6 de febrero de 2026
Dinamarca se congratula de no ser invadida por Estados Unidos
Después de que Donald Trump amenazara con tomar Groenlandia por la fuerza, el ministro de Asuntos Exteriores de Dinamarca se congratulaba de que Estados Unidos no invadiera una parte del territorio danés con estas palabras: “El día termina mejor que al principio. Celebramos que [Trump] haya descartado tomar Groenlandia por la fuerza y haya puesto en pausa la guerra comercial”. Que es como decir qué bueno que es el señorito, que nos deja llamar a los caballos de tú.
Además de la auto humillación del ministro danés, la vejación a la soberanía danesa venía de la mano del holandés Mark Rutte. Trump le perdonaba la vida a Dinamarca porque había negociado con el secretario general de la OTAN “el marco de un acuerdo”, que el presidente estadounidense calificaba de “infinito”, dejando al margen al gobierno danés.
Bloomberg apuntaba por dónde iban las líneas de ese “marco de un acuerdo”. Estados Unidos y Dinamarca firmaron un pacto en 1951, modificado en 2004, por el que Washington debe “consultar con e informar” a Dinamarca y a Groenlandia antes de acometer “cualquier cambio significativo a las operaciones militares o instalaciones en Groenlandia”. Pues bien, Estados Unidos se propone reescribir ese acuerdo de defensa con Dinamarca para eliminar cualquier límite a su presencia militar en Groenlandia.

Mapa del Ártico publicado por The Guardian, 19 de septiembre de 1952.
Donald Trump resumía con estas palabras el espíritu del acuerdo con Mark Rutte: «Podremos poner lo que necesitemos en Groenlandia porque así lo queremos. En esencia, es acceso total, sin límite de tiempo».
El acuerdo firmado entre Estados Unidos y Dinamarca en 1951 ya suponía una afrenta a la soberanía danesa. El pacto establecía la división futura de Groenlandia en zonas de defensa gestionadas conjuntamente, con la nacionalidad del comandante establecida mediante acuerdo. Sin embargo, de entrada, todas las zonas de defensa estaban bajo mando estadounidense. Graciosamente, Washington se avenía a que las fuerzas de defensa locales contaran con un comandante danés. El pacto permanecería en vigor mientras existiera la OTAN. Este acuerdo fue precedido por otro, firmado por el embajador danés en Estados Unidos en 1941, por el que Dinamarca concedía a Washington acceso a Groenlandia para proteger el territorio de los nazis.

Viñeta de Herbert L. Block, publicada en 1941.
Analistas daneses, citados por The New York Times, consideran que Estados Unidos podría expandir su presencia militar en la isla, limitada actualmente a una base, sin necesidad de modificar el pacto en vigor: “Estados Unidos tiene tanta libertad en Groenlandia que puede hacer prácticamente lo que quiera”, sostiene Mikkel Runge Olesen, del Instituto Danés para Investigaciones Internacionales.
Peter Ernstved Rasmussen, analista danés de defensa, opina que la modificación del acuerdo efectuada en 2004, por la que Estados Unidos debe consultar e informar a Dinamarca y Groenlandia de cambios significativos de su presencia en la isla, «Es una fórmula de cortesía. Si Estados Unidos quisiera actuar sin preguntar, podría simplemente informar a Dinamarca de que está construyendo una base, un aeródromo o un puerto».
A Donald Trump incluso esta laxitud en la redacción del acuerdo debe parecerle demasiado restrictiva, cuando ha desatado una ofensiva para hacerse con el control de la isla, hablando abiertamente de “poseerla”. El argumento de Trump es que no se defiende igual algo que posees, que si sólo eres el arrendatario. Además, se trata de adelantarse a China y a Rusia: si la isla es propiedad de Estados Unidos, sus rivales no podrán hacerse con ella. El caso es que el acuerdo “perpetuo” entre Trump y Rutte ha dejado a Europa sin respuestas, según titula el Financial Times.

El acuerdo «eterno» de Trump con Rutte sobre Groenlandia deja a Europa sin respuestas. Financial Times, 22 de enero de 2026.
Friedrich Merz dice que hay que defender a Groenlandia de Rusia
Aunque la primera ministra de Dinamarca llegó a hablar del “fin de la OTAN” en el caso de que Estados Unidos atacara Groenlandia, sus colegas europeos fueron mucho más tibios en sus declaraciones. Después de que Trump amenazara con hacerse con Groenlandia “por las buenas o por las malas”, la reacción de Antonio Costa, el presidente del Consejo Europeo, sólo puede calificarse de meliflua: “Creemos que las relaciones entre socios y aliados deben gestionarse de forma cordial y respetuosa”. A su lado, Úrsula von der Leyen calificaba de “exitosa” a la Unión Europea porque Trump se había avenido a no invadir la isla, hablando de firmeza y unidad, después de haber sido ninguneada en la negociación con Rutte.
La declaración conjunta de seis de los 27 miembros de la Unión Europea, junto al Reino Unido, que ha regresado de facto al club europeo merced a la guerra en Ucrania, demostraba que la unidad pretendida por la reina de Bruselas no era tal. Para no enfadar a papaíto, la declaración se abstenía de criticar a Estados Unidos, a quien calificaba de “aliado”, y entraba de lleno en el marco fijado por Trump: la importancia de defender la seguridad en el Ártico frente a los “adversarios”. La declaración fue firmada por Mette Frederiksen: la primera ministra danesa bajaba el pistón al asumir la moderada respuesta europea.

Publicación en X de Kaja Kallas.
Ante las amenazas, posteriormente retiradas, de Donald Trump de imponer aranceles a los países europeos si no se alcanzaba un acuerdo sobre Groenlandia, la inefable Kaja Kallas, sin mencionar a Estados Unidos, se mostraba muy preocupada, porque Rusia y China debían de estar de fiesta ante las desavenencias entre aliados. La estonia calificaba de “disputa” la pretensión de Trump de hacerse con dos millones de kilómetros cuadrados de un país de la Unión Europea, y aprovechaba para pedir que la “disputa” no nos distrajera de su fijación: Rusia y la guerra en Ucrania.
Pero quien entró de lleno en el marco de Donald Trump fue Friedrich Merz. En el Foro de Davos, el canciller alemán, después de tirar de eufemismo para describir la pretensión de Trump de hacerse con la isla – “Estados Unidos ha exigido vehementemente una mayor influencia en Groenlandia” –, Merz afirmó sin ruborizarse que “Celebramos que Estados Unidos se tome en serio la amenaza que representa Rusia en el Ártico”.
Europa tiene pánico a que Trump le deje colgada en Ucrania
El nivel de genuflexión de las élites europeas ante Donald Trump tiene una sencilla explicación. Los europeos tienen pánico a que Estados Unidos les deje colgando de la brocha en Ucrania. Desde que Trump recibió a Putin en Alaska, aplaudiéndole sobre una alfombra roja, las conversaciones que están teniendo lugar entre ambos presidentes, y miembros de sus equipos, tienen sobre ascuas a las élites europeas.
El peor escenario para los burócratas de Bruselas, y demás capitales europeas, es que Estados Unidos y Rusia lleguen a una entente más o menos cordial, a raíz de la cual Trump dé un carpetazo a la implicación de Washington en la guerra en Ucrania, y les deje la papeleta a los europeos. Esta posibilidad constituye una auténtica pesadilla, porque las élites eurocráticas son conscientes de la incapacidad material de Europa para hacer frente a la situación que tan temerariamente han contribuido a crear en Ucrania.
La apuesta les salió mal, algo que se niegan a reconocer, por lo que su estrategia radica en aumentar la escalada contra Rusia, buscando provocar un ataque de Moscú contra algún miembro de la OTAN, que obligue a Estados Unidos a implicarse de lleno en el conflicto. Las ominosas implicaciones de este proceder les traen sin cuidado a las élites europeas, que ya han demostrado sobradamente que lo único que les importa es mantener su estatus, mientras tratan de incrementar su poder, concentrándolo aún más en menos manos. Los intereses de la ciudadanía que deberían proteger se la traen al pairo, cuando no trabajan denodadamente para socavarlos, con tal de proteger los suyos.
Mario Draghi se ha pronunciado de manera contundente en esta línea. Europa debe convertirse en una “auténtica federación” para evitar convertirse en “subordinada, dividida y desindustrializada”. Sin embargo, Draghi se equivoca al identificar las causas del declive europeo. La solución a los problemas de Europa jamás vendrá de quienes los han provocado, porque no sólo se niegan a reconocer que han sido sus políticas las que los han causado, sino que insisten en redoblarlas.

La UE debe convertirse en una “federación genuina” para evitar la desindustrialización y el declive, dice Draghi. Euronews, 2 de febrero de 2026.
La Unión Europea está preparando el paquete de sanciones número veinte contra Rusia, y pretende implementarlo el 24 de febrero, fecha que marcará el cuarto aniversario del inicio de la guerra: señal de que los diecinueve anteriores han sido un rotundo fracaso, como demuestra el hecho de que el conflicto armado continúa.
Draghi evita reconocer que la principal causa de la desindustrialización de Europa radica en la decisión de prescindir de las fuentes de energía próximas, baratas y accesibles que han alimentado la economía europea desde hace décadas, procedentes de Rusia, para sustituirlas por la dependencia de Estados Unidos, en el caso del gas natural licuado, mucho más caro, y el recurso a intermediarios – léase la India – para seguir comprando petróleo ruso, pagando un sobreprecio. Simultáneamente, las élites europeas le han proporcionado a Donald Trump una palanca adicional con la que apretar al viejo continente. Este es el nivel de inteligencia política de las élites europeas.

A medida que crece la dependencia de Europa del gas natural estadounidense, también crece la ventaja de Trump. New York Times, 26 de enero de 2026.
Draghi también yerra con el diagnóstico: la solución no puede consistir en la centralización burocratizada, que es el objetivo último tras el maquillaje de la “auténtica federación” que propone. Como he recogido reiteradamente en este blog, el propósito de los eurócratas de Bruselas es el de anular la soberanía de los estados miembros para sustituirla por la federalización centralizada que propone Draghi.
A Úrsula von der Leyen y su séquito les molesta que las decisiones en política exterior deban tomarse por unanimidad. Por eso han propuesto repetidamente sustituir ese mecanismo por otro que les permita imponer sus dictados mediante una “mayoría cualificada”, aunque perjudiquen los intereses nacionales de algunos miembros de la Unión Europea. No les importa cortar los flujos energéticos, o provocar costes demenciales en el abastecimiento, si eso les posibilita implementar su agenda geopolítica, ciegos ante su evidente fracaso.
La decisión de prohibir la compra de gas ruso de todo tipo en 2027 no fue tomada por unanimidad, sino que fue diseñada para que pudiera adoptarse por una “mayoría reforzada”. Aunque se trata claramente de una medida de política exterior, fue presentada por la Comisión apoyándose en legislación relativa al comercio y la energía, para sortear el veto de Hungría y Eslovaquia, que se oponían. Sus sistemas energéticos y su situación geográfica dificultan enormemente sustituir las importaciones de gas y petróleo rusos por otros proveedores, por no hablar del encarecimiento que les supondría.
Este es el “orden basado en reglas” de quienes no dudan en saltárselas para imponer sus agendas, aunque provoquen la ruina de dos países de la Unión Europea: sus votos en contra fueron ignorados, y la prensa se ha hartado de calificar a Fico y Orbán de “aliados de Putin” por proteger sus intereses nacionales y oponerse a la guerra contra Rusia, denunciando los riesgos de que la contienda se extienda por todo el continente. Un peligro que las élites burocratizadas no sólo ignoran, sino que hacen todo lo posible por que se materialice, si así consiguen mantener sus desquiciados propósitos de infligir una derrota estratégica a Rusia.
Dinamarca da argumentos a Trump para reclamar Groenlandia
Las contradicciones de las élites europeas son constantes. Después de haber prescindido de la energía nuclear por los riesgos que presentaba, Alemania discute ahora la posibilidad de participar en un “paraguas nuclear” de ámbito europeo. La energía nuclear de uso civil le parece peligrosa, pero no tiene óbice en arrimarse a su uso militar.
En la misma órbita de contradicciones, Dinamarca se queja ahora de la pretensión de Trump de adueñarse de dos millones largos de kilómetros cuadrados de su territorio, después de que un informe de inteligencia danés, publicado en diciembre de 2025, le pusiera en bandeja al estadounidense sus reivindicaciones.
El informe advertía de que “China se prepara para una presencia militar en el Ártico” y que “los intereses árticos a largo plazo de China incluyen Groenlandia”, destacando las supuestas actividades aéreas, marítimas y submarinas del gigante asiático en el Ártico. Adicionalmente, el documento avisaba del incremento de la cooperación de Rusia y China en la región septentrional.

El GIUK Gap (hueco). Ilustración: Intelligence Outlook 2025.
La inteligencia danesa también advertía de que Rusia estaba monitoreando y cartografiando las aguas entre Groenlandia, Islandia, las Islas Feroe y el Reino Unido como parte de los preparativos para una posible confrontación con la OTAN, porque “para Rusia, las aguas entre Groenlandia, Islandia, las Islas Feroe y el Reino Unido – el llamado GIUK Gap – constituyen la principal vía marítima de entrada y salida del Ártico. Por lo tanto, el GIUK Gap es vital para Rusia en caso de un conflicto armado con la OTAN”.
Donald Trump cogió al vuelo el informe danés. Publicó en su red social un enlace a la noticia que daba cuenta del documento, restregándole a Dinamarca su alarma por los planes de Rusia y China para el Ártico y Groenlandia, y las escasas fuerzas que destinaba a proteger el territorio: “dos trineos de perros”. Sólo Estados Unidos era capaz de defender la isla.
Continuando con las contradicciones europeas, varios diplomáticos nórdicos rebajaban considerablemente el nivel de alarma que presentaba el informe de inteligencia danés: “Esa idea de que las aguas que rodean Groenlandia están repletas de barcos o submarinos rusos y chinos es simplemente falsa. Están en el Ártico, sí, pero en el lado ruso”, declaraba uno de los diplomáticos al Financial Times.
Rasmus Jarlov, el presidente del Comité de Defensa del Parlamento de Dinamarca, refutaba la supuesta amenaza de China y Rusia en el Ártico que también alimentaba Velina Tchakárova, una consultora en geopolítica: “Soy el jefe del comité de defensa de Dinamarca. Mi trabajo es supervisar la seguridad en Groenlandia y obtengo toda la información relevante al respecto. Les aseguro que sus fantasías sobre una gran amenaza de China y Rusia contra Groenlandia son delirantes. Ustedes son la amenaza, no ellos”.
Lin Jian, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, también rechazaba las alegaciones de Trump de que las aguas de Groenlandia estaban cubiertas de barcos chinos: “Instamos a Estados Unidos a que deje de utilizar la llamada “amenaza china” como pretexto para buscar beneficios egoístas”.
¿Y si todo fuera teatro?
Bien pudiera ser que, como afirma el periodista Thomas Fazi, estuviéramos asistiendo a “una clásica maniobra de policía malo y policía bueno diseñada para lograr el objetivo ancestral de militarizar Groenlandia”. Si utilizamos el modelo de la ventana de Overton, un concepto de comunicación política creado por Joseph Overton, se trataría de convertir una idea impensable en aceptable, incluso popular, hasta plasmarla en una medida política concreta. En este caso, el reto estriba en hacerlo muy rápidamente, contrariamente a lo habitual cuando se proponen cambios políticos de calado.

Ventana de Overton.
El esquema sería el siguiente: de entrada, se plantea la invasión de Estados Unidos a un territorio de otro miembro de la OTAN: impensable. Es el peor escenario posible. Luego, se presenta una solución alternativa: bajamos un escalón, hasta lo radical. Es el “marco de un acuerdo” al que llegan Trump y Rutte. Nos encontramos al secretario general de la OTAN ninguneando a un país miembro, presuntamente negociando sobre su soberanía. Lo que sigue levantando ampollas, pero menos que una invasión.
En este estadio, los medios encargados de manufacturar el consentimiento comienzan a filtrar posibilidades de lo que incluye ese acuerdo: Trump ha renunciado a “poseer” Groenlandia, y se descarta que pretenda hacerse con la soberanía de toda la isla, excepto en los territorios donde se instalen sus bases militares, donde sería estadounidense.

Cómo las bases británicas en Chipre podrían ser un modelo para el acuerdo de Trump sobre Groenlandia. New York Times, 22 de enero de 2026.
Se elige un modelo que ya funciona entre países occidentales, el de las bases del Reino Unido en Chipre, siguiendo una lógica colonial, de larga tradición europea. El territorio de las bases británicas en Chipre es de soberanía británica, como consecuencia de la “concesión” de la independencia a la colonia. Ni siquiera forma parte de la Unión Europea, aunque Chipre sí pertenece al club. En las bases aplican las leyes británicas. El patrón ya existe, y está servido.
El Reino Unido comenzó pagando a Chipre por el uso del territorio donde se asientan las bases, otra de las posibilidades que sugirió Estados Unidos para hacerse con el control de la isla: comprarla. Así lo dijo Marco Rubio, atribuyendo además a Donald Trump una idea que sigue siendo inaceptable para la opinión pública europea, sobre todo la danesa, pero para la que ya existe un precedente en Europa. Por cierto, el Reino Unido sólo pagó el canon a Chipre durante cinco años, luego dejó de hacerlo.
Bajamos un escalón más hasta lo aceptable: los dirigentes europeos abrazan sin reparos el marco de la necesidad de proteger a Groenlandia de la “amenaza” de Rusia y China: “Todo es negociable, menos la soberanía”, concede la primera ministra danesa, aliviada porque Trump ha renunciado a invadir la isla, y porque el secretario general de la OTAN le ha informado que el acuerdo respeta la soberanía danesa sobre la isla. Volvemos a tutear a los caballos…
Como los ánimos están muy calientes, el tema de Groenlandia desaparece de los medios. Es necesario dar un tiempo a la opinión pública para que vaya enfriándose, e interiorizando las posibilidades que se le presentan. Aunque siguen siendo radicales, ya no son impensables: todo es negociable, por lo que entramos en el terreno de lo aceptable.
Probablemente los europeos crean que por aceptar el control estadounidense de Groenlandia y su militarización, aunque sea usando la mascarada de la OTAN, para frenar la “amenaza” de China y Rusia, Trump no les va a dejar colgando de la brocha en Ucrania. Se equivocan de plano si piensan que Trump va a priorizar la relación con quien considera, con razón, sus vasallos, a la posibilidad de llegar a determinadas componendas con Moscú. Europa cederá el control de Groenlandia a Estados Unidos, lo que no evitará que Washington le encasquete la papeleta en Ucrania, si eso es lo que le conviene a Trump, independientemente de las consecuencias para los europeos.
Aunque está por ver en qué quedan las conversaciones que están manteniendo la Casa Blanca y el Kremlin; cómo acaba este aparente intento de acercamiento; si es realmente sincero por parte de Trump; si éste es capaz de resistir las presiones de los neoconservadores, y si los rusos consideran que los estadounidenses se han vuelto fiables, lo que ya es mucho decir, una cosa está clara: los europeos seguirán siendo vasallos de Estados Unidos mientras permanezcan en el marco de la OTAN.

Las naciones europeas no pueden ser soberanas dentro de la OTAN. The Telegraph, 1 de febrero de 2026.
La OTAN no va a desaparecer tras este último episodio de aparente crisis entre sus miembros. Estados Unidos necesita a Europa para proyectar poder en el continente euroasiático, desde su espléndido aislamiento al otro lado del Atlántico. Y la herramienta para someter al viejo continente se llama OTAN. El rifirrafe teatralizado en torno a Groenlandia es simplemente una maniobra para extender los territorios bajo el dominio de su patrón, Estados Unidos, con el propósito de aumentar su presencia en el Ártico, con la finalidad última de obtener una mejor posición desde la que negociar con Rusia el reparto de las zonas de influencia, en el que están enfrascadas ambas potencias.
Si dicha negociación tendrá resultados o no, está por verse. La reciente caducidad del tratado New START para limitar las armas nucleares y la advertencia de Rusia de que responderá “con medidas técnicas y militares” si Estados Unidos opta por desplegar determinadas armas en Groenlandia anticipa convulsiones en estos tiempos de guerra no tan fría que estamos viviendo.