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¿La democracia autoritaria está provocando una guerra cultural más?

16 de enero de 2023

Voy a usar la expresión “democracia autoritaria” para referirme al wokismo, el término que usa el filósofo José Antonio Marina en su blog El Panóptico, lo que dice mucho sobre el colonialismo cultural anglosajón que sufrimos. La elección de estas palabras, democracia autoritaria, a priori un oxímoron, adelanta mi opinión sobre los peligros que acechan tras una ideología, el woke, o wokeness, en inglés, que está provocando la principal batalla cultural y política de nuestro tiempo. Lo que quiero analizar es si esta conflagración se queda en mera guerra cultural; si trasciende lo que vienen a ser estas cortinas de humo; y si, finalmente, es correcto enmarcarla dentro del tradicional eje izquierda/derecha.

En mi opinión, no nos encontramos ante una guerra cultural más porque, en este caso, lo que se ventila son los valores más profundos – y supuestamente superiores – sobre los que se asientan las democracias occidentales. Estos principios son los que permitirían a este modelo de gobierno alzarse moralmente sobre otros paradigmas, a los que califica de autocráticos, o autoritarios. Si los valores, que son los cimientos, se resquebrajan, la alegada superioridad moral sobre la que se alzan las democracias desaparece. En este sentido, la guerra entre la “democracia autoritaria” y sus políticas identitarias contra las posiciones antagónicas constituiría la madre de todas las guerras culturales. Una contienda cuyas implicaciones sobrepasan el ámbito de las otras guerras, que se circunscriben a las sociedades occidentales, ya que afectan a la batalla por el relato que se está desarrollando en el tablero geopolítico mundial. Por tanto, habría que situarla en un nivel cualitativamente distinto, aunque compartiría con el resto de este tipo de guerras un hecho: que en principio no afronta la cuestión fundamental, que es el esquema de dominación capitalista, el sistema que está concentrando cada vez mayor riqueza en menos manos, en detrimento de capas cada vez más amplias de la población.

Ilustración: Desigualdad de la riqueza en el mundo. Wealth Inequality Report.

El 1% de la población posee el 38% de la riqueza, mientras que el 50% sólo dispone del 2% de la misma.

Pero comencemos analizando el origen del término y cómo ha ido sufriendo cambios en su significado. Según la Real Academia, “woke” equivale a “concienciado”. En inglés, “woke” es el participio de wake, despertarse. En Estados Unidos, el vocablo comenzó a utilizarse a principios del siglo XX, por parte de la comunidad afroamericana, como una llamada a permanecer alerta“stay woke” – ante las amenazas, motivadas racialmente, que sufría por parte de los blancos. Exceptuando un artículo del The New York Times en 1962, la palabra no salió de ese ámbito hasta 2014, cuando la policía mató a Michael Brown en Ferguson, Missouri, y el movimiento Black Lives Matter la adoptó como consigna: mantente alerta ante la brutalidad policial. A partir de ahí, el término “woke” fue ampliando su significado, y en 2017 el diccionario Oxford pasó a definirlo como “consciente de los problemas sociales y políticos, especialmente el racismo».

La evolución del significado de la palabra hizo que el propio diccionario Oxford recogiera la controversia que suscita su uso: “Esta palabra a menudo se usa con desaprobación por parte de personas que piensan que otras personas se enojan con demasiada facilidad por estos temas, o hablan demasiado sobre ellos de una manera que no cambia nada”. Otro diccionario, el Merriam Webster, va en la misma onda: (el término) “se usa con desaprobación para referirse a alguien políticamente liberal (como en asuntos de justicia racial y social) especialmente de una manera que se considera irrazonable o extrema”.

A juzgar por estas consideraciones, nos encontramos ante otra guerra cultural más: un choque entre “liberales” por un lado (como se denomina en Estados Unidos a los miembros, o simpatizantes, del Partido Demócrata) y conservadores, por el otro, que usan el término “woke” como arma arrojadiza.

¿Pero realmente nos encontramos ante otra guerra cultural, otra trampa para ocultar lo esencial, como argumenté en este artículo, o esto va mucho más allá?

Caitlin Johnstone es una periodista australiana con la que suelo estar muy de acuerdo. Sin embargo, en este caso, me gustaría matizar su planteamiento.  En su artículo titulado “La clase dominante promueve las políticas identitarias y el ‘antiwokismo’ por exactamente las mismas razones”, Johnstone sostiene que la confrontación entre los liberales “woke” y los conservadores “antiwoke” no es más que otra cortina de humo para ocultar el sistema de dominación capitalista que padece la ciudadanía en las democracias occidentales. Estas son sus palabras: “Lo que estoy señalando aquí, más bien, es la forma de boquilla en que se usa la justicia racial y sexual para que la gente apoye a una facción política convencional, que nunca hace otra cosa que facilitar la oligarquía, la explotación y el imperialismo, precisamente de la misma manera en que la histeria del ala derecha sobre el «wokismo» se usa para hacer exactamente lo mismo”.

Es decir, que demócratas y conservadores se atizan con asuntos como el racismo o las cuestiones de género para que no nos demos cuenta de que, al común de los mortales, las élites nos siguen robando la cartera. El esquema bipartidista estadounidense es extrapolable, en mi opinión, a los países donde existe una mayor variedad de partidos, en gran medida cosmética, porque desempeñan la misma función.

Es cierto que, en torno a lo que se ha venido a llamar “políticas identitarias”, (las que priman la unidad de acción, y los valores compartidos, entre personas de la misma raza, etnia, religión, orientación sexual, cultural u otras), y quienes las critican se está desarrollando una batalla cultural y política no sólo en Estados Unidos, donde se originó, sino en el resto del bloque occidental. Pero, a mi juicio, hay varios elementos que determinan que nos enfrentamos a una guerra cultural cualitativamente distinta a las demás, al afectar a los valores sobre los que, supuestamente, se asientan las democracias occidentales. Unos valores con los que se envuelven para exhibir una supuesta superioridad moral sobre los modelos de gobierno que, también supuestamente, no los comparten. Me refiero al marco que presenta la guerra en Ucrania como una contienda entre las democracias occidentales y las autocracias euroasiáticas. Analicemos ahora si esos valores de los que tanto presume el bloque occidental se practican, o se quedan en propaganda.

En primer lugar, asistimos a un incremento de la polarización muy preocupante en la esfera política, que se está trasladando al ámbito cultural, y está siendo socialmente amplificada por el uso masivo de las redes sociales, un remedo del ágora, pero sesgado por quienes las controlan. Según el Pew Research Center, «los demócratas y los republicanos están más alejados ideológicamente hoy que en cualquier otro momento de los últimos 50 años». Pero lo que resulta alarmante es que, según una encuesta de la cadena CBS, casi la mitad de los miembros de ambos partidos ven al otro no como un opositor, sino como un «enemigo». Cuando los políticos comienzan a elevar el tono de su lenguaje, y usan verbos como “matar” para describir lo que se merecen otras opciones políticas, tenemos que empezar a preocuparnos seriamente. Cuando la actitud frente al adversario consiste en promover su eliminación, salimos de la democracia y nos adentramos en el fascismo. Luego vienen las guerras civiles y sus larguísimas resacas.

Declaraciones del congresista demócrata Tim Ryan sobre la facción “extremista” del Partido Republicano: “Tenemos que matar y confrontar ese movimiento”. Fuente: The Hill.

En segundo lugar, en el campo cultural, el panorama se antoja igualmente inquietante. En julio de 2020, un grupo de intelectuales y artistas, entre los que se encontraban personas tan alejadas ideológicamente como Noam Chomsky y Anne Applebaum, publicaron un manifiesto en Harper’s, titulado “Una carta sobre la justicia y el debate abierto”. En el escrito, los firmantes declaraban su preocupación por la intensificación de “un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y tolerancia de las diferencias en favor de la conformidad ideológica”. Igualmente, los autores subrayaban que La restricción del debate, ya sea por parte de un gobierno represor o de una sociedad intolerante, invariablemente perjudica a quienes carecen de poder y hace que todos sean menos capaces de participar democráticamente. La forma de derrotar las malas ideas es mediante la exposición, el argumento y la persuasión, no tratando de silenciarlas o hacerlas desaparecer”.

La restricción del debate, la censura y la cultura de la cancelación no han venido esta vez de la mano de la derecha, sino de las políticas identitarias y de quienes se presentan como izquierda. Las grandes empresas tecnológicas, propietarias de las redes sociales, están actuando a favor de las posiciones del Partido Demócrata, censurando los mensajes vinculados al Partido Republicano, como ha evidenciado la filtración de “The Twitter Files” al escritor y periodista Matt Taibbi por parte del nuevo propietario de la red, Elon Musk. En el caso de Facebook, son antiguos agentes de la CIA los que dirigen el órgano de censura de la red social. Aaron Berman está al frente del equipo que escribe las reglas de Facebook y decide lo que es aceptable y lo que no. Muchos dirigentes de las empresas tecnológicas de Silicon Valley financian al Partido Demócrata, y si hay algo realmente próximo al Deep State, esos son los servicios de inteligencia.

Ilustración: Página en Linkedin de Aaron Berman, donde consta su trabajo en la CIA y su empleo actual en Meta, la matriz de Facebook, como responsable de la política de desinformación.  Fuente: Mintpress News.

El Partido Demócrata no es que esté en riesgo de convertirse en el establishment, sino que es su actual elegido para implementar sus políticas. El partido de Joe Biden es el mayor impulsor de la guerra en Ucrania: sólo 83 congresistas del Partido Republicano, de los 213 con los que cuenta, asistieron al discurso de Zelenski en el Congreso de Estados Unidos. Por eso me parece que enmarcar la disputa ideológica que nos ocupa dentro del eje clásico izquierda/derecha es un error, por el simple hecho de que las fronteras entre ambos paradigmas se están borrando a gran velocidad. Para escuchar una narrativa en medios convencionales no sólo distinta, sino opuesta, a la propulsada por el Departamento de Estado en relación con la guerra de Ucrania, tenemos que acudir a medios conservadores, (por mucho que lo que digan en otros ámbitos nos repela), o a periodistas independientes, financiados por sus lectores, con mucha menor audiencia. The Grayzone es uno de los pocos medios que publican también en español. En este idioma, el panorama en formato texto es desolador, con honrosas excepciones.

La mal llamada cultura de la cancelación, porque a mi juicio este eufemismo ensucia la palabra cultura para enmascarar la censura, está adquiriendo unos rasgos que la hace indistinguible de las dictaduras más rancias. Pero lo más grave es que sus impulsores, que se ubican a la izquierda, pretenden hacer pasar esa actitud punitiva, excluyente y represora por una defensa de la democracia. Quien se aparta del guion o, como denuncia la carta publicada en Harper’s, no muestra un celo lo suficientemente ardiente en la defensa de los postulados esignados como políticamente correctos por ellos, es castigado no sólo con el ostracismo social, sino con el despido, u otras represalias de índole económico.

La lista de casos es interminable, pero sirva como ejemplo el caso de Lowkey, el rapero que está sufriendo una ola de difamaciones y presiones para que sea “cancelado” por denunciar las actuaciones del gobierno de Israel contra la población de Palestina. No es el único. La relatora especial de la ONU para los derechos humanos acaba de publicar un informe donde califica al gobierno israelí de «régimen intencionalmente adquisitivo, segregacionista y represivo diseñado para impedir la realización del derecho del pueblo palestino a la libre determinación». Sin embargo, las críticas a las políticas del gobierno de Israel son tachadas de antisemitismo, como recuerda Amnistía Internacional. Una figura que tiene rango de delito en muchos países, por ejemplo en España

Hemos llegado al extremo de que lo democrático es lo que digo yo, y si no lo acatas, si no lo reproduces o no lo haces con el suficiente celo, te “cancelo”. Esta estrategia de la “cancelación” ha creado ya su propio vocabulario:

  • Deplatforming: eliminar y prohibir a un usuario registrado el uso de un medio de comunicación masiva (como una red social o un sitio web de blogs), según recoge el diccionario Merriam Webster, que acompaña su definición con un ejemplo de un usuario eliminado de Facebook por “diseminar desinformación”.
  • Shadowbanning: cuando las publicaciones de un usuario no se muestran en una red social, sin que haya sido sacado de la plataforma, ni advertido, por lo que sus seguidores no las reciben.
  • Call out culture: “una forma de comportarse en una sociedad o grupo en el que las personas a menudo son criticadas en público, por ejemplo en las redes sociales, por sus palabras o acciones, o se les pide que las expliquen”, en definición del diccionario Cambridge. En español, lo que vendría a ser “señalar con el dedo”, que sería el paso previo a la “cancelación”.
  • Desinformación: otra de las palabras fetiche de la estrategia de la cancelación. El comodín utilizado para justificar la eliminación de las opiniones disidentes.

Como acertadamente recuerdan los firmantes de la carta mencionada anteriormente, una de las bases de la democracia es el debate abierto y el respeto a la pluralidad de opiniones. El amordazamiento, cuando no la supresión, de determinadas ideas es incompatible con ese ideal democrático del que presumen los sistemas de gobierno basados en la existencia de distintos partidos políticos, que representan a la ciudadanía en la sede de los parlamentos. La supuesta superioridad moral de los regímenes auto calificados de democráticos se tambalea cuando impera la censura, bajo distintos eufemismos.

Cuando se suprime el debate, y amordazar las posiciones discordantes se convierte en la norma, abandonamos el terreno de la democracia de baja intensidad que ya padecemos, para entrar de lleno en el fanatismo. Las políticas identitarias comenzaron poniendo el énfasis en cuestiones que necesitaban, y siguen necesitando, medidas para mejorar las desigualdades e injusticias existentes en sus respectivos ámbitos (racismo, derechos humanos, feminismo, derechos LGTBIQ+, etc.). Sin embargo, los impulsores de las políticas identitarias restan apoyos a sus respectivas – y legítimas – causas cuando derivan hacia planteamientos excluyentes de cualesquiera opiniones que no coincidan en su totalidad con sus postulados. La demonización de quienes no piensan como ellos, las difamaciones que sufren quienes no comparten sus postulados, el ostracismo social al que pretenden condenar a quienes discrepan de sus métodos y objetivos – todo lo cual, desgraciadamente, está ocurriendo – provocan un rechazo comprensible en quienes lo sufren. Esa reacción se extiende a capas más amplias de la población, que no entienden – yo tampoco – cómo es posible que personas que se tildan de demócratas y, en ocasiones, de izquierdas, adopten posturas fanáticas, antidemocráticas y autoritarias. Y no sólo eso, sino que atribuyan a todos quienes no estén de acuerdo con ellos los rasgos que definen precisamente su comportamiento y actitudes.

Las redes sociales han ampliado las dimensiones del ágora hasta extremos insospechados. Esto tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes. El incremento de la polarización se ha traducido en una progresiva pérdida del terreno que debería ocupar el debate, a pesar de que, en teoría, las redes podrían constituir un espacio para el diálogo sin fronteras. La realidad es bien distinta. Las personas tienden a interactuar con quienes piensan como ellos, porque esas interacciones refuerzan los marcos mentales en los que se mueven. También tienden a ignorar, en el mejor de los casos, o a insultar y odiar, en los peores, a quienes no piensan como ellos. Los medios convencionales contribuyen a abonar ese terreno, porque han comprobado que la polarización estimula las pasiones, y les hace incrementar su audiencia: ganan más dinero enfrentando a la población que fomentando el diálogo y el debate. El siguiente gráfico muestra un análisis de los titulares de 47 medios de comunicación populares en Estados Unidos, y los resultados son demoledores.

 

Prevalencia de la carga emocional de 23 millones de titulares en 47 medios populares en Estados Unidos. Se aprecia como se han incrementado los sentimientos negativos (ira, asco, miedo y tristeza) frente al retroceso del positivo (alegría) y del neutral. Fuente: Longitudinal analysis of sentiment and emotion in news media headlines using automated labelling with Transformer language models

En definitiva, las sociedades pretendidamente democráticas se asientan sobre la propaganda de unos valores que, en realidad, distan mucho de defender: paz, libertad, democracia, justicia, derechos humanos, igualdad ante la ley, se han convertido en eslóganes vacíos de contenido, repetidos machaconamente por los medios de comunicación convencionales, para tratar de persuadirnos de que disfrutamos del mejor de los sistemas políticos posibles.

La actual deriva autoritaria agrava drásticamente el deterioro de la democracia de baja intensidad en la que vivimos, y socava la narrativa occidental, justo cuando asistimos al nacimiento del mundo multipolar, dejándola sin argumentos. Por eso, incluso desde el propio punto de vista del sistema de dominación capitalista, a duras penas camuflado tras el decorado de la democracia, la estrategia adoptada por los fanáticos le hace un flaco favor a su causa.

Por eso, no podemos calificar la contienda entre la democracia autoritaria y sus opositores como una guerra cultural más, porque si los fanáticos se salen con la suya, impidiendo el debate e imponiendo sus ideas por la fuerza de la censura y la represión, del sistema político conocido por democracia no quedarán ni los harapos. Si su caída deja al descubierto los hilos de la tramoya que ahora se esfuerza por ocultar, será la prueba de que esto no era otra guerra cultural más.