Estados Unidos empuja a Rusia hacia una alianza con China

Corría el año 2006 cuando Ivo Daalder – quien fuera nombrado por Obama, tres años después, embajador de Estados Unidos ante la OTAN – y James Goldgeier publicaron un artículo en Foreign Affairs en el que afirmaban que la OTAN se había vuelto global, con poca fanfarria y aún menos aviso. Los autores reclamaban un “concierto de democracias” para transformar el “prototipo” de la OTAN en una organización que incluyera a Australia, Japón, Brasil y Sudáfrica. Un año después, Rudy Giuliani, prominente figura del Partido Republicano, reclamaba una expansión de la OTAN que incluyera a los principales aliados de Estados Unidos, tales como Australia, Japón, Israel, India y Singapur.

Dichas manifestaciones no debieron pasar desapercibidas a Rusia. En 2007, Vladimir Putin se expresó de manera contundente, en la Conferencia de Seguridad de Munich, condenando los intentos de Estados Unidos por instaurar un mundo unipolar y criticando acerbamente la expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia. Asimismo, reclamó el respeto a la Carta de las Naciones Unidas, además de alertar sobre el estancamiento en el terreno de los acuerdos de desarme nuclear.

Conviene tener presentes estos antecedentes para entender cómo es posible que Rusia y China hayan firmado una declaración conjunta del calado de la suscrita el pasado 4 de febrero, a nuestro juicio la consecuencia más importante de los últimos movimientos del expansionismo norteamericano. En un contexto de desplome de la popularidad de Joe Biden, tras la salida de Afganistán al más puro estilo Saigón, después de las sucesivas ampliaciones de la OTAN hacia el este, y como consecuencia lógica del regime change promovido en Ucrania en 2014, todo se aliaba para dar el salto cualitativo que estamos presenciando actualmente: llevamos más de un mes siendo bombardeados por el omnipresente relato de la inminente invasión rusa de Ucrania. La inercia de su propia estrategia, sumada al contexto doméstico, propiciaba que los Estados Unidos dieran esta vuelta de tuerca, pero no tuvieron la prudencia de mirar el mapa antes de seguir esta peligrosa senda, y se han topado con la alianza formal de las dos potencias que, unidas, pueden hacerle más que sombra: la alianza de Rusia y China supone el tiro de gracia al mundo unipolar que alimenta los sueños de los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca.

Bien es cierto que una declaración política de la profundidad que tiene la del 4 de febrero no se improvisa en un mes – no en vano Xi Jinping y Vladimir Putin se han encontrado en 38 ocasiones desde 2013 – pero también es cierto que la expansión de la OTAN hacia el este tampoco ha sido cosa de dos tardes, desde aquel famoso “ni una pulgada” que le aseguraron a Gorbachov que no se movería la OTAN hacia el este, si el artífice de la perestroika “permitía” la reunificación de Alemania.

En sucesivas oleadas, especialmente en 1999 y 2004, la OTAN fue estrechando el cerco en torno a Rusia, primero con la incorporación de países anteriormente miembros del Pacto de Varsovia y, después, con otros directamente fronterizos, como los bálticos. Ahora, jugando al no quiero, sí quiero con la integración de Ucrania en la organización supuestamente noratlántica, aunque muchos de sus miembros se hallen a miles de kilómetros de tal océano, Estados Unidos ha terminado por despertar al oso ruso, aletargado durante tres décadas, quitando algún zarpazo cuando le buscaron demasiado las cosquillas.

Las sucesivas ampliaciones de la OTAN. Fuente: Wikipedia

A pesar de la constante expansión de la OTAN, esa organización defensiva que bombardeó Yugoslavia sin que a la Unión Europea se le moviera un músculo, Rusia se había mostrado paciente con el acercamiento a sus fronteras por parte del anterior adversario del Pacto de Varsovia. Durante los años 90 – los llamados “años de la anarquía” por los propios rusos – se llevó a cabo el mayor trasvase documentado de propiedad pública a manos privadas (muy pocas) de la Historia, bajo la presidencia de Yeltsin. Los hombres del FMI en Moscú (Anatoli Chubais y Yegor Gaidar, entre otros) ejecutaron la privatización de las principales empresas públicas que desembocó en la aparición de los oligarcas. La mayoría de los cuales viven, por cierto, en Londres, alguno incluso tras una estancia en la cárcel, prueba de su sintonía con Putin.

Durante el mandato de Yeltsin, la ampliación de la OTAN en 1999 a la parte oriental de Alemania, Polonia, República Checa y Hungría, no parecía generarle ningún problema a Rusia, cuyo presidente estaba inoperativo con frecuencia a partir de las tres de la tarde, mientras sus ministros se encargaban de llevar a cabo la terapia de choque dictada por el FMI: “liberalización” de la economía, recorte del gasto público y privatizaciones masivas, lo que condujo al país a la hiperinflación, entre otros daños colaterales. Yeltsin bailaba encantado al son que le marcaba Clinton. Entretanto, la otra parte de la pinza occidental, la OTAN, envolvía a Rusia.

Fuente: Getty Images

Sin embargo, la actitud de Rusia respecto a la actitud expansionista de la OTAN cambió con la llegada de Vladimir Putin a la presidencia. Su discurso de la conferencia de Munich, en 2007, fue el primer aviso, cuyo calado no fue valorado adecuadamente: el entonces secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, calificó el discurso de Putin de “decepcionante y sin utilidad”. 

Al año siguiente, en 2008, cuando el entonces presidente de Georgia, Mijéil Saakashvili – educado en Estados Unidos con una beca del Departamento de Estado – ordenó a sus tropas recuperar lo que consideraba un enclave perteneciente a Georgia, las fuerzas de pacificación rusas (que estaban en Osetia del Sur en función de los acuerdos de paz que pusieron fin al conflicto de 1992) y algunas divisiones más, se pusieron del lado osetio y le pararon los pies al protagonista de la revolución de las rosas que le aupó al poder, en 2003. Fue el segundo aviso que envió Rusia, esta vez en formato distinto al de las palabras. Inmutable, la OTAN prosiguió su expansión: en 2009, Croacia y Albania se incorporan al club otanista. En 2017, Montenegro. En 2020, Macedonia del Norte.

Es en este contexto en el que hay que situar la declaración conjunta de Rusia y China del 4 de febrero. Un hito verdaderamente histórico dado el contenido del documento, que constata la voluntad política de ambas potencias de poner freno a la unipolaridad pretendida por Estados Unidos, en un amplio rango de materias: desarrollo y cooperación, Agenda 2030, tratados de desarme, seguridad de las tecnologías de la información, libre comercio en el marco de la OMC, potenciación del área euroasiática a través de foros internacionales como ASEAN y APEC y un largo etcétera.

Tras un prólogo que describe el mundo globalizado en el que vivimos y los retos a los que nos enfrentamos, el documento agarra el toro por los cuernos, comenzando por el tema de la democracia. Sin duda este asunto generará las correspondientes críticas por parte de quienes habitualmente tildan de autoritarios a determinados sistemas de gobierno en función no de sus mecanismos más o menos homologables a los occidentales, sino dependiendo de su ubicación geográfica o de sus recursos naturales. Pero nosotros vamos a dejar este tema para otro artículo, porque la crítica que hacen China y Rusia del modelo de democracia que se pretende imponer por parte de quienes se creen en la posición de repartir – o negar – determinadas credenciales se lo merece.

El documento reclama que los Estados se involucren en el desarrollo y la cooperación, en distintos formatos multipolares, con el fin de alcanzar un mayor bienestar para la humanidad. Algo de Perogrullo, pero que no está de más recordar. La declaración critica los intentos de algunos países de incrementar su seguridad en detrimento de los demás, rechaza las injerencias externas en los asuntos internos de otros, y se opone a la ampliación de la OTAN.

Pero la clave del documento radica en esta frase: “La amistad entre ambos países no tiene límites, no existen áreas “prohibidas” para la cooperación”. Esta manifestación por parte de Rusia y China es la consecuencia directa de la política expansionista del bloque comandado por Estados Unidos que persigue, con la actual baza que se juega en torno a Ucrania, evitar que la Unión Europea y Rusia formen la alianza natural que viene a la mente cuando miras el mapa. Una alianza que, según Robert D. Kaplan, autor de La venganza de la geografía, supondría el fin de la hegemonía que los Estados Unidos intentan conservar a toda costa, ante la pujanza económica de China. Pero esa división entre las dos partes de Europa, la occidental y la oriental, que se alienta desde el otro lado del Atlántico será ya el tema de otro artículo.

11 comentarios

  1. Magnífico artículo. Que Europa mantenga su exclusión de Rusia solo conviene a USA. Si los dirigentes europeos no lo ven quizás sea porque no lo quieren ver

    1. Muchas gracias por tu comentario, Mik. Efectivamente, que la Unión Europea siga los dictados de Estados Unidos va en contra de los intereses europeos. Habrá próximo artículo sobre los efectos de las sanciones contra Rusia en la UE: nos estamos dando un tiro en el pie.

  2. Muy intesante enfoque. La mayoría de los medios de comunicación enfocan el tema Rusia Ucrania acusando a Rusia de querer invadir Ucrania y no hablan de la ampliación de la OTAN ni de los acuerdos con China.
    Lo único que no me queda claro es qué tienen que ver los oligarcas rusos que viven en Londres en todo este asunto.

    1. Muchas gracias por tu comentario, Rafa. En este blog intentaremos dar un enfoque alternativo al que nos colocan en los telediarios, sea cual sea la cadena que mires. La referencia a los oligarcas hay que situarla en el contexto de los años 90 en Rusia. Es una figura que se utiliza habitualmente para criticar a «la Rusia de Putin», cuando surgieron bajo el mandato de Yeltsin, y son un subproducto del proceso de privatización de esa década, impulsado por el FMI.

  3. Muy buen artículo. Una visión totalmente distinta de la que encontramos diariamente en la prensa y la televisión, basada en hechos y argumentos, lo cual es muy de agradecer. Hace falta más debate, y menos pensamiento único.

    1. Muchas gracias, Rebecca. Intentamos contribuir al debate con un enfoque distinto al predominante en los medios «mainstream», que es sospechosamente coincidente en éste y otros temas.

  4. El mundo unipolar es una mierda. Echo de menos los días en los que había países no alineados, incluso países neutrales de verdad. Hace bien Rusia vinculando sus asuntos exteriores a su inteligencia…. Y no lo digo en sentido figurado.

  5. Acabo de leerlo Carlos y me parece muy acertado.
    Lo leeré varias veces más porque el artículo lo merece.
    Gracias Carlos
    Seguimos en contacto por este tu blog y por MyL en otros temas que nos atañen
    Abrazos 😘

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.