Las sanciones contra Rusia levantan un nuevo telón de acero en Europa

Las sanciones impulsadas por Estados Unidos contra Rusia, en represalia por su invasión de Ucrania, están siendo impuestas con ardor por la Unión Europea, en contra de los propios intereses geopolíticos de esta península del continente euroasiático. La estrategia de castigar a Rusia por la vía económica se está demostrando como un fracaso absoluto para lograr su supuesto objetivo: parar la maquinaria de guerra rusa, que continúa devorando territorio en Ucrania. El mejor termómetro para calibrar las consecuencias de este error político lo constituye el cambio de narrativa que comienza a despuntar en algunos medios de comunicación occidentales, poco sospechosos de mostrar veleidades prorrusas. En primer lugar, vemos artículos que llaman a la negociación para poner fin a la guerra, insistiendo en que esa posición no supone ningún tipo de apaciguamiento del Kremlin (las comparaciones históricas son odiosas).  Por otro lado, surgen filtraciones de la Casa Blanca en la que se habla abiertamente de que Zelensky podría tener que renunciar a territorios para firmar un acuerdo que acabe con la contienda. Y por último, el propio Joe Biden ha abierto la veda en la búsqueda de cabezas de turco, y lo ha hecho apuntando a Zelensky, a quien acusa de no haber escuchado las advertencias de Estados Unidos acerca de la inminente invasión rusa.

Si juntamos estas tres piezas, nos sale rápidamente el puzle: la guerra en Ucrania no va bien desde el punto de vista occidental. La reciente visita de Scholz, Macron y Draghi a Zelensky, además de hacerse la foto, tenía el objetivo de mostrar su apoyo a la candidatura de Ucrania a su ingreso en la Unión Europea. Sin embargo, el día anterior de su viaje a Kiev, Macron había declarado que «El presidente ucraniano va a tener que negociar con Rusia, y nosotros, los europeos, estaremos presentes en esa mesa para ofrecer garantías de seguridad». Así que caben pocas dudas de que el mismo mensaje le fue trasladado personalmente a Zelensky quien, a juzgar por su lenguaje no verbal en la comparecencia conjunta, no le gustó ni un pelo.

Fotografía: Ludovic MARIN POOL/AFP

Sin embargo, frente a este giro en la narrativa occidental, se siguen produciendo intervenciones belicistas por parte del mismo bando, lo que indica que debe de estar produciéndose un intenso debate sobre la estrategia para salir del fangal en el que se han metido. Al día siguiente de la visita de los líderes europeos, Boris Johnson se presentó en Kiev por sorpresa. El premier británico, fiel emisario de la colonia devenida en metrópoli, le dijo a Zelensky que ni hablar de negociación, y le ofreció un programa de entrenamiento para las tropas ucranianas. Otro más que sumar al que lleva desarrollando la OTAN durante años. Johnson anunció que Occidente debería prepararse para una larga contienda. En la misma línea, Jens Stoltenberg declaraba, en días previos a la cumbre de la OTAN en Madrid, que la guerra en Ucrania durará años, mientras anuncia mayores aportes de armas pesadas y de largo alcance. Simultáneamente, Stoltenberg reconoce que la prolongación de la guerra tendrá costes no sólo militares, sino en los precios de la energía.

Un titular de cuando parecía que a Ucrania le iba bien en el frente, y la OTAN quería colgarse la medalla.

Independientemente de qué facción del bando occidental haga prevalecer sus postulados, si los partidarios de la negociación, o los belicistas que, como Patrick Sanders, general al mando del ejército británico, pide a sus huestes que se preparen para la tercera guerra mundial, habrá que tener en cuenta cuál es la posición de Moscú.

En mi opinión, el bloque occidental quemó las naves de la negociación cuando rechazó sentarse a discutir las propuestas que Rusia envió a Estados Unidos y a la OTAN en diciembre pasado. La negativa a dialogar fue la espoleta que disparó la invasión de Rusia, que ya estaba peligrosamente caliente tras las sucesivas expansiones de la OTAN hacia el Este, los incumplimientos de los acuerdos de Minsk y los ocho años de bombardeos sobre la población rusa del Donbass.

Desde que comenzó la invasión rusa de Ucrania, la estrategia de Estados Unidos, sus vasallos europeos (así los calificaba Zbigniew Brzezinski) y otros adláteres (Reino Unido, Japón, Australia y Corea del Sur) se ha desplegado en los siguientes vectores:

  1. Intentar hundir la economía de Rusia, mediante la imposición de sanciones nunca vistas, con la finalidad de provocar un levantamiento de la población que acabara derrocando a Putin.
  2. Alimentar la contienda enviando miles de millones de dólares en armamento a Ucrania y proporcionando información de inteligencia con el objetivo declarado de prolongar la guerra e impedir la victoria de Rusia.
  3. Una campaña de rusofobia y de cancelación de la cultura y el deporte rusos a todos los niveles, fomentando el aislamiento internacional de Rusia.
  4. La censura total de los medios de comunicación rusos.
  5. La atribución a Rusia de toda la responsabilidad en la crisis alimentaria que la guerra, pero también las sanciones, están provocando en el mundo, especialmente en los países más pobres.

Los resultados que está consiguiendo esta estrategia son exactamente los opuestos a los que pretendía:

  1. El incremento de precios del gas y del petróleo provocado por la guerra – y por las sanciones – se está traduciendo en mayores ingresos para Rusia por su venta, y en récords de superávit comercial, como señalé en un artículo anterior.
  2. Las sanciones están perjudicando, sobre todo, a la Unión Europea. Por si quedaba alguna duda respecto a quién está pagando el pato, Joe Biden acaba de declarar respecto a la guerra en Ucrania que “en algún momento, esto va a ser un poco como un juego de espera: lo que los rusos pueden sostener y lo que Europa estará dispuesta a sostener. Estados Unidos es un exportador neto de energía, mientras que la UE es un importador neto. Hasta el momento, la UE ha sido incapaz de sustituir las importaciones de energía procedente de Rusia, porque no hay alternativas suficientes para reemplazar dichas fuentes. Ahora la UE está pagando un 40% más caro el gas licuado que compra a Estados Unidos, y acaba de anunciar que va a recurrir a quemar carbón, algo muy coherente con sus políticas supuestamente verdes. Estados Unidos ha endosado las consecuencias de las sanciones en mayor medida a la Unión Europea, y parece mentira que sus líderes hayan abrazado el papel de sufridores del conflicto, en detrimento de los intereses de la Unión, y a pesar del daño que están provocando a la ciudadanía.
  3. La popularidad de Vladimir Putin está en el 83%, muy por encima de la de cualquier líder occidental, comenzando por la del propio Joe Biden, que se ha desplomado hasta el 36%.
  4. Las pretensiones de aislar internacionalmente a Rusia sólo están encontrando eco en el bloque occidental. En una reciente reunión promovida por Zelenski con los países de la Unión Africana, sólo se presentaron cuatro máximos mandatarios, aunque todos los del continente estaban invitados. Las demás representaciones iban del nivel ministerial hacia abajo. A la censura de los medios de comunicación rusos y de la omnipresente propaganda rusófoba en los occidentales hay que sumar la obstaculización que están sufriendo quienes no comparten esa estrategia, con suspensiones de sus cuentas en redes sociales y de sus cuentas en PayPal. A pesar de todo ello, una encuesta realizada por el European Council on Foreign Relations muestra que, en la propia Europa, solo 1 de cada 4 personas cree que el objetivo más apremiante es castigar a Rusia (etiquetadas como Justice Camp), mientras 1 de cada 3 es más partidaria de llegar a un acuerdo que ponga fin a la guerra, lo antes posible (Peace Camp).

En los países árabes, la propaganda de los medios occidentales ha fracasado completamente, lo que no tiene nada de extraño, dadas las intervenciones promovidas por Estados Unidos en Libia, Irak, Siria, Somalia, etc., las sanciones a Irán y el apoyo de Washington a Israel frente a Palestina. Una encuesta realizada por Arab News arrojó los siguientes resultados: casi una cuarta parte de las 7.835 personas encuestadas (24%) echaron la culpa de la guerra en Ucrania a la OTAN, mientras que el 13% achacó la responsabilidad directamente a Joe Biden. Solamente el 16% culpó a Rusia. En general, el dato más llamativo es la falta de posicionamiento frente al conflicto.

Las divisiones que se están produciendo en el bloque occidental son lógicas, dado el fracaso de la estrategia de las sanciones contra Rusia: no sólo no están parando la guerra, sino que están disparando los precios de la energía y la inflación en Occidente, además de provocar una crisis alimentaria, de la que se intenta culpar a Rusia y que, sin embargo, responde a causas diversas.

Pero la pregunta que viene ahora es cuál sería la respuesta del Kremlin en el caso de que Estados Unidos permitiera al gobierno de Ucrania un intento real de negociación, con la finalidad de poner fin a la guerra. Algo que no ha ocurrido hasta ahora.

En mi opinión, Rusia no está interesada actualmente en sentarse a negociar nada, por los siguientes motivos:

  1. Rusia está ganando la guerra en el frente militar. En el canal Military Summary se puede comprobar, a diario, la situación de las tropas rusas y de las ucranianas, y los mapas que muestran no dejan lugar a dudas. Nadie que esté ganando una guerra se sienta a ceder territorios que acaba de conquistar, y menos los que controla de facto desde hace años, como pretende Zelensky, lo que indica su falta de voluntad real de negociar.
  2. Rusia está ganando la guerra en el frente económico: está ampliando los mercados para sus productos en Asia, el superávit de cuenta bate récords y el rublo es la moneda con mejor desempeño en el mercado de divisas. Rusia no necesita al resto de Europa para sobrevivir. Europa a Rusia, sí. Ahora, la Unión Europea acusa a Rusia de usar el gas como arma política al reducir el flujo que llega por los gasoductos. Sin embargo, ha sido la UE la que anunció su intención de prescindir, lo antes posible, del petróleo y del gas rusos. ¿En este caso, no se está usando la energía como arma política? ¿En qué quedamos? ¿En que no queremos nada de los rusos, pero nos quejamos cuando dejan de vendernos lo que necesitamos? El ministro de Economía de Alemania, Robert Habeck, ha reconocido que «Si el gas no es suficiente, ciertos sectores industriales que necesitan gas tendrían que cerrarse» (por lo que) “las empresas tienen que detener la producción, despedir a sus trabajadores, las cadenas de suministro colapsan, la gente se endeuda para pagar sus facturas de calefacción, la gente se vuelve más pobre, la frustración se extiende por todo el país”. Una de las razones fundamentales del éxito de la industria alemana ha consistido en disponer de energía barata desde hace décadas: el gas ruso. Ahora, debido a las sanciones, y a la respuesta de Rusia, Alemania va a tener que racionar el gas, elegir entre mantener las fábricas abiertas o encender la calefacción. ¿Quiénes son entonces los perjudicados por las sanciones? ¿Los rusos, que siguen avanzando en Ucrania, o la industria y la población de Alemania? Si la industria alemana, que es la locomotora económica de la Unión Europea, se gripa, la recesión está garantizada. 
  1. Después de la experiencia de los acuerdos de Minsk, Rusia no puede confiar en Occidente. El anterior presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, acaba de declarar que, aunque fue él quien firmó los acuerdos, nunca tuvo la intención de cumplirlos. Los hechos le dan la razón. ¿Para qué va a firmar Rusia acuerdos con Occidente, si sabe que no los cumple? La confianza es algo que se tarda mucho en ganar, y muy poco en perder, generalmente de manera irrecuperable.

Las sanciones dictadas por Estados Unidos, impuestas con entusiasmo suicida por la Unión Europea, han construido un nuevo telón de acero que, esta vez, será muy difícil de derribar, sino imposible. No son sólo las sanciones, sino la rusofobia rampante en los medios de comunicación occidentales, y sus propagandistas en las redes sociales, lo que ha provocado en el pueblo ruso, y en sus dirigentes, un rechazo visceral hacia lo que perciben como agresiones a su país. Un político considerado hasta hace poco prooccidental, el expresidente y ex primer ministro Dmitri Medvedev, ahora suelta vitriolo contra Occidente en su canal de Telegram de manera regular.

Al otorgar el estatus de países candidatos a Ucrania, Moldavia y Georgia para formar parte de la Unión Europea, Bruselas le ha propinado otra bofetada política a Moscú. Josep Borrell ya declaraba a principios de año que La delimitación de las esferas de influencia de las dos grandes potencias no corresponde a 2022”. Se ve que ese discurso sólo se aplica a Rusia, mientras que el bloque occidental no cesa de ampliar sus esferas de influencia, tanto por la vía militar, con la expansión de la OTAN, como por la política, a través de la ampliación de la Unión Europea. Los rusos son poco amigos, afortunadamente, de las reacciones viscerales, pero esto no quiere decir que la acumulación de afrentas vaya a quedarse sin respuesta. La última provocación ha sido las restricciones impuestas por Lituania al tránsito ferroviario ruso con el enclave de Kaliningrado, donde viven cerca de un millón de rusos.

Ilustración: Mauro Entrialgo. elsaltodiario.com

El problema para los ciudadanos de la Unión Europea, víctimas de las decisiones políticas erróneas que se toman en Bruselas, radica en que cuando Rusia dé definitivamente la espalda a la UE en el ámbito comercial, y deje de vendernos petróleo, gas, trigo, titanio, etc., lo que va a ocurrir más pronto que tarde, los habitantes de esta península de Eurasia vamos a tener serios problemas para sobrevivir. Y quienes lo consigan, van a vivir con muchísimas más estrecheces de las actuales.

 

Los medios de comunicación ya han comenzado la labor de mentalizar a la población para que asuma las consecuencias de las decisiones erróneas de nuestros políticos: vienen tiempos duros, y vienen para quedarse. Este titular no puede entenderse de otra manera: ¿Alguien le dirá a Europa que la era de la vida barata ha terminado?”

 

Pero ni Úrsula von der Leyen, ni Josep Borrell, ni Charles Michel, ni Jens Stoltenberg, ni nadie de esa élite que toma las decisiones que afectan a la vida de los ciudadanos se van a preocupar, porque saben que obedeciendo las órdenes que les dan en la Casa Blanca tienen el futuro asegurado. Y eso es lo único que les importa: sus carreras políticas. La ciudadanía se la trae al pairo. Stoltenberg ya tiene asegurado su puesto como gobernador del Banco Central de Noruega cuando deje su cargo en la OTAN.

Los políticos europeos han olvidado que están al servicio de los ciudadanos que les eligieron para sus cargos (directa, o muy indirectamente, en el caso de los burócratas de Bruselas). En lugar de ello, se han puesto a las órdenes de una potencia extranjera, cuyos intereses geopolíticos pasan por la destrucción de la Unión Europea, porque la consideran un adversario en su apuesta por un mundo unipolar. El levantamiento de un nuevo telón de acero por parte de los líderes de la UE entre dos partes de Europa absolutamente simbióticas representa una traición a los intereses de los ciudadanos que deberían defender. La ciudadanía debería tomar buena nota y actuar en consecuencia.

2 comentarios

  1. Muchas gracias por este análisis crítico. Está claro que, tras la propiaUcrania, la Unión Europea es la gran perdedora de esta guerra, la gane quien la gane.

    1. Muchas gracias por tu comentario, Rebecca. Lo sorprendente es la actuación de los dirigentes europeos, que no sé si es que no quieren verlo, o existen otras motivaciones ocultas que les llevan a adoptar el papel de subalternos de Estados Unidos, para desgracia de la ciudadanía europea. Se avecina un crudo invierno…

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