Estados Unidos desgaja a la Unión Europea de Eurasia, condenándola a la miseria

La OTAN se creó para “mantener a la Unión Soviética afuera, a los estadounidenses adentro y a los alemanes abajo”. Lo dijo el primer secretario general de la organización, el británico Lord Hastings Lionel Ismay, y el dato lo seguimos encontrando en el propio sitio web de la OTAN. A pesar de esta rotunda declaración de intenciones, los dirigentes de la Unión Europea acaban de someterse al último dictado de Washington, plasmado en el nuevo concepto estratégico de la organización militar. Su propósito no es otro que el de desgajar económicamente a la Unión Europea del resto del continente euroasiático, para hacerla depender de la potencia situada al otro lado del Atlántico. Así lo acaba de explicitar Mike Pompeo, exdirector de la CIA y exsecretario de Estado, en un reciente discurso en el Hudson Institute, uno de los muchos think tanks financiados por los fabricantes de armas (en este caso, por Lockheed Martin y Northrop Grumman): Debemos prevenir la formación de un coloso paneuropeo, euroasiático, que incorpore a Rusia pero dirigido por China. Para conseguirlo, debemos reforzar la OTAN, asegurarnos de que nada entorpece la entrada de Suecia y Finlandia”.

El interés de Washington en impedir, a toda costa, la formación de ese “coloso” al que alude Mike Pompeo, es perfectamente comprensible, dada su aspiración a potencia hegemónica en un mundo unipolar. Si se produjera la alianza euroasiática que recomienda la geografía, Estados Unidos se convertiría en un actor secundario en el tablero mundial.  Lo que no se entiende es que los líderes de la Unión Europea hayan abrazado con alborozo las políticas impulsadas desde Washington, desde las sanciones a Rusia hasta el nuevo concepto estratégico de la OTAN: están empuñando con denuedo las palas para cavar nuestra fosa, la de los europeos, al cortar los flujos de energía necesarios para mantenernos con vida.

Alemania es la locomotora de la Unión Europea. Con un PIB que representa más del 25% del total de la UE, (3,75 billones de euros, frente a un PIB total de 14,45 billones en 2021) su modelo de negocio industrial se basa, desde los años 70, como analicé en otro artículo, en el suministro de gas ruso, barato y abundante. Esto nos lo acaba de recordar hasta el Wall Street Journal, poco sospechoso de connivencia con el Kremlin, cuando pone como ejemplo los desafíos que afronta el grupo químico BASF. En concreto, su gigantesco centro en Ludwigshafen, uno de los mayores del mundo, compuesto por 200 plantas de producción. Sus directivos se están planteando su cierre en el caso de que el gas ruso deje de fluir para alimentarlo. Un estudio de la Universidad de Mannheim estima que el PIB de Alemania podría caer hasta un 12% en el peor escenario, el de ausencia total de suministro de gas por parte de Rusia, ya que el 50% del gas que consume Alemania proviene de allí.

El titular del Wall Street Journal nos hace reflexionar sobre la vulnerabilidad de la Unión Europea en materia de energía, y sobre la forma en que los medios enmarcan su “dependencia” del gas y el petróleo procedentes de Rusia. Por un lado, a raíz de la invasión de Ucrania, la Unión Europea ha declarado su objetivo de dejar de comprar gas y petróleo a Rusia, lo antes posible. Esto lo ha hecho por presiones de Estados Unidos, a la vista de todos. El resultado de querer “acabar con la dependencia” de las fuentes de energía procedentes de Rusia (cercanas, baratas y abundantes) lo estamos viendo ya en la economía europea: subida de precios del 700% en el gas, según Bloomberg, anuncios de restricciones en el consumo en Alemania, y de escenarios apocalípticos para toda la Unión Europea, en el caso de que Rusia decida cortar el suministro de gas. Por otro lado, cuando Rusia reacciona con una disminución del suministro de gas a quienes la quieren arruinar, dejándolo de comprar, entonces salta Úrsula von der Leyen con que Rusia está usando la energía como un arma política. Si la situación a la que nos están arrastrando los dirigentes de la Unión Europea no fuera tan dramática, el nivel de la argumentación, a la altura de un guiñol, sería para reírse.

Después de haber cancelado la entrada en funcionamiento del gasoducto Nord Stream 2, una obra de ingeniería de 11.000 millones de euros inutilizada por presiones de Estados Unidos, Alemania se queja ahora de que Rusia disminuya el suministro que envía por el Nord Stream 1, o incluso llegara a bloquearlo, mientras la presidenta de la Comisión Europea hace aspavientos sobre “planes de emergencia” ante un hipotético corte del gas por parte de Rusia. Da la impresión de que la Unión Europea primero sanciona, y sólo después se para a pensar en las consecuencias de sus actos.

A pesar de que Úrsula von der Leyen reconoce que los envíos de gas natural licuado (GNL) desde Estados Unidos, a un precio muy superior al ruso, se han triplicado, el consejero delegado de Shell advierte que: «Creo que será imposible cubrir toda la capacidad de gas del gasoducto que procede de Rusia con GNL”. Más claro, agua. No hay gas en el mundo capaz de rellenar el hueco que dejaría Rusia. Ni con los aportes de Noruega, cuyos trabajadores del sector acaban de comenzar una huelga que va a reducir el suministro, ni con los de Qatar, que ya ha declarado que es imposible sustituir el gas ruso con rapidez; ni con los de Argelia – con quien no está el horno para bollos, después del reconocimiento de Estados Unidos y de España de la soberanía de Marruecos en el Sáhara – ni con los de Azerbaiyán.

En este contexto, hasta los órganos de propaganda del Partido Demócrata en Estados Unidos, el más insigne de ellos el New York Times, no tienen más remedio que reconocer que la estrategia de las sanciones no está funcionando. En un artículo publicado el 24 de junio, el rotativo neoyorkino alertaba de la frustración y el daño que las sanciones están causando a la “alianza dirigida por Estados Unidos”. En un ejercicio de sinceridad, el texto señalaba que “Pocos funcionarios de Biden, si es que alguno, esperaban que las sanciones detuvieran la guerra de inmediato. Pero la administración y sus contrapartes europeas tampoco esperaban la presión económica que ahora están experimentando”.

El artículo repasa además el nulo efecto de otras baterías de sanciones contra Rusia, como las decretadas por Barack Obama en 2015 tras la anexión de Crimea, así como las impuestas a otros países, a la hora de “corregir” sus políticas para adecuarlas a los intereses de Estados Unidos. Esto nos lleva a hacernos dos preguntas:

  1. Si los propios promotores de las sanciones son conscientes de que no consiguen variar las políticas de los gobiernos e, incluso, contribuyen a reforzarlas ¿por qué las imponen?
  2. ¿Quién va a asumir las responsabilidades políticas por la adopción de una estrategia que se ha vuelto como un bumerán contra los países que están imponiendo las sanciones, en forma de carestía de vida y escasez de energía y alimentos, imprescindibles para el bienestar de la ciudadanía y el desenvolvimiento de la economía? ¿Acaso no sabían los dirigentes de la “alianza liderada por Estados Unidos” que las sanciones se podían volver en su contra? ¿Ni siquiera lo sospechaban? ¿De verdad hay alguien al volante en Occidente?

En el caso de Estados Unidos, la adopción de la estrategia de expandir la OTAN hacia el Este, hasta las mismas fronteras de Rusia, tiene la lógica de un imperio que aspira a la hegemonía en su fantasía de mundo unipolar, donde el resto se somete a sus designios. Una lógica neocolonial, despegada de los hechos, porque no tiene en cuenta los profundos cambios que han acaecido en el mundo desde que Washington se declarara vencedor de la guerra fría y decidiera ir a por todas. Las sanciones forman parte de esa manera de ver el mundo que tienen los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca, sean del signo político que sean: quien no se pliega a sus deseos, que son órdenes, ha de atenerse a las consecuencias. Sea en forma de sanciones, o de intervenciones militares directas, o a través de un proxy, como está ocurriendo ahora, para desgracia de los habitantes de Ucrania.

Pero lo que no se entiende es que la Unión Europea esté abrazando con un entusiasmo, que sólo cabe calificar de suicida, la agenda imperial de Estados Unidos. Por varios motivos. En primer lugar, porque para diseñar la estrategia geopolítica de un actor con aspiraciones a serlo de primer orden, lo primero que deberían hacer los dirigentes europeos es mirar el mapa. A juzgar por sus decisiones, parece que hace mucho tiempo que no se molestan en hacerlo.

Para subrayar la posición y el tamaño de la Unión Europea en relación con Rusia, he recortado el mapa de Eurasia para dejar ambas unidades políticas solas, frente a frente.

Lo primero que debería llamar la atención de los dirigentes de la Unión Europea es que lo que llamamos Europa no deja de ser una península de la gran masa euroasiática, y que hacia el Este lo único que tenemos es Rusia. Vamos con el tamaño: la superficie de la Unión Europea es de 4,23 millones de kilómetros cuadrados, frente a 17,1 millones de Rusia. Pero con ser importante, el tamaño no es lo fundamental. La clave radica en que las fuentes de energía que la Unión Europea precisa para subsistir, unas fuentes abundantes, próximas y baratas, con toda la logística en funcionamiento, transportándolas desde hace décadas, están en Rusia, aquí al lado.

A raíz de la invasión rusa de Ucrania, una guerra ilegal y execrable, que contraviene lo dispuesto en la Carta de las Naciones Unidas, y que no ha recibido la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU – al igual que muchas otras, que no generan ni una sombra de las reacciones que está provocando ésta – estamos asistiendo a un intento de desgajar política y económicamente a esa península, ocupada por la Unión Europea, del resto del continente euroasiático, principalmente de Rusia, pero también de China. A la primera, el nuevo concepto estratégico de la OTAN la califica de “la mayor amenaza directa a la seguridad, paz y estabilidad en el área euroatlántica”. Y a la segunda, como “desafío sistémico” que “amenaza a los intereses, la seguridad y los valores”.

Según datos del World Economic Forum, en 2021 dos quintas partes del gas y más de una cuarta parte del petróleo que consume Europa procedieron de Rusia. Este país fue el quinto socio comercial de la Unión Europea, en lo que se refiera a exportaciones de bienes, después de Estados Unidos, Reino Unido, China y Suiza. El año pasado Rusia fue el tercer socio comercial para las importaciones de bienes de la UE, después de China y Estados Unidos. Según datos de Eurostat, China superó al año pasado a Estados Unidos como primer socio comercial de la Unión Europea.

Quien está pretendiendo separar a la península europea del resto de Eurasia es Estados Unidos, porque quiere evitar a toda costa el surgimiento del eje Pekín – Moscú – Berlín. Hace dos años, Asia Times publicaba un artículo titulado “La alianza euroasiática definitiva está más cerca de lo que piensas”. Y subtitulaba: “Beijing-Moscú ya está en marcha; Berlín-Beijing es un trabajo en progreso; el eslabón perdido pero no lejano es Berlín-Moscú”.

La alianza euroasiática que presagiaba el autor del artículo tiene todo el sentido del mundo, desde el punto de vista geográfico y de la complementariedad que presentan sus integrantes: la Unión Europea aporta el know how; Alemania e Italia, la industria de alto valor añadido. China, además de poner las fábricas que la globalización situó en su territorio, también puede hacer ya sus aportaciones en materia de investigación y desarrollo (recordemos los esfuerzos de Estados Unidos para boicotear la tecnología 5G de Huawei). Por su parte, Rusia suministra la energía para que el tren avance, aunque tampoco debemos subestimar sus aportaciones tecnológicas (medicina, armamento, sector aeroespacial, etc.). En el caso de que la alianza cuajara, Estados Unidos no sólo tendría que olvidarse de su sueño de convertirse en la potencia hegemónica de un mundo unipolar, sino que se quedaría poco menos que en enano político, con influencias, a lo sumo, en lo que considera su patio trasero: América Latina. O delantero, en palabras recientes de Joe Biden.

Ante los ataques económicos que está recibiendo desde el Oeste, Rusia está basculando hacia el Este y el Sur. Quienes piensen que Rusia está acabada si pierde como clientes de su energía a los países occidentales, se equivocan. La población de la Unión Europea era de 441 millones de habitantes en 2021. Con una población mundial que se acerca a los 8.000 millones en este momento, el porcentaje que representamos los europeos no llega al 5%. Rusia está desarrollando más proyectos con China para redirigir sus fuentes de energía hacia clientes más amistosos, más poblados y, a diferencia de Europa, en plena pujanza económica.

Desde 2019, Rusia está suministrando gas a China a través del gasoducto “Fuerza de Siberia”. Ahora su flujo de gas acaba de aumentar. Adicionalmente, Rusia, China y Mongolia han llegado a un acuerdo para construir el gasoducto “Fuerza de Siberia 2”, que enviará gas a China desde los yacimientos rusos de Yamal, cerca del Ártico, atravesando Mongolia. El gasoducto ha entrado en su fase práctica, la de diseño, según Alexei Miller, presidente de Gazprom. Con este nuevo proyecto, Rusia podrá suministrar hasta 50.000 millones de metros cúbicos de gas al año a China.

Según afirma la consultora Independent Commodity Intelligence Services, la construcción del gasoducto «Fuerza de Siberia 2» lo conectaría a la red interna de gasoductos de Rusia, lo que significaría que este país tendría la capacidad de desviar hacia China el gas que ahora destina a Europa.

Teniendo en cuenta las palabras del consejero delegado de Shell, de que actualmente no hay gas en el mundo para suplir el que llega a Europa desde Rusia, y que en un futuro cercano ésta se las puede arreglar colocando todos sus productos energéticos en otros mercados, ¿Cuál es el futuro que nos aguarda a los ciudadanos de la Unión Europea? Francia acaba de dar prácticamente por sentado que Rusia va a cortar por completo el suministro de gas a Europa. ¿Vamos a tener que quemar los muebles este invierno para calentarnos? ¿Y aparte de quemar carbón, tienen alguna otra brillante idea nuestros dirigentes para proveer de energía a las empresas que funcionan con gas? Nos llevan directos a la miseria y lo saben. Cuanto más tiempo tarden en rectificar, más nos va a costar conseguirlo. Si es que aún estamos a tiempo, que lo dudo. 

 

2 comentarios

  1. USA fue el amigo y el aliado fiel y leal de Europa durante décadas. Nos libró del nazismo, reconstruyó Europa con el plan Marshall y quitó mucha hambre a mucha gete (todavía recuerdo la leche procedente de la ayuda americana que nos daban al recreo en la escuela).
    Pero de un tiempo a ahora, las cosas han cambiado radicalmente y efectivamente, la administración Biden está ordeñando la teta europea, fomentando una confrontación bélica de consecuencias posiblemente devastadoras y todo ello con la complicidad de una UE absurda, adocenada, estúpida y entregada.
    Dicho lo anterior, insisto en lo de siempre: la partida entre Zelensky y Putin es una partida entre tahúres, entre gañanes y quien está pagando el precio de sangre y miseria es el pueblo ucraniano, que no es consciente de a quíén está haciendo el juego.

    1. Muchas gracias por tu comentario, Sirio. Voy a discrepar de tu análisis en algunos aspectos. Quienes nos libraron del nazismo no fueron los Estados Unidos, sino la URSS. Fue el ejército rojo el que puso más de 20 millones de muertos, sin hablar de las víctimas civiles, para parar a los nazis. Los Estados Unidos estuvieron perreando hasta última hora, y no entraron en el conflicto hasta que vieron la posibilidad de que el ejército rojo no se parara en Berlín sino que, ya puestos, se zampara el resto de Europa. Algo que, dado el estado en el que se encontraba esta península de Eurasia llamada Europa, no le hubiera costado mucho.

      Por otro lado, después de Yalta, el plan Marshall fue una estrategia para evitar que se produjera, por la vía pacífica, lo que EEUU temía que ocurriera por la vía militar cuando decidió entrar en la guerra: que la ideología comunista permeara Europa. El plan Marshall no fue un gasto, fue una inversión, y la creación de la OTAN fue la herramienta para asegurarse de que la inversión – gigantesca – quedara en buenas manos, bajo el control de gobiernos de la misma cuerda ideológica. Plan Marshall y OTAN fueron los dos brazos de la pinza con la que Estados Unidos se aseguró el control de la parte de Europa que le tocó en Yalta, a este lado del telón de acero.

      En lo que sí coincido, obviamente, es en el papelón que está haciendo la Unión Europea en esta nueva guerra proxy de Estados Unidos contra Rusia (la de Georgia y la de Siria le salieron rana). Nuestros dirigentes nos están buscando la ruina. El interés norteamericano en debilitar a la Unión Europea está contando con la colaboración entusiasta de Bruselas, y no paro de preguntarme por qué lo están haciendo, más allá de la batallita de los valores democráticos que nos están endilgando, que no se creen ni sus creadores.

      Tampoco creo que la guerra en Ucrania tenga como protagonistas, al mismo nivel, a Zelensky y a Putin. El primero es una marioneta, sin capacidad alguna de maniobra, y el segundo, no. Lo que sí está claro es que el pato lo está pagando el pueblo de Ucrania, sobre todo. La historia pondrá a cada uno en su sitio.

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