Estados Unidos anuncia el fin de la posguerra fría y una nueva etapa de confrontación

2 de octubre de 2023

Antony Blinken señala el viraje del conflicto desde Ucrania hacia China

Es sorprendente que el discurso que dio Antony Blinken en la School of Advanced International Studies, el 13 de septiembre, no haya recibido la atención que merece por parte de los medios occidentales. En su intervención, titulada El poder y el propósito de la diplomacia americana en una nueva era, el secretario de Estado afirmó que hemos llegado al fin del orden mundial que surgió con el fin de la guerra fría. Termina una etapa, y ahora nos adentramos en otra.

El fin de la historia, anunciado por Francis Fukuyama en 1992, entendido éste como “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano”, tendrá que esperar.

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Los BRICS crecen impulsados por los errores de occidente

15 de septiembre de 2023

Las sanciones, la congelación de activos y el tope al precio del petróleo alientan la ampliación de los BRICS

Las políticas diseñadas por Estados Unidos han impulsado un movimiento que ya estaba en marcha: la ampliación de los BRICS. Las sanciones a Rusia y la “congelación” de sus activos han proporcionado argumentos para quienes dudaban acerca de la posición que debían buscar en el mundo multipolar que está naciendo. El tope impuesto por el G7 al precio del petróleo ruso ha precipitado movimientos sorprendentes, como el acercamiento entre Arabia Saudita e Irán. Todos estos factores, sumados a las labores diplomáticas de China, han desembocado en el crecimiento de los BRICS, anunciado en la cumbre de Sudáfrica.

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Cómo acabará la guerra en Ucrania

1 de septiembre de 2023

Entender los orígenes de la guerra para vislumbrar el final

Para poder contestar al desafío que plantea el titular, es imprescindible comenzar reseñando cuáles son las verdaderas causas que provocaron el inicio de la invasión rusa, el 24 de febrero de 2022. Hasta la Wikipedia reconoce que la guerra en Ucrania no comenzó con ese hecho, sino en 2014, tras el golpe de Estado del Maidán, orquestado por Estados Unidos para colocar a un gobierno títere que sirviera a sus intereses.

Las sucesivas ampliaciones de la OTAN hacia el este, hasta las mismas fronteras de Rusia, incumpliendo las promesas hechas por varios dirigentes occidentales a Gorbachov, tal y como recogí en este artículo, es una de las causas de la agresiva respuesta de Rusia.

Pero el motivo fundamental que ha llevado a Rusia a implicarse de lleno en la guerra civil que asolaba el este de Ucrania desde 2014 ha sido el rechazo por parte de Estados Unidos a pactar una nueva arquitectura europea de seguridad. El 26 de enero de 2022, un mes antes de la invasión, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, anunciaba la negativa de la organización a negociar la propuesta formulada por Rusia en diciembre de 2021.

En los documentos enviados a Estados Unidos y a la OTAN, Rusia reclamaba que la organización armada no sólo pusiera fin a su expansión hacia el este, sino que retrocediera sobre sus pasos, retirando a las tropas desplegadas en los países de Europa oriental. Así lo declaraba Putin el 23 de diciembre de 2022: “Lo ponemos claro: no debe haber más expansión de la OTAN hacia el este. ¿Qué es lo que no se entiende? ¿Fuimos nosotros los que desplegamos misiles cerca de las fronteras de Estados Unidos? No. Es Estados Unidos quien vino con sus misiles a la puerta de nuestra casa. ¿Es acaso una demanda escandalosa dejar de desplegar sistemas de misiles cerca de nuestra casa?”.

Rusia ha dejado claro que no va a admitir que Ucrania sea un miembro de la OTAN. Entre los objetivos de la “operación militar especial”, en terminología rusa, se halla la desmilitarización del país: el Kremlin no va a tolerar otro títere armado por la OTAN a sus puertas. En noviembre de 2021, un año antes de la invasión, Putin ya advertía que un misil lanzado desde Ucrania alcanzaría Moscú en un tiempo estimado entre 7 y 10 minutos, lo que resultaba inadmisible. Pero Ucrania sólo es una parte del problema.

Rusia no está interesada en negociar un acuerdo de paz que se circunscriba a Ucrania, necesita un acuerdo global. El problema es que Estados Unidos no está dispuesto a admitir ese marco, porque supondría conceder a sus interlocutores una posición de iguales. A Washington tampoco le sirve que, como resultado de esa negociación, pudiera alzarse con el puesto de primus inter pares, porque el único papel que Estados Unidos está dispuesto a admitir es el hegemónico, con el resto del mundo postrado a sus pies. Esa es la visión de los neoconservadores actualmente al mando de la política exterior: la idea de la coexistencia pacífica les es ajena, como señala el economista Jeffrey Sachs.  

Negociar en términos de igualdad con otra potencia una arquitectura de seguridad para Europa significaría reconocer el nacimiento de un mundo multipolar y el fin de su hegemonía, que tendría que ser necesariamente compartida con Rusia. En lugar de eso, Estados Unidos está trabajando activamente para imponer su dominio al resto del mundo, en todas las regiones del globo. Su última iniciativa acaba de plasmarse en Camp David, donde Japón y Corea del Sur se han aprestado a ofrecerse para ejercer el papel de peón que ahora desempeña Ucrania. En este caso, frente a China y Corea del Norte.

El fracaso de la contraofensiva de Ucrania provoca un cambio de narrativa

Mientras tanto, la guerra en Ucrania continúa. El fracaso de la contraofensiva ucraniana está siendo reconocido por políticos estadounidenses y los medios de comunicación a su servicio. Andy Harris, un legislador republicano que copreside el Caucus para Ucrania, y uno de los más fervientes partidarios de armar a Kiev, lo dijo hace poco: “Seré franco: ha fracasado”. Y refiriéndose de manera más amplia a la guerra, remató así: “Ya no estoy seguro de que se pueda ganar”.

The Washington Post recogía el sentir de la población de Ucrania con este titular: “La lenta contraofensiva oscurece el ánimo en Ucrania”.

La lenta contraofensiva oscurece el ánimo en Ucrania.

El mismo periódico se mostraba pesimista sobre las perspectivas militares para el gobierno de Zelenski: “Ucrania se está quedando sin opciones de recuperar territorio significativo”. The New York Times, por su parte, señalaba que funcionarios estadounidenses temían que las autoridades de Kiev se habían vuelto “reacias a las bajas”. Por eso habían dejado de enviar a la infantería al asalto de las posiciones rusas, atravesando campos minados, y habían vuelto a la estrategia de desgaste a distancia, ejercida por la artillería. Y claro, así no hay manera de que la contraofensiva avance…

Ucrania se está quedando sin opciones de recuperar territorio significativo.

El Financial Times se hacía eco de los temores de Estados Unidos acerca de las posibilidades de un éxito rápido de la contraofensiva.

Estados Unidos cada vez tiene más dudas de que la contraofensiva de Ucrania pueda tener éxito rápidamente.

The Washington Post incidía en que la inteligencia estadounidense valoraba que Ucrania fracasaría en su objetivo principal: alcanzar Melitopol, un enclave fundamental para el tránsito de los suministros rusos. Por último, Politico recogía unas declaraciones de un anónimo cargo que, a la vista de lo ocurrido, le daba la razón a toro pasado al general Mark Milley: el jefe de la Junta de Estado Mayor opinaba, en noviembre pasado, que era el momento de iniciar una negociación. 

La inteligencia de Estados Unidos dice que Ucrania fracasará en el objetivo principal de su ofensiva.

Una vez constatado el fracaso de la contraofensiva, ha comenzado la atribución de culpas. En sendos artículos aparecidos en The Wall Street Journal y The New York Times, voces anónimas de la administración de Joe Biden achacan al gobierno de Zelenski el descalabro, por no haberse centrado en el frente sur, el de Zaporiyia. Se quejan de que Zelenski dividió sus recursos al tratar de recuperar el enclave perdido de Bajmut, persiguiendo fines políticos, en lugar de militares, además de echarles en cara la ya mencionada “aversión a las bajas”.

Militares estadounidenses reconocen que a Ucrania se le está pidiendo que haga lo que el ejército del Tío Sam no haría en ningún caso: enviar a la infantería a intentar romper líneas de defensa fortificadas sin contar con superioridad aérea. Se nota quién está poniendo los muertos en esta guerra.

The Wall Street Journal: Estados Unidos y Ucrania chocan sobre la estrategia de la contraofensiva.

Empantanada en el frente, Ucrania ha pasado a desviar la atención mediante ataques con drones en la región de Bélgorod y en el propio Moscú, donde se suceden a diario. Sin embargo, el efectismo de estos golpes se queda en eso: carecen de cualquier relevancia, aparte de la mediática, a la hora de alterar el curso de la guerra.

La nueva estrategia de occidente frente a la debacle ucraniana

Una vez constatada la incapacidad de Ucrania para sobrepasar las líneas de defensa rusas, y el correspondiente cambio de narrativa de los medios, comienza el lanzamiento de globos sonda sobre una posible salida del atolladero. Stian Jenssen, jefe de gabinete de Stoltenberg, soltó el otro día una propuesta impactante: «Creo que la solución puede ser que Ucrania ceda territorio y reciba a cambio su ingreso en la OTAN. No digo que deba ser así, pero es una posible solución».

Ucrania se aprestó a calificar de inaceptable la sugerencia del funcionario: “Que un representante de la OTAN esté apoyando la narrativa de una cesión territorial es absolutamente inaceptable y respalda las posiciones de Rusia”, afirmó Oleg Nikolenko, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania. Mijailo Podoliak, asesor de Zelenski, calificaba de “ridícula” la sugerencia, mientras aprovechaba para reclamar una “derrota aplastante” de Rusia y el envío de más armas.

Ante la avalancha de críticas, Jenssen se disculpó, tildando de error su sugerencia. Sin embargo, no cabe la menor duda que una propuesta de tal calibre no se le escapa a alguien de su rango. El aparente error de Jenssen viene a confirmar la existencia de una estrategia occidental en ese sentido, desde hace meses. El 18 de mayo, Politico ya titulaba que la administración de Joe Biden estaba considerando la posibilidad de “congelar” el conflicto a la manera de las dos Coreas. Su equipo estaba valorando dónde situar “líneas potenciales”, que tanto Rusia como Ucrania aceptarían no cruzar, pero sin otorgarles el carácter de fronteras oficiales.

“Ucrania podría unirse a las filas de los conflictos “congelados”, dicen oficiales estadounidenses”.

El 6 de julio, la cadena NBC destapaba que antiguos oficiales estadounidenses habían mantenido conversaciones secretas sobre Ucrania con “rusos prominentes”, considerados próximos al Kremlin. Alguno tan próximo como el propio ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov. Por parte estadounidense, uno de los interlocutores era el antiguo diplomático Richard Haas, actual presidente del Council on Foreign Relations, un peso pesado. En las conversaciones, mantenidas con conocimiento de la Casa Blanca, se habló sobre esos territorios en manos de Rusia que Ucrania difícilmente podría recuperar.

Antiguos oficiales de Estados Unidos han tenido conversaciones secretas sobre Ucrania con rusos prominentes.

La reciente reunión celebrada en Arabia Saudita, presentada como un preludio a una “cumbre de paz” que, según Borrell, se celebrará a finales de septiembre, sirvió para presionar a quienes no se han alineado con los planteamientos occidentales, con escasos resultados: ni siquiera hubo un comunicado conjunto a su término. Teniendo en cuenta que Rusia no fue invitada al evento, la reunión a buen seguro sirvió como foro de conversaciones entre quienes apoyan a Ucrania, en torno a las posibles salidas del atolladero.

La posición de Rusia frente a las propuestas de congelar el conflicto

Los países del bloque occidental se están dedicando a negociar entre ellos un plan para detener la guerra, sin tener en cuenta si sus condiciones son aceptables, no sólo ya para Ucrania, después de la sangría que está sufriendo y su narrativa maximalista de derrota aplastante del invasor, sino para la propia Rusia. Se están haciendo trampas al solitario.

El Kremlin no va a aceptar una nueva versión de los Acuerdos de Minsk, destinada a congelar el conflicto para ganar tiempo y que la OTAN rearme lo que quede de Ucrania, para atacar a Rusia en un futuro próximo. A Putin ya le han tomado el pelo dos veces con ese esquema. No habrá una tercera.

A Rusia no le sirve un armisticio que se circunscriba al ámbito de Ucrania. Rusia necesita un acuerdo global que afronte un nuevo esquema de seguridad en Europa para el siglo XXI. Como acaba de demostrar la reciente cumbre de los BRICS, celebrada en Sudáfrica, mucho ha cambiado desde la caída de la Unión Soviética. China es la primera economía del mundo, medida en términos de paridad de poder adquisitivo, y la segunda en términos de PIB. Al frente del Kremlin ya no hay un borracho dispuesto a malvender los gigantescos recursos del país a las corporaciones occidentales.

El problema es que Estados Unidos desconoce qué es la diplomacia: sólo maneja la coacción, el chantaje de las sanciones o los aranceles, el cambio de régimen, los golpes de Estado o las invasiones contra quienes no se avienen a plegarse a sus dictados. La diplomacia, sin embargo, consiste en dialogar con los adversarios hasta alcanzar acuerdos aceptables para las dos partes. Como en toda negociación llevada a buen término, ninguna de las partes conseguirá todos sus objetivos. De lo contrario, estaríamos hablando de una imposición.  

Estados Unidos ha cometido el error de empujar a Rusia hacia China. La alianza surgida entre ambos colosos es fruto de la estrategia de desgajar a la Unión Europea de Rusia. Dada la animadversión proyectada desde Bruselas, Rusia ha tenido que girar hacia el este. Washington se ha cobrado una pieza, debilitando gravemente a la Unión Europea, pero ha propiciado el surgimiento de una colaboración sin precedentes entre Moscú y Pekín. “Sin límites”, en palabras de sus líderes. 

Rusia no puede salir derrotada de una guerra que percibe como una amenaza a su propia existencia como nación. Una percepción que surge de las declaraciones de numerosos líderes occidentales en ese sentido. Aceptar un armisticio, una congelación del conflicto, supondría dejarlo abierto, lo que equivaldría a dejar supurando una herida con riesgo grave para la vida del paciente. En este momento, cuando los medios ya hablan de la posibilidad de una ofensiva rusa en primavera, es occidente quien necesita una negociación, no Rusia.

The National Interest: El caso de una paz dirigida por Estados Unidos en Ucrania. Con la contraofensiva de Ucrania paralizada, ha llegado el momento de que Washington empuje hacia la paz – especialmente teniendo en cuenta que Rusia podría lanzar una nueva ofensiva en 2024.

Las posibles respuestas de occidente ante el estancamiento de la guerra

El problema es la cantidad de capital político invertido por Estados Unidos y la Unión Europea en el conflicto, lo que deja en una posición muy delicada a ambos para vender un acuerdo que no suponga la derrota palmaria de Rusia.

En el caso improbabilísimo de que Rusia aceptara una congelación del conflicto, la OTAN tendría que vender como un triunfo la ampliación de la organización a Finlandia y Suecia, (esta última, pendiente de Erdogan), y la perspectiva de incorporar a los restos de Ucrania en un futuro. Lo que resultaría frustrante para una opinión pública a la que se ha machacado con el mensaje de que Rusia será derrotada.

Ante el estancamiento bélico, Estados Unidos puede optar por escalar el conflicto. Al ritmo que vamos, Ucrania se podría quedar pronto sin efectivos. Douglas McGregor, que fue asesor del Departamento de Defensa con Donald Trump, cifra en 400.000 el número de víctimas mortales del lado ucraniano. Si Washington opta por la escalada, pueden darse dos escenarios: la implicación a título individual de miembros de la OTAN, como Polonia, que está ansiosa por recuperar la parte occidental de Ucrania, que fue polaca; o la intervención de la OTAN en su conjunto, en cuyo caso nos enfrentaríamos a un escenario de consecuencias imprevisibles, con riesgo de desembocar en una guerra nuclear.

Yo no creo que esta segunda hipótesis vaya a producirse. Y no lo creo porque en el Pentágono, donde son mucho más realistas que los neocon del Departamento de Estado, saben que la OTAN perdería la guerra. Porque la contienda no sería sólo frente a Rusia, sino también contra China. China no puede permitirse la derrota de Rusia porque sabe que sería la siguiente en ser atacada, y no tardando mucho.

El desarrollo de la guerra en Ucrania está demostrando la resiliencia del ejército ruso frente a los suministros constantes de armamento por parte de la OTAN. Unos abastecimientos que, en el caso de la munición de artillería, están en vías de agotarse, según su propio secretario general. Estados Unidos ha gastado 43.000 millones de dólares en armamento para Ucrania. Un antiguo oficial, citado por The Wall Street Journal, resumía así la situación: “Construimos esa montaña de acero para la contraofensiva. No podemos hacerlo de nuevo. No existe”. La conjunción de las fuerzas armadas rusas con las chinas se le atragantaría a la OTAN de manera fatal.

Además, hay que prestar atención a los realineamientos que está provocando la guerra en el sur global, cuya expresión más evidente se ha producido con la incorporación de Egipto y Arabia Saudita, aliados históricos de Estados Unidos, al grupo de los BRICS. Mucho ojo también a lo que está sucediendo en África: Victoria Nuland, la subsecretaria de Estado, salió con el rabo entre las patas de Níger, aunque eso no significa que haya tirado la toalla. En caso de que el conflicto se extienda, Estados Unidos pagará cara su prepotencia, porque el sur global le ha perdido el miedo al sheriff global.

Por último, la prioridad absoluta del Partido Demócrata consiste en conseguir la reelección de Biden. El terreno político para la campaña debe estar despejado. De ahí la pretensión de congelar el conflicto a la coreana. Si esta propuesta no tiene recorrido, no hay que descartar que Estados Unidos reabra otros frentes para sacar el foco de Ucrania, a la que podría terminar dejando en la estacada

Esta posibilidad se puede leer claramente entre líneas en la entrevista que concedió Zelenski el 27 de agosto. En ella, el presidente da un sorprendente giro de guion, con el objetivo de preparar a la opinión pública para el caso de que occidente le deje tirado:

  • Zelenski vende como “victoria del pueblo” el hecho de que Putin no ha ocupado el país como pretendía. Resulta que ahora es una victoria que no lo haya ocupado en su totalidad.
  • Prepara al país para una guerra larga, al estilo de la que mantiene Israel con Palestina, minimizando pérdidas humanas. “Se puede vivir así”, afirma. Evoca un conflicto congelado.
  • Descarta atacar a Rusia en su propio territorio, porque Ucrania perdería el apoyo de occidente: “Nos dejarían solos”.
  • Opina que el “modelo israelí” caracterizará las relaciones con Estados Unidos en el futuro: suministro constante de armamento, tecnología, entrenamiento y ayuda financiera.
  • Habla de recuperar Crimea de manera política, no militar, para evitar combates con pérdidas humanas.
  • Descarta una intervención directa de la OTAN, porque provocaría la tercera guerra mundial.

El volantazo de Zelenski es patente, supone la constatación del fracaso de la contraofensiva y abre la puerta a una nueva fase en el conflicto.

La imposición de la paz

En una cosa le voy a dar la razón a Josep Borrell: “La guerra tendrá que decidirse en el campo de batalla”, afirmaba en abril del año pasado. Con un matiz: la paz, cuando llegue, será negociada en los términos de quien resulte victorioso en el frente. La guerra sólo terminará cuando una de las partes consiga imponer sus condiciones a la otra, tras una victoria militar sobre el terreno, sea éste el que sea: o bien circunscrito a Ucrania o, en el peor de los casos, desparramado allende sus fronteras.

Todo apunta a que Ucrania no está en disposición de infligir la “derrota aplastante” que reclama el gobierno de Zelenski. Además, lo que se está dirimiendo trasciende los confines de ese país. De lo que ocurra en Ucrania dependerá el establecimiento de nuevas relaciones de poder, de nuevas jerarquías, entre las potencias actuales, y las emergentes. Está en juego la construcción de un nuevo orden mundial, que necesariamente va a ser multipolar, como acaba de atestiguar el crecimiento de los BRICS en la cumbre de Sudáfrica.

Dedicaré el próximo artículo a este nuevo movimiento tectónico en las relaciones internacionales, que se suma al que tuvo lugar en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, celebrada en Samarcanda en septiembre del año pasado.

La última cumbre de la OTAN consagra a Ucrania como carne de cañón frente a Rusia

4 de agosto de 2023

El resultado más visible de la última cumbre de la OTAN, celebrada en Vilna, Lituania, el 11 y 12 de julio, fue el fracaso de Volodímir Zelenski para conseguir el ingreso de Ucrania en la organización. O al menos, un calendario con fechas fijadas para alcanzarlo. Según leemos en el sitio web de la OTAN, “El artículo 5 establece que si un aliado de la OTAN es víctima de un ataque armado, todos y cada uno de los miembros de la alianza considerarán este acto de violencia como un ataque armado contra todos los miembros y tomarán las medidas que consideren necesarias para ayudar al Aliado atacado”.

Así pues, la admisión de Ucrania en la OTAN, que califica al artículo 5 como “piedra angular” de la alianza, significaría su aplicación automática, en virtud de la agresión rusa. En caso contrario, la organización dejaría el citado artículo vacío de contenido, y quedaría en una situación insostenible.

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Putin paga con Prigozhin el precio de la subcontratación

3 de julio de 2023

Aunque todavía es muy pronto para llegar a conclusiones sobre lo ocurrido en Rusia, en mi opinión Vladimir Putin ha terminado pagando un alto precio por la subcontratación de la guerra en Ucrania. Encargar a un grupo de mercenarios la realización de tareas que acarrean la pérdida de vidas humanas presenta ciertas ventajas, en términos de política doméstica, pero también supone la asunción de altos riesgos.

En este caso, la subcontratación del grupo Wagner, y su papel protagonista en la guerra de Ucrania, ha dotado a Evgueni Prigozhin con el poder suficiente para montar una rebelión armada, un desafío al propio Kremlin. Un poder que se ha ido acrecentando desde su fundación, en 2014, con ocasión de la anexión de Crimea, gracias al papel jugado en el continente africano, (en concreto en Mali, República Centroafricana, Libia, Mozambique y Sudán), así como en Oriente Próximo, especialmente en Siria, donde Wagner opera desde 2015. 

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