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Guerras culturales: la trampa para ocultar lo esencial

Los domadores de leones usan una silla, en lugar de un bastón, para mantener alejado al animal por un motivo: la silla tiene cuatro patas, y cada una de ellas es percibida como una posible amenaza por el felino. El león duda de cuál de los cuatro bastones es el que podría terminar golpeándole, lo cual, unido al entorno en el que se encuentra confinado, contribuye a desorientar al animal y coloca al domador en una posición de ventaja relativa. De un modo similar, quienes pastorean al rebaño humano no usan un solo bastón, sino múltiples, con el fin de desorientarnos y tenernos entretenidos, para ocultar lo verdaderamente esencial.  

Las guerras culturales son las patas de la silla del domador, que personifica el sistema capitalista. Una silla que no tiene cuatro patas, sino muchas, que contribuyen a polarizar a la población, a dividirla, lo que quiere decir debilitarla. Mientras la ciudadanía se dedica a auto ubicarse en uno de los frentes en los que las guerras culturales la fragmentan, se olvida de lo fundamental: que existe un sistema de dominación, en permanente proceso de perfeccionamiento, con el objetivo de extraer riqueza de las capas amplias de la población, desposeídas de los medios de producción, para transferirla a las élites que controlan el sistema financiero, las corporaciones y los medios de comunicación que, a su vez, construyen la narrativa que conviene a sus intereses, camuflándolos.

Las guerras culturales juegan un papel esencial en la construcción del trampantojo de la “democracia”. Una palabra mil veces esgrimida para hacer pasar por lo que no es al régimen que realmente sufrimos: el expolio de la corporatocracia oligárquica, disfrazada con capas de vistosos ropajes de valores, que supuestamente caracterizan lo que viene a denominarse “el mundo libre”, según la cantinela mil veces repetida por el inquilino de turno de la Casa Blanca.

Las guerras culturales ocultan las diversas facetas del sistema capitalista, y su evolución desde el extractivismo, pasando por el taylorismo y el fordismo, hasta llegar al proceloso mundo de las herramientas del capitalismo puramente especulativo, las que mueven los brokers en los mercados financieros, convenientemente desregulados: ventas a corto, futuros, derivados, credit default swaps y otros arcanos.

El historiador de las ideas Thomas Frank cuenta en su libro “¿Qué pasa con Kansas?” cómo el Partido Republicano utilizó las guerras culturales para convertir a los habitantes de un estado tradicionalmente demócrata, incluso izquierdista, con un fuerte arraigo de los sindicatos, en votantes en masa del partido conservador. Thomas Frank habla del “borrado sistemático de lo económico” en el marco del debate político construido por los republicanos tras el cambio de paradigma que la globalización provoca en el ámbito laboral. La desindustrialización, la automatización y la deslocalización, que transformaron áreas anteriormente prósperas en lo que ahora es el Rust Belt, y acabaron con el fin del trabajo de por vida en una empresa, trajeron consigo un malestar en la clase trabajadora al que los republicanos supieron dar salida con la construcción de una narrativa que culpaba a los “liberales” de la debacle. La rabia y la indignación por la pérdida de la prosperidad fue aprovechada por los conservadores para transformar lo que era un reavivado conflicto de clase, en el que la clase trabajadora pagó las consecuencias de un cambio del modelo económico, en un conflicto cultural.

O más bien, en múltiples conflictos: los republicanos echaron la culpa de la decadencia industrial y de la pérdida de prosperidad del proletariado a las élites liberales (demócratas o izquierdistas, en el lenguaje estadounidense), instaladas en las costas este y oeste, en contraposición a la gente llana del interior. Los republicanos contraponen los valores tradicionales americanos con los gustos sofisticados de los liberales, a quienes atribuyen conducir coches extranjeros y beber café latte como graves pecados. Los liberales quieren destruir los valores familiares tradicionales, están a favor del aborto, nos quieren quitar las armas, y freírnos a impuestos con los que alimentar su “big government”.

Hay que reconocer a los innumerables think tanks que financian los republicanos su maestría a la hora de construir una narrativa que poco tiene que ver con la realidad. Poco importa que los populistas de derechas sean multimillonarios, como Donald Trump, (o como Silvio Berlusconi en Italia, y Andrej Babis en la República Checa), o que en realidad sea el neoliberalismo el que destruya los valores tradicionales. Una ideología, por cierto, abrazada con igual vehemencia por las dos facciones del partido único que rige en Estados Unidos, en lo que toca a lo esencial: el modelo económico. Pero han sido los republicanos quienes supieron canalizar la frustración de la clase trabajadora. Thomas Frank expresa de manera gráfica este éxito en su libro “Pity the billionaire” (Compadécete del multimillonario): el Tea Party ha conseguido que los desposeídos se agolpen junto a los muros que rodean las mansiones de los multimillonarios, para exigir que les bajen los impuestos…¡a los ricos!

Thomas Frank cojea claramente del lado demócrata, conviene advertirlo. De algún modo, considera que el Partido Demócrata sigue representando a la izquierda en Estados Unidos. En mi opinión, lo único que separa al Partido Demócrata del Republicano son sus distintas posiciones en el terreno donde se disputan las guerras culturales: el campo de los valores posmaterialistas. Sin embargo, ambos partidos coinciden en lo fundamental: el modelo económico y el belicismo a escala planetaria, ambos profundamente imbricados.

Ronald Inglehart, en su libro publicado en 1977 The Silent Revolution”, fue quien alertó sobre la brecha generacional entre quienes se preocupaban por lo material y quienes, una vez aseguradas las necesidades básicas, comenzaron a preocuparse por los valores posmaterialistas. El eje izquierda – derecha dejó de configurarse en torno al modelo económico y el papel del Estado como redistribuidor de la renta, para pasar a realinearse alrededor de las guerras culturales, con un fuerte componente identitario, desvinculado de la clase social.

Como resulta obvio, hablamos del hemisferio occidental. En el resto del planeta – levantemos el ombligo, que también existe – existen millones de personas cuya máxima preocupación se centra en llevarse algo al estómago cada día. En esta ilustración podemos ver la distancia que existe entre la Europa protestante y África y el mundo islámico a la hora de primar los valores ligados a la supervivencia y los relacionados con la auto expresión, o posmaterialistas, en torno a los que se construyen las guerras culturales.

Fuente: The New York Times.

La izquierda en general, no sólo en Estados Unidos, comenzó su decadencia cuando aceptó disputar la partida en el terreno de juego delimitado por la derecha. La caída de la Unión Soviética supuso un zarpazo del que la izquierda todavía no ha conseguido recuperarse. Porque una cosa es que unos determinados intentos de implantación de la ideología comunista terminaran fracasando en su aplicación práctica, por una plétora de motivos que se escapan del objeto de este artículo, y otra bien distinta es que ese revés signifique que, necesariamente, hayamos de adoptar el modelo neoliberal como el único posible.

El hundimiento de la socialdemocracia responde a su incapacidad para construir un marco alternativo al neoliberalismo, por falta de ideas, de voluntad política para hacerlo, o de capacidad de maniobra real para salirse del marco que fijan los que nunca se presentan a las elecciones, porque no tienen necesidad de hacerlo: los poderes económicos que realmente gobiernan. Margaret Thatcher, junto a Ronald Reagan una de las principales ideólogas del ultraliberalismo, declaraba, en relación con la drástica bajada de impuestos a los ricos que ambos impulsaron, que «Mi mayor logro es que hemos obligado a nuestros oponentes a cambiar de opinión». En 2003, arrojando la toalla ideológica, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero afirmaba que “Bajar impuestos es de izquierdas”.

En el sur global, en los estados donde la izquierda ha podido alcanzar la hegemonía, sus intentos de construir modelos alternativos al neoliberalismo se enfrentan a sanciones, a bloqueos económicos, al lawfare, a los golpes de estado avalados o promovidos por occidente o, directamente, a las invasiones militares por parte del brazo armado de las grandes corporaciones y las élites globales: Estados Unidos y su herramienta, la OTAN.

Ante su incapacidad para llevar a la práctica un modelo económico alternativo en los países donde ha tenido mayoría parlamentaria suficiente para poder hacerlo, la izquierda más o menos hegemónica se ha limitado a pelear en las guerras culturales. Muchas son las canchas en las que se dirimen estos conflictos: el derecho al aborto, el matrimonio homosexual, los derechos del colectivo LGTBI, de las personas transgénero, el multiculturalismo, el uso del velo islámico, el feminismo, la regulación de la prostitución, el uso recreacional de las drogas, la pena de muerte, la eutanasia, la ecología o, en Estados Unidos, el derecho a la tenencia de armas. Ninguna de estas guerras culturales cuestiona el sistema capitalista neoliberal. Su función no es sólo tener muy entretenido al personal, desviando la atención del modelo económico que está provocando un aumento espectacular de la desigualdad en la distribución de la riqueza en el mundo, sino polarizar a la población, dividirla, debilitarla, evitando que se agrupe frente a su auténtico enemigo: el que la empobrece.

Una población polarizada, dividida, es mucho más fácil de pastorear. Las guerras culturales tienen un fuerte componente ideológico, identitario, se agarran más a la víscera que al cerebro, alientan el sectarismo. Los defensores de cada una de las posiciones respecto a un tema tienden al fanatismo. Las soluciones de compromiso se antojan inalcanzables, se fomenta la visión del mundo en blanco y negro. Entramos en el terreno del odio al que opina distinto y ya sabemos que el odio consume mucha energía: queda poco tiempo para ocuparse de lo demás.

Y lo demás es precisamente lo más importante, lo que la cortina de humo de las guerras culturales quiere ocultar: un modelo económico basado en la desregulación del mercado financiero, en la bajada constante de impuestos a los más ricos y a las empresas, en detrimento de la clase trabajadora. Una transferencia constante de riqueza púbica a manos privadas. La privatización de los servicios públicos esenciales, como la sanidad o la educación, mediante fórmulas más o menos alambicadas. El enriquecimiento fulgurante de quienes ya son los más ricos. El ocultamiento de su riqueza en paraísos fiscales. El porcentaje cada vez menor de la riqueza en forma de salarios en comparación con la riqueza privada. En definitiva, el empobrecimiento paulatino pero inmisericorde de cada vez más amplias capas de población, en favor de los inmensamente adinerados.

Estos son sólo algunos datos que respaldan las afirmaciones anteriores:

En el año 2000, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Ley de Modernización de Futuros, que prohibió la regulación de derivados financieros. Esta desregulación permitió que los bancos vendieran los préstamos hipotecarios a otros bancos de inversión que, a su vez, las unían a otro tipo de préstamos, sobre los que creaban los bonos CDO (Colateral Debt Obligation). Los CDO que incluían estas hipotecas “paquetizadas” eran calificados por las agencias de rating con la triple A, lo que incrementaba los beneficios de la operación. Esta sofisticada estafa piramidal, bajo el eufemismo de “hipotecas subprime”, es la que terminó explotando y causando la crisis financiera de 2008. Una crisis cuyo coste corrió a cargo de los impuestos de la ciudadanía, que sirvieron para “rescatar” al sector financiero, que en algunos países la banca ha devuelto. No así en España, donde el importe del rescate asciende a más de 100.000 millones de euros, y la ciudadanía sigue esperando su devolución.

Fuente: El Economista.

Los impuestos a los ricos han bajado en Estados Unidos más de 50 puntos porcentuales. Quienes ingresaban más de 400.000 dólares anuales en 1963, el 1% de la población, pagaban un 91% de impuestos. Ahora pagan menos del 40%. Sólo durante los mandatos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher los impuestos a los más adinerados bajaron 40 puntos porcentuales.

Fuente: World Inequality Lab, citado en https://www.bbc.com/mundo/noticias-55650204

La teoría del goteo propugna que bajar los impuestos a los ricos provoca un beneficio para el resto de la sociedad, porque ese dinero que antes destinaban a pagar impuestos supuestamente iría a parar a la inversión, lo que impulsaría la economía y crearía puestos de trabajo. Esta teoría se ha demostrado como falsa. Según un estudio de dos economistas de la London School of Economics, los efectos de la bajada de impuestos a los ricos fueron cercanos a cero: los países que bajaron los impuestos a los que más dinero tenían ni habían conseguido un mayor crecimiento económico ni habían creado más puestos de trabajo.

Pero no sólo eso. La bajada de impuestos se ha traducido en un incremento de la desigualdad. Según un estudio de Intermon Oxfam, el 1% de la población posee más riqueza que el 99% restante. El incremento de la desigualdad se debe a múltiples causas, pero los efectos que provocan los sistemas fiscales regresivos son devastadores: la desigualdad mata 21.000 personas al día, según otro estudio de la misma ONG.

Como vemos en el siguiente gráfico, los impuestos a los salarios son superiores en siete puntos porcentuales a los que gravan los beneficios empresariales, y los que gravan al capital sólo son dos puntos superiores a los que aportan los salarios. Estamos hablando de cifras globales, ya que las diferencias entre los sistemas fiscales de los países con altos ingresos y con ingresos medio-bajos son notables, que se pueden apreciar pinchando aquí.

Fuente: https://globaltaxation.world/

La transferencia de riqueza pública a manos privadas sigue aumentando a un ritmo descomunal, lo que significa que los gobiernos son cada vez más pobres, mientras el sector privado cada vez es más rico. Esta tendencia supone una renuncia de los dirigentes políticos a encomendar al estado, que supuestamente controlan, el papel de redistribuidor de los ingresos como mecanismo para reducir la desigualdad.

Fuente: World Inequality Report.

Como vemos en el siguiente gráfico, el desplome de la riqueza pública incluso alcanza cotas negativas en los países considerados como más avanzados, como el Reino Unido, Japón, Francia y Estados Unidos. Las tasas negativas significan que los actores privados controlan el total de la economía a través de los activos que poseen. Dicho de otro modo, si uno de estos países tuviera que vender todos sus activos para pagar su deuda, toda la riqueza existente en el país – financiera y no financiera, como carreteras o colegios – acabaría en manos privadas.

Fuente: World Inequality Report.

El poder adquisitivo de los sueldos tampoco levanta cabeza. En España, los salarios sólo han subido un 1,8% en términos reales desde el año 2000 hasta 2019. En lo que se refiere a la paridad de poder de compra, estamos a años luz de Francia, con quien estábamos igualados al cambiar de siglo, y mejor no hablemos de la distancia que nos separa de Alemania. Como vemos, la Unión Europea sirve para cualquier cosa excepto para reducir las desigualdades económicas en su seno.

Fuente: OCDE, recogido en Nius Diario

En Estados Unidos, la cantidad que se paga por hora de trabajo apenas ha aumentado dos dólares reales desde 1964, y es de hecho inferior a la que se pagaba antes de la crisis del petróleo de los años 70. La clase trabajadora en el país autoproclamado como faro del mundo libre está cada vez peor.

Fuente: Pew Research Center.  

A pesar de que los sistemas fiscales benefician a los ricos y gravan menos los beneficios empresariales que los salarios, a los ricos todo les parece poco. O demasiado, si de lo que hablamos es de pagar impuestos. Según el estudio de Intermon Oxfam citado anteriormente, “la riqueza individual que se encuentra oculta en paraísos fiscales asciende ya a 7,6 billones de dólares, una suma mayor que el PIB del Reino Unido y Alemania juntos”.  Otros estudios, citados por el Fondo Monetario Internacional, sitúan esa cifra entre 8,7 y 36 billones de dólares. El FMI se inclina más por esta última cifra, y advierte que los paraísos fiscales les cuestan colectivamente a los gobiernos entre 500.000 y 600.000 millones de dólares, cada año, en impuestos perdidos de los beneficios empresariales. A esta merma habría que añadir otros 200.000 millones de dólares anuales que los ricos escaquean individualmente en impuestos no pagados, cada año, al depositar su dinero en estos agujeros negros, siempre según el FMI.

Todos estos temas, que deberían ocupar un lugar central en el debate político, son arrinconados a los márgenes del cuadrilátero. Los púgiles no se pelean sobre el modelo económico. Sobre este asunto surge un extraño consenso, como si las estructuras económicas y financieras fueran consecuencia de fenómenos naturales, como los devenires meteorológicos. Sin embargo, dichas estructuras surgen de la voluntad política de construirlas de determinada manera, y no de otra. Y es precisamente este hecho el que las pertinaces guerras culturales contribuyen a enmascarar. ¡Que no te distraigan!