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Más gasto militar, menos inversión social: la Unión Europea se americaniza

Los gobiernos de los países de la Unión Europea acordaron el pasado 11 de marzo elevar sustancialmente el gasto militar. Ursula von der Leyen se felicitaba por el hecho de que los gobiernos le hubieran encargado detectar las lagunas que presenta la inversión en defensa y Charles Michel, el presidente del Consejo Europeo, celebraba el nacimiento de la defensa europea. Sólo cuatro días más tarde, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, presionaba para aumentar el gasto militar de todos los miembros de la organización hasta el 2%. Una propuesta que languidecía desde 2014 y que la invasión rusa de Ucrania ha revitalizado con fuerza.

Fuente: Statista

Previamente a la cumbre europea del 11 de marzo, Alemania ya marcaba el camino al anunciar un incremento en el gasto militar de 100.000 millones de euros. El canciller Olaf Scholz no sólo comunicaba un desembolso en defensa superior al 2% del PIB que reclamaba la OTAN, sino que proponía consagrar tal aumento mediante una reforma de la constitución. Y todo esto lo hacía “para proteger nuestra libertad y nuestra democracia”.

Sin embargo, la decisión de incrementar exponencialmente el gasto militar no se corresponde con la opinión de la población alemana, así que cabría preguntarse qué entiende Scholz por “democracia”. Estos son los datos que recoge el excorresponsal en Berlín Rafael Poch al respecto:

  • El 82% de los alemanes está a favor de que la OTAN retire las 20 bombas nucleares que alberga en la base aérea de Büchel.
  • El 72% de los alemanes está en contra de estacionar nuevas bombas nucleares en su territorio, y en contra de contribuir a pagar, junto con Estados Unidos, el coste de los 45 aviones F-18 encargados de transportarlas, que asciende a 8.000 millones de euros, tal y como establece un acuerdo del gobierno de Scholz con Estados Unidos.
  • El 94% de los alemanes opinaba, en 2018, que era “importante” mantener unas buenas relaciones con Rusia.

La invasión rusa de Ucrania ha proporcionado a Alemania el argumento para ir en contra de la opinión de la ciudadanía alemana, mayoritariamente antibelicista. Proponer una modificación de la constitución que va diametralmente en contra de lo que ésta proclama actualmente en relación con los conflictos bélicos, aprovechando la guerra proxy que libran Estados Unidos y Rusia en Ucrania, denota que Alemania, uno de los motores de la Unión Europea, está impulsando una americanización de las políticas del viejo continente.

¿Por qué decimos americanización? Porque tras el largo periodo de “austeridad” dictado por Bruselas, que ya ha recortado el estado del bienestar que, con enormes diferencias entre países, caracteriza a los más desarrollados de la Unión Europea, el incremento en el gasto militar supone seguir copiando el modelo de Estados Unidos: el mayor desembolso en armas y ejércitos sólo puede provenir de dos fuentes, o de una combinación de ambas. Una, del detrimento de las inversiones en otros capítulos presupuestarios: sanidad, educación, protección social, pensiones, etc. Otra, de un incremento en los impuestos. En ambos casos, de un modo u otro, será la ciudadanía la que terminará pagando el cambio de paradigma para adoptar el modelo americano. Un país donde no existe la cobertura sanitaria universal, y los seguros médicos privados son carísimos: desde 456 dólares mensuales para un individuo hasta 1.152 para una familia, según un estudio de eHealth.

El gasto social en Estados Unidos está por debajo de la media de los países de la OCDE, y supone diez puntos porcentuales menos que lo que destinan a inversión social los cinco países más avanzados de la Unión Europea en este terreno. De algún sitio tienen que salir los cientos de miles de millones de dólares que Estados Unidos dedica al gasto militar.

Fuente: OECD.org

Para llegar al 2% del PIB que reclama la OTAN a sus miembros, el Estado español tendría que duplicar en la práctica el gasto militar. Esto supondría un esfuerzo presupuestario adicional de más de 11.000 millones de euros, todos los años. Para que nos hagamos una idea de lo que representa esa cifra, el recorte en sanidad que se produjo en la década 2009-2018 ascendió a 7.256 millones en euros constantes, y significó un 11% de reducción de la inversión en este capítulo.

¿Cómo se va a imponer a la ciudadanía este cambio de paradigma en las políticas de la Unión Europea? Los medios de comunicación ya han comenzado a dirigir a la opinión pública en la dirección decretada por Bruselas. Días antes de la reunión del 11 de marzo, el diario español Cinco Días presentaba argumentos para encauzar la decisión belicista de la Unión Europea: “Moscú triplica el porcentaje de PIB que invierte la UE en defensa”, titulaba el periódico de información económica, que acompañaba el texto con una infografía para los anales de la manipulación periodística.

Fuente: Cinco Días, 2 de marzo 2022.

Si nos fijamos en las tres primeras cifras de la columna de la izquierda, que refleja el gasto en millones de euros de los 27 miembros de la Unión Europea, de los miembros de la Eurozona y de Rusia, comprobamos que la UE-27 gasta más del triple que Rusia en defensa, y que los países de la Eurozona casi llegan a ese triple. Sin embargo, las barras que corresponderían al gasto en euros para la UE-27 y la Eurozona no aparecen, y la barra negra que se adjudica a Rusia es la más larga de todas las de la columna izquierda, las que reflejan el gasto. En realidad, si se hubieran asignado barras al gasto militar de la UE-27 y la Eurozona, habrían sido tres veces más largas que la asignada a Rusia.

No obstante, se ha preferido poner el foco en el porcentaje del PIB, porque en ese aspecto Rusia invierte más, porcentualmente, que la Unión Europea. Aunque en realidad, Alemania y Francia juntas ya gastan en defensa un 30% más de lo que gasta Rusia.

Los medios de comunicación ya están jugando su papel con su descripción maniqueísta de la guerra en Ucrania, como un enfrentamiento entre buenos y malos, sin resquicio alguno para los imprescindibles análisis de la escala de grises que existe en todo conflicto. Todo, con el fin de dirigir a la población hacia la aceptación de la agenda marcada en Bruselas, sede de la OTAN y los organismos europeos. Además, si algún país díscolo intentara salirse de la hoja de ruta marcada por Washington, la Unión Europea ya tiene experiencia cuando de lo que se trata es de conseguir que sus miembros se atengan a los planes elaborados, o asumidos, por Bruselas.

Recordemos lo ocurrido en Grecia en 2015. En aquel año, el partido político Syriza ganó las elecciones con la promesa de acabar con las políticas de austeridad dictadas por Bruselas. El primer ministro surgido de las urnas, Alex Tsipras, declaraba que «Grecia ya no aceptará más órdenes, especialmente órdenes recibidas por correo electrónico» y subrayaba que «no se puede chantajear a Grecia porque la democracia en Europa no puede ser chantajeada».

Sin embargo, después de cinco meses de negociaciones con la famosa troika, compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, Grecia aceptaba un acuerdo por el que se plegaba a la práctica totalidad de las “reformas” impuestas por la troika a cambio de una aportación de 50.000 millones de euros en tres años.

El primer ministro, Alexis Tsipras,  describía de este modo los motivos que le habían empujado a aceptar dicho acuerdo, contraviniendo la posición que había mantenido, antes y después de haber ganado las elecciones: “Durante la reunión del Eurogrupo el gobierno heleno ha recibido serias amenazas y chantajes que de materializarse tendrían graves consecuencias para el pueblo griego, ya que existe un plan perfectamente detallado (que ya estaba siendo aplicado) para lograr un aislamiento completo del país a partir del miércoles a todos los niveles, incluyendo el colapso de los bancos y la falta de provisiones de todo tipo. Por lo tanto, con el fin de sobrevivir y no sucumbir al Grexit, el gobierno se ha visto obligado a aceptar compromisos muy duros, aunque también algunas victorias”.

Lo ocurrido en Grecia debería hacernos replantear cuál es el concepto de democracia que manejan las instituciones de la Unión Europea. El chantaje del Eurogrupo que denuncia Tsipras se produjo para torcer la voluntad expresada por la ciudadanía de Grecia en un referéndum, donde el 61% de los votantes votó en contra de las condiciones que quería imponer la troika. ¿De qué sirven las elecciones parlamentarias, de qué sirven los referendos, de qué sirve que la población de un país exprese su voluntad en las urnas si esos mandatos democráticos son sometidos a chantaje hasta doblegarlos? ¿De qué tipo de “democracia” estamos hablando?

Al desprecio manifiesto por las decisiones democráticas de los pueblos de Europa, conviene añadir que el Fondo Monetario Internacional, uno de los tres integrantes de la troika, es un organismo donde Estados Unidos es el único país que tiene derecho de veto, debido al sistema de ponderación de voto según el peso de cada país. En la práctica, esto significa que las políticas impulsadas por el FMI son acordes con los intereses de quien tiene capacidad de vetar lo que contraviene sus intereses. Por lo tanto, nos encontramos con que en las negociaciones que se produjeron entre un país de la Unión Europea y la troika, la última palabra la tenía Estados Unidos.

¿De qué tipo de “democracia” estamos hablando? ¿Del poder de veto de Estados Unidos en los asuntos europeos? ¿Del chantaje a los países “díscolos” que se salen del guion marcado por los burócratas en Bruselas? ¿Estos son los valores y las reglas que Ursula von der Leyen dice que estamos defendiendo al asociarnos con Estados Unidos frente a Rusia?

La Unión Europea no sólo está supeditándose a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos. Convertida en correa de transmisión de la agenda de la Casa Blanca, también está imitando las formas que caracterizan a Washington, como vemos en este tuit de Ursula von der Leyen que, antes de presidir la Comisión Europea, fue ministra de Defensa en Alemania.

Ese “China must” con el que Ursula von der Leyen anuncia la lista de deberes que le asigna al coloso asiático, tras la reunión que mantuvieron la Unión Europea y China el 1 de abril, choca frontalmente con el lenguaje diplomático. En inglés el verbo “must” se usa para indicar una obligación o una prohibición. La presidenta de la Comisión utiliza ese verbo conminatorio para exigir, a renglón seguido, que China facilite y mejore el acceso de las empresas europeas al mercado chino, lo que nos recuerda los modos y maneras habituales de Estados Unidos cuando se dirige a otros países.

La presidenta de la Comisión olvida que costó siete años negociar con China un acuerdo que incluía, precisamente, una facilitación del acceso de las empresas europeas al mercado chino. Un acuerdo que ella alabó con estas palabras, en diciembre de 2020: “El acuerdo dará un acceso sin precedentes al mercado chino por parte de los inversores europeos, permitiendo que nuestras empresas crezcan y creen empleo”. También olvida que la ratificación de dicho acuerdo fue paralizada por el Parlamento Europeo, cinco meses más tarde, después de que Estados Unidos realizara alegaciones sobre supuestas violaciones de derechos humanos por parte de China en Xinjiang, y Joe Biden sacara a relucir la “represión” china en Hong Kong en su primera conversación con Xi Jinping.

Como ha destacado el economista Javier Santacruz Cano, el acuerdo con China era “especialmente favorable para la Unión Europea, ya que se conseguían dos avances de enorme importancia: por un lado, más facilidades para localizar empresas europeas en China con más margen de maniobra en su gestión y operaciones en el territorio con otros socios locales o extranjeros y, por otro lado, una mayor reciprocidad y mejor juego (menor dopaje) por parte de las empresas estatales chinas a la hora de acometer operaciones corporativas o el acceso a contratos públicos en territorio europeo”.

Las alegaciones selectivas sobre las violaciones de derechos humanos por parte de determinados países, siempre los mismos, se han convertido en una herramienta usada por Estados Unidos para imponer sanciones económicas que destruyan sus economías, o reventar acuerdos favorables a los adversarios geopolíticos de Washington. En el caso del frustrado acuerdo con China, para debilitar a la Unión Europea.  El hecho de que el periodista saudí Jamal Khashoggi fuera descuartizado y hecho desaparecer en el consulado de Arabia Saudita en Estambul, lo cual fue registrado en grabaciones, o la decapitación de 81 personas en un solo día, no parecen ser violaciones de los derechos humanos lo suficientemente graves como para sancionar al régimen saudí, o cancelar el contrato para construir fragatas en los astilleros de Navantia, en Cádiz, con destino a dicho país, porque afectarían a los puestos de trabajo.  

Como vemos, la americanización de la Unión Europea también se nota en el doble rasero que aplica a según qué países a la hora de exigir democracia y respeto a los derechos humanos. Lo que la diferencia de Estados Unidos es que este país utiliza el doble rasero en su beneficio, mientras que la Unión Europea lo usa para darse tiros en el pie. Eso, cuando Estados Unidos no anuncia una cosa y hace la contraria. Después de haber proclamado, el 8 de marzo, que dejaría de comprar petróleo a Rusia, los datos de la US Energy Information Administration muestran algo muy distinto.

Estados Unidos sigue comprando petróleo a Rusia. Tras un brusco descenso en la primera semana de marzo, donde las importaciones bajaron de 148.000 barriles diarios a 38.000, en la tercera semana Estados Unidos ya volvía a comprar 100.000 barriles diarios de petróleo a Rusia. ¿Qué opina Ursula von der Leyen al respecto?  

Las sanciones a Rusia buscan deponer a Putin y debilitar a la Unión Europea

En su discurso en Polonia el pasado sábado, Joe Biden se salió del guion al final y soltó que “este hombre no puede permanecer en el poder”, refiriéndose a Vladimir Putin. Aunque horas después funcionarios de la Casa Blanca quisieron matizar sus palabras, afirmando que en realidad lo que el presidente quiso decir era que “no se puede permitir que Putin ejerza el poder sobre sus vecinos o la región. No estaba hablando del poder de Putin en Rusia, ni del cambio de régimen» y el propio secretario de Estado, Antony Blinken, subrayara al día siguiente que Estados Unidos no persigue un “cambio de régimen en Rusia, ni en ninguna otra parte”, lo cierto es que las palabras que Biden han despertado críticas tanto en el interior de Estados Unidos, como entre sus aliados, según The Hill y The Wall Street Journal.

En su reunión en Bruselas con Ursula von der Leyen, Joe Biden también habló con sinceridad: “Señora presidenta, sé que eliminar el gas de Rusia tendrá costes para la UE. Pero no solo es la acción correcta a tomar desde el punto de vista moral. [También] nos va a colocar en una mejor posición estratégica”. Después de haber firmado un acuerdo con la Unión Europea, merced al cual Estados Unidos se ha comprometido a incrementar un 68% las exportaciones de gas a la UE, a un precio superior en un 40% al gas ruso a día de hoy, no entendemos por qué sonreía tanto Ursula von der Leyen, aunque sí está claro por qué lo hacía Biden.

Fotografía: EVAN VUCCI (AP)

Después de un mes de guerra, si no contamos los 8 años que el gobierno de Ucrania estuvo bombardeando el Donbass, provocando 14.000 víctimas mortales, el objetivo de las sanciones a Rusia está quedando meridianamente claro. A Biden se le escapó que el objetivo es deponer a Putin, para colocar en su lugar un gobierno afín a los intereses de Washington y, de paso, debilitar económicamente también a la Unión Europea, cuyos máximos dirigentes han abrazado con entusiasmo la política de sanciones a Rusia, a sabiendas de los estragos que va a causar en la población europea. Tras asistir a una reunión de la OTAN en Bruselas, el propio Biden reconocía que habrá “escasez de comida” a causa de las sanciones. Esto no ha hecho más que empezar…

Por otra parte, las alusiones a la moralidad hay que situarlas en ese marco que los Estados Unidos y los medios de comunicación masiva están construyendo para justificar las sanciones a Rusia y el envío de armamento a Ucrania: nos están queriendo vender que la guerra proxy que libran los bloques de la guerra fría en realidad se trata de una batalla entre los valores de las democracias occidentales, moralmente superiores, y la falta de estos, propios de una autocracia, la de Putin.  

Este marco se cae por su peso, a poco que analicemos la historia de Estados Unidos. Desde que la CIA organizara con éxito su primer golpe de estado en Guatemala, que derrocó a Jacobo Arbenz, en 1954, porque sus planes de reforma agraria no gustaron a la United Fruit Company, pasando por la “Operación Ruina” para derribar a Salvador Allende, hasta llegar a sus últimas actuaciones en Yugoslavia, Irak, Siria, Libia y Afganistán, resulta palmario que Estados Unidos no se halla en posición alguna de dar lecciones de moralidad a nadie. Sus supuestos esfuerzos por “promover la democracia” no casan con los golpes de estado para derribar gobiernos electos y sustituirlos por dictaduras militares (Guatemala, Chile, Argentina, Bolivia, Brasil, Persia, etc.), ni su apoyo a regímenes que nada tienen que ver con el patrón de las democracias occidentales.

Henry Kissinger, secretario de Estado de EE.UU., se reúne con Augusto Pinochet en 1976. Ilustración: Wikipedia. 

Jimmy Carter, presidente de Estados Unidos, recibe en la Casa Blanca a Jorge Rafael Videla, dictador argentino, en 1977. Ilustración: Infobae.com.

En geopolítica no hay valores, hay intereses económicos y relaciones de poder, lo demás son cuentos. Aquí está para demostrarlo este reciente tuit de Antony Blinken, reunido con la flor y nata de los regímenes democráticos del norte de África y de Oriente Medio.

Los esfuerzos de Estados Unidos por instaurar democracias por el mundo parecen ser muy selectivos. Los medios de comunicación que jalean dicha tarea también lo son. ¿Alguien ha escuchado alguna vez a un funcionario estadounidense, o a algún tertuliano televisivo, reclamando democracia para Arabia Saudí, o proponiendo sanciones por los siete años que lleva bombardeando Yemen?  Por si quedaba alguna duda de qué va la guerra en Ucrania, el propio Joe Biden lo aclaraba recientemente: “Va a haber un nuevo orden mundial y EE.UU. tiene que liderarlo”.  Que nosotros sepamos, no ha habido ningunas elecciones en este planeta para decidir que Estados Unidos tenga que ser el líder mundial.

Volviendo al panorama que se presenta para la ciudadanía de la Unión Europea por las consecuencias de la guerra y de las sanciones a Rusia, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, declaraba en una reciente entrevista radiofónica: «Quiero poner en marcha un [sistema] de cupones de alimentos para ayudar a los hogares más modestos y a la clase media que enfrentan estos costos adicionales». Los costos adicionales a los que se refería Macron vienen derivados de una mezcla de factores que están disparando la inflación a niveles no vistos desde hace décadas. El proceso inflacionario ya estaba en marcha antes de la invasión rusa de Ucrania. Los efectos de la pandemia de Covid-19 ya fueron devastadores en la cadena de distribución de este mundo globalizado, donde se da una división internacional del trabajo. 

Los cuellos de botella en la distribución y los problemas para volver a ajustar la producción a la demanda, entre otros factores, nos trajeron la inflación, un fenómeno anterior a la invasión rusa. En el Estado Español, la inflación en diciembre de 2021 ya cerró en el 6,5%, la tasa más alta de los últimos 29 años. En la eurozona, la inflación acabó el año pasado en el 5%, lo que supone el mayor encarecimiento de los precios en toda la serie histórica. En Estados Unidos, el año 2021 acabó con la inflación en el 7%, el mayor incremento desde 1982. El precio del petróleo ya había subido un 50% entre mediados de 2020 y finales de 2021, pasando de 40 a 80 dólares el barril, antes de que Rusia atacara Ucrania.   

Fuente: Publico.es

El año pasado, los salarios en España subieron un 1,5%, sólo la mitad de lo que lo hizo la inflación. Es en este contexto, de merma de la capacidad adquisitiva de la clase trabajadora, en el que los dirigentes de la Unión Europea y los burócratas de Bruselas deciden adherirse a la política de sanciones económicas contra Rusia, impulsadas desde el otro lado del Atlántico, con un manifiesto desprecio por los efectos que dichas sanciones están teniendo ya sobre la ciudadanía europea.

El vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, declaraba recientemente que «Las sanciones tendrán un impacto inmediato en nuestra economía. (…) El crecimiento se verá afectado. Veremos un impacto en los precios de la energía y las cadenas de suministro, incluidas las materias primas. La confianza se verá afectada. También habrá costos fiscales directos. (…) Por lo tanto, estaremos en un entorno de precios altos y alta inflación más tiempo del que pensábamos originalmente”.

El jefe del Deutsche Bank, Christian Sewing, advertía en una reciente entrevista que, antes de plantearse un endurecimiento de las sanciones a Rusia, habría que darle un tiempo a las ya implementadas, para comprobar su efectividad. Además, Sewing se muestra contrario a cerrar el gasoducto Nord Stream 1, en funcionamiento desde 2011.

Después de haber dejado de comprar gas, petróleo y carbón rusos, Estados Unidos pretende que la Unión Europea siga el mismo camino. Sin embargo, existen enormes diferencias entre ambos actores. Estados Unidos se ha convertido en el primer exportador mundial de gas, desbancando a Qatar de ese puesto gracias a la técnica del “fracking”, o fracturación hidráulica. Por el contrario, la Unión Europea importa prácticamente todo el gas que consume, siendo tres los principales suministradores: Rusia, Noruega y Argelia. En 2019, el 60% de la energía consumida en la Unión Europea dependía de importaciones. Sin embargo, Estados Unidos es un exportador neto de energía desde 2019. Para resumir la jugada: alguien que vende gas (Estados Unidos) le pide a otro que lo compra (Unión Europea) que se lo compre a él, que está más lejos, en vez de a otro que está más cerca (Rusia). Eso sí, un 40% más caro, porque hay que traerlo en barco, en estado líquido, a 160 grados bajo cero, para después descargarlo y subirle la temperatura para volver a transformarlo en gas. Tanto sus costes de extracción como los de procesamiento son más altos.  De ecología ya ni hablamos.

Además, la Unión Europea tendrá que hacer frente a los costes de construir la logística necesaria para sustituir el gas ruso, que ya cuenta con una red de gasoductos en funcionamiento, por el gas natural licuado (GNL) estadounidense. Habría que construir, en primer lugar, plantas de regasificación. Actualmente, con sólo 7 plantas, España alberga el 25% de las existentes en la Unión Europea, lo que significa que hay pocas. Esto tiene toda la lógica del mundo, dado que la mayoría del gas viene desde Rusia al resto de Europa a través de gasoductos, desde hace 50 años, a pesar de los intentos de Estados Unidos de evitar dicho aprovisionamiento.

Ilustración: Samuel Bailey (sam.bailus@gmail.com) – Trabajo propio, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8454588

A finales de la década de los 50, la República Federal de Alemania y la URSS establecieron relaciones diplomáticas. Ambos países estaban interesados en lo que el otro podía ofrecerle: Alemania necesitaba gas, y Rusia, tuberías. El primer acuerdo de gas a cambio de tuberías fracasó porque el gobierno de Estados Unidos, entonces bajo la presidencia de Kennedy, consiguió imponer, a través de la OTAN, un embargo a las exportaciones de tuberías desde Alemania a la URSS. De hecho, Alemania había empezado a suministrar tuberías para el oleoducto Druzhba (Amistad, en ruso), entonces el más largo del mundo, que unía Rusia con gran parte de Europa del Este, y había entrado en funcionamiento en 1964.

Sin embargo, la llegada de Willy Brandt al gobierno alemán y su ostpolitik consiguieron que el acuerdo gas por tuberías cuajara en los años 70. Primero, con la extensión del gasoducto Soyuz hasta Baviera y, posteriormente, pagando el gas ruso con exportaciones de tubos de acero. En 1973, el gas ruso comenzó a llegar a la República Federal de Alemania, lo que significó el establecimiento de una base para la cooperación económica entre Rusia y Europa occidental. Como quiera que eso es precisamente lo que Estados Unidos quiere evitar a toda costa, en los años 80 Ronald Reagan intentó convencer a la RFA para que dejara de importar gas ruso, aunque sus intentos fracasaron, debido a que tanto Alemania Occidental como la URSS consideraban la relación comercial muy beneficiosa para ambos.

Coincidiendo con la invasión rusa de Ucrania, y las subsiguientes sanciones impulsadas por Estados Unidos, los medios de comunicación de masas están repitiendo a coro un nuevo mantra: “hay que acabar con la dependencia del gas ruso”. Y para acabar con dicha dependencia “Estados Unidos sale al rescate de la Unión Europea”, titulan bastantes medios, como si fueran a regalarnos el gas, cuando nos lo están cobrando un 40% más caro que Rusia.

En primer lugar, denominar “dependencia” a unos acuerdos comerciales ventajosos para la Unión Europea significa encuadrar dichos pactos en un marco con claras resonancias negativas. Como de lo que se trata es de sustituir unos acuerdos ventajosos por otros que lo son mucho menos, es necesario comenzar a manufacturar el consentimiento de la ciudadanía para un cambio de paradigma, que la clase trabajadora va a pagar de su bolsillo. Porque lo que ha firmado la Unión Europea es un acuerdo para sustituir la “dependencia” del gas ruso, más barato, por la dependencia del estadounidense, más caro. De entrada, el suministro de GNL desde el otro lado del Atlántico no cubrirá, ni de lejos, las necesidades de la Unión Europea, por lo que o bien seguiremos comprando gas a Rusia, o nuestras necesidades no podrán ser cubiertas por otros productores, que ya han declarado que no tienen capacidad para sustituir las importaciones de gas ruso.

Por último, el supuesto objetivo de las sanciones, forzar a Rusia a detener la guerra en Ucrania, suena bastante utópico, en el mejor de los casos. China, India, Pakistán, Brasil, Argentina, México, Emiratos Árabes Unidos, Sudáfrica, Turquía, Venezuela, Egipto, Serbia, Bosnia Herzegovina, Siria, Bielorrusia, Cuba, Georgia, Myanmar… la lista de países que ya han rechazado sumarse a la política impulsada por Estados Unidos deja a Rusia un amplio espacio político y comercial como para pensar que Vladimir Putin vaya a salir corriendo de Ucrania sin haber conseguido sus objetivos, empujado por las sanciones.

 

Por qué la guerra en Ucrania está alumbrando un mundo multipolar

La invasión rusa de Ucrania está precipitando movimientos de realineación en el planeta que basculan claramente hacia el Este, tomando como referencia el habitual eurocentrismo a la hora de hablar de puntos cardinales. Las sanciones de las que está siendo objeto Rusia y el comportamiento de Washington a la hora de exigir al resto del mundo que se acomode a sus intereses económicos y geoestratégicos bajo amenaza, a su vez, de nuevas sanciones a quienes se resistan, están provocando, entre otros factores que analizaremos a continuación, el alumbramiento de un nuevo mundo multipolar.

Y es que, si bien Estados Unidos está consiguiendo uno de sus objetivos estratégicos al separar a Rusia de la Unión Europea aprovechando el pretexto de la invasión de Ucrania, también es cierto que el mundo no se acaba en esta península del continente euroasiático llamada Europa. Existen otros actores en el tablero geopolítico y los movimientos se están precipitando, provocando realineamientos que presagian problemas para la pretensión de Estados Unidos de mantener su hegemonía, y la del dólar, en el mundo.

Un reciente artículo en la revista alemana Der Spiegel del economista alemán Henrik Müller considera que “la congelación de los activos del banco central de Rusia tiene el potencial de poner en peligro la confianza en el dólar como moneda de reserva”. El argumento es fácil de seguir: “para los países con grandes reservas de divisas, surge la pregunta de si sus activos con la Fed (y otros bancos centrales occidentales que ahora participan en las sanciones) aún están seguros”. Es decir, si hoy le congelan los activos a Rusia, mañana me puede pasar a mí. El economista predice “la inminente desintegración del mundo en bloques” y ve a China en el camino de “establecer su propio hemisferio”, en un contexto en el que “la tectónica del poder económico está alejándose de las instituciones globales inspiradas en EE.UU. hacia una nueva formación de bloques con mercados financieros fragmentados. No sería de extrañar que este cambio se reflejara en el mercado de divisas”, concluye el economista.

El análisis teórico de Henrik Müller se ve ratificado por los hechos. El 18 de marzo, la Unión Económica Euroasiática (EAEU) y China acordaron diseñar el mecanismo para un sistema monetario y financiero internacional independiente. La EAEU está formada por Rusia, Kazajistán, Kirguistán, Bielorrusia y Armenia. Esta asociación está estableciendo acuerdos de libre comercio con otras naciones euroasiáticas y se está interconectando progresivamente con la Nueva Ruta de la Seda, como se ha traducido al español la “Belt and Road Initiative” de China.

La Unión Económica Euroasiática contempla además la creación de “una nueva moneda internacional”, con el yuan como referencia probable. El valor de la nueva divisa se obtendría calculando un índice de las monedas nacionales de los países participantes, teniendo en cuenta también los precios de las materias primas. El primer borrador del proyecto se discutirá tan pronto como a finales de marzo.

Con datos de febrero de este año, 144 países han firmado acuerdos de cooperación con China en el marco de la Nueva Ruta de la Seda.  Ilustración: Green Finance and Development Center

El 15 de marzo, altos funcionarios estadounidenses, que incluían a Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, se reunieron con funcionarios chinos en Roma para advertirles de serias consecuencias en el caso de que China proporcionara ayuda militar o financiera que ayudara a Rusia a mitigar el impacto de las sanciones, solicitándoles incluso que China cortara sus vínculos con Rusia. En el mismo sentido se manifestó Joe Biden en su conversación con Xi Jinping tres días más tarde.

Esta actitud es la que despliega tradicionalmente Estados Unidos con todos aquellos gobiernos, empresas o individuos que no se avengan a atenerse a sus designios: amenazar con sanciones que impidan la viabilidad de Estados, compañías o, en el caso de las personas, hacerles la vida muy difícil. Pongamos el ejemplo de la empresa Allseas, una empresa suiza puntera en la construcción de conductos submarinos, y una de las participantes en la ejecución del gasoducto Nord Stream 2. Los senadores Ted Cruz y Ron Johnson escribieron una carta al director ejecutivo de AllSeas, Edward Heerema, advirtiéndole que la compañía enfrentaría sanciones «aplastantes y potencialmente fatales» si continuaba trabajando en el gasoducto. “Las consecuencias de que su empresa continúe haciendo el trabajo, incluso un solo día después de que el presidente firme la legislación de sanciones, expondría a su empresa a sanciones legales y económicas aplastantes y potencialmente fatales”, escribieron ambos, con un tono que no deja lugar a dudas. La empresa suiza anunció su retirada del Nord Stream 2 en un comunicado de tres líneas en su página web.

Por aquel entonces, diciembre de 2019, bajo la presidencia de Donald Trump, Alemania calificó de «incomprensibles» las sanciones de Estados Unidos a las empresas que trabajaban en el gasoducto, advirtiendo que interferían en sus asuntos internos y afectaban a empresas alemanas y europeas. Otras compañías golpeadas por las amenazas de sanciones, y que se retiraron del proyecto, fueron la aseguradora Zurich Insurance, el holding noruego Det Norske Veritas, y Ramboll, una empresa de ingeniería danesa. Todas ellas grandes empresas, líderes en sus respectivos sectores.

Sólo dos años después, el nuevo canciller, Olaf Scholz, comparecía en una rueda de prensa con Joe Biden en la que éste proclamaba que encontraría la forma de paralizar el Nord Stream 2, aunque las competencias sobre el mismo estuvieran en manos de Alemania: «Lo haremos, se lo prometo, podremos hacerlo», se limitó a responder Joe Biden a las preguntas de un periodista sobre la manera en que Washington podría paralizar un proyecto en el que no participaba. A pesar de haber considerado dos años antes que las sanciones estadounidenses a un proyecto alemán eran “incomprensibles”, Alemania decidía paralizar recientemente la puesta en funcionamiento del gasoducto que hubiera supuesto el aporte de 55 mil millones de metros cúbicos de gas anuales a un precio un 40% inferior al del gas licuado estadounidense. Nótese además que Alemania no dispone de ninguna planta de regasificación, por lo que depende de instalaciones de ese tipo situadas en otros países hasta que construya dos, actualmente en proyecto, para poder usar gas natural licuado.   

Otro país que está recibiendo presiones para tomar decisiones en contra de sus intereses es Bulgaria. El 7 de marzo, su primer ministro, Kiril Petkov afirmaba que su país apoyaba las sanciones contra Rusia pero que probablemente pediría dejar fuera las importaciones de gas y petróleo. Bulgaria depende al 100% del gas ruso, mientras que el 60% por ciento del combustible que se consume en el país procede de su única refinería, propiedad de la empresa rusa Lukoil. Sólo once días más tarde, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Lloyd J. Austin III, visitó Bulgaria y se entrevistó con Kiril Petkov y el ministro de Defensa búlgaro. En un comunicado del Ministerio de Defensa estadounidense sobre la visita, se ponía el énfasis en la unidad de los aliados de la OTAN frente a la invasión rusa de Ucrania, a la que se calificaba de no provocada, y se agradecía a Bulgaria por albergar a un nuevo grupo de combate de la organización. El mismo día de la llegada de Lloyd J. Austin III a Sofía, Bulgaria expulsó a diez diplomáticos rusos del país.

En cuanto a los motivos que llevaron a desplazarse a todo un secretario estadounidense, general retirado por más señas, a un país como Bulgaria, aparte de cerrar filas, conviene recordar que Lloyd J. Austin III era miembro del consejo de administración de Raytheon, uno de los mayores fabricantes de armas del mundo, entre ellas misiles de crucero para ojivas nucleares, y era socio de una compañía inversora en empresas vinculadas con la defensa: Pine Island Capital. Se da la circunstancia de que Anthony Blinken, secretario de Estado, también formaba parte del consejo de administración de Pine Island Capital, que recientemente ha adquirido varias empresas de armamento. Los anteriores secretarios de Defensa estadounidenses también estaban vinculados a empresas del sector de las armas: James N. Matis, nombrado por Donald Trump, era miembro del consejo de General Dynamics. Su sucesor Mark T. Esper, era el jefe del lobby de Raytheon.

Sin embargo, no todos los países aceptan las presiones de los enviados de la Casa Blanca. Washington manifestó en un comunicado estar “decepcionado” por la visita de Bashar al Assad a los Emiratos Árabes, que se produjo el 18 de marzo, a la que calificó de “aparente intento de legitimar” al presidente de Siria. La visita de Bashar al Assad a los Emiratos era la primera que efectuaba a un país árabe desde el inicio del conflicto en Siria, hace once años. Días antes, Estados Unidos, junto a Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia, habían publicado un comunicado advirtiendo que no apoyaban la “rehabilitación” de al Assad, ni la normalización de las relaciones con él.  Aun así, la reunión se produjo. La agencia de noticias de los Emiratos resaltó las declaraciones del jeque Mohammed bin Zayed, al frente del país: “Siria es un pilar fundamental de la seguridad árabe, y los EAU están dispuestos a fortalecer la cooperación con ellos para lograr las aspiraciones del hermano pueblo sirio hacia la estabilidad y el desarrollo”.

En el mismo sentido de “rebelión” frente a los dictados de Washington, el diario Wall Street Journal publicaba la semana pasada que Arabia Saudí estaba considerando aceptar los pagos en yuanes para las ventas de petróleo a China. Durante su campaña electoral, Joe Biden prometió tratar al reino como un estado «paria». Es más, una vez en la oficina, Biden presumía de estar ignorando las peticiones de hablar con él por parte de “mucha gente de Oriente Medio” y ha rechazado atender llamadas telefónicas de Mohamed bin Salmán. Sin embargo, en las últimas semanas ha sido Biden quien ha solicitado conversar tanto con el jeque que gobierna los Emiratos Árabes Unidos, como con el príncipe saudí, pero estos han rechazado la posibilidad de organizar llamadas telefónicas con Joe Biden en las últimas semanas. Para ablandar los oídos de los jeques, ayer trascendió que Estados Unidos había enviado una remesa de misiles Patriot a Arabia Saudí, para ser utilizados en la guerra proxy que el reino alauí y los Emiratos Árabes, con el apoyo de Washington, están librando contra Irán en Yemen, para desgracia de sus habitantes.

La administración de Estados Unidos está buscando fuentes alternativas al petróleo ruso, una vez que ha decidido dejar de comprar oro negro, gas y carbón al país eslavo. De momento, está cosechando una negativa tras otra por parte de los principales productores del mundo. Una delegación estadounidense se desplazó en secreto a Venezuela, que alberga las mayores reservas de petróleo del mundo, para negociar con el gobierno de Nicolás Maduro la compra de petróleo venezolano. Washington no informó del viaje a Juan Guaidó, quien se supone que es el legítimo presidente de Venezuela, según el relato de la Casa Blanca.

Si esperaban salir con un acuerdo debajo del brazo, la reunión en Caracas no fue bien para los intereses de Estados Unidos. Después de años de demonización del “régimen” venezolano, cuyo petróleo está sometido a sanciones desde 2019, estamos seguros de que el gobierno de Venezuela aprovechó el encuentro para poner sobre la mesa el tema de las reservas de oro venezolanas bloqueadas en el Banco Central de Inglaterra. La negativa del banco inglés a entregar los lingotes responde a presiones de altos funcionarios de Estados Unidos. Que nosotros sepamos, el único resultado tangible de la reunión se saldó con la puesta en libertad de dos ciudadanos estadounidenses que estaban presos en Venezuela, como gesto de buena voluntad del gobierno de Maduro, y un emplazamiento por ambas partes a seguir dialogando.

Otro país que también está ignorando las presiones de Estados Unidos para abstenerse de hacer negocios con Rusia es la India. La semana pasada, la compañía estatal Indian Oil Corp. compró tres millones de barriles de petróleo a Rusia, con un descuento del 20% sobre el precio de referencia. Un funcionario del gobierno indio advirtió que India seguiría comprando petróleo ruso. Pero lo más importante no es el hecho de la compra en sí, sino que un organismo empresarial indio ha pedido al gobierno que establezca un mecanismo de rupia-rublo para facilitar el comercio entre ambos países, esquivando así el dólar como divisa para las transacciones. Un funcionario del gobierno indio confirmó, bajo condición de anonimato, que se estaba trabajando en ese esquema de intercambio usando las monedas locales para pagar no sólo el petróleo, sino otros bienes.

A pesar de todos estos movimientos, que tienen por objeto esquivar el área de influencia de Estados Unidos, representada por su moneda, el dólar continúa representando en torno al 60% de las reservas mundiales de divisas y la deuda internacional pendiente, el 55% del crédito bancario transfronterizo y más del 40% de las transacciones comerciales y de divisas, nos recuerda el economista Henrik Müller. Es muy pronto para decretar, por tanto, el fin de la hegemonía de la divisa americana. Pero también es cierto que la decisión de congelar los activos de Rusia depositados en bancos occidentales puede marcar no sólo un punto crucial en la evolución del dólar como moneda de referencia mundial, sino acelerar los movimientos tectónicos de un mundo globalizado que podría verse resquebrajado en bloques.

Por qué Estados Unidos va ganando la guerra contra Rusia en Ucrania

Vladímir Fedorovski, un diplomático del equipo de Gorbachov, cuenta en una entrevista que, al final de la guerra fría, había dos opciones: “Una era asociar a Rusia con occidente. La quería Mitterrand. La otra era olvidarla, porque asociarla sería contraproducente y dañino para el dominio estadounidense. Se optó por la segunda opción. Fue un gran error. Uno de los grandes teóricos de la guerra fría, George Kennan, me dijo que estaba furioso de que Occidente humillara a Rusia. “Es el peor error de Occidente desde Jesucristo y lo pagará caro”, fue su frase”.

En un artículo escrito para The Washington Post en 2014, Henry Kissinger rechazaba el ingreso de Ucrania en la OTAN y advertía sobre el error que suponía utilizarla para separar los dos bloques: consideraba que debía servir como puente entre ellos. Asimismo, Kissinger señalaba que “Estados Unidos necesita evitar tratar a Rusia como un ente aberrante al cual se le tiene que enseñar reglas de conducta establecidas por Washington”.

Ignorando los consejos de sus propios diplomáticos, buscando la hegemonía absoluta desde el fin de la guerra fría, después de treinta años disparándole perdigones al oso ruso, Estados Unidos ha conseguido sus propósitos: despertarle y que diera un zarpazo donde quería, en el corazón de Europa. Ucrania está siendo la desgraciada víctima del ataque que Rusia está perpetrando, una reacción que Estados Unidos lleva tres décadas instigando con las sucesivas ampliaciones de la OTAN hacia el este de Europa, hasta las mismas lindes rusas. La Unión Europea se ha alineado con la defensa de los intereses geopolíticos de Estados Unidos y parece no querer ver la cuña que están metiendo desde el otro lado del Atlántico entre las dos partes de Europa, ni los tremendos costes económicos y sociales que van a representar las sanciones. El Real Instituto Elcano, un think tank muy beligerante contra el Kremlin, alertaba ya en 2014, cuando se implementaron las primeras sanciones a Rusia en relación con Ucrania, que la que saldría perdiendo sería la Unión Europea.

En 2009, Joe Biden, a la sazón vicepresidente con Barack Obama, declaraba que “no aceptaremos que ninguna nación tenga una esfera de influencia”.Doce años más tarde, en diciembre de 2021, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, golpeando el atril desde el que ofrecía una rueda de prensa en Riga, capital de Letonia, insistía en el mismo mensaje, con el argumento de que “Rusia no puede intentar controlar a sus vecinos”. Stoltenberg fue incluso más allá, al afirmar que “No queremos volver al mundo en el que los estados estaban limitados por las esferas de influencia de las superpotencias”.

«¡Oye! ¿Quién te crees que eres?»
Fuente: político.com Ilustración: M. Wuerker

Desde que el bloque occidental asumiera la hoja de ruta elaborada por Washington tras el fin de la guerra fría, además de la ampliación de la OTAN en sucesivas oleadas hasta las mismas fronteras rusas, en el último año y medio se han producido dos movimientos geopolíticos, en Bielorrusia y Kazajistán, que engarzan con la expansión de la OTAN y que, de haber tenido éxito en su propósito de instalar gobiernos prooccidentales, habrían significado estrechar el cerco aún más sobre Rusia.

Aunque los intentos de regime change fracasaron en estos dos países, si los sumamos a la situación que sufría la población de origen ruso en Ucrania durante ocho años, añadimos el desplante que recibió Rusia cuando solicitó negociar asuntos de seguridad en diciembre de 2021, más la voluntad de ingresar en la OTAN por parte de Ucrania y su disposición a albergar armas nucleares, todo ello ha catalizado en la reciente invasión rusa del país centroeuropeo. Sin embargo, hasta el momento, el país que está alcanzando sus objetivos estratégicos es claramente Estados Unidos, como veremos tras analizar lo ocurrido en Bielorrusia y Kazajistán. 

En el caso de las protestas surgidas en Bielorrusia en torno a la reelección de Aleksander Lukashenko, en agosto de 2020, estas tenían el sello de las revoluciones que utilizan colores o símbolos fácilmente reconocibles. Entre ellas, la revolución naranja en Ucrania de 2004, tal y como muestra el documental “Estados Unidos a la conquista del Este”, o la de los paraguas en Hong Kong, dirigida contra China. Fue Radio Free Europe/Radio Liberty, fundada en 1949 como fuente de propaganda anticomunista y financiada por Estados Unidos, la que se apresuró a bautizar las protestas en Bielorrusia como “la revolución de las zapatillas”.

«La ‘revolución de las zapatillas’ busca acabar con Lukashenko. ¿Está él en peligro?»
Fuente: Radio Free Europe/Radio Liberty. Fotografía: Vasily Fedosenko (Reuters).

Teniendo en cuenta la posición geográfica de Bielorrusia, un cambio de régimen en dicho país por uno prooccidental hubiera significado incrementar la presión sobre Rusia en su frontera occidental, al sumar Bielorrusia a la que ya ejercen los miembros más orientales de la OTAN, por un lado, y Ucrania, por otro, que desde el golpe de estado del Euromaidán, en 2014, se postula como candidato a ingresar en la OTAN.

Aunque las protestas no consiguieron el objetivo de deponer a Lukashenko, que continúa en el poder y sólo cosechó una nueva ronda de sanciones por parte de la Unión Europea y de Estados Unidos, estamos seguros de que el Kremlin tomó buena nota de este nuevo intento de derribar a un tradicional aliado, con quien comparte mil kilómetros de frontera y constituye su principal socio comercial: Rusia es el principal cliente y proveedor de Bielorrusia (48 y 56% de los intercambios, respectivamente).

Al fracasado intento de regime change en Bielorrusia hay que sumar los disturbios sucedidos en Kazajistán en enero de este año, donde se produjeron más de 200 muertos. El presidente del país calificó de intento de golpe de estado dichas alteraciones del orden público, en las que grupos de manifestantes armados intentaron asaltar tres edificios administrativos, la sede de la policía de Almaty y diversas unidades regionales de la policía. Mientras tanto, Josep Borrell, el Alto Representante para Asuntos Exteriores de la Unión Europea tildaba de protestas pacíficas unas revueltas que se saldaron con 13 policías muertos, dos de ellos decapitados, y más de 350 agentes heridos.

Las protestas se apoyaron en el descontento popular tras el alza del precio de los combustibles, al retirar la subvención estatal el presidente Kassym Jomart Tokayev, que denunció que los protagonistas de los violentos incidentes habían recibido entrenamiento en el exterior del país y calificó los disturbios de intento planificado de golpe de estado. El gobierno kazajo solicitó la ayuda de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) para restablecer la paz y un contingente formado por tropas rusas, armenias, bielorrusas y tayikas entró en el país con ese objetivo, abandonándolo días después, una vez restituido el orden.

Kazajistán y Rusia comparten más de 7.500 kilómetros de frontera, la segunda más larga del planeta. Tres millones y medio de sus habitantes son de origen ruso, lo que supone un 18% de su población. Rusia es el primer socio comercial, con un 33% de los intercambios, y el país centroasiático tiene unas reservas de 30.000 millones de barriles de petróleo. Además, China es el segundo socio comercial de Kazajistán, con quien tiene una frontera de 1.200 kilómetros. Kazajistán es el noveno mayor país del mundo, situado en el centro de Eurasia.

Camiseta con las revoluciones de colores ya realizadas y las pendientes. (TBD: to be done).
Fuente: Captura de pantalla del documental Estados Unidos a la conquista del este.

Titulábamos que Estados Unidos va ganando la guerra que libra contra Rusia en Ucrania porque está consiguiendo uno de sus objetivos principales, el que lleva persiguiendo treinta años, desde la disolución de la Unión Soviética a manos de Gorbachov: meter una cuña insalvable entre la Unión Europea y Rusia.

Las maniobras de Estados Unidos para empujar a Rusia a iniciar una guerra en toda regla en Europa vienen de lejos. Comenzaron el 21 de noviembre de 1990, cuando los jefes de Estado europeos, los de Canadá, la URSS y Estados Unidos firmaron en el Palacio del Elíseo la “Carta de París para la nueva Europa”, que supuestamente iba a suponer dejar atrás la guerra fría. La carta proclamaba “el fin de la división de Europa” y anunciaba que la caída del telón de acero “conducirá a un nuevo concepto de la seguridad europea y dará una nueva calidad” a las relaciones de sus estados. Finalmente, la carta proclamaba que la seguridad de cada uno de los estados estaría “inseparablemente vinculada” con la de los demás, tal y como recoge Rafael Poch-de-Feliu en su libro “Entender la Rusia de Putin”, a quien seguimos en los siguientes párrafos:

  • El cumplimiento de esta Carta de París para la nueva Europa hubiera significado la obsolescencia de la OTAN y, por tanto, el fin de la hegemonía estadounidense en el continente europeo. Nada más lejos de la realidad. La OTAN fue ocupando el espacio que dejó la URSS tras su disolución y Clinton incumplió la promesa de que la OTAN no se movería ni una pulgada hacia el Este.
  • Posteriormente, bajo el mandato de George W. Bush, en 2002 Estados Unidos abandonó el tratado ABM (Anti-Misiles Balísticos) después de haber estado 30 años en vigor, y procedió a instalar bases antimisiles en Alaska, California, Europa del Este, Japón y Corea del Sur, creando un cinturón alrededor de Rusia.
  • Bajo la presidencia de Barack Obama se produjo el golpe de Estado en Ucrania para instalar un gobierno prooccidental, con el objetivo de controlar el Mar Negro y expulsar a Rusia de sus bases en dicho mar, el único caliente al que tiene acceso Rusia.
  • Además, todos los países de Oriente Medio y norte de África que contaban con gobiernos reacios a alinearse con occidente y mantenían buenas relaciones con Moscú fueron objeto de intervenciones militares para provocar un cambio de régimen: Iraq, Libia y Siria. Afganistán, también colindante con el patio trasero ruso (las repúblicas centroasiáticas), ha estado ocupada militarmente por Estados Unidos durante veinte años.

La maniobra de embolsamiento de Rusia, a escala planetaria, por parte de Estados Unidos lleva tres décadas en marcha, con el doble objetivo de acorralarla y forzar su respuesta al cerco, como lamentablemente acaba de ocurrir en Ucrania.

La Unión Europea ha abrazado con entusiasmo la reconstrucción del telón de acero, a pesar de que, como están reconociendo los mismos que impulsan las sanciones, éstas se van a volver contra la ciudadanía y la industria europea, que son muy dependientes de las materias primas energéticas importadas de Rusia. El encarecimiento del gas y el petróleo está disparando los costes de producción en la industria europea. La inflación, que ya estaba en una fase alcista, se va a disparar: los mercados de futuros negocian opciones a 150 dólares el barril de petróleo. Las sanciones van a significar la ruina para Europa, que es otro de los objetivos no declarados de Estados Unidos: debilitar a la Unión Europea para que sea más dependiente de Washington y aún más dócil.

Ninguna otra guerra ilegal ha traído aparejada una oleada de cancelaciones como la que estamos presenciando actualmente con todo lo que provenga de Rusia, sean deportistas, conciertos, árboles o animales de compañía. Ninguna otra guerra ha provocado una campaña mediática como la que está teniendo lugar con ocasión de la invasión rusa de Ucrania. Se busca abrir un abismo entre la Unión Europea y Rusia a todos los niveles: no sólo el económico, sino el cultural, el social. Costará años, si no décadas, reparar las brechas que está abriendo esta campaña de cancelación, aun en el caso de que el conflicto bélico se resuelva pronto, lo que parece improbable: Putin no puede salir de Ucrania sin al menos una garantía de neutralidad.  

Las sanciones no van a conseguir que Rusia detenga la invasión. Bien al contrario. Las sanciones están consiguiendo exacerbar las tensiones entre los antiguos bloques de la guerra fría, que es lo que realmente pretende su promotor. Las sanciones van a golpear muy duro a Rusia, sí, pero también a la Unión Europea. La diferencia es que Rusia puede mirar hacia el Este, hacia China, como está haciendo, hacia países con los que comparte frontera, mientras que la Unión Europea sólo puede mirar hacia el otro lado del Atlántico, que está a miles de kilómetros.

Estados Unidos quería otro Yeltsin como presidente de Rusia, otro pelele al que pudiera manejar para esquilmar los recursos naturales del país y rematar la faena de descabezar a un adversario con armamento nuclear, tras la desintegración de la Unión Soviética. Sin embargo, la humillación a la que sometió a Rusia durante los años 90 creó su producto: Vladimir Putin. La invasión de Ucrania ha conseguido que un personaje que ya había sido demonizado por occidente, por no haberle podido manejar como a Yeltsin, sea considerado ahora el mismísimo diablo. Es muy pronto para saber si Putin ha cometido un error estratégico o no al invadir Ucrania. De momento, el rechazo que está provocando esta guerra, alentada por una cobertura mediática con un relato monocolor, ha conseguido otro tanto para Estados Unidos en este enfrentamiento contra Rusia que se está dirimiendo en Ucrania, para desgracia de sus habitantes.

Sin embargo, existen otras guerras en el mundo sobre las que los medios de comunicación evitan la mirada, evitan que miremos. La última actualización sobre la guerra que protagoniza Estados Unidos, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos contra Yemen en la página de Amnistía Internacional es de hace seis meses y se limita a una campaña de recogida de firmas. Un conflicto que dura ya siete años y hasta la fecha se ha cobrado 377.000 muertos, según un informe de la ONU y que ha matado o mutilado a 10.000 niños, según otro informe de UNICEF.

¿Quién sabe qué colores tiene la bandera de Yemen?

Las sanciones bumerán vuelven con terapia de shock para la ciudadanía

“Estamos en una guerra”, así lo advertía Josep Borrell el 28 de febrero tras una reunión de los ministros de Defensa de la Unión Europea. El Alto Representante para Asuntos Exteriores advertía a renglón seguido de que “Esto tiene un precio, no sale gratis, las sanciones repercutirán en nosotros, tienen un coste, hay que estar dispuestos a pagar ahora este precio porque si no mañana será mucho más alto”. En la misma tónica, la exministra de Asuntos Exteriores de España, Arancha González Laya, avisa que las medidas tomadas por la Unión Europea contra Rusia “son sanciones bumerán, porque vivimos en un mundo de interdependencia”. O sea, que se van a volver contra la ciudadanía.

La Unión Europea se ha dado mucha prisa por apuntarse al carro de la guerra que Estados Unidos y Rusia están librando indirectamente en Ucrania. El congresista demócrata Adam Schiff lo dejaba bien claro en enero de 2020: «Estados Unidos ayuda a Ucrania y a su gente para que podamos luchar contra Rusia allí y no tengamos que luchar contra Rusia aquí». Hace dos años Estados Unidos ya ubicaba en Europa el área de conflicto con Rusia, sin tapujos, y la Unión Europea responde a esa estrategia aplicando sanciones que van en contra de nuestros intereses. No sólo eso, sino que ha asumido el papel de líder de las sanciones, muy por delante de Estados Unidos.

En su libro “La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre”, Naomi Klein documentaba cómo el capitalismo aprovecha los desastres para aplicar políticas que, en un contexto más benigno, hubieran sido inaceptables para la población. Los atentados del 11-S en Estados Unidos son el paradigma de dicha doctrina: la aprobación del Patriot Act, que permitía las escuchas de las conversaciones telefónicas de sus ciudadanos habría sido impensable de no haber mediado los ataques perpetrados por terroristas saudíes. Sin embargo, un contexto donde la ciudadanía está atenazada por el miedo proporciona el momento adecuado para implementar medidas que tienen como objetivo aumentar el grado de control social por parte de los Estados – como hemos visto durante la pandemia de Covid-19 – incrementar las plusvalías de los propietarios de los medios de producción, o conseguir cualquier otro objetivo que beneficie a quienes detentan el poder.

Tras la invasión del ejército ruso, la nueva fase de la guerra en Ucrania ha propiciado la excusa para que la Unión Europea se aprestara a declarar que “estamos en guerra”, lo cual significa una situación de excepcionalidad que permite la aplicación de medidas igualmente excepcionales bajo el paraguas, en este caso, de un conflicto bélico en plena Europa.

El 28 de febrero, Borrell declaraba: «La guerra no para y no se puede esperar a los trámites burocráticos». De este modo, se prepara el terreno para la toma de decisiones al margen de los procedimientos de la Unión Europea. En ausencia de respeto a las normas, nos adentramos en el terreno del todo vale. Por otra parte, el presidente del gobierno español advierte de que “el conflicto será largo”, lo que significa que la situación de excepcionalidad se dilatará en el tiempo.

En este contexto, el 1 de marzo Josep Borrell anunciaba el nacimiento de la Europa geopolítica: el ataque ruso a Ucrania había servido para unificar la dispersión de intereses habitual en la Unión y las medidas que buscan hundir la economía rusa se habían tomado de manera inusualmente rápida y unánime. Lamentablemente, las primeras acciones tras el nacimiento como actor geopolítico de la Unión Europea denotan su papel subordinado a los intereses de Estados Unidos. Después de haber cerrado el gasoducto Nord Stream 2, recién construido, tras las presiones de Joe Biden, en un momento en el que Estados Unidos y la Unión Europea estudian imponer sanciones también a los combustibles fósiles rusos, lo que ha provocado una subida descomunal de los precios del gas y el petróleo, el canciller alemán Olaf Scholz reconocía el 7 de marzo que «el suministro de energía en Europea para la producción de calor, movilidad, electricidad e industria no puede garantizarse de otra manera en este momento» (sin el concurso de las importaciones provenientes de Rusia). Scholz agregó que Alemania trabaja «con sus socios de la UE y no solo de la UE para encontrar alternativas a la energía rusa, pero esto no puede lograrse de un día para otro».

Fuente: preciogas.com

La economía de Alemania ya había caído un 0,7% en el último trimestre de 2021 y, teniendo en cuenta el papel de locomotora del país germano, con los precios de la energía disparados, las perspectivas de recuperación económica de la Unión Europea tras la pandemia se disipan a marchas forzadas. La renuncia al petróleo y el gas rusos supondría incrementar enormemente la factura energética en el mejor de los casos, o tener que paralizar la industria no esencial en el peor de ellos.

Debemos recordar que Estados Unidos tiene una menor dependencia del petróleo ruso, ya que sólo importa el 7,9% desde ese país. Sin embargo, la Unión Europea importa el 27% del petróleo de Rusia. También debemos subrayar que Europa está comprando gas a Estados Unidos un 40% más caro que el gas ruso.

De momento, a quien están beneficiando las sanciones es a Estados Unidos. Quien está pagando el pato cada vez que echamos gasolina o diésel al coche, ponemos una lavadora o subimos el termostato de la calefacción es la ciudadanía de la Unión Europea. El incremento de los costes energéticos es el principal responsable del incremento de la inflación, que alcanzó el 5,1% en enero en la eurozona, y el Banco Central Europeo alerta sobre una próxima subida de los tipos de interés.

Evolución reciente del precio del petróleo. Fuente: Reuters.com

La adopción de sanciones contra Rusia por la invasión de Ucrania se nos está presentando como parte de una guerra entre los valores democráticos occidentales y la autocracia que representa “la Rusia de Putin”. También se afirma que Ucrania es un país plenamente democrático. Sin embargo, no todo es blanco o negro en este asunto. El gobierno de Ucrania cerró tres cadenas de televisión muy populares entre la población rusófona, sin mediar sentencia judicial, por decreto del actual presidente, Zelensky. El propietario era el diputado Taras Kozak, de la “Plataforma de la Oposición – Por la vida”, y tuvo que salir huyendo del país bajo acusaciones de “traición”. El líder del mismo partido, que fue el segundo más votado en las últimas elecciones a la Rada (parlamento), Víktor Medvedchuk, está en arresto domiciliario desde mayo de 2021, acusado igualmente de “traición”, aunque el plazo máximo legal para ese tipo de arresto es de seis meses. El mes pasado, el Consejo de Seguridad y Defensa Nacional también cerró el canal de televisión Nash, vinculado a Yevgeny Muraev, un político opositor al gobierno actual.

En diciembre de 2015, Ucrania ilegalizó el partido comunista, en una medida criticada por Amnistía Internacional. En las elecciones a la Rada de 2012, estos fueron los resultados obtenidos por el Partido Comunista de Ucrania:

Fuente: @Amos8125

Como se aprecia en la ilustración, la ilegalización del Partido Comunista de Ucrania supuso que entre un 13 y un 25% de la población del este del país vio como el partido que había votado era literalmente borrado del mapa, y se quedaba sin ser representada.

La agresión militar de Rusia a Ucrania constituye una clara violación de la Carta de las Naciones Unidas, en concreto del artículo 2.4: “Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”. No cabe duda de que nos enfrentamos a un hecho condenable. Sin embargo, Europa se ha enfrentado a otras violaciones de dicho precepto por parte de otros Estados que no han provocado la adopción de ningún tipo de sanciones. Es más, Europa no sólo no ha reaccionado con rechazo y castigos ante otras violaciones de la Carta de las Naciones Unidas, sino que las ha protagonizado.

El bombardeo de Yugoslavia por parte de la OTAN ejemplifica que los “valores democráticos occidentales” resultan de aplicación variable, según convenga a los intereses geopolíticos de los actores implicados en cada momento. Para poder erigirse en referente moral, con algún tipo de legitimidad, quienes dicen defender los valores democráticos deben hacer de ellos sus principios, que por definición deben ser algo constante y permanente, no un acordeón.

En 1999, países europeos miembros de la OTAN, entre ellos España, participaron junto a Estados Unidos en el bombardeo de Yugoslavia, con el argumento de parar la limpieza étnica que los serbios estaban cometiendo, supuestamente, contra los kosovares. Esta intervención militar se produjo sin autorización previa del Consejo de Seguridad de la ONU y sin declaración previa de guerra. La operación duró 78 días y provocó miles de víctimas civiles (entre 1.200 y 5.700). Previamente, el Ejército de Liberación de Kósovo (ELK) había pasado de ser calificado de “grupo terrorista” por parte de Estados Unidos a mantener reuniones con Robert Gelbard, enviado especial del gobierno de Washington a los Balcanes.

Los servicios secretos de Alemania y Estados Unidos participaron activamente en la creación del ELK, porque favorecía a sus intereses geopolíticos: derribar a Milosevic, presidente de Yugoslavia, tradicional aliado de Rusia. No les importó que el ELK se financiara con el tráfico de órganos humanos y de heroína. Tras el abandono de Kosovo por parte de los observadores de la OSCE, sus equipos de transmisiones fueron entregados a miembros del ELK. Algunos de sus líderes tenían el número del teléfono móvil del entonces secretario general de la OTAN, el general Wesley Clark.

En esta guerra no declarada que enfrenta a Estados Unidos y la Unión Europea contra Rusia, más allá del escenario bélico que se sufre en Ucrania, estamos viendo cómo se vuelven a vulnerar los valores democráticos que se dice defender, precisamente con el objetivo de preservarlos. No cabe mayor contradicción.

Uno de los valores por antonomasia de las democracias occidentales es la libertad de expresión. Al menos en teoría. El artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos estipula que «todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión», un derecho que «incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión». El artículo 20 de la constitución española reconoce y protege los derechos «a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción», y «a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión».

Sin embargo, una de las sanciones de la Unión Europea contra Rusia ha consistido en cerrar la cadena de televisión Russia Today y el canal de noticias Sputnik. Twitter también ha “retenido” las cuentas de dichos medios de comunicación, en virtud de una demanda legal, y Telegram advierte que los canales de ambos medios no pueden ser mostrados porque violan las leyes locales. Es obvio que no ha habido tiempo material para acometer cambios legislativos en todos los países de la Unión Europea, ningún proyecto de ley en tal sentido ha sido aprobado por el parlamento español, así que debe ser esto a lo que se refería Josep Borrell cuando dice que no hay tiempo para los “trámites burocráticos”.

En estos momentos de censura en nombre, paradójicamente, de la defensa de los valores democráticos, se hace imprescindible rescatar esta frase, atribuida a Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Si la Unión Europea pretende situarse en un plano de superioridad moral para erigirse en baluarte de la defensa de los valores democráticos, debería comenzar por respetarlos, por mucho que le repugne lo que expresen sus adversarios. 

¿Por qué Estados Unidos y Rusia están chocando en Ucrania?

“No hay nada más ofensivo que un ruso a la defensiva”. La frase corresponde a Strobe Talbott, vicesecretario de Estado de Bill Clinton, y describe a la perfección los motivos que han llevado a Rusia a implicarse de lleno en la guerra en Ucrania, que comenzó en 2014: no ha habido voluntad política para crear un sistema de seguridad en Europa que incluyera a Rusia, sino todo lo contrario. Las sucesivas ampliaciones de la OTAN han cercado a esta potencia nuclear, colocándola a la defensiva, y las últimas demandas rusas para que sus intereses fueran escuchados se han topado con la negativa de Estados Unidos y el rechazo de la OTAN, que sólo se mostraron dispuestos a discutir cuestiones relativas al control de armamento, rechazando la cuestión de fondo: la expansión de la OTAN hasta las fronteras con Rusia.

Según un documento filtrado por Wikileaks, en 2008 Estados Unidos ya era consciente de que la expansión de la OTAN a Ucrania significaba cruzar las líneas rojas de Moscú, podría dividir el país en dos y provocar una guerra civil, lo que obligaría a Rusia a tener que posicionarse. El documento en cuestión es un cable de 2008 cursado por el entonces embajador de Estados Unidos en Rusia, William Burns, que es el actual director de la CIA. Sin embargo, la OTAN ha estado coqueteando últimamente con la posibilidad del ingreso de Ucrania en la organización, citando su política de puertas abiertas para cualquiera que quiera integrarse en ella.

La intensificación de los bombardeos del ejército de Ucrania sobre sus compatriotas residentes en Donetsk y Lugansk sólo ha sido uno de los motivos, y no el principal, de la intervención militar rusa en Ucrania. Para encontrar las razones de fondo es necesario regresar a los años 90 para constatar que lo que el bloque occidental le decía primero a la URSS, y luego a Rusia, estaba en las antípodas de lo que hacía. Como analizaremos a continuación, después de 30 años de largas,  mentiras, portazos y patadas en las espinillas, Estados Unidos ha conseguido despertar al oso ruso, que era lo que se proponía, porque interesa a sus objetivos geopolíticos: evitar la alianza del potencial tecnológico de la Unión Europea con los recursos de Rusia y, de este modo, ejercer un mayor control económico y político sobre una Unión Europea más débil y manejable. Lamentablemente, la Unión Europea se está prestando al juego, en contra de sus propios intereses. Desgraciadamente también, Rusia ha perdido la paciencia y nos encontramos con una guerra en Europa, bien lejos de Estados Unidos.

Desde la caída de la Unión Soviética, la estrategia estadounidense ha consistido en la ampliación de la OTAN para cercar a Rusia, en contra de las promesas dadas a Gorbachov en sentido inverso, desde George Bush hasta Margaret Thatcher, pasando por Manfred Woerner, secretario general de la OTAN.  A pesar de los desmentidos occidentales de que tales promesas llegaran a hacerse, lo cierto es que existen numerosos documentos que prueban la existencia del famoso “ni una pulgada hacia el este”, pronunciado por James Baker, secretario de estado, el 9 de febrero de 1990. Documentos que dan prueba de esa, y de otras promesas en el mismo sentido por parte de los máximos dirigentes occidentales antes citados. François Mitterrand llegó a comentar a Gorbachov que él personalmente estaba a favor de “desmantelar los bloques militares”. Este es el último documento sobre el tema, publicado por Der Spiegel.

Fuente: Der Spiegel.

Según documentos del Departamento de Estado recientemente desclasificados, durante los años 90 Estados Unidos estuvo jugando con dos barajas. De un lado, Clinton intentaba convencer a Yeltsin de que el programa de la OTAN denominado Asociación para la Paz, lanzado en 1994, iba a ser una nueva estructura de seguridad que integraría a Rusia. Esta era la nueva versión del esquema que George Bush le había colocado a Gorbachov, solo que esta vez se sustituía la CSCE (la Conferencia para la Seguridad y Cooperación en Europa) por la Asociación para la Paz. El 17 de julio de 1990 Bush le aseguró a Gorbachov que “Transmitimos la idea de una CSCE ampliada y más fuerte con nuevas instituciones en las que la URSS pueda compartir y ser parte de la nueva Europa”. La CSCE se transformó luego en la OSCE, un artilugio vacío de contenido político.

La Asociación para la Paz no pasó de ser una especie de lista de espera de candidatos a ingresar en la OTAN, ya que catorce países firmantes del documento marco terminaron integrándose en la organización.  Para Estados Unidos la cuestión de si la OTAN iba a ampliarse no se trataba de un si sino de un cuándo. Las aparentemente buenas relaciones entre Clinton y Yeltsin sufrieron un súbito deterioro cuando este último advirtió que le estaban tomando el pelo, porque la expansión de la OTAN era la prioridad número uno de la agenda de su interlocutor, y la Asociación para la Paz, un nuevo ardid. En la cumbre de Budapest, en diciembre de 1994, a la que asistieron 52 naciones, Yeltsin enviaba un mensaje nítido: la expansión de la OTAN perseguía dividir Europa, y conseguir el dominio de Estados Unidos sobre el mundo. 

Fuente: The New York Times

Tras el estallido de Yeltsin en Budapest, Clinton le envió una carta para intentar reconducir la situación. En ella puede leerse lo siguiente: “Nuestro objetivo común debería ser lograr una integración total entre Rusia y Occidente, incluidos vínculos fortalecidos con la OTAN, sin nuevas divisiones en Europa”. Clinton aceptó aplazar la ampliación de la OTAN hasta que se celebraran las elecciones a la Duma, en 1995, y las presidenciales en Rusia, en 1996, en las que Yeltsin se jugaba la reelección. Después de la visita de Clinton a Moscú en 1995, para la celebración de los 50 años de la victoria en la gran guerra patriótica (como se denomina en Rusia a la segunda guerra mundial) Yeltsin aceptó a regañadientes firmar la integración de Rusia en la Asociación para la Paz. Rusia reclamaba garantías (guarantees) que atendieran sus demandas en materia de seguridad, pero Estados Unidos se limitaba a ofrecer otro tipo de “garantías” (assurances). El matiz en inglés es importante.

Finalmente, Yeltsin se avino a aceptar la ampliación de la OTAN en 1997, ante la evidencia de que la ampliación hacia el este se iba a producir con el visto bueno de Rusia, o sin él. El Acta Fundacional sobre Relaciones Mutuas, Cooperación y Seguridad entre la OTAN y la Federación Rusa (así se denominó al pacto) no tiene rango de acuerdo con garantías legalmente vinculantes, por lo que, aunque fue presentado como una victoria por Yevgueni Primakov, ministro de asuntos exteriores de Yeltsin, supuso la claudicación de Rusia ante Estados Unidos. Básicamente consiste en una declaración de intenciones que, además, se han ignorado por parte de su promotor.

Clinton y Yeltsin estrechan sus manos en la cumbre de Helsinki de marzo de 1997, donde se habló de la expansión de la OTAN hacia el Este, que Yeltsin terminaría aceptando en mayo. Foto: Heikki Saukkomaa/Lehtikuva via AP.

Lord Hastings Ismay, el primer secretario general de la OTAN, afirmó que la organización se había creado  «to keep the Soviet Union out, the Americans in, and the Germans down”. Los propósitos de la Alianza estaban claros desde el principio: se trataba de un mecanismo para que los Estados Unidos ejercieran el control en Europa, estableciendo una división estratégica entre el oriente y el occidente, que asegurara su hegemonía, y para mantener a raya a Alemania, que es quien tiene el potencial de erigirse en rival geopolítico.

En marzo de 1992, el New York Times recibía la filtración de un documento elaborado por el Pentágono, en el que el Departamento de Defensa, encabezado por Dick Cheney y Paul Wolfowitz, planteaba que la misión militar y política de Estados Unidos en la era posterior a la guerra fría era asegurarse de que no se permitiría el surgimiento de ninguna superpotencia rival en Europa Occidental, Asia o el territorio de la antigua Unión Soviética. Para ello, había que “convencer a los potenciales competidores de que no necesitan aspirar a asumir un mayor papel o perseguir una postura más agresiva para proteger sus legítimos intereses”. Dicho sin eufemismos: había que doblegarles por todos los medios posibles. La estrategia para “convencer” a las potencias rivales para que acepten la hegemonía de los Estados Unidos ha sido la ampliación de la OTAN y la utilización de guerras proxy, una táctica habitual en la guerra fría. Esta vez le ha tocado a Ucrania el papel de peón en el tablero geopolítico.

Fuente: The New York Times

Por recapitular, la ambigüedad con la que la OTAN ha tratado las pretensiones de Ucrania de adherirse a la organización, el incremento en las últimas semanas de los bombardeos del ejército ucraniano a la población civil en el Donbass,  la posibilidad de que Ucrania revisara su renuncia a albergar armas nucleares, según anunció Zelensky en la Conferencia de Seguridad de Munich, unido al caldo de cultivo fomentado por el comportamiento de Estados Unidos y la OTAN en las tres últimas décadas, han llevado a Rusia a tomar la decisión de lanzar una operación militar en Ucrania. El nuevo escenario, fruto del choque de dos potencias nucleares, nos sitúa al borde del abismo y sus consecuencias son imprevisibles, aunque trataremos de analizarlas en un próximo artículo. De entrada, Estados Unidos ha conseguido afianzar la cuña entre la Unión Europea y Rusia, que es su objetivo estratégico, gracias a la reacción de animal acorralado de Rusia. 

Queremos finalizar este artículo subrayando que en este blog intentamos analizar los motivos que impulsan a los grandes actores del tablero de la geopolítica. Nuestro objetivo es describir los hechos, ponerlos en su contexto e indagar en los antecedentes históricos que los provocan. Los lectores sacaréis vuestras propias conclusiones. Explicar en ningún caso significa justificar. Estamos en contra de la guerra, de esta guerra, y de todas las guerras, y no sólo de las que salen en los telediarios. A una parte significativa de la población parece ser que estas últimas son las únicas que le incomodan.

Estados Unidos empuja a Rusia hacia una alianza con China

Corría el año 2006 cuando Ivo Daalder – quien fuera nombrado por Obama, tres años después, embajador de Estados Unidos ante la OTAN – y James Goldgeier publicaron un artículo en Foreign Affairs en el que afirmaban que la OTAN se había vuelto global, con poca fanfarria y aún menos aviso. Los autores reclamaban un “concierto de democracias” para transformar el “prototipo” de la OTAN en una organización que incluyera a Australia, Japón, Brasil y Sudáfrica. Un año después, Rudy Giuliani, prominente figura del Partido Republicano, reclamaba una expansión de la OTAN que incluyera a los principales aliados de Estados Unidos, tales como Australia, Japón, Israel, India y Singapur.

Dichas manifestaciones no debieron pasar desapercibidas a Rusia. En 2007, Vladimir Putin se expresó de manera contundente, en la Conferencia de Seguridad de Munich, condenando los intentos de Estados Unidos por instaurar un mundo unipolar y criticando acerbamente la expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia. Asimismo, reclamó el respeto a la Carta de las Naciones Unidas, además de alertar sobre el estancamiento en el terreno de los acuerdos de desarme nuclear.

Conviene tener presentes estos antecedentes para entender cómo es posible que Rusia y China hayan firmado una declaración conjunta del calado de la suscrita el pasado 4 de febrero, a nuestro juicio la consecuencia más importante de los últimos movimientos del expansionismo norteamericano. En un contexto de desplome de la popularidad de Joe Biden, tras la salida de Afganistán al más puro estilo Saigón, después de las sucesivas ampliaciones de la OTAN hacia el este, y como consecuencia lógica del regime change promovido en Ucrania en 2014, todo se aliaba para dar el salto cualitativo que estamos presenciando actualmente: llevamos más de un mes siendo bombardeados por el omnipresente relato de la inminente invasión rusa de Ucrania. La inercia de su propia estrategia, sumada al contexto doméstico, propiciaba que los Estados Unidos dieran esta vuelta de tuerca, pero no tuvieron la prudencia de mirar el mapa antes de seguir esta peligrosa senda, y se han topado con la alianza formal de las dos potencias que, unidas, pueden hacerle más que sombra: la alianza de Rusia y China supone el tiro de gracia al mundo unipolar que alimenta los sueños de los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca.

Bien es cierto que una declaración política de la profundidad que tiene la del 4 de febrero no se improvisa en un mes – no en vano Xi Jinping y Vladimir Putin se han encontrado en 38 ocasiones desde 2013 – pero también es cierto que la expansión de la OTAN hacia el este tampoco ha sido cosa de dos tardes, desde aquel famoso “ni una pulgada” que le aseguraron a Gorbachov que no se movería la OTAN hacia el este, si el artífice de la perestroika “permitía” la reunificación de Alemania.

En sucesivas oleadas, especialmente en 1999 y 2004, la OTAN fue estrechando el cerco en torno a Rusia, primero con la incorporación de países anteriormente miembros del Pacto de Varsovia y, después, con otros directamente fronterizos, como los bálticos. Ahora, jugando al no quiero, sí quiero con la integración de Ucrania en la organización supuestamente noratlántica, aunque muchos de sus miembros se hallen a miles de kilómetros de tal océano, Estados Unidos ha terminado por despertar al oso ruso, aletargado durante tres décadas, quitando algún zarpazo cuando le buscaron demasiado las cosquillas.

Las sucesivas ampliaciones de la OTAN. Fuente: Wikipedia

A pesar de la constante expansión de la OTAN, esa organización defensiva que bombardeó Yugoslavia sin que a la Unión Europea se le moviera un músculo, Rusia se había mostrado paciente con el acercamiento a sus fronteras por parte del anterior adversario del Pacto de Varsovia. Durante los años 90 – los llamados “años de la anarquía” por los propios rusos – se llevó a cabo el mayor trasvase documentado de propiedad pública a manos privadas (muy pocas) de la Historia, bajo la presidencia de Yeltsin. Los hombres del FMI en Moscú (Anatoli Chubais y Yegor Gaidar, entre otros) ejecutaron la privatización de las principales empresas públicas que desembocó en la aparición de los oligarcas. La mayoría de los cuales viven, por cierto, en Londres, alguno incluso tras una estancia en la cárcel, prueba de su sintonía con Putin.

Durante el mandato de Yeltsin, la ampliación de la OTAN en 1999 a la parte oriental de Alemania, Polonia, República Checa y Hungría, no parecía generarle ningún problema a Rusia, cuyo presidente estaba inoperativo con frecuencia a partir de las tres de la tarde, mientras sus ministros se encargaban de llevar a cabo la terapia de choque dictada por el FMI: “liberalización” de la economía, recorte del gasto público y privatizaciones masivas, lo que condujo al país a la hiperinflación, entre otros daños colaterales. Yeltsin bailaba encantado al son que le marcaba Clinton. Entretanto, la otra parte de la pinza occidental, la OTAN, envolvía a Rusia.

Fuente: Getty Images

Sin embargo, la actitud de Rusia respecto a la actitud expansionista de la OTAN cambió con la llegada de Vladimir Putin a la presidencia. Su discurso de la conferencia de Munich, en 2007, fue el primer aviso, cuyo calado no fue valorado adecuadamente: el entonces secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, calificó el discurso de Putin de “decepcionante y sin utilidad”. 

Al año siguiente, en 2008, cuando el entonces presidente de Georgia, Mijéil Saakashvili – educado en Estados Unidos con una beca del Departamento de Estado – ordenó a sus tropas recuperar lo que consideraba un enclave perteneciente a Georgia, las fuerzas de pacificación rusas (que estaban en Osetia del Sur en función de los acuerdos de paz que pusieron fin al conflicto de 1992) y algunas divisiones más, se pusieron del lado osetio y le pararon los pies al protagonista de la revolución de las rosas que le aupó al poder, en 2003. Fue el segundo aviso que envió Rusia, esta vez en formato distinto al de las palabras. Inmutable, la OTAN prosiguió su expansión: en 2009, Croacia y Albania se incorporan al club otanista. En 2017, Montenegro. En 2020, Macedonia del Norte.

Es en este contexto en el que hay que situar la declaración conjunta de Rusia y China del 4 de febrero. Un hito verdaderamente histórico dado el contenido del documento, que constata la voluntad política de ambas potencias de poner freno a la unipolaridad pretendida por Estados Unidos, en un amplio rango de materias: desarrollo y cooperación, Agenda 2030, tratados de desarme, seguridad de las tecnologías de la información, libre comercio en el marco de la OMC, potenciación del área euroasiática a través de foros internacionales como ASEAN y APEC y un largo etcétera.

Tras un prólogo que describe el mundo globalizado en el que vivimos y los retos a los que nos enfrentamos, el documento agarra el toro por los cuernos, comenzando por el tema de la democracia. Sin duda este asunto generará las correspondientes críticas por parte de quienes habitualmente tildan de autoritarios a determinados sistemas de gobierno en función no de sus mecanismos más o menos homologables a los occidentales, sino dependiendo de su ubicación geográfica o de sus recursos naturales. Pero nosotros vamos a dejar este tema para otro artículo, porque la crítica que hacen China y Rusia del modelo de democracia que se pretende imponer por parte de quienes se creen en la posición de repartir – o negar – determinadas credenciales se lo merece.

El documento reclama que los Estados se involucren en el desarrollo y la cooperación, en distintos formatos multipolares, con el fin de alcanzar un mayor bienestar para la humanidad. Algo de Perogrullo, pero que no está de más recordar. La declaración critica los intentos de algunos países de incrementar su seguridad en detrimento de los demás, rechaza las injerencias externas en los asuntos internos de otros, y se opone a la ampliación de la OTAN.

Pero la clave del documento radica en esta frase: “La amistad entre ambos países no tiene límites, no existen áreas “prohibidas” para la cooperación”. Esta manifestación por parte de Rusia y China es la consecuencia directa de la política expansionista del bloque comandado por Estados Unidos que persigue, con la actual baza que se juega en torno a Ucrania, evitar que la Unión Europea y Rusia formen la alianza natural que viene a la mente cuando miras el mapa. Una alianza que, según Robert D. Kaplan, autor de La venganza de la geografía, supondría el fin de la hegemonía que los Estados Unidos intentan conservar a toda costa, ante la pujanza económica de China. Pero esa división entre las dos partes de Europa, la occidental y la oriental, que se alienta desde el otro lado del Atlántico será ya el tema de otro artículo.