17 de septiembre de 2026
La agenda de las élites va en contra de la ciudadanía
La reciente victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones del estado de Sajonia-Anhalt, y las reacciones que ha provocado en las élites europeas, me animan a meterme en jardines ideológicos. Provenientes desde derecha e izquierda del poder establecido, escuchamos severas advertencias sobre el peligro que amenaza a “nuestra democracia” si permitimos que las hordas de la ultraderecha culminen su asalto al poder. Nótese el posesivo “nuestra” que utilizan para calificar a la democracia.
Las reminiscencias que presenta la pancarta del edificio sede de la Comisión Europea en Bruselas con la iconografía de la película 1984, basada en la novela de George Orwell, son inquietantes. Más preocupante aún es la apropiación de un término por parte de las élites como patente de corso para implementar sus políticas, para blanquear un régimen que nada tiene que ver con la voluntad popular, y menos aún con las necesidades de la ciudadanía. Todo se hace en nombre de la democracia.
Lo de “nuestra democracia” significa lo que le venga en gana a Úrsula von der Leyen y sus gerentes en las capitales europeas, disfrazados de presidentes o primeros ministros. El que critique sus designios, es un agente que pretende socavar la democracia, probablemente con acento ruso. El paralelo con el antisemitismo que esgrimen los genocidas sionistas para acallar las críticas a la limpieza étnica que perpetran en Palestina es obvio.


A la izquierda, la sede de la Comisión Europea. A la derecha, cartel de la película 1984.
Las élites viven en un mundo paralelo, de su propia invención, que choca con la realidad, que no les interesa reconocer, porque entra en contradicción con su agenda. Las élites viven y actúan únicamente como meros gestores para satisfacer los intereses del poder establecido: el que nunca se presenta a las elecciones, porque no le hace falta.
Colateralmente, las élites también se preocupan por sus carreras profesionales. Las puertas giratorias entre los más altos cargos nacionales y las organizaciones supranacionales están bien engrasadas. Como su ascenso en los puestos burocráticos depende de su obediencia, se esfuerzan por cumplir los objetivos asignados, que se sitúan en las antípodas de las necesidades de la población, por la que dicen trabajar. Pero la gente no les importa nada: están pasando por encima de nosotros, llevándonos a la ruina, con tal de cumplimentar su agenda.
Las élites andan ahora muy ocupadas tratando de ocultar el fracaso de sus políticas para con la ciudadanía, apelando al espantajo de la amenaza rusa. Quienes recuerdan las causas de la actual fase de la guerra en Ucrania – la expansión de la OTAN hasta las fronteras rusas, el golpe de Estado del Maidán en 2014 – son acusados de utilizar los argumentos del Kremlin, aunque sean incontrovertibles. Cualquiera que abogue por restablecer la interlocución con Rusia, no digamos ya entablar negociaciones, se topa indefectiblemente con alusiones a las consecuencias que tuvo la política de apaciguamiento con Hitler. Que fue el que invadió Rusia.
Más del 60% de las empresas alemanas quieren reanudar la importación de gas procedente de Rusia, el que ha alimentado durante décadas la locomotora de la Unión Europea. Su petición ha sido rechazada por el gobierno. Annika Einhorn, representante del Ministerio de Economía, decía el año pasado que Alemania no le compra gas a Rusia, porque la “libertad de la energía” es de gran importancia, aunque reconoce que en las importaciones alemanas podría haber “moléculas” de gas ruso. Las élites se ríen de nosotros en nuestra cara.

Más del 60% de las empresas alemanas están a favor de comprar energía a Rusia. Logos Press Business Review, 1 junio 2026.
He documentado profusamente en este blog las nefastas consecuencias de las sanciones a Rusia. Sólo han conseguido empobrecer a Europa, y han fracasado en sus principales objetivos: detener la maquinaria bélica rusa en Ucrania y forzar un cambio de régimen en Moscú. La ciudadanía europea es la que está pagando los efectos de la agenda geopolítica de las élites. Por eso, entre otras razones, se está produciendo un giro hacia los partidos nacionalpopulistas, que anteponen en sus discursos las necesidades de sus países, y se muestran mayoritariamente en contra de la guerra contra Rusia.

The Spectator.
La guerra contra Rusia es un proyecto de Estados Unidos que ha fracasado, como admiten ya medios convencionales de occidente, del que la Unión Europea se ha mostrado vasalla, en detrimento de sus intereses como polo de poder. La ciudadanía no está por la labor de ir a la guerra, y una parte importante del voto que recibe el nacionalpopulismo surge de esa oposición a la política oficial. Lo que quiere la ciudadanía es que le solucionen sus problemas: la carestía de la vida, la inaccesible vivienda, los salarios que no llegan a fin de mes, el desempleo…
Ausencia de autocrítica en las reacciones de las élites ante la victoria de Alternativa para Alemania en Sajonia-Anhalt
Excepto los partidos de la misma cuerda, que han celebrado la victoria de Alternativa para Alemania – aunque con matices en el caso de Rassemblement National, el partido de Marine Le Pen – las reacciones ante el triunfo de AfD han competido por ver quién metía más miedo al electorado. Teniendo en cuenta que el año próximo se celebran elecciones legislativas en España, Italia, Polonia y Finlandia, y presidenciales en Francia, las élites están usando una estrategia que se ha demostrado muy eficaz: asustar al votante.
En Alemania, el canciller Friedrich Merz calificó el momento actual de lucha por la supervivencia de los valores europeos, mientras defendía su decisión de forzar una votación del parlamento saliente para eliminar el techo de deuda pública, hipotecando a las generaciones futuras por valor de cientos de miles de millones de euros, para destinarlos a gasto militar. Sabía que los escaños de AfD en el parlamento entrante iban a impedir entrampar a Alemania para alimentar la guerra contra Rusia en Ucrania.
En Francia, el ministro de Finanzas, Roland Lescure, habló de una «señal muy, muy preocupante». «Demuestra que nos enfrentamos a un gran desafío ante una ola populista que se está extendiendo por todo el mundo y a la que debemos resistir». El ministro no hizo ninguna referencia al desplome de la cota de popularidad del presidente, Emmanuel Macron, que se sitúa en el 16%, ni de su primer ministro, Sébastian Lecornu, que se queda en el 20%, según un sondeo de IPSOS.

Índices de popularidad de Emmanuel Macron y Sébastian Lecornu. IPSOS.
En Polonia, el ministro de Asuntos Exteriores, Radoslaw Sikorski, declaró que su victoria constituía “una señal muy preocupante”. Es el mismo ministro que agradeció a Estados Unidos la voladura de los gasoductos Nord Stream, literalmente. Donald Tusk, el primer ministro polaco, prefirió insultar a los simpatizantes de otros partidos: “En Polonia, solo los idiotas o los traidores pueden alegrarse del triunfo de la AfD en Alemania. Se han acumulado unos cuantos en Konfederacja y PiS.”
En el Estado español, Pedro Sánchez también metía miedo: “Lo que vimos ayer en Sajonia es un aviso de que la amenaza ultra gana terreno en Europa y el mundo”, aprovechando para subrayar la necesidad de un “gobierno progresista”. Según la Moncloa, España ha donado casi 4.000 millones de euros a Ucrania. Para Sánchez, “la amenaza ultra” es la que se opone a que Europa siga financiando a los ultras ucranianos, como es el caso de Alice Weidel, colíder de AfD, que acaba de urgir a Friedrich Merz a que «finalmente empiece a impulsar conversaciones de paz, tal como lo está haciendo Estados Unidos.»
Kaja Kallas, la responsable de la política exterior de la Unión Europea, expresaba su preocupación por la creciente popularidad de partidos políticos que no reconocían la gravedad de la amenaza rusa. Y aquí está la clave: lo preocupante para las élites es que su discurso del miedo no cala.
Úrsula von der Leyen respondía a su estilo: regalando otros 6.100 millones a Ucrania para, supuestamente, comprar armamento. Es imposible averiguar el destino real de los 221.200 millones de euros que la Unión Europea ha destinado al gobierno de Kiev, porque no hay ningún mecanismo de control establecido. Quizá porque no interesa. Aunque, tímidamente, algunos en Europa están empezando a hacerse preguntas sobre dónde acaba todo ese dineral.

Ucrania dice que necesita 27.000 millones de dólares más. Europa quiere saber por qué. New York Times, 9 septiembre 2026.
Entre todas las advertencias sobre el peligro que representa el ascenso de la ultraderecha, no encontramos ni el menor vestigio de autocrítica. Como si las políticas de las élites no tuvieran ninguna influencia en el auge de los partidos nacionalpopulistas. Como si el viraje del electorado no tuviera nada que ver con que suban los partidos que anteponen en sus discursos los intereses nacionales, frente a las agendas dictadas en Washington, Bruselas y Londres. Como si la crisis económica que asola Europa, a consecuencia de la decisión de prescindir de las fuentes energéticas que alimentaba su industria, no fuera una de las causas que han impulsado las posiciones nacionalistas.
Pareciera que la frustración que expresa el electorado fuera consecuencia de algún fenómeno natural, o hubiera caído presa de un embrujo. Como si los votantes no estuvieran sufriendo las consecuencias de las decisiones de las élites europeas en el ámbito geopolítico, y sus derivadas instantáneas en las economías domésticas.
Esas mismas élites que se esfuerzan en vendernos que la inflación provocada por el aumento de los precios de la energía se debe, únicamente, a la guerra iniciada por sus supuestos aliados, Estados Unidos e Israel, contra Irán, obviando las repercusiones de la voladura de los gasoductos Nord Stream y las sanciones impuestas a Rusia.
El caso Volkswagen como paradigma de la desindustrialización europea
Por poner un ejemplo, hablemos de Volkswagen. La empresa ha anunciado el recorte de hasta 100.000 empleos, de un total de 650.000, y ha citado una serie de factores que le obligan a esta reestructuración salvaje: los altos costes laborales, el exceso de capacidad de sus fábricas, la menor demanda en Europa, la competencia de China y el elevado coste de la transición tecnológica. La suma de estos factores hace su modelo de negocio “insostenible”. Ni una palabra sobre el aumento del coste que mueve las fábricas: la energía.
Sin embargo, la Asociación Alemana de la Industria del Automóvil (VDA), alertaba en septiembre de 2022, de que el sector había dejado de ser competitivo precisamente por el alto precio de la energía. Su presidenta, Hildegard Müller, declaró: «La situación, especialmente para las medianas empresas del sector de la automoción, se está volviendo cada vez más dramática. La cuestión de los costes energéticos debe ocupar un lugar prioritario en la agenda política».

Precios de la energía y seguridad en el suministro: Alemania carece de competitividad. VDA, 2022.
La ausencia de referencias al incremento brutal del precio de la energía es significativa en el caso de Volkswagen, porque es una empresa parcialmente pública: el Estado de Baja Sajonia posee el 11,8% de su accionariado, controla el 20% de las acciones ordinarias con derecho a voto, y tiene dos miembros en el consejo de supervisión. Por eso no encontramos ni una sola referencia al incremento del precio de la energía, porque no encaja con la narrativa europea de alcanzar la “independencia energética de Rusia”.
El coste de la “independencia energética de Rusia”
¿Cuál ha sido la reacción de la Unión Europea ante el incremento del precio de la energía? Redoblar sus esfuerzos para prescindir de la más barata, la que le suministraba Rusia, sustituyendo la famosa “dependencia” de Rusia por la de Estados Unidos. El gas natural licuado que le vende es el más caro del mercado para Europa, y ya es el primer proveedor de la UE.
En otras palabras: negar la realidad, proseguir la huida hacia adelante, y profundizar en las políticas que le han llevado a la actual situación de crisis: la Unión Europea lleva 21 paquetes de sanciones a Rusia, y está preparando el siguiente. Como si los anteriores hubieran servido para algo, aparte de llevarnos a la ruina.
¿Cuál ha sido el coste total de esas políticas? Incalculable, pero atengámonos a lo que sí está tabulado. Según la propia Unión Europea, en su informe de 2023 sobre el Estado de la Energía en la Unión, los países miembros de la UE gastaron, sólo en el año 2022, 390.000 millones en subsidios para paliar el incremento de los precios energéticos. Según otro informe de Bruegel, un gabinete de estudios con sede en Bruselas, la Unión Europea se gastó 540.000 millones entre septiembre de 2021 y junio de 2023 en subsidios, de los cuales 158.000 millones correspondieron a Alemania.

Fondos que los gobiernos destinaron y asignaron para proteger a los hogares y las empresas de la crisis energética (septiembre de 2021 – enero de 2023), % del PIB. Bruegel.
La Agencia Internacional de la Energía calcula en un 13% el descenso en el consumo de gas en la Unión Europea en 2022, debido al incremento de su precio. Se produjo una destrucción de la demanda, especialmente en el sector industrial, que redujo su consumo de gas en un 25%. En lenguaje llano: desindustrialización, reducción de la producción, pérdida de empleos. A pesar de lo que la AIE califica de “caída histórica de la demanda”, la agencia calcula en cerca de 400.000 millones de euros la factura del gas para la Unión Europea en 2022, más del triple que en 2021.
Es imposible estimar cuál ha sido el coste total para la economía europea de la decisión de prescindir, en gran medida, del gas y del petróleo provenientes de Rusia. Pero es indudable que la decisión ha provocado un empeoramiento de la capacidad adquisitiva de la ciudadanía, de su calidad de vida, y de que los votantes están expresando su descontento votando a partidos que anteponen en sus discursos los intereses nacionales, por encima de los geopolíticos dictados desde Washington, Bruselas y Londres.
El nacionalpopulismo marca la agenda política
El nacionalpopulismo ha sabido recoger el hartazgo de la ciudadanía por unas políticas que sólo han causado un empobrecimiento generalizado de la ciudadanía. El nacionalpopulismo ha conseguido mover las posiciones en la ventana de Overton hacia las que le favorecen netamente, lo que denota otro fracaso político de las élites en el poder. Se acusa de xenofobia a los “partidos patrióticos”. Sin embargo, en lugar de combatirla, las élites la han abrazado e incorporado a sus propuestas, con la esperanza de sacar el agua de la pecera y ahogar al pez. Craso error.

El País, 13 septiembre 2026.
Cuando Giorgia Meloni, antes de ser domesticada, proponía expulsar a los inmigrantes a centros de detención para extranjeros fuera del territorio de la Unión Europea, las élites europeas ponían el grito en el cielo. Ahora, la socialdemócrata Mette Frederiksen, primera ministra de Dinamarca, ha hecho piña con Giorgia Meloni para proponer conjuntamente lo que en 2014 calificaba de ocurrencia “cómica”.

Italia y Dinamarca unen fuerzas contra la inmigración irregular y exigen centros de devolución fuera de la UE. Demócrata, 10 agosto 2026.
Gabriel Attal, ex primer ministro de Emmanuel Macron, defendió la introducción de cuotas restrictivas de inmigración, para lo que habría que modificar la Constitución. Un tabú que aseguró estar dispuesto a romper: “Controlar la inmigración es uno de los grandes fracasos de los dos últimos mandatos presidenciales”.
El poder establecido, especialmente en su margen izquierdo, emplea a fondo el argumento del miedo frente al ascenso de la ultraderecha. Conscientes de la pobreza de su desempeño frente a las necesidades de la ciudadanía, las élites se auto erigen en bastión de la defensa de los “valores europeos” y “nuestra democracia” para intentar salvar los muebles.
Sin embargo, como ha apuntado Gabriel Attal, “el dique de contención frente a la extrema derecha” ya no es “un proyecto político suficiente para lograr que una mayoría de electores se adhiera a él”. Giorgia Meloni, desde otro ángulo político, venía a decir lo mismo: la estrategia del “cortafuegos” desplegada por los partidos convencionales en Alemania para mantener a AfD alejada del poder no funciona.
El discurso del malmenorismo que despliega la izquierda en España, también se está demostrando insuficiente para frenar a Vox. Su abandono de lo que debería ser su bandera, la lucha de clases, para enfangarse en las guerras culturales, es otro motivo de su incapacidad para recoger el descontento de la población.
Según nos recuerda El País, “La ultraderecha ya gobierna o cogobierna en ocho de 27 Estados miembros del Consejo Europeo. Y esas fuerzas marcan la conversación en Bruselas en inmigración, en temas medioambientales y energéticos”. “El panorama político ha mutado. El desencanto de los votantes es enorme y las fuerzas tradicionales no están sabiendo conectar con ellos”. “Ahora, el desafío es cómo recuperar a ese electorado que se ha marchado a la extrema derecha sin asumir el marco político que esas fuerzas ultras han conseguido imponer”, según “una alta fuente comunitaria”.
No es la xenofobia, es la guerra contra Rusia
Hasta ahora, el poder establecido no ha tenido inconveniente en ir asumiendo progresivamente el marco de las “fuerzas ultras” en materia de inmigración. Aunque sigue esgrimiendo las críticas a su xenofobia, cuya existencia es indiscutible, las posiciones sobre la inmigración también se están desplazando en Bruselas por la ventana de Overton. La mención de Úrsula von der Leyen, en su discurso sobre el estado de la Unión, a una nueva estrategia en el Marco Europeo de Respuesta a Emergencias, que podría incluir una suspensión del derecho de asilo en determinados casos, así lo demuestra.
El discurso xenófobo, en contra de lo que cree el electorado que se deja seducir por él, no es en absoluto antisistema, sino que viene a robustecerlo. La estigmatización del inmigrante, hasta llegar a su criminalización, es un marco que en el que las élites se sienten muy cómodas, por eso lo están asumiendo progresivamente: las personas venidas de fuera se convierten en competidoras por el puesto de trabajo, son los culpables de la presión sobre los salarios a la baja, del aumento de las listas de espera en la sanidad pública, y hasta del aumento de la delincuencia.
Aunque sean imprescindibles para suplir la falta de natalidad de los europeos, y se ocupen de los trabajos menos cualificados, los emigrantes cumplen la función de chivo expiatorio sobre el que desviar la atención de lo realmente importante: el fracaso de las élites a la hora de aplicar políticas efectivas para mejorar las condiciones de vida de la población. Un aparente fracaso que responde a la misión que le han encomendado quienes realmente ostentan el poder, en la que sí se están coronando: transferir la mayor cantidad de riqueza posible desde la mayoría de la población hacia quienes ya acumulan el grueso.
A las pruebas me remito. Este es el gráfico de la distribución de la riqueza en los hogares en la zona euro. No hace falta ser economista para ver que el decil más rico, en color verde oscuro, que se corresponde con el 10% de la población más rica, ha visto aumentada su patrimonio neto en una mayor proporción que el resto de los deciles, especialmente del 50% más pobre. Los datos y la gráfica son del Banco Central Europeo.

Gráfico: BCE.
Pero donde las élites se plantan en redondo frente al nacionalpopulismo es en su oposición a seguir financiando la guerra de Ucrania contra Rusia. De ahí la demonización de los partidos en el extremo derecho del arco, que se atienen a los resultados para sus países de la agenda geopolítica dictada por Washington, y adoptada con entusiasmo por Bruselas: desindustrialización, empobrecimiento, inflación, pérdida de poder adquisitivo.
Todos los partidos, sin excepción, que se oponen a la guerra contra Rusia son calificados inmediatamente de “prorrusos”. Quienes proponen entablar un diálogo para resolver las diferencias con Rusia, evitando los cañonazos, en lugar de ser pacifistas, son agentes de Putin.
En 2024, Alice Weidel declaraba que “No necesitamos una guerra en Ucrania. La paz en Ucrania va en interés de Alemania. No quiero que haya soldados y armas alemanas enviadas a Ucrania. Estoy avergonzada de que, después de la Segunda Guerra Mundial, tanques alemanes estén siendo utilizados otra vez contra Rusia. Esto es una desgracia para nuestro país”.
La tasa de aprobación de Friedrich Merz está en el 14% a nivel nacional. En los estados federados al este, cae a tasas de un dígito. Al canciller le da igual. Tras la enésima reunión de las élites europeas, esta vez para asustarnos con la amenaza rusa en el océano Ártico, Merz declaraba, desafiante, que no pensaba “ceder ni un centímetro” en el apoyo a Ucrania, e instaba a “convencer a la gente de que va en nuestro interés hacerlo”.
La última encuesta con relación a las próximas elecciones en el estado de Mecklemburgo – Pomerania Occidental, le dan un 37% a Alternativa para Alemania, frente a un 7% de la CDU, el partido de Merz, que cancelaba su viaje a Nueva York, en medio de una rebelión ya abierta en su partido.

El poder establecido en Alemania tiene un plan para contener a la extrema derecha. Algo así. Politico, 24 agosto 2026.
¿Forzará la CDU a Merz a cambiar sus políticas, basadas en el endeudamiento para sacar a Alemania de la recesión? ¿O pondrán en marcha la operación para desactivar a Alternativa para Alemania o, incluso, ilegalizarla, como ya se ha planteado? En mi opinión, harán cualquier cosa menos reconocer que se han equivocado, dar marcha atrás y corregir. Porque de lo que se trata es de salvar “nuestra democracia”.
Mientras tanto, la ciudadanía ha reformulado su manera de recordar a las élites que sigue esperando una respuesta a sus necesidades: apoyando al nacionalpopulismo. A ver si así se dan finalmente por aludidas. Lamento ser pesimista.