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Por qué nada volverá a ser como antes de la guerra en Ucrania

14 de noviembre de 2022

En los últimos días, quienes seguimos con atención los acontecimientos en torno a la guerra en Ucrania estamos leyendo noticias que hablan de conversaciones entre Estados Unidos y Rusia, los verdaderos artífices del conflicto, y de supuestos consejos de la Casa Blanca al gobierno de Zelensky para que se siente a negociar. Sin embargo, simultáneamente, los principales actores del drama que se está desarrollando ante nuestros ojos están enviando señales que indican todo lo contrario: la reciente revisión de la doctrina de defensa de Estados Unidos no descarta un ataque nuclear preventivo, y el jefe de sus fuerzas nucleares tilda la guerra en Ucrania de “calentamiento” de lo que está por venir, advirtiendo de que “lo gordo está llegando”. Nos encontramos ante una encrucijada que hace palidecer la crisis de los misiles de 1962, cuando las potencias enfrentadas se esforzaron para evitar una guerra nuclear, justo lo contrario de lo que estamos presenciando ahora.

¿A qué mensajes debemos dar más credibilidad? ¿Va a haber negociaciones para alcanzar un acuerdo de paz a corto plazo, o vamos directos hacia la tercera guerra mundial? El realineamiento de las potencias y el reposicionamiento de muchos países ocasionado por la contienda en Ucrania ha hecho saltar por los aires los bloques que surgieron en la conferencia de Yalta, en 1945, y un nuevo mundo multipolar está naciendo, por mucho que Estados Unidos se resista. Las grandes potencias se han quitado los guantes y van a por todas. Por eso no cabe hablar de una vuelta a lo de antes, incluso aunque se alcanzara un acuerdo de paz a corto plazo en Ucrania, lo que en estos momentos es altamente improbable. Nos adentramos en un cambio de paradigma.

Que la guerra en Ucrania trasciende el enfrentamiento bélico entre el gobierno de Kiev y Rusia es algo que pocos analistas serios se atreven ya a cuestionar, ni siquiera en el lado occidental, dejando de lado a quienes producen la propaganda para consumo masivo que repiten machaconamente los medios. Poco a poco, las caretas van cayendo. En un discurso pronunciado en octubre, Úrsula von der Leyen afirmó sin ambages que “La guerra en Ucrania no es sólo una guerra europea, es una guerra por el futuro del mundo entero. Por lo tanto, el horizonte de Europa solo puede ser el mundo entero”.

Vídeo: MintPressNews.

Antes de admitir lo que subyace bajo la guerra proxy que Estados Unidos y sus adláteres libran contra Rusia, utilizando como ariete a Ucrania, la presidenta de la Comisión Europea expone en su discurso que el litio y los metales de las tierras raras son vitales para la transición verde y digital que quiere acometer la Unión Europea. No hay aerogeneradores ni paneles solares sin esas materias primas. ¿Cuál es el problema? Que la demanda de dichos materiales va a aumentar exponencialmente y que hay un solo país que domina el mercado global al completo, y se llama China. Después de hablar de colaboración con Canadá, Australia y Chile para “asegurar el control de los recursos que necesitamos”, von der Leyen dice que “debemos movilizar nuestro poder colectivo para modelar los bienes globales y el mundo del mañana.”

Cuando la presidenta de la Comisión Europea habla de “nuestro poder colectivo” obviamente se refiere al del bloque occidental, que se aglutina en torno a Estados Unidos en el combate geopolítico que le enfrenta con el resto del mundo. Además de la Unión Europea, sus aliados incluyen a Canadá, Reino Unido, Australia, Japón y Corea del Sur. Y ahí se acaba la lista. En la otra esquina del cuadrilátero, las cabezas visibles de la oposición a los designios de Washington son Rusia y China. Sin embargo, debemos subrayar el crecimiento que está experimentando el bloque de los BRICS, que oficialmente nació en 2009, aunque sin Sudáfrica, que se incorporó al año siguiente.

El acrónimo BRICS responde a las iniciales de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que conjuntamente ocupan el 30% de la superficie terrestre, agrupan el 40% de la población y el 25% del producto interior bruto mundial. Además, hay otros países con peso político y económico que ya han solicitado su ingreso. Irán y Argentina lo hicieron en junio. Irán ocupa el segundo lugar en reservas de gas en el mundo, después de Rusia, y el cuarto lugar en reservas de petróleo. Arabia Saudita, que posee las segundas mayores reservas de petróleo, tiene asimismo la intención de unirse, según informaba el presidente de Sudáfrica tras una visita al reino.

Turquía y Egipto también han mostrado su interés. Conviene recordar que Turquía es miembro de la OTAN y que Egipto es un aliado tradicional de Estados Unidos, desde que Anwar el Sadat firmara los acuerdos de Camp David, en 1978 y, un año después, Egipto se convirtiera en el primer país árabe que reconociera el Estado de Israel. Washington ha venido apoyando posteriormente las sucesivas dictaduras militares que han gobernado el país. Primero, la de Hosni Mubarak y luego, la de Abdelfatah Al Sisi, con el breve paréntesis del gobierno de los Hermanos Musulmanes entre 2012 y 2013, elegido en las urnas y derrocado por el general Al Sisi.

Indonesia, un país de 276 millones de habitantes, también está sopesando su incorporación a la asociación y Argelia, que es el séptimo exportador de gas del mundo, ha sido el último país en solicitar su ingreso en los BRICS, el 8 de noviembre.

Así que en la órbita de los BRICS tenemos ya a Irán, Argentina, Arabia Saudita, Turquía, Egipto, Indonesia y Argelia. Son palabras mayores, especialmente el caso de Arabia Saudita, el país donde nacieron los petrodólares: Henry Kissinger pactó con la casa de Saúd que Estados Unidos defendería su posición de poder en el país siempre y cuando las compras de petróleo se denominaran en dólares. La fortaleza de la divisa estadounidense se basa, en gran medida, en este compromiso, que arrastró a otros países al uso del dólar en sus transacciones.  

En este realineamiento que se está produciendo, el máximo representante de la política exterior europea, Josep Borrell proclamaba el 10 de octubre la decisión de la Unión Europea de soltar amarras de la región a la que geográficamente pertenece: Eurasia. Con esta contundencia se expresaba: Nuestra prosperidad se ha basado en energía barata proveniente de Rusia. Y el acceso al gran mercado chino para exportaciones e importaciones, para transferencia tecnológica, para inversión y para tener bienes baratos. (…) Así que nuestra prosperidad se basó en la energía y el mercado de China y Rusia. La gente no es consciente de eso, pero el hecho de que Rusia y China ya no sean los que fueron para nuestro desarrollo económico requerirá una fuerte reestructuración de nuestra economía. El acceso a China es cada vez más difícil. El ajuste será duro y esto creará problemas políticos”.

En primer lugar, una decisión estratégica de este calibre, en la que se habla de la prosperidad de la Unión Europea en pasado y se anuncia un ajuste duro, debería haber sido objeto de debate público. Es lo que se espera de unos países que se autocalifican de democráticos, y que proclaman que lo que se ventila en Ucrania es precisamente un conflicto entre los valores democráticos que alberga Occidente, frente a las autocracias de Rusia y China. Sin embargo, nos encontramos que una decisión que ya está deteriorando gravemente el bienestar de la ciudadanía ha sido tomada por las élites, sin importarles la opinión de sus representados.

La Unión Europea ha decidido ligar su destino al de Estados Unidos. Y lo ha hecho hasta el punto de contemplar cómo ha sido destruida la infraestructura a través de la cual importaba esa energía barata de Rusia, los gasoductos Nord Stream, enterrando la investigación bajo el secretismo y sin que quepa descartar la colaboración de algunos de sus miembros, actuales o anteriores, en el ataque. Es decir, tapando lo que ha constituido el ataque más grave a unas infraestructuras en Europa del que tengamos memoria.

Al haber aceptado sin más que los aspavientos de Úrsula von der Leyen la destrucción de los gasoductos, la Unión Europea ha quemado las naves que podrían reconectarla a Rusia. Pero lo ocurrido con los Nord Stream sólo ha sido el corolario de una estrategia para desacoplar a la UE de Rusia y desgajarla de Eurasia. Después de seis rondas presupuestarias, el Fondo Europeo de Apoyo a la Paz ha destinado ya un total de 3.100 millones de euros “para incrementar su apoyo a las capacidades y la resiliencia de las Fuerzas Armadas ucranianas”. Según las cifras publicadas por Statista, el total enviado por las instituciones comunitarias a Ucrania asciende a 16.200 millones de euros. Según la misma fuente, Alemania habría aportado 3.300 millones y Canadá, 3.000.

Este informe de la Cámara de los Comunes del Reino Unido aporta información detallada de sus contribuciones a Ucrania, además de las de Estados Unidos y otros miembros de la OTAN. Según este documento, Estados Unidos ha inyectado 18.200 millones en Ucrania en asistencia militar desde el inicio de la guerra, aunque según The New York Times, el total de la ayuda asciende a 54.000 millones de dólares. El Reino Unido ha enviado 2.300 millones de libras con el mismo concepto, aunque según Statista el total aportado por Londres a Kiev asciende a 6.700 millones de euros. Aquí podemos leer la recopilación del armamento enviado por Washington a Kiev, actualizada al 4 de noviembre.  

Aunque el 30 de septiembre el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, afirmara en rueda de prensa que “la OTAN no es parte del conflicto”, tan solo once días más tarde reconocía que la victoria de Rusia en Ucrania significaría la derrota de la OTAN. Curioso, lo de no considerarse parte de un conflicto que está alimentando. La relación de Ucrania con la organización militar dirigida por Estados Unidos comenzó en 1991, con la independencia del país, según podemos leer en el sitio web de la OTAN, y se ha ido incrementando con el tiempo, especialmente desde el golpe de Estado de 2014.

El 24 de marzo, Sergei Lavrov declaraba “muertas” las relaciones con la Unión Europea como organización, y anunciaba que Rusia sólo se relacionaría individualmente con sus estados miembro. La estrategia de sanciones dictada por Estados Unidos, y seguida fielmente por la UE, no sólo ha buscado abiertamente destruir la economía de Rusia, debilitarla, y propiciar un “cambio de régimen”. Las sanciones han abarcado todo lo que tuviera que ver con Rusia: han bloqueado sus medios de comunicación, han impedido a sus deportistas participar en competiciones internacionales, han cancelado eventos culturales relacionados con sus músicos, literatos y artistas en general, han afectado a las cuentas bancarias de ciudadanos rusos en el extranjero, han entorpecido la emisión de visados o la han suprimido directamente. En definitiva, han supuesto la humillación no sólo de los dirigentes responsables de la invasión, sino del pueblo ruso en general. En estas circunstancias, no sorprende que Sergei Lavrov haya anunciado que Rusia se está replanteando mantener las embajadas en Occidente.

La guerra no ha hecho disminuir el apoyo de la población rusa a Vladimir Putin, sino todo lo contrario. Su porcentaje de aprobación, medido por el centro Levada, se elevó desde los 71 puntos de febrero hasta los 83 tras comenzar la invasión. Se mantuvo estable en torno a esa cifra hasta que bajó seis puntos, desde el 83% hasta el 77% tras decretarse la movilización de 300.000 reservistas en septiembre. En la encuesta de octubre, repuntó hasta el 79%. Levada es un gabinete de investigación social clasificado por el Kremlin como “agente extranjero” en 2016.

Ilustración: www.levada.ru

A estas alturas del conflicto, ninguna de las dos partes está en disposición de aceptar un acuerdo que ponga fin al conflicto en Ucrania, porque la meta está mucho más lejos. Si nos ceñimos al campo de batalla, Kiev no puede asumir la pérdida de territorios, porque ni los ultranacionalistas, que dieron la vuelta al programa electoral pacifista de Zelenski, ni la Casa Blanca lo consentirían. Aunque el jefe del Estado Mayor no piensa lo mismo. De otro lado, Rusia tampoco puede traicionar a la población rusa que vive en el Este de Ucrania, que lleva siendo masacrada desde 2014 ante la indiferencia de la “comunidad internacional”. La opción que contemplaban los acuerdos de Minsk, una autonomía para Donetsk y Lugansk dentro de Ucrania, nació muerta y ahora nadie está interesado en resucitarla. De Crimea para qué vamos a hablar: es una línea roja absoluta para el Kremlin. La opción de la neutralidad de Kiev ya venció y Rusia no contempla otro escenario que no sea la desactivación de Ucrania como amenaza. Lo que implica un cambio de régimen en Kiev: una opción que pasa por la derrota total de Zelenski y la rendición de su ejército.

El reciente viaje del asesor de seguridad nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, a Kiev “para tantear el terreno”, ante la constatación de que ni Rusia ni Ucrania están en disposición de conseguir todos sus objetivos, y el hecho de que los medios occidentales estén usando la palabra “negociación” no debe confundirnos. El Washington Post explica que la Casa Blanca no pretende empujar a Kiev a una mesa de negociación ahora, sino que Ucrania aparezca como moralmente superior a Rusia al mostrarse aparentemente interesada en dialogar. El objetivo sería no perder el apoyo económico de los países que están sufriendo las consecuencias de las sanciones a Rusia, mientras evidencian el fracaso de esa estrategia para detener la guerra y su población comienza a salir a las calles para protestar contra la carestía de alimentos y energía.

Por lo tanto, de producirse un compás de espera en la guerra, se trataría de una pausa táctica, que no estratégica. Tras la implosión de la Unión Soviética, Estados Unidos se las prometía muy felices en su papel de potencia hegemónica victoriosa, con el mundo a sus pies. Sin embargo, tras “los años de la anarquía”, como denominan los rusos a los vividos bajo el mandato de Yeltsin, Rusia se ha recuperado en las dos últimas décadas del latrocinio al que fue sometida, con la inestimable ayuda del Fondo Monetario Internacional.

En estos últimos veinte años, China se ha convertido en la segunda economía del mundo en términos de PIB, con un crecimiento de hasta dos dígitos (2004 – 2007) y siempre por encima del 6%, excepto en 2020. La expansión de la OTAN hasta las fronteras de Rusia empujó al Kremlin hacia el Este, como expuse en un artículo anterior, y ahora Estados Unidos está pagando las consecuencias de su error estratégico, al haber propiciado un acercamiento entre ambas potencias euroasiáticas.

El tanto que sí se está apuntando Estados Unidos en esta partida es la aniquilación de la Unión Europea como actor independiente en el tablero geopolítico, eliminando la posibilidad de convertirse en un posible competidor. Bruselas ha decidido dejar su futuro a merced de los designios de la Casa Blanca en la lucha por los recursos naturales, con la esperanza de compartirlos. Aun en el caso de que la potencia allende el Atlántico resultara victoriosa, lo que está por verse, a Europa no le iba a dejar ni las migajas. Lo estamos viendo con los precios abusivos que las compañías estadounidenses le cobran por el gas a Europa, como expuse en el artículo anterior. Y lo estamos viendo con las tensiones surgidas en Bruselas tras la aprobación en Washington de la Ley para la Reducción de la Inflación. Respecto a esta ley, dotada con 430.000 millones de dólares, la UE ha manifestado “que condiciona las exenciones fiscales al contenido fabricado en EE. UU., pone en desventaja a las empresas automovilísticas europeas y a las que producen una amplia gama de bienes del sector de la «economía verde», incluidas baterías, hidrógeno y equipos de energía renovable”, según informa Reuters.

Es decir, que los partidarios del “free market” han tirado de chequera para subvencionar a las empresas que monten sus fábricas en Estados Unidos para producir coches eléctricos y otros bienes, en lugar de hacerlo en otros países como, por ejemplo, los de la Unión Europea. El ministro francés de Economía acaba de lanzar un aviso sobre el profundo enfado que esta ley ha provocado en sus, en teoría, socios europeos.

Sólo ahora parecen darse cuenta los dirigentes europeos de cuál es el verdadero plan de Estados Unidos: para competir con China, necesita reindustrializarse. Su hoja de ruta incluye:

  • Desconectar a la Unión Europea de la energía barata de Rusia, y, además, venderle su gas natural licuado, mucho más caro, para que la industria europea deje de ser competitiva.
  • Subvencionar la instalación de fábricas en su territorio mediante la Ley de Reducción de la Inflación, así como la industria de semiconductores con la Ley CHIP, para contrarrestar a China.
  • Provocar inestabilidad política en Europa, instigando la guerra en Ucrania, para terminar de incentivar el traslado de las industrias al otro lado del Atlántico, ahuyentadas por los altos costes energéticos y el riesgo político de que la guerra se extienda por el continente.

La Casa Blanca acaba de avisar a Europa de que un conflicto por Taiwán podría provocar un shock económico global. Es otro ejemplo de que la agenda de Washington sigue su propio curso, sin importarle lo más mínimo las consecuencias que su agresiva política exterior puedan tener para el resto del mundo, incluyendo a sus aliados.

Que la geopolítica trata sobre el control de los recursos del mundo no es ninguna novedad, pero que Estados Unidos haya decidido lanzarse a una ofensiva contra dos potencias nucleares a la vez sí que lo es. En un artículo anterior hablé de las razones que podían estar llevando a Estados Unidos a esta escalada: si el dólar pierde su papel de moneda de reserva mundial, y hay muchos movimientos por parte de varios actores de peso para que lo haga, entrará en quiebra.

US Debt Clock es un sitio web donde podemos ver en tiempo real la evolución de los principales parámetros de la deuda de Estados Unidos. En el momento de escribir este artículo, la deuda pública se sitúa en más de 31 billones de dólares, la deuda total está por encima de los 93 billones y los pasivos no financiados ascienden a más 172 billones. Los pasivos no financiados son obligaciones de deuda que no tienen fondos suficientes reservados para pagarlas. O sea, un agujero negro de proporciones masivas.

El mundo se está resquebrajando en bloques y se apresta a una guerra abierta por el control de los recursos naturales, porque la antaño potencia hegemónica es un gigante con los pies de barro, y lo sabe. No tiene otra estrategia que proseguir su huida hacia adelante, y las consecuencias para el planeta serán funestas, a menos que otro paradigma consiga imponerse: el de la colaboración, en lugar de la imposición. Por eso nada volverá a ser como antes.

Qué es el mercado de gas TTF y cómo te afecta al bolsillo  

2 de noviembre de 2022

Veinte años después de la creación del Title Transport Facility (TTF), la Unión Europea se ha dado cuenta de que menospreciar los contratos a largo plazo, ligados al precio del petróleo, para dejar en manos de un mercado desregulado la fijación de los precios del gas no era tan buena idea.  Al igual que está ocurriendo con las sanciones a Rusia, los efectos bumerán del mercado spot TTF, radicado en Holanda, están provocando un incremento desorbitado del precio del gas desde comienzos de 2021, un año antes de que Rusia invadiera Ucrania.

“El TTF se convirtió en la referencia más líquida y comercializada de Europa gracias a una abundante infraestructura con mucha capacidad disponible en todos los interconectores, fácil acceso al mercado global de gas natural licuado (GNL), sólida capacidad de almacenamiento subterráneo y bombeo de gas desde Groningen (la mayor reserva de este hidrocarburo en Europa)”, según Greg Molnar, analista de la Agencia Internacional de Energía. El TTF consiguió desplazar en volumen de negociación al otro gran hub europeo, el NBP del Reino Unido. El 73% del total de gas que llegó en 2021 a Europa se negoció en el TTF.

Ilustración: Cinco Días, 23 de septiembre de 2022.

Cuando la Unión Europea decidió sancionar a Rusia, los flujos de gas que llegaban por gasoducto disminuyeron. La UE tuvo que recurrir a los tanqueros de GNL, colapsando la infraestructura holandesa de regasificación, que está operando por encima del 90% de su capacidad. Esta presión sobre las infraestructuras, entre otros factores, repercutió en un aumento vertiginoso de los precios del gas al contado y en los futuros que se negociaban en el hub TTF.

Aquí tenemos a la presidenta de la Comisión, Úrsula von der Leyen, anunciando que la Unión Europea está trabajando en la creación de un nuevo índice que desplace al TTF como precio de referencia del gas en Europa, vistas las funestas consecuencias de su protagonismo.

Según la presidenta de la Comisión, el TTF es un índice inadecuado para servir de referencia al precio del gas en Europa, porque refleja las compras y ventas de gas que se transporta a través de gasoductos, y no tiene en cuenta la diversificación que ha acometido la Unión Europea a la hora de intentar suplir el gas proveniente de Rusia, fundamentalmente a través de las compras de gas natural licuado a Estados Unidos.  En contra de lo que sostiene von der Leyen, el precio del TTF se utiliza mayoritariamente como referencia para la negociación del precio del GNL que, conviene recordar, es mucho más caro que el gas que venía de Rusia. Von der Leyen explica que el tope al precio del gas, sobre el que los Estados miembro siguen sin ponerse de acuerdo, sería una medida temporal hasta que la Comisión fije un nuevo índice de referencia para los precios del gas, para lo que se da de plazo hasta marzo de 2023.

Hasta esa fecha, la Comisión Europea se plantea “proponer un mecanismo de corrección de precios para establecer un límite de precio dinámico para las transacciones en la bolsa de gas TTF, y un collar o ancho de banda temporal para evitar picos extremos de precios en los mercados de derivados”. Lo que no explica es cómo pretende conseguir ponerle puertas al campo.

Ilustración: Cinco Días, 23 de septiembre de 2022.

La ministra española de Transición Ecológica nos ilustra sobre la pretensión de la Unión Europea de que el nuevo índice tenga en cuenta no sólo los precios del mercado del gas en Europa, sino en todo el mundo. Como si todas las plazas tuvieran las mismas características en términos de oferta y demanda, proximidad o lejanía de las fuentes de suministro, fortaleza o debilidad de sus economías, o capacidad de negociación. Es decir, como si China, o la India, fueran lo mismo que la Unión Europea en todos los anteriores términos. Los dirigentes europeos viven en una pura desconexión de la realidad.

En la entrevista con el diario Cinco Días, Teresa Ribera afirma exactamente lo contrario de lo que mantiene la presidenta de la Comisión en el vídeo anterior: el precio de referencia TTF estaba muy ligado al gas procedente de Rusia, fuente mayoritaria de suministro en Europa, y ahora “refleja la escasez, la dificultad de traer gas natural licuado a los pocos puntos en que se puede desembarcar en el norte de Europa. Por tanto, se dispara por arriba el precio al que los distintos operadores están dispuestos a participar en ese mercado”. La ministra termina reconociendo que “esto es enormemente perjudicial para todos los consumidores europeos porque haya pagado lo que haya pagado su suministrador de gas, a la hora de la verdad, el precio acaba reflejando el coste de oportunidad de ese índice”.

¿A quién debemos de creer, a von der Leyen o a Ribera? Los datos dan la razón a Ribera: el gas natural licuado (GNL) que llega de Estados Unidos es más caro que el que venía de Rusia. El primero ya tiene más peso que el segundo: en junio las importaciones de GNL de Estados Unidos sobrepasaron a las provenientes de Rusia. A este hecho hay que añadir el carácter especulativo de los mercados spot, como reconoce el propio Ministerio de Transición Ecológica en este tuit.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión: ¿Qué tipo de contrato interesa más a la Unión Europea? ¿A largo plazo o en el mercado spot? Hasta el cambio de siglo, antes de la creación del mercado TTF, la mayoría de los precios del gas natural en la Unión Europea se acordaba en contratos de larga duración, entre 10 y 25 años. Dichos contratos estaban vinculados al precio del petróleo, un sistema conocido como indexación al petróleo. Con esta modalidad, los precios del gas se acompasan a los del crudo, y la volatilidad se suaviza utilizando promedios móviles. Generalmente, en estos contratos los precios del gas se reajustan sobre la base de un promedio de precios de los productos derivados del petróleo en los 6 a 9 meses anteriores. Este sistema trajo precios relativamente estables, que permitieron inversiones a gran escala en el sector del gas. Los países productores están generalmente interesados en contratos de larga duración, precisamente para poder planificar dichas inversiones.

Sin embargo, la Unión Europea progresivamente fue estimando que los contratos a largo plazo adolecían de rigidez y no reflejaban las oscilaciones de la oferta y la demanda, especialmente tras el descenso de los precios del gas experimentado con la irrupción del gas de esquisto estadounidense, entre 2009 y 2010. Según un informe de Reuters, la Unión Europea decidió apostar por el mercado spot porque pensaba que, de este modo, podría debilitar la posición predominante de Rusia como primer proveedor de gas a la hora de fijar los precios. Sin embargo, el mismo informe advierte que el mercado spot sólo permite beneficiarse de precios más reducidos cuando la oferta es abundante, una situación diametralmente opuesta a la actual.

Un ejemplo de esta agresiva apuesta europea por el mercado spot nos lo aporta Polonia. El 1 de noviembre de 2014, la compañía estatal polaca PGNiG demandó a Gazprom, exigiendo que el precio del contrato para el suministro de gas a través del gasoducto Yamal dejara de referenciarse al petróleo, para hacerlo al precio de referencia del mercado europeo de energía, el TTF. La batalla legal acabó con un arbitraje del tribunal de Estocolmo en 2020 que, oh sorpresa, dio la razón a la compañía polaca frente a la rusa, declarando que el precio que cobraba estaba “fuera de mercado” y era “excesivo”, condenando a Gazprom a abonar 1.500 millones de dólares a PGNiG.

Felix Booth, jefe de la unidad de GNL en Vortexa, una compañía de análisis del mercado energético, sostiene que “La liberalización del mercado europeo del gas ha brindado un gran beneficio a los consumidores, lo que ha resultado en precios más bajos que el promedio que los contratos tradicionales vinculados al petróleo de Rusia». Veamos ahora el recorrido de esta afirmación.

Aproximadamente el 70% del GNL es comercializado en el mundo mediante contratos a largo plazo. Sin embargo, en Europa los contratos de GNL en el mercado spot representan entre un 45 y un 50%, según datos de Reuters. De acuerdo con las cifras proporcionadas por la Agencia Internacional de la Energía, las importaciones totales de gas de la Unión Europea en los mercados spot pasaron de representar un 30% en 2010 a más del 80% en 2020. Dicha transición ha permitido, supuestamente, un ahorro de 70.000 millones de euros durante la pasada década.

Sin embargo, la misma agencia reconoce que, sólo en el último año, la apuesta europea por utilizar como referencia los precios fijados en el mercado spot TTF ha supuesto un aumento en el coste de las importaciones de gas de 30.000 millones de dólares. En el siguiente gráfico, publicado por la Agencia Internacional de la Energía, vemos el comportamiento de los contratos de gas a largo plazo indexados al petróleo, comparados con los del mercado spot, que subieron en 2021 verticalmente, un año antes de la invasión rusa de Ucrania.

Diferencia entre los costes de importación actuales comparados con los precios 100% indexados al petróleo, desde 2010 hasta 2021, en la Unión Europea. Ilustración: IEA.org

Esto significa que, en sólo un año, y antes de que estallara el conflicto bélico en Ucrania, la Unión Europea se había comido casi la mitad de lo ahorrado en la década anterior por la utilización preferente del mercado spot TTF como mecanismo para la fijación de precios, en detrimento de los contratos a largo plazo. Dado el más que probable cese definitivo de los suministros provenientes de Rusia, que Josep Borrell ha anunciado como algo estructural, y la consiguiente disminución de los contratos a largo plazo, las perspectivas que presenta la crisis energética que sufrimos son aterradoras.

Una crisis que no se ha producido únicamente por la invasión rusa de Ucrania, sino que sufrimos ya el año anterior. Obviamente, la situación bélica y la contraproducente estrategia de las sanciones, que han provocado la desconexión de la Unión Europea de su principal proveedor de energía desde hace décadas, han agravado un problema suscitado por otros factores: falta de inversiones en el sector de las energías fósiles, una transición más lenta de lo previsto a las energías renovables, la mayor demanda de gas por parte de China, tras relegar el carbón, y el desajuste entre oferta y demanda, principalmente.

El principal rasgo de los mercados spot es la volatilidad. Ello se debe a que en estos hubs no sólo se compra y se vende gas para su uso efectivo por parte de los consumidores, sino que entran en juego las negociaciones con los precios futuros de la materia prima, un sector altamente especulativo.  Al igual que ocurre en la bolsa, en los mercados de futuros ya intervienen traders y plataformas de trading. Y aquí entramos en el proceloso mundo de los derivados, unos instrumentos financieros, completamente desregulados, como los CFD (contratos por diferencia). Unas herramientas que permiten que el trader pueda jugar con las oscilaciones de su precio para obtener una ganancia, sin llegar a tener en ningún momento la “propiedad” del bien y, a través del apalancamiento, ni siquiera disponer del dinero en efectivo necesario.

Ilustración: tradingeconomics.com

En agosto, el precio del gas en el mercado TTF cotizaba a 321 euros por megavatio/hora, frente a los 27 euros a que cotizaba el año anterior, y tocó techo al alcanzar los 339,20 euros. El petróleo nunca ha sufrido unos incrementos porcentuales de tal calibre en tan escaso lapso de tiempo. Ante el aumento vertiginoso de los precios del gas, los gobiernos de Europa han empezado a subsidiar las tarifas a los hogares y a las industrias, con distintas fórmulas. En España, por ejemplo, se ha recurrido a la denominada “excepción ibérica” para desacoplar el precio de la electricidad del precio del gas. Estas intervenciones han conseguido empujar al alza los precios, al darse cuenta los mercados que los gobiernos estaban dispuestos a correr con parte de la factura. Es lo mismo que ha ocurrido con el subsidio de los 20 céntimos al litro de combustible: el 60% de las gasolineras subieron inmediatamente sus precios, diluyendo así la bonificación.

La decisión de la Unión Europea de tratar de sustituir las importaciones de gas con contratos a largo plazo procedentes de Rusia, por las de GNL de Estados Unidos nos está costando muy cara. El 7 de febrero, antes de que comenzara la guerra en Ucrania, Reuters publicaba que “En los últimos dos meses, las grandes compañías petroleras y las empresas de servicios públicos deberían haber obtenido grandes márgenes al vender GNL de Estados Unidos, adquirido a un precio de alrededor de 6 dólares por MBtu, por alrededor de 30 dólares en Europa», citando a un consultor independiente.

Y a todo esto, ¿cuál ha sido siempre la posición de Rusia, el principal suministrador de gas a Europa durante décadas? Antes y después de que surgieran los mercados spot, Rusia ha sido partidaria de los contratos a largo plazo, al igual que otros exportadores de gas, como Qatar.

Ilustración: Bnnbloomberg.ca

Las rigideces de dichos acuerdos han sido compensadas con la adopción de medidas de flexibilidad en las condiciones de “toma o paga”, un mecanismo ya presente en los contratos de larga duración no sólo en Rusia, sino en Estados Unidos, desde los años 60, por el cual el comprador se compromete a pagar el gas, haga uso de él o no. Aunque pueda parecer descompensado, esta herramienta aporta seguridad a ambas partes: al productor, por las fuertes inversiones que requiere la extracción y distribución, y al consumidor, que se asegura el suministro.

Algunos países pretendieron aprovechar la drástica caída de la demanda provocada por la crisis financiera de 2008, presionando a Gazprom para que redujera los precios de sus contratos a largo plazo hasta acompasarlos a los del spot market, que estaban por los suelos. Gazprom redujo los precios en cierta medida, hasta que en 2011 se plantó.

Sin embargo, como vemos en el siguiente gráfico, la distancia entre el precio de los contratos de gas ruso, ligados al precio del petróleo, y el de los mercados spot NBP del Reino Unido y el TTF holandés se fue reduciendo hasta prácticamente converger en 2016, en una época ausente de tanta especulación como la que ha provocado la actual crisis energética.

Ilustración: James Henderson, Director del Oxford Institute for Energy Studies. https://www.funcas.es/wp-content/uploads/Migracion/Articulos/FUNCAS_PE/004art04.pdf

En septiembre de 2021, Dimitri Peskov, portavoz del Kremlin, declaró que “Ellos (Europa) prefieren centrarse en el mercado spot. Es exactamente el mercado spot lo que conduce a tales saltos, como este aumento desenfrenado de los precios”.

En un artículo publicado el 16 de febrero de este año en “Energy Policy”, el viceprimer ministro de Rusia, Alexander Novak, analizaba con mayor profundidad las causas del encarecimiento del gas en el año anterior:

  • Descenso de la producción en Europa en los últimos cuatro años. Según los resultados de 10 meses de 2021, la producción de Reino Unido, Países Bajos, Alemania, Italia, Polonia, Dinamarca y Rumanía ascendió a 55,2 bcm, un 14% menos que en el mismo periodo del año pasado (63,9 bcm).
  • La transición de Europa desde los contratos de suministro de gas a largo plazo hacia la liberalización del mercado comenzó con la adopción en 2009 del llamado «tercer paquete energético». Los requisitos de esta ley obligaron a reservar parte de la capacidad del sistema de transporte de gas para proveedores independientes, lo que creó obstáculos para que Gazprom cumpliera y aumentara los volúmenes de los contratos.
  • El fortalecimiento de los mercados spot trajo consigo el aumento del factor especulativo. El juego de las posiciones largas y cortas provocó aumentos en el precio del gas de hasta un 30% en el mismo día. La demanda especulativa superó la oferta, proporcionando un sobrecalentamiento adicional del mercado.
  • Europa rechazó contratos a largo plazo con la esperanza de implementar gradualmente la transición energética, reduciendo la necesidad de combustibles fósiles. Ese proceso no va tan rápido como se esperaba.
  • La generación de electricidad en China procedía, hasta hace poco, de centrales de carbón. En diciembre de 2020, las autoridades chinas dejaron de importar carbón de Australia, que representaba el 68% de sus importaciones. China comenzó a importar más gas, y Estados Unidos desvió las exportaciones hacia China, que estaba dispuesta a pagar más que Europa. En los primeros 9 meses de 2021, las importaciones de GNL de China aumentaron un 28 % en comparación con el mismo período de 2020. Cuando la “prima asiática” se vio reducida, Estados Unidos redirigió su GNL a Europa.
  • Como consecuencia de esta combinación de factores, los precios del gas en Europa se han multiplicado por diez en el último año.

Alexander Novak termina señalando que, a pesar de las declaraciones de los líderes de los principales países del mundo, anunciando el abandono de las fuentes de energía fósiles, los precios del gas y el carbón siguen siendo altos, o muy altos, lo que significa que la demanda supera significativamente la oferta. Este hecho revela que los líderes de la Unión Europea se llenan la boca de sostenibilidad, mientras los países europeos que cuentan con minas de carbón se aprestan a reabrirlas.

La Agencia Internacional de la Energía pinta un futuro de escasez de gas para Europa. Calcula que la demanda caiga unos 10.000 millones de metros cúbicos (10 bcm) entre 2020 y 2030. Pero la producción doméstica caerá a un ritmo más rápido en el mismo periodo, hasta 15 bcm menos, por lo que en 2030 supondrá un 30% menos que en 2020. Ese hueco tendrá que ser llenado por más importaciones de gas, bien vía gasoductos o tanqueros de GNL. Durante el mismo periodo, las importaciones de gas de los países emergentes y en desarrollo en Asia aumentarán hasta 250 bcm, lo que supondrá un incremento de la competición por los recursos, en el caso de que tengan lugar nuevos ciclos de escasez de suministro.

Ante este panorama, los cerebros que se reúnen en Bruselas debaten si ponerle un tope al precio del gas ruso, o al de todo el mundo. Eso sí, como medida temporal hasta que se inventen un nuevo índice, que sustituya al TTF. ¿Por qué motivo iban a aceptar los países exportadores de gas que el precio lo fijaran los compradores, en lugar de los productores? ¿El bloque occidental no era el del “free market”? Ahora, la Unión Europea se apresta a intervenir los mercados. En Estados Unidos, influyentes miembros del Partido Demócrata piden a Biden la nacionalización del sector del petróleo y el gas, y mientras tanto, la ciudadanía es la que paga sus errores, literalmente, con su cartera.

¿A quién beneficia la voladura de los gasoductos Nord Stream?

17 de octubre de 2022

El 12 de noviembre de 2015, la gasista estatal rusa Gazprom informaba del hallazgo de un “objeto de munición” junto al gasoducto Nord Stream, a 40 metros de profundidad. El artefacto, que resultó ser un destructor de minas perteneciente a la OTAN, como Gazprom acaba de recordar, fue retirado por el ejército de Suecia, ya que fue encontrado en la Zona Económica Exclusiva sueca. La empresa agradecía su colaboración a las fuerzas armadas suecas y el asunto no despertó reacción alguna. Alguien debió haber olvidado ese destructor de minas en algunas de las maniobras que la OTAN viene celebrando en el Mar Báltico desde 1972, denominadas “Baltops”, a las órdenes de la Armada de Estados Unidos.

Destructor de minas Seafox encontrado junto al gasoducto Nord Stream 1 en el año 2015. Ilustración: Top War.

Siete años después del hallazgo del destructor de minas junto al Nord Stream 1, el sabotaje a una infraestructura energética de la que dependían dos quintas partes de sus importaciones de gas, sólo puede calificarse de acto de guerra contra la Unión Europea. Las explosiones que volaron los gasoductos Nord Stream 1 y 2, para las que fueron precisos cientos de kilos de dinamita, según un informe enviado a la ONU por Dinamarca y Suecia, coincidieron con la inauguración del “Baltic Pipe”, un gasoducto que permitirá el envío de 10.000 millones de metros cúbicos, o 10 bcm, (billion cubic meters) de gas anuales desde Noruega a Polonia, atravesando Dinamarca y el Mar Báltico.

Recorrido del gasoducto Baltic Pipe. Ilustración: Expronews.com

“Cui prodest scelus, is fecit”. Fue Séneca quien utilizó esta expresión en su tragedia “Medea”. “Aquel a quien beneficia el crimen, fue quien lo cometió”, sería la traducción. Veamos ahora a quién beneficia dañar unos gasoductos que permitían que la Unión Europea y, significativamente, Alemania, tuvieran la posibilidad de seguir importando gas desde Rusia, en el caso de que se produjera un vuelco en sus actuales posiciones. Esta hipótesis resulta muy remota en este momento, pero tampoco es descartable que pudiera materializarse en un futuro, teniendo en cuenta que no existe en el mercado gas suficiente para reemplazar las importaciones provenientes de Rusia, como señalé en un artículo anterior.

Quienes quiera que hayan sido los autores de lo que Suecia, tras haber analizado los daños, ha descrito como “sabotaje”, con la participación de actores estatales, estaría buscando que Alemania se encontrara ante la imposibilidad física de importar gas desde Rusia a través de dos gasoductos que, conjuntamente, podrían suministrar 110 bcm de gas al año, según un informe del Congreso de Estados Unidos. Compárese esta cantidad con los 10 bcm anuales que Noruega va a enviar a Polonia a través del “Baltic Pipe”.

El 7 de febrero, Joe Biden advertía que si Rusia invadía Ucrania, “entonces ya no habrá más un Nord Stream 2. Le pondremos fin”. A preguntas de una periodista sobre cómo pensaba evitar Estados Unidos el uso de una infraestructura cuya autorización administrativa dependía de Alemania, el presidente de Estados Unidos se limitó a decir que encontrarían la manera de hacerlo. A su lado, impávido, se encontraba Olaf Scholz. Mi impresión es que Angela Merkel no habría tolerado una injerencia de este nivel, como hizo Scholz, que se limitó a hablar de unidad cuando los periodistas le preguntaron por el futuro del gasoducto.

El 30 de septiembre, cuatro días después del presunto sabotaje, el Secretario de Estado, Antony Blinken, afirmaba en una rueda de prensa que la voladura de los gasoductos “Es una gran oportunidad para eliminar de una vez por todas la dependencia de la energía rusa”.

El 2 de octubre, Douglas Macgregor, un coronel retirado, asesor del Pentágono con Donald Trump, declaró en referencia a los ataques a los gasoductos que “Tienes que ver quiénes son los actores estatales que tienen la capacidad de hacer esto, y eso significa la Marina Real, la Marina de los Estados Unidos, las operaciones especiales”. Washington calificó de “vuelo de rutina” la presencia de un avión de reconocimiento de la Marina estadounidense, sólo horas después, sobre la zona del Mar Báltico donde ocurrieron las supuestas explosiones. En la misma línea, el economista Jeffrey Sachs, uno de los responsables de aplicar la terapia de shock en la Rusia de Yeltsin, también opinó que lo más probable es que Estados Unidos estuviera detrás de los ataques: “Sé que esto va en contra de nuestra narrativa, no se permite decir estas cosas en Occidente, pero el hecho es que, en todo el mundo, cuando hablo con la gente, piensan que Estados Unidos lo hizo”, declaró en una entrevista con Bloomberg, ante los aspavientos de quien le hacía las preguntas.

El mismo día de los ataques a los gasoductos, Radek Sikorski, un eurodiputado polaco que preside la delegación Unión Europea – Estados Unidos, publicaba un tuit en el que, sobre la foto de la fuga de gas en el Mar Báltico, daba las gracias a Estados Unidos. Sikorski tuvo que renunciar como ministro de Asuntos Exteriores de Polonia tras un escándalo: se fue de la lengua en un restaurante y la conversación fue grabada. Radek Sikorski borró el tuit posteriormente.

Sikorski es el marido de Anne Appelbaum, columnista del Washington Post y The Atlantic; miembro del Council of Foreign Relations; integrante de CEPA, un think tank subvencionado por el Departamento de Estado, por fabricantes de armas y por el National Endowment for Democracy, al que también pertenece Appelbaum. El NED es uno de los organismos estadounidenses que impulsó la revolución naranja en Ucrania, en 2004, y el golpe de Estado del Maidán, en 2014. Appelbaum se ha mostrado partidaria de derrotar y humillar a Putin como única salida a la guerra de Ucrania, despreciando la diplomacia.

Estados Unidos se ha convertido este año en el primer exportador de gas licuado del mundo, y ya es el primer exportador de gas a Europa, desbancando a Rusia. Como vemos en este gráfico de la US Energy Information Administration, las exportaciones de Estados Unidos han venido experimentando un aumento espectacular desde hace unos pocos años. Las sanciones de la Unión Europea a Rusia y la consiguiente respuesta del Kremlin, en forma de disminución de las exportaciones, han elevado a Estados Unidos al puesto de primer proveedor de gas al club del euro.

Noruega es otra de las beneficiadas de los ataques a los gasoductos rusos. El país nórdico ya es el primer suministrador europeo de gas a la Unión Europea, asociación a la que no pertenece. Sin embargo, el aumento del 8% en sus exportaciones, hasta alcanzar un 20% del gas que recibe la UE, se queda en la mitad del 40% que le aportaba Rusia. Noruega se beneficia de un incremento en sus exportaciones, a un precio mucho más caro, pero la Unión Europea sigue quedando en una posición precaria.

Recorrido y lugar de los ataques en los gasoductos Nord Stream 1 y 2. Días después, Suecia encontró una cuarta fuga en el Nord Stream 2. Ilustración: The Cradle.

Según fuentes citadas en The Cradle, Alemania y Rusia estarían negociando en secreto la reactivación de los gasoductos Nord Stream antes de que se produjera el sabotaje. Esta posibilidad tiene sentido, ya que los exportadores actuales carecen de la capacidad de producción necesaria para reemplazar el gas que Rusia suministraba a la Unión Europea. El gasoducto Baltic Pipe sólo puede aportar 10 bcm de gas adicional, procedente de Noruega. Eso es menos del 10% del gas que llegaba a Europa desde Rusia, antes de iniciarse la guerra en Ucrania.  

El año pasado, Estados Unidos exportó 22 bcm de gas a la Unión Europea. Rusia, por su parte, exportó 155 bcm. Aunque Joe Biden se comprometió ante Úrsula von der Leyen a aumentar las exportaciones de gas en 15 bcm anuales, aunque pudiera llegar a esa cifra, algo que descartan hasta los medios occidentales, no compensaría ni por asomo la cantidad que la Unión Europea recibía de Rusia. A Estados Unidos no le importa ser incapaz de reemplazar los suministros que recibía la UE desde Rusia, porque su objetivo es desvincular a la Unión Europea de la estación de servicio más cercana, Rusia, para que se quede sin energía y hundir a ambos.

Siguiendo con los posibles beneficiados por la voladura de los gasoductos rusos, en medios occidentales hemos llegado a leer que sería la propia Rusia la que obtendría un beneficio por la destrucción de las canalizaciones. Según estas interpretaciones, al haber saboteado sus propios gasoductos, el mensaje que habría enviado Rusia a Occidente sería que: “cuidado, tengo la capacidad de destruir tus gasoductos”. Con más de 60 submarinos a su disposición, no creo que Rusia necesite destrozar la infraestructura que tanto le costó construir para enviar ese recado.

Otras hipótesis hablan de submarinos rusos “suicidas”. Citando fuentes tan imparciales como los servicios de inteligencia británicos, leemos que Rusia dispone de capacidad para haber volado los gasoductos, pero en ningún momento justifica el artículo la motivación que podría tener Rusia para hacerlo. Eso sí, el autor nos recuerda que la CIA ya había advertido al gobierno de Alemania sobre posibles ataques a las tuberías, semanas antes de que ocurrieran. La mera advertencia tampoco proporciona una motivación creíble que justificara la destrucción de una formidable palanca de presión por parte de quien la construyó.

¿Qué interés podría tener Rusia en dinamitar unas infraestructuras que le permiten presionar a la Unión Europea con tan sólo abrir o cerrar el grifo? El gasoducto Nord Stream 2, propiedad de  Gazprom, en cuya construcción participaron también empresas europeas, tuvo un coste de 11.000 millones de dólares y tuvo que sortear un aluvión de sanciones estadounidenses para ser construido. Hace sólo tres años, Ángela Merkel se posicionó “en contra de las sanciones extraterritoriales” contra el proyecto, y su ministro de Exteriores, Heiko Maas, las calificó de “interferencia en las decisiones autónomas tomadas en Europa».

¿Por qué iba Rusia a dañar una infraestructura que podría ser utilizada en un futuro, si las actuales tornas cambiaran? En el hipotético caso de que hubiera decidido dinamitarlo ¿por qué habría de hacerlo en una zona del Mar Báltico tan cercana a Dinamarca, Polonia y Suecia, estrechamente vigilada por la OTAN? Pero sobre todo, ¿por qué iba a hacer algo Rusia que supusiera otorgarle una ventaja a Estados Unidos, algo que beneficiara a quien alimenta la guerra contra ella en Ucrania, en detrimento propio?

Putin anunció el 12 de octubre que Rusia podría redirigir los suministros destinados a los gasoductos dañados al Mar Negro, para crear un centro de distribución de gas en Turquía, o incluso usar la única parte intacta del Nord Stream 2 para abastecer a la Unión Europea. Putin también señaló que estimaba posible reparar los gasoductos y que debía ser la Unión Europea la que eligiera su destino: «Rusia está lista para comenzar tales entregas. La pelota, como dicen, está en la cancha de la Unión Europea», afirmó el presidente de Rusia. Esta nueva proposición es incompatible con la hipótesis de un ataque de Rusia a sus propias infraestructuras de distribución de gas.

Conviene recordar que Estados Unidos lleva persiguiendo desconectar a la península europea de Rusia, en términos energéticos, desde los años 60 del siglo pasado. Como documenté en un artículo en marzo, fue John Fitzgerald Kennedy quien promulgó un embargo que afectaba al suministro de tuberías de formato ancho a la URSS, que entonces construía el oleoducto “Druzhba” (Amistad), que sigue siendo el más largo del mundo. Las sanciones estadounidenses tuvieron un efecto indeseado: fomentaron el desarrollo industrial de los países del bloque del Este y el oleoducto se completó en 1964, llevando el petróleo ruso a Alemania, Polonia, Checoslovaquia y Hungría.

Ilustración: eleconomista.es

Estados Unidos lo volvió a intentar veinte años más tarde. En 1981, Ronald Reagan prohibió la venta de alta tecnología a la URSS, ampliando la lista de productos que necesitaban autorizaciones especiales para ser exportados. En aquella ocasión, Alemania se plantó: el gasoducto previsto entre Rusia y Europa se construiría con o sin la aprobación de los Estados Unidos. Y no sólo Alemania, Francia también. Hasta el Reino Unido desafió a su antigua colonia. Margaret Thatcher declaró que Gran Bretaña se sentía “profundamente herida” por las sanciones “de un amigo”. En junio de 1982, la Comisión Económica Europea declaró ilegal la extensión de las sanciones que Estados Unidos impuso a sus subsidiarias en Europa. La construcción del gasoducto era vista como la oportunidad para revitalizar la industria del acero y la ingeniería europeas, así como una manera de diversificar las fuentes de energía, al margen de la OPEP. Las sanciones de Estados Unidos, de haber sido aceptadas, habrían supuesto el incumplimiento de contratos con la Unión Soviética, algo que Margaret Thatcher declaró que no estaba dispuesta a hacer, pero no por eso, sino porque hubiera supuesto ahogar las posibilidades de crecimiento económico de Europa.

El gasoducto objeto de las sanciones estadounidenses ha tenido una vida accidentada. El 7 de mayo de 2007, una explosión destruyó una sección de 30 metros en un punto situado 100 kilómetros al sur de Kiev, Ucrania. El 12 de mayo de 2014 dos explosiones, que los servicios secretos de Ucrania calificaron de actos terroristas, causaron daños en el gasoducto. Sólo un mes después, el Ministerio del Interior ucraniano atribuyó a una bomba otra explosión que voló el gasoducto en la región de Poltava. Meses antes, Dmytro Yarosh, el líder de “Pravy Sektor” (Sector Derecho, un partido neonazi ucraniano) había amenazado con destruir el gasoducto “para evitar la Tercera Guerra Mundial”.

La disminución de las exportaciones de gas desde Rusia a la Unión Europea – una reacción a las sanciones impuestas por Bruselas – se ha traducido en un incremento exponencial de los precios del gas en Asia y en Europa. No así en Estados Unidos, como productor y exportador de gas que es, tal y como vemos en este gráfico.

Los precios de referencia del gas han subido como un cohete en Asia y Europa. Ilustración: Bloomberg.

El 6 de octubre, la agencia Euroefe recogía el malestar de varias capitales europeas por los altísimos beneficios que estaban obteniendo Estados Unidos y Noruega en sus exportaciones a la Unión Europea, afeándoles su falta de “solidaridad” en momentos de grave crisis energética. El ministro de Economía de Alemania se sumaba ese día a la petición de Polonia de abrir una negociación para reducir los precios del gas que la UE importa de EE.UU. y Noruega. Robert Habeck se quejaba de que “Algunos países, incluso amigos, están consiguiendo precios astronómicos en algunos casos”, y continuaba diciendo que “Esto conlleva naturalmente problemas, acerca de los cuales es necesario hablar”.

Cinco días más tarde, el 11 de octubre, Bruno Le Maire, ministro de Economía de Francia, intervino en el debate presupuestario en la Asamblea Nacional. Su mensaje fue muy claro: “Tampoco es conveniente que dejemos que el conflicto en Ucrania resulte en la dominación económica estadounidense y el debilitamiento europeo. No podemos aceptar que nuestro socio estadounidense venda su gas natural licuado a un precio cuatro veces superior al que se lo vende a sus propias empresas. Un debilitamiento económico de Europa no le interesa a nadie. Un debilitamiento económico de Europa no interesa a nuestros socios americanos. Debemos encontrar relaciones económicas más equilibradas en el tema energético entre nuestros aliados americanos y el continente europeo”.

Los dirigentes europeos parecen aquejados de una grave miopía geopolítica. La invasión rusa de Ucrania, instigada por Estados Unidos desde el golpe de Estado del Maidán en 2014, y la política de sanciones iniciada por Washington desde la presidencia de Obama, tiene dos vertientes. Una, dirigida contra Rusia, busca hundir su economía, provocar un descontento popular y, en último término, un cambio de régimen para instalar una marioneta, al estilo de Yeltsin, que le permita esquilmar sus inconmensurables recursos naturales. La otra vertiente va dirigida contra la propia Unión Europea, con la ayuda inestimable de un Reino Unido que ya no forma parte de ella. Los efectos contraproducentes de las sanciones a Rusia, cuyas previsiones económicas acaban de ser revisadas al alza por el FMI, están abocando a la Unión Europea a la recesión. Por eso el ministro de Economía francés se equivoca cuando afirma que “Un debilitamiento económico de Europa no le interesa a nadie”. Al contrario, un debilitamiento económico de Europa es precisamente lo que está buscando Estados Unidos con su estrategia de desconectar a la Unión Europea de su principal proveedor energético.

Cuando Bruno Le Maire de repente se da cuenta de que Estados Unidos le está vendiendo el gas a la Unión Europea a un precio cuatro veces superior al que lo hace a las empresas estadounidenses, debería empezar a preguntarse si ese país al que denomina “socio” no es, en realidad, su enemigo. El enemigo de toda Europa.

¿A quién le interesa que Rusia deje de vender gas a Europa? Cui prodest scelus, is fecit.

La cumbre de Samarcanda alumbra el nuevo mundo multipolar

30 de septiembre de 2022

Es muy probable que los historiadores del futuro, si es que la especie humana lo tiene, fijen el 16 de septiembre de 2022 como el hito apropiado para señalar el nacimiento del mundo multipolar. En esa fecha, los líderes de los ocho miembros de la Organización de Cooperación de Shanghái firmaron en la cumbre de Samarcanda, Uzbekistán, una extensa declaración donde apuestan por “un nuevo tipo de relaciones internacionales en el espíritu de respeto mutuo, justicia, igualdad y cooperación mutuamente beneficiosa”. La importancia de la cumbre es inversamente proporcional a la atención que le han dedicado los medios de comunicación occidentales, donde ha sido ostentosamente ninguneada.

La OCS consta actualmente de ocho Estados miembros: China, India, Kazajstán, Kirguistán, Rusia, Pakistán, Tayikistán y Uzbekistán y está reconocida por la ONU. Juntos representan aproximadamente un tercio del PIB mundial y sus habitantes suman más de 3.300 millones, alrededor del 40% de la población del planeta. Ocupan el 60 % de Eurasia y el 25,5 % de la extensión territorial del mundo. Además, Afganistán, Bielorrusia, Irán y Mongolia tienen estatus de observadores en la OCS. Irán ya ha firmado un memorándum de obligaciones para adherirse como miembro de pleno derecho, en abril de 2023, según fuentes iraníes. Afganistán y Mongolia han solicitado el ingreso, y el procedimiento para admitir a Bielorrusia también ha sido iniciado.

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Las sanciones a Rusia meten a la Unión Europea en un callejón sin salida

15 de septiembre de 2022

Estamos en manos de inútiles. La comparecencia de Christine Lagarde, el 8 de septiembre en Frankfurt, vino a confirmarlo. Por un lado, la presidenta del Banco Central Europeo anunció una subida del tipo de interés de 75 puntos básicos (0,75%), advirtió que se producirían más incrementos en cada una de las próximas reuniones del Consejo de Gobierno del BCE y declaró que el objetivo es reducir la inflación, hasta dejarla en el 2%. Sin embargo, en la eurozona, la inflación depende en un 42% de la oferta, en un 15% de la demanda, y en un 43% de la energía. Las subidas de tipos de interés sólo pueden actuar deprimiendo la demanda y, en menor medida, la oferta. Pero en ningún caso las subidas de los tipos de interés podrán frenar los precios del gas y del petróleo, que dependen de factores fuera del alcance de la política monetaria del BCE.

Por otro lado, la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, anunciaba el 29 de agosto una intervención de emergencia en el mercado eléctrico y una reforma estructural. Se lo está tomando con calma. Esta vez, los Estados van a tener que salir al rescate de la ciudadanía, siquiera parcialmente, para que podamos pagar los recibos de la energía eléctrica, que han subido de forma desorbitada. En Bruselas se está discutiendo la manera de repartir esos costes entre los Estados y las compañías eléctricas y, a juzgar por el discurso de la presidenta de la Comisión del 14 de septiembre, el conejo está todavía dentro de la chistera, bastante mareado: von der Leyen no pasó de anunciar generalidades.

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