La ciudadanía de la Unión Europea paga el muro de las sanciones a Rusia

Cuando Donald Trump anunció en campaña que iba a construir un muro en la frontera con Méjico, y que además iba a obligar a este país a pagarlo, muchos se echaron las manos a la cabeza. Sin embargo, desde que Estados Unidos comenzó la construcción de un muro económico a golpe de sanciones contra Rusia, a raíz de los acontecimientos ocurridos en Ucrania en 2014, y con el objetivo de impedir una alianza entre Rusia y la Unión Europea, a los dirigentes de esta última les ha parecido buena idea sufragarlo.

Rusia, además de ser el país más extenso del mundo, posee las mayores reservas de gas natural y de madera, las segundas mayores de carbón y las octavas de petróleo. Rusia es el primer productor de diamantes, el primero de paladio, el segundo de vanadio, el tercero de oro y el quinto de uranio. Además, en su territorio se alberga el 25% del agua dulce sin congelar.  Los transbordadores que transportan a los astronautas a la Estación Espacial Internacional son rusos: Rusia no es sólo rica en materias primas, también en tecnología.  

En toda esta trama de las sanciones contra Rusia, Ucrania no es más que un Macguffin, una excusa dotada de suspense para conseguir que los personajes avancen por el guion construido por Estados Unidos: la construcción de un muro económico y político entre dos territorios de Europa, vecinos geográficamente: Rusia y la Unión Europea. Dos territorios que, de armonizar sus intereses y sumar sus recursos, supondrían un contrapeso invencible para los intentos de Estados Unidos de afianzar su hegemonía en su proyecto de mundo unipolar. La factura de ese muro, que va contra nuestros intereses, nos está saliendo cara a la ciudadanía europea, comenzando con lo que pagamos por el recibo del gas, como demostraremos a continuación con datos.

En febrero de 2015 el entonces ministro de Asuntos Exteriores español, García Margallo, anunció que el coste de las sanciones para la Unión Europea había sido de 21.000 millones de euros desde su implementación, el año anterior. Este cálculo se ha visto refrendado por un reciente estudio del Instituto de Investigaciones Económicas (IFO) de Munich, que cita la misma cifra como coste anual para la Unión Europea de las sanciones impuestas a Rusia. El coste sólo para Alemania es de 5.450 millones de euros anuales. Estos miles de millones que nos cuestan las sanciones es dinero que ya no puede destinarse a incrementar la inversión en investigación y desarrollo, a mejorar el sistema sanitario, las infraestructuras de transporte o a incrementar las pensiones de nuestros mayores. En definitiva, a mejorar las vidas de las personas que vivimos en la Unión Europea.

Sin embargo, el director del Consejo Económico Nacional de Estados Unidos ha declarado recientemente que “Nosotros, como economía, no estamos particularmente expuestos en el modo en el que implementaríamos esos costes”. O sea, que quienes promueven las sanciones desde el otro lado del Atlántico se quedan al margen de sus consecuencias, que cargan a la cuenta de quienes vivimos en la Unión Europea, gracias a la colaboración de las élites de Bruselas en su estrategia.

Las primeras sanciones contra Rusia fueron promovidas por Barack Obama en 2014. Después de que Victoria Nuland, entonces responsable de la política exterior de Estados Unidos para asuntos europeos y euroasiáticos y el embajador de Estados Unidos en Ucrania, Geoffrey Pyatt, se pasearan por Kiev repartiendo galletas y decidieran quién iba a ser el próximo primer ministro de Ucrania, a quien se referían como Yats en una conversación filtrada, la Unión Europea rápidamente se apuntó al carro de las sanciones contra Rusia. Eso, a pesar de que en esa misma conversación Victoria Nuland, que cocinaba la colaboración de la ONU en el regime change que estaba promoviendo Estados Unidos, dejaba fuera de las decisiones a la Unión Europea, con la expresión “¡Que se j… la UE!”

Desde entonces, la actitud de la Unión Europea en relación con las sanciones a Rusia impulsadas desde Estados Unidos ha sido de total seguidismo. A pesar del enorme coste que le está generando: 21.000 millones multiplicado por 8 años dan la astronómica cifra de 168.000 millones de euros. Además, según el Financial Times, la exposición de los bancos europeos a la deuda con Rusia es de 60.000 millones de euros, que es cuatro veces más de lo que deben los bancos rusos a Estados Unidos. Es decir, en caso de un hipotético default, quien pagaría el pato sería el sistema financiero europeo, no el de allende el Atlántico. La directora del BCE, Christine Lagarde, ha advertido que “un incremento de las tensiones podría conducir a un incremento de los costes en toda la estructura de precios en la eurozona”.

De la misma opinión es Nathalie Tocci, directora del Istituto Affari Internazionali y consejera de ENI, la empresa de energía italiana, para quien “es simplemente un hecho estructural que los europeos pagarán un precio mucho más alto que sus aliados al otro lado del Atlántico”. Apuntala esta afirmación el hecho de que Rusia es el quinto mayor socio comercial de la Unión Europea y los activos europeos en Rusia están valorados en unos 350.000 millones de dólares, mientras que Rusia tiene invertida menos de la mitad de esa cantidad en Europa: 135.000 millones de euros. 

Sólo teniendo en cuenta el último trimestre de 2014 y el primero de 2015, cuando arrancaron las sanciones, el WIFO (Instituto Austriaco de Investigación Económica) calculó un impacto de las sanciones en la Unión Europea de 34.000 millones de euros en el valor añadido, a corto plazo, con efectos en el empleo de 900.000 personas. A más largo plazo, el WIFO calculaba en 2,2 millones la pérdida de empleos, un 1% del total en la UE, y en 92.000 millones de euros las pérdidas en valor añadido. Curiosamente, quienes muestran un perfil más duro en el tema de las sanciones son los países que más están sufriendo sus consecuencias. Según un estudio de la politóloga Ruth Ferrero-Turrión, “los países que más sufren este régimen de restricciones son los Países Bálticos, Finlandia y los países del este de Europa, que han tenido pérdidas del PIB superiores a la media europea del 0,3%, en el medio plazo, y por encima del 0,8%, en el largo”.

En respuesta a las sanciones aplicadas por Estados Unidos y la Unión Europea, Rusia ha iniciado un proceso de sustitución de importaciones para paliar la prohibición de importar determinados productos, o el embargo impuesto por la propia Rusia a productos agroalimentarios de la Unión Europea. Estas iniciativas han impulsado la industria autóctona, una consecuencia probablemente no deseada por quienes impulsan las sanciones. Sin embargo, la Unión Europea tiene una fuerte dependencia de materias primas estratégicas, que no pueden ser objeto de un proceso de sustitución de importaciones por producción local.

La Unión Europea depende de Rusia en materias primas estratégicas. Fuente: Financial Times

El 41% del gas que consume la Unión Europea proviene de Rusia y los demás productores de gas en el mundo no tienen capacidad para suplir esa cuota, en el caso de que se interrumpiera ese suministro. Por eso no se entiende que Alemania esté posponiendo la certificación del gasoducto Nord Stream 2, cediendo a las presiones de Estados Unidos, cuya puesta en marcha supondría duplicar el flujo de gas desde Rusia a Alemania, sin tener que pagar peajes de tránsito a terceros países. Pero este tema tiene la envergadura suficiente para dedicarle otro artículo en este blog.

La energía es el mayor rubro de las exportaciones de Rusia a la Unión Europea. Fuente: El Confidencial

Además, Rusia ha dejado fuera de las licitaciones de sus empresas públicas a quienes le han impuesto sanciones. En este sentido, la Unión Europea ha interpuesto una denuncia ante la Organización Mundial del Comercio, quejándose de su exclusión de estas licitaciones: son contratos por valor de 290.000 millones de euros, a los que la Unión Europea no ha podido presentarse. En este sentido, la representante de Estados Unidos acusó a Rusia de preferir bienes y servicios de producción propia, al haber implementado un programa de sustitución de importaciones, quejándose además de que tales actuaciones ponían en desventaja a los empresarios estadounidenses. Y afirmó esto después de que Estados Unidos llevara 8 años imponiendo sanciones unilaterales a Rusia, con el propósito claro de estrangular su economía.

Por rematar con algunas cifras más, el 88% de las exportaciones de la Unión Europea a Rusia consiste en productos manufacturados, y más de la mitad de esa cifra corresponde a vehículos y maquinaria, una de las pocas industrias potentes que le quedan a Europa.

La mayoría de las exportaciones de la UE a Rusia consisten en productos manufacturados. Fuente: El Confidencial.

Como conclusión, las sanciones a Rusia no han conseguido sus objetivos en el plano geopolítico, sino todo lo contrario:

  1. Rusia no se ha retirado de Crimea, tras el referéndum celebrado en 2014, por el que un 96% de la población votó a favor de la integración en la Federación Rusa, con una participación del 80%.
  2. La popularidad de Vladimir Putin sigue en altos niveles, similares a los de hace 8 años: un 69%.
  3. Rusia ha diversificado la clientela para sus productos energéticos (léase China), demostrando que no necesita a Europa para vender su gas.
  4. Además, su precio ha aumentado (subió un 9% al día siguiente de que Alemania paralizara la certificación del Nord Stream 2), incrementando los beneficios para Rusia, y los costes para quienes pagamos los recibos del gas.
  5. La soberanía europea se tambalea, cuando vemos cómo el canciller Scholz soporta en rueda de prensa que Biden amenace con cerrar el Nord Stream 2, cuya certificación está en manos de Alemania. La Unión Europea se ha convertido en mera comparsa al servicio de los intereses de Estados Unidos, en contra de los propios.

Si la Unión Europea sigue contribuyendo a la construcción del muro que los Estados Unidos están levantando entre la Unión y Rusia, en detrimento de los intereses europeos, estará cavando su propia tumba, porque a los primeros les interesa barrer a un competidor de la arena internacional: Estados Unidos no necesita una Unión Europea fuerte, sino cuanto más débil y sumisa, mejor para sus intereses geopolíticos. Si la Unión Europea sigue insistiendo en despilfarrar la posición estratégica que le brinda la geografía, dada su vecindad con Rusia, perderá el tren de la Historia y se verá condenada a un papel de comparsa, a la irrelevancia más absoluta, mientras en la Casa Blanca los inquilinos de turno seguirán riéndose a carcajadas.

Y mientras tanto, en los hogares de la Unión Europea, los ciudadanos estamos pagando una factura de gas mucho más cara, porque ahora le estamos comprando más gas a Estados Unidos, que cuesta un 40% más que el que nos vende Rusia. Un gas que tiene que venir en barco, en formato de gas natural licuado, por lo que a ese precio hay que añadirle el sobrecoste del proceso de regasificación. Y es que todo esto de la geopolítica para nada se queda en lo abstracto, sino que las decisiones que se toman en algunos despachos acaban repercutiendo en nuestra cartera.

 

5 comentarios

  1. Como el anterior artículo este con cifras y argumentos está en la misma línea de bondad.

    Carlos,no desaprovechas este comienzo fructífero de tiempo libre de ataduras de empresa,para escribir en favor de los intereses de España y de la UE para todos aquellos que estén dispuestos a pensar y no tragarse todo lo que los massmedia financiados por sí se sabe quién nos quieren inculcar.
    Enhorabuena.
    Ya he visto que Tomás M.lo ha puesto en su muro.
    Abrazos

    1. Muchas gracias por tu comentario, Fausto. La mayoría de los medios de comunicación están en muy pocas manos, y se nota. Se dedican a manufacturar el consentimiento (Chomsky dixit) de las decisiones políticas que se toman en los centros reales de poder, esos a los que no vota nadie. Tratamos de poner en circulación otros mensajes, para romper la sospechosa uniformidad que nos ha traído un determinado concepto de «libertad de prensa». Que ya vemos lo que les pasa a quien se toman lo de la libertad de expresión en serio con determinados temas: multas, cárcel o destierro.

  2. A ver si lo entiendo bien, ¿sancionamos comercialmente a Rusia pero pretendemos seguir comerciando con ella presentándonos a sus licitaciones? ¿Guerra comercial o no guerra comercial? ¿Qué queremos en la UE?
    Otro gran artículo, de los que hacen pensar. Muchas gracias!

    1. Muchas gracias por tu comentario, Becky. A quienes promueven las sanciones contra Rusia parece que se les olvida que no se puede soplar y sorber a la vez. Soplan para alejar a Rusia de su aliado geográfico natural, quien estúpidamente colabora, y ambos pretenden beneficiarse simultáneamente de las licitaciones públicas. Como si los rusos fueran tontos. Los contratos se los llevarán quienes fomenten una relación comercial beneficiosa para ambas partes, como es lógico.

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