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El primer ministro de Pakistán es depuesto tras visitar a Putin

La visita al Kremlin le ha costado el puesto al primer ministro pakistaní. El 11 de abril, 18 días después de su viaje a Moscú, Imran Khan era derribado a través de una moción de censura. Un proceso rodeado de polémica por la presunta intervención de Estados Unidos. El político, líder del PTI – Movimiento por la Justicia en Pakistán – había decidido mantener la reunión que tenía prevista con Vladimir Putin, dentro de una agenda de trabajo de dos días en Moscú, que coincidió en su segundo día con la invasión rusa de Ucrania, el 24 de febrero.

Durante su visita a Moscú, Imran Khan declaró que «Esta [crisis de Ucrania] no nos concierne. Tenemos una relación bilateral con Rusia y realmente queremos fortalecerla. Lo que queremos hacer es no formar parte de ningún bloque». Pakistán también mantiene relaciones militares con Ucrania e importa grandes cantidades de trigo ucraniano.

Fuente: Financial Times. Fotografía: Reuters.

En las reuniones bilaterales de trabajo, uno de los aspectos fundamentales fue la energía. El ministro de Finanzas, Shaukat Tarin, le dijo al Financial Times que un acuerdo con Rusia para construir el gaseoducto Pakistan Stream «está casi cerrado». El gaseoducto conectaría la ciudad portuaria de Karachi, donde Pakistán recibiría gas natural licuado (GNL) para trasportarlo luego a Kasur, en el Punjab. El coste de la obra asciende a 2.500 millones de dólares y sería ejecutada por empresas rusas. Además del beneficio obtenido por construir el conducto, Rusia abriría una vía adicional de distribución para el GNL que Pakistán ya recibe de Qatar y otros países de Oriente Medio. Esto supondría un incentivo para que ese flujo hacia Pakistán aumentara, en lugar de hacerlo hacia otros mercados, como la Unión Europea.

Pakistán está interesado en otros dos proyectos energéticos significativos. El primero, la construcción de un oleoducto desde Irán, que se ha visto obstruido como consecuencia de las sanciones que Estados Unidos impuso a Teherán. Taponada esa vía por el momento, Pakistán se ha vuelto hacia otro proyecto, el TAPI: un gasoducto que uniría Turkmenistan, Afghanistan, Pakistan y la India, con un coste de 10.000 millones de dólares. Una infraestructura que comenzó a construirse en 2015 en el país de origen, pero que ha sufrido constantes retrasos debido a la guerra en Afganistán. Rusia ya ha anunciado su interés en participar en su construcción. 

Imran Khan asumió el poder en 2018, cuando el PTI fue la fuerza más votada en las elecciones legislativas, pero, a falta de mayoría absoluta en el parlamento, tuvo que aliarse con otros partidos para formar un gobierno de coalición.

El 30 de marzo, 6 días después de la visita de Imran Khan a Moscú, el líder del principal aliado parlamentario del primer ministro, Khalid Maqbool Siddiqui, anunció que su partido, el MQM, abandonaba la coalición con el PTI y se pasaba al bloque que pretendía deponer a quien hasta ese momento era su socio. El partido Awami, con presencia en Baluchistán, también abandonó la coalición. Imran Khan había denunciado la confraternización que había desarrollado la embajada de Estados Unidos en Pakistán con los políticos que terminaron aliándose con la oposición para derribarle.

Desde su independencia, en 1947, Pakistán ha sido un tradicional aliado de Estados Unidos. Sus décadas de dictaduras militares, alternadas con intermitentes periodos democráticos, no han supuesto óbice alguno para que Estados Unidos mantuviera fluidas relaciones con la república islámica, que cuenta con armamento nuclear. En los años 80, bajo la dictadura del general Muhammad Zia-ul-Haq, Pakistán prestó sus bases militares a Estados Unidos para que la CIA desarrollara sus programas de entrenamiento de los muyahidines, con el objetivo de expulsar a los soviéticos de Afganistán. Estados Unidos denominaba entonces “freedom fighters” a los combatientes islamistas. A cambio de su colaboración, Estados Unidos le había prometido al general pakistaní territorios en el oeste, presumiblemente arrebatados a Afganistán en un futuro, para compensar la pérdida que había supuesto la independencia de Bangladesh.

Sin embargo, el recién depuesto primer ministro se estaba saliendo del marco habitual en Pakistán: la colaboración con la Casa Blanca. En mayo de 2021, en vísperas de la debacle norteamericana en Kabul, el ministro de Asuntos Exteriores pakistaní, Shah Mahmood Qureshi, advirtió que no iba a ceder el uso de bases militares a Estados Unidos para desarrollar “operaciones contraterroristas” en Afganistán. El propio Imran Khan había descrito los 20 años de ocupación de Afganistán como un desastre estadounidense.

En las mismas fechas, el Senado de Pakistán emitía una resolución acerca de la situación en Palestina donde expresaba “su profundo resentimiento por la hipocresía y el doble rasero de varios países a los que les falta la condena, pero que siguen hablando de derechos humanos, a pesar de ser cómplices del agresor. Rechazamos cualquier intento de equiparar al agresor [Israel] con las víctimas de la agresión [pueblo palestino] y somos muy claros, esto no es un conflicto. Esta es una guerra unilateral”.

A estos antecedentes de distanciamiento de la Casa Blanca habría que sumar la posición que adoptó Imran Khan sobre Ucrania, similar a la de la India y China: negarse a sancionar a Rusia. Es en este marco en el que hay que situar la cadena de acontecimientos que le costó el puesto al primer ministro, en esta ocasión a través de una moción de censura a la que se adhirieron quienes hasta el día anterior habían proporcionado apoyo parlamentario al gobierno de coalición que encabezaba Imran Khan.

El primer ministro trató de impedir la moción de censura disolviendo las cámaras, alegando que tras la operación para derribarle se escondía una “conspiración extranjera”. En este sentido, el 27 de marzo Imran Khan declaró que “Las potencias extranjeras están diseñando un cambio de régimen en Pakistán”, mientras agitaba una carta que supuestamente habría sido entregada por el Departamento de Estado al embajador de Pakistán en Washington, Asad Majeed Khan. 

Tres ministros del gobierno ofrecieron una rueda de prensa tras haber estudiado la carta, ofreciendo más detalles sobre la misma. El primer ministro ofreció examinar el documento a otros miembros del gobierno, a la comunidad de inteligencia e incluso a los medios de comunicación. Sin embargo, en cuestión de horas, el Tribunal Supremo de Pakistán dictaminaba que la carta no se podía hacer pública debido al juramento de secreto que concernía al primer ministro en estos casos.

Al día siguiente se reunió el Comité de Seguridad Nacional, un encuentro que fue boicoteado por los miembros de los partidos de la oposición. Tras la reunión, el embajador estadounidense en Islamabad fue llamado a capítulo en relación con el contenido de la carta.

¿Qué decía la carta? La misiva del Departamento de Estado advertía, presuntamente, que pronto se produciría una moción de censura contra Imran Khan y que éste debería aceptarla, en lugar de resistirse. En caso contrario, Khan y Pakistán tendrían que afrontar horribles consecuencias.

El tres de abril, a petición del primer ministro, el presidente de Pakistán disolvió el Parlamento, después de que el vicepresidente de la cámara se negara a facilitar la votación de la moción de censura. Sin embargo, el 8 de abril el Tribunal Supremo declaró inconstitucional la disolución del parlamento, lo que facilitó que se produjera finalmente la votación. El primer ministro aceptó el dictamen del alto tribunal. Imran Khan alegó disponer de información que revelaba la compra y venta de votos en el parlamento en relación con la votación que tendría lugar a continuación. Un día después, el 9 de marzo, el ejército de Pakistán, auténtico factótum de la política pakistaní, especialmente en lo que afecta a las relaciones exteriores, se declaraba neutral en el proceso.

El 11 de abril los diputados del partido de Imran Khan se ausentaban de la votación de la moción de censura, que eligió como nuevo primer ministro a Shehbaz Sharif, de la Liga Musulmana de Pakistán. El exministro de Asuntos Exteriores, Shah Mahmood Qureshi, justificaba así la ausencia de los diputados del partido de Khan: «No legitimaremos un gobierno traído por una intervención extranjera. Estamos boicoteando y anunciando nuestra renuncia a la Asamblea Nacional».

El nuevo primer ministro es un político de la vieja guardia, cuyo hermano fue varias veces primer ministro. Nawaz Sharif ahora se encuentra fugado en Londres, tras ser encarcelado por corrupción y conseguir un permiso penitenciario, del que nunca regresó. Eso sí, la prensa occidental se ha apresurado en calificar a Shehbaz Sharif como un político más favorable a occidente, aunque también enfrenta cargos por corrupción, al igual que su hermano fugado.

La destitución de Imran Khan está provocando multitudinarias manifestaciones a lo largo y ancho de Pakistán. Unas protestas que, en su mayoría, están siendo silenciadas por los medios de comunicación pakistaníes. De los occidentales ya ni hablamos. En Twitter, la etiqueta #RevolutionBlackedOut denuncia la ocultación por parte de las principales cadenas de televisión de las concentraciones que siguen teniendo lugar desde el 11 de abril.

Por su parte, los medios occidentales, como Bloomberg, comenzaban a esparcir que la población de Pakistán aprobaba el resultado de la moción de censura contra Imran Khan, apoyándose en una encuesta telefónica realizada a mil personas. Las manifestaciones que, a día de hoy, siguen convocando a centenares de miles de pakistaníes en contra de lo ocurrido, parecen decir otra cosa.

Fuente: Bloomberg. 

Preguntado en rueda de prensa sobre las alegaciones de Imran Khan acerca de una supuesta intervención de Estados Unidos para derrocarle, el portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, contesto: «No hay absolutamente ninguna verdad en las acusaciones». (…) «No apoyamos a un partido político sobre otro. Apoyamos los principios más amplios, los principios del estado de derecho, de justicia igualitaria ante la ley».

El 11 de abril, exactamente el mismo día en que Imran Khan era depuesto de su cargo, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, tenía una reunión por vía telemática con el primer ministro de la India, Narendra Modi, en la que el estadounidense presionó al hindú para que se sumara a las sanciones contra Rusia, algo que hasta el momento ha rechazado. ¿Casualidad o aviso a navegantes? Más bien nos inclinamos por la segunda opción, teniendo en cuenta que tres días más tarde, el secretario de Estado, Antony Blinken, expresaba su preocupación por las presuntas vulneraciones de derechos humanos que Estados Unidos estaba detectando en la India. Unas preocupaciones sobre esta materia que son siempre muy selectivas por parte de Washington: en unos casos devienen en embargos comerciales y sanciones, y en otros se quedan en eso, en preocupaciones. Veremos qué es lo que ocurre en este caso.