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Por qué las sanciones a Rusia no detendrán la guerra en Ucrania, pero sí dañan la economía global

“Las sanciones son una gran parte de la estrategia de Estados Unidos. No es probable que derroten a Rusia, pero es probable que impongan altos costos en todo el mundo”. La frase no corresponde a ningún portavoz alineado con el Kremlin, sino que forma parte de un reciente artículo de Jeffrey Sachs en el sitio web de la CNN, un medio de claras simpatías por el Partido Demócrata. Este economista, formado en Harvard, fue uno de los ideólogos del proceso de privatización – ¿o habría que denominarlo saqueo? – que el Fondo Monetario Internacional implementó en Rusia durante el mandato de Boris Yeltsin. Que uno de los intelectuales estadounidenses más reputados se explaye contra las sanciones impulsadas por su propio país, seguidas ciegamente por la Unión Europea, y lo haga además en la CNN, significa que se empiezan a abrir grietas en el muro del relato que presentan los medios de comunicación occidentales.

Jeffrey Sachs enumera las causas por las que las sanciones no sólo no van a conseguir su presunto objetivo, detener la guerra en Ucrania, sino que, unidas al suministro masivo de armas al país invadido, están empujando a Rusia hacia una escalada que podría incitarle a hacer uso de armamento nuclear.

Estos son los problemas que presenta la estrategia diseñada por Estados Unidos, según el economista de Harvard. Unos inconvenientes que, como veremos más adelante, también son subrayados por The Economist, otro medio poco sospechoso de simpatizar con Putin:

  1. Las sanciones no funcionan como herramienta para cambiar las políticas de determinados países, por mucho daño económico que les causen. Ahí tenemos los ejemplos de Cuba, Corea del Norte o Irán, todos ellos sometidos a férreas sanciones y que, partiendo de realidades económicas y políticas muy dispares, han continuado por sus respectivas sendas.
  2. Existen métodos para evadir unas sanciones que son más efectivas cuando se aplican a transacciones denominadas en dólares. Tanto Rusia como los países con los que sigue comerciando están implantando vías de pago a través de otras divisas. Lo que unido a la decisión de confiscar la mitad de los activos de Rusia depositados en bancos occidentales está contribuyendo a socavar el poder del dólar.
  3. La mayoría de los países del mundo ha rechazado subirse al carro estadounidense de las sanciones. Según Sachs, la población conjunta de los estados que las aplican es de sólo el 14% de la mundial.
  4. El efecto bumerán es otro de los problemas que presentan las sanciones que pretenden, supuestamente, destruir la economía rusa para forzar a Putin a detener la guerra. Jeffrey Sachs alerta de lo obvio: las sanciones van a dañar a toda la economía mundial, provocarán interrupciones en la cadena de suministro, aumentarán la inflación, que ya venía disparada, y ocasionarán escasez de alimentos.
  5. La falta de elasticidad de la demanda de productos energéticos y alimenticios provenientes de Rusia llevará a un incremento de los precios de estas materias primas, lo que puede redundar en que, aun vendiendo menos, Rusia obtenga un mayor beneficio.
  6. El último problema que generan las sanciones, pero no el menos importante, es geopolítico. Hay muchos países, entre ellos China, que ven la guerra como la plasmación de la resistencia rusa a la ampliación de la OTAN hasta Ucrania, y que consideran legítimos los intereses de seguridad rusos que se estarían ventilando en esta contienda, tras haberse negado Estados Unidos, y la propia OTAN, a abrir una negociación sobre las propuestas de Rusia de diciembre pasado.

Después de esta crítica a la estrategia de las sanciones, y tras poner en solfa el carácter supuestamente defensivo de la OTAN, las conclusiones de Jeffrey Sachs resultan obvias: la única manera de parar la guerra es negociar con Rusia un acuerdo de paz, que incluya la garantía de que Ucrania no ingresará en la OTAN. Por muy difícil que esto pueda resultar, dadas las posiciones de los contendientes de la guerra proxy sobre suelo ucraniano, hay que intentarlo con todas las fuerzas, porque no queda otra, concluye Sachs.

Otra publicación nada sospechosa de connivencia con el Kremlin, The Economist, titulaba el 16 de abril: Por qué gran parte del mundo no hará frente a Rusia. Ilustrado con una foto en la que Vladimir Putin y Narendra Modi, primer ministro de la India, se saludan con efusividad, el artículo adelantaba los motivos bajo el titular: “El aumento de los precios de los alimentos y una historia de hipocresía y egoísmo occidentales no están ayudando”. En el desarrollo de la segunda causa, The Economist subraya que Occidente está obsesionado por un conflicto europeo que no representa una preocupación global, “mientras minimiza o ignora los abusos de derechos humanos en otros lugares”. El doble rasero que está aplicando Occidente en el caso de Ucrania resulta flagrante y sus preocupaciones, “egoístas e hipócritas”, sobre todo cuando se compara “la bienvenida cálida de Europa a los refugiados europeos, comparada con la que fue concedida a los refugiados sirios”. Dada la uniformidad que presentan en su argumentario, parece mentira que estemos leyendo a un medio de comunicación occidental, además de los más influyentes. Otra grieta en el muro, que suena a aviso a navegantes.

Fuente: The Economist.

Para tener alguna oportunidad de ser efectivas, las sanciones contra Rusia deberían ser adoptadas de manera si no unánime, algo harto improbable, sí al menos mayoritaria. Pero no es el caso. Las refinerías estatales de la India acaban de anunciar que comprarán la mayor cantidad de petróleo ruso posible, después de haber adquirido ya más de 15 millones de barriles desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania. Además, lo están adquiriendo con un descuento de entre 10 y 15 dólares por barril sobre el precio de referencia del mercado.

China ya ha declarado, en boca de su presidente, Xi Jinping, que “ampliar las sanciones pondría en riesgo la economía mundial, el orden y el bienestar público”. En su conversación con Joe Biden, Xi Jinping le espetó que las sanciones sólo conseguirían que la gente sufriera. Tales medidas solo harán que la crisis dure aún más, romperán las reglas y el orden internacional, empeorarán los medios de subsistencia de las personas y agravarán la tragedia humanitaria, según fuentes oficiales chinas.

Brasil es la primera economía de América Latina y su ministro de Economía, Paulo Guedes, afirmó recientemente que “Estamos contra la guerra y contra las consecuencias económicas de la guerra, que son las sanciones”, al mismo tiempo que se pronunciaba en contra de excluir a Rusia del G-20, tal y como propuso Joe Biden en una reciente visita a Bruselas.

Argentina es la segunda economía de América Latina, en términos de PIB por poder adquisitivo. Pues bien, su ministro de Asuntos Exteriores, Santiago Cafiero, declaraba recientemente que “lo que Argentina busca y propone es una vuelta al diálogo, pacificar la situación, y honestamente no creemos que repartir sanciones o bloqueos vaya a ser productivo para que se impongan la paz, el diálogo y la negociación diplomática”.

Sudáfrica, por su parte, se abstuvo en la votación de la Asamblea General de la ONU, celebrada el 2 de marzo, en la que la mayoría de los países participantes aprobó una resolución condenatoria de la invasión rusa de Ucrania, pero que contó con 5 votos en contra y 35 abstenciones.

Las sanciones a Rusia lo único que van a conseguir es que el Kremlin bascule hacia Oriente y el resto del mundo. Es lo que ha advertido el Fondo Monetario Internacional en su último informe: la guerra en Ucrania, y sus consecuencias, va a producir un desacople en la aldea global, una escisión en dos bloques. Por una parte, el occidental, formado por Estados Unidos y la Unión Europea, y por otra, el oriental, liderado por China en el terreno tecnológico, empresarial y productivo, con Rusia como socio principal. Pero las sanciones no van a conseguir que Rusia detenga su invasión, porque le queda mucho mundo con quien comerciar.

El periódico británico The Guardian también publicaba un editorial sobre el efecto que las sanciones a Rusia tendrán sobre otros países, especialmente los más pobres. Haciéndose eco de una publicación de UNCTAD, la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, el diario recogía las advertencias de este organismo acerca de las consecuencias de la guerra y de las restricciones en el comercio, provocada por las sanciones, en los países en desarrollo: un “malestar social profundo” y “una espiral descendente de insolvencia, recesión y desarrollo detenido”. En la primera frase de su informe, la UNCTAD, al igual que Jeffrey Sachs, se pronuncia a favor de la consecución de un acuerdo de paz en Ucrania. En relación con las sanciones a Rusia, el informe subraya específicamente que, aunque “no han desencadenado inmediatamente una crisis financiera internacional o efectos de contagio que indicarían una crisis para los mercados emergentes, esto no se puede descartar”.

La visión de The Guardian sobre el cerco de las sanciones: el dolor se siente mucho más allá de Rusia.

El informe de UNCTAD también alerta sobre el efecto disruptivo de las sanciones en la economía de Alemania, y añade que el anunciado incremento en el gasto militar sólo supondrá “una adición moderada a la demanda agregada”. El Bundesbank ya ha advertido de que un embargo a la energía rusa sumiría a Alemania en una recesión. De momento, el gobierno alemán va a solicitar un crédito de 40.000 millones de euros para paliar los problemas económicos derivados del suministro de armas a Ucrania y del incremento de los precios de la energía. El ministro de Finanzas alemán, Christian Lindner, advirtió de una “pérdida de prosperidad” como consecuencia de la guerra en Ucrania y las sanciones “sin precedentes” impuestas a Rusia.

En este contexto, el ajuste monetario anunciado por el Banco Central Europeo debilitará aún más el crecimiento del consumo y la inversión. En resumen, según UNCTAD, “La economía global está, literal y metafóricamente, mirando por el cañón de un arma”.

El ministro de Finanzas de Austria, Magnus Brunner, ha resumido en una frase el absurdo que representan las sanciones que conllevan un efecto bumerán: “Si una sanción te golpea más que al [país que era] objetivo de la sanción, creo que no tiene mucho sentido”. En la misma línea se pronunció el canciller austriaco, Karl Nehammer, cuando afirmó que es imposible en estos momentos rechazar las importaciones de gas ruso, y que la Unión Europea debía centrarse en sanciones que perjudiquen más a Rusia que al bloque.

Alemania, Austria, Hungría y Bulgaria ya han señalado que no van a renunciar a seguir importando gas de Rusia, ya que sus industrias necesitan dicha materia prima para funcionar. Las decisiones en estos asuntos han de tomarse por unanimidad en el Consejo Europeo, por lo que, ante la falta de ella, al Consejo no le ha quedado otra que dejar a cada Estado que decida cuál va a ser su posición sobre el embargo a las materias primas energéticas procedentes de Rusia, solicitado por el Parlamento Europeo.

El consorcio europeo Airbus también ha solicitado eximir al titanio, un metal estratégico para la industria aeronáutica, de los productos incluidos en las sanciones a Rusia. El argumento es similar al esgrimido por Austria: prohibir la importación de titanio dañaría al constructor de aviones europeos, mientras que apenas lo haría a Rusia.

Las sanciones dirigidas a dañar la economía rusa no sólo pueden tener un efecto bumerán, sino que pueden provocar el efecto contrario al que buscan: incrementar los beneficios del país que buscan dañar. Pongamos un ejemplo: la desconexión de Visa y Mastercard de sus tarjetas de crédito en Rusia. Esto ya ocurrió en 2014, por lo que Rusia implementó un Sistema Nacional de Tarjetas de Pago, conocido por sus iniciales NSPK. Visa y Mastercard se sumaron al sistema. En 2015, Rusia forzó el uso de tarjetas Mir basadas en el sistema NSPK. Esas tarjetas no utilizan el sistema de pago de Estados Unidos. Como consecuencia de las sanciones de Visa y Mastercard, en esa ocasión el banco central de Rusia recaudó 8.200 millones de rublos en ganancias netas, o alrededor de 94 millones de dólares al tipo de cambio actual. Rusia, en realidad, se benefició del supuesto castigo a su economía. En la actualidad, los bancos rusos están estudiando emitir tarjetas utilizando el sistema chino Union Pay, de manera coordinada con el sistema ruso Mir, por lo que serán los propios bancos rusos y chinos, en vez de los estadounidenses, quienes se lleven las comisiones de las tarjetas. Desde que cortó sus operaciones en Rusia a raíz de la invasión, VISA ha perdido 60 millones de euros en ese mercado, así como un 4% de sus ingresos. 

Otro de los problemas de las sanciones, como recordaba Jeffrey Sachs, es que existen métodos para sortearlas. El petróleo que sale de los puertos rusos se envía cada vez más bajo la etiqueta “Destino desconocido”. En lo que va de abril, se cargaron más de 11,1 millones de barriles en petroleros sin una ruta planificada, más que a cualquier país. Antes de la invasión rusa de Ucrania, esa cifra era próxima a cero. El uso de la etiqueta de “destino desconocido” es una señal de que el petróleo se transporta a barcos más grandes en el mar, donde el crudo ruso se mezcla con el que ya trae el barco, lo que difumina su procedencia. Esta es una práctica que ya ha sido utilizada por otros países objeto de sanciones por parte de Estados Unidos, como Irán y Venezuela.

Además, desde que comenzó abril, las exportaciones de petróleo desde puertos rusos con destino a países de la Unión Europea han aumentado a un promedio de 1,6 millones de barriles diarios.

Fuente: TankerTrackers.com reproducido en Mishtalk.com

Sintetizando lo expuesto hasta ahora, si parece claro que las sanciones presentan más problemas que soluciones y no van a servir para detener la guerra en Ucrania, ¿de dónde surge tanto interés por parte de Estados Unidos en implementarlas, presionando a lo largo y ancho del mundo a todos quienes se niegan para que lo hagan? Quizás se trate de que el objetivo de las sanciones no sea tanto detener la guerra en Ucrania, un conflicto que Estados Unidos está alimentando con el suministro continuo y en ascenso de armamento, sino que lo que se esté buscando es otra cosa: debilitar a Europa en su conjunto, así como impedir el buen entendimiento entre dos vecinos geográficos y complementarios, estratégicamente hablando: Rusia y la Unión Europea.

Viene al caso una frase que pronunció el presidente de Estados Unidos en 1941, Harry Truman, quien ordenó posteriormente el bombardeo atómico contra Hiroshima y Nagasaki, en relación con el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial: «Si vemos que Alemania está ganando, debemos ayudar a Rusia, y si Rusia está ganando, debemos ayudar a Alemania, y así dejar que maten a la mayor cantidad posible, aunque no quiero ver a Hitler victorioso bajo ninguna circunstancia».

Una frase que debería incitarnos a reflexionar frente al relato monolítico con el que nos bombardean a diario los medios de comunicación hegemónicos, con contadas excepciones.

El primer ministro de Pakistán es depuesto tras visitar a Putin

La visita al Kremlin le ha costado el puesto al primer ministro pakistaní. El 11 de abril, 18 días después de su viaje a Moscú, Imran Khan era derribado a través de una moción de censura. Un proceso rodeado de polémica por la presunta intervención de Estados Unidos. El político, líder del PTI – Movimiento por la Justicia en Pakistán – había decidido mantener la reunión que tenía prevista con Vladimir Putin, dentro de una agenda de trabajo de dos días en Moscú, que coincidió en su segundo día con la invasión rusa de Ucrania, el 24 de febrero.

Durante su visita a Moscú, Imran Khan declaró que «Esta [crisis de Ucrania] no nos concierne. Tenemos una relación bilateral con Rusia y realmente queremos fortalecerla. Lo que queremos hacer es no formar parte de ningún bloque». Pakistán también mantiene relaciones militares con Ucrania e importa grandes cantidades de trigo ucraniano.

Fuente: Financial Times. Fotografía: Reuters.

En las reuniones bilaterales de trabajo, uno de los aspectos fundamentales fue la energía. El ministro de Finanzas, Shaukat Tarin, le dijo al Financial Times que un acuerdo con Rusia para construir el gaseoducto Pakistan Stream «está casi cerrado». El gaseoducto conectaría la ciudad portuaria de Karachi, donde Pakistán recibiría gas natural licuado (GNL) para trasportarlo luego a Kasur, en el Punjab. El coste de la obra asciende a 2.500 millones de dólares y sería ejecutada por empresas rusas. Además del beneficio obtenido por construir el conducto, Rusia abriría una vía adicional de distribución para el GNL que Pakistán ya recibe de Qatar y otros países de Oriente Medio. Esto supondría un incentivo para que ese flujo hacia Pakistán aumentara, en lugar de hacerlo hacia otros mercados, como la Unión Europea.

Pakistán está interesado en otros dos proyectos energéticos significativos. El primero, la construcción de un oleoducto desde Irán, que se ha visto obstruido como consecuencia de las sanciones que Estados Unidos impuso a Teherán. Taponada esa vía por el momento, Pakistán se ha vuelto hacia otro proyecto, el TAPI: un gasoducto que uniría Turkmenistan, Afghanistan, Pakistan y la India, con un coste de 10.000 millones de dólares. Una infraestructura que comenzó a construirse en 2015 en el país de origen, pero que ha sufrido constantes retrasos debido a la guerra en Afganistán. Rusia ya ha anunciado su interés en participar en su construcción. 

Imran Khan asumió el poder en 2018, cuando el PTI fue la fuerza más votada en las elecciones legislativas, pero, a falta de mayoría absoluta en el parlamento, tuvo que aliarse con otros partidos para formar un gobierno de coalición.

El 30 de marzo, 6 días después de la visita de Imran Khan a Moscú, el líder del principal aliado parlamentario del primer ministro, Khalid Maqbool Siddiqui, anunció que su partido, el MQM, abandonaba la coalición con el PTI y se pasaba al bloque que pretendía deponer a quien hasta ese momento era su socio. El partido Awami, con presencia en Baluchistán, también abandonó la coalición. Imran Khan había denunciado la confraternización que había desarrollado la embajada de Estados Unidos en Pakistán con los políticos que terminaron aliándose con la oposición para derribarle.

Desde su independencia, en 1947, Pakistán ha sido un tradicional aliado de Estados Unidos. Sus décadas de dictaduras militares, alternadas con intermitentes periodos democráticos, no han supuesto óbice alguno para que Estados Unidos mantuviera fluidas relaciones con la república islámica, que cuenta con armamento nuclear. En los años 80, bajo la dictadura del general Muhammad Zia-ul-Haq, Pakistán prestó sus bases militares a Estados Unidos para que la CIA desarrollara sus programas de entrenamiento de los muyahidines, con el objetivo de expulsar a los soviéticos de Afganistán. Estados Unidos denominaba entonces “freedom fighters” a los combatientes islamistas. A cambio de su colaboración, Estados Unidos le había prometido al general pakistaní territorios en el oeste, presumiblemente arrebatados a Afganistán en un futuro, para compensar la pérdida que había supuesto la independencia de Bangladesh.

Sin embargo, el recién depuesto primer ministro se estaba saliendo del marco habitual en Pakistán: la colaboración con la Casa Blanca. En mayo de 2021, en vísperas de la debacle norteamericana en Kabul, el ministro de Asuntos Exteriores pakistaní, Shah Mahmood Qureshi, advirtió que no iba a ceder el uso de bases militares a Estados Unidos para desarrollar “operaciones contraterroristas” en Afganistán. El propio Imran Khan había descrito los 20 años de ocupación de Afganistán como un desastre estadounidense.

En las mismas fechas, el Senado de Pakistán emitía una resolución acerca de la situación en Palestina donde expresaba “su profundo resentimiento por la hipocresía y el doble rasero de varios países a los que les falta la condena, pero que siguen hablando de derechos humanos, a pesar de ser cómplices del agresor. Rechazamos cualquier intento de equiparar al agresor [Israel] con las víctimas de la agresión [pueblo palestino] y somos muy claros, esto no es un conflicto. Esta es una guerra unilateral”.

A estos antecedentes de distanciamiento de la Casa Blanca habría que sumar la posición que adoptó Imran Khan sobre Ucrania, similar a la de la India y China: negarse a sancionar a Rusia. Es en este marco en el que hay que situar la cadena de acontecimientos que le costó el puesto al primer ministro, en esta ocasión a través de una moción de censura a la que se adhirieron quienes hasta el día anterior habían proporcionado apoyo parlamentario al gobierno de coalición que encabezaba Imran Khan.

El primer ministro trató de impedir la moción de censura disolviendo las cámaras, alegando que tras la operación para derribarle se escondía una “conspiración extranjera”. En este sentido, el 27 de marzo Imran Khan declaró que “Las potencias extranjeras están diseñando un cambio de régimen en Pakistán”, mientras agitaba una carta que supuestamente habría sido entregada por el Departamento de Estado al embajador de Pakistán en Washington, Asad Majeed Khan. 

Tres ministros del gobierno ofrecieron una rueda de prensa tras haber estudiado la carta, ofreciendo más detalles sobre la misma. El primer ministro ofreció examinar el documento a otros miembros del gobierno, a la comunidad de inteligencia e incluso a los medios de comunicación. Sin embargo, en cuestión de horas, el Tribunal Supremo de Pakistán dictaminaba que la carta no se podía hacer pública debido al juramento de secreto que concernía al primer ministro en estos casos.

Al día siguiente se reunió el Comité de Seguridad Nacional, un encuentro que fue boicoteado por los miembros de los partidos de la oposición. Tras la reunión, el embajador estadounidense en Islamabad fue llamado a capítulo en relación con el contenido de la carta.

¿Qué decía la carta? La misiva del Departamento de Estado advertía, presuntamente, que pronto se produciría una moción de censura contra Imran Khan y que éste debería aceptarla, en lugar de resistirse. En caso contrario, Khan y Pakistán tendrían que afrontar horribles consecuencias.

El tres de abril, a petición del primer ministro, el presidente de Pakistán disolvió el Parlamento, después de que el vicepresidente de la cámara se negara a facilitar la votación de la moción de censura. Sin embargo, el 8 de abril el Tribunal Supremo declaró inconstitucional la disolución del parlamento, lo que facilitó que se produjera finalmente la votación. El primer ministro aceptó el dictamen del alto tribunal. Imran Khan alegó disponer de información que revelaba la compra y venta de votos en el parlamento en relación con la votación que tendría lugar a continuación. Un día después, el 9 de marzo, el ejército de Pakistán, auténtico factótum de la política pakistaní, especialmente en lo que afecta a las relaciones exteriores, se declaraba neutral en el proceso.

El 11 de abril los diputados del partido de Imran Khan se ausentaban de la votación de la moción de censura, que eligió como nuevo primer ministro a Shehbaz Sharif, de la Liga Musulmana de Pakistán. El exministro de Asuntos Exteriores, Shah Mahmood Qureshi, justificaba así la ausencia de los diputados del partido de Khan: «No legitimaremos un gobierno traído por una intervención extranjera. Estamos boicoteando y anunciando nuestra renuncia a la Asamblea Nacional».

El nuevo primer ministro es un político de la vieja guardia, cuyo hermano fue varias veces primer ministro. Nawaz Sharif ahora se encuentra fugado en Londres, tras ser encarcelado por corrupción y conseguir un permiso penitenciario, del que nunca regresó. Eso sí, la prensa occidental se ha apresurado en calificar a Shehbaz Sharif como un político más favorable a occidente, aunque también enfrenta cargos por corrupción, al igual que su hermano fugado.

La destitución de Imran Khan está provocando multitudinarias manifestaciones a lo largo y ancho de Pakistán. Unas protestas que, en su mayoría, están siendo silenciadas por los medios de comunicación pakistaníes. De los occidentales ya ni hablamos. En Twitter, la etiqueta #RevolutionBlackedOut denuncia la ocultación por parte de las principales cadenas de televisión de las concentraciones que siguen teniendo lugar desde el 11 de abril.

Por su parte, los medios occidentales, como Bloomberg, comenzaban a esparcir que la población de Pakistán aprobaba el resultado de la moción de censura contra Imran Khan, apoyándose en una encuesta telefónica realizada a mil personas. Las manifestaciones que, a día de hoy, siguen convocando a centenares de miles de pakistaníes en contra de lo ocurrido, parecen decir otra cosa.

Fuente: Bloomberg. 

Preguntado en rueda de prensa sobre las alegaciones de Imran Khan acerca de una supuesta intervención de Estados Unidos para derrocarle, el portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, contesto: «No hay absolutamente ninguna verdad en las acusaciones». (…) «No apoyamos a un partido político sobre otro. Apoyamos los principios más amplios, los principios del estado de derecho, de justicia igualitaria ante la ley».

El 11 de abril, exactamente el mismo día en que Imran Khan era depuesto de su cargo, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, tenía una reunión por vía telemática con el primer ministro de la India, Narendra Modi, en la que el estadounidense presionó al hindú para que se sumara a las sanciones contra Rusia, algo que hasta el momento ha rechazado. ¿Casualidad o aviso a navegantes? Más bien nos inclinamos por la segunda opción, teniendo en cuenta que tres días más tarde, el secretario de Estado, Antony Blinken, expresaba su preocupación por las presuntas vulneraciones de derechos humanos que Estados Unidos estaba detectando en la India. Unas preocupaciones sobre esta materia que son siempre muy selectivas por parte de Washington: en unos casos devienen en embargos comerciales y sanciones, y en otros se quedan en eso, en preocupaciones. Veremos qué es lo que ocurre en este caso.