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Por qué las élites europeas son responsables del ascenso del nacionalpopulismo

17 de septiembre de 2026

La agenda de las élites va en contra de la ciudadanía

La reciente victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones del estado de Sajonia-Anhalt, y las reacciones que ha provocado en las élites europeas, me animan a meterme en jardines ideológicos. Provenientes desde derecha e izquierda del poder establecido, escuchamos severas advertencias sobre el peligro que amenaza a “nuestra democracia” si permitimos que las hordas de la ultraderecha culminen su asalto al poder. Nótese el posesivo “nuestra” que utilizan para calificar a la democracia. 

Las reminiscencias que presenta la pancarta del edificio sede de la Comisión Europea en Bruselas con la iconografía de la película 1984, basada en la novela de George Orwell, son inquietantes. Más preocupante aún es la apropiación de un término por parte de las élites como patente de corso para implementar sus políticas, para blanquear un régimen que nada tiene que ver con la voluntad popular, y menos aún con las necesidades de la ciudadanía. Todo se hace en nombre de la democracia.

Lo de “nuestra democracia” significa lo que le venga en gana a Úrsula von der Leyen y sus gerentes en las capitales europeas, disfrazados de presidentes o primeros ministros. El que critique sus designios, es un agente que pretende socavar la democracia, probablemente con acento ruso. El paralelo con el antisemitismo que esgrimen los genocidas sionistas para acallar las críticas a la limpieza étnica que perpetran en Palestina es obvio.

A la izquierda, la sede de la Comisión Europea. A la derecha, cartel de la película 1984.

Las élites viven en un mundo paralelo, de su propia invención, que choca con la realidad, que no les interesa reconocer, porque entra en contradicción con su agenda. Las élites viven y actúan únicamente como meros gestores para satisfacer los intereses del poder establecido: el que nunca se presenta a las elecciones, porque no le hace falta.

Colateralmente, las élites también se preocupan por sus carreras profesionales. Las puertas giratorias entre los más altos cargos nacionales y las organizaciones supranacionales están bien engrasadas. Como su ascenso en los puestos burocráticos depende de su obediencia, se esfuerzan por cumplir los objetivos asignados, que se sitúan en las antípodas de las necesidades de la población, por la que dicen trabajar. Pero la gente no les importa nada: están pasando por encima de nosotros, llevándonos a la ruina, con tal de cumplimentar su agenda.

Las élites andan ahora muy ocupadas tratando de ocultar el fracaso de sus políticas para con la ciudadanía, apelando al espantajo de la amenaza rusa. Quienes recuerdan las causas de la actual fase de la guerra en Ucrania – la expansión de la OTAN hasta las fronteras rusas, el golpe de Estado del Maidán en 2014 – son acusados de utilizar los argumentos del Kremlin, aunque sean incontrovertibles. Cualquiera que abogue por restablecer la interlocución con Rusia, no digamos ya entablar negociaciones, se topa indefectiblemente con alusiones a las consecuencias que tuvo la política de apaciguamiento con Hitler. Que fue el que invadió Rusia.

Más del 60% de las empresas alemanas quieren reanudar la importación de gas procedente de Rusia, el que ha alimentado durante décadas la locomotora de la Unión Europea. Su petición ha sido rechazada por el gobierno. Annika Einhorn, representante del Ministerio de Economía, decía el año pasado que Alemania no le compra gas a Rusia, porque la “libertad de la energía” es de gran importancia, aunque reconoce que en las importaciones alemanas podría haber “moléculas” de gas ruso. Las élites se ríen de nosotros en nuestra cara.

Más del 60% de las empresas alemanas están a favor de comprar energía a Rusia. Logos Press Business Review, 1 junio 2026.

He documentado profusamente en este blog las nefastas consecuencias de las sanciones a Rusia. Sólo han conseguido empobrecer a Europa, y han fracasado en sus principales objetivos: detener la maquinaria bélica rusa en Ucrania y forzar un cambio de régimen en Moscú. La ciudadanía europea es la que está pagando los efectos de la agenda geopolítica de las élites. Por eso, entre otras razones, se está produciendo un giro hacia los partidos nacionalpopulistas, que anteponen en sus discursos las necesidades de sus países, y se muestran mayoritariamente en contra de la guerra contra Rusia.

The Spectator.

La guerra contra Rusia es un proyecto de Estados Unidos que ha fracasado, como admiten ya medios convencionales de occidente, del que la Unión Europea se ha mostrado vasalla, en detrimento de sus intereses como polo de poder. La ciudadanía no está por la labor de ir a la guerra, y una parte importante del voto que recibe el nacionalpopulismo surge de esa oposición a la política oficial. Lo que quiere la ciudadanía es que le solucionen sus problemas: la carestía de la vida, la inaccesible vivienda, los salarios que no llegan a fin de mes, el desempleo…

Ausencia de autocrítica en las reacciones de las élites ante la victoria de Alternativa para Alemania en Sajonia-Anhalt

Excepto los partidos de la misma cuerda, que han celebrado la victoria de Alternativa para Alemania – aunque con matices en el caso de Rassemblement National, el partido de Marine Le Pen  – las reacciones ante el triunfo de AfD han competido por ver quién metía más miedo al electorado. Teniendo en cuenta que el año próximo se celebran elecciones legislativas en España, Italia, Polonia y Finlandia, y presidenciales en Francia, las élites están usando una estrategia que se ha demostrado muy eficaz: asustar al votante.

En Alemania, el canciller Friedrich Merz calificó el momento actual de lucha por la supervivencia de los valores europeos, mientras defendía su decisión de forzar una votación del parlamento saliente para eliminar el techo de deuda pública, hipotecando a las generaciones futuras por valor de cientos de miles de millones de euros, para destinarlos a gasto militar. Sabía que los escaños de AfD en el parlamento entrante iban a impedir entrampar a Alemania para alimentar la guerra contra Rusia en Ucrania.

En Francia, el ministro de Finanzas, Roland Lescure, habló de una «señal muy, muy preocupante». «Demuestra que nos enfrentamos a un gran desafío ante una ola populista que se está extendiendo por todo el mundo y a la que debemos resistir». El ministro no hizo ninguna referencia al desplome de la cota de popularidad del presidente, Emmanuel Macron, que se sitúa en el 16%, ni de su primer ministro, Sébastian Lecornu, que se queda en el 20%, según un sondeo de IPSOS.

Índices de popularidad de Emmanuel Macron y Sébastian Lecornu. IPSOS.

En Polonia, el ministro de Asuntos Exteriores, Radoslaw Sikorski, declaró que su victoria constituía “una señal muy preocupante”. Es el mismo ministro que agradeció a Estados Unidos la voladura de los gasoductos Nord Stream, literalmente. Donald Tusk, el primer ministro polaco, prefirió insultar a los simpatizantes de otros partidos: “En Polonia, solo los idiotas o los traidores pueden alegrarse del triunfo de la AfD en Alemania. Se han acumulado unos cuantos en Konfederacja y PiS.”

En el Estado español, Pedro Sánchez también metía miedo: “Lo que vimos ayer en Sajonia es un aviso de que la amenaza ultra gana terreno en Europa y el mundo”, aprovechando para subrayar la necesidad de un “gobierno progresista”. Según la Moncloa, España ha donado casi 4.000 millones de euros a Ucrania. Para Sánchez, “la amenaza ultra” es la que se opone a que Europa siga financiando a los ultras ucranianos, como es el caso de Alice Weidel, colíder de AfD, que acaba de urgir a Friedrich Merz a que «finalmente empiece a impulsar conversaciones de paz, tal como lo está haciendo Estados Unidos.»

Kaja Kallas, la responsable de la política exterior de la Unión Europea, expresaba su preocupación por la creciente popularidad de partidos políticos que no reconocían la gravedad de la amenaza rusa. Y aquí está la clave: lo preocupante para las élites es que su discurso del miedo no cala.

Úrsula von der Leyen respondía a su estilo: regalando otros 6.100 millones a Ucrania para, supuestamente, comprar armamento. Es imposible averiguar el destino real de los 221.200 millones de euros que la Unión Europea ha destinado al gobierno de Kiev, porque no hay ningún mecanismo de control establecido. Quizá porque no interesa. Aunque, tímidamente, algunos en Europa están empezando a hacerse preguntas sobre dónde acaba todo ese dineral.

Ucrania dice que necesita 27.000 millones de dólares más. Europa quiere saber por qué. New York Times, 9 septiembre 2026.

Entre todas las advertencias sobre el peligro que representa el ascenso de la ultraderecha, no encontramos ni el menor vestigio de autocrítica. Como si las políticas de las élites no tuvieran ninguna influencia en el auge de los partidos nacionalpopulistas. Como si el viraje del electorado no tuviera nada que ver con que suban los partidos que anteponen en sus discursos los intereses nacionales, frente a las agendas dictadas en Washington, Bruselas y Londres. Como si la crisis económica que asola Europa, a consecuencia de la decisión de prescindir de las fuentes energéticas que alimentaba su industria, no fuera una de las causas que han impulsado las posiciones nacionalistas.

Pareciera que la frustración que expresa el electorado fuera consecuencia de algún fenómeno natural, o hubiera caído presa de un embrujo. Como si los votantes no estuvieran sufriendo las consecuencias de las decisiones de las élites europeas en el ámbito geopolítico, y sus derivadas instantáneas en las economías domésticas.

Esas mismas élites que se esfuerzan en vendernos que la inflación provocada por el aumento de los precios de la energía se debe, únicamente, a la guerra iniciada por sus supuestos aliados, Estados Unidos e Israel, contra Irán, obviando las repercusiones de la voladura de los gasoductos Nord Stream y las sanciones impuestas a Rusia.

El caso Volkswagen como paradigma de la desindustrialización europea

Por poner un ejemplo, hablemos de Volkswagen. La empresa ha anunciado el recorte de hasta 100.000 empleos, de un total de 650.000, y ha citado una serie de factores que le obligan a esta reestructuración salvaje: los altos costes laborales, el exceso de capacidad de sus fábricas, la menor demanda en Europa, la competencia de China y el elevado coste de la transición tecnológica. La suma de estos factores hace su modelo de negocio “insostenible”. Ni una palabra sobre el aumento del coste que mueve las fábricas: la energía.

Sin embargo, la Asociación Alemana de la Industria del Automóvil (VDA), alertaba en septiembre de 2022, de que el sector había dejado de ser competitivo precisamente por el alto precio de la energía. Su presidenta, Hildegard Müller, declaró: «La situación, especialmente para las medianas empresas del sector de la automoción, se está volviendo cada vez más dramática. La cuestión de los costes energéticos debe ocupar un lugar prioritario en la agenda política».

Precios de la energía y seguridad en el suministro: Alemania carece de competitividad. VDA, 2022.

La ausencia de referencias al incremento brutal del precio de la energía es significativa en el caso de Volkswagen, porque es una empresa parcialmente pública: el Estado de Baja Sajonia posee el 11,8% de su accionariado, controla el 20% de las acciones ordinarias con derecho a voto, y tiene dos miembros en el consejo de supervisión. Por eso no encontramos ni una sola referencia al incremento del precio de la energía, porque no encaja con la narrativa europea de alcanzar la “independencia energética de Rusia”.

El coste de la “independencia energética de Rusia”

¿Cuál ha sido la reacción de la Unión Europea ante el incremento del precio de la energía? Redoblar sus esfuerzos para prescindir de la más barata, la que le suministraba Rusia, sustituyendo la famosa “dependencia” de Rusia por la de Estados Unidos. El gas natural licuado que le vende es el más caro del mercado para Europa, y ya es el primer proveedor de la UE.

En otras palabras: negar la realidad, proseguir la huida hacia adelante, y profundizar en las políticas que le han llevado a la actual situación de crisis: la Unión Europea lleva 21 paquetes de sanciones a Rusia, y está preparando el siguiente. Como si los anteriores hubieran servido para algo, aparte de llevarnos a la ruina.

¿Cuál ha sido el coste total de esas políticas? Incalculable, pero atengámonos a lo que sí está tabulado. Según la propia Unión Europea, en su informe de 2023 sobre el Estado de la Energía en la Unión, los países miembros de la UE gastaron, sólo en el año 2022, 390.000 millones en subsidios para paliar el incremento de los precios energéticos. Según otro informe de Bruegel, un gabinete de estudios con sede en Bruselas, la Unión Europea se gastó 540.000 millones entre septiembre de 2021 y junio de 2023 en subsidios, de los cuales 158.000 millones correspondieron a Alemania.

Fondos que los gobiernos destinaron y asignaron para proteger a los hogares y las empresas de la crisis energética (septiembre de 2021 – enero de 2023), % del PIB. Bruegel.

La Agencia Internacional de la Energía calcula en un 13% el descenso en el consumo de gas en la Unión Europea en 2022, debido al incremento de su precio.  Se produjo una destrucción de la demanda, especialmente en el sector industrial, que redujo su consumo de gas en un 25%. En lenguaje llano: desindustrialización, reducción de la producción, pérdida de empleos. A pesar de lo que la AIE califica de “caída histórica de la demanda”, la agencia calcula en cerca de 400.000 millones de euros la factura del gas para la Unión Europea en 2022, más del triple que en 2021.

Es imposible estimar cuál ha sido el coste total para la economía europea de la decisión de prescindir, en gran medida, del gas y del petróleo provenientes de Rusia. Pero es indudable que la decisión ha provocado un empeoramiento de la capacidad adquisitiva de la ciudadanía, de su calidad de vida, y de que los votantes están expresando su descontento votando a partidos que anteponen en sus discursos los intereses nacionales, por encima de los geopolíticos dictados desde Washington, Bruselas y Londres.

El nacionalpopulismo marca la agenda política

El nacionalpopulismo ha sabido recoger el hartazgo de la ciudadanía por unas políticas que sólo han causado un empobrecimiento generalizado de la ciudadanía. El nacionalpopulismo ha conseguido mover las posiciones en la ventana de Overton hacia las que le favorecen netamente, lo que denota otro fracaso político de las élites en el poder. Se acusa de xenofobia a los “partidos patrióticos”. Sin embargo, en lugar de combatirla, las élites la han abrazado e incorporado a sus propuestas, con la esperanza de sacar el agua de la pecera y ahogar al pez. Craso error.

El País, 13 septiembre 2026.

Cuando Giorgia Meloni, antes de ser domesticada, proponía expulsar a los inmigrantes a centros de detención para extranjeros fuera del territorio de la Unión Europea, las élites europeas ponían el grito en el cielo. Ahora, la socialdemócrata Mette Frederiksen, primera ministra de Dinamarca, ha hecho piña con Giorgia Meloni para proponer conjuntamente lo que en 2014 calificaba de ocurrencia “cómica”.

Italia y Dinamarca unen fuerzas contra la inmigración irregular y exigen centros de devolución fuera de la UE. Demócrata, 10 agosto 2026.

Gabriel Attal, ex primer ministro de Emmanuel Macron, defendió la introducción de cuotas restrictivas de inmigración, para lo que habría que modificar la Constitución. Un tabú que aseguró estar dispuesto a romper: “Controlar la inmigración es uno de los grandes fracasos de los dos últimos mandatos presidenciales”.

El poder establecido, especialmente en su margen izquierdo, emplea a fondo el argumento del miedo frente al ascenso de la ultraderecha. Conscientes de la pobreza de su desempeño frente a las necesidades de la ciudadanía, las élites se auto erigen en bastión de la defensa de los “valores europeos” y “nuestra democracia” para intentar salvar los muebles.

Sin embargo, como ha apuntado Gabriel Attal, “el dique de contención frente a la extrema derecha” ya no es “un proyecto político suficiente para lograr que una mayoría de electores se adhiera a él”. Giorgia Meloni, desde otro ángulo político, venía a decir lo mismo: la estrategia del “cortafuegos” desplegada por los partidos convencionales en Alemania para mantener a AfD alejada del poder no funciona.

El discurso del malmenorismo que despliega la izquierda en España, también se está demostrando insuficiente para frenar a Vox. Su abandono de lo que debería ser su bandera, la lucha de clases, para enfangarse en las guerras culturales, es otro motivo de su incapacidad para recoger el descontento de la población.

Según nos recuerda El País, “La ultraderecha ya gobierna o cogobierna en ocho de 27 Estados miembros del Consejo Europeo. Y esas fuerzas marcan la conversación en Bruselas en inmigración, en temas medioambientales y energéticos”. “El panorama político ha mutado. El desencanto de los votantes es enorme y las fuerzas tradicionales no están sabiendo conectar con ellos”. “Ahora, el desafío es cómo recuperar a ese electorado que se ha marchado a la extrema derecha sin asumir el marco político que esas fuerzas ultras han conseguido imponer”, según “una alta fuente comunitaria”.

No es la xenofobia, es la guerra contra Rusia

Hasta ahora, el poder establecido no ha tenido inconveniente en ir asumiendo progresivamente el marco de las “fuerzas ultras” en materia de inmigración. Aunque sigue esgrimiendo las críticas a su xenofobia, cuya existencia es indiscutible, las posiciones sobre la inmigración también se están desplazando en Bruselas por la ventana de Overton. La mención de Úrsula von der Leyen, en su discurso sobre el estado de la Unión, a una nueva estrategia en el Marco Europeo de Respuesta a Emergencias, que podría incluir una suspensión del derecho de asilo en determinados casos, así lo demuestra.

El discurso xenófobo, en contra de lo que cree el electorado que se deja seducir por él, no es en absoluto antisistema, sino que viene a robustecerlo. La estigmatización del inmigrante, hasta llegar a su criminalización, es un marco que en el que las élites se sienten muy cómodas, por eso lo están asumiendo progresivamente: las personas venidas de fuera se convierten en competidoras por el puesto de trabajo, son los culpables de la presión sobre los salarios a la baja, del aumento de las listas de espera en la sanidad pública, y hasta del aumento de la delincuencia.

Aunque sean imprescindibles para suplir la falta de natalidad de los europeos, y se ocupen de los trabajos menos cualificados, los emigrantes cumplen la función de chivo expiatorio sobre el que desviar la atención de lo realmente importante: el fracaso de las élites a la hora de aplicar políticas efectivas para mejorar las condiciones de vida de la población. Un aparente fracaso que responde a la misión que le han encomendado quienes realmente ostentan el poder, en la que sí se están coronando: transferir la mayor cantidad de riqueza posible desde la mayoría de la población hacia quienes ya acumulan el grueso.

A las pruebas me remito. Este es el gráfico de la distribución de la riqueza en los hogares en la zona euro. No hace falta ser economista para ver que el decil más rico, en color verde oscuro, que se corresponde con el 10% de la población más rica, ha visto aumentada su patrimonio neto en una mayor proporción que el resto de los deciles, especialmente del 50% más pobre. Los datos y la gráfica son del Banco Central Europeo.

Gráfico: BCE.

Pero donde las élites se plantan en redondo frente al nacionalpopulismo es en su oposición a seguir financiando la guerra de Ucrania contra Rusia. De ahí la demonización de los partidos en el extremo derecho del arco, que se atienen a los resultados para sus países de la agenda geopolítica dictada por Washington, y adoptada con entusiasmo por Bruselas: desindustrialización, empobrecimiento, inflación, pérdida de poder adquisitivo.

Todos los partidos, sin excepción, que se oponen a la guerra contra Rusia son calificados inmediatamente de “prorrusos”. Quienes proponen entablar un diálogo para resolver las diferencias con Rusia, evitando los cañonazos, en lugar de ser pacifistas, son agentes de Putin.

En 2024, Alice Weidel declaraba que “No necesitamos una guerra en Ucrania. La paz en Ucrania va en interés de Alemania. No quiero que haya soldados y armas alemanas enviadas a Ucrania. Estoy avergonzada de que, después de la Segunda Guerra Mundial, tanques alemanes estén siendo utilizados otra vez contra Rusia. Esto es una desgracia para nuestro país”.

La tasa de aprobación de Friedrich Merz está en el 14% a nivel nacional. En los estados federados al este, cae a tasas de un dígito. Al canciller le da igual. Tras la enésima reunión de las élites europeas, esta vez para asustarnos con la amenaza rusa en el océano Ártico, Merz declaraba, desafiante, que no pensaba “ceder ni un centímetro” en el apoyo a Ucrania, e instaba a “convencer a la gente de que va en nuestro interés hacerlo”.

La última encuesta con relación a las próximas elecciones en el estado de Mecklemburgo – Pomerania Occidental, le dan un 37% a Alternativa para Alemania, frente a un 7% de la CDU, el partido de Merz, que cancelaba su viaje a Nueva York, en medio de una rebelión ya abierta en su partido.

El poder establecido en Alemania tiene un plan para contener a la extrema derecha. Algo así. Politico, 24 agosto 2026.

¿Forzará la CDU a Merz a cambiar sus políticas, basadas en el endeudamiento para sacar a Alemania de la recesión? ¿O pondrán en marcha la operación para desactivar a Alternativa para Alemania o, incluso, ilegalizarla, como ya se ha planteado? En mi opinión, harán cualquier cosa menos reconocer que se han equivocado, dar marcha atrás y corregir. Porque de lo que se trata es de salvar “nuestra democracia”.

Mientras tanto, la ciudadanía ha reformulado su manera de recordar a las élites que sigue esperando una respuesta a sus necesidades: apoyando al nacionalpopulismo. A ver si así se dan finalmente por aludidas. Lamento ser pesimista.

Los fracasos de Estados Unidos en Irán y de la OTAN en Ucrania convulsionan el tablero geopolítico

24 de agosto de 2026

Panorama mundial: Irán, Ucrania, Latinoamérica, Europa, Golfo Pérsico, Asia y África

Los intentos de Estados Unidos de mantener una hegemonía que ya sólo existe en la imaginación de algunos se están saldando con derrotas en los dos frentes principales: Irán y Ucrania. En Irán, el anuncio de un “Día D económico” revela la frustración de no poder organizar un desembarco real en la República Islámica para forzar un cambio de régimen, único modo de reabrir el estrecho de Ormuz, que estaba abierto antes de los ataques estadounidenses.

La opción de desplegar tropas sobre el terreno ha sido descartada por el Pentágono, así como la de proseguir con ataques aéreos, dada la escasez de interceptores de defensa antiaérea – sobre la que ha sido advertido Trump – porque dejaría en una situación de vulnerabilidad a Estados Unidos y sus aliados en la región.

La enésima amenaza de Donald Trump se produce después de que fracasara su intento de sobornar a Ahmad Vahidi, el comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria Iraní, a través del canal que abrió en mayo Tulsi Gabbard con Massoud Barzani, el líder político de los kurdos iraquíes, siguiendo órdenes del presidente. Trump también intentó el soborno a través de Asim Munir, el jefe del ejército pakistaní, quien le contestó que Islamabad no iba a contribuir a desestabilizar el liderazgo en Teherán.

Trump amenaza a Irán con un “Día D económico” y “tremendas” consecuencias para quienes le apoyan. CNBC.

En Ucrania, la estrategia de desgaste de Rusia está dando resultados: el principal objetivo de la “operación militar especial”, convertida ya en “guerra real”, según Dimitri Peskov, portavoz de Putin, se está cumpliendo: desactivar a Ucrania como herramienta de la OTAN, para evitar futuros ataques desde ese territorio tan próximo. En eso consiste la “desmilitarización”, en destruir el ejército ucraniano, y Moscú lo está consiguiendo, por mucho que Úrsula von der Leyen afirme lo contrario.

Rusia no tiene prisa. Su estrategia parsimoniosa es la adecuada para el cumplimiento de sus objetivos. El reciente bloqueo de Odesa, que ha dejado a Ucrania sin acceso en lo comercial al Mar Negro; el avance en múltiples ejes a lo largo de la línea del frente, que están siendo concienzudamente ignorados por los medios occidentales, y la alarmante carencia de soldados que padece Ucrania– que ha convertido el reclutamiento en una “actividad violenta”, según la BBC – así lo demuestran.  Los lacayos de Estados Unidos, presentes y futuros, deberían tomar nota del destino que les depara su vocación servil.

Desesperado por los reveses militares en Irán y Ucrania, Trump está abriendo otros frentes, en ocasiones con la ayuda de sus fieles lacayos europeos, desde los que apuntalar su hegemonía en declive. En algunos lugares está teniendo éxito. En Latinoamérica, con las notables excepciones de México y Brasil, el resto ha virado hacia el vasallaje. Candidatos derechistas, respaldados por Trump, se han alzado con el poder en Ecuador, Colombia, Honduras, Bolivia, Chile y Perú. En el caso de Argentina, el electorado fue sometido a un chantaje abierto, al condicionar Trump el rescate del país, con un fondo de 40.000 millones, a la victoria de Javier Milei.

Venezuela se resolvió manu militari, para instalar un protectorado, tras el secuestro de su presidente, cuyo paradero se esfumó de los medios. Marco Rubio califica a Cuba de “amenaza para la seguridad nacional”, a pesar de que su PIB, de 12.000 millones de dólares, representa el 0,04% del de Estados Unidos. Washington continúa con el bloqueo económico a la isla – y ya vamos por 60 años – sin que nadie en occidente mueva una pestaña ante tamaño crimen, tan longevo. La exigencia del respeto a los derechos humanos de quienes portan el estandarte de los “valores europeos” es cada vez más selectiva.

En Europa, hemos asistido a un golpe de estado en Rumanía; a un episodio de lawfare en Francia para descabalgar a una candidata presidencial; a una sospechosa victoria en Moldavia de la candidata apadrinada por Bruselas; al ascenso vertiginoso de un desconocido en Hungría, Peter Magyar, que ha montado una “Operación Purgatorio” para impedir la vuelta al poder de Fidesz, el partido de Víktor Orbán, con las bendiciones de Bruselas. Y por último, si consideramos el Cáucaso como territorio europeo, a una revolución de colores en Armenia para aupar a Nikol Pashinian, otro partidario de la agenda geopolítica de Bruselas, que no mira el mapa, ni tampoco pondera con quién mantiene históricamente sus relaciones comerciales.

Todos estos episodios antidemocráticos tienen un nexo común: las víctimas se oponían a la guerra contra Rusia, por más que las élites europeas y sus correas de transmisión mediática nos vendan otro relato, y los colocados como gestores tienen marcada vocación atlantista. La siguiente en nómina es Alemania, como así lo anunció un excomisario de la Unión Europea, advirtiendo que no van a permitir que el partido opuesto a la guerra se haga con el poder. Aunque lo disfrazarán con otros argumentos, más acordes con su agenda.

En el Golfo Pérsico, los aliados tradicionales de Washington se han dado cuenta de que el supuesto paraguas que les vendieron con las bases militares no sólo no les ha protegido, sino que les ha convertido en objetivo de los ataques de quien aspira a convertirse en potencia regional. Irán, por historia, posición geográfica, tamaño, recursos y peso político, tiene todas las cualificaciones para volver a serlo. De ahí los últimos movimientos, que involucran a extraños compañeros de cama, como la petromonarquía saudí, Turquía y Pakistán, para articular una nueva estructura de seguridad, después del fracaso del don de la mafia para protegerles.

En Asia, la visita de Putin a las islas Kuriles, junto a unas pruebas de fogueo con misiles, subrayan la soberanía rusa sobre el archipiélago. Por si se le ocurre a un Japón entregado a Washington abrir un frente en el extremo oriente, al servicio de los intereses del señorito. Fumio Kishida, primer ministro de Japón entre 2021 y 2024, tuvo el cuajo de sermonear sobre la “amenaza nuclear rusa” en repetidas ocasiones, omitiendo el nombre de Estados Unidos durante los memoriales de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. La actual primera ministra, Sanae Takaichi, tampoco fue capaz de mencionar al autor de los bombardeos nucleares en el último aniversario de la masacre.

La primera ministra japonesa vuelve a omitir la responsabilidad de Estados Unidos en su discurso sobre la bomba atómica. Arya News.

En África, las huestes de Francia fueron barridas a escobazos de sus antiguas colonias. En Mali, Burkina Faso, Níger, la República Centroafricana y Chad ya no quedan tropas francesas. Zelenski, deseoso de complacer a Macron, uno de sus más fervientes patrocinadores, se ofreció para tratar de revertir la creciente influencia rusa en la zona. Hasta ahora con escaso éxito: Mali y Niger rompieron relaciones diplomáticas con Kiev, y ECOWAS, la Comunidad Económica de Estados de África Occidental, que agrupa a doce países, protestó enérgicamente por “cualquier interferencia extranjera”.

El proceso de descolonización real en África ha comenzado, y China y Rusia tienen mucho que ver con esta dinámica, ofreciendo cada una sus especialidades: comercio, infraestructuras, recursos energéticos y seguridad.

El proyecto del Gran Israel choca con Turquía

Capítulo aparte merece el papel de Israel. Después de haber azuzado a Trump hasta conseguir que atacara Irán para, a renglón seguido, desaparecer de la contienda, dejándole empantanado en el estrecho de Ormuz, Netanyahu la ha emprendido ahora contra Turquía, un obstáculo en el proyecto del Gran Israel.

El 20 de agosto, Israel acusó a Turquía de llevar a cabo “maniobras peligrosas” en Siria, mientras Ankara reclamó el fin de los ataques israelíes, que calificó de “temerarios”. El cruce de acusaciones se produjo dos días después de que Israel bombardeara una base aérea en Siria, alegando que las fuerzas turcas se disponían a desplegarse allí.

Israel y Turquía intensifican las advertencias sobre Siria tras el bombardeo de una base aérea. Reuters.

Tras la caída de Bashar al Assad en diciembre de 2024, Israel invadió la zona desmilitarizada colindante con los Altos del Golán, patrullada por la misión UNDOF de Naciones Unidas. Pero fue aún más allá, según muestra la siguiente ilustración.  En 2025, la UNDOF informaba de que Israel ya disponía de 10 bases en la zona, traspasando la línea de demarcación controlada por la UNDOF. Israel adujo que sus tropas permanecerían en la zona para proteger a la entidad sionista de ataques transfronterizos. Tras haber invadido los Altos del Golán en 1967, Israel se está anexionando ilegalmente otro trozo de Siria para seguir avanzando en su proyecto expansionista.  

En amarillo, la zona de Siria ocupada por Israel, a 19 de agosto de 2026. Ilustración: Deutsche Welle.

Como recogí en este artículo del pasado abril, Naftali Bennett afirmó en un encuentro con las comunidades judías en Estados Unidos que “Turquía es el nuevo Irán”. Pues bien, Bennett aspira a alzarse como nuevo primer ministro en las próximas elecciones en Israel, que se celebrarán el 27 de octubre. La consideración de Turquía e Irán como enemigos es transversal en la clase política israelí. Bennett declaró el 15 de junio en una entrevista que sería “la peor pesadilla” de Irán, si se convertía en el próximo primer ministro israelí.

En enero de 2025, ya señalé en este artículo que Israel y Turquía acabarían chocando en Siria. En 2013, Bashar al Assad ya acusaba a ambos países de asociarse para derribarle. Aunque persiguiendo intereses contrapuestos, tanto Erdogan como Netanyahu tenían interés en deshacerse de Bashar al Assad, como así ha ocurrido. Sin embargo, esos intereses contradictorios terminarán estallando. Turquía está interesada en mantener la unidad territorial de Siria, porque teme que una escisión de los kurdos sirios alimente la creación de un estado kurdo. Israel está empeñado en trocear Siria, para quedarse con un buen trozo.

Turquía es miembro de la OTAN y tiene el segundo ejército más numeroso de la alianza militar. Israel tiene un gran peso actualmente en las decisiones de política exterior de Estados Unidos, como demuestra lo ocurrido en Irán. El terreno está abonado para un enfrentamiento entre dos aliados de Washington, en un momento en que cada país está reevaluando su posición en el tablero geopolítico. La resolución de esta crisis en ciernes será otro termómetro con el que medir la capacidad de Estados Unidos para resolver conflictos, prueba del algodón de su supuesta hegemonía.

Estados Unidos arremete contra sus aliados en un momento clave

El declive del imperio y sus vasallos es evidente y el denominado sur global está tomando buena nota de ello. India, la otra gran potencia en ascenso, trata de jugar con dos barajas, pero llegará el momento en que tendrá que elegir. Scott Bessent lo ha dejado claro. El secretario del Tesoro ha manifestado sin ambages que “O estás con nosotros, o contra nosotros”.  Se refería a las sanciones que pretende imponer Estados Unidos a todos aquellos que mantengan relaciones comerciales con Irán. Sin embargo, sus palabras son una declaración de principios, que viene a sintetizar la lucha de Washington por prolongar una hegemonía que se está diluyendo.

Bessent dice a los aliados de EE. UU. “o estás con nosotros o contra nosotros” sobre las sanciones a Irán: “Vamos a colapsar este régimen”. The New York Post.

En el mundo multipolar en el que ya vivimos, los distintos países están reevaluando sus posiciones y su estrategia de cara al futuro. El realineamiento no va a ser inmediato. Va a ser un proceso que tomará años, y que fluirá en una dirección u otra, en cada caso, dependiendo de una serie de factores: la evolución de las guerras en las que está inmerso Estados Unidos; el desempeño del dólar como moneda de reserva; el crecimiento de los BRICS como nuevo polo, y su capacidad para desarrollar un sistema financiero alternativo al que surgió de Bretton Woods, controlado por Washington.

Fundamental también va a ser la resiliencia de cada país frente a la crisis económica que está provocando el cierre del estrecho de Ormuz, que sólo está comenzando. La escasez de energía a nivel global va a suponer un realineamiento de las cadenas de suministro energético, con sus correspondientes consecuencias en los principales corredores de transporte existentes, así como en la creación de alternativas a los cuellos de botella.

En todo este proceso habrá países que le pierdan el miedo a Estados Unidos, y otros que no. Habrá élites que, convenientemente engrasadas, o por vocación, continuarán trabajando para que Washington consiga mantener su hegemonía global, aun a costa de empobrecer a la ciudadanía por cuyos intereses deberían velar, como está ocurriendo en la Unión Europea. Pero habrá otras élites que antepongan el bienestar de su población a intereses particulares, por definición egoístas, lo que provocará cambios en las alianzas internacionales.

Justo en este punto de inflexión que estamos viviendo, a Trump no se le ha ocurrido mejor idea que arremeter contra sus aliados. Frustrado por su incapacidad para salir del atolladero al que le empujó Netanyahu en Irán, a pesar de haber declarado victoria, o estar a punto de alcanzarla, en 32 ocasiones, Trump está descargando su ira contra sus aliados. 

Trump arremete cada vez más contra sus aliados a medida que la victoria en la guerra contra Irán se muestra esquiva. The Washington Post, 20 agosto 2026.

Trump ha amenazado con bombardear Omán y ha impuesto aranceles del 50% a Canadá, que ya ha respondido que responderá de manera simétrica. Trump ha retirado sistemas de defensa aérea de Corea del Sur, y ha anunciado un recorte de las maniobras previstas, para después pasarle una factura de 10.000 millones de dólares a Seúl, multiplicando por diez la contribución de Corea a los gastos de los 28.500 soldados estadounidenses desplegados permanentemente en el país. Todo ello, tras declarar que tiene buenas relaciones con Kim Jong-un, el mandatario de Corea del Norte. 

En una encrucijada en la que muchos países están sopesando hacia qué polo dirigir sus relaciones internacionales, a la vista de las limitaciones evidentes de Estados Unidos para imponer su voluntad urbi et orbi, el inquilino de la Casa Blanca no tiene mejor estrategia que embestir a sus aliados y proferir bravatas.

La amenaza de imponer sanciones a quienes continúen sus relaciones comerciales con Irán fue inmediatamente respondida por China y Rusia. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Lin Jian, subrayó que China “se opone a cualquier sanción unilateral e ilegal sin la autorización de la ONU”. Vasily Nebenzya, el embajador ruso ante la ONU, replicó con desdén que “Hemos visto tantas sanciones y promesas de aislar la economía rusa que no le prestamos demasiada atención”.

Si Estados Unidos es incapaz de prevalecer frente a la República Islámica, si se demuestra impotente para forzar un cambio de régimen e instalar un gobierno títere, e Irán retiene el control del estrecho de Ormuz, Trump saldrá del Golfo Pérsico muy malherido. A la vista de la respuesta de China, que cuenta con numerosas palancas para presionar a Washington, no parece que su estrategia de amenazar a aliados y adversarios vaya a tener éxito.

Irán debe medir su estrategia si desea seguir contando con el apoyo de Rusia y China

Aunque cuenta con el apoyo de Rusia y China, el gobierno de Teherán debería medir su respuesta a las sanciones anunciadas por la Casa Blanca. El jefe del Estado Mayor iraní, el general Ali Abdollahi, advirtió el 21 de agosto que “Las fuerzas armadas de Irán responderán a las nuevas amenazas del enemigo con respuestas aplastantes, punitivas y devastadoras”. El bloqueo iraní del estrecho de Ormuz sirve como herramienta de presión a corto plazo, pero a largo podría ser contraproducente.

El secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Mohsen Rezaee, declaró el 22 de agosto que considerarían enemigos a los países vecinos que participaran en la guerra económica desatada por Estados Unidos, y añadió esta advertencia:  “No buscamos extender la guerra, pero si los países que rodean a Irán se unen a los estadounidenses en la guerra económica, atacaremos sus intereses”.

Irán amenaza a los países vecinos para que no se unan a la «guerra económica» de Estados Unidos. Anadolu Ajansi.

China no es partidaria de las guerras, como demuestra su propia historia de los últimos 40 años, durante los que no ha emprendido ninguna. China es partidaria del comercio, para lo que necesita paz. China también necesita el petróleo que fluía a través del estrecho de Ormuz. China no necesita un Irán desencadenado, que destruya las infraestructuras de los vecinos productores de petróleo.

El mundo tampoco respondería amablemente si Irán provocara la recesión calamitosa que traería un bloqueo prolongado el estrecho de Ormuz. Las simpatías que ahora despierta el gobierno de Teherán en amplios sectores, por su valentía a la hora de enfrentarse a Estados Unidos, se transformarían en lo contrario si un recorte drástico de la oferta de petróleo provocara alta inflación y una crisis alimentaria: los fertilizantes están estrechamente ligados a la industria petrolera.

Antes de lanzarse a destruir la infraestructura petrolera del Golfo Pérsico, el gobierno de Teherán debería tomar nota de los siguientes datos:

La deuda de Estados Unidos ha sobrepasado los 40 billones de dólares. Scott Bessent ha lanzado un programa para recomprar los bonos a 30 años antes de que maduren, con el objetivo de evitar que la rentabilidad de los bonos a 10 años sobrepase el 5%. El 21 de agosto estaba en el 4,73%. El 5% de interés es el umbral a partir del cual se considera que el sistema financiero está sometido a un fuerte estrés: aumenta los costes de endeudamiento para consumidores y empresas, provoca el desplome de las valoraciones bursátiles, dispara el coste de los intereses que han de pagarse por la deuda pública, y puede desestabilizar el sistema bancario.

Scott Bessent está «jugando con fuego». Fortune.

El economista Robin J. Brooks anunciaba que la devaluación del dólar había comenzado, establecía odiosas comparaciones con la trayectoria del yen, y advertía que Bessent estaba “jugando con fuego”. En el fondo, la recompra de deuda pública equivale a que el gobierno de Estados Unidos se preste dinero a sí mismo, dándole a la impresora, lo que necesariamente provoca un incremento de la inflación.

Fortune publicaba que Wall Street duda de que Bessent sea capaz de controlar el mercado de la deuda pública de Estados Unidos, que asciende a 32 billones de dólares, a lo que hay que añadir un déficit fiscal cercano a los dos billones de dólares. Teniendo en cuenta el currículum de Bessent, y sus recientes declaraciones, en las que dijo no comprender por qué el precio del petróleo estaba subiendo, a pesar de haber anunciado las sanciones a Irán, la falta de confianza de Wall Street en Bessent no es de extrañar.

Para seguir gozando del apoyo de Rusia y China, y de las simpatías del sur global, cabría aconsejar al gobierno de Teherán que sea cauto en su respuesta y que, preferiblemente, se siente a la puerta de su casa a esperar que pase el cadáver de su enemigo. Porque Donald Trump ha metido a Estados Unidos en una cazuela, donde se está cociendo en su propia salsa.

Groenlandia sintetiza la sumisión de Europa a Estados Unidos

6 de febrero de 2026

Dinamarca se congratula de no ser invadida por Estados Unidos

Después de que Donald Trump amenazara con tomar Groenlandia por la fuerza, el ministro de Asuntos Exteriores de Dinamarca se congratulaba de que Estados Unidos no invadiera una parte del territorio danés con estas palabras: “El día termina mejor que al principio. Celebramos que [Trump] haya descartado tomar Groenlandia por la fuerza y ​​haya puesto en pausa la guerra comercial”. Que es como decir qué bueno que es el señorito, que nos deja llamar a los caballos de tú.

Además de la auto humillación del ministro danés, la vejación a la soberanía danesa venía de la mano del holandés Mark Rutte. Trump le perdonaba la vida a Dinamarca porque había negociado con el secretario general de la OTAN “el marco de un acuerdo”, que el presidente estadounidense calificaba de “infinito”, dejando al margen al gobierno danés.

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Piratas y ladrones explotan su “orden basado en reglas”

23 de diciembre de 2025

Los hechos revelan la hipocresía de las élites occidentales

Los recientes asesinatos y actos de piratería cometidos en el Caribe por parte de Estados Unidos y la confiscación indefinida de los activos estatales rusos a manos de la Unión Europea ponen de manifiesto la hipocresía que late tras la pretensión de estos delincuentes internacionales de que el resto del mundo se adhiera al “orden basado en reglas” que afirman encarnar.

Antony Blinken, que ejerció como secretario de Estado con Joe Biden, definió el “orden basado en reglas” como “el sistema de leyes, acuerdos, principios e instituciones que el mundo se unió para construir después de dos guerras mundiales para gestionar las relaciones entre los estados, prevenir conflictos y defender los derechos de todas las personas”.

Walter Russell Mead, miembro del Hudson Institute, una de las cavernas del pensamiento neoconservador, se lamentaba en una columna en el Wall Street Journal de la “desintegración” del orden internacional basado en reglas, liderado por Estados Unidos. Ilustrada con una única fotografía, la de Putin, la columna repasaba la lista actualizada de villanos y se quejaba de que Washington y sus aliados no hicieran lo necesario para que los malvados respetaran esas “reglas”, a las que occidente se adhiere inequívocamente. Modo ironía activado.

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Europa recurre al belicismo, la censura y el autoritarismo para tapar su desastre estratégico

17 de noviembre de 2025

Las élites europeas pisotean los valores que afirman defender

Desde su inicio, los ideólogos de la guerra contra Rusia en Ucrania enmarcaron su embestida como un conflicto entre las democracias y el autoritarismo, encarnado por el nuevo malvado de turno, Vladímir Putin. Hoy en día, siguen haciéndolo, presentando al gobierno de Kiev como epítome de la defensa de la democracia, a pesar de todos los hechos en contra que lo desmienten: ilegalización de partidos, hipercontrol estatal de los medios de comunicación, y un lodazal de corrupción que apunta al entorno más próximo al propio Zelenski, que sigue aferrado al poder más allá del límite de su mandato, sin convocar elecciones.

Al peón todo se le permite. Para eso está poniendo, literalmente, toda la carne de sus compatriotas en el asador. Aquí empieza la traición de las élites europeas a los valores que afirman defender. Para sostener el relato del conflicto entre las democracias y los regímenes autoritarios, entre los que, aplicando un doble rasero, se añade a conveniencia a China, Corea del Norte o Irán, pero se excluye a las petromonarquías o a exterroristas aupados al poder, como Al Jolani en Siria, las élites europeas deberían velar por que Zelenski guardara medianamente las formas. No es el caso.

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