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Qué dijo Merkel sobre los acuerdos de Minsk y por qué los medios lo ignoran

15 de diciembre de 2022

Los medios de comunicación occidentales, salvo los alemanes, están ignorando clamorosamente la entrevista del semanario alemán Die Zeit a Ángela Merkel, publicada el 7 de diciembre. En Rusia, sin embargo, las declaraciones de la excanciller han suscitado reacciones al más alto nivel político, además de ocupar gran espacio en sus medios, censurados por Occidente. ¿A qué se debe esta disparidad de reacciones? ¿Por qué los medios de aquí ocultan lo que acapara la atención en Rusia? Muy sencillo: porque las declaraciones de Merkel dejan en mal lugar a Occidente y por eso conviene enterrarlas. Analicemos qué es lo que ha dicho la excanciller, cuáles han sido las reacciones en Rusia, y la opinión de algunos analistas al respecto.

En la larga entrevista, cuyo texto completo puede descargarse aquí, Ángela Merkel afirma que “el acuerdo de Minsk de 2014 fue un intento de darle tiempo a Ucrania. También aprovechó este tiempo para fortalecerse, como puede verse hoy. La Ucrania de 2014/15 no es la Ucrania de hoy. Como se vio en la batalla de Debaltsevo a principios de 2015, Putin podría haber invadido fácilmente en ese momento. Y dudo mucho que los países de la OTAN pudieran haber hecho tanto como hacen ahora para ayudar a Ucrania”.

Ilustración: Die Zeit. Texto entrecomillado: “También deberíamos de haber reaccionado más rápidamente a la agresividad de Rusia”.

Estas declaraciones suponen admitir que los acuerdos de Minsk fueron una trampa: ni Ucrania ni sus garantes tenían la más mínima intención de cumplirlos, o hacerlos cumplir. Se trataba de un ardid para darle tiempo a Ucrania para “fortalecerse”, mientras se disuadía a Rusia de adoptar un papel más beligerante en la defensa de la población rusa y rusoparlante del este de Ucrania, con la promesa de un alto el fuego y estatutos de autonomía para las regiones del Donbass.

Los acuerdos de Minsk se fraguaron en dos fases. El primer acuerdo se firmó el 5 de septiembre de 2014. Tras el golpe de Estado del Maidán, en febrero de 2014, los territorios poblados mayoritariamente por rusos y rusoparlantes – Crimea, Donetsk y Lugansk – que habían votado en masa por el depuesto presidente, Viktor Yanukóvich, se negaron a aceptar la legitimidad del gobierno golpista, apadrinado por Estados Unidos. Manifestantes tomaron edificios gubernativos y se celebraron referendos para votar la independencia de las regiones orientales. Dio así comienzo una guerra civil en Ucrania entre las repúblicas secesionistas de Donetsk y Lugansk y el gobierno de Kiev: uno de los gérmenes, junto con la expansión de la OTAN, de la actual invasión rusa.

Tras la debacle del ejército de Ucrania en la batalla de Debaltsevo, en febrero de 2015 se firmó la segunda ronda de los acuerdos, cuyos puntos principales son los siguientes:

  • Alto el fuego bilateral inmediato.
  • Supervisión y verificación del alto el fuego por la OSCE.
  • Descentralización del poder, y aprobación de una ley ucraniana sobre el estatuto especial de algunas zonas de Donetsk y Lugansk.
  • Creación de una zona de seguridad en las regiones fronterizas entre Ucrania y Rusia.
  • Liberación de detenidos y ley de amnistía.
  • Realización de elecciones locales en algunas zonas de Donetsk y Lugansk.
  • Retirada de los grupos armados ilegales, equipo militar, así como de los combatientes y de los mercenarios de Ucrania.
  • Garantizar la seguridad personal de los participantes en las negociaciones.

Los acuerdos de Minsk II fueron firmados bajo los auspicios de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), y fueron ratificados por el Consejo de Seguridad de la ONU, pero sus principales padrinos fueron Ángela Merkel y François Hollande, como puede verse en la foto que se hicieron junto a Petro Poroshenko, entonces presidente de Ucrania, Vladimir Putin, y Aleksander Lukashenko, presidente de Bielorrusia, país anfitrión de la firma.

Fotografía: Kremlin.ru, CC BY 3.0 <https://creativecommons.org/licenses/by/3.0>, via Wikimedia Commons

En otro momento de la entrevista, Merkel remacha la verdadera función de los acuerdos: Para todos estaba claro que el conflicto estaba congelado, que el problema no se había resuelto, pero eso le dio a Ucrania un tiempo valioso”. Esto supone recalcar que los acuerdos de Minsk fueron una trampa para Rusia, una artimaña para que los sucesivos gobiernos de Ucrania ganaran tiempo para fortalecerse, con la ayuda de la OTAN, con el objetivo de lanzar una ofensiva para retomar el control del Donbass y Crimea. Por eso los medios occidentales están ignorando ese reconocimiento, porque echa por tierra la narrativa fabricada por Estados Unidos de la “guerra no provocada” y, además, supone fulminar la credibilidad de Occidente de cara a futuros acuerdos.

Las declaraciones de Merkel se suman a las realizadas por Petro Poroshenko en junio de este año, en relación con el auténtico propósito que le llevó a firmar los acuerdos de Minsk: “Conseguimos lo que queríamos. No creíamos en Vladimir Putin, como no creemos ahora. Nuestra tarea era, en primer lugar, evitar la amenaza o al menos posponer la guerra. Arrancamos ocho años para restaurar el crecimiento económico y construir el poder de las Fuerzas Armadas. Esta fue la primera tarea, y se logró”. Unas declaraciones que tampoco veremos en los medios occidentales. Qué casualidad.

Lo que sí encontramos en el propio sitio web de la OTAN es una entrevista con Jens Stoltenberg en la que, el mismo día que Die Zeit publicaba la conversación con Merkel, el secretario general de la Alianza Atlántica afirmaba lo siguiente: Los aliados de la OTAN han apoyado a Ucrania durante muchos años, especialmente desde 2014. Especialmente aliados como Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido han entrenado a las Fuerzas Armadas de Ucrania para que sean mucho más grandes, más fuertes y mejor equipadas ahora, en febrero de 2022, que cuando Rusia invadió por primera vez en 2014”. Por la “invasión” de 2014 supongo que Stoltenberg se refiere a la incorporación de Crimea a la Federación Rusa, tras la celebración de un referéndum.

El 9 de diciembre, preguntado por su opinión acerca de lo dicho por la excanciller alemana, Vladimir Putin respondió: “Pensamos que todavía podríamos estar de acuerdo en el marco de los acuerdos de paz de Minsk. ¿Que puedes decir? Hay una cuestión de confianza. Y la confianza, por supuesto, es casi cero. (…) Resulta que nadie iba a cumplir con todos estos acuerdos de Minsk y el punto era solo hinchar a Ucrania con armas y prepararla para las hostilidades. Después de una declaración como esa, surge la pregunta de cómo negociar, sobre qué, y si se puede negociar con alguien, y dónde están las garantías”. Respecto a la guerra en Ucrania, Putin declaraba que «Habrá que llegar a un acuerdo al final, de todos modos. He dicho muchas veces que estamos listos para estos acuerdos, estamos abiertos, pero esto nos hace pensar con quién estamos tratando».

La portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, María Zajárova, cargaba más las tintas. Las confesiones de la excanciller “expresan lo horrible: el fraude como modus operandi de Occidente: maquinaciones, manipulaciones, todo tipo de distorsión de la verdad, el derecho y la justicia imaginables”.

Las manifestaciones de Ángela Merkel han servido para socavar la escasa credibilidad que, a ojos de Rusia, le quedaba a Occidente. Por lo tanto, como siempre a la hora de analizar cualquier hecho, tenemos que preguntarnos: ¿a quién favorecen en realidad? En primer lugar, parece que a Rusia. Putin se ha mostrado “decepcionado”: «Hablando con franqueza, no esperaba escuchar esto de la excanciller, porque siempre actué con la asunción de que el liderazgo de Alemania se comporta de forma sincera con nosotros». Lo expresado por Merkel acerca del auténtico papel que jugaron los acuerdos de Minsk permite a Rusia presentarse como víctima de un engaño por parte de Occidente y justifican no sólo la invasión de Ucrania, sino que le dan pie a Putin para afirmar que debería haber ocurrido antes.  

Ahora bien, Ángela Merkel es cualquier cosa menos tonta. Entonces, ¿por qué iba a hacer unas declaraciones que favorecieran a Rusia en la actual situación y que dejaran no sólo su credibilidad, sino la de Occidente, a ras de suelo? La respuesta a esta cuestión no es sencilla, porque Merkel incurre en varias contradicciones en la entrevista, como señala acertadamente el blog Moon of Alabama, y que darían para otro artículo. Por una parte, la excanciller afirma que los acuerdos se firmaron para que Ucrania ganara tiempo. Pero por otra, sostiene que su intención era la de evitar la guerra y que “El hecho de que esto no haya tenido éxito no significa que los intentos hayan sido erróneos”.

¿Cuándo tenemos que creer a Ángela Merkel? ¿Cuando dice que los acuerdos de Minsk se firmaron para que Ucrania ganara tiempo, o cuando defiende que su intención era la de evitar la guerra?

Además, los acuerdos de Minsk no se negociaron en el aire, tuvieron un contexto. La propia excanciller se pregunta cómo es posible que se aprobara la construcción del gasoducto Nord Stream 2 en esa coyuntura, y ella misma trata de responderse, aunque lo logra a medias: Ucrania concede gran importancia a seguir siendo un país de tránsito para el gas ruso, porque supone una fuente de ingresos nada desdeñable, y no quería ni oír hablar de un gasoducto que evitara su territorio. Así pues, la construcción del Nord Stream 2 suponía una afrenta política para Kiev. Por aportar un dato al respecto, en diciembre de 2019, Ucrania y Rusia firmaron un contrato de cinco años, por valor de 7.000 millones de dólares, por los derechos de tránsito del gas ruso a través de Ucrania.  En esa fecha, el 40% de los 200 bcm (miles de millones de metros cúbicos) de gas ruso con destino Europa cruzaba territorio ucraniano. 

Merkel recuerda que la aprobación la solicitaron las empresas constructoras al gobierno alemán y que, para rechazar la solicitud, el gobierno federal debería haber promulgado una ley ad hoc:tal negativa en combinación con el acuerdo de Minsk, en mi opinión, habría empeorado peligrosamente el clima con Rusia”. La alemana recuerda que en esa época – hablamos de 2015 – se peleaba por el gas ruso, no como ahora, en que “la gente a veces actúa como si cada molécula de gas ruso fuera del diablo”.

En cuanto a la famosa “dependencia” energética de Europa del gas proveniente de Rusia, que la construcción del Nord Stream 2 estaría fomentando, Merkel se defiende afirmando que “había menos gas disponible de Holanda y Gran Bretaña, y volúmenes limitados en Noruega”. Aunque lo cierto es que el modelo de negocio de Alemania se ha basado, durante décadas, en la energía barata, próxima y abundante procedente de Rusia, porque era lo más eficiente económicamente. Este marco también presentaba ventajas para Rusia, que tenía un cliente próximo al que suministrar las cantidades ingentes de energía que produce, y Europa necesita. Un modelo de negocio sustentado en la complementariedad económica de ambas regiones, que la geografía bendice, y que Putin quería afianzar y profundizar.

“Desde Lisboa hasta Vladivostok”: Putin visualiza una zona de libre comercio entre Rusia y la Unión Europea.

El 25 de noviembre de 2010, Vladimir Putin escribía un artículo en el Süddeutsche Zeitung, inmediatamente antes de un viaje a Alemania para reunirse con Ángela Merkel. En la pieza, Putin proponía “la creación de una comunidad económica armoniosa que se extienda desde Lisboa hasta Vladivostok. En el futuro, podríamos incluso considerar una zona de libre comercio o incluso formas más avanzadas de integración económica. El resultado sería un mercado continental unificado con una capacidad de billones de euros».

Putin subrayaba que «El estado actual de la cooperación entre Rusia y la Unión Europea no es consistente con los desafíos que enfrentamos. Para transformar la situación, debemos aprovechar las ventajas que ya existen y las posibilidades de progreso en la UE y Rusia». En concreto, Putin se refería a la reindustrialización de Europa: «Desde mi punto de vista, debemos abordar la cuestión de cómo podemos desencadenar una nueva ola de industrialización en todo el continente europeo». El presidente de Rusia se refería al acuerdo que estaba negociando con la Unión Europea y pedía valorarlo desde una perspectiva estratégica, a largo plazo, a 20, 30 o incluso 50 años en el futuro.

Precisamente una reindustrialización de Europa es lo que pretende evitar la administración de Joe Biden con la aprobación de la Ley para la Reducción de la Inflación. Una ley bautizada con un eufemismo, que incluye cientos de miles de millones de dólares en créditos fiscales y subvenciones para incentivar a las empresas europeas a trasladar sus fábricas a Estados Unidos, como analicé en un artículo anterior.

“Estados Unidos siempre apoya a sus aliados”. Ilustración: Liu Rui. Global Times.

En opinión del analista estadounidense Andrew Korybko, Putin creía que su visión era compartida por Ángela Merkel, a quien consideraba una estadista con altura de miras, y con quien había forjado una relación personal. Putin habla perfectamente alemán, al igual que Merkel ruso. Desde que se firmaron los acuerdos de Minsk, Putin pensó que Alemania presionaría a Ucrania para que los cumpliera y se transformara en ese puente tan deseable entre Rusia y la Unión Europea, dos economías absolutamente complementarias. Korybko opina que Merkel engañó a Putin, diciéndole lo que quería escuchar para ganar ese tiempo que Ucrania necesitaba para fortalecerse, tal y como ahora reconoce.

Fotografía:  Alexander Nemenov/AFP via Getty Images, publicada en Político.com

No creo que Merkel engañara a Putin, sino más bien ocurrió que Putin no podía creerse que una estadista de alto nivel no compartiera una estrategia tan evidente, con tan solo mirar el mapa, analizar la geografía y constatar la complementariedad de la economía rusa y la de la Unión Europea. Esa simbiosis que llevaba décadas funcionando satisfactoriamente para ambas partes, con unas infraestructuras para el transporte de energía plenamente desarrolladas, que se comenzaron a construir en los años 60 y que en la década de los años 70 cuajaron definitivamente a lomos de la Ostpolitik de Willy Brandt. El resultado: Alemania es la tercera economía exportadora del mundo, tras China y Estados Unidos.

A ojos de Putin, era imposible que Merkel despreciara la posibilidad de incrementar ese inmenso potencial para construir un coloso económico euroasiático que, con toda probabilidad, habría sido uno de los ejes principales del mundo multipolar que se está configurando. Así que Putin aguantó, mientras Ucrania bombardeaba a la población civil del Donbass, rusos como él, con la esperanza de que fraguara esa estrategia que creía compartir con Merkel. En agosto de 2015, Naciones Unidas estimaba en 4.700 la cifra de muertos en Donetsk y Lugansk. En esa fecha, Merkel decía que las sanciones a Rusia (por la anexión de Crimea) sólo se levantarían cuando cumpliera los acuerdos de Minsk, sin mencionar los bombardeos ucranianos. Un mensaje que fue repitiendo a lo largo de los años. En mayo de 2016, las víctimas llegaban a 9.000. En septiembre de 2018, la cifra ya rebasaba los 10.300 muertos. En enero de 2022, antes de que comenzara la invasión rusa, Naciones Unidas calculaba el número de víctimas en Donbass entre 14.200 y 14.400, de las cuales al menos 3.400 eran civiles.

En diciembre de 2021, Rusia advertía que Ucrania había concentrado 125.000 soldados cerca de la línea de contacto en el Donbass. En enero de este año, un mes antes de la invasión rusa, Denis Pushilin, el líder de la República de Donetsk, declaraba que desde hacía tres meses y medio venían observando la acumulación de tropas ucranianas. Es decir, poco antes de que se produjera la invasión rusa de Ucrania, tras ocho años de guerra civil, el gobierno de Kiev se estaba preparando para el asalto final al Donbass, y lo que hizo Rusia fue adelantarse a la ofensiva ucraniana. La negativa de Estados Unidos y la OTAN a negociar unas garantías de seguridad, reclamadas por escrito por Rusia en diciembre de 2021, encajan en este marco. La paciencia de Putin se agotó y el sueño de una unión económica euroasiática, que incluyera a Europa occidental, se volatilizó. Rusia decidió pivotar hacia el Este, sobre todo hacia China, pero también hacia India.   

Retirada de la política activa y escribiendo un libro de memorias, ¿por qué salta ahora Merkel con estas declaraciones? Y sobre todo ¿a quién terminan favoreciendo? En primer lugar, aparentemente a Rusia, dándole argumentos para dejar de fiarse definitivamente de Occidente, tras la trampa que supusieron los acuerdos de Minsk. Se entiende la renuencia de Putin a sentarse a negociar, si lo que se firma vuelve a quedarse en papel mojado: “Fool me once, shame on you. Fool me twice, shame on me”. Si me engañas dos veces, la culpa será mía.

Por otro lado, al desalentar a Putin de acudir a una mesa de negociación para resolver el conflicto en Ucrania, lo que está haciendo Merkel es alargar la contienda. ¿A quién favorece la prolongación del conflicto bélico? Claramente a su promotor: Estados Unidos. Cuanto más dure la guerra, cuantos más paquetes de sanciones aplique la Unión Europea a Rusia – ahora está preparando el noveno – más se profundizará la cuña que Estados Unidos lleva metiendo desde hace décadas entre la Unión Europea y Rusia. El objetivo está claro: dinamitar el proyecto geoestratégico que alentaba Vladimir Putin, la creación de una “comunidad económica armoniosa que se extienda desde Lisboa hasta Vladivostok”.

Esa es la meta de Estados Unidos: impedir el surgimiento de un coloso euroasiático que le haga sombra en su pretensión de alzarse como potencia hegemónica de un mundo unipolar, para seguir imponiendo su voluntad al resto del mundo. Por eso Ángela Merkel, a pesar de que pueda parecer que le echa un cable a Rusia con sus declaraciones, en realidad está colaborando con la hoja de ruta de la Casa Blanca.

Por último, si los acuerdos se firman para tomar ventaja estratégica sobre el adversario, escondiendo la voluntad de incumplirlos, o de salirse de ellos cuando interesa, cabe preguntarse cuál es el modelo de sociedad que proyectan quienes actúan de esa manera. ¿Es este el mundo basado en reglas del que tanto hablan? ¿Unas reglas que en realidad esconden trampas? Si los acuerdos no sirven más que para engañar al adversario, decaerá el interés en firmarlos y prevalecerá la ley del más fuerte. ¿Estos son los valores occidentales? ¿Este es el jardín del que habla Borrell? Yo diría más bien que nos adentramos en la ley de la jungla.

Democracia, libertad de expresión, valores occidentales y otras leyendas urbanas

1 de diciembre de 2022

A la gallina le dejan elegir la salsa en que la van a cocinar, pero seguro que acaba en la cazuela. De esta forma describía Eduardo Galeano las democracias occidentales en uno de sus libros. La gallina es, obviamente, la metáfora de la ciudadanía. Nos están tratando de convencer de que por introducir un papel en una urna cada cierto tiempo, dejándonos escoger entre distintos tipos de salsa, vamos a escapar de la cazuela, y nada más lejos de la realidad. Con el advenimiento de las redes sociales, se ha agudizado la faceta guiñolesca de la política: personajillos mediocres que simulan atizarse con una garrota con el fin de ganar adeptos para la causa… de quienes manejan sus hilos.  Las escaramuzas se organizan siempre en torno a temas accesorios, porque nadie está dispuesto a tratar lo que al titiritero no le interesa: el modelo económico, la distribución de la riqueza. Hay vacas sagradas que quedan fuera de la gresca. A este trampantojo lo llaman democracia y cualquier reminiscencia de su etimología – gobierno del pueblo – hace tiempo que se perdió.

Es cierto que, formalmente, hemos progresado desde los tres estamentos del feudalismo – nobleza, clero y campesinado – pero lo hemos hecho porque la sociedad es más compleja y porque en 1789 se cortaron algunas cabezas. Nos guste o no, “La violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva”, como dejó escrito Carlos Marx. Por lo que tenemos que preguntarnos quién está ejerciendo esa violencia, con mecanismos más sutiles, que en muchas ocasiones no precisan el derramamiento de sangre, para conseguir sus objetivos de manera más artera que en la sociedad feudal. Porque los objetivos de quienes detentan el poder económico siguen siendo los mismos que antes de que María Antonieta subiera al cadalso.

Para pasar de los estamentos a los parlamentos se derramó mucha sangre, pero los campesinos se transformaron en asalariados a los que extraer la plusvalía de otro modo. De los reyes absolutistas pasamos al sufragio universal, pero es nuestro deber preguntarnos si el derecho al voto en unas elecciones, con un sistema de partidos muy reglado y listas cerradas, significa realmente que el pueblo decida su destino. O si lo siguen decidiendo los de siempre: los que nunca se presentan a las elecciones, porque no les hace falta. Cuenta Naomi Klein en “La doctrina del shock” que, tras asumir Nelson Mandela el cargo, “en las dependencias presidenciales se solía comentar, a modo de broma: “¡Eh, tenemos el Estado! ¿Dónde está el poder?”. El capítulo que la periodista canadiense dedica a cómo se gestionó la transición en Sudáfrica, tras la victoria del ANC, el partido de Mandela, es paradigmático a la hora de exponer cómo ganar unas elecciones no significa, ni mucho menos, alcanzar el poder.

En las democracias, tener el gobierno no significa tener el poder. Existen escasísimas excepciones, que son sometidas a todo tipo de presiones para hacerlas descarrilar, precisamente por parte de ese Occidente que presume de valores democráticos: de entrada, se les niega su carácter democrático. Las elecciones sólo son “libres” cuando ganan los candidatos prooccidentales; si no, es que ha habido pucherazo. Tampoco se respeta el derecho de cada pueblo a organizarse como les parezca conveniente. Todos deben de ajustarse a la receta occidental, como si eso fuera garantía de que gobernara el pueblo. Posteriormente, a los díscolos se les aplican sanciones económicas, embargos, confiscación de activos, de las reservas de oro, etc. Se busca quebrar su economía para que vuelvan al paradigma ortodoxo: el capitalismo, dentro de los esquemas occidentales. Fuera de estos casos, en que los gobernantes se afanan en construir un modelo económico que priorice las necesidades del pueblo, tener el gobierno significa trabajar para el poder, que no es lo mismo que tenerlo.

Parte de esa tarea consiste en enmarcar los hechos con una determinada narrativa, como está ocurriendo con la invasión de Ucrania, donde se ha desatado otra guerra paralela: la del relato. Una contienda al menos tan importante como la del campo de batalla, puesto que la construcción del marco adecuado es fundamental a la hora de conquistar las mentes de la ciudadanía, tal y como reconocía recientemente Josep Borrell.

El relato con el que nos están bombardeando los gobiernos occidentales y sus medios de comunicación es de brocha gorda: en Ucrania asistimos a una contienda entre la democracia y las autocracias rusa y china, personificadas por Vladimir Putin y Xi Jinping. Una batalla en la que nos jugamos la libertad colectiva de Occidente, frente a las amenazas autoritarias provenientes de Eurasia y el riesgo de que la invasión rusa vaya más allá de Ucrania. Es por ello que debemos asumir la pérdida de prosperidad que este enfrentamiento nos va a provocar – el ajuste será duro,  Borrell dixit – al renunciar a la energía barata, próxima y abundante procedente de Rusia, porque el objetivo merece la pena: seguir viviendo en democracia y libertad, como las que disfrutamos ahora en Occidente.

El 10 de octubre, el jefe de la diplomacia europea regañaba a los embajadores que la Unión Europea tiene destacados por el mundo porque, a su juicio, no hacían los esfuerzos suficientes para transmitir el relato con el que Bruselas quiere justificar las políticas que está aplicando en relación con el conflicto en Ucrania: “La comunicación es nuestro campo de batalla. No peleamos con armas, gracias a Dios. Pero tenemos que luchar en comunicación (…) Esta es una batalla que no estamos ganando porque no estamos peleando lo suficiente. Es una pelea. Además de conquistar espacios, hay que conquistar las mentes”.

Así pues, se nos trata de convencer de que las democracias occidentales y su sistema de partidos, con listas cerradas, que concurren a elecciones con programas electorales que sistemáticamente incumplen, son el sistema político en el que la ciudadanía manda. Nada más lejos de la realidad.

Como señalé en el artículo anterior, una decisión estratégica con las consecuencias que describe Borrell – pérdida de la prosperidad y reestructuración de la economía, con ajuste duro – debería haber sido objeto de debate público. Desconectarnos de los tubos que mantienen con vida a la economía europea – los gasoductos y oleoductos provenientes de Rusia – sin disponer de una alternativa para reemplazar en su totalidad ese suministro, constituye una temeridad que las élites están cometiendo sin consultar a la ciudadanía. Si se nos está advirtiendo de la posibilidad de apagones, racionamiento de la energía y de planes de emergencia para retirar efectivo de los cajeros, es que no hay alternativa a la energía proveniente de Rusia, por mucho que algunos se empeñen en convencernos de lo contrario, como Olaf Scholz.

Si vivimos en democracia ¿por qué no se consulta con la ciudadanía la toma de decisiones que nos afectan directamente, en asuntos tan fundamentales como mantener nuestros hogares calientes en invierno o disponer de energía eléctrica?  ¿Por qué no se nos ha consultado sobre la conveniencia de adoptar las sanciones contra Rusia, dictadas por Estados Unidos, que han provocado la crisis energética y un incremento desbocado de la inflación? ¿Por qué no se nos pregunta si estamos de acuerdo con desindustrializar Europa, en beneficio de Estados Unidos, al trasladarse las empresas europeas al otro lado del Atlántico debido a sus menores costes energéticos? Las consecuencias de las decisiones políticas tomadas al margen de la ciudadanía están repercutiendo no en las élites que las han tomado, que tienen el riñón bien cubierto, sino en la población, cuya opinión ha sido ignorada. ¿Qué tipo de democracia es ésta?

El vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, ha declarado que «la política fiscal (de los gobiernos nacionales) no debe contradecir al Banco Central Europeo». Como acertadamente señala Juan Torres López, “Aunque lo que viene ocurriendo sea que poderes no democráticos se impongan sobre parlamentos y gobiernos, decir que eso es lo que debe ocurrir y que los parlamentos solo pueden aprobar Presupuestos Generales que no contradigan lo que establezca el banco central, una autoridad no elegida por nadie, es una fractura material de la democracia”. Y que eso lo diga el vicepresidente de la Comisión Europea, delata cuál es el concepto de “democracia” con el que trabajan en Bruselas.

Los dirigentes de la Unión Europea no sólo no nos han consultado sobre el rumbo que han emprendido, sino que están obsesionados con acallar las opiniones en contra de sus decisiones, con suprimir las narrativas que cuestionan su relato de brocha gorda o los mensajes que contradicen sus políticas. Los medios de comunicación rusos fueron los primeros en sufrir la censura, al suspender la Unión Europea las emisiones de RT en español y Sputnik news en su territorio. Una medida que ya critiqué en un artículo anterior. Bruselas no podía tolerar que la ciudadanía tuviera acceso a un punto de vista distinto sobre lo que está sucediendo en la guerra de Ucrania. Nos tratan como a niños a los que hay que proteger de la “desinformación”. Les aterra la posibilidad de que la ciudadanía acceda a informaciones distintas a las de los medios occidentales para formarse una opinión, porque el objetivo, como dice Borrell, es “conquistar las mentes”. Su concepto de “ciudadanos libres” es el de aquellos que sólo reciben información desde un emisor, y todos los demás se censuran o se demonizan, o son tildados de propaganda, “fake news” o desinformación. Y no hablamos únicamente de los medios de comunicación rusos. Nos referimos a las personas y medios que se salen del relato diseñado en la Casa Blanca – y repicado por la Unión Europea y sus respectivos altavoces mediáticos – que están sufriendo acoso y derribo en las redes sociales y difamaciones personales en los medios. 

En una nueva vuelta de tuerca a la maltrecha libertad de expresión, la Unión Europea ha aprobado, el 19 de octubre, el Reglamento de Servicios Digitales, donde la palabra “desinformación” aparece trece veces. Según leemos en la nota de prensa del Parlamento Europeo, “Las plataformas en línea muy grandes deberán cumplir con obligaciones más estrictas en virtud de la Ley de Servicios Digitales, en proporción a los importantes riesgos sociales que plantean al difundir contenido ilegal y dañino, incluida la desinformación”.  Asimismo, la Ley prevé la aplicación de “Medidas especiales en tiempos de crisis: cuando ocurre una crisis, como una amenaza a la salud o la seguridad pública, la Comisión puede requerir a las plataformas muy grandes para que limiten cualquier amenaza urgente en sus plataformas. Estas acciones específicas se limitan a tres meses”.

Según Borja Adsuara, abogado experto en comunicación digital, en la práctica la Ley “da una base legal a las actuaciones que llevó a cabo la Comisión respecto de la desinformación durante la pandemia del Covid y la propaganda rusa en la invasión de Ucrania. En la práctica permite una censura indirecta por la Comisión y los Gobiernos más allá de esos 3 meses”, según leemos en su cuenta de Twitter.

Bruselas también se muestra muy preocupada por los delitos de incitación al odio y exige a las plataformas y a los buscadores en línea que evalúen lo que califica de “riesgo sistémico”. También califica de “riesgo” la difusión de contenidos con “efectos negativos reales o previsibles sobre los procesos democráticos, el discurso cívico y los procesos electorales, así como la seguridad pública”.

¿Quién decide qué es un delito de incitación al odio y cuáles son los presuntos efectos negativos – reales o previsibles – de los contenidos en línea sobre los procesos democráticos? Es todo de una subjetividad que aterra. Pero la Unión Europea no se para ahí. En la presentación del Plan de Acción para la Democracia Europea podemos leer un texto digno de un publicista: “En una democracia saludable y próspera, los ciudadanos pueden expresar libremente sus puntos de vista, elegir a sus líderes políticos y opinar sobre su futuro. (…) Los medios de comunicación libres, el mundo académico y la sociedad civil deberían poder desempeñar su papel en la estimulación de un debate abierto, libre de interferencias malignas, ya sean extranjeras o nacionales”.

Si vivimos en una democracia saludable y próspera, ¿por qué no dejan opinar a la ciudadanía sobre nuestro futuro? ¿Por qué la Comisión Europea se arroga la potestad de decidir cuáles son las “interferencias malignas”? ¿Acaso nos consideran menores de edad que necesitan un tutor que nos muestre cuál es el bien y cuál es el mal? Si podemos expresar libremente nuestros puntos de vista, ¿por qué se suspenden las cuentas en redes sociales que sostienen puntos de vista discordantes con la versión oficial?

En junio de este año Věra Jourová, vicepresidenta para Valores y Transparencia, presentaba un código reforzado de prácticas sobre la desinformación con estas palabras: “Este nuevo Código contra la desinformación llega en un momento en que Rusia está utilizando la desinformación como arma como parte de su agresión militar contra Ucrania, pero también cuando vemos ataques a la democracia en general”.

El último episodio de desinformación, que casi desata la tercera guerra mundial, no provino de Rusia, sino de la agencia Associated Press. El 15 de noviembre, AP publicaba que Un alto funcionario de inteligencia de Estados Unidos dice que misiles rusos cruzaron a Polonia, miembro de la OTAN, y mataron a dos personas”. Finalmente, la propia Casa Blanca descartaba la procedencia rusa y los misiles resultaron haber sido disparados por la defensa antiaérea de Ucrania. El periodista que escribió la nota fue despedido – hacía falta una cabeza de turco – pero lo relevante es que la información fue sometida a la opinión de dos editores, antes de ser publicada, y uno de ellos se mostró partidario de sacarla, como así fue, con el argumento de que “no podía imaginarse que un oficial de inteligencia de Estados Unidos pudiera equivocarse en un asunto así”. Este editor ha conservado su puesto de trabajo, a pesar de que parece dispuesto a publicar cualquier cosa que le filtre la CIA, sin contrastar la información. La pregunta obvia es: ¿por qué ese oficial de inteligencia estadounidense “plantó” esa falsedad en la agencia AP? ¿Pretendía involucrar directamente a la OTAN – indirectamente ya lo está – en la guerra de Ucrania, a través de su famoso artículo 5, que establece que si cualquier miembro es atacado, los demás actuarán en su defensa?

 

La respuesta nos conecta con los tan cacareados valores occidentales que sirven de coartada a Estados Unidos y sus vasallos para colocarse en un plano de superioridad moral sobre sus antagonistas euroasiáticos. Esos valores con los que se les llena la boca constantemente: democracia, libertad de expresión, derechos humanos, mercado libre, libertad individual. Unos valores que constantemente pisotean y a los que sin embargo se adhieren, para envolverse de legitimidad.

El ejemplo más actual de cómo los paladines de los valores occidentales se limitan a defenderlos en la arena mediática, que no en la realidad, nos lo proporciona el caso de Julian Assange. El 2 de noviembre, el Secretario de Estado Antony Blinken tuiteaba que “Ningún miembro de la prensa debe ser amenazado, acosado, atacado, arrestado o asesinado por hacer su trabajo. En el Día Internacional para Poner Fin a la Impunidad de los Crímenes contra Periodistas, nos comprometemos a seguir protegiendo y promoviendo los derechos de una prensa libre y la seguridad de los periodistas”.

Esto lo tuitea un miembro del gobierno que está intentando extraditar a un periodista australiano desde el Reino Unido, donde lleva encarcelado tres años y medio, sometido a tortura psicológica según un experto de la ONU, a los que se suman los siete años que pasó tratando de evitar la extradición desde la embajada de Ecuador en Londres, una situación que fue calificada como detención arbitraria por un panel de Naciones Unidas. Julian Assange está atravesando este calvario por publicar los crímenes de guerra que militares de Estados Unidos y el Reino Unido cometieron en Irak y Afganistán. Un “crimen” por el que se podría enfrentar a 175 años de cárcel en Estados Unidos.

Por si quedaba alguna duda de cómo promueve la Casa Blanca la defensa de la libertad de prensa y la seguridad de los periodistas, esos valores occidentales que estamos defendiendo las democracias frente a Rusia en Ucrania, el 17 de noviembre el Departamento de Estado otorgaba la inmunidad al príncipe saudita Mohammed bin Salman, al mismo tiempo que condenaba el “odioso crimen” del periodista Jamal Khassoggi. La novia del periodista y un grupo de derechos humanos fundado por Khassoggi habían presentado una demanda contra el príncipe saudita. En su campaña electoral, Biden prometió que convertiría a Arabia Saudita en un Estado “paria” tras el asesinato del periodista del Washington Post. Tras tomar posesión, Biden leyó un informe de la CIA que atribuía a MBS la orden de asesinar a Khashoggi, que habría ejecutado el jefe de seguridad personal del ahora primer ministro de Arabia Saudita. Un cargo que asumió en septiembre, y que sería la causa del otorgamiento de la inmunidad.

La lista de ejemplos de cómo esos valores occidentales son de quita y pon darían para escribir no un artículo en un blog, sino libros enteros. Pero rematemos con la manera en que se caracteriza el gobierno de Zelenski en Ucrania. Según Úrsula von der Leyen, «En Ucrania la democracia se enfrenta a la autocracia». Sin embargo, desde el comienzo de la invasión rusa, en Ucrania se han ilegalizado doce partidos políticos, la mayoría de izquierdas, por decreto presidencial: el Bloque de Oposición – el principal partido de la oposición al gobernante Servidor del Pueblo –, el Partido Socialista de Ucrania, el Partido Comunista de Ucrania, Socialistas, Justicia y Desarrollo, Nashi, el Bloque de Volodímir Saldo, la Oposición de Izquierdas, el Partido de Sharí, la Unión de Fuerzas de Izquierdas, la Plataforma de Oposición-Por la vida, y el Partido Socialista Progresista de Ucrania. 

El 21 de marzo, un mes después del comienzo de la invasión, Zelenski firmó otro decreto presidencial por el que ordenó “combinar todos los canales de televisión nacionales, cuyo contenido de programación consiste principalmente en programas de información y/o de análisis de información, en una única plataforma de información de comunicación estratégica”. La plataforma lleva el nombre de “United News”.

El 8 de abril, tras reunirse en Kiev con Zelenski, la presidenta de la Comisión Europea, le prometió acelerar el proceso para que Ucrania se convierta en miembro de la Unión Europea, porque “comparte los valores” de la UE. ¿Ilegalizar partidos políticos y acabar con la pluralidad informativa son los valores compartidos entre Ucrania y la Unión Europea?

La World Government Summit es un evento que se celebra anualmente en Dubai. Según su sitio web, el tema de este año era “Dando forma a los futuros gobiernos” y prometía reunir “a líderes de opinión de todo el mundo para dar forma a la próxima generación de gobiernos”. Uno de los paneles fue denominado “¿Estamos listos para un nuevo orden mundial?”. Unos meses después, en la reciente cumbre de la APEC (Foro de Cooperación Asia – Pacífico), Emmanuel Macron se despachó con la siguiente advertencia: “Necesitamos un único orden global”. ¿Nos van a consultar las élites acerca de sus planes para este nuevo orden mundial o van a seguir decidiéndolo todo en nuestra democracia consolidada?