este terreno. De algún sitio tienen que salir los cientos de miles de millones de dólares que Estados Unidos dedica al gasto militar.

Fuente: OECD.org

Para llegar al 2% del PIB que reclama la OTAN a sus miembros, el Estado español tendría que duplicar en la práctica el gasto militar. Esto supondría un esfuerzo presupuestario adicional de más de 11.000 millones de euros, todos los años. Para que nos hagamos una idea de lo que representa esa cifra, el recorte en sanidad que se produjo en la década 2009-2018 ascendió a 7.256 millones en euros constantes, y significó un 11% de reducción de la inversión en este capítulo.

¿Cómo se va a imponer a la ciudadanía este cambio de paradigma en las políticas de la Unión Europea? Los medios de comunicación ya han comenzado a dirigir a la opinión pública en la dirección decretada por Bruselas. Días antes de la reunión del 11 de marzo, el diario español Cinco Días presentaba argumentos para encauzar la decisión belicista de la Unión Europea: “Moscú triplica el porcentaje de PIB que invierte la UE en defensa”, titulaba el periódico de información económica, que acompañaba el texto con una infografía para los anales de la manipulación periodística.

Fuente: Cinco Días, 2 de marzo 2022.

Si nos fijamos en las tres primeras cifras de la columna de la izquierda, que refleja el gasto en millones de euros de los 27 miembros de la Unión Europea, de los miembros de la Eurozona y de Rusia, comprobamos que la UE-27 gasta más del triple que Rusia en defensa, y que los países de la Eurozona casi llegan a ese triple. Sin embargo, las barras que corresponderían al gasto en euros para la UE-27 y la Eurozona no aparecen, y la barra negra que se adjudica a Rusia es la más larga de todas las de la columna izquierda, las que reflejan el gasto. En realidad, si se hubieran asignado barras al gasto militar de la UE-27 y la Eurozona, habrían sido tres veces más largas que la asignada a Rusia.

No obstante, se ha preferido poner el foco en el porcentaje del PIB, porque en ese aspecto Rusia invierte más, porcentualmente, que la Unión Europea. Aunque en realidad, Alemania y Francia juntas ya gastan en defensa un 30% más de lo que gasta Rusia.

Los medios de comunicación ya están jugando su papel con su descripción maniqueísta de la guerra en Ucrania, como un enfrentamiento entre buenos y malos, sin resquicio alguno para los imprescindibles análisis de la escala de grises que existe en todo conflicto. Todo, con el fin de dirigir a la población hacia la aceptación de la agenda marcada en Bruselas, sede de la OTAN y los organismos europeos. Además, si algún país díscolo intentara salirse de la hoja de ruta marcada por Washington, la Unión Europea ya tiene experiencia cuando de lo que se trata es de conseguir que sus miembros se atengan a los planes elaborados, o asumidos, por Bruselas.

Recordemos lo ocurrido en Grecia en 2015. En aquel año, el partido político Syriza ganó las elecciones con la promesa de acabar con las políticas de austeridad dictadas por Bruselas. El primer ministro surgido de las urnas, Alex Tsipras, declaraba que «Grecia ya no aceptará más órdenes, especialmente órdenes recibidas por correo electrónico» y subrayaba que «no se puede chantajear a Grecia porque la democracia en Europa no puede ser chantajeada».

Sin embargo, después de cinco meses de negociaciones con la famosa troika, compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, Grecia aceptaba un acuerdo por el que se plegaba a la práctica totalidad de las “reformas” impuestas por la troika a cambio de una aportación de 50.000 millones de euros en tres años.

El primer ministro, Alexis Tsipras,  describía de este modo los motivos que le habían empujado a aceptar dicho acuerdo, contraviniendo la posición que había mantenido, antes y después de haber ganado las elecciones: “Durante la reunión del Eurogrupo el gobierno heleno ha recibido serias amenazas y chantajes que de materializarse tendrían graves consecuencias para el pueblo griego, ya que existe un plan perfectamente detallado (que ya estaba siendo aplicado) para lograr un aislamiento completo del país a partir del miércoles a todos los niveles, incluyendo el colapso de los bancos y la falta de provisiones de todo tipo. Por lo tanto, con el fin de sobrevivir y no sucumbir al Grexit, el gobierno se ha visto obligado a aceptar compromisos muy duros, aunque también algunas victorias”.

Lo ocurrido en Grecia debería hacernos replantear cuál es el concepto de democracia que manejan las instituciones de la Unión Europea. El chantaje del Eurogrupo que denuncia Tsipras se produjo para torcer la voluntad expresada por la ciudadanía de Grecia en un referéndum, donde el 61% de los votantes votó en contra de las condiciones que quería imponer la troika. ¿De qué sirven las elecciones parlamentarias, de qué sirven los referendos, de qué sirve que la población de un país exprese su voluntad en las urnas si esos mandatos democráticos son sometidos a chantaje hasta doblegarlos? ¿De qué tipo de “democracia” estamos hablando?

Al desprecio manifiesto por las decisiones democráticas de los pueblos de Europa, conviene añadir que el Fondo Monetario Internacional, uno de los tres integrantes de la troika, es un organismo donde Estados Unidos es el único país que tiene derecho de veto, debido al sistema de ponderación de voto según el peso de cada país. En la práctica, esto significa que las políticas impulsadas por el FMI son acordes con los intereses de quien tiene capacidad de vetar lo que contraviene sus intereses. Por lo tanto, nos encontramos con que en las negociaciones que se produjeron entre un país de la Unión Europea y la troika, la última palabra la tenía Estados Unidos.

¿De qué tipo de “democracia” estamos hablando? ¿Del poder de veto de Estados Unidos en los asuntos europeos? ¿Del chantaje a los países “díscolos” que se salen del guion marcado por los burócratas en Bruselas? ¿Estos son los valores y las reglas que Ursula von der Leyen dice que estamos defendiendo al asociarnos con Estados Unidos frente a Rusia?

La Unión Europea no sólo está supeditándose a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos. Convertida en correa de transmisión de la agenda de la Casa Blanca, también está imitando las formas que caracterizan a Washington, como vemos en este tuit de Ursula von der Leyen que, antes de presidir la Comisión Europea, fue ministra de Defensa en Alemania.

Ese “China must” con el que Ursula von der Leyen anuncia la lista de deberes que le asigna al coloso asiático, tras la reunión que mantuvieron la Unión Europea y China el 1 de abril, choca frontalmente con el lenguaje diplomático. En inglés el verbo “must” se usa para indicar una obligación o una prohibición. La presidenta de la Comisión utiliza ese verbo conminatorio para exigir, a renglón seguido, que China facilite y mejore el acceso de las empresas europeas al mercado chino, lo que nos recuerda los modos y maneras habituales de Estados Unidos cuando se dirige a otros países.

La presidenta de la Comisión olvida que costó siete años negociar con China un acuerdo que incluía, precisamente, una facilitación del acceso de las empresas europeas al mercado chino. Un acuerdo que ella alabó con estas palabras, en diciembre de 2020: “El acuerdo dará un acceso sin precedentes al mercado chino por parte de los inversores europeos, permitiendo que nuestras empresas crezcan y creen empleo”. También olvida que la ratificación de dicho acuerdo fue paralizada por el Parlamento Europeo, cinco meses más tarde, después de que Estados Unidos realizara alegaciones sobre supuestas violaciones de derechos humanos por parte de China en Xinjiang, y Joe Biden sacara a relucir la “represión” china en Hong Kong en su primera conversación con Xi Jinping.

Como ha destacado el economista Javier Santacruz Cano, el acuerdo con China era “especialmente favorable para la Unión Europea, ya que se conseguían dos avances de enorme importancia: por un lado, más facilidades para localizar empresas europeas en China con más margen de maniobra en su gestión y operaciones en el territorio con otros socios locales o extranjeros y, por otro lado, una mayor reciprocidad y mejor juego (menor dopaje) por parte de las empresas estatales chinas a la hora de acometer operaciones corporativas o el acceso a contratos públicos en territorio europeo”.

Las alegaciones selectivas sobre las violaciones de derechos humanos por parte de determinados países, siempre los mismos, se han convertido en una herramienta usada por Estados Unidos para imponer sanciones económicas que destruyan sus economías, o reventar acuerdos favorables a los adversarios geopolíticos de Washington. En el caso del frustrado acuerdo con China, para debilitar a la Unión Europea.  El hecho de que el periodista saudí Jamal Khashoggi fuera descuartizado y hecho desaparecer en el consulado de Arabia Saudita en Estambul, lo cual fue registrado en grabaciones, o la decapitación de 81 personas en un solo día, no parecen ser violaciones de los derechos humanos lo suficientemente graves como para sancionar al régimen saudí, o cancelar el contrato para construir fragatas en los astilleros de Navantia, en Cádiz, con destino a dicho país, porque afectarían a los puestos de trabajo.  

Como vemos, la americanización de la Unión Europea también se nota en el doble rasero que aplica a según qué países a la hora de exigir democracia y respeto a los derechos humanos. Lo que la diferencia de Estados Unidos es que este país utiliza el doble rasero en su beneficio, mientras que la Unión Europea lo usa para darse tiros en el pie. Eso, cuando Estados Unidos no anuncia una cosa y hace la contraria. Después de haber proclamado, el 8 de marzo, que dejaría de comprar petróleo a Rusia, los datos de la US Energy Information Administration muestran algo muy distinto.

Estados Unidos sigue comprando petróleo a Rusia. Tras un brusco descenso en la primera semana de marzo, donde las importaciones bajaron de 148.000 barriles diarios a 38.000, en la tercera semana Estados Unidos ya volvía a comprar 100.000 barriles diarios de petróleo a Rusia. ¿Qué opina Ursula von der Leyen al respecto?  

Las sanciones a Rusia buscan deponer a Putin y debilitar a la Unión Europea

En su discurso en Polonia el pasado sábado, Joe Biden se salió del guion al final y soltó que “este hombre no puede permanecer en el poder”, refiriéndose a Vladimir Putin. Aunque horas después funcionarios de la Casa Blanca quisieron matizar sus palabras, afirmando que en realidad lo que el presidente quiso decir era que “no se puede permitir que Putin ejerza el poder sobre sus vecinos o la región. No estaba hablando del poder de Putin en Rusia, ni del cambio de régimen» y el propio secretario de Estado, Antony Blinken, subrayara al día siguiente que Estados Unidos no persigue un “cambio de régimen en Rusia, ni en ninguna otra parte”, lo cierto es que las palabras que Biden han despertado críticas tanto en el interior de Estados Unidos, como entre sus aliados, según The Hill y The Wall Street Journal.

En su reunión en Bruselas con Ursula von der Leyen, Joe Biden también habló con sinceridad: “Señora presidenta, sé que eliminar el gas de Rusia tendrá costes para la UE. Pero no solo es la acción correcta a tomar desde el punto de vista moral. [También] nos va a colocar en una mejor posición estratégica”. Después de haber firmado un acuerdo con la Unión Europea, merced al cual Estados Unidos se ha comprometido a incrementar un 68% las exportaciones de gas a la UE, a un precio superior en un 40% al gas ruso a día de hoy, no entendemos por qué sonreía tanto Ursula von der Leyen, aunque sí está claro por qué lo hacía Biden.

Fotografía: EVAN VUCCI (AP)

Después de un mes de guerra, si no contamos los 8 años que el gobierno de Ucrania estuvo bombardeando el Donbass, provocando 14.000 víctimas mortales, el objetivo de las sanciones a Rusia está quedando meridianamente claro. A Biden se le escapó que el objetivo es deponer a Putin, para colocar en su lugar un gobierno afín a los intereses de Washington y, de paso, debilitar económicamente también a la Unión Europea, cuyos máximos dirigentes han abrazado con entusiasmo la política de sanciones a Rusia, a sabiendas de los estragos que va a causar en la población europea. Tras asistir a una reunión de la OTAN en Bruselas, el propio Biden reconocía que habrá “escasez de comida” a causa de las sanciones. Esto no ha hecho más que empezar…

Por otra parte, las alusiones a la moralidad hay que situarlas en ese marco que los Estados Unidos y los medios de comunicación masiva están construyendo para justificar las sanciones a Rusia y el envío de armamento a Ucrania: nos están queriendo vender que la guerra proxy que libran los bloques de la guerra fría en realidad se trata de una batalla entre los valores de las democracias occidentales, moralmente superiores, y la falta de estos, propios de una autocracia, la de Putin.  

Este marco se cae por su peso, a poco que analicemos la historia de Estados Unidos. Desde que la CIA organizara con éxito su primer golpe de estado en Guatemala, que derrocó a Jacobo Arbenz, en 1954, porque sus planes de reforma agraria no gustaron a la United Fruit Company, pasando por la “Operación Ruina” para derribar a Salvador Allende, hasta llegar a sus últimas actuaciones en Yugoslavia, Irak, Siria, Libia y Afganistán, resulta palmario que Estados Unidos no se halla en posición alguna de dar lecciones de moralidad a nadie. Sus supuestos esfuerzos por “promover la democracia” no casan con los golpes de estado para derribar gobiernos electos y sustituirlos por dictaduras militares (Guatemala, Chile, Argentina, Bolivia, Brasil, Persia, etc.), ni su apoyo a regímenes que nada tienen que ver con el patrón de las democracias occidentales.

Henry Kissinger, secretario de Estado de EE.UU., se reúne con Augusto Pinochet en 1976. Ilustración: Wikipedia. 

Jimmy Carter, presidente de Estados Unidos, recibe en la Casa Blanca a Jorge Rafael Videla, dictador argentino, en 1977. Ilustración: Infobae.com.

En geopolítica no hay valores, hay intereses económicos y relaciones de poder, lo demás son cuentos. Aquí está para demostrarlo este reciente tuit de Antony Blinken, reunido con la flor y nata de los regímenes democráticos del norte de África y de Oriente Medio.

Los esfuerzos de Estados Unidos por instaurar democracias por el mundo parecen ser muy selectivos. Los medios de comunicación que jalean dicha tarea también lo son. ¿Alguien ha escuchado alguna vez a un funcionario estadounidense, o a algún tertuliano televisivo, reclamando democracia para Arabia Saudí, o proponiendo sanciones por los siete años que lleva bombardeando Yemen?  Por si quedaba alguna duda de qué va la guerra en Ucrania, el propio Joe Biden lo aclaraba recientemente: “Va a haber un nuevo orden mundial y EE.UU. tiene que liderarlo”.  Que nosotros sepamos, no ha habido ningunas elecciones en este planeta para decidir que Estados Unidos tenga que ser el líder mundial.

Volviendo al panorama que se presenta para la ciudadanía de la Unión Europea por las consecuencias de la guerra y de las sanciones a Rusia, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, declaraba en una reciente entrevista radiofónica: «Quiero poner en marcha un [sistema] de cupones de alimentos para ayudar a los hogares más modestos y a la clase media que enfrentan estos costos adicionales». Los costos adicionales a los que se refería Macron vienen derivados de una mezcla de factores que están disparando la inflación a niveles no vistos desde hace décadas. El proceso inflacionario ya estaba en marcha antes de la invasión rusa de Ucrania. Los efectos de la pandemia de Covid-19 ya fueron devastadores en la cadena de distribución de este mundo globalizado, donde se da una división internacional del trabajo. 

Los cuellos de botella en la distribución y los problemas para volver a ajustar la producción a la demanda, entre otros factores, nos trajeron la inflación, un fenómeno anterior a la invasión rusa. En el Estado Español, la inflación en diciembre de 2021 ya cerró en el 6,5%, la tasa más alta de los últimos 29 años. En la eurozona, la inflación acabó el año pasado en el 5%, lo que supone el mayor encarecimiento de los precios en toda la serie histórica. En Estados Unidos, el año 2021 acabó con la inflación en el 7%, el mayor incremento desde 1982. El precio del petróleo ya había subido un 50% entre mediados de 2020 y finales de 2021, pasando de 40 a 80 dólares el barril, antes de que Rusia atacara Ucrania.   

Fuente: Publico.es

El año pasado, los salarios en España subieron un 1,5%, sólo la mitad de lo que lo hizo la inflación. Es en este contexto, de merma de la capacidad adquisitiva de la clase trabajadora, en el que los dirigentes de la Unión Europea y los burócratas de Bruselas deciden adherirse a la política de sanciones económicas contra Rusia, impulsadas desde el otro lado del Atlántico, con un manifiesto desprecio por los efectos que dichas sanciones están teniendo ya sobre la ciudadanía europea.

El vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, declaraba recientemente que «Las sanciones tendrán un impacto inmediato en nuestra economía. (…) El crecimiento se verá afectado. Veremos un impacto en los precios de la energía y las cadenas de suministro, incluidas las materias primas. La confianza se verá afectada. También habrá costos fiscales directos. (…) Por lo tanto, estaremos en un entorno de precios altos y alta inflación más tiempo del que pensábamos originalmente”.

El jefe del Deutsche Bank, Christian Sewing, advertía en una reciente entrevista que, antes de plantearse un endurecimiento de las sanciones a Rusia, habría que darle un tiempo a las ya implementadas, para comprobar su efectividad. Además, Sewing se muestra contrario a cerrar el gasoducto Nord Stream 1, en funcionamiento desde 2011.

Después de haber dejado de comprar gas, petróleo y carbón rusos, Estados Unidos pretende que la Unión Europea siga el mismo camino. Sin embargo, existen enormes diferencias entre ambos actores. Estados Unidos se ha convertido en el primer exportador mundial de gas, desbancando a Qatar de ese puesto gracias a la técnica del “fracking”, o fracturación hidráulica. Por el contrario, la Unión Europea importa prácticamente todo el gas que consume, siendo tres los principales suministradores: Rusia, Noruega y Argelia. En 2019, el 60% de la energía consumida en la Unión Europea dependía de importaciones. Sin embargo, Estados Unidos es un exportador neto de energía desde 2019. Para resumir la jugada: alguien que vende gas (Estados Unidos) le pide a otro que lo compra (Unión Europea) que se lo compre a él, que está más lejos, en vez de a otro que está más cerca (Rusia). Eso sí, un 40% más caro, porque hay que traerlo en barco, en estado líquido, a 160 grados bajo cero, para después descargarlo y subirle la temperatura para volver a transformarlo en gas. Tanto sus costes de extracción como los de procesamiento son más altos.  De ecología ya ni hablamos.

Además, la Unión Europea tendrá que hacer frente a los costes de construir la logística necesaria para sustituir el gas ruso, que ya cuenta con una red de gasoductos en funcionamiento, por el gas natural licuado (GNL) estadounidense. Habría que construir, en primer lugar, plantas de regasificación. Actualmente, con sólo 7 plantas, España alberga el 25% de las existentes en la Unión Europea, lo que significa que hay pocas. Esto tiene toda la lógica del mundo, dado que la mayoría del gas viene desde Rusia al resto de Europa a través de gasoductos, desde hace 50 años, a pesar de los intentos de Estados Unidos de evitar dicho aprovisionamiento.

Ilustración: Samuel Bailey (sam.bailus@gmail.com) – Trabajo propio, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8454588

A finales de la década de los 50, la República Federal de Alemania y la URSS establecieron relaciones diplomáticas. Ambos países estaban interesados en lo que el otro podía ofrecerle: Alemania necesitaba gas, y Rusia, tuberías. El primer acuerdo de gas a cambio de tuberías fracasó porque el gobierno de Estados Unidos, entonces bajo la presidencia de Kennedy, consiguió imponer, a través de la OTAN, un embargo a las exportaciones de tuberías desde Alemania a la URSS. De hecho, Alemania había empezado a suministrar tuberías para el oleoducto Druzhba (Amistad, en ruso), entonces el más largo del mundo, que unía Rusia con gran parte de Europa del Este, y había entrado en funcionamiento en 1964.

Sin embargo, la llegada de Willy Brandt al gobierno alemán y su ostpolitik consiguieron que el acuerdo gas por tuberías cuajara en los años 70. Primero, con la extensión del gasoducto Soyuz hasta Baviera y, posteriormente, pagando el gas ruso con exportaciones de tubos de acero. En 1973, el gas ruso comenzó a llegar a la República Federal de Alemania, lo que significó el establecimiento de una base para la cooperación económica entre Rusia y Europa occidental. Como quiera que eso es precisamente lo que Estados Unidos quiere evitar a toda costa, en los años 80 Ronald Reagan intentó convencer a la RFA para que dejara de importar gas ruso, aunque sus intentos fracasaron, debido a que tanto Alemania Occidental como la URSS consideraban la relación comercial muy beneficiosa para ambos.

Coincidiendo con la invasión rusa de Ucrania, y las subsiguientes sanciones impulsadas por Estados Unidos, los medios de comunicación de masas están repitiendo a coro un nuevo mantra: “hay que acabar con la dependencia del gas ruso”. Y para acabar con dicha dependencia “Estados Unidos sale al rescate de la Unión Europea”, titulan bastantes medios, como si fueran a regalarnos el gas, cuando nos lo están cobrando un 40% más caro que Rusia.

En primer lugar, denominar “dependencia” a unos acuerdos comerciales ventajosos para la Unión Europea significa encuadrar dichos pactos en un marco con claras resonancias negativas. Como de lo que se trata es de sustituir unos acuerdos ventajosos por otros que lo son mucho menos, es necesario comenzar a manufacturar el consentimiento de la ciudadanía para un cambio de paradigma, que la clase trabajadora va a pagar de su bolsillo. Porque lo que ha firmado la Unión Europea es un acuerdo para sustituir la “dependencia” del gas ruso, más barato, por la dependencia del estadounidense, más caro. De entrada, el suministro de GNL desde el otro lado del Atlántico no cubrirá, ni de lejos, las necesidades de la Unión Europea, por lo que o bien seguiremos comprando gas a Rusia, o nuestras necesidades no podrán ser cubiertas por otros productores, que ya han declarado que no tienen capacidad para sustituir las importaciones de gas ruso.

Por último, el supuesto objetivo de las sanciones, forzar a Rusia a detener la guerra en Ucrania, suena bastante utópico, en el mejor de los casos. China, India, Pakistán, Brasil, Argentina, México, Emiratos Árabes Unidos, Sudáfrica, Turquía, Venezuela, Egipto, Serbia, Bosnia Herzegovina, Siria, Bielorrusia, Cuba, Georgia, Myanmar… la lista de países que ya han rechazado sumarse a la política impulsada por Estados Unidos deja a Rusia un amplio espacio político y comercial como para pensar que Vladimir Putin vaya a salir corriendo de Ucrania sin haber conseguido sus objetivos, empujado por las sanciones.

 

Por qué la guerra en Ucrania está alumbrando un mundo multipolar

La invasión rusa de Ucrania está precipitando movimientos de realineación en el planeta que basculan claramente hacia el Este, tomando como referencia el habitual eurocentrismo a la hora de hablar de puntos cardinales. Las sanciones de las que está siendo objeto Rusia y el comportamiento de Washington a la hora de exigir al resto del mundo que se acomode a sus intereses económicos y geoestratégicos bajo amenaza, a su vez, de nuevas sanciones a quienes se resistan, están provocando, entre otros factores que analizaremos a continuación, el alumbramiento de un nuevo mundo multipolar.

Y es que, si bien Estados Unidos está consiguiendo uno de sus objetivos estratégicos al separar a Rusia de la Unión Europea aprovechando el pretexto de la invasión de Ucrania, también es cierto que el mundo no se acaba en esta península del continente euroasiático llamada Europa. Existen otros actores en el tablero geopolítico y los movimientos se están precipitando, provocando realineamientos que presagian problemas para la pretensión de Estados Unidos de mantener su hegemonía, y la del dólar, en el mundo.

Un reciente artículo en la revista alemana Der Spiegel del economista alemán Henrik Müller considera que “la congelación de los activos del banco central de Rusia tiene el potencial de poner en peligro la confianza en el dólar como moneda de reserva”. El argumento es fácil de seguir: “para los países con grandes reservas de divisas, surge la pregunta de si sus activos con la Fed (y otros bancos centrales occidentales que ahora participan en las sanciones) aún están seguros”. Es decir, si hoy le congelan los activos a Rusia, mañana me puede pasar a mí. El economista predice “la inminente desintegración del mundo en bloques” y ve a China en el camino de “establecer su propio hemisferio”, en un contexto en el que “la tectónica del poder económico está alejándose de las instituciones globales inspiradas en EE.UU. hacia una nueva formación de bloques con mercados financieros fragmentados. No sería de extrañar que este cambio se reflejara en el mercado de divisas”, concluye el economista.

El análisis teórico de Henrik Müller se ve ratificado por los hechos. El 18 de marzo, la Unión Económica Euroasiática (EAEU) y China acordaron diseñar el mecanismo para un sistema monetario y financiero internacional independiente. La EAEU está formada por Rusia, Kazajistán, Kirguistán, Bielorrusia y Armenia. Esta asociación está estableciendo acuerdos de libre comercio con otras naciones euroasiáticas y se está interconectando progresivamente con la Nueva Ruta de la Seda, como se ha traducido al español la “Belt and Road Initiative” de China.

La Unión Económica Euroasiática contempla además la creación de “una nueva moneda internacional”, con el yuan como referencia probable. El valor de la nueva divisa se obtendría calculando un índice de las monedas nacionales de los países participantes, teniendo en cuenta también los precios de las materias primas. El primer borrador del proyecto se discutirá tan pronto como a finales de marzo.

Con datos de febrero de este año, 144 países han firmado acuerdos de cooperación con China en el marco de la Nueva Ruta de la Seda.  Ilustración: Green Finance and Development Center

El 15 de marzo, altos funcionarios estadounidenses, que incluían a Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, se reunieron con funcionarios chinos en Roma para advertirles de serias consecuencias en el caso de que China proporcionara ayuda militar o financiera que ayudara a Rusia a mitigar el impacto de las sanciones, solicitándoles incluso que China cortara sus vínculos con Rusia. En el mismo sentido se manifestó Joe Biden en su conversación con Xi Jinping tres días más tarde.

Esta actitud es la que despliega tradicionalmente Estados Unidos con todos aquellos gobiernos, empresas o individuos que no se avengan a atenerse a sus designios: amenazar con sanciones que impidan la viabilidad de Estados, compañías o, en el caso de las personas, hacerles la vida muy difícil. Pongamos el ejemplo de la empresa Allseas, una empresa suiza puntera en la construcción de conductos submarinos, y una de las participantes en la ejecución del gasoducto Nord Stream 2. Los senadores Ted Cruz y Ron Johnson escribieron una carta al director ejecutivo de AllSeas, Edward Heerema, advirtiéndole que la compañía enfrentaría sanciones «aplastantes y potencialmente fatales» si continuaba trabajando en el gasoducto. “Las consecuencias de que su empresa continúe haciendo el trabajo, incluso un solo día después de que el presidente firme la legislación de sanciones, expondría a su empresa a sanciones legales y económicas aplastantes y potencialmente fatales”, escribieron ambos, con un tono que no deja lugar a dudas. La empresa suiza anunció su retirada del Nord Stream 2 en un comunicado de tres líneas en su página web.

Por aquel entonces, diciembre de 2019, bajo la presidencia de Donald Trump, Alemania calificó de «incomprensibles» las sanciones de Estados Unidos a las empresas que trabajaban en el gasoducto, advirtiendo que interferían en sus asuntos internos y afectaban a empresas alemanas y europeas. Otras compañías golpeadas por las amenazas de sanciones, y que se retiraron del proyecto, fueron la aseguradora Zurich Insurance, el holding noruego Det Norske Veritas, y Ramboll, una empresa de ingeniería danesa. Todas ellas grandes empresas, líderes en sus respectivos sectores.

Sólo dos años después, el nuevo canciller, Olaf Scholz, comparecía en una rueda de prensa con Joe Biden en la que éste proclamaba que encontraría la forma de paralizar el Nord Stream 2, aunque las competencias sobre el mismo estuvieran en manos de Alemania: «Lo haremos, se lo prometo, podremos hacerlo», se limitó a responder Joe Biden a las preguntas de un periodista sobre la manera en que Washington podría paralizar un proyecto en el que no participaba. A pesar de haber considerado dos años antes que las sanciones estadounidenses a un proyecto alemán eran “incomprensibles”, Alemania decidía paralizar recientemente la puesta en funcionamiento del gasoducto que hubiera supuesto el aporte de 55 mil millones de metros cúbicos de gas anuales a un precio un 40% inferior al del gas licuado estadounidense. Nótese además que Alemania no dispone de ninguna planta de regasificación, por lo que depende de instalaciones de ese tipo situadas en otros países hasta que construya dos, actualmente en proyecto, para poder usar gas natural licuado.   

Otro país que está recibiendo presiones para tomar decisiones en contra de sus intereses es Bulgaria. El 7 de marzo, su primer ministro, Kiril Petkov afirmaba que su país apoyaba las sanciones contra Rusia pero que probablemente pediría dejar fuera las importaciones de gas y petróleo. Bulgaria depende al 100% del gas ruso, mientras que el 60% por ciento del combustible que se consume en el país procede de su única refinería, propiedad de la empresa rusa Lukoil. Sólo once días más tarde, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd J. Austin III, visitó Bulgaria y se entrevistó con Kiril Petkov y el ministro de Defensa búlgaro. En un comunicado del Ministerio de Defensa estadounidense sobre la visita, se ponía el énfasis en la unidad de los aliados de la OTAN frente a la invasión rusa de Ucrania, a la que se calificaba de no provocada, y se agradecía a Bulgaria por albergar a un nuevo grupo de combate de la organización. El mismo día de la llegada de Lloyd J. Austin III a Sofía, Bulgaria expulsó a diez diplomáticos rusos del país.

En cuanto a los motivos que llevaron a desplazarse a todo un secretario estadounidense, general retirado por más señas, a un país como Bulgaria, aparte de cerrar filas, conviene recordar que Lloyd J. Austin III era miembro del consejo de administración de Raytheon, uno de los mayores fabricantes de armas del mundo, entre ellas misiles de crucero para ojivas nucleares, y era socio de una compañía inversora en empresas vinculadas con la defensa: Pine Island Capital. Se da la circunstancia de que Anthony Blinken, secretario de Estado, también formaba parte del consejo de administración de Pine Island Capital, que recientemente ha adquirido varias empresas de armamento. Los anteriores secretarios de Defensa estadounidenses también estaban vinculados a empresas del sector de las armas: James N. Matis, nombrado por Donald Trump, era miembro del consejo de General Dynamics. Su sucesor Mark T. Esper, era el jefe del lobby de Raytheon.

Sin embargo, no todos los países aceptan las presiones de los enviados de la Casa Blanca. Washington manifestó en un comunicado estar “decepcionado” por la visita de Bashar al Assad a los Emiratos Árabes, que se produjo el 18 de marzo, a la que calificó de “aparente intento de legitimar” al presidente de Siria. La visita de Bashar al Assad a los Emiratos era la primera que efectuaba a un país árabe desde el inicio del conflicto en Siria, hace once años. Días antes, Estados Unidos, junto a Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia, habían publicado un comunicado advirtiendo que no apoyaban la “rehabilitación” de al Assad, ni la normalización de las relaciones con él.  Aun así, la reunión se produjo. La agencia de noticias de los Emiratos resaltó las declaraciones del jeque Mohammed bin Zayed, al frente del país: “Siria es un pilar fundamental de la seguridad árabe, y los EAU están dispuestos a fortalecer la cooperación con ellos para lograr las aspiraciones del hermano pueblo sirio hacia la estabilidad y el desarrollo”.

En el mismo sentido de “rebelión” frente a los dictados de Washington, el diario Wall Street Journal publicaba la semana pasada que Arabia Saudí estaba considerando aceptar los pagos en yuanes para las ventas de petróleo a China. Durante su campaña electoral, Joe Biden prometió tratar al reino como un estado «paria». Es más, una vez en la oficina, Biden presumía de estar ignorando las peticiones de hablar con él por parte de “mucha gente de Oriente Medio” y ha rechazado atender llamadas telefónicas de Mohamed bin Salmán. Sin embargo, en las últimas semanas ha sido Biden quien ha solicitado conversar tanto con el jeque que gobierna los Emiratos Árabes Unidos, como con el príncipe saudí, pero estos han rechazado la posibilidad de organizar llamadas telefónicas con Joe Biden en las últimas semanas. Para ablandar los oídos de los jeques, ayer trascendió que Estados Unidos había enviado una remesa de misiles Patriot a Arabia Saudí, para ser utilizados en la guerra proxy que el reino alauí y los Emiratos Árabes, con el apoyo de Washington, están librando contra Irán en Yemen, para desgracia de sus habitantes.

La administración de Estados Unidos está buscando fuentes alternativas al petróleo ruso, una vez que ha decidido dejar de comprar oro negro, gas y carbón al país eslavo. De momento, está cosechando una negativa tras otra por parte de los principales productores del mundo. Una delegación estadounidense se desplazó en secreto a Venezuela, que alberga las mayores reservas de petróleo del mundo, para negociar con el gobierno de Nicolás Maduro la compra de petróleo venezolano. Washington no informó del viaje a Juan Guaidó, quien se supone que es el legítimo presidente de Venezuela, según el relato de la Casa Blanca.

Si esperaban salir con un acuerdo debajo del brazo, la reunión en Caracas no fue bien para los intereses de Estados Unidos. Después de años de demonización del “régimen” venezolano, cuyo petróleo está sometido a sanciones desde 2019, estamos seguros de que el gobierno de Venezuela aprovechó el encuentro para poner sobre la mesa el tema de las reservas de oro venezolanas bloqueadas en el Banco Central de Inglaterra. La negativa del banco inglés a entregar los lingotes responde a presiones de altos funcionarios de Estados Unidos. Que nosotros sepamos, el único resultado tangible de la reunión se saldó con la puesta en libertad de dos ciudadanos estadounidenses que estaban presos en Venezuela, como gesto de buena voluntad del gobierno de Maduro, y un emplazamiento por ambas partes a seguir dialogando.

Otro país que también está ignorando las presiones de Estados Unidos para abstenerse de hacer negocios con Rusia es la India. La semana pasada, la compañía estatal Indian Oil Corp. compró tres millones de barriles de petróleo a Rusia, con un descuento del 20% sobre el precio de referencia. Un funcionario del gobierno indio advirtió que India seguiría comprando petróleo ruso. Pero lo más importante no es el hecho de la compra en sí, sino que un organismo empresarial indio ha pedido al gobierno que establezca un mecanismo de rupia-rublo para facilitar el comercio entre ambos países, esquivando así el dólar como divisa para las transacciones. Un funcionario del gobierno indio confirmó, bajo condición de anonimato, que se estaba trabajando en ese esquema de intercambio usando las monedas locales para pagar no sólo el petróleo, sino otros bienes.

A pesar de todos estos movimientos, que tienen por objeto esquivar el área de influencia de Estados Unidos, representada por su moneda, el dólar continúa representando en torno al 60% de las reservas mundiales de divisas y la deuda internacional pendiente, el 55% del crédito bancario transfronterizo y más del 40% de las transacciones comerciales y de divisas, nos recuerda el economista Henrik Müller. Es muy pronto para decretar, por tanto, el fin de la hegemonía de la divisa americana. Pero también es cierto que la decisión de congelar los activos de Rusia depositados en bancos occidentales puede marcar no sólo un punto crucial en la evolución del dólar como moneda de referencia mundial, sino acelerar los movimientos tectónicos de un mundo globalizado que podría verse resquebrajado en bloques.