Las sanciones a Rusia meten a la Unión Europea en un callejón sin salida

Estamos en manos de inútiles. La comparecencia de Christine Lagarde, el 8 de septiembre en Frankfurt, vino a confirmarlo. Por un lado, la presidenta del Banco Central Europeo anunció una subida del tipo de interés de 75 puntos básicos (0,75%), advirtió que se producirían más incrementos en cada una de las próximas reuniones del Consejo de Gobierno del BCE y declaró que el objetivo es reducir la inflación, hasta dejarla en el 2%. Sin embargo, en la eurozona, la inflación depende en un 42% de la oferta, en un 15% de la demanda, y en un 43% de la energía. Las subidas de tipos de interés sólo pueden actuar deprimiendo la demanda y, en menor medida, la oferta. Pero en ningún caso las subidas de los tipos de interés podrán frenar los precios del gas y del petróleo, que dependen de factores fuera del alcance de la política monetaria del BCE.

Por otro lado, la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, anunciaba el 29 de agosto una intervención de emergencia en el mercado eléctrico y una reforma estructural. Se lo está tomando con calma. Esta vez, los Estados van a tener que salir al rescate de la ciudadanía, siquiera parcialmente, para que podamos pagar los recibos de la energía eléctrica, que han subido de forma desorbitada. En Bruselas se está discutiendo la manera de repartir esos costes entre los Estados y las compañías eléctricas y, a juzgar por el discurso de la presidenta de la Comisión del 14 de septiembre, el conejo está todavía dentro de la chistera, bastante mareado: von der Leyen no pasó de anunciar generalidades.

¿Cómo financiarían los Estados las ayudas a la ciudadanía? Pues, además de lo que pueda transferirles la Comisión Europea de lo que obtenga de las compañías eléctricas, moderando sus beneficios o a través de impuestos, que eso está por verse, la otra vía sería emitiendo deuda pública. ¿Y quién la compraría? ¿La banca privada? Difícilmente podría asumir esa cantidad, ni aunque tuviera voluntad de hacerlo, lo que está por ver. Entonces ¿quién queda? Efectivamente: el Banco Central Europeo.

Nos encontramos entonces con la siguiente contradicción: por una parte, el BCE sube los tipos de interés para intentar doblegar la inflación – un fenómeno que hasta hace poco consideraba transitorio – restringiendo la política monetaria. Y por otro lado, tras años inyectando liquidez a los mercados para paliar el parón de la economía motivado por la pandemia – es decir, imprimiendo moneda, lo que ha contribuido al incremento de la inflación – el BCE va a terminar dándole otra vez a la impresora. En definitiva: por un lado, le echo agua al fuego de la inflación, subiendo tipos y, por otro, le echo gasolina, asumiendo deuda pública de los Estados. ¿Qué puede salir mal?

En Estados Unidos el desbarajuste provocado por quienes detentan los puestos de más alta responsabilidad económica no pinta mejor. Desde que comenzó la pandemia, la Reserva Federal ha impreso más dinero que en toda la historia anterior del país. La anterior presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, al igual que su colega Christine Lagarde, se hartó de decir que la inflación era un fenómeno transitorio, por el que no había que preocuparse. Ahora Yellen es la Secretaria del Tesoro de Estados Unidos, reconoce que se equivocó y admite que la Reserva Federal va a necesitar gran habilidad, y mucha suerte, para conseguir un aterrizaje suave de la inflación, sin provocar una recesión por la subida de los tipos de interés. ¿Mucha suerte? Si los máximos responsables de la política monetaria en Estados Unidos están ligando su desempeño a la suerte, estamos apañados. Sobre su habilidad, vistos sus antecedentes, mejor no explayarse.

Las sanciones promovidas por Estados Unidos y acatadas con entusiasmo por los dirigentes europeos, sintetizan la ineptitud de los dirigentes occidentales. Los ejecutores de la Unión Europea nos han metido en un callejón sin salida por una simple razón: no existe en el mundo una alternativa, a corto plazo, a las fuentes energéticas que procedían de Rusia, próximas, abundantes y baratas, sobre las que se asentaba el modelo económico de esta península de Eurasia denominada Europa. Y de donde no hay, no se puede sacar.

Como los burócratas de Bruselas saben perfectamente que no se pueden sustituir los productos energéticos rusos con lo que pudieran aportar otros países, porque su producción no alcanza para hacerlo, nos están sorprendiendo con soluciones imaginativas para salir del atolladero en el que se han metido, en el que nos han metido. Hace tan solo una semana, Úrsula von der Leyen se mostraba entusiasmada con la nueva ocurrencia de Estados Unidos: poner un tope a los precios del petróleo ruso. Y lo estaba tanto que propuso hacer lo mismo con el gas. Una idea que no mencionó en su discurso sobre el estado de la Unión, vista la oposición de países como Alemania, Austria o la República Checa.

Los intentos de poner un tope a los precios del gas o del petróleo rusos tienen las mismas posibilidades de prosperar que las que tenemos nosotros cuando entramos a un bar a tomar un café y pretendemos decirle al camarero cuánto estamos dispuestos a pagar por el cortado, y exigimos que nos lo sirva a ese precio, y deprisita.

Los promotores de este disparate pretenden fijar un rango de precios al petróleo ruso entre 40 y 60 dólares por barril. La banda baja estaría cerca del coste de extracción en Rusia. ¿Cómo pretenden hacerlo? Aprovechando que la mayoría de las compañías aseguradoras son estadounidenses y británicas, plantean denegar el seguro a aquellos tanqueros que transporten crudo ruso por encima del precio tope fijado. Y aquí empiezan los problemas del dislate:

  • Las aseguradoras no tienen capacidad para fiscalizar el origen del crudo.
  • Existen serias dificultades para que los impulsores de la medida consigan averiguar si el petróleo transportado ha sido vendido por encima del tope, por mucho que se requieran atestados de la carga a los tanqueros. Siempre existe la posibilidad de usar un canal B para efectuar pagos complementarios, opacos a las inspecciones.
  • Las presiones y las trabas a la operación normal de aseguradoras y flotas tanqueras conseguirían que el precio del transporte marítimo de petróleo subiera, lo que repercutiría al alza en la cotización del barril.
  • Rusia es el segundo productor de petróleo del mundo y ya ha anunciado que no va a vender ni petróleo, ni gas, ni carbón, ni nada, a nadie que pretenda fijarle el precio al que va a comprar sus productos.
  • Para que el bombillazo funcionara, los topes deberían ser impuestos por una amplia mayoría de países, lo que no parece que vaya a ocurrir. En el caso de que esto sucediera, Rusia dejaría de vender a más Estados, con lo que habría menos petróleo en el mercado, y su precio se dispararía aún más.
  • India y China ya están comprando petróleo ruso y revendiéndolo a Europa, cobrándoles un sobrecoste.

Conclusión: incluso si la ocurrencia de la Casa Blanca, formalmente impulsada por el G7, tuviera éxito, lo cual no parece factible, sus consecuencias no serían la bajada de los precios del petróleo, sino una subida. Janet Yellen ha declarado que el objetivo del plan es aminorar la cantidad que Rusia percibe por las ventas de su petróleo, sin reducir la cantidad de petróleo disponible en el mercado. Los analistas, sin embargo, no creen en los unicornios. JP Morgan estima que, en el caso de que Rusia cortara el suministro de crudo, la subida sería “estratosférica”: alcanzaría los 380 dólares por barril.

Noruega es el segundo proveedor de gas a Europa, después de Rusia, y aporta un 25% del consumo europeo. Su primer ministro, Jonas Gahr Stoere, afirma que “Un precio máximo no resolvería el problema de fondo, que es que hay muy poco gas en Europa” y se ha declarado escéptico acerca de la posibilidad de implementarlo. 

El primer ministro noruego pone el foco acertadamente en la cuestión principal. Las sanciones tenían, supuestamente, el propósito de parar la guerra en Ucrania, cortando las fuentes de financiación a Rusia. Sin embargo, lo que está ocurriendo es que las sanciones han disparado el precio del petróleo y, sobre todo, del gas, por lo que Rusia está ingresando mucho más dinero que antes por este capítulo. Al desconectarse de las fuentes de energía que la venían alimentando desde hace décadas, la Unión Europea está cometiendo un suicidio económico, porque no existen alternativas para rellenar las carencias que sus decisiones políticas han ocasionado.

Como el asunto no tiene solución, o la solución que quizás tendría, poner fin a las sanciones a Rusia, es algo que en Bruselas ni se plantean – “las sanciones están aquí para quedarse”, von der Leyen dixit – los dirigentes europeos van como pollos sin cabeza. Para rematar su incompetencia, las ocurrencias, de llegarse a implantar, lo único que conseguirían sería empeorar, más aún, la situación crítica a la que han abocado a la Unión Europea, a la que van a sacrificar en el altar de los intereses geopolíticos de Estados Unidos, causando la ruina a la ciudadanía a la que, supuestamente, representan y cuyos intereses deberían defender a capa y espada.

El primer ministro de Bélgica, Alexander De Croo, ha advertido que «Unas cuantas semanas así y la economía europea se detendrá por completo”, alertando del riesgo de desindustrialización y de malestar social, a menos que se intervengan los mercados. Estamos asistiendo a un drenaje de la prosperidad en la Unión Europea, concluye De Croo. Espectacular, el resultado de las sanciones. ¿Cómo pretenden cambiar los dirigentes europeos la situación en “unas cuantas semanas”? ¿Van a sacar una varita mágica que hará brotar gas de las canteras?

Al menos, el belga no nos miente, a diferencia de Olaf Scholz, que declaró recientemente que Alemania está preparada para el corte del gas ruso, porque ha logrado alternativas energéticas al mismo. No es de la misma opinión el consejero delegado del Deutsche Bank, que piensa que es imposible evitar una recesión en Alemania, porque “el gas y la electricidad son escasos y extremadamente caros”. Los analistas de ING y Commerzbank coinciden con el diagnóstico: los 65.000 millones prometidos por Scholz no bastarán para evitar la recesión en Alemania

Tampoco es optimista Eurometaux, la asociación de productores de metales no ferrosos, que habla de una “crisis existencial” para el sector, a menos que se reduzcan los costes energéticos urgentemente. El sector del aluminio y el zinc ya ha reducido su capacidad en un 50% en Europa, ya que es una industria intensiva en el uso de electricidad. En el sector del acero, las cosas no están mejor. Este es el mapa de las plantas de acero inactivas actualmente en Europa, debido al incremento de los costes energéticos provocado por las sanciones a Rusia.

 

Por su parte, el consejero delegado de Uniper, la mayor importadora de gas ruso en Alemania, que ha precisado un rescate estatal de 15.000 millones de euros, avisa de que “lo peor está por llegar”

Ante este dantesco panorama, produce auténtico sonrojo tener que escuchar algunas propuestas, más propias de un concurso de disparates en un jardín de infancia que de adultos que ocupan puestos de la más alta responsabilidad. ¿Estos no eran los defensores del “libre mercado”? Ahora resulta que apuestan por “intervenir los mercados” y poner límites a los precios de los productos que otros venden. Úrsula von der Leyen ahora habla de la “subida vertiginosa de los precios de la electricidad que está poniendo al descubierto las limitaciones de nuestro actual diseño de mercado” (que) “estaba diseñado para circunstancias diferentes”. ¿Qué quiere decir que el modelo estaba diseñado “para circunstancias diferentes”?

Conviene recordar que estamos pagando la electricidad al precio más alto de todas las fuentes que intervienen en su producción: el orden de mérito, según el eufemismo de la Comisión Europea, artífice del esquema. Es como si fuéramos al súper, compráramos una berenjena, un litro de leche, un cartón de huevos y una botella de vino de reserva y pagáramos todo al precio del vino. Esta directiva europea es la que ha traído los famosos “beneficios caídos del cielo” a las compañías productoras de electricidad. ¿Que las circunstancias ahora sean diferentes quiere decir que, en ausencia de la guerra en Ucrania, a la Comisión Europea le parecía correcto que las eléctricas nos cobraran la leche a precio de vino del bueno? No es Rusia la que está manipulando nuestro mercado energético, como insiste von der Leyen, sino que fue la propia Comisión la que diseñó este sistema. ¿O acaso el brazo de Putin es tan largo como para redactar las directivas europeas? Rusia se está limitando a responder al castigo de las sanciones y al suministro de armas a Ucrania. ¿O alguien pensaba que se iba a quedar cruzada de brazos?

Según Nadia Calviño, en la Unión Europea hay “unanimidad” para desacoplar el precio del gas del de la electricidad. Y eso lo dijo el 26 de febrero. Si tan grave es la situación ¿a qué espera la Comisión Europea para hacerlo, en lugar de seguir dando largas al tema? Las compañías eléctricas nos siguen robando, amparadas en el “orden de mérito”, con la complicidad de la Comisión, que es quien tiene la potestad de proponer iniciativas legislativas.

Hablando del origen de las sanciones: la guerra en Ucrania. ¿No se supone que iban a servir para detenerla? Porque la guerra continúa y, con los vaivenes propios de toda contienda bélica, por el momento parece que la balanza se inclina hacia el lado ruso. Da la sensación de que las sanciones, en lugar de una herramienta para alcanzar un fin, se han convertido en un objetivo en sí mismas. Después de seis meses de guerra, está bastante claro que las sanciones no van a detener los planes que Rusia pueda tener en mente, pero sí están erosionando gravemente las condiciones de vida de la ciudadanía en la Unión Europea. Y el invierno aún está por llegar. El primer ministro belga declaraba que “Europa tiene cinco o diez inviernos muy duros por delante”. ¿Cinco o diez? No saben ni por dónde se andan. 

A todo esto, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, reconocía que la organización ofensiva lleva armando y entrenando al ejército de Ucrania desde 2014, cuando Estados Unidos promovió el golpe de Estado del Maidán. Para que luego digan que la invasión rusa de Ucrania ha sido “no provocada”.

Y para rematar, el mismo personaje escribía en el Financial Times que Europa tendrá que pagar un precio este invierno por su apoyo a Ucrania, pero matizaba que “lo que pagamos se cuenta en dólares, euros y libras, mientras que los ucranianos lo pagan con sus vidas”. ¿En qué lugar deja eso a Zelensky? La reciente contraofensiva del ejército de Ucrania ha sido planificada juntamente con oficiales estadounidenses, según recoge el New York Times, y el propio Secretario de Estado, Antony Blinken, ha declarado que la operación se ha visto beneficiada por el respaldo militar de Estados Unidos a Kiev.

A estas alturas, ¿a alguien le queda alguna duda de que Estados Unidos está librando una guerra proxy contra Rusia en el territorio de Ucrania, con la connivencia de su presidente? ¿Y qué tiene que ganar la Unión Europea en todo esto? Absolutamente nada. Ucrania está poniendo los muertos, y a la ciudadanía europea nos va a tocar poner la miseria, a mayor gloria de los intereses geopolíticos de Estados Unidos.

La Comisión Europea ya ha anunciado que va a proponer una reducción obligatoria del consumo eléctrico, en una franja entre tres y cuatro horas al día. En otras palabras: llega el racionamiento de la energía. Deberíamos preguntarnos cuál es la verdadera motivación que instiga a los dirigentes que se congregan en Bruselas, que declaran abiertamente que seguirán “apoyando” a Ucrania, digan lo que digan sus votantes, como acaba de hacer Annalena Baerbock, ministra de Asuntos Exteriores de Alemania.

 

 

2 comentarios

  1. Todos estos burócratas inútiles que sufrimos siguen con su marxismo versión Groucho, ese que cambia sus principios a conveniencia. Más o menos igual que sus amos estadounidenses. La grave contradicción se resuelve mejor de lo que a ellos les gustaría. Qué los Gobiernos intervengan en la economía de sus países cuando los abusos de las grandes corporaciones es lo lógico. Es algo que hasta la muy criticable Constitución Española reconoce. Pero ellos parece que solo quieren reconocerlo en casos tasados, como el de ahora, cuando temen una revuelta social por los altos precios o para aplicárselo a alguien externo en modo castigo, como ahora a Rusia. Pues no, deben intervenir siempre que haya abusos contra su población y desde luego es inútil y claramente contraproducente en casos como este que pretenden con Putin. En fin, sigo con el pesimismo

    1. Muchas gracias por comentar el artículo, Mik. Efectivamente, la doble moral, el doble rasero, la falta de principios son las señas de identidad de esos dirigentes que se olvidan rápidamente de para qué fueron elegidos, en cuanto llegan a ocupar posiciones de gobierno. Porque las de poder está claro que las ocupan otros, los que no se presentan nunca a las elecciones, porque no les hace falta. Motivos para el optimismo no nos dan, no.

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