29 de mayo de 2026
China afloja la presión sobre Rusia tras el viaje de Trump a Pekín
La intervención armada de Estados Unidos en Venezuela y la guerra desatada contra Irán, proveedores ambos de petróleo a China, ha evidenciado que el objetivo de la Casa Blanca sigue siendo el mismo, independientemente del inquilino de turno: debilitar a China. Trump dejó Pekín con poco más que buenas palabras en el bolsillo, mientras que Putin y Xi Jinping firmaron más de 40 acuerdos, en todo tipo de esferas, durante la última reunión del presidente ruso con el chino en Pekín.
La política exterior de Estados Unidos ha conseguido desgajar a Europa de su vecino oriental, pero está logrando que Rusia y China profundicen su relación estratégica, contribuyendo a consolidar un formidable bloque euroasiático, económicamente complementario, y masivo geográficamente.
Las declaraciones de Serguéi Lavrov sobre la necesidad de “alcanzar todos los objetivos de la operación militar especial”, realizadas tras el último viaje de Vladímir Putin a Pekín, sugieren que China ha aflojado la presión que ejercía sobre Rusia en relación con la guerra en Ucrania. Tras proclamar esa necesidad, para así fortalecer la influencia de Rusia en el mundo, Lavrov subrayó que “Nuestros amigos y vecinos, así como nuestros oponentes y enemigos, lo están vigilando muy de cerca”.

Lavrov subraya la necesidad de alcanzar los objetivos de la operación militar especial de Rusia. TASS, 23 de mayo de 2026.
En septiembre de 2024, Wang Yi, el ministro de Asuntos Exteriores chino, pedía un alto el fuego en Ucrania en el Consejo de Seguridad de la ONU. China se alineaba así con occidente, que reclamaba un cese de las hostilidades como condición previa para iniciar negociaciones. Tras constatar la mala fe de Donald Trump, evidenciada por los ataques a sus proveedores de petróleo, la posición de China en relación con la guerra de Ucrania parece haber cambiado, inclinándose ahora por que Rusia acabe el trabajo, de la manera que estime más conveniente. Xi Jinping dijo en la conferencia de prensa conjunta con Putin que “los lazos entre Rusia y China están en consonancia con las exigencias de nuestro tiempo”.
Desde que Rusia decidió intervenir directamente en la guerra civil que se desarrollaba en Ucrania desde 2014, tras el golpe de estado organizado por Estados Unidos, su estrategia militar se ha visto condicionada por varios factores. Uno de los más importantes ha sido la necesidad de mostrar una cierta moderación, de cara a sus “amigos y vecinos”, por usar la expresión de Lavrov.
Los rusos consideran a los ucranianos un pueblo hermano. Putin escribió en 2021 un artículo donde recalcaba la «unidad histórica» de ambos pueblos. El propio Zelenski, judío y rusoparlante antes de aprender ucraniano a marchas forzadas, usaba la palabra «hermanos» para referirse a los rusos, a quien consideraba de la misma sangre. Vasili Nebenzia, el embajador ruso ante la ONU, hablaba de «compasión» por un pueblo al que no consideran extraño para explicar por qué no habían golpeado con más dureza hasta la fecha. Sin embargo, tras más de cuatro años de guerra, esa fase está tocando a su fin.
El desprecio por cualquier clase de constreñimiento a la hora de perseguir sus objetivos, mostrado tanto por Trump como por su socio en el crimen, Netanyahu, ha indicado a China que la presión sobre Rusia para que actuara con moderación en Ucrania carece de sentido. Las declaraciones de Yuri Ushakov, asesor de Putin, remachan este análisis: afirma que no sabe nada del “espíritu de Anchorage”, que nunca usó esa frase, y que lo que sí existe es el “espíritu de Pekín”, que “hasta se puede tocar”.

Xi y Putin condenan la política exterior “irresponsable” de Estados Unidos en la cumbre de Pekín. The Guardian, 20 de mayo de 2026.
La declaración conjunta de Rusia y China remacha el común hartazgo por la incapacidad de Estados Unidos de abordar unas relaciones diplomáticas dignas de tal nombre. Trump sólo se distingue de sus predecesores en sus impresentables formas, pero comparte el mismo fondo: su concepto de las relaciones internacionales radica en que los demás países obedezcan sus órdenes. Y pobre del que no lo haga.
Por su parte, Marco Rubio corrobora el acta de defunción de lo que Putin y Trump hablaran en Alaska, cuando reconoce que las conversaciones de paz sobre Ucrania están estancadas, que actualmente no hay negociaciones propiamente dichas, y que Estados Unidos está listo para desempeñar ese papel de mediador que se atribuye “si surgen oportunidades”. No tiene pinta de que vaya a haberlas.

Estados Unidos sugiere que podría abandonar las conversaciones mientras Rusia escala la guerra. Responsible Statecraft, 26 de mayo de 2026.
La farsa de la mediación de una de las partes en conflicto está tocando a su fin. Putin se avino a participar en la representación porque pensaba que podía convenir a sus intereses, como analicé en este artículo. Sin embargo, una vez constatada la falta de voluntad política de Trump para sentarse a diseñar una nueva arquitectura de seguridad en Europa, en la que se tengan en cuenta los intereses de Rusia, los rusos están virando.

Zelenski, arrodillado ante el féretro de Andriy Melnyk. Marta Havryshko en X.
Rusia se encamina hacia la resolución del conflicto por la vía militar, de un modo más expeditivo que hasta ahora, una vez comprobada la negativa de Estados Unidos a asumir la nueva realidad multipolar del mundo, y a actuar en consecuencia. En cuanto a Ucrania, sus dirigentes, convenientemente engrasados, han asumido las tesis europeas de continuar el conflicto. El ala ultranacionalista de las élites ucranianas, en claro ascenso, tampoco permitiría a Zelenski cualquier atisbo de acuerdo que no consistiera en la derrota estratégica de su odiado enemigo.
La imagen del judío Zelenski arrodillándose ante el féretro de Andriy Melnyk durante un funeral de estado denota la sumisión del presidente ucraniano al ala ultranacionalista. Los restos mortales de Melnyk fueron trasladados desde Luxemburgo para ser inhumados en Ucrania. Melnyk fue un notorio colaborador de los nazis en el exterminio de un millón y medio de judíos ucranianos durante la Segunda Guerra Mundial.
Rusia anuncia ataques sistemáticos contra Kiev
Ignorando los antecedentes y el contexto, Rusia ha sido presentada en occidente como la única agresora en el conflicto provocado por la OTAN en Ucrania. El Kremlin sabe de sobra que, haga lo que haga, ya está condenado de antemano en occidente. Sin embargo, utilizar la estrategia militar habitual de Estados Unidos o Israel – los bombardeos de saturación, la destrucción sistemática, las matanzas de población civil, el genocidio – habría provocado un rechazo contraproducente tanto en los BRICS, como en el sur global.
Rusia lleva más de cuatro años fingiendo que está luchando únicamente contra Ucrania, no contra la OTAN, a pesar de que la guerra habría acabado en cuestión de semanas sin el ingente apoyo económico y militar del bloque militar liderado por Estados Unidos. Ese ejercicio de prudencia es presentado en occidente como un signo de debilidad.
Si en 2022 Joe Biden decía que no iba a proporcionar aviones de combate a Ucrania porque eso supondría la tercera guerra mundial, luego hemos visto que occidente ha suministrado no sólo cazas, sino tanques, munición de artillería y, quizás más importante aún, información de inteligencia y datos, sin los cuales los misiles Storm Shadow británicos no podrían atacar objetivos en Rusia. Hasta The New York Times reconocía la profunda imbricación de militares estadounidenses en la guerra contra Rusia, planificando ataques desde Wiesbaden y la base de la OTAN en Ramstein, Alemania.
Una vez obtenido el beneplácito de su aliado estratégico, el bombardeo ucraniano sobre una residencia de estudiantes en Starobelsk, que causó 21 muertos, sirvió para desbordar el hartazgo de Rusia por los ataques ucranianos contra la población civil, que son sistemáticamente silenciados por los medios occidentales, atribuidos a Rusia, o desmentidos por el gobierno de Kiev, en contra de las evidencias. Starobelsk se encuentra en la región de Lugansk, controlada ya por Rusia en su práctica totalidad.
Tras este enésimo ataque a la población civil en Donbass, Rusia usó un misil Oreshnik, hipersónico y prácticamente imposible de detener, para atacar distintos objetivos en Kiev. Lejos de limitarse a esta represalia, el Ministerio de Asuntos Exteriores anunció que “Todo esto ha colmado el vaso de la paciencia” y que las Fuerzas Armadas de Rusia se disponían “a asestar progresivamente golpes sistémicos contra instalaciones de la industria militar ucraniana en Kiev (…) que el régimen de Kiev utiliza con la asistencia de profesionales de la OTAN, responsables por suministrar los componentes, entregar datos de información y establecer los blancos. Además, los golpes serán lanzados contra los centros de toma de decisiones y puestos de mando”.
El comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso instaba a los ciudadanos extranjeros, al personal diplomático y a los representantes de las organizaciones internacionales a “abandonar la ciudad lo antes posible”. También advertía a los residentes en la capital “que no se acerquen a las infraestructuras militares y administrativas del régimen de Zelenski”. Por si quedaba alguna duda, Serguéi Lavrov llamó a Marco Rubio para indicarle la necesidad de la evacuación de los ciudadanos estadounidenses. Kaja Kallas declaró el 28 de mayo que los estadounidenses habían evacuado su embajada, lo que fue desmentido por la legación diplomática. Otro papelón de la lituana. Los europeos, desafiantes, rechazaban abandonar la ciudad.

Lavrov dice a Rubio que evacuen a los diplomáticos y ciudadanos estadounidenses de Kiev. Bloomberg, 25 de mayo de 2026.
Cualquiera que se asome a los medios de comunicación rusos, incluyendo los estatales, o siga a los analistas occidentales que reportan sobre lo que allí se comenta, sabe que el hartazgo por la duración de la guerra está haciendo mella no sólo en el Kremlin, sino en la población en general. La exasperación por la evidencia de la participación de la OTAN y de la Unión Europea en el sostenimiento del conflicto, sin que Rusia haya golpeado a los países que dirigen, financian y ejecutan los ataques provenientes de Ucrania, está llegando a niveles políticamente insostenibles.
Las recientes declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores de Lituania, que comentó que la OTAN tenía la capacidad de destruir los sistemas de defensa aérea situados el enclave ruso de Kaliningrado, que se suman a las amenazas ya realizadas en la misma línea por un general estadounidense, contribuyen a incrementar la presión social y política que experimenta el Kremlin para poner fin de una vez por todas a la “operación militar especial”. Aunque el nivel de aprobación de Putin se sitúa en el 79%, es la primera vez que cae por debajo del 80% en los últimos tres años, y supone una caída de 9 puntos desde agosto del año pasado.
El 15 de abril, el Ministerio de Defensa ruso publicó las direcciones de las empresas europeas que fabrican drones con destino Ucrania. Dimitri Medvédev, el vicepresidente del Consejo de Seguridad Nacional, máximo órgano de gobierno en Rusia, por encima del consejo de ministros, declaró tras la publicación que la lista representaba una lista de “potenciales objetivos” para las fuerzas armadas rusas. El mismo Medvedev declaraba el 6 de mayo que “solo un miedo bestial a sufrir daños inaceptables impedirá que Alemania y la Europa Unida lancen otro ataque contra Rusia”. Así lo recogía Rafael Poch en un artículo con el título “Este año la guerra podría extenderse en Europa”, a la par ominoso y realista.
En Rusia, la situación ha llegado a un punto en el que, o bien hace valer su capacidad disuasiva, de manera preventiva, a riesgo de escalar el conflicto, o bien occidente va a seguir cruzando líneas rojas, hasta que la respuesta ya no sea de carácter preventivo, sino de otra dimensión, que mejor no tengamos que presenciar.
Europa incrementa la temeraria escalada contra Rusia
Occidente ha ido cruzando lo que parecían ser las tan mencionadas líneas rojas del Kremlin, una tras otra. Confundiendo la paciencia estratégica, y la necesidad de ofrecer una imagen de relativa moderación a sus aliados, con debilidad, la falta de respuestas disuasivas contundentes por parte de Rusia ha ido envalentonando a los miembros de la OTAN. La reciente visita del ministro de Defensa alemán a Kiev, para firmar un acuerdo y producir drones de largo alcance, de manera conjunta, capaces de penetrar hasta 1.500 kilómetros en el interior de Rusia, supone otra temeridad por parte de Alemania. Boris Pistorius declaró que el acuerdo era «sólo el principio» de la colaboración entre ambos países.

Alemania, Ucrania producirán conjuntamente drones de largo alcance en una asociación de defensa ampliada. Kiyv Post, 11 de mayo de 2026.
Una reciente entrevista a Andriy Biletsky en Reuters indica que Europa sigue apostando por el ala dura de las élites ucranianas. Biletsky, uno de los fundadores del neonazi batallón de Azov, ascendido a general de brigada, habla de un “punto de inflexión” en la guerra contra Rusia, pero sostiene que la pelota puede caer del lado ucraniano, y que una victoria todavía es posible. Los gabinetes de ideas occidentales le bailan el agua en la misma pieza. Siguen alimentando la entelequia de una “derrota estratégica” de la primera potencia nuclear del mundo, que se juega su existencia en el conflicto.
Europa continúa esparciendo el espantajo de la “amenaza rusa”, que Rafael Poch califica acertadamente de “profecía autocumplida, una creencia falsa en su origen pero que contribuye y alimenta su realización”. En el fondo, de lo que se trata es de seguir alimentando la guerra en Ucrania, con la vana esperanza de provocar un zarpazo ruso de tal magnitud que Estados Unidos se vea obligado a cruzar el Atlántico para “salvar” a sus aliados de la OTAN e infligir, ahora por fin, esa “derrota estratégica” a Rusia, acompañada del cambio de régimen necesario para proceder a la desmembración del país eslavo en unidades más manejables, y al expolio de sus ingentes recursos naturales.
Este y no otro es el objetivo de la expansión de la OTAN hacia el este, con el colofón de la incorporación de Ucrania a la alianza militar, hasta ahora de facto. La temeridad de la pretensión no tiene en cuenta ni la historia, ni la geografía, ni las capacidades militares de Rusia. Queda por ver si la retórica belicista europea se queda en una estratagema para continuar alimentando flujos de dinero, al margen de cualquier control, o si las élites europeas han alcanzado un estado de delirio tal como para involucrarse directamente en una guerra con Rusia, con la vana esperanza de que Estados Unidos acuda al rescate.

Son numerosos los analistas que advierten del peligro de una guerra directa de la OTAN contra Rusia.
En cualquier caso, el daño infligido hasta ahora a la ciudadanía europea por sus élites exigiría la asunción de responsabilidades por el fracaso de las políticas implementadas, y sus nefastas consecuencias económicas en el viejo continente. Bruselas ha condenado a Europa a la ruina económica y a la irrelevancia geopolítica.
Lo que surgió como un proyecto de paz, para evitar nuevas guerras en el continente que ha sufrido el mayor número de ellas en la historia, se ha convertido en un fracasado proyecto geopolítico, donde lo único que importa es mantenerse en el poder, y centralizarlo en muy pocas manos, en detrimento de la soberanía popular, en las ya maltrechas democracias nacionales. Hasta que la anestesiada ciudadanía no salga de su letargo, las élites europeas seguirán campando a sus anchas, tentadas de meternos en una guerra, para seguir robándonos la cartera con total impunidad.


















